Aparecieron de pie sobre un montón de heno, dentro de un traqueteante y enorme rectángulo de madera en movimiento, ocupado con grandes embalajes, y que mostraba una gran puerta de hierro cerrada a un costado. Los acompañaba el sonido rítmico de metal deslizándose.

―Estamos en un tren de carga -dictaminó Ives.

Pansy apoyó una mano en un pared, pero la apartó.

―El Expreso de Hogwarts, no es -reconoció ella, con repentino desagrado- ¿Cómo lo supiste tan rápido?

Ives no se animó a decirle que había visto películas del Viejo Oeste con su profusión de ferrocarriles. El hechizo mal realizado y su pensar en Lo que el viento se llevó debió lanzarlos al azar, quién sabe a cuánta distancia de Hogwarts, pero al Sur del Reino Unido con gran probabilidad, pues en el sur de USA vivían los personajes de aquella película. En ellos pensaba al hacer el hechizo. En huir de la esclavitud.

―En casa me daban lecciones anti-muggle -mintió él.

El vagón se sacudía levemente.

―Oh. Tus papás y los míos congeniarían.

―No lo dudo.

Ella tuvo curiosidad:

―¿Por qué me trajiste contigo?

―Tu hermano de Casa lanzó un Desmaius que te iba a tocar -leyó el rótulo de las cajas, suministros médicos para el hospital Parkwood, de la ciudad de Blackpool-, y aun si no fuera así, no fui capaz de dejarte.

―¡Ives….! -Pansy sonrió.

Estar de pie era un poco incómodo, con el movimiento.

―¿No te afecta saber lo que hizo él? -Cavendish la observó, intrigado- Si un Hufflepuff me hiciera lo mismo, me sentiría terrible.

―Mh, no, no me afecta… -lo pensó-. No dudo que se haya extralimitado en lo que le ordenaron, pero es normal.

―Vaya.

Él se recostó sobre el heno. Al poco, pese a su incomodidad por el sitio, ella lo imitó, quedando cabeza con cabeza. Una de sus manos quedó cerca de la frente de Ives en el vagón traqueteante. Pansy miró con seriedad reflexiva a una claraboya en el techo, por donde pasaba el cielo azul y sus nubes claras. Tuvieron la sensación de ir en campo abierto.

Pansy trató de acercarse a la verdad:

―¿Por qué no puedes quererme?

―Pansy, yo te quiero, te lo he dicho en verdad, pero es que no sé si me hablas en serio o me hablas al modo...

―¿Al modo qué?

―... al modo Slytherin.

―Quieres decir, embaucándote.

Siempre que pensaba moverla a admitir que era un capricho, lograr su enojo definitivo, Pansy no lo hacía.

―¡Que no! -aclaró ella, sentándose, exasperada- ¡Hogwarts piensa que por ser Slytherin somos malos y mentirosos y hacemos lo que sea para lograr lo que deseamos!

―No me digas -se colocó las manos detrás de la nuca.

―¡Y que no tenemos escrúpulos en pisar a quien se nos oponga!

―Mira nada más.

Pansy, viendo arriba, acongojada, contó señalándose los dedos con el índice de la otra mano.

―Y que somos astutos, ambiciosos, maliciosos, vanidosos, rencorosos, vengativos, rompemos las reglas, y que el Orgullo Slytherin y que...

―¿No es verdad? -rio él- ¡Tu dichoso Sigilo es una prueba!

―¿Dichoso, como si fuera feliz?

Las referencias muggles de Ives no le ayudaban.

―Tu famosa carta -explicó-, tu destacada carta, ¿ya? Tu falso documento oficial, prueba que ustedes son lo que dijiste.

―¡No he dicho que sea falso y no es el punto! -se acercó a él.

Es el punto -rio, haciéndose un poco para atrás, un poco enojado con ella.

Pansy dijo con queja caprichosa:

―El punto es que yo te quiero, te quiero de verdad, si hago esto o lo otro como Slytherin, pues ni modo que lo haga como Hermana de la Veladora Perpetua o qué. Si te caigo gorda porque molesto a Santa Dientes Granger y eres del Club de Fans de Harry el Sucio pues perdóname -protestó-, todos esos embrollos son de antes que naciéramos, arrastraron a todos los hijos de padres Slytherin, antes de llegar a Hogwarts crecimos con ideas de supremacía, nos gustaran o no. A mí por qué me culpas de problemas que empezaron en el Jurásico cuando Dumbledore ya era brontosaurio arrugado.

―Eso es cierto -concedió él-, por lo general no pensamos que desde muy niños les inculcan esas ideas.

―¿Entonces por qué huyes de mí? Yo…

Cerró los ojos cuando Ives la besó en los labios. Ella le devolvía esas caricias tierna, un poco juguetonamente.. Con pocos besos en su boca de labios llenos, Cavendish se aficionaba.

