Ives caminaba en el Callejón Diagon atestado de clientela, ventrilócuitor en mano, que siendo el transmisor tenía forma de oreja.
―Creo que deberé bajar por más tinta porque ésta se terminó -respondía a Pansy-, no te preocupes, no demoraré nada, será la mejor firma que un Hufflepuff enamorado haya hecho en su vida, será un poema.
Lo cerró y corrió. ¿Casarse? Era demasiado joven para morir.
Pese a no tener la licencia y conocerlo muy teóricamente, con suerte de principiante por primera vez había realizado el hechizo de Aparición, afuera del despacho de Dumbledore, y de su dormitorio llegado a Diagon, donde en Gringotts retiró velozmente diez mil galeones, más equivalente en libras esterlinas por si debía abordar el Titanic. Pensaba que siendo tan buen barco debían haberlo reconstruido. ¡Y huir por su cuenta! Nada de esconderse con sus papás, sería muy vergonzoso ir a casa. Huir también era deshonroso, pero si te salía bien, por lo menos no estarías oyendo críticas.
Rumbo a la calle Charing Cross, el corazón le dio un vuelco cuando a unos metros, afuera de Túnicas Madame Malkin, descubrió a Pansy Parkinson de pie entre los transeúntes, de perfil, con aspecto relajado.
Experimentó una sacudida placentera al verla... pero no, era la reacción ante la belleza de la cobra. Ives cruzó la vía y echó a caminar rápido muy cerca de los negocios; al sentirse seguro, miró atrás para comprobar.
Ningún conocido.
En el Emporio de las Lechuzas al ver de nuevo al frente casi chocó con Pansy Parkinson, quien, con pesar, miraba arriba y a un lado.
―¡Aaagh! -gritó Ives.
Dio vuelta y salió corriendo en sentido contrario, hallándose más allá de frente con Pansy, que le mostraba el papiro.
―¿Firmas, lindo?
La evitó, corriendo y alejándose más de Charing Cross a donde pensaba huir, tratando de hacer el hechizo de Aparición, pero no lo logró pese a intentarlo frenéticamente.
Zigzagueando entre los magos, llegaron a Florean & Fortescue, donde rodearon una mesa ocupada por tres adultos. Los chicos hablaron en torno a la mesa de desconcertados clientes.
―¿Cómo me hallaste? -se intrigó él, alejándose.
―El Callejón es lo más lejos que has ido de Hogwarts en tu vida. Necesitas tomar valor para seguir y seguramente recursos económicos, porque tus aventuras Hufflepuff son bajo condiciones controladas y habiendo recibido suero anticrotálico.
Ives se detuvo.
―¿Cómo manejas el hechizo?
―Todo Slytherin lo aprende desde tercer año, clases clandestinas, etcétera; fingimos no saberlo hasta ser mayores. La idea es estar en capacidad de realizar acciones de comando.
Ella trató de acercarse con una carrerita, pero él se alejó, rodeando a los clientes.
Se detuvieron de nuevo.
―Y vienes por mi firma, supongo.
―Pues sí, sí -admitió ella, viendo a un lado, acomodándose coquetamente el cabello por la nuca-, nos casaremos.
Él corrió en torno a la mesa. Ella volvió a seguirlo, dando dos vueltas completas, pero tratando de serenarlo:
―¡Se consumará hasta que salgamos de Howgarts! ¡Nos declararán mago y bruja, pero a efectos prácticos seguiremos siendo novios! ¡Dará igual cómo nos llamen!
Él se detuvo. Ella lo imitó.
―¡Ya veo, y nadie podrá acercárseme! -comprendió Ives.
Muy tranquila, ella denegó con la cabeza.
―Nadie, nadie.
Él volvió a correr; los sorprendidos clientes no acertaban a reaccionar.
―¡La mejor parte es que nadie se acercará a mí! -le recordó ella, siguiéndolo- ¡Piensa en eso! ¡Alejarás de mí al que sea, a Malfoy, a Nelms! ¡Seré tu bella y joven esposita!
