Vestidos con ropa juvenil muggle de diseñador y mochilas a la espalda, a las cinco de la mañana Pansy dejó la habitación a saltitos juguetones (para salir del hotel descaradamente frente a las narices de los empleados), en tanto Ives bajó tranquilamente al lobby, donde canceló la reservación de ese día, con el encargado del turno de la mañana.
Al salir se encontró con Pansy en las escaleras del Hilton donde, protegidos con abrigo, gorra, bufanda y guantes, exhalando vapor como pequeños trenes se vieron de frente a una construcción que les pasó desapercibida la noche anterior; probablemente por las emociones del día. Cruzando la calle, sobre un pequeño montículo se levantaba una torre de tamaño mediano: la Torre de Clifford, el vestigio del castillo normando de la ciudad.
Una leve neblina se desplazaba a ras del suelo. Alejándose por una calle escasa de edificios, de ventanas de marcos blancos, medianamente pródiga en árboles y cortada por una elevación central para el cruce, llegaron a una pequeña glorieta que lucía una columna estilo egipcia.
Dejándose llevar por sus pasos para deambular unos metros, doblaron a la derecha, tomándose de la mano, hasta que se encontraron en un puente con paso para vehículos en el centro y para peatones a los lados. Al cruzarlo, se detuvieron para ver el río que corría debajo. A la izquierda del tranquilo y ancho caudal corrían árboles frondosos y del otro, edificios pesados de ladrillo desnudo.
—El puente Skeldergate -anunció Pansy, que consultó un mapa de la ciudad tomado en la recepción.
Continuaban encendidas las farolas triples que iluminaban el puente a tramos, sirviendo de marco a automóviles y ciclistas. Bajo esa luz caminaron, por la ciudad insomne, todavía a oscuras. Cómodos yendo de la mano por el Skeldergate, la luz dejaba ver sus vestimentas.
La moda de ese año favorecía los colores neón, luego de una sequía dominada por los tonos neutros, aunque no eligieran nada llamativo, pues esa noche incursionarían en la Abadía. Eso sí, estando de moda el estilo grunge, se popularizaba un aspecto que al aristocrático de Ives, al verlo en la tienda, le produjo escozor pues le parecieron harapos. Estaba cómodo con lo que Pansy eligió. Él iba de pantalones de pana marrón, camisa blanca, suéter negro (todo Calvin Klein) y tenis blancos Converse, marca en su apogeo. Se cubría con una cazadora Carhartt, excelente para el clima, misma marca que llevaba Pansy, ambas en negro; bufandas, gorros y guantes de lana Burberry para los dos. La chica llevaba gruesos mallones negros, una minifalda negra a lunares blancos marca Ozono y el tipo de botas rudas que le gustaban, éstas un par de Doc Martens.
Cualquiera diría que eran un par de turistas prematuros, consentidos por sus papás; jamás pensarían que eran bruja y mago, pero tampoco nadie sospecharía que, en esencia, estaban ahí por una desobediencia escolar mayúscula, sin antecedentes en su colegio, que ninguno hubiera cometido por su cuenta. Ninguno hubiera encontrado, solo, la motivación para hacerlo y menos para desafiar a la autoridad a ese grado. También, en esencia, la razón de uno era el otro. Si bien al verlos pocos pensarían que fueran compatibles, lo cierto es que juntos eran más. Bastante más que muchos otros.
En parte los acompañaba la suerte y en otra, era que pensaban bien estando juntos. Al bajar del puente, Ives, extrayendo sus recuerdos del día anterior, se dijo que le pareció haber visto o entendido que no lejos de la Torre Multiangular cruzaba un río y puente. ¿El Skeldergate, por donde iban, era aquel puente…?
Pansy consultó el mapa, y al hallar un dato importante miró a Ives y muestra de que pensaban semejante fue que ambos asintieron, por lo que de inmediato éste paró un taxi.
Y es que la zona hotelera de mayor prestigio en York se encuentra en la zona histórica de la muralla romana y la medieval, incluyendo la Torre Multiangular, diversos restos medievales, la catedral y lo que los daneses no destruyeron, pero construyeron a cambio. No se habían percatado que el trayecto de los taxis anoche, al final, los colocó a un kilómetro y un puente de distancia de donde llegaron, donde suponían que también arribó Emil.