―Es complicado de explicar -comentó él-. Aunque ya no huyo de ti, huimos juntos.

―Entonces, ¿huías por verme como mala? Pues lo soy, para qué te miento. Soy intolerante, anti-sangre sucia, odio a los muggles, soy celosa, posesiva, puedo ser una infame, pero también guardo mucho amor.

Aquello recordó un punto importante para Ives, quien preguntó con desagrado:

―¡Eso quería saber…! ¿Tienes mal genio? Dime, ¿tienes mal genio? Porque esa imagen de la celosa, posesiva, de mal genio Y amorosa es la justificación de una insufrible que busca quien la trague. Rosa y tigre, no me hagas reír. El mal genio sácalo frente a un espejo, a mí no me vengas con que eres una malgeniuda, pero me amas. ¿Tienes mal genio...? -se apartó un poco- ¿Tienes...? ¿Tienes...?

Ella lo miró, pensativa.

―No dices nada -asintió Ives-, esa es tu respuesta, bien, que te aguanten en tu casa y en tu Casa -dio vuelta y se alejó a cuatro manos, tomando un pasaje tamaño túnel mediano, que unía éste con el siguiente vagón.

Curiosamente esa forma de expresarse medio ruda hizo más efecto seductor en Pansy que si le hubiera llevado rosas. Él ya iba dentro cuando ella fue tras él por el pasaje, también en cuatro manos, para alcanzarlo.

―Espera, espera, amor mío, déjame que te explique... No me dejaste...

Él no se detuvo. Su voz salía medio apagada.

―Lo demás lo puedo entender -comentó él-, pero caricia y golpe es maltrato. No porque se pongan cariñosas como si hicieran un alto en su amargura se hace bonito. ¿Qué se creen? Quieren un títere, pero verse simpáticas, están locas. ¡Tú también estás loca, vete, regresa a Hogwarts!

―¡No, no es lo que piensas! -se rio al oírlo hablar como Slytherin- ¡No me dejaste contestarte!

―Ni creas que me la vas a hacer, detesto a las personas de mal genio, aplíquense un hechizo auto-desmemorizante.

Escucho lo que me dices y me importa entenderte -ella insistió como Hufflepuff- ¡Es que no me oyes!

No pudiendo voltear, la señaló, sacudiendo la mano para que el índice la apuntara repetidamente.

―Ustedes los Slytherin solo piensan en sí mismos. Si coinciden los deseos de ustedes y el no-Slytherin, es casualidad. Por eso si ustedes cambian, no les importa dejar al otro con lo que sienten.

Continuaron a gatas.

―¡Pero ni me has dicho que sientes tú! -rio ella de nuevo.

―¡Te quiero, me gustas, claro! ¿O por qué te besé y se armó el lio con la profesora Minerva? ¿O por qué llegamos a este tren?

Dio un salto cuando Pansy estiró el brazo y le propinó una nalgada.

―¡Ey!

―También me gustas -sonrió ella, mordiéndose el índice-, qué quieres que te diga...

El movió la cabeza como quien dictamina un caso perdido y siguió avanzando a cuatro manos. Se veía la luz de la salida. Pansy lo seguía, protestando:

―Qué te pasa, da la impresión que tengo lepra de hongo. Ni que yo fuera Lord Tenebroix para que me tengas tanto miedo.

―No te tengo miedo. Y ni creas que por lo que dije, estoy bien contigo.

Ella lo tomó de un pie, haciéndolo irse de bruces. Al mirar atrás, ella lo tenía de un zapato y tobillo.

―¿Si no me temes, por qué actúas así?

―Ya oíste, si te luces aceptando amor y mal genio, significa que eres inaguantable.

―¡Yo no dije que tuviera mal genio...! -subió, sujetándose de la rodilla- ¡Tú lo diste por hecho!

―El que calla, otorga.

Estaba tan intrigada que ladeó la cabeza:

―Es la segunda o tercera vez que dices algo parecido. ¿Qué significa? ¡Nunca lo había oído!

―No responder a una pregunta, es igual a contestarla con un "sí" -se arrastró para salir.

―¡Estaba pensando cómo decirte que no tengo buen genio al modo de ustedes los Hufflepuff! -protestó, dejándose llevar por la pierna de Ives- ¡Posiblemente se ve como mal genio! ¡No se te puede decir nada, porque lo tomas a mal!

Reptando, Ives salió del túnel comunicador, arrastrando consigo a Pansy, agarrada con ambos brazos, saliendo a otro vagón. Llevaba un cargamento sellado en metal, de la marca inglesa de helados Cadbury: Vanilla Chocolate Ice Cream Bars. Debían ser cajas con microclima para no congelar el vagón. Hacía casi el mismo calor.

―¡No es mal genio! -ella salió del pasaje golpeando el pie de Ives con los nudillos- ¡Toc, toc, llamando al cerebro de Cavendish!

