Se levantaron de un salto, mirando por la columna de luz que bajaba desde la abertura del techo, desde cuya orilla los amenazaba Bellatrix.

No la reconocían (eran muy chicos cuando salió en The Daily Prophet), pero como tú sí, continuamos.

¿A qué están jugando, mocosos? -gruñó la Lestrange, con repugnancia- ¿No deberían estar en la escuelita jugando a hacer pocioncitas maravillositas?

Ninguno pudo articular palabra, y menos cuando ella tomó su varita. Los iba a liquidar.

El boquete del techo se abrió en fauces de hipopótamo haciendo desplomarse a Bellatrix en tronar de maderos, azotando contra el suelo en un maremágnum de serrín y greñas de maldecida, yéndose por un nuevo hueco como quien tiró con ansia de la cadena del WC, mandándola a los rieles en los que fue tragada y desapareció.

En el movimiento se abrieron varias cajas de Cadbury, porque Bellatrix antes de irse como por el caño olvidó la magia y se agarró de donde pudo al grito de ¡Vámonos con William Wallace! arrastrando empaques y regando su contenido, yéndose parte de las paletas por el hueco del suelo, donde pasaban disparadas las vías. Los chicos tuvieron la impresión de algo enorme saliendo de una caja, tan grande como un churro para Godzilla, yéndose por los rieles emitiendo un chillido de rata machacada.

―¿Qué hiciste? -Pansy miró a Ives, boquiabierta; el traqueteo del vagón se oyó más fuerte.

―Me espanté y abrí huecos bajo sus pies -respondió, con la varita en la mano.

―¿Y me preguntas por qué te amo? -negó con la cabeza, para marcar su admiración.

Un mar de paletas se había desperdigado por el suelo del vagón, cayendo varias al asombroso boquete. Moviéndose por el borde, la chica levantó una, la abrió y mordió:

―Mh, me gustan los helados, pero la tonta de Tracey decía que eran para niños...

―¿Cómo la puedes comer -preguntó él, bordeando el hueco-, si no la pagaste?

El ruido era muy fuerte. Ella se encogió de hombros.

―Se van a ir por el agujero o a derretir, de todos modos ya se perdieron.

Un objeto llamó la atención de Pansy, que fue por él:

―Qué hermoso...

―Salgamos, no podemos seguir en este vagón -decidió Ives, mirando al hueco azul del techo-, tú primero y me jalas desde arriba. No me sale bien el hechizo de Levitación.

Como pudo, antes abrió la pesada puerta al costado. Precavidamente y recibiendo el aire a velocidad asomaron, para comprobar que no estaban cerca de algún túnel u obstáculo.

Pansy tiró la Cadbury por el boquete y luego de rápidamente besar a Ives para que probara el chocolate y la vainilla de sus labios -lo que encantó al Hufflepuff, pero no dijo nada-, ella se apoyó en las dos manos de Cavendish, que la empujó al techo, por donde ella trepó. Su cara indignada asomó por el hueco donde corrían las nubes.

―¿Me volviste a ver la ropa interior, soez?

―Fue sin querer, pero es la misma, malo que hubiera visto el modelo azul, entonces si podrías decir que soy mirón.

Equilibrándose peligrosamente sobre unas cajas de helado, Ives se sujetó de la mano de Pansy, que lo ayudó a subir.

―¿Cómo que el modelo azul, cómo sabes que tengo azules?

―No lo sé -rio, saliendo al aire libre; el sol brillaba fuerte-, adiviné. ¿Qué se siente que te sorprendan?

―Es emocionante -respondió, halagada.

―A quién le pregunté -miró al cielo.

El aire era muy fuerte ahí arriba. Siempre listo como (boy scout, de haber sido muggle, Ives habría sido boy scout, tal cual) se espera de un Hufflepuff preocupado por sus compañeros, miró adelante para volver a comprobar si había puente o pasaje que fuera a golpear a Pansy (no pensó en él), pero nada halló a kilómetros de distancia, excepto el tren que avanzaba en medio de un frondoso bosque a sus costados.

Cero problemas a la vista, hasta que apareció un energúmeno con cara de muggle caníbal, asomando por el hueco de donde ellos salieron.

¡Por los mil chizpurfles! -aulló- ¿Saben a quién mandaron por ese avernal agujero, par de embriones?

Como resorte, Pansy tomó a Ives de la mano y corrieron sobre el tren.

El paisaje y el cielo pasaban a gran velocidad en torno a ellos. El bosque a sus lados quedaba atrás en un manchón verde complejo. Las nubes brillaban de sol. Pansy apuntó atrás con la varita.

Un estallido dio a los pies de Ives, que lanzó un hechizo al energúmeno, perdiéndose en los árboles a cien metros en una onda que hizo ¡chuf! -o ¡kablam!- y desapareció. ¡No le doy ni al mundo!, pensó.