Entraron rápido al taxi, riendo el susto y mirando al cielo. Pensando que Gallant había dado muestras de perseverancia y por lo tanto debían cuidarse de él, en ese justo momento por la ventanilla del taxi en avance vieron un punto oscuro sobrevolando el puente. Planeaba lento y se movía en círculos: era la lechuza, a unos cien metros de altura, que venía de los alojamientos turísticos del Oeste y se dirigía a la zona hotelera del Este, donde habían estado ellos… Pansy eligió en el mapa cualquier sitio para alejarse y hacer tiempo.
Una hora más tarde, a tres kilómetros de distancia, Emil llevaba su escoba comprada en el comercio de artículos de aseo. En plena calle, sujetándola por el mango, le pasó las piernas por los lados.
Muy bien pudieron cantar unos grillos a la espera. Miró el cepillo de la escoba.
—¿Y bien?
¿Necesitará un estímulo?, consideró. Emil saltó sobre sus dos pies. Otra vez. Luego repetidamente un-dos-tres-cuatro.
—¡Mira mamá -dijo un niño rumbo a la escuela, que se sacó el pulgar de la boca-, ese señor cree que su escoba es un caballito!
—¡Ya te dije que no hables con borrachos! -lo jaló de la mano.
Grave, Emil dejó de montar la escoba, estudiándola de cabo a rabo sin acabar de entender: pero si inclusive se llama "La Hechicera", caviló, hasta que una certeza infame se coló en su ánimo:
¡Las escobas muggles no vuelan!, la miró reclamándole. ¿Entonces para qué las quieren?
Debía usar sus recursos. Como no hallaba dónde ocultarse volvió al jardín, que era del Museo de York, y tras unos arbustos altos forzó un hechizo de transformación, para tratar de cambiar la función del objeto. Ya estoy como Los Fugitivos, rumió.
—¡Volucres fugans!
En concreto, "¡Escoba vuela!", declaró, y percibió que lo logró en parte porque el utensilio vibró, comenzando a elevarse, así que echándose Polvos Invi que llevaba en la alforja desapareció de la vista y montó justo cuando la escoba ascendió, titubeante, hasta varios metros de altura, soltando un rechinido. Lo bueno es que al ser de plástico no se rompía fácilmente.
Lo logró en parte, porque el cepillo se agitaba un poco, como buscando un suelo para barrer; pero continuó elevándose.
Pansy e Ives bajaron del taxi a más de cuatro kilómetros de distancia, donde descubrieron los restaurantes de 24 horas. Aprovecharon para almorzar a la inglesa (huevos estrellados, tocino, café) y estudiar el mapa.
Efectivamente, la Abadía de Santa María se encontraba en la ciudad. Vieron que estaba muy cerca de la Torre Multiangular y de la catedral. La ciudad medieval mejor preservada de Inglaterra concentraba muchos de sus atractivos, obviamente, dentro de los límites que ocupó en el pasado romano y del Medievo.
Para hacer tiempo se dieron a caminar, sin dejar de cuidar el cielo. Ives sonrió al mirar a Pansy contemplando la vitrina de una vieja botica que exhibía sus frascos del siglo 19, recetas antiguas y libros.
—Es como en Hogwarts -opinó, curiosa, sus ojos admirados, resaltados por la cálida luz de la vitrina y porque la bufanda le cubría hasta la nariz. Tienen varios componentes de los que usamos... ¿Qué? -se extrañó al descubrir la expresión de él
Ives le sonrió:
—Me gustan tus ojos y cómo se ven con esa luz
—Oh... ¿es eso?
Él le acomodó la bufanda. Quiso saber:
—¿Cómo una Slytherin se toma que le hablen así?
—Mira cómo se lo toma una Slytherin -le dio un beso en los labios, por debajo de las bufandas.
—¿Ah y cómo se toma esto? -él le dio otro.
—Pues así, mira.
Se dieron varios besos rápidos entre las bufandas, ladeando las caras. Pansy remató tocándole la nariz con la suya.
—Contigo aprendí a gustarle a alguien sin incluir términos de alianzas políticas.
Eso volvió al chico a la posible realidad. ¿Los Parkinson aceptando a un Hufflepuff?
—Tengo curiosidad, Pansy: ¿Tus papás aceptarían que fuéramos novios?
La chica se violentó un poco.
