La lesión de Draco Malfoy en el quidditch, ocurrida poco después de regresar de vacaciones, atrajo la atención de Pansy Parkinson.

Cavendish llegó ese día al colegio dispuesto a hablar con ella, para decirle que, reconsiderando, admitía haber sido rígido en sus conclusiones y que estaba dispuesto a escucharla sobre lo sucedido, incluso a disculparse porque, movido por la duda, al hacerse revisar por un medimago éste le confirmó que no había ingerido pócima alguna.

No obstante, al acercársele, aunque ella lo vio, se puso demasiado atenta a la luxación de Draco, quien se dio una grave importancia.

Ives sospechó que Pansy intentaba ponerlo celoso; sin embargo, un Hufflepuff no sabe sentir esa posesividad.

Tomó otro camino.

Pansy no había leído a Woodward, porque actuaba como Slytherin y no como Hufflepuff para lastimar a Ives. De haberse mostrado preocupada, pero realmente y no con esa deliberada atención, lo habría logrado. Sólo consiguió convencer a Cavendish de no hablar con ella, pensando que no sería receptiva a una conversación.

No se podía criticar a Pansy por desconocer cómo alejar o herir a Cavendish. El libro de Woodward se lo quedó Ives y éste, con el paso de los días, demoró el momento de devolvérselo. Ella no se lo pedía… Aun sin hablarse, con las semanas el libro se volvió una especie de lazo mudo, un eslabón determinante que ninguno de los dos se veía dispuesto a romper.

Ives continuaba en bonanza de su popularidad con respecto a saludos, sonrisas y ahora, algunas breves conversaciones. Se daba cuenta por las miradas de las chicas, cuando Pansy cruzaba. Ellas debían conocer algún rumor de alejamiento. ¿La Slytherin se molestaba de verlo con ellas? Al mirarla como casualmente, no se le notaba, excepto una vez, una breve tensión en la los ojos viendo al frente…

Cavendish se decía que no era malo que una chica bonita te buscara, al contrario. Lo malo es que sea Slytherin y peor, que sea Pansy, porque siendo Hufflepuff estás en el momento indicado, pero en el sitio incorrecto. Aun así, la echaba de menos.

No obstante, extrañarla era un problema para él. Retomó la idea de alejarse definitivamente. Necesitaba una acción que la alejara por completo y que a él le impidiera remediarlo. Debía lograr que Pansy lo detestara.

De actuar como Hufflepuff haría una carta de despedida exponiéndole sus motivos razonable y positivamente, salpicada de dibujos, copias de poemas, anotaciones al margen para finalizar con los mejores deseos… mensaje que Pansy no leería, supuso (le falló, la Slytherin sí lo habría leído).

Woodward aconsejaba actuar con el alumno de otra Casa como eran en ella, para romper el factor de ser fuerzas opuestas (se atraen) y comportarse como semejantes (se repelen).

Durante las vacaciones, siguiendo el consejo de Woodward y como el odio no se incluye en las emociones habituales Hufflepuff, quiso obligarse a pensar como Slytherin. Se paraba frente a espejos de su hogar, haciendo malos gestos y manos en garra. Gr-gr-gr.

Al no experimentar cambio pasadas dos horas, buscó sacar la fiera interior. Saltó, siseó, hizo movimientos de boxeador vistos en filmes, copió el gesto de Clark Gable y de otros hombres rudos, buscando que le lllegara una idea de Slytherin.

No, no resultaba.

Con ese problema se encontraba en Hogwarts, tratando de hallar cómo pensar Slytherin, cuando se encontró con las cosas que no cambian.

―¡Te dejaron por Malfoy, marmota! -lo empujaron los infaltables buleadores de Gryffindor, populares y simpáticos.

Uno de ellos lo señaló, diciendo en voz baja:

―Sólo porque te salva tu papá Diggory,

Les sostuvo la mirada, aunque sin hablar. Cuatro contra uno sí era un problema. Al que fue a la fiesta de Pansy, Dumbledore lo había castigado por conducta indigna de un alumno de Hogwarts.

Ives levantó sus libros, sin decir nada.

Y eso le dio la idea que fue su colmo de maldad.

Como conocía los nombres de esos Gryffindor que le hacían la vida pesada, por ser parte del equipo de quidditch, Ives se las arregló para dar unas horas de trabajo estudiantil, ordenando los registros de los jugadores desde hacía once años; sin problema, encontró a esos Gryffindor y a Malfoy en los récords, de los que copió pesos y tallas.

