Cruzaban Berwick-upon-Tweed en bicicleta, hacia la salida. En el poblado, un matrimonio muy amable, los Barret, les dio agua, alimentos y un mapa de la ruta del tren de la Costa Este, con lo cual se dieron cuenta de dónde estaban.

Se habían alejado de la vía del tren. Pedaleaban en el par de bicicletas que los Barret les ofreció en préstamo, mismas que los chicos se comprometieron a dejarlas en la estación de tren de Berwick a nombre de sus propietarios, ya que la estación del railway se hallaba saltando el río Tweed.

―La siguiente estación ferroviaria es Alnmouth, a 70 kilómetros de distancia (44.5 millas) -se había dado cuenta Pansy, al ver el mapa en casa de los Barret.

Haciendo un sacrificio que al final no le fue tan grave, Pansy aprendió rápido de Ives la técnica de andar en bicicleta. Además le parecieron agradables en sus contornos. Era un par de Pashley, clásicas inglesas, con canastilla al frente. Se despidieron del matrimonio, Pansy correcta, Cavendish todo simpatía, y yendo entre las casas él montaba una blanca y como si fuera hecha para ella, Pansy conducía una verde.

Iban sobre Riverside Road, para tratar de cruzar sobre el viaducto o sobre el puente viejo por encima del río.

La instrucción en lo muggle de las películas vistas por Ives, lo llevó a decir a Pansy.

―Las distancias son mucho mayores que en casa -le aclaró-. Aquí no hay atajos, ni Red Flu, ni nada. Lo vimos en Historia Muggle, pero créeme, la realidad muggle es mucho más complicada

En esta zona de Northumberland, el clima era agradable. Berwick había sido el puerto más próspero de Europa allá por el siglo XI.

Ives consiguió que un conductor los pasara por el viaducto para sortear el río Tweed. Yendo en la parte de atrás de la camioneta, Pansy encontró comestible una paleta de caramelo, que tenía en la boca, sentada al analizar el mapa y sumando las distancias en el Diary:

―Estamos a 57 kilómetros al sur de Edimburgo, lo que significa a 382 kilómetros de Hogwarts, ubicada al Oeste de Inverness, Escocia.

―¡Vaya! -él se cubrió el sol con la mano- ¿Algo más cerca?

Ella se quitó la paleta de la boca, pensativa.

―Casi diría que yendo sobre la vía del tren, en una línea recta, en verdad iremos en un círculo -envolvió el palito en el envoltorio y se lo guardó-. Estamos a 485 kilómetros de Londres. No obstante, si llegáramos allá, estaríamos más cerca de Hogwarts que nunca.

―Sería mejor regresar sobre nuestros pasos; son casi cien kilómetros menos.

El paisaje de casas quedaba atrás al cruzar rápidamente el viaducto, y el ancho río Tweed corría bajo ellos; se alcanzaba a ver lo que parecía otro puente, de ladrillo, antiguo, que en realidad eran los restos del acueducto romano cuando la localidad se llamaba Berwicke.

―No lo sugiero, amor mío -Pansy olisqueó una manzana, que al ser muggle, no se atrevió a morder-. Emil debe venir por este camino, regresar sería encontrarnos con él.

Cruzaban sobre el río Tweed. Apoyada en el auto, a la luz de la tarde, Pansy miraba fascinada el estuario. Cavendish la contemplaba, silencioso: su cabello al viento, sus labios rojos por la paleta y sus ojos admirados.

Sortearon el río. Ives pidió al conductor que los bajara ahí, en la calle Terrance Parade, pues miró una zona boscosa.

Volvieron a pedalear.

―Bordearemos el Tweed y siguiendo recto, al volver a encontrar las vías del tren, giraremos a la derecha y llegaremos la estación.

―¿Cuánto nos tomará? -preguntó Pansy, viendo al cielo claro- No está mal andar en bicicleta.

