El tren de cabina amarilla y vino, que tiraba de cuatro vagones gris claro con las puertas destacadas en tono rosa, iba entre casas.
El pasillo central dividía las dos hileras de dos asientos cada; asientos forrados de terciopelo color vino ocupados por animados pasajeros y otros que se dedicaban a leer.
Ives dejó a Pansy del lado de la ventanilla, y la Slytherin miraba el paisaje correr, meditabunda.
Cavendish analizó:
―No veo muchas opciones con el objeto, Pansy. Como nos dijo el duende, nadie podrá abrir la cerradura, porque no se pueden ver las instantáneas.
Silencio.
Por su continuado callar, Ives creyó que Pansy estaría preocupada. Pensó que la mejor forma de ayudarla era dándole más tiempo. Miró por la ventanilla.
Al cabo de un rato, le dijo.
―¡Mira, Pansy, estamos sobre el puente ferroviario!
Oyéndose comentarios admirados de otros pasajeros, la Slytherin pareció ver por primera vez por la ventanilla. En efecto, estaban sobre el puente, atravesando el río Tweed. Una figura clara y minúscula, abajo a lo lejos, se revelaba como la prisión medieval por donde pasaron.
―Entre las casas de aquel lado -opinó Ives, señalando a la otra hilera de ventanillas-, debe estar la de los Barret. Qué agradables personas.
El río quedó atrás, reemplazado por otras casas y calles.
De pronto, Pansy comentó:
―Yo sí pude ver en el Tetraedro, Ives.
El Hufflepuff primero no supo qué decir, hasta que quiso confirmar.
―¿Tú... viste? -preguntó, azorado- ¿Viste alguna instantánea?
―¿Tú de veras no hallaste nada?
―Nada.
Ella se reclinó en el asiento, apoyando las palmas en el asiento, viendo bajo, con aspecto un poco abochornado o resignado.
―Cuando me puse el Tetraedro en la palma tuve una visión -aclaró-. Debe ser la primera ciudad, el primer giro de llave. Es un lugar en ruinas. Tiene un muro alto de donde nacen arcos elevados, agudos, junto a un cementerio muggle, de esos que tienen esas figuras que llaman cruces. Oí una voz de varón que dijo, en susurro: ¡Saint Mary's Abbey…!
Cavendish estaba perplejo:
―Es una gran coincidencia...
―O tal vez no. En eso estuve pensando desde que dejamos la sucursal.
―¿A qué te refieres?
―El dueño del objeto mágico era o es muy poderoso, sospecho que un Slytherin. Pensaría que por ese lazo logré la visión, pero sería muy fácil respuesta. De ser así cualquier Slytherin abriría cualquier cerradura. Hay más de fondo, para mí.
―¿Qué sería?
―El duende dijo que los Tetraedros se pueden leer si hay un lazo importante con quienes los usaron. Tal vez yo sea familiar de alguno de los sirvientes. "Sirvientes" puede significar "mortífagos". Algún familiar mío fue un mortífago de los que echó llave a la cerradura. ¿O será el propietario de la bóveda?
―¿Conoces algún familiar tuyo que lo fuera?
―No, a ninguno, te digo la verdad -giró a él y le posó una palma en la mejilla-, ¡no vayas a correr de mí porque sospeches que te quiero convertir en uno de ellos o porque te asustes, lindo!
―Pansy…
―Temía decírtelo. Hemos estado tan bien, hasta anduvimos en bicicleta y sucede esto…
Ives la abrazó, apoyando una mejilla en la cabeza de la Slytherin.
―No desconfío de ti, Pansy.
Ella se recargó en el tórax de él, ceñuda, rodeándolo con un brazo. Estuvieron un rato sin hablar, escuchado el murmullo de los pasajeros, al lado del paisaje de construcciones y zonas verdes, en carrera por la ancha ventanilla.
―¿Por qué los míos siempre terminan relacionados con estos asuntos? -se preguntó ella-. No sé qué hacer.
El Hufflepuff lo consideró. Pansy lo abrazó más.
―¿Qué estará sucediendo? -aventuró Ives- Nos siguieron por lo de la cosa Nagini, pero nunca hablaron de una cerradura. Posiblemente la estén buscando con lo que cayó a las vías. Por otra parte, de no encontrarla, pueden suponer que la tenemos, pero no habría necesidad de seguirnos, sino esperarnos en ese sitio.. ¿cómo dijiste que se llama? ¿La Abadía de Santa María? ¿No viste la ciudad, verdad? Aun así podríamos tratar de conocer la relación de este asunto contigo. Aunque donde esté, siendo sinceros, tenemos pocas posibilidades si nos enfrentamos a un grupo de mortífagos o al dueño.