Ives se detuvo otra vez, considerándolo. Casado con Pansy Parkinson. La idea era extraña por anticipada, pero imaginárselo tenía un encanto indefinible para él. Posiblemente, lo indefinible era el encanto.
―¿Ves, ves? -advirtió ella, volviendo a rodear la mesa, caminando rápido- No te parece mala idea, amor mío.
―No, no suena mal -aceptó, alejándose.
Ives sentía que ella lo vencía. La parte emocionante y placentera lo debilitaba. ¿O era el cascabel de la serpiente?
―¡Entonces, ven! -ella arrancó rápido, rozándole el brazo.
Cavendish se zafó por poco, apenas sintiendo los dedos de la Slytherin y echó a correr cruzando la vía.
Entraron a Flourish & Blotts, donde se intercalaron entre los clientes, él manteniendo la distancia.
Pansy lo siguió entre clientela y libros, afirmando:
―… no mientas, en la heladería te agradó imaginar que estamos casados.
―Aun así, creo que algún truco hay en eso de que besarse en el colegio te compromete. Mucho se besan a escondidas.
La cara de Pansy asomaba entre uno y otro cliente.
―Tú lo dijiste, a escondidas, nosotros lo hicimos ante el pleno de la comunidad colegial y profesoral.
Más al fondo, Pansy se detuvo y se cruzó de brazos.
―Voy a dejar de perseguirte, Ives. Llamaré al profesor Snape para que venga a retarte a duelo.
―¡Tramposa, mejor yo te persigo a ti! -sonrió, acercándosele con sonrisa pícara.
―¡No! -ella protestó riendo, un poco intimidada, y se alejó ente los anaqueles.
Cavendish iba tras ella, caminando, evitando a los compradores.
―¿Por qué haces esto? -insistió él.
―Porque me gustas -ella volteó, sin detenerse-. No sé qué respuesta esperas de mí.
. Separados por un anaquel, Ives veía los redondos ojos de Pansy entre los libros.
―¿Cuándo te nació la idea de ser novios, Slytherin?
―Con el tiempo -Pansy le dirigió una mirada por encima de los volúmenes-. ¿Cómo te nació a ti lo que sientes por mí?
―También con el tiempo, aunque más claramente, fue entre el libro de Woodward y tu fiesta. ¿Dónde estás?
Sólo la voz de Pansy salió detrás de una pila de tomos sobre una mesa:
―En mí fue entre una mañana que le diste sonriendo los buenos días a McGonagall y verte dibujando un bicornio.
―Apesto.
Pansy se incorporó, encantada:
―Me gusta eso de ti.
Ives se detuvo.
―¿Me hablas en serio? Flaca pregunta, porque si no me hablas en serio, también me dirás que sí.
―Te hablo en serio, te lo juro -tomó el Sigilo enrollado, con las dos manos, como si fuera un regalo.
―Yo sí te quiero -protestó el Hufflepuff, renuente.
―Y yo a ti -asintió, divertida-. ¿Te lo digo en duendigonza? Quizá de ese modo sea más claro para ti, porque te asustas como duende.
―Hay puntos que no concuerdan.
Ella le tendió el pergamino.
―Firma y lo hablamos, te revelaré lo que quieras, lo sucedido con Tracey y cuando te fuiste del Aquelarre.
―Mejor no -corrió a la salida.
―¡Pero, Ives! -protestó ella, alzando los brazos- ¡Qué indeciso eres!
Cavendish salió con prisa de la librería, escuchando los llamados de la Slytherin.
Ives corría, aplastando la varita como si fuera tubo del dentífrico y ver si por fin salía el hechizo.
Más adelante, se hizo a un lado al sentir que alguien llegaba desde arriba. Era Pansy, que se dejó caer desde una marquesina, con el efecto no anticipado por ella de que su falda se abombó en paracaídas.
Cayó en sus dos pies y preguntó a Ives, inmóvil, estupefacta, apoyándose las palmas en las piernas.
―¿Me viste la ropa interior, degenerado?
―Nada, nada -asintió él con nerviosismo, con las manos en el cuello-, sólo que es blanca, de algodón, con tu nombre bordado en letras rositas muy chicas, pero nada más.