—Ellos aceptarán lo que yo decida. Tendré por pareja a quien yo elija, nadie me ordenará. Si me desheredan no me importa. De entrada, si me unieran a la fuerza con alguien, ese no me soportaría, le haría la vida imposible. Yo te quiero a ti.
Cavendish experimentó una leve emoción y asintió. Preguntó pues él no daba nada por hecho. Por ejemplo, podría pensarse que su pedirle permiso para cuidarla era innecesario, dadas las acciones de Pansy, pero él era un bien educado Hufflepuff: le habría sido prepotente asumir una postura con ella. Una postura que le nacía tomar.
Se tomaron de la mano, andando nuevamente.
—¿A mí se me nota en los ojos? -preguntó ella.
—¿El qué, que te guste alguien, Malfoy para ser precisos?
—Tú, payaso.
—¿La mirada Slytherin de gustar es fija, sin pestañear, medio fría o atravesada de tormentas?
—Ajá.
—Se nota que te gusto.
En la escoba, por la tarde Emil subió hasta sesenta metros de altura y se orientó siguiendo el mapa que tomó en un centro de orientación turística, pero no era lo mismo ver desde el suelo que desde el aire. A esta altura se perdían detalles y no identificaba edificios.
Otro punto malo era que la escoba resultaba incomodísima. Temiendo que se rompiera y él partirse la crisma por caer decenas de metros al vacío, intentaba distribuir su peso equitativamente y no forzarla mucho, pero aun así, vibraba y rechinaba. Para colmo, ahora que tenía un grado de conciencia, movía el cepillo queriendo barrer, agitando un poco a Emil.
Pasó horas controlando la escoba, sobrevolando York acompañado por el ir y venir de la lechuza. El tiempo pasó agobiante para él, rastreando en círculos cada vez más amplios, pero cuando oscureció sintió que las sombras brotaron súbitamente, por lo que no habiendo hallado a los chicos se dirigió a la Abadía, para no perderla en la noche. El río fue su mejor referencia, el Ouse.
Aproximándose, comprobó que Saint Mary Abbey era un vestigio arquitectónico. Gallant la contempló como un medio rectángulo vacío, delimitado por restos de muros, árboles, rodeados de la extensión de hierba del jardín del Museo. La Abadía solamente se separaba de la Torre Multiangular por unos cientos de metros. Por eso había hallado a Scabior hablando ahí con el otro mortífago, al que llamó "custodio". ¿Qué custodiaría?, había estado pensando Emil.
Venía de la catedral cuando entre las personas que deambulaban o comenzaban a marcharse del jardín del Museo, identificó a dos figuras, por la agilidad una chica y un chico, que corrían sigilosos en los terrenos de la Abadía, girando a su derecha. Saltó un tenue brillo azul entre ellos.
Las largas horas dieron fruto. Gallant comprobó que la perseverancia es mejor que el arrebato.
Niñitos de la salamandra sagrada, se solazó, cuánto los quiero, monadas.
—¿Soy o no soy el Prefecto Supernumerario Número Uno? -gritó Emil, soltando la escoba y sacudiendo los puños; la escoba rechinó- ¿Quién es el rey, quién, progenies del Hoggle Sapiens? ¡Yo! ¡Vamos, escoba! -gritó, sujetándose- ¡En picada!
Emil se lanzó en ángulo agudo hacia abajo, al tiempo que llegaba la lechuza rauda en sentido contrario para unirse a él.
Luego de pasar el día analizando los mapas, tratado de estar a la vista el menor tiempo posible (aun así entraron a conocer algunos edificios y evadieron a la Windfire una segunda vez) la Slytherin y el Hufflepuff corrieron hacia un muro derruido de roca gris clara, dónde se levantaban los restos de un arco gótico. La catástrofe del tiempo únicamente había dejado aquel arco, unas torres y parte del cuadrángulo del muro, únicos recordatorios del monasterio benedictino más próspero de Inglaterra.
El duende no les había dicho cómo usar el Tetraedro al llegar al sitio de la instantánea. Como por entonces no estaban decididos a continuar, no le preguntaron.
Teniendo el muro del lado derecho, práctico, como habían convenido, Ives tendió el objeto a Pansy y se dedicó a cuidar con la varita en cada dirección mientras corrían; ella, llevando el objeto en la palma izquierda, junto con el chico trotó a lo largo del muro buscando alguna señal, indicación o pista, pero rápido; si nada hallaban saldrían también corriendo para no hallarse con los mortífagos.