―No sé medir el tiempo en este vehículo -sonrió-, pero si la estación está a cuatro kilómetros y vamos a cuatro kilómetros por hora, llegaremos en una hora. Un poco más. Quiero hacer un alto en el cajero automático.

―¿Eso qué es? -Pansy se intrigó.

―¿El cajero? Es el funcionario de una sucursal de Gringotts en tierra muggle. Como su nombre indica, trabaja en caja y aparece automáticamente. Es un cajero automático.

―¿No se supone que Gringotts no tiene sucursales?

―Los de cuentas grandes manejamos información exclusiva -respondió él, teatralmente, remedando a alguna de las amigas de Pansy-. La fama está en casa matriz, pero por favor, a los clientes preferentes, la firma no nos puede desatender. Ejem.

―¿Dónde está ese cajero, presuntuoso?

―Hay qué invocarlo, pero estamos demasiado a la vista, será mejor hacerlo más avanzado el camino, por eso necesitamos llegar a los árboles.

Siguieron pedaleando alegremente contra el marco de otras casas de doble tejado en esta zona ribereña, el río a la izquierda y calles muy tranquilas a la derecha.

―Slytherin -la miró Ives-, ¿te he dicho que eres preciosa?

―Ya no me lo habías dicho, amor mío.

―Bien, pues eres preciosa.

Ella le sonrió.

A él le vino a la mente:

―¡Pansy, tú saliste de Hogwarts sin más! Déjame absorber los gastos. ¡Yo salí preparado para encontrarme con El candidato de Manchuria!

―¿Con quién?

―Oh, lejos, muy lejos.

―Gracias, lindo -le sonrió-, pero traigo galeones y un poco de oro. Los puedo cambiar en el cajero.

―¿Cómo, si vienes directamente de Hogwarts? ¿En la escuela cargas galeones?

―¡Sin falta, y oro! ¿Tú no?

―No, ¿para qué? -se encogió de hombros- No gastas nada, estás en un ambiente de condiciones seguras.

―¿Y si sufrimos un ataque sorpresa? ¿Si cae un meteorito? ¿Si se declara un súbito estado de guerra? ¿Si hay un colapso bancario?

―No sé cómo no lo pensé -asintió.

Unos kilómetros atrás, la penumbra del puente cubría las ruinas de la prisión, cuando llegó Emil Gallant, a pie como quien termina la maratón sólo para que no se diga que se asustó.

En el tren, apenas logró ver a Pansy hacer el hechizo al saltar al aire con Cavendish, él a su vez saltó al mortífago desorientado, seguido por la lechuza y volvió a sujetarse del remanente.

Sólo que eran tan malos para hacer el hechizo de Aparición, que el remanente era muy impreciso. Él había salido sobre esa vía y la siguió al no tener mejores opciones. Desconocía todo sobre líneas ferroviarias, pero él venía de un ferrocarril y siguió otro. Acertó sin querer, porque no estaban en la misma ruta del anterior. Pansy había pensado decididamente en un tren al saltar y junto con Cavendish salió a otro, aunque a varios cientos de metros de distancia. Emil salió todavía más atrás y al Este.

Con razón para hacer esto hay que tener licencia, refunfuñaba Emil. El Slytherin apareció paralelo a la vía. No tenía más certeza que ver el camino de hierro y se aferró a eso. Así que, andando, vio la estación del tren de Berwick y al bajar por la pendiente que el tren sorteaba en aquel puente, se encontró justo del otro lado del río donde estuvieron sus fugitivos.

Él ignoraba eso; sólo se propuso seguir la vía. Por suerte, una barcaza privada lo ayudó a cruzar el Tweed. La lechuza descansaba en su hombro derecho.

La Saeta de Fuego era trizas humeantes, se lamentó. Habría sido sencillo sobrevolar y caerles, en vez de este lío de ir a pie en un medio descampado.

Rumiando, llegó a la desgastada prisión, donde, fatigado y acalorado, se dejó caer como tabla en el brazo de agua para beber y refrescarse. Ahí tuvo una pista: desde su posición de submarino que asoma el periscopio, encontró huellas frescas de pisadas juveniles. A juzgar por el calzado, eran de chica y chico. Con probabilidad, ellos.