Dio vuelta y salió disparado para desaparecer o salir a Charing Cross, evitando y apartando un poco a algunos transeúntes.
―¡Espera, Ives! -le pidió Pansy, yendo tras él- ¡Hufflepuff mío, detente!
Acelerando por el Callejón, Cavendish llevaba zapatos de charol negros, smoking negro y corbata de moño del mismo color, con lunares amarillos. En vez de varita llevaba un bastón colgado de la muñeca y, sujetándose el sombrero de copa, miró atrás.
Pansy corría tras él, en vestido de novia con velo de vivos rosas al viento, alzando apenas el borde de la larga falda por la vía con sus tenis plateados de cordones verdes, seguida de dos niños de smoking y corbata de moño verdes tratando de sostener la cola del vestido, cuatro padrinos vociferantes copas de champaña en mano, un cura anglicano de sotana lanzando agua bendita a diestra y siniestra, dos gitanos muy correctos que corrían tocando sus violines, dos señoras que aventaban arroz, otra que pedía el ramo, tres fotógrafos con grandes cámaras de tripié que flasheaban solas y dejaban volar por el callejón las instantáneas de dragones de papel volando, manos entrelazadas a escondidas, besos al salir del colegio, citas en la noche afuera de casa, cartas con palabras en código que sólo entienden los enamorados en la escuela y así fueron entre la papelería y los artículos para quidditch.
―¡Ives!
Al voltear de nuevo, Pansy corría tras él, de uniforme como él. Ives sentía secretos deseos de ser alcanzado y que el asunto terminara como ella quisiera; ella lo perseguía porque le encantaba; el Hufflepuff huía de su enamorarse de la Slytherin.
Cavendish se detuvo a unos metros de la tienda de calderos, recobrando aire, y la Slytherin (que resistía más ejercicio que él) lo alcanzó, tomándolo suavemente por un brazo. Ives experimentó placer y alarma.
Dio unos pasos más, pero Pansy lo abrazó por la espalda, recargándole su dulce peso. Al sentirla, quiso abrazarla a su vez.
―¿Por qué huyes? -quiso saber la chica, dolida- ¿Tan horrible te parece la idea?
―¿La… idea de casarnos?
―La idea de querernos.
Él negó con el índice, recobrando el aire:
―Yo te quiero. Entiendo tu forma de ser, también creo que casarme llegado el momento o incluso con autorización, no se me hace una idea horrible... -jadeó y se le escapó una risa- Es el modo...
Pansy se puso de frente a él y le posó las manos en los hombros; le habló muy cerca, melancólica. Ives se extrañaba. ¿Cómo lograba Pansy Parkinson ser tan atrayente, cometiera una tozudez, un berrinche, una trampa? Para Ives era la forma en que movía el suelo bajo sus pies y la dedicación que aplicaba en sus locuras. En esta parte del Callejón, además de lo bonita que la encontraba, sonrojada por la carrera, la forma de arrumaco de su boca y la expresión de sus ojos era lo más cercano al cariño, que ella le había mostrado.
―¿Qué tiene de malo, lindo? -sus cejas se fruncieron de pesar, mirándole los labios- ¿Sabes qué rápido se va la vida? ¿Crees que porque somos estudiantes, el tiempo se va lento? Parece lento, pero se va igual de rápido para todos, Ives, querido.
Ella descubrió a Gallant a mitad de la calle, lechuza al hombro, escoba tras él, buscándolos con la mirada, asomando entre la gente que pasaba. Venía de Gringotts, deteniéndose casi en cada comercio y preguntando. Por indicaciones desde la heladería llegó aquí.
Ives no lo vio La Slytherin como el rayo calculó la situación. Pansy lo hizo dar unos pasos con ella, hacia el Caldero Chorreante. Bastante gente andaba por ahí. Insistió:
―Ives, parece ser que conforme creces, sientes que el tiempo se va más rápido, pero el tiempo huye igual de todo mundo, también para nosotros. Mi único deseo es que aceptes que yo te quiero. ¿Es tan malo?
―No, pero estoy seguro que ese Sigilo tiene truco.
―Olvida eso, hablo de nuestros sentimientos.