Al dar la vuelta al muro y encontrarse entre éste y una barrera de árboles densos, hicieron un descubrimiento.
Una algarabía de animales. Toda esa área estaba plagada por jaulas llenas de ruidosas gallinas blancas, a lo largo de metros de muro, protegidas por los árboles al otro costado. También debían estar protegidas por algo más, porque el bullicio era tremendo. Cientos de jaulas, una arriba de otra, de seis en fondo y otras desperdigadas; incluso unas cajas vacías de huevo y alimento se desperdigaban por la zona. Era un criadero. El custodio de la Abadía de seguro tenía la zona protegida con hechizos de invisibilidad y silenciadores, porque sólo Pansy e Ives, y al estar de frente al conjunto, escucharon el alboroto de las aves. El Tetraedro debía mostrárselas.
—¡Ives…! -exclamó Pansy, viendo el Thetrionen, que le iluminó el rostro de luz azul.
Ambos lo admiraron: en efecto, una de las caras del objeto emitía un fulgor espectral que aumentó de intensidad, haciendo más vívido el labrado en su cara. Hasta entonces se notó que, en su centro, el relieve tenía vacío un espacio circular.
Pansy apartó de su vista esa cara de la pieza, por sentido común, apuntándola enfrente, con lo que el resplandor se volvió un haz que se movió como faro delantero y tanteando en el muro, tocó una sección donde le respondió un brillo rojo.
Corrieron allá, varitas en mano, Ives cuidando a todos lados, pero con Gallant descendiendo hacia ellos a gran velocidad para detenerlos desde el aire. Pansy localizó el origen del brillo rojo y posándole la mano por instinto, sintió algo moverse bajo ella.
Al apartar la mano, el peso de un objeto la llevó a colocar la palma en horizontal: tenía una esfera de plomo.
Esfera en mano y círculo en el Tetraedro, la invitaron a pensar como ante un rompecabezas.
La esfera encajó en el círculo, quedando estable en él, y las luces del muro y del objeto se apagaron.
Nada más. Como si nada hubiera sucedido.
—¿Y ahora? -preguntó Pansy.
—Ahora marchémonos, no sea que…
Emil arribó como flecha desde el cielo en la escoba de vinilo tipo cepillo marca "La Hechicera" tratando de controlarla, con cara de Prefecto (ya sabes, de estar buscando un pretexto), pero como entró al área que el Tetraedro revelaba, apenas al cobrar la horizontal vio las jaulas y las cajas, por lo que con cara de pasmo se estrelló aparatosamente contra un bloque de cartones y gallinas enjauladas, haciendo un ruido pavoroso y despidiendo al aire, semillas y plumas y cacareos.
Su ocupante, volando, salió del bloque y dio una voltereta disparándose más allá ante dos pasmados alumnos, despidiendo en todas direcciones láminas de cartón y empaques de huevo vacío, gritando bocarriba, todavía agarrado de la escoba, como si tuviera el control de la situación:
—¡Deténganse! ¡En nombre de la ley!
Los chicos lo vieron caer entre otras jaulas, estupefactos.
—¡Vámonos, Ives!
Emil se liberó trastabillando, saliendo del caos de cartones y gallinas indignadas como si tratara de caminar usando tacones de treinta centímetros, en medio del aleteo y correteo de gallinas que quedaron liberadas y corrían estorbándolo.
—¡Cállense, hijas del… no sé de qué, pero de un maldito monstruo plumífero del Averno Negro! -tosió- ¡Cállanse o las rostizo!
Cuando logró saltar al pasto, Pansy e Ives le sacaban ventaja.
Emil ya no se la pensó y les lanzó el encantamiento sin aviso, señal de que al cabo de dos días casi los atrapaba.
El rayo de luz dio contra unas jaulas de pobres gallinas, que saltaron aleteando y soltando un sorprendido "¡cacacá!"
Emil corrió y llegó a otro bloque de jaulas, donde las gallinas cantaban una ópera, liberadas entre enorme ruido y aleteos de alarma.
—¡Dejen de hablarme en galligonza! -les gritó Emil- ¡No les entiendo, mutantes!
