Aparecieron de pie en un jardín florido.

Pétalos amarillos y rojos se extendían a su espalda, al pie de una barrera un poco densa de arbustos y árboles, más algunas bancas vacías; todo ello con un alto muro de roca detrás, que los rebasaba por un costado,

Como si el gesto pudiera cambiar la posibilidad de haber sido vistos, vieron de soslayo alrededor, lentemente, para comprobar si algún transeúnte estaba asustado.

Nada. Nadie los notó llegar.

Cavendish tomó a Pansy de una mano.

―Ven -le pidió-, de pronto tengo la sospecha que Gallant nos encuentra usando nuestro hechizo de Aparición.

Andando rápido, Pansy volteó hacia un señor cano, de pantalón claro, gorra y suéter cuadriculado, que paseaba llevando a un perrito faldero.

―¿Dónde es aquí? -preguntó la chica, alzando la voz.

―¡Buenas tardes -le sonrió él-, son los jardines del Museo!

La chica, llevada por un apresurado Ives, todavía pudo preguntar:

―¿Y la ciudad cuál es?

Quedando atrás, el afable señor se colocó los puños en la cintura y rio.

―¡York, preciosa! ¿Dónde creías estar?

Ellos siguieron la carrerita saliendo a los vestigios de una gran torre de roca gris, de piezas más pequeñas y bastas en sus dos terceras partes y otras más sólidas y pulidas arriba, como si fueran de épocas diferentes.

Se alejaron por la continuación de la torre: un muro semejante a una muralla medieval. Una chica poco mayor que ellos, de anteojos, posiblemente oyó la pregunta de Pansy y señalando los vestigios, aclaró:

―Están viendo la Torre Multiangular, de los tiempos romanos de nuestra ciudad.

―¿Tienen una abadía? -alcanzó a preguntar Pansy, a punto de llegar a una esquina.

―¡La de Saint Mary.-asintió, despidiéndose con la mano-, cuidado al cruzar las calles!

Los chicos dieron vuelta a la izquierda por un muro antiguo, pero más bajo, y tomaron una calle cuya señalización indicaba: Museum Street, desembocando a la avenida más ancha que habían visto hasta ahora: amplia y de edificios coloridos, por donde avanzaron entre construcciones terracota y arena, con aspecto del siglo 19, llegando a una alta torre medieval a su izquierda y una zona arbolada a su derecha.

El área se llenó de turistas que admiraban los edificios. La catedral de York, en un cruce mucho más adelante, dominaba el paisaje con su arquitectura.

―¿Cómo sabes que no nos acercamos a Emil? -lo interrogó Pansy.

―No lo sé, pero tenemos oportunidad de émonos las túnicas, Pansy, estamos anunciando a bombo y platillo nuestra presencia.

Soltándose, pero sin detenerse, yendo por la acera de vestigios grisáceos a la derecha y edificios terracota a la derecha, sorteando a transeúntes y rebasados por autobuses, se despojaron de las túnicas, se quitaron las corbatas, desanudándolas; llevados por el calor, se desfajaron las camisas.

―Y nos encontramos en York -se dijo Pansy, también haciendo un rollo con las prendas-. La ciudad del primer giro del Tetraedro.

―No entiendo cómo llegamos, sin saber de antemano qué ciudad era -comentó Ives, viendo atrás un instante.

―Un hechizo, aunque mal elaborado, de todos modos busca su conclusión -aventuró Pansy-. Yo pensé en la imagen y el nombre del sitio, y el hechizo abrió el camino buscando la ciudad donde está.

―¿Y las otras ciudades?

―Van apareciendo por orden, ¿no recuerdas lo que dijo el duende? Aunque quién sabe la distancia que nos separe de la abadía.

Trotaron a los rayos de un sol que comenzaba a ocultarse y a arrancar destellos en el filo de las edificaciones.

Al cabo de minutos alcanzaron una esquina de la catedral de York, de piedra clara, altos arcos góticos y torres que parecían flamear a la luz del sol del ocaso.

―Detengamos un taxi -propuso Ives.

Había demorado hacerlo, percatándose que su cultura muggle se hacía cada vez más notoria a la supremacista Pansy, pero si iban a continuar incluso les convenían sus conocimientos. Como ahora, en su sospecha que Emil no estaría lejos.

Ives detuvo un vehículo y le pidió que siguiera todo recto.

Straight ahaed, please.