Aun con ese connato de diferencias, dieron la impresión de besarse de nuevo, pero la voz de Gallant los interrumpió, pues tomó un ángulo del callejón que le permitió verlos.
―¡Muchachos, esperen!
A Pansy le salió lo Slytherin. Miró con furia a Gallant, por interrumpirla en sus esfuerzos.
Ella lo pensó. Gallant era de los Slytherin más relajados. El menos tortuoso, generalmente el que caía mejor a los de otras casas por su eterna apariencia de niño formal, aunque estaba en séptimo. Aun así, Pansy se sintió presionada y por ende se enojó. Gallant no se iba a andar con resabios si lo enviaron para regresarlos. También significaba -para ella más grave que Dumbledore-, el profesor Snape, y con él no se jugaba. A él sí le temía. Contaba con un minuto cuando mucho.
―¿Y lo demás no importa? -insistió- ¿Nuestro abrazo en Norfolk, lo de hoy?
El Hupplepuff la observó en su melancolía. ¿Era posible dar el salto por completo?
Emil se acercaba, abriéndose camino entre la gente, midiendo sus pasos para tenerlos al alcance de un hechizo sin afectar a alguien cerca. Pansy tomó a Ives de la muñeca y lo llevó cerca de las puertas del Caldero; continuó:
―Óyeme, Ives: hay muggles que a los cincuenta y tantos de edad piensan darse años más para aceptar una propuesta de amor. Lo sé porque en las clases en Malfoy Manor Contra el Peligro Muggle nos advierten de la enfermedad muggle de sentirse eternos, por la que posponen decisiones importantes para un futuro que nunca se hace presente.
Ives también se vio intranquilo luego de descubrir a Emil, pero no era porque lo interrumpieran con ella. Al correr, le había nacido una duda. Una duda importante sobre Hogwarts. Aun así, atendía a la Slytherin. No tenía fuerza para soltarse.
Emil estaba más cerca.
―¡Chicos, vengan acá!
―¡No cometamos el mismo error! -asintió ella, deteniéndose y clavándole las uñas en los hombros- Ives, tú me gustas, yo te gusto, ¿qué esperas? ¿Por qué no probar? ¡Con los líos de cada año, peores cada año, no sabemos el futuro cercano que nos espera en Hogwarts! ¡Hay que hacerlo ahora, aunque no estés totalmente seguro!
Apariencia de niño bueno, pero Gallant no dejaba de ser Slytherin y Pansy no lo olvidaba. Con su expresión de no pasa nada los haría regresar a la fuerza. Tomaría su propio "vengan acá" como el intento de diálogo y le sorprendería mucho que le reprocharan no haber insistido antes de lanzarles un Desmaius.
―Está bien, Ives, regresemos... -dijo ella, intuyendo que el Hufflerpuff no iba a querer retornar al Colegio- No hablemos más del tema del Sigilo, regresemos, que nos expulsen y lo pensamos.
―No. Esta experiencia me ha hecho cavilar mucho en qué significa estar en Hogwarts. ¿Por qué tú debes ser Slytherin y actuar como actúas, o yo? ¿Por qué dicen que Diggory debería ser Gryffindor por ser valiente? ¿Vivimos siguiendo guiones? Necesito pensar y alejarme.
―¡Prefecto Supernumerario Emil Gallant! -se presentó para mostrar su autoridad, llevando la mano a su túnica, deseoso de acabar con el asunto- ¡No se pueden alejar tanto del Colegio, es por su seguridad!
Pansy asintió a Ives, alisándole una solapa. Se mojó los labios.
―Está perfecto -afirmó, tratando de parecer calmada-, dime dónde vas y haremos el hechizo juntos.
Aun con su meta tambaleándose, no le quiso confesar que el Sigilo era medio embuste. Podría servirle para más adelante. Y no lo hacía por maldad. Lo hacía para no perder fuerza.
―No te diré -él sujetó su varita.
Pansy puso ojos de preocupación. Lo soltó y se cubrió el tórax. Podía perseguirlo, pero si él se iba decisivamente, sin querer llevarla, ella no lo seguiría a la fuerza, no se aferraría a él.