Se lavó la cara y bebió, intentando comprender de dónde salieron aquellos tipejos del tren. Primera vez que veía directamente a un mortífago, pero no resultaba difícil identificarlos, basado en historias caseras, el Daily y las lecciones de Historia.

Se levantó, chorreante, y pensó en seguir la orilla de la corriente, sabedor que las poblaciones se levantan cerca de donde hay agua. Mas no creyó que la consentida Pansy Parkinson quisiera seguir ese camino difícil y menos, que el Hufflepuff flechado quisiera llevarla por esa zona. Le buscaría lo más cómodo. No dudó que si ella se cansaba, el Hufflepuff la cargaría, lo que interesaba al Prefecto Supernumerario porque de ese modo, ellos marcharían más lento. Le fue obvio que, llevando libras esterlinas, Cavendish llevaría a Pansy en tren. En eso le asaltó la duda de si a Dumbledore se la habría ocurrido darle divisas, y revisando la alforja, para su alivio encontró que llevaba galeones y libras. No muchas, pero decentemente. Dejando que la lechuza se bañara, se levantó, empapado y preguntándose: si los fugitivos estuvieron aquí mismo, ¿a dónde irían? En esa decisión debería haber un sentido práctico Hufflepuff, por lo cual consideró que Cavendish sería la parte sensata de la pareja de infractores de la Ley y no usarían magia, pues además de estar penalizado, si los mortífagos andaban cerca, la magia les permitía localizarlos.

Gallant concluyó que debieron seguir a pie. El humo de chimeneas cerca del puente, al que había que llegar subiendo la ladera, le fue lógico como meta.

Así fue como llegó a la misma casa a la que Pansy e Ives y en la puerta habló con los Barret, que emocionados le preguntaron por la hermosa lechuza, por el uniforme del colegio, no le preguntaron por qué estaba empapado como si viniera del Caribe y le hablaron de sus amigos, que habían salido hacía dos horas hacia la estación. A Emil le agradó el acento escocés del matrimonio. Era característico de Berwick, en la frontera con Escocia. Gallant no era sangre pura, tenía un tío mestizo, animago, que vivía en Inverness. En la conversación los Barret le explicaron que no pudieron llevarlos porque el auto familiar estaba descompuesto ¡y era una pena la otra bicicleta fuera de su nieto, que llegaba hoy!, se apenaron. Al cabo de escuchar de Emil que todos eran parte de un paseo juvenil y volvían a casa, pero él, como podía verse, iba un poco atrasado, los Barret decidieron llamar a uno de sus hijos para que llevara al pobre muchacho en automóvil. Muy corteses se ofrecieron a llevarlo. Emil estaba de plácemes: así podría recuperar el tiempo perdido.

Les agradeció. Emil se alejaba en el auto con la familia, cuando los esposos se dijeron:

―Un poco raros estos simpáticos estudiantes, ¿eh, querida?

―Un poco, querido… La chica y éste tienen aire de vampirillos.

Antes de abordar, Emil decidió que debía enviar a la lechuza hacia Hogwarts. Se había preparado comprándose una Whizz Hard Diary por su función de cámara para ilustrar el reporte. La adosó a la lechuza enseñándola a moverse para tomar la imagen y al volver, la detalló y agregó peticiones (medicina de urgencias, consideró, por si alguno de esos tontos se despartía si volvían a desaparecer), en un mensaje que adosó a la pata del ave, haciéndole volar. La vio alejarse. Estando a más de 300 kilómetros de Hogwarts, llegaría en un día tiempo lechuzo. A 100 dumbledors por hora -se dijo, para animarse.