La tarde oscurecía. En el auto pasaron bajo un arco medieval, donde corría la muralla antigua de York, intercalada con construcciones mode as.

―Son las siete de la noche -le dijo Pansy al cabo de un rato, frotándose un ojo-. Ives, necesitamos hacer un alto: compras, comer.

¡Está fatigada, tiene sueño!, se dijo el Hufflepuff, preocupado, viendo por la ventanilla posterior. ¡Cavendish, debes fijarte más!

Ives pidió al taxista que los llevara a un supermercado. Si la Slytherin se intrigó más porque él conociera la naturaleza del sitio, no se le notó. En el establecimiento, por instancias de Pansy, compraron dos mochilas para la espalda, que ella vio a algunas personas usar en la avenida. Esas compras y otras de mudas de ropa y artículos de aseo las hizo ella.

Cavendish pidió a otro taxista que los condujera a una tienda de ropa. El chofer hizo una gran curva por las calles y los levó a la entrada de McArthur Glen Designer Outlet, un muy buen establecimiento de ropa de marca. Ives se había dado cuenta que en el camino se encontraban tiendas de descuento, pero quiso que Pansy se sintiera cómoda con lo que vistiera.

La Slytherin sabía usar la ropa muggle por ser muy semejante a la juvenil de los magos, por lo que midiendo las tallas de Cavendish con la mirada, le eligió dos mudas y ella se compró otras dos. Opinó viendo la ropa, sosteniéndolas de sus ganchos:

―No podemos seguir por ahí con medio uniforme de Hogwarts deshaciéndose, ¡pero no te pondrás la ropa nueva si no te has duchado!

―Sí, mamá.

Cavendish detuvo otro taxi, al que pidió los llevara al hotel Hilton. Él desconocía si existía un Hilton en York, pero era muy frecuente de ver en los filmes.

El Hufflepuff había hecho fuertes gastos, pero la baronía que ostentaba, aun sin ejercer ni en su casa, le aseguraba buenas rentas.

Bajaron del taxi afuera del Hilton, un edificio color salmón de tejado café, de ventanas en arco y una ancha escalinata con alfombra roja en su centro.

―No nos permitirán alquilar una habitación juntos, llamarían a la policía -aseguró Ives, en la acera; se encendieron las luces de la calle-, pero no quiero perde os de vista; yo dormiré en el suelo.

La verdad es que Ives habría podido quedarse en la misma cama sin pasarle por la mente nada en absoluto que no fuera dormir a pie a suelta; entre Hufflepuffs se habrían quedado cuatro o cinco en sus bolsas de dormir, revueltos como marmotas, pero como Pansy le interesaba más profundamente experimentó por ella una consideración hasta entonces inédita. Por suerte, supo qué hacer, pues infinidad de películas mostraban que los hombres en esas situaciones dormían en la alfombra, veían a otro lado cuando cruzaba la chica, etcétera.

Al pedir informes en el Hilton, Cavendish simpatizó a la recepcionista tras el ancho mostrador de madera oscura. El chico se daría cuenta que caía bien a las muggles, porque les causaba entre te ura y otro tipo de gusto, lo que a Pansy no le iba a gustar.

―¿De dónde vienes? -preguntó la encargada, amable y curiosa.

―Del castillo Hogwarts -respondió mecánicamente, arrepintiéndose en el acto.

―¿Del castillo Howards? -le sonrió ella; aunque oyó bien, corrigió al nombre del castillo emblemático de York.

―Sí -él sonrió con aplomo-, mis papás van a trabajar ahí, llegan mañana.

―¡Ya veo! -sonrió- ¿Mañana en la mañana, dices?

―Sí, a las diez de la mañana, por eso mis padres me ordenaron alquilar una suite.

Aquel chico muy correcto pagó en efectivo, tomó un croquis del hotel y salió de nuevo. Como ya estaba oscuro, afuera en la escalera explicó a Pansy cómo era el hotel, basado en el croquis y en una pequeña calle, esperó a que la Slytherin desapareciera.

Él entró de nuevo, tomó su llave, subió sin el camarista por el elevador y al entrar a su habitación, de muros marrón, una pared más oscura con ventana cerrada, gran televisión, más dos amplias camas separadas, la Slytherin de pie sobre una, de brazos cruzados, le sonreía triunfal.

―¡Te estás volviendo muy precisa con el hechizo! -se admiró él, cerrando al puerta.

Pansy hizo otros hechizos, silenciadores, para amortiguar los sonidos y que no se notara la presencia de ambos en la habitación.