¿Dónde estaban los Fugitivos? ¡Daban vuelta a la esquina, a la carrera!
Scabior salió de entre los árboles a unos metros de ellos para caerles por la espalda. En automático Emil hizo un pase hacia él y la mayoría de las jaulas se abrieron.
Cientos de gallinas cacareando, brincando, soltando plumas y corriendo armaron un alboroto haciendo tropezar al mortífago, que se vio rodeado de los regordetes cuerpos aleteando a su alrededor. Seres inteligentes al fin, las gallinas saben identificar al enemigo, por lo que fueron sobre él. Scabior se cubrió de los picos como de picos del Señor Tenebroso.
La lechuza voló rauda del otro lado del muro para seguir a los chicos.
—¡Escoba, ya! -reclamó Emil, brincando en un pie para no pisar a unos pollos que andaban por ahí; trató de montarse en la escoba casera, que cepillaba el pasto- ¡No te pongas a barrer, vuela, por vida de Merlín!
La escoba lo obedeció, elevándose sobre el muro en una suerte de salto y lanzándose adelante como potro salvaje, pero era difícil de controlar, por lo que al salir a campo abierto la escoba se dejó caer como temiendo a las alturas y se estrelló contra otro bloque de cajas y jaulas recién visibles, mandándolas por los aires.
¿Qué hacen cajas de huevo y gallinas en una abadía?, protestó Emil, tratando de liberarse del cartón y de las caras de los pollos. Los mortífagos deben andar muy mal de la economía tenebrosa que no les da para palomas de Cornualles. La gallina irlandesa andará más barata para los sacrificios negros. Estos incompetentes se limpian las narices con los Evangelios Oscuros.
Salió a cuatro manos de las cajas de cartón y jaulas entre una lluvia de plumas, buscando a los chicos para acabar de una vez. Pansy lleva un objeto mágico, pensó Gallant.
Y al decirse, gateando: Esto es un escondite, pero… ¿de qué?, tuvo su respuesta al encontrase que lo miraba un par de ojos rojos, frente a frente, a nivel del suelo.
Era una cabeza enorme, que anticipaba un cuerpo igual de escamoso.
Parecía sonreír, pero más probablemente se regocijaba antes de morderlo.
Como Emil ignoraba lo tremendo que era aquello, aunque se intimidó, también se exasperó ante el nuevo obstáculo.
Mejor que no supiera: Era Nagini, que traía puntos con hilo grueso ahí donde las ruedas del tren la machacaron, dejándole por el cuerpo una clave Morse Tenebrosa donde el sufrido mortífago la cosió en los sitios donde casi perdió trozos de su ser horrocrúcido.
Emil no podía seguir a los chicos con la vista y atender aquella visita, por lo que estresado tomó la escoba por el mango y con el cepillo arreó a Nagini repetidamente en la cabeza, que abrió y cerró las fauces en cada mamporrazo contra el pasto.
—¡Que estoy ocupado! ¡Que estoy ocupado!
Cansado de darle con la escoba, Emil le arreó una patada en la mandíbula que la cerró y mandó hacia atrás entre las gallinas, causando que de acuerdo con las leyes de la física, el peso de sus fauces arrastrara al resto de su cuerpo, que se elevó y le latigueó encima. El cascabel le atizó en un ojo, por lo que exclamó en pársel:
—¡&%$...!
Scabior corrió sollozante hacia Nagini:
—¡Hija de mis entrañas!
Emil lo apuntó, gritando:
—¡Glisseo!
Un destello y Scabior resbaló hacia atrás, dándose en la nuca contra jaulas, aflojando el cuerpo como inconsciente.
Emil giró al jardín y los buscó. Pansy e Ives corrían, no hacia la Torre, sino abriendo un ángulo que los llevaba al Observatorio de York.
El Prefecto Supernumerario lanzó otro encantamiento contra los chicos, que acertó sobre el Fénix de Dumbledore en su arribo triunfal con el colmillo de basilisco.
¿De dónde saliste, urraca? Emil corrió allá, inclinándose ante el caído Fénix y tomando el colmillo, sacudiéndolo intrigado, esperando que tuviera algún poder de utilidad:
—¿Y esto, qué? ¿Canta, o qué?