Tuvo el inconveniente de que debieron detenerse a cambiar una rueda. Para Emil el método fue complicadísimo de ver, por lo que usando sus provisiones de comunicación, escribió otro reporte para Dumbledore y Snape -espiado por una niña de tres años, hija de los esposos, a la que vio con recelo al escribir, preguntándose si sería espía- dando un título adecuado a la gravedad de su misión: Reporte de Inteligencia Basilisco-Omega-Persecución-Sumaria-Prófugos Estudiantiles.

Pansy e Ives iban a pie hacia la zona boscosa, llevando las bicicletas.

―Ahora que lo pienso, el Sigilo no tiene firmas -Ives cayó en cuenta-, es un papel en blanco sin validez.

―¡A que sí tiene validez! -asintió Pansy vehemente- ¡Tiene una firma, es legal ante un juez, diré que el Feliz Novio abandonó a la Novia huyendo de sus obligaciones!

―¡No es cierto! -sonrió.

Pansy sacó el Sigilo de su túnica, pero al entregárselo supo que había cometido un error.

Ives revisó el documento, riendo. La había hecho despotricar para que le mostrara el papel.

―¡No me digas! -asintió él- ¿Y tú no hiciste nada? ¡Firmaste el documento falso, no dudo ni tantito que fue delante de Dumbledore para confundirlo! ¡Así que es el mejor testigo de tu culpa de querer hacer pasar un papel falso como verdadero! ¡Es el motivo para perseguirte! ¡Tu firma!

Pansy caminaba con una sonrisa algo torcida. Se había preguntado cuándo Ives se daría cuenta de esa otra posibilidad, de que ella sí había firmado y con eso mostrado su decisión de hacer trampa.

No se defendió. Le gustó que Ives la acosara. El Hufflepuff siguió, mostrándole la rúbrica, andando a saltos:

―¡Tu firma, tu firma, Maata Haari!

―¿Mata a Harry? -ella frunció el ceño, viéndolo de reojo- Ay, Ives, estás empezando a espantarme, en serio, en ocasiones hablas de cosas tan saturadas de belladona...

―¡Si quieres salir de ésa, lo mejor será que rompas el papel! -se lo devolvió, festejando.

―No -la Slytherin revisó su firma, guardándoselo de nuevo.

―¿Por?

―Lo he dicho -se encogió de hombros.

Era una pequeña bajada boscosa. Berwick conservaba parte del paisaje medieval y ocultándose bien junto con Pansy, tomó la varita e invocó:

¡Collectarius Autómaton!

Un negro agujero se abrió en el suelo, elevándose un círculo de mármol negro, con espacio para los clientes frente a una taquilla enrejada, duende en su interior.

―¿Cómo yo no tengo este servicio en Gringotts? -protestó Pansy, entrando con él al círculo de mármol, mirando atrás entre la maleza para comprobar que no los veían.

―Debes tener la Cuenta Duende Plus -sacó sus documentos-, privilegio de los Barones de Little Hangleton.

―Chocante.

―Cajero Automático de Gringotts en Berwickshire -saludó el duende-. ¿En qué puedo servirles?

Pansy miró alrededor. El día se oscureció, como si los tres se hallaran dentro de una caja de cristal polarizado.

―Necesito a un Asesor Especializado -ordenó Ives, mostrando sus identificaciones al cajero.

El duende las comprobó y, asintiendo, junto con los alumnos de Hogwarts descendió, igual a un ascensor.

Pansy observó, en la oscuridad del subsuelo, como si éste fuera un espacio vacío y negro -aunque la falta de referencias no le dejaba saber a qué distancia-, una infinidad de túneles verticales en todas direcciones, cientos de miles o más, transparentes e iluminados, donde subían y bajaban otros cajeros, más claros si estaban más cerca, delgadas líneas si más lejos, unas minúsculas.

―Son los cajeros automáticos de Inglaterra -comentó Ives, también contemplando el paisaje-. Los de las siguientes estaciones del tren y los que se hallan a cientos de kilómetros, en ciudades. Los duendes han hecho un trabajo admirable.