―Es una posada agradable, Ives -opinó ella.

―Estilo estadounidense, de excelente renombre -comentó, dejando su mochila al lado de la de Pansy.

Se dieron un rato para jugar a guerra de almohadas, saltando en las camas.

Poco después, Ives encendió la luz del amplio cuarto de baño:

―Duchémonos y ordenemos de comer.

Pansy se dijo, emocionada: ¡Nos estamos yendo de pinta!

―¡Yo primero! -rio ella, alzando la mano, sacando su muda y pijama de la mochila.

El agua corría cuando Pansy le preguntó al otro lado de la puerta.

―¿Cuál es la llave del agua caliente en las duchas muggles?

―Mago o muggle, la caliente siempre es la izquierda.

Una hora más tarde, limpia y en pijama, salió del cuarto de baño.

―Qué agradable traer todo nuevo -suspiró.

Quedó estupefacta al descubrirlo mirando televisión. Ella desconocía ese invento. Él miraba Mogambo, con Clark Gable.

―Ives… Dime la verdad… -sondeó Pansy, secándose el cabello con una toalla- ¿cómo sabes tanto del mundo muggle?

Cavendish suspiró. Temió un poco que ella lo mirara como a una persona extraña por esa afición. O indeseable. ¿Debió decírselo antes?

―Me interesa conocer -explicó a la atenta Pansy-. Y me gusta lo desconocido, los mundos distintos. Mis padres no piensan así, ellos creen que el mundo muggle es peligroso. Piensan que no tiene remedio y va a su destrucción. Temen que nos contaminemos si nos acercamos. Y no me daban clases anti-muggle, eso te lo dije pues no supe cómo tomarías la verdad. Poseo historias como la que ves en el aparato. Son… imagina que son libros que contienen historias en imagen y sonido. Pones el libro en una caja como esta -señaló la VHS-, oprimes un botón y las miras cuando quieras. Son historias ficticias, pero hablan de las personas: en el fondo no somos muy diferentes de los muggles. Tengo muchas de esas historias que se llaman "filmes". Mis padres no lo saben, solamente tú.

Un poco cohibido, inseguro, le preguntó:

―¿Me ves mal por eso?

―¿Dejarías de hacerlo por mí? -preguntó a su vez, sin dejar de secarse.

―No. Lo siento, si eso es un problema para ti…

―Me gusta -le sonrió ella-, me gusta que defiendas tus ideas. No esperaría que dejaras de hacerlo.

Cavendish quedó maravillado. Se quitó un peso de encima. Y se lo quitó ni más ni menos que una Verde-Plata. Ella lo aceptaba.

―¿Por qué te vería mal, lindo? Yo tengo mis ideas, aunque luego de lo de hoy, por varios motivos me cuestiono algunas.

Se sentó junto a él, en el amplio lecho, cubriendo una de sus manos con las suyas.

―Eres muy dulce, Ives… Me doy cuenta que el comercio de ropa y la posada donde estamos, los elegiste por mí.

―Quiero que estés bien.

―Y el vehículo que nos llevó -ella no se daba cuenta que fueron distintos taxis, sólo notaba el diseño del auto; los muggles se le hacían muy parecidos-, fue porque me viste bostezar, cansada, ¿verdad? Quisiste que no caminara.

Ives sintió un escalofrío con el frote de los dedos de Pansy en su mano; el aspecto fresco de su piel húmeda. Y sobre todo, la seriedad de su mirada.

―Es verdad, Pansy. Aunque haya peligro en lo que hacemos, yo quiero cuidarte -bajó los ojos, tímido-. Si me lo permites.

―Ives… -ella le sonrió, con ese gesto de asombrarle la ternura del Hufflepuff.

―Ya pedí de cenar en la habitación -él la besó en la mejilla, nervioso, levantándose; la tomó de la barbilla-, te juro que son alimentos limpios, los manejan con extremo cuidado, son como los que conocemos, ¿vas a comer, eh?

―Ajá.

Pansy quedó fascinada viendo el invento del televisor, secándose el cabello. Ives no perdió un segundo y entró al cuarto de baño con sus cosas.

―Te iba a decir que hay unos jabones como los que te gustan, Ives -comentó Pansy, a través de la puerta.

―Gracias, mi adorada Slyhterin -se oyó la voz, en el ruido de la ducha.

Ella se detuvo en seco, al volver a la tv.