Entre clases tomó notas para medir cantidades e ingredientes. Nada difícil. Era tarea de segundo año.

Aunque absorto, no se le pasó por alto que Pansy cruzó frente a él, muy cerca de Malfoy, un poco ostentosa en su simpatía. Perfecto, consideró Cavendish, el plan seguía vigente.

Como decidió que no requeriría sino dos ingredientes y uno agregado, bien provisto de cubreorejas tomó cinco gotas de un elemento en las Casas Verdes y con lo que llevaba, balanza incluida (y calibrada, cuán útil era, Snape tenía razón) hizo el preparado ahí mismo. La fórmula no era invento suyo, únicamente midió tres cantidades de acuerdo a proporciones, es decir, preparó dosis personalizadas. Aunque en el mismo paquete, actuarían por separado gracias al método del encapsulamiento, que se enseña en Ocultamiento de Efectos de Pociones, descrito en el libro de Amarga Beggs, para mayor comodidad.

Finalmente, ocultó el preparado en la cápsula, es decir, lo encapsuló en el medio que ocultaba las dosis: la olla de comida común que llevaban a los jugadores de quidditch al término del entrenamiento compartido especial de sábado.

Junto con los otros del equipo auxiliar llevó la olla, soportando las exigencias de los Gryffindor que lo buleaban. Igual que los otros auxiliares, Ives comió de eso. Estaba satisfecho, su plan marchaba. Los Gryffindor eran un plus. La clave era Malfoy. Pansy lo detestaría al ver lo causado a Draco, pues ella sí sabría quién fue.

Cual suele suceder, una vez hecho un atrevimiento por un Hufflepuff, se asustó.

¿Cómo se me ocurrió?, se repetía, insomne, cubierto por el edredón hasta la nariz. Creía que su delito se le notaba en la cara, llevando en la frente la frase Saboteé la Estructura Deportiva de Hogwarts. Posiblemente la atención que requirió su plan no le dejó anticipar los efectos, pero no teniendo ya plan, el golpe de la realidad lo espantó. Al día siguiente por poco y confiesa a Diggory entre clases, al confundir sus "buenas tardes, campeón" con un "te atrapamos, delincuente".

Dos días más tarde, en el Gran Comedor, Ives buscaba serenarse tomando un tritón de jengibre en medio de la conversación general, cuando una seria Pansy Parkinson se levantó bruscamente de la mesa de Slytherin y a paso rápido y decidido llegó a la mesa de Hufflepuff, donde se sentó frente a Cavendish, al otro lado de la tabla, obligando a que dos alumnos se recorrieran, intimidados. Unas chicas protestaron al verse apretadas.

Pansy, a quien la molestia que causaba le importaba un trozo considerable de Nada untada con Muéranse, seriamente colocó las manos en las sienes, observando con ojos intensos a un asustado Ives, quien hasta ese segundo se le ocurrió que ella podía acusarlo en público o delatarlo. La nariz de Pansy se le veía más respingada cuando le dijo:

―Eres….

―¿Sí? -fingió no saber nada.

―Eres…

―¿Ajá? -casi ahogó al tritón con el sudor de su mano.

―Eres lo más bello de este mundo, amor mío -le soltó Pansy, con la misma mirada intensa.

Ives dejó el tritón a mitad de camino hacia su boca más abierta.

―¿Ñe?

Ella extendió las manos hacia él, cercana a la adoración:

―Prácticamente mataste a cuatro Gryffindor y de paso a Draco Malfoy. ¡Eres genial, mon amour...!

―¿Yo? No hice nada -se aterró.

―Y eres modesto -lo elogió-, qué linda virtud, es tan varonil.

Pansy continuaba extendiendo las manos hacia Ives por encima de la mesa, llena de admiración.

―Les pusiste en la comida baba de mandrágora pellizcada revuelta con laxante muggle para caballo. Ahora que te hablo se les está yendo la vida a cubetadas en los excusados. Dumbledore está considerando seriamente arreglarles la situación con tapones. Nadie ha vuelto a ver a Myrtle desde que esos baños tienen inquilinos permanentes. Van a llevarles ejemplares de El monstruoso libro de los monstruos para que intimiden a los engendros. Empezaron por ir a clases con pañal pero los devolvieron, porque son de los elfos viejos y los necesitan más que a la emancipación. Eres grandioso.