―El Sigilo tiene truco, ¿verdad? -asintió Ives- A eso me refiero, no a si es grato o no, porque lo es, me gusta que seas Slytherin con tus locuras. Te quiero así. Me refiero a que mientas para lograr lo que deseas, a que pienses que para lograr lo que buscas, todo es válido.
Emil se preparaba para lanzarles el Desmaius. Se detuvo a unos metros y les advirtió, apuntándoles:
―¡Suelta la varita, Cavendish!
Intranquilos, los transeúntes se apartaron, abriendo el espacio en torno de los muchachos.
―¿Por qué, Ives? -preguntó Pansy, sin entender- ¿Qué tiene de malo hacer lo que sea, si el fin es bueno?
Al ver que Ives se le escaparía, Pansy ya no se detuvo en decirlo como lo sentía. La atravesó el dolor de perder la dulzura del Hufflepuff. Adelantando un poco la cara a él, le gritó asustadísima:
―¡No, no, Ives, no me dejes así, te juro que me voy a volver loca de no saber si estás bien, ni cuándo volverás! -abrió mucho los ojos- ¡Ives, estoy enamorada de ti!
Aquella confesión fue el segundo de mayor sinceridad de Pansy Parkinson.
―¡No sé cómo explicártelo para que me creas! -insistió- ¡No sé cómo hacer para que admitas que te gusta la idea! ¿Por qué huyes, lindo, si tú también me quieres? -la asaltó una intuición precisa- ¿Es por eso, porque me quieres…? ¡No tengas miedo de quererme! -por primera vez sufrió de pensar en ser detestada; se tomó de las sienes- ¡Por favor, no me tengas miedo!
Ives efectuó el hechizo al tiempo que Gallant les lanzó el Desmaius.
En el último segundo, el Hufflepuff alargó el brazo, jalando a Pansy con él, y el destello los borró.
El Desmaius de Gallant nada encontró, siguió camino y golpeó a un sujeto que salía del Caldero, lanzándolo de nuevo adentro como decidido a buscar mesa siempre sí.
Dos malencarados que iban con él siguieron el trayecto de su colega con mirada desabrida, y vieron a Emil con gesto fastidiado.
―¡Rekraken! -maldijo el más feo.
Sus miradas toparon con Gallant, que no podía ser más confeso que su apuntarles con la varita, haciendo una mueca que trataba de ser sonrisa de disculparse, solo en el centro del hueco que dejaron a su alrededor los atemorizados transeúntes.
Buen día, verán, sigo a un par de escolapios que, pues, ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, ¿verdad?, pero deben regresar al colegio para evitar hallarse con pelafustanes como ustedes, ¿saben? Y no hubo tiempo que se me explicara cómo pueden ellos hacer el hechizo de Aparición. Por otra parte, me alegra que su amigo esté besando pies allá dentro, porque tiene una cara de sangre sucia que es un poema.
―¡Ese viene con los mocosos que se perseguían!
―¡Vamos por él!
Metieron las manos a sus sacos, buscando sus varitas. Ups. Gallant estaba en problemas. Pensó que podía regresar a Hogwarts, pero sería en fracaso, imposible de admitir. Y el regaño del profesor Snape sería insoportable. Debía pescar a los chicos. No podía dejarlos a merced de cualquier otro sujeto como este dúo, que se hallaran en el camino.
Rápidamente comprobó que ninguno de los fugitivos se había despartido en su imprudencia y pensó sin moverse ante aquellos malencarados que venían por él: una hipótesis sugerida en clase aventuraba la existencia de un remanente temporal de todo hechizo de Aparición, que permitiría seguir su pista. Era pura especulación, aunque al final sería correcta y la perfeccionaría el mismo Gallant.
Por lo cual, evitándonos la teoría porque aquellos patanes casi lo alcanzaban, Gallant, lechuza al hombro y escoba a la espalda, hizo el pase tentativo susurrando "¡Secundum!" (era peligroso, nadie lo había intentado) y desapareció, esperando agarrarse del remanente del hechizo de Ives y salir cerca de ellos, quién sabe dónde sería eso, pero esperando caer en blando.