Lo soltó y alzando de un ala al Fénix noqueado, con gesto desabrido lo aventó por encima de un hombro; el ave giró y al caer hizo saltar y aletear a unas gallinas perdidas.
—Cuídenme al pollo -les pidió Emil.
Montó de nuevo en la escoba, pero simplemente cayó diez metros adelante, lanzando al chico contra la hierba.
Volvió a casi alcanzarlos dos veces más.
—¡Deténganse! -advirtió- ¡Estoy autorizado para usar fuerza letal!
Pansy e Ives se ocultaron tras unos arbustos altos, cerca del Observatorio, un edificio ventanado de ocho caras rematado por un cilindro y éste por una pirámide de muchos lados. El alboroto de las aves, calló. O dejó de oírse porque el Tetraedro estaba lejos. Pansy vio la segunda cara del objeto y habló con Cavendish en voz muy baja. Nadie los oyó:
—El siguiente punto es la Antigua Escuela de Gramática de Coventry.
—¿Piensas lo mismo que yo?
—¿Ir ahora, esta misma noche, sin demora? Sí. No hay que darles tiempo.
Scabior, sucio de plumas, salió a cuatro metros de ellos con un grito triunfal.
—¡Ya los tengo! -sacó la varita de su saco-. ¡Así que ustedes lo tienen, como sospeché! ¿Querían volverse ricos? Antes que me devuelvan lo mío, van a sufrir.
Una línea densa de flechas salió de las sombras del jardín.
Desconcertado, Scabior apuntó hacia quien disparaba.
El Slytherin salió de la oscuridad, caminando, apuntando al mortífago con la varita, de la que salía un torbellino de saetas.
Gallant no se la pensó. De improviso se percató que su misión era obsoleta. No puedo atacarlos ni dejarlos indefensos con ese infeliz cerca. Esto se complica más. Había pasado de perseguirlos a cuidarlos.
Scabior trató de responderle, pero Gallant, con desdén frío, decidido, caminando, lo rociaba con flechas. Scabior se quitó algunas, pero desistió. Otros hechizos lo atacaron por un costado. Él no quiso arriesgarse a lanzar un Avada al tiempo que una flecha le daba en la cabeza o le acertaban desde un punto ciego.
Sin andar, simplemente persiguiéndolo con girar el cuerpo, Gallant lo rociaba. Hizo correr al mortífago; algunas flechas rebotaban contra los muros del Observatorio.
Una de las saetas acertó en el cuello a Scabior; haciendo un ruido como de graznido corrió, perdiéndose en la oscuridad. Bien, se dijo Emil, supongo que para él viene ir a Mal Mungo o como se llame su hospital siniestro.
—¡No corras, Scrabies! -se burló el Slytherin; con eso el mortífago sabría que se le conocía; mientras le sacaban la flecha del cogote podría saborear su miserable situación.
No hubo pausa. Un rechinido a distancia breve los paralizó, haciéndolos buscar de dónde vino.
Pansy y Cavendish no se habían marchado; se quedaron para ayudar a Gallant, que asumió la defensa de ellos.
Apuntando en lo general con la varita a las sombras del jardín, la gran extensión de hierba y árboles del Museo de York, Emil puso cara de pasmado en lo particular.
Mirando a todos lados para determinar de dónde venía el rechinido, Gallant dirigió la varita a las sombras y explicó a los chicos en voz alta:
—Oigan: el idiota que los sigue, no yo, el otro idiota, se llama Scabior.
—¿Quién es? -preguntó Ives.
—Es el mortífago que hemos visto desde el primer tren, es el encargado de cuidar a la serpiente gigante, las gallinas son para alimentarla, creo. Óiganme: si con la suerte que tienen logran escapar de mí otra vez, sepan que él los estará esperando a donde vayan -no perdía la cara de concentrado, tratando de determinar de dónde venía el ruido-. ¿Lo conocen?
La Slytherin y el Hufflepuff también apuntaban a las sombras con las varitas.
—¡No lo conocemos, ya te dije! -gritó Pansy.
Emil barría el área con el movimiento de la varita.
—Él se deshizo del que custodiaba este sitio -señaló con el pulgar-. Lo dejó atrás, en la torre vieja. Si van a otro sitio semejante, pienso que hará lo mismo con el que cuide. Algo oculta. No se confíen, ya sabe de ustedes y no los dejará. Creo que ese Scabior obedece a alguien muy poderoso, pero por miedo le está ocultando lo que ocurre. Tengo la sensación que abre un agujero para cerrar otro. Deben empezar a explicarme lo que están haciendo, chicos.
