Un minuto después, la Slytherin y el Hufflepuff aparecieron en una calle tranquila de Coventry.
Se encontraban en un macizo ancho de árboles dentro un terreno baldío, que alcanzaba la esquina derecha de la acera. Área cercada, pero despejada frente a ellos por tener maderos rotos, se abría a un arroyo de escasos automóviles, la mayoría estacionados.
Cruzando la calle, medio oculto por otro grupo de árboles, se veía la entrada de un edificio color terracota con un gran ventanal ojival al lado, construcción en estado de descuido, de ángulos agudos, que se extendía hasta la esquina de la acera de enfrente. Pansy anunció:
—La Antigua Escuela de Gramática.
Ives se preguntó si habría una nueva, pero desechó la duda porque en este edificio estaba la segunda pieza del Tetraedro.
En la abadía de York, Pansy había visto claramente dónde se ocultaba la esfera de plomo; en Coventry no estaba segura de lograrlo tan pronto, porque además de tampoco saber dónde buscar, ni qué, intuyó que sería dentro del edificio. Ambos contaban con que Scabior siguiera intentando sacarse la flecha del cogote.
Las luces de los autos cruzaban entre los troncos de los frondosos árboles. Debía ser una zona vecinal, supuso Ives, porque no se veía a nadie en ese largo tramo, como si escasearan los comercios y no hubiera oficinas. Acordaron recorrer el terreno exterior y de no hallar nada, entrar rápido y salir con el objeto a mil por hora. Detalles, a resolver sobre la marcha. Ese fue el plan más o menos.
—Vamos -indicó Pansy.
Ambos cruzaron corriendo la calle, que en la esquina indicaba Silver Street, un poco inclinados y hacia los árboles de enfrente.
Al llegar, continuaron hacia la entrada cerrada de la escuela, siguiendo hacia la esquina. La indicación de la calle que cortaba, decía: Hales Street. Viendo que no había paso ni por izquierda, ni por derecha para rodear la construcción por tener otras enseguida, exploraron esa pared protegidos por tres autobuses vacíos y estacionados al pie de la acera. Ives cuidaba a los lados y arriba, mientras Pansy llevaba el Thetrionen en la palma buscando alguna pista. Era un edificio tostado por el paso del tiempo, de doble tejado gris oscuro, pequeño campanario sobre la entrada ojival y a un costado, ventanales también agudos, con trabajo de nervaduras, igual al de mayor tamaño al lado de la entrada.
Buscando en el muro sobre la calle Hales, ambos llevaban el uniforme soviético de campaña marrón claro abotonado hasta el cuello, más charreteras rojas. Ives llevaba casco verde y Pansy la gorra de la policía política, azul con rojo y estrella en su centro. Iban armados con subfusiles Kaláshnikov, cuyo cargador es circular; para mayores señas, semejantes al arma típica de los gángsters de Chicago.
—Comisaria Parkínsovich -dijo Ives-, qué guapa se ve de gorra.
—Gracias, tovarich Cavendishov -le pellizcó una mejilla-, asaltemos el búnker enemigo.
Avanzaron pegados a la pared, rumbo a la entrada, dedo en el gatillo porque Scabior estaba al tanto de su presencia y podía estar esperando el ataque; ella apuntaba al frente y Cavendish cuidaba la retaguardia y el tejado.
En la sombra entre la escuela y los autobuses, Pansy identificó una figura baja, replegada en un saliente, antes de la esquina que doblaba hacia la entrada.
—¡NKVD! -furiosa, susurró las siglas, apuntando con la Kaláshnikov y yendo hacia el desconocido- ¡Comisariado del Pueblo, las manos en alto!
—¡No disparen, no disparen! -apenas se oyó en la sombra- ¡Soy Gibby!
—¿Gibby te llamas, no eres un tonto que se llama Dubby? -Pansy se alzó la visera de la gorra, yendo a él ametralladora en ristre, estudiándolo- ¿Qué nombre es ese, polaco, lituano, ucraniano? ¡Habla rápido, tovarich!
—Gibby, sirviente del amo Vulhun… de Slytherin -respondió, desamparado.
Naturalmente, era un elfo siberiano con uniforme de trabajador de la vía férrea.
Ives, que cuidaba las espaldas de ambos, asomó por el hombro de Pansy, analizando al elfo.
—¡Cáspita, camarada comisaria! ¡Es un trabajador forzado!
—Sí -respondió la vocecita.
Pansy entró en duda y volteó al Hufflepuff, bajando el arma.
—Ives, ¿nos estás viendo como si estuviéramos en una de tus películas? Creo que esto te ha pasado otras veces.
—Es correcto, sospecho que es como un filme de la Segunda Guerra Mundial.
—Ya te habías tardado, oh, amor mío -volteó al elfo- ¡Tú! ¡Manos a la nuca y bocabajo! -ordenó, empujándolo con el cañón de la Kaláshnikov- ¿Qué armas portas, cuchillo, granadas de mano, Luger, Nagant, varita calibre 22 superspecial?
—Nada -respondió el elfo, que saltó porque al catearlo, Pansy le picó el ombligo.
Ella y Cavendish se pusieron en cuclillas; el intimidado elfo adoptó esa posición.
—¿Qué haces aquí, Elfímovich? -le preguntó Pansy, amenazante.
—Me alejé… salí cuando mi amo fue atacado, apenas hace un momento... Deben seguir dentro…
Cavendish quiso saber:
—¿Quién es tu amo?
—Herr Vulhun, el custodio del giro de llave… era el custodio, creo…
—¿Quién lo eliminó? -preguntó Pansy.
—Herr Scabior, creo….
Ella y Cavendish intercambiaron una mirada significativa. El sujeto debió llegar con la flecha todavía clavada, saliendo antes que ellos. Era duro de roer.
—¡Miéntenos y te regresamos a la prisión de Siberia! -lo amenazó Pansy, apoyándole en la barriga más bien escasa, el cañón de la Kaláshnikov- ¡Si esto es una trampa para nosotros, no saldrás vivo!
—¿Trampa, ama? -el elfo titubeó, atemorizado- No, yo... yo sólo me escondí al oír la pelea entre ellos …
—No finjas demencia, ¡conozco a los elfos, cuando pueden te apuñalan por la espalda!
—… solo apuñalamos a los Slytherin cuando podemos, porque nos tratan muy mal…
—¡No te pregunté tus simpatías políticas, Fingirdorf! ¿Sabes dónde está lo que protegía tu amo?
—Sí, ama, bajo uno de los asientos de madera...
—¿von Skabier sigue ahí? -lo apremió Pansy.
Cavendish cubría el cielo con su balalaika, como llamaban los rusos a esa ametralladora.
—Sí, amita -asintió Gibby, manos en alto.
—Nos guiarás para sacar la pieza.
—¡No puedo hacerlo -gimoteó-, mi amo no me ha otorgado la libertad, no puedo obedecerla a us...!
Pansy susurró enfática al elfo, sin alzar la voz:
—¡La libertad no se recibe como obsequio! ¡La libertad se toma! ¡Elfos idiotas esperando a ser manumitidos por Slytherin! ¡Já!
—Pero, ama…
—Ningún peroama -Pansy le dio repetidos toques en la frente con el índice-, piensa, piensa, elfo de la estepa ucraniana, ¿vas a revivir a tu amo para que te libere? ¿Le pedirás la libertad a quien lo eliminó? ¿Debes esperar o pedir o tomar? ¡Aprovecha la oportunidad!
—Ama, los rituales… los rituales son elementales en la existencia elfítica…
Ella abrió su mochila de campaña y