―¡Que no! -negó en voz baja, viendo a los lados, temiendo que la escucharan; no llevaba el tritón en la mano; tal vez estaba en el piso; lo buscó un segundo con la mirada bajo la mesa; ya no deseaba que Pansy supiera nada.

Pansy agitaba los deditos pidiendo urgente los de él.

―Dame tus manos, amor mío, te lo ruego, no sé si denunciarte al Ministerio por deshidratación criminal o hacértelo debajo de esta misma mesa aquí y ahora. Lo hiciste por celos. Además castigaste al que se atrevió a poner un pie afuera de mi casa. El resto de su vida Gryffindor se les buleará diciéndoles que sus boggarts son los excusados del baño de mujeres.

―No hice nada, Pansy, no...

―Lo mediste bien, herbolario infeliz, mezclaste tu tóxico con la comida general, pero sólo hizo efecto a esos Gryffindor y a Malfoy gracias a que la poción actúa con el peso y talla de esos cuatro. Ya que comiste de lo mismo para disimular, no tienen sospechosos. Nadie tiene idea de cuándo ni quién los intoxicó, pero yo sí lo sé porque son los que se oponían a nuestro amor. Y porque leí esa parte del libro de la Beggs. El de Woodward no te lo he pedido porque te sigo amando. Literalmente los destripaste, Hufflepuff mío. Siento que muero de amor. Eres un desquiciado envenenador infame sin escrúpulos -aquello era un elogio.

Él le dio las manos para ver si hablaba más bajo, pero Pansy siguió, embelesada, estrujándole las falanges:

―Es tu forma de pedirme perdón, amor mío, por tu mala actitud en la fiesta. Te perdono porque nadie ha hecho algo semejante por mí, me diste la máxima prueba de tu devoción incondicional. ¿Qué harás si alguien se hace tu rival declarado, luchando a brazo partido por mi amor? -los ojos le brillaron, estimulada de anticipación.

―Pansy, entiende...

―Me encanta que digas mi nombre cuando hablamos de tu crimen. Eres un tejón erótico. Siempre supe que tras tus ojos de conejo indefenso habitaba una pantera negra comedora de hígados crudos. Por mí, eres capaz de lo peor. Estoy a punto de causarte celos para verte liquidar a tus competidores y coleccionar sus calaveras en mi habitación Tudor.

―Yo no te amo, no hice nada por ti...

Ella lo miraba, arrebatada.

―Sí, lo hiciste por moi, fue por mí, mon amour, mon cheri. Qué emocionante tu intento de negarlo... El condenado Sombrero se equivocó al enviarte a Hufflepuff. Eres Slytherin de corazón. No te preocupes, nadie es perfecto, amor mío, ni siquiera yo.

Los estrujones que le daba Pansy Parkinson en las manos le causaron efecto: la presión que intensificaba la frescura de su tacto con repetidos toques placenteros, su mirada reclamante, su rubor en las mejillas, la sonrisa de sus labios cereza, lograron que el conejo que habitaba en Ives diera un salto hacia la cobra con los bigotes extendidos. Era tan linda. Y estaba loca. Y él se había equivocado al acusarla. La echaba de menos. Necesitaba su voz. También tenía parte de razón: Cavendisah había deseado que ella se preocupara por él y no que estuviera fingiendo con Malfoy. ¿Quién en su sano juicio podía resistirse? Ives dio un salto evolutivo a liebre silvestre, lo más alto en la escala depredatoria tejonil.

Al ver los ojos anhelantes de Ives, Pansy entendió lo que él quería y sin tardanza apretaron sus manos y tiraron el uno del otro, resbalando bocabajo sobre la mesa.

Cuando las manos no fueron suficientes, al mismo tiempo se tomaron de los brazos, usándolos para acercarse, mirándose a los ojos como si les faltara tiempo para llegar.

Hay qué decirlo. Al alcanzarse, se recibieron con un ansioso beso en la boca, apretándose. Suena poco romántico, pero no necesitas que te expliquen cómo hacerlo porque viene en tu sangre.