—Ni idea -respondió la Slytherin.
—¡Demiurgos, Pansy! -farfulló Emil, apuntando a las sombras, tratando de ver de qué se trataba el ruido- ¡Por lo menos díganme por qué lo hacen!
—Puede ser peligroso para Hogwarts -dijo la chica; ella comenzaba a pensar que era verdad esa motivación.
—¿Así que de fugitivos pasaron a una misión?
—Todo se complicó -dijo Ives.
—Eso lo entiendo -adelantándose unos pasos, Emil apuntó a su derecha; el suelo vibraba-. Creo que es hora de irse. No trato de hacer el hechizo de Aparición porque me van a atacar, canallas, pero yo lo ejecuto bien, tengo el permiso, no como ustedes que salen a donde Merlín quiere. Vámonos y esto terminará.
—No podemos -dijeron al unísono.
—¿Y es cierto que están casados? -interrogó, ladeando la cabeza, tratando de distinguir un movimiento entre los árboles ennegrecidos- Porque de que son novios, son novios.
—No somos novios -dijeron al unísono, Pansy con cara de fastidio.
—Mh…. -Emil torció la boca- entonces no se han dado cuenta que están más enamorados de lo que creen.
No vio las expresiones de ellos, porque el origen del rechinido se reveló: bajo la tierra había restos humanos de soldados de las guerras romanas y medievales. La tierra crujió. Fragmentándose en terrones se abrieron pozos. Formas imprecisas escarbaban, luchando por salir. Los romanos que invadieron, los que defendieron Britannia, posteriormente los que combatieron a los normandos, a los daneses y los yorkinos, salieron de la tierra en forma de esqueletos armados con espadas herrumbrosas. Al mover sus articulaciones emitían un lamento que contribuyó a su imagen de determinación. Debían ser unos cincuenta, y venían hacia los alumnos.
Los tres respondieron con encantamientos al avance de los soldados, destruyéndolos en cascada de huesos.
Algunos esqueletos daban mandobles al aire, pero acercándose. Los tres chicos retrocedieron, hasta que el observatorio se tiñó de sombras.
—¡Váyanse, pero no se confíen, les advierto: los seguiré!
Pansy formuló el hechizo ahí mismo, y Emil los siguió con la mirada.
Al desaparecer, los esqueletos se esfumaron, sin dejar huella. Vaporizados. Nada. Volvió el completo silencio de un tajo. El objeto que llevan los despertó. Seguro van a otro sitio como éste, por eso no quisieron regresar junto conmigo. A ver qué encuentran allá. No puedo abandonarlos.
Debió esperar unos segundos a que llegaran con él, la lechuza y la escoba. En eso hizo un reporte express. Vio al Fénix irse volando con el colmillo en las garras, muy ofendido. Emil desechó adivinar cuál fue el plan de Dumbledore y consideró su siguiente paso.
Con la experiencia de sujetarse a los remanentes de los hechizos de Pansy, estableció que el perseguidor emergía al Noreste exacto de los fugitivos. ¿Por qué?
Recordándose, se vio desaparecer para seguirlos, colocado al frente y un lado de la pareja, es decir, al Noreste de ellos. De frente y a un lado. Dedujo que los segundos que dejaba pasar para tomar el remanente, determinaban la distancia y el tiempo del arribo con respecto a los fugitivos. Con la lechuza en su hombro y cargando la escoba, por los segundos que corrían calculó que llegaría diez minutos después de ellos y a diez metros de distancia.
Todavía más. Hizo un cambio. Por eso al dejarlos ir vio cómo estaban posicionados.
Se colocó detrás de sitio que tomaron Los Fugitivos al desaparecer. Así les caería a sus espaldas. Si cuidarlos significaba enfrentar al siguiente loco, lo haría; si implicaba llevárselos a la fuerza, como era el plan inicial, lo haría también. Lo que ya no podía hacer era paralizarlos o desarmarlos.
Hizo el pase y se esfumó, rumbo a Coventry, a 214 kilómetros de distancia. La última ciudad antes de abrir la bóveda.
Imágenes de la Abadía y algunos sitios de York de este capítulo:
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