La distancia hacia arriba, crecía. Pansy iba a preguntarle a qué profundidad iban cuando un retumbo y sacudida iluminó una amplia sala rectangular de madera barnizada, con un librero que daba la vuelta a las paredes, llenos de libros contables, con alfombra, una silla tamaño niño pequeño y un sofá grande, de terciopelo rojo. Del cajero, ni sus luces. Arriba sólo estaba el techo con un enorme candelabro. Los muebles daban aspecto de deteriorados.

Un duende de levita entró por la puerta.

―Es un placer atenderlo, Barón Cavendish, si usted y su digna esposa me honran tomando asiento...

El duende ocupó la silla baja, los alumnos el sofá e Ives dio un leve codazo a Pansy, haciéndola sonreír cuando le dijo:

―Aprende a tratarme, bellaca.

El Asesor, que como los de su especie no entendía los millones de detalles de la expresión no-duende, optaba por atender sus negocios. Los cajeros automáticos, sabedores de las mil y una posibilidades que podían llevar a sus clientes a la red ferroviaria inglesa, todavía menos que los de casa matriz hacían preguntas, ni pasaban información a autoridades. Se dedicaban a lo suyo.

―He venido a hacer una consulta -explicó Ives, con aire de entendido- al respecto de un objeto que me interesa comercializar. Necesito su asesoría inmediata.

―Estoy a sus órdenes, Barón Cavendish.

Pansy mostró el tetraedro labrado. El duende lo analizó, sin tocarlo, asintiendo y murmurando, hasta que dictaminó con aire de entendido:

―Es un Thetrionen.

―¿Cómo dijo?

―Es un Thetrionen o Tetraedro Mágico.

Silencio.

―¿Y sirve para..?

―Oh, discúlpeme, consideré que lo sabía, Barón Cavendish, ya que la posesión de un Thetrionen implica la posesión de un tesoro. Por supuesto, un Thetrionen es una cerradura mágica.

―¿La cerradura… de la puerta de un tesoro? -aventuró Ives.

―Efectivamente. Supongo que el interés de su pieza radica en constituir una antigüedad. Una curiosidad, ya que usted no es dueño de un tesoro de esa naturaleza.

Pensando que una cerradura está en una puerta….

―¿Cerradura? -se intrigó Pansy- ¿No será más bien la llave del tesoro?

―Excelente observación, Señora Baronesa Cavendish -asintió el duende, que era de quienes no saben distinguir las edades de los humanos, pensando que hay altos y tamaño duende-. El Tetraedro es la cerradura, la llave es quien tiene la cerradura.

―Explíquenos, por favor -pidió Ives.

―Con gusto, Barón Cavendish. El dueño de un tesoro esconde éste en una bóveda o en un sitio encantado. Llama a un sirviente, que en la bóveda debe sostener el Tetraedro por la base y mirar una de sus caras. Eso crea una instantánea del lugar, que queda grabada en esa cara del Tetraedro.

«Quien grabó la primera instantánea entrega el Tetraedro a otro sirviente, este en un sitio lejano. Él observa la siguiente cara del objeto, grabando la segunda instantánea. Este segundo va con un tercero, quien repite la operación en otro lugar lejano. Cada cara grabada del Thetrionen es una vuelta de llave, lo cual la configura como una cerradura.

―¿Y para abrir la puerta, se deben ver las caras del objeto de nuevo?

―¡Exacto, Barón Cavendish! -el duende se alegró- Como en toda cerradura, usted pone llave girando en un sentido y la quita haciendo el movimiento en sentido inverso. Para abrir, va de atrás hacia adelante. Tres caras tiene el Tetraedro, tres sitios para abrir. En cada lugar existe un objeto mágico que se llevan frente a la puerta, y se entra. Los desplazamientos físicos y la recolección de los objetos, es la combinación particular de cada cerradura.

―Veo una debilidad -comentó Pansy, suspicaz-. Los sirvientes conocen los sitios y los objetos. ¿Qué les impide reunirse y traicionar al dueño del tesoro?