Al sentir los suaves labios de Pansy en los suyos, la calidez de su rostro que intensificaba su aroma natural, Ives percibió claramente cómo sus propias orejas se ponían rojas y flotaba. Sin parar, se besaron en la boca como debieron besarse en el Aquelarre, ruborizados, rendidos. Quienes estaban a los costados los vieron con estupefacción. Los de enseguida se inclinaron un poco para no perder detalle. Otros más lejos, pero ya vistos borrosamente por un miope, se levantaron y alguno se pasó la mano por el cabello, mientras la Slytherin y el Hufflepuff se besaban como si el mundo fuera a acabarse en la siguiente hora.

Pansy y Ives se apretaron más, entrelazando sus dedos. Se dieron cuenta del deseo tan grande que tenían de besarse, y cómo una vez llegados ahí no querían perderse nada. La realidad fue apabullante, superándolos. Pansy hizo un ruidito. Los suspiros de ambos se oyeron hasta Durmstrang. A muchos de los testigos aquel beso los estimuló al notarse que Ives y Pansy se gustaban a morir. Entonces era verdad que eran novios, que habían discutido, pero esta reconciliación no dejaba dudas sobre quién era de quién. Ese mismo día varios novios de Hogwarts trataron de copiarlos, causándose caídas de mesas y choques de narices. Alumnas de séptimo grado los miraron con apetencia. Dos o tres los contemplaron con un dejo de melancolía, apoyándose las barbillas en las manos o ladeando las caras con miradas de Ay, si yo tuviera un novio así... Surgieron varios aplausos. Tres vivas. Cuatro silbidos de festejo. Un Ravenclaw pidió que le pasaran los tritones de jengibre para cobrar poder besador. Desde el área de Gryffindor, Ron los miró con sorpresa; Harry sonrió, divertido; Hermione, contrariada por el espectáculo, lanzó una breve mirada indignada a la mesa de Slytherin, donde un amigo suyo al que estaba cobrando enorme aprecio y de apellido Dankworth, bebió un poco de agua, diciendo:

―Aprendan de los valientes.

―¡Qué deshon-RA! -estalló un grito femenino que hizo más puntiagudo un sombrero, en la mesa de los profesores.

Chasqueando los dedos, McGonagall llegó corriendo a donde la Slytherin y el Hufflepuff seguían besándose.

Ives, besando a Pansy, apenas abrió un ojo, mirando arriba, descubriendo a la profesora.

―¡Al despacho del director, inmediatamente! -gritó Minerva- ¡Qué actitud indigna, señor Ives, señorita Parkinson, es inaudito! ¡Vayan, ahora mismo!

Pansy se dio unos segundos más para separarse y rematar con un beso en los labios a Ives. Sin prisa, se colocó bocarriba, se sentó y con doblar las rodillas, las colocó en el asiento, muy seria. Falta decir que había sujetado a Ives de un brazo y lo jaló con ella, poniéndolo en el brete de girar en la mesa, haciendo que los demás quitaran las fuentes con prisa y protestas, medio hacerse un lío con la túnica, caminar en la mesa de la mano de Pansy y alcanzar, justo, a ponerse de pie en el asiento al lado de Pansy, que miraba inexpresiva a la profesora McGonagall.

Ives volvió al mundo, pasmado por lo que acababa de hacer. Su propia osadía lo mareaba, rayando en la auto-felicitación. Algunas chicas de la otra fila de mesas le sonreían, comprobando el rumor de que no era Tejón a secas, sino Tejón de Tasmania.

Experimentaba la sensación de haber bebido un dedal de whiskey de fuego. ¡Besar a Pansy era… fantástico! ¿Dónde estaban, era Hogwarts?

Ives volvió a pescar el hilo de las palabras de McGonagall:

―¡... en centurias ha ocurrido en esta casa de estudios una escena semejante, no me extraña que un Slytherin dé el mal ejemplo, pero de usted, señor Ives, de usted, de la Casa de Cedric Diggory, es todavía más indignante...! ¡Al despacho del director!

―Yo qué culpa tengo -susurró Cedric-, ¿por qué deben usarme de ejemplo? Con eso me hacen antipático. Ah, Ives a ver cómo te va…

Pansy saltó del banco junto con Ives, y salieron. Experimentaron la sensación de un manotazo que los hizo soltarse del dolor. Pansy puso cara de fastidio y hartazgo, pero Ives sí volteó hacia McGonagall, que acababa de apuntarlos con la varita.

―¡Y no quiero ver que se tomen de las manos! ¡No están en un parque!

―... qué raro... la lacra de Pansy Parkinson... -se oyó desde la mesa de la derecha.