―¿Cómo me dijiste…?

―Mi adorada Slyhterin.

Ella apoyó la frente en la hoja.

―Ives, ¿y me lo dices detrás de una puerta?

―Me cohíbe decírtelo viéndote -se le oyó, apenado.

―¿Se te ocurrió decírmelo por lo de los muggles?

El apoyó la espalda del otro lado de la puerta.

―No. Lo sentí esta tarde, lo supe cuando mirabas por la ventanilla del tren. Estabas s pensativa, y pensé: "Mi adorada Slytherin".

Pansy apoyó la mejilla en la puerta, con voz tan baja que él no la oyó:

―Yo también te adoro.

Cavendish salió media hora después, llevando un pijama amarillo, al gusto de Pansy. Fue justo a tiempo, porque llegó el servicio de habitaciones.

Era tan bueno que Pansy se sintió como en casa. Comieron y bebieron con verdadero apetito.

―Como dices, creo que los mortífagos no saben dónde estamos -asintió Ives, sentados a la Tetraedro no debe ser rastreable, como parte de la secrecía. Eso de pedirte guardar secretos por una muy buena razón es muestra de que se oculta algo malo. Considero que debemos ir mañana a la abadía, pero antes de hacer nada, asegura os que no haya nadie y salir volando si lo hay. A ver qué podemos averiguar entre tanto.

Apagó la televisión; podía ser mucho ruido ininteligible para Pansy.

―No entiendo -opinó ella, recogiendo los pies en la silla, viendo el Thetrionen en sus lados-, son tres ciudades, una por cada cara, ¿por qué tiene un dibujo en la base?

―Desconozco los emblemas de las caras de arriba -se encogió de hombros-, ¿cuál es la figura de abajo?

Pansy se lo mostró, describiéndoselo.

―Es un triángulo con un círculo dentro, partido por una línea vertical.

―No he visto nada semejante… aunque siendo ese un objeto de Artes Oscuras, creo que debemos guardarlo en uno de los estuches de plomo que compré en el supermercado. Y lo cargaré yo. ¿Me lo das, por favor?

Ella apartó la mano.

―Solo si me dices "mi adorada".

―¿Me lo das, mi adorada Slytherin? -preguntó, con el brazo extendido- ¿Por favor? ¿Chantajista?

Pansy se lo dio, satisfecha, él lo guardó en caja y mochila y todavía hizo que la chica se lavara de nuevo las manos, luego él. A su lado, ella le hizo caso con una sonrisa complacida. Había descubierto el gusto de que se preocuparan por ella. Que no perdía nada con dejarse querer. Y sospechó que con Ives había encontrado a uno que le encantaría atenderla.

Ella se recostó en el lecho. Desde el suyo, Ives miró a la chica profundamente dormida. La contempló un rato, y apagando las luces, durmió a su vez.

Emil arribó a York cuatro minutos después que los muchachos y apareció con tan buena suerte, que cayó al pie de un árbol, ocultándolo de un cercano estacionamiento.

Sin perder tiempo, sabiendo que aparecía al Noreste de los fugitivos y que estaba a ciento de metros de menos, fue recto, guiado por una muralla a su izquierdo, por lo que desembocó en el jardín del Museo, donde ellos aparecieron.

El señor del perrito faldero, sentado en una banca, lo saludó alzando una mano al verlo vestido igual:

―¡Eh, muchacho! ¿Usted viene con los chicos que no saben dónde viven?

―En efecto -la pescó al vuelo- ¿Sabe por dónde se fueron?

―Recto, izquierda, tal vez a la catedral.

―Gracias -asintió, mirando a la mascota y tratando de entender qué era.

Emil giró y echó a correr. La chica de los anteojos que habló de la muralla había seguido camino por el jardín, por lo cual él ya no pudo enterarse del sitio que interesaba verdaderamente a sus fugitivos.

Corrió, sin ver, por la cantidad de turistas, que sus prófugos abordaron un taxi a metros de él. De saber que tomaron el vehículo, habría pensado que Ives hizo bien en echar a correr. Había salido a menos de treinta metros de ellos. Ese trote les evitó que Emil los alcanzara en la Torre.

Volvió sobre sus pasos, rápido, usando la varita para hallar vestigios de un remanente. No tuvo problema con nadie. Muchos creyeron que estaba buscando la Iluminación. Otros que buscaba agua. Otros pensaron que buscaba el Tercer Ojo. Una señora le dio una libra esterlina para que se comprara un bastón entero. Un grupo de Hare Krishna cantó y saltó alrededor de él.