―¡Te voy a dejar mi zapato en la mano! -rió-. No te va a gustar porque cuando salimos del Gran Comedor yo venía de auxiliar al equipo y no me había duchado.

―¡No seas mentiroso, no los dejan irse si no se duchan antes, me lo dijo Draco, nuestro campeón de quidditch!

―Debí suponerlo -se giró bocarriba.

―¡Mira, ya estás celoso de nuevo! -sus ojos brillaron de gusto, sin soltarlo- ¿Ves por qué sé que me amas?

―Me das besos en las orejas, me aprietas, me revuelves el cabello, me intranquilizas con tus palabras, armas un verdadero caos y quieres que no sienta nada si me hablas de Malfoy con ese tono.

Mirándolo, Pansy trepó por las piernas de Ives, sujetándose con las manos de cada pernera del pantalón, conforme subía.

―Él no me importa... si quieres envenénalo de nuevo... Vacíalo por el retrete, a mí qué...

Pasó del cinturón y como serpiente, continuó, tomándose de los brazos de Ives y deslizándose sobre él, hasta quedar cara a cara.

Sintiendo el peso de ella y la forma como se deslizó sin dejar ningún contacto a la imaginación, causó en Ives la reacción de levantarse, aunque cayó de espaldas vencido por el sujetarse de Pansy a sus hombros y por el toque de la punta de su nariz contra la de él, al añadir:

―Mira, ésta es mi seriedad, es mi "mal genio".

Tratando de hacerle entender la diferencia entre casas, que era fácil de percibir, pero difícil de explicar, punta contra punta de nariz quiso hacer aquel esfuerzo casi inédito.

Desde el fondo de sus ojos emergió otra expresión. Se formó igual a una imagen en un lago al serenarse las ondas. Sus ojos se llenaron de una seriedad impactante. Era un ser que provenía de una profundidad antigua. Una seriedad que repelía y atraía, pero envolvente, ejerciendo una fascinación que desarmaba.

―No estoy enojada. No te odio -musitó ella-. Ésta es mi forma de ser sincera. Mis ojos te hablan de los deseos, las aspiraciones y los sueños de la Serpiente. Las otras tres casas provienen de la Luz. Slytherin somos los únicos que provenimos de las Tinieblas. No hablo del Bien, ni de Mal. Es la vieja ley de las oposiciones y los complementarios, lo que somos tú y yo y en realidad todas las parejas del mundo. Yo te muestro lo que llevo dentro, que no viene de mí, sobre lo cual no tengo poder, excepto dejarlo ser. No es Maldad. Los ojos de Slytherin te hablan del Enigma.

Ives no podía apartar su atención de la mirada de Pansy, que tomó el contacto de sus narices como un eje.

―Entonces, si digo que me gustas, es verdad -agregó la Slytherin-. Y si actúo sin preguntarte si yo te gusto, es porque no me parece necesario, puesto que lo sé. La lógica es que estemos juntos. Hoy te hablo de forma más cercana a ti; generalmente no entiendo el lenguaje que hablan ustedes, los de las demás casas; sin embargo, te aseguro que puedes hablar el mío y serás muy feliz. Tan feliz como no podrías serlo con ninguna otra. Mi trabajo es hacerte entender lo que te conviene. El tuyo es seguirme.

Atrapado, me tiene atrapado, pensó Ives, hipnotizado con el contacto de la nariz de Pansy y con el cercano susurro de su voz. No es que ella esté jugando o que esto sea un truco. Ella así es, como cada Slytherin. Encuentran tan natural lo que hacen que no entienden si les dicen que son extremos o que hacen trampa. No la traje conmigo a este tren para evitar que la lastimaran: me aseguré de seguir a su lado.

Ella se apartó y apoyando un codo en él, apoyó la sien en la mano, tocándole la punta de la nariz con un dedo de la otra.

―¿Me entiendes, lindo? ¿Ves cómo es tan sencillo?

Ives no atinó a quitarse, frente a la cobra juguetona. Tener su rostro tan de cerca, los ojos, le ejercía cierta fascinación. El suave peso de ella sobre él, extendido a lo largo, era un importante elemento para convencerlo de no moverse.

―Oh... -ella exclamó en voz baja y le lanzó una mirada de comprensión, seria- ¿Qué te ocurre...?

Quién sabe cuál habría sido la respuesta de Ives, pero los sorprendió un aparatoso crujido de madera, arriba. Parte del techo les cayó cerca de los pies en polvareda de serrín, ceniza y hojas de árbol, sobresaltándolos y haciéndolos atender al ya muy amplio hueco sobre sus cabezas.

¿Era Gallant?

Era Bellatrix Lestrange, cabellos en desorden y mirada demente, viéndolos desde arriba con odio y ladrando una de sus peores insinuaciones amenazantes, con dientes de tiburón:

¿Quieren helado de vainilla con chocolate, sangres sucias?