―Hay otra posibilidad -consideró ella.
―¿Cuál?
-Que no lo sepan muchos. Aunque nos culpen, el error fue de ellos y deben estar asustados por la pérdida. ¿Cuántos eran? El muggle, la de los cabellos de Medusa y el mortífago grande. Nadie más. Dudo que alguno de ellos sea el dueño del tesoro... Yo diria que el dueño no lo sabe todavia. Aunque no sé si quiero saber qué ocurre, ¿tú qué piensas?
―Sólo veo dos caminos... creo que debes ver esto, pero muévete con discreción.
Ambos se acomodaron en sus asientos, resbalando. Al bajar, la tela blanca del respaldo mostró el rótulo First Class.
Apenas asomaron sus ojos expectantes de tejón cachorro y cobra bebé, por la orilla de los siguientes lugares y cabezas de pasajeros.
―¡Es Gallant…! -advirtió Pansy.
En efecto, el Slytherin se acercaba, repasando cada lugar entre los pasajeros, que conversaban o leían revistas o miraban por las ventanillas.
Había llegado a tiempo. El siguiente destino era Alnmouth, a 70 kilómetros de distancia. Y las claraboyas del techo estaban firmemente cerradas.
Gallant estaba acalorado y gastó sus libras esterlinas en la estación. Finalmente el avaro de Dumbledore no me dio mucho, se dijo.
Sistemático, compró asiento en el primer vagón y en el último, revisando también los intermedios. Lo hizo para evitarse preguntas. Sabía prácticamente nada de trenes, pero como Slytherin, no dudaba que hubiera aurores de vagones.
Unos asistentes en uniforme pasaban con bandejas ofreciendo bebidas a los pasajeros y otros, de uniforme más adusto, claramente cuidaban. Emil casi toma un vaso de líquido con hielo, pero decidió que no, al desconocer qué bebida sería.
Medía sus posibilidades, andando por los vagones. Consideró que a Ives podía intimidarlo con la amenaza de un hechizo, anulando con eso a Pansy. Aun así, se resistirían o de otra manera no habrían subido a este tren para seguirse alejando. Que se resistan, decidió, exasperado, sudado, mojado y vuelto a secar al aire libre; peor para ellos. Me arriesgaré a dejarlos zarandeados.
Pasó al lado de los asientos de Pansy e Ives, vacíos.
Quedaba el último vagón. No había más, ahí estaban. En la puerta acristalada del cruce lentamente sacó la varita de la túnica. El paisaje de casas pasaba veloz por las ventanillas.
Al empujar la puerta y cruzar, sintió dos toques finos y firmes, cada uno presionándolo en cada mejilla.
Medio boquiabierto miró a un lado y a otro.
Muy serios, Ives y Pansy le hundían los carrillos con la punta de las varitas.
―Nu cumetun un urrur -les avisó Emil con dificultad, inmóvil, viendo a Pansy de reojo.
Grave, Pansy asintió a Ives, y bajaron la presión, pero le dejaron las varitas en las mejillas.
―No se equivoquen, chicos, bastantes problemas tienen ya -insistió Emil, con su varita apuntando el techo, sin moverse para evitar que le tiraran un hechizo-. ¿Por qué adoptan este papel de prófugos de la justicia?
―Yo debo resolver algunos temas -comentó Ives.
―Él me debe una firma -aseveró Pansy.
―Y ocurrió un imprevisto -completó Emil-, de eso nos hemos percatado cada uno. A menos que sean amigos de mortífagos creo que causaron un problema grave a varios de ellos. Una que tiene cabellos de escoba quedó hecha cisco. La vi sobre las vías cuando el tren terminó de pasarle por encima. Será una momia los próximos seis meses; solamente sus cabellos saldrán del yeso.
―No les causamos ningún problema -corrigió Pansy-. Ellos nos atacaron y al defendernos, ellos hicieron el daño. También debiste ver a una cosa que se fue a los rieles detrás de la loca; yo creo que era una serpiente.
―No la vi, posiblemente quedó prensada. Tampoco tuve mucho tiempo para revisar. Incluso me preocupa que la condenada Saeta haya provocado un incendio.
―¿Tú les quemaste el vagón? -preguntó Ives.