Pansy se detuvo y giró a los Ravenclaw. Tomó a Ives de una mano y colocándose la otra en la cintura, hizo la pose y cara que la inmortalizó en la foto que le tomó Rita Skeeter junto con Draco y sus leales. Léeme los labios.

Se giró a la puerta con un seco movimiento de cabeza, su cabello se sacudió en estético mensaje de desdén y llevando a Ives, salió dignamente del comedor, a tiempo para evitar otro grito y manotazo de McGonagall.

Una vez afuera relajó la mano, andando rápidamente. Ives iba un paso atrás.

Ella llevaba la cabeza un poco inclinada, concentrada, enojada, ¿quién sabe?

Caminaron por el corredor, atravesando la sombra y la luz de los arcos. Pansy entrelazó suavemente sus dedos con los de él. Su forma de apretarlo mostraba que le gustaba llevarlo así. Viéndola ir con la cabeza baja, como decidiéndose, le recordó la fiesta cuando le semejó una joven vampira linda y empecinada. Ives se emocionó y, se entregó a la sensación de la piel de Pansy, al tono de piel de su mano, a sentir que lo conducía a un destino secreto.

―¿Te arrepientes? -ella volteó a él, sin detenerse en el corredor desierto; su mirada era un poco melancólica.

―¿Arrepentirme de qué?

―Cómo de qué, de besarme.

―¿Yo te besé, sólo yo? Recuerdo que tú tam...

Para aclarar el punto, ella se detuvo, le puso las manos en los hombros y le dio un beso que lo hizo cerrar los ojos y permanecer en la pequeña caricia mutua. Ives se perdió en la tersura y cálida humedad de los labios de Pansy. Pensó que si la Slytherin querría un beso durante una clase, él no sabía negarse. Al separarse, ella también lo miraba diferente. Eran miradas de querer más, de una confesión que no necesitaba decirse con palabras. Los besos son el filtro de amor más eficaz jamás creado.

―¿Te arrepientes de eso, lindo? -le preguntó en los labios.

―No, de eso no. Y siento haber sido tan tajante esa noche.

―Y yo siento haber pensado darte una poción.

La besó en los labios y ella se lo devolvió.

Pansy lo tomó nuevamente de la mano y echó a andar, un paso delante de él, viendo al frente, animada.

A Ives le pareció extrañamente natural que el capricho de Pansy Parkinson lo guiara. Trató de explicárselo: A él se le dificultaba ser líder para decidir quién se duchaba primero. Además, sinceramente, no era nada difícil entender que ese beso para Ives fue estupendo. Y con secreta satisfacción, se percataba que a Pansy Parkinson le encantaron los besos de él.

Una duda: ¿Ya eran novios por haberse besado? ¿Cómo se manejaba eso? ¡No, no eran novios, sin duda! Sintió un aviso de soltarse, pero al hacerlo coincidió con que ella lo soltó afuera del despacho de Dumbledore y volteó, sonriente, enfatizando con los puños cerrados, dando un saltito.

―¡Qué emoción! -se regocijó- ¡Nos van a expulsar juntos de Hogwarts!

―¿Qué tiene eso de emocionante? ¡Es un problema!

―Bah, no es cierto, nos castigarán tres días -desdeñó ella-, ya vi el reglamento, es una reclusión mínima, por norma no podremos salir de nuestras áreas... pero nos las arreglaremos para salir a escondidas y vernos, ¿te imaginas? -se acercó a su oreja- ¡Igual nos descubren y nos expulsan dos semanas a casa de nuestros padres...! ¡Podremos escaparnos, será fantástico!

―Ay, santo patrono de las mantícoras, me voy a enfermar…

Aunque por un segundo, le pareció emocionante ver más a Pansy Parkinson, una voz de sensatez le preguntó a dónde podría llegar de seguirla.

Como fuera, no estaba ocurriendo nada grave, o no mucho, y así se dejó tomar de la muñeca y entraron a la oficina. No estaría mal besarse de nuevo y en el despacho de Dumbledore.

El Director no estaba. Seguramente se estaba dando su tiempo para terminar sus alimentos en paz.

Pansy e Ives permanecieron de pie.

Una repentina intranquilidad de Pansy llevó a Ives a preguntarle:

―¿Qué te ocurre?

―Pensándolo bien creo que Dumbledore nos va a casar, amor mío -se remordió una uña.

―¿Cómo…?