Regresó al jardín cuando oscurecía. El yorkino se había marchado.

Supuso que los tuvo a decenas de metros, pero no los ubicó. Emil no tenía un centavo; no sabía usar la libra esterlina. De tenerlo dinero, habría tomado otro taxi entendiendo cómo funcionaba al abordarlo y alcanzado a ambos sobre la avenida. Así, a pie, sin escoba voladora, eran muchas calles, numerosas construcciones, innumerables habitaciones.

Aun con ello no se dio por vencido.

Buscó un sitio dónde esconderse. Y descubrió cuán pequeño es el mundo.

A las cuatro de la mañana, despierto por el frío, separado por un sectos delgado de la romana Torre Multiangular oyó una voz conocida al otro lado.

―En definitiva, ¿tú eres el custodio en York?

Emil quedó quieto... era la voz del mortífago que le quemó la Saeta… Él le había gritado al saltarlo en el vagon. ¿Qué hacía ese tipo justo en este lugar? Y, ¿cómo podía andar en una ciudad muggle? Desconocía que eran de lo más comunes. Los mortífagos pasan por punks. Algunos teóricos aseguran que los goths les copiaron el estilo.

―¡Te he dicho mil veces que sí, Scabior! -protestó su interlocutor- ¿Y quién te permitió esconder tu encargo en mis ruinas?

―No fue gratis, recuerda que hoy ayudé a llevar las malditas aves desde la granja. ¡No olvides que estamos en el mismo barco! Y necesitaba confirmar si trabajas con alguien más. ¡No me culpes si nos vemos obligados a reuni os en la parte vieja de la ciudad! ¿Querías ir a la luz del día con Aquello?

―¡No me digas! -se burló el otro- ¡Todo esto es por hacerte un favor a ti! ¡Y eso, si es verdad lo que me contaste! Ahora, dime, ¿querías confirmar si estoy solo, para qué? ¿Seguro que no estás fallando en tu misión?

―Voy excelente.

―¿Y por qué haces tantas preguntas? ¡Confirmaré con Colagusano si es verdad que debes estar en la Abadía de Santa María…!

No siguió hablando, porque es difícil hablar sin cabeza. Y pensar y todo eso.

Emil permaneció en su sitio, anotando el nombre del lugar en el Diario, y esperó a que aquel Scabior saliera de la Torre.

El lugar que dijo, ¿tendría relación con los chicos? ¿Estarían ellos allá?

Lo dudó. Ellos deberían descansar antes de emprender nada. Decidió ir a aquel sitio, por si ellos estaban enterados de su existencia. Todo le indicaba que así era. No podía ser que desearan huir sólo porque sí.

El frío casi lo aniquila. No se animó a entrar en alguna habitación a hurtadillas, además que no iba a poder justificar ese uso de la magia ante los rígidos del Ministerio.

La lechuza llegó en la madrugada, medio despeinada pues debió recorrer bastante más camino para regresar con Gallant, que a esa hora de escarcha estaba medio congelado, abrazándose y saltando para conservar el calor. No se atrevió a hacer fuego para nos ser descubierto.

La lechuza traía una alforja con comida, agua, más libras esterlinas. Devoró lo primero y contó lo segundo. La cantidad ya era más que decente. Había un escrito con una pregunta de Dumbledore. El mundo se acomodó mejor para Emil.

Cuando el sol salía -la hora de mayor frío-, robó alpiste para la lechuza, espantando a las palomas del jardín.

―Fíjate bien -dijo a la Windfire, alzando el índice-. Deben haber dormido, así que busca en las posadas. Yo estaré caminando, no me pierdas.

Andando, volvió a rastrear a los fugitivos. Y si no los hallo, sospecho que irán donde estará el llamado Scabior, esta noche.

Al cabo de dos horas de buscar sin resultado, quedó de frente a la vitrina de un negocio, donde lo que vio, lo hizo abrir la boca de agradecimiento.

Debió esperar unas horas a que abrieran, para comprar una de esas mercancías.

Tras la vitrina, la etiqueta de cada objeto anunciaba: "La Hechicera. Escoba fabricada con vinilo, tipo cepillo. Yorkshire Co."

Debía tener buena aerodinámica, sopesó Emil, sorprendido.

Les caería en la abadía, por los aires. ¡Estos muggles no andaban tan perdidos!