―Sí, porque entré a indagar y un muggle me quiso dar con un arma. Creo que llegó arrastrándose por un pasadizo. A ese muggle y al que quiso salir tras ustedes, los dejé como candidatos a San Mungo. Traían de esas, ya sabes, Cavendish, de las armas que hacen ¡pow!
―¿Una varita? -indagó Ives.
―No, las varitas hacen ¡raka-taka-BLAM!
―También hacen ¡siska-blaka-KABLANG! -precisó Ives.
―O ¡traka-mega-KABLAM! -consideró el Slytherin.
―No olvides el ¡boom-KAPOW! -aconsejó el Hufflepuff.
―Sí, aunque las muggles hacen ¡bang! y en ocasiones solamente pum.
―¿Ésta hacía pum? -quiso saber Ives.
―Sí, pum.
―Era un semiautomática Colt modelo 1903 de bolsillo para calibre 32, de Dick Tracy.
¿Cómo?, se dijo Pansy, ¿la infeliz de Tracey tiene un pariente muggle?
El tren hizo una vibración fugaz.
Emil añadió:
―Y no hay modo de avisar a Hogwarts con inmediatez, por lo que de seguir en este asunto a ratos dará lo mismo que no existamos para ellos. La lechuza que envié debe ir a un cuarto de camino. Yo no dudo que los mortífagos reaparezcan para vengarse. Chicos, ¿cómo lograron alejarse tanto de Escocia?
―¿Cómo lograste encontrarnos? -reviró Pansy.
―Secreto profesional. Lo siento.
―Más lo voy a sentir cuando te deje inconsciente -afirmó Pansy-. Quizá un Hufflepuff no sabe cómo actuarían en Slytherin, pero, ¿qué crees? De ahí soy.
―Seguiré persiguiéndolos, Parkinson. Acabaré llevándomelos a la fuerza. Sus veinte días de expulsión se agravarán si pasa más tiempo. Está por atardecer. Apenas van para un día afuera de Hogwarts, pero acumularán sanciones por faltas al reglamento. Vengan conmigo por la buena o terminarán sus estudios en un colegio de magos por correspondencia. ¿Qué dicen? Esto puede terminar a la hora de la cena en casa. ¿Ninguno hemos comido bien, eh?
Pansy lo consideró y desechó. Todavía no había hablado con Cavendish sobre formalizar su compromiso de noviazgo, el tema principal por el que ella estaba en la situación. El objeto mágico le inquietaba, pero si no podía hacer nada, lo sacaba de sus prioridades. Que sirvientes o dueño fueran sus familiares dejó de importarle. Ives podría correr peligro de meterse en eso. Y nada compartió con Emil, porque decírselo era hacerlo del conocimiento de Draco, es decir de los Malfoy, y Pansy no estaba tan adoctrinada como para no darse cuenta que Mr. Lucius llevaba pintado en la frente Señor Tenebroso Rules. Dudaba. Lo poco que vio de cerca a un mortífago era muy diferente de la imagen heroica que le contaron.
Ives igualmente lo consideró y desechó más rápido; el último rato había estado dudando entre seguir o volver a Hogwarts, pero le preocupaba el Tetraedro, pues podía ser malo para sus amigos. ¡Y para Pansy! ¡De dejar el tema podían ir a buscarla! ¡Y quién sabe si alguien aparte de Pansy podía abrir la cerradura! Como Hufflepuff se sintió responsable del bienestar de los demás. No dijo nada a Gallant, porque no confiaba gran cosa en los Slytherin.
―No -respondieron al unísono.
―No me pongan de niñera, no sean crueles... Me hicieron caminar kilómetros... Lo entiendo de Parkinson, pero de ti, Cavendish...
Habiéndose puesto de acuerdo, Ives retiró la varita y Pansy pronunció:
―¡Densaugeo!
Atacado a quemarropa, Emil se estremeció, desplomándose hacia su espalda como tabla o como saco de papas peladas -sin pelar habría caído amortiguado-, aunque a distancia cero el hechizo se sintió cual piquetes súbitos en muelas cariadas.
En vértigo, con náusea y paralizado por el shock de dolor, Emil quedó en el suelo con las manos a la altura de los hombros, tratando de girar, deseoso que el mundo ardiera y con él cada infame plan de estudios. Por el chispazo y golpazo, los pasajeros cercanos se levantaron, alarmados; los controladores se acercaban, llamados por gente del vagón anterior que vio sospechosos a los chicos.
―Hijos indeseados de la Gorgona... -susurró Emil, queriendo sacarse los ojos para que se le enfriaran.