Sin soltar a Ives, la chica lanzó un Expelliarmus al energúmeno, que le rozó el cráneo, obligándolo a seguir con medio cuerpo en el vagón.

Avanzaron un poco más, Pansy llevando a Ives, buscando saber qué pasaba. La Slytherin trató de interponerse entre el Hufflepuff y el muggloide, o sea, que ni muggle alcanzaba a ser.

―¡Buenos para nada!-aulló furioso el energúmeno- ¡Lanzaron a Nagini por el condenado agujero! ¡Voy tener qué coserla con grapas! ¿Hacen magia con el colon, infames?

Ellos se alejaron más, a la carrera.

―¿Qué es ese Nagini?

―Ni idea.

Un chisporroteo los hizo voltear. El energúmeno se sacudía, soltando el humo que emite un puerco achicharrado.

Un golpazo por la espalda lo tenía echando vapor por la cabeza, los brazos agitados como títere: un Slytherin estaba de pie un poco más allá, con la túnica agitada por el viento, con cara entre concentrada y tensa, apuntándole con la varita sobre la línea de los vagones dando curva veloz entre los bloques de árboles.

―Gallant, Gallant nos alcanzó -lo reconoció Pansy.

Ahora irreflexivamente quisieron huir, para evitar la reprimenda en el colegio.

―¡Sigamos -le dijo Ives-, corre!

Tomados de la mano, Pansy por delante, corrieron inclinados para evitar que el tren los botara, saltando entre dos vagones y con las nubes rebasadas hacia atrás; más adelante una sacudida los obligó a recostarse. Para hacerse oír en el viento, Pansy acercó la cara a Ives. En el vagón que dejaran, ascendía una columna de humo rojo.

―¿Aplicaste poción destripante versión tren?

―¡No, yo creo que fue tu amigo!

El viento hacía apuntar el corto cabello de Pansy hacia aquel vagón.

―Dumbledore y/o Snape lo enviaron por nosotros -dedujo-, aunque creo que algo más grave ha ocurrido. Emil debe haber entrado ahí. No lo veo, se aparecerá por sorpresa… ¡Nos va a atacar con premeditación, alevosía y ventaja, ven!

Se levantaron para seguir rumbo a la cabina del maquinista, aun lejos, Pansy llevándolo de la mano. Le daba miedo que se le cayera.

―¿Cómo sabes que aparecerá con premed… eso? -preguntó él.

―Entre Slytherin te veas.

Un súbito chisporroteo a sus pies levantó brasas de madera de vehículo y de ramas caídas cuando el tren pasaba cerca de árboles. Un sujeto ladró a sus espaldas.

―¡Vengan acá!

Otro, no el energúmeno, pero igual de energumenoso, vestido de negro se les acercaba desde vagones atrás a grandes zancadas de sus pesadas botas resonando en la madera. Tenía talante más serio, más amenazante que el muggle zarandeado. Vestido con una suerte de harapos de diseñador, en el siguiente tiro les iba a dar.

―¡Sé qué es! -gritó Pansy- ¡Es otro mortífago! ¡Huyamos, con esos no se juega!

Ives se dijo pasos más allá, que debía ponerse listo, pues al primer momento no entendió por qué Pansy lo llevaba por delante. Lo estaba cuidando.

Saco la varita cuando Pansy lanzaba un hechizo al energúmeno, pero éste lo desvió; daba pasos de costado como Golem. De hecho, se le parecía bastante con esa melena y la cara cuadrada y de tarta, consideró Ives.

El golpe de un destello dio en la espalda al energúmeno, haciéndolo trastabillar, pero giró y respondió. Su hechizo dio en la Saeta de Fuego, que flotaba sobre la cabeza de Gallant, y la escoba salió disparada hacia las nubes convertida en antorcha, girando en búmerang, pero sin planes de regresar a la hora del té, pues ardiendo con singular alegría se alejó en peonza y cayó sobre las copas de los árboles de la derecha, levantando un flamazo y diciendo abur pues el tren la dejaba atrás a gran velocidad. Fue seguida por la vista de Gallant, a quien llegó una lechuza dorada, aleteando.

El energúmeno iba a lanzarle otro hechizo, pero Emil le atizó de nuevo, derribándolo.

¡Esa me la dio Dumbledore! -gritó el Slytherin, rabioso- ¡Dumbledore, canalla!

Posiblemente le estaba tirando con Desmaius, pero al energúmeno hacían efecto como si le dieran patadas en los hoc músculos buccinadores, pues vencido, rebotaba acostado haciendo muecas, mientras Gallant no dejaba de repetirle el nombre del director al tirarle, por lo que se diría que el hechizo se llamaba ¡Dumbledore canalla!

―Yo haré el hechizo esta vez -aseguró Pansy, alejándose unos pasos con Ives.

―¿Lo manejas bien?

―No exactamente bien, pero…

Pansy tiró de Ives y saltaron del tren a ciento veinte kilómetros por hora.