―Ciertísimo, razón por la que, digna Baronesa Cavendish, el propietario del tesoro, que al final recibe de regreso el Tetraedro, elimina a los tres sirvientes.

―¿Cómo...? -Cavendish parpadeó ante la brutal conclusión.

―Por esas razones, muy digno Barón Cavendish, es que generalmente un Thetrionen es un objeto mágico de Artes Oscuras. Conlleva ambición y secrecía en desdén de la vida. Por eso dije que usted no era propietario de esa clase de tesoro.

«Finalmente, oh mi Lord, mi Lady, estos objetos cuando tienen utilidad son causa de hechos desagradables, por lo cual los Thetrionen terminan perdidos y las bóvedas, vacías. Quien no tenga idea de dónde está la bóveda, para localizarla debería ver las caras del objeto y mediante ello obtener las visiones correspondientes, pero no cualquiera puede. Si no se es uno de los tres sirvientes o el propietario, debería tener algún tipo de relación de sangre o mágica con alguno de ellos.»

―Ya vimos las caras, sin resultado -dijo Ives

―Les preguntaría si lo han hecho del modo indicado.

―¿Cuál es? -preguntó Pansy, intrigada.

―Hay que colocar el Thetrionen sobre la palma de la mano izquierda y con la derecha, girarlo sobre la base. Mirar así cada una de las tres caras. Si hay conexión, en alguna cara la primera visión aparecerá. Las demás visiones se obtienen girando a la izquierda de esa instantánea. Eso porque, para abrir una puerta, primero la llave debe estar en la cerradura -meciéndose, soltó breves gruñidos y chasquidos, que quizá eran la risa duende.

Ives se colocó el objeto en la palma izquierda, girándolo sucesivamente con la derecha para tener la primera visión o giro de llave. Negó con la cabeza. Le siguió Pansy, quien respondió:

―Nada.

―El resultado era el esperado -afirmó el duende-. El 99% de los Thetrionen son curiosidades. En el mejor de los casos abren puertas de bóvedas vacías. Su valor es artístico. Sus Baronías ya habrán admirado el cincelado del objeto, que es de bronce. Barón Cavendish, Baronesa de Cavendish, dado que desean comercializar esta pieza, Gringotts por mi conducto puede ofrecerle una suma muy razonable, es una pieza de arte -sus ojos brillaron-, con lo cual le aseguro que su Luna de Miel con la Baronesa se volverá más placentera. Gringotts puede ofrecerle la cantidad muy razonable de...

Al tomar de nuevo el ascensor (declinada la oferta del duende), Pansy e Ives veían hacia arriba, reflexionando. Se dijeron que debían abordar el tren, por lo menos para pensar.

Ives supo manejarse en la estación gracias a su cultura fílmica, de manera que al lado de Pansy -quien luego de dejar las bicicletas y nombres de los dueños, con encargados de la estación-, hizo una larga fila en taquilla, donde compró dos boletos con libras esterlinas, hacia Newcastle, a tres estaciones de distancia.

―El siguiente tren sale en cinco minutos, a las 16:47 -comentó Cavendish, llevando a Pansy de la mano entre los pasajeros-, Gallant no debe estar muy lejos, alejémonos lo más posible para pensar, no tenemos qué llegar hasta Newcastle, pero debemos hablar, aunque creo que una opción es simplemente deshacernos del objeto y volver a Hogwarts... ¿Qué te sucede? Estás calladísma desde hace rato.

Pansy no respondió.

Ives supuso que ya se lo diría, así que abordaron el tren de la línea CrossCountry.

Buscaron sus asientos en el penúltimo vagón, rodeados de personas con maletas, que caminaban, se acomodaban o colocaban su equipaje en los compartimientos.

No vieron que también Emil Gallant llegó al andén, corriendo entre multitud de pasajeros, boleto en mano y abordando el primer vagón, al minuto exacto en que arrancó el tren.

Mapa de Emil de la persecución e imágenes de las bicicletas:

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