Como pudo, se giró, tanteando y recuperando su varita, jadeando, con media cara adormecida.
Incorporándose se dirigió tras ellos, prácticamente girando como una perinola; chocó contra la puerta y rebotó. El golpe le dolió hasta las cejas.
Abrió y llegó al último vagón, mareado y un poco atolondrado, entre pasajeros alarmados cuyas voces superpuestas le molestaban. Miró hacia una escalera señalada por una mujer muy delgada. Cáspita, esta claraboya tiene escalera.
―¡Esos muchachos subieron arriba! -gritó una señora.
―Ni modo que subieran abajo, pero no se preocupe, bella muggle... -aseguró, yendo adelante, dejándose llevar por su peso- Lo resuelvo...
Un controlador lo alcanzó, deteniéndose en la puerta; echó mano a unas esposas que llevaba al cinto:
―¡Hijo, quédate quieto o tendré que detenerte por la fuerza!
¿Qué? ¿Un muggle puro se atreve a amenazarme?
Todavía con dolor en las muelas, casi con apatía, Emil le lanzó un encantamiento no verbal, que en destello derribó al controlador.
Ninguno de los testigos vio una varita de mago; las personas identifican lo que conocen.
―¡Trae un aparato de electrochoques!
Gritos y cada uno se hizo ovillo en su asiento.
―Disfruten el paisaje -invitó Emil, subiendo por la escala.
El aire fresco y la luz del sol lo despejaron cual bofetada. De nuevo haciendo turismo, se comentó medio incoherentemente, controlando la vertical. Se detuvo.
Parkinson y Cavendish estaban de pie sobre el vagón, mirando a su izquierda.
Gallant también se detuvo, viendo hacia donde ellos.
A su espalda pasaban los magníficos hoteles de la zona, de fachada inglesa con marcos blancos, tejados de dos aguas y bellos jardines floridos, como la casa Malborough o la Casa Caroline.
El camino de hierro llevaba rato acercándose a la costa. Después que algunas casas lo separaban, ahora el tren bordeaba la orilla.
El tren pasaba por Spittal, uno de los mejores complejos turísticos de Inglaterra. Ahí, sobre el vagón que corría en la línea del tren bajo sus pies, los tres vieron el mar.
Frente a ellos, la zona de hierba en algunos puntos alcanzaba el borde de la costa, donde se enclavaban algunas casas, en una costa de amplias curvas cortada por bardas de madera y metal.
Más allá, las olas del Mar del Norte se mecían en azul oscuro bajo el brillo del atardecer, un cielo casi virado al sepia o al oro viejo sobre la marea suave que insinuaba lejanos paisajes y horizontes, iluminada por un sol que anunciaba climas fríos y milenarios caminos de agua.
Los tres chicos se sintieron llamados por la distancia.
―Seré marinero -se anunció Gallant, movido por la imagen.
No obstante, acuciados porque el vehículo se detendría y saldrían por ellos, Pansy e Ives volvieron a correr y Gallant los siguió, disparado. Sintiéndolos a tiro se detuvo, pero se le escaparon de alcance por unos pasos. Corrió tanto como se puede luego de haber recibido un hechizo molar.
―¡Por última vez, deténganse!
Corriendo, introdujo un dedo en su boca para ver si no salía con sangre. Ah, demontres, siento que se me va a salir la lengua. Despotricaba: ¡Me los llevaré a como dé lugar! Si me castigan por usar magia no me interesa, ¿para qué me dan el título de Prefecto Supernumerario? ¡Yo no quería nada! ¡Ahora mismo debía estar preparándome para los exámenes finales!
El sonido de las pisadas en el techo alarmó a los pasajeros, pero los responsables del tren tomaban medidas.
―¡Hay gente arriba, paren el tren! ¡Paren el tren!
Emil se apresuró.
―No podré hechizarlos, se van a volver a largar, esta vez debo agarrar el remanente más rápido... Creo que eso cuenta…
El tren frenaba, los controladores abrían las escotillas para salir, pero ya no importó: Pansy e Ives desaparecieron en un resplandor azul-blanco de chispazos amarillos y dos segundos después Gallant hizo el pase, con sensación de victoria, esfumándose a su vez de la tarde y del techo del tren, rumbo… ¿a quién sabe dónde?, dudó.
Ignoraba que Pansy llevaba en mente, la ciudad que vio en el Tetraedro: York, a 247 kilómetros de distancia.
Imágenes de Spittal y de la costa del Mar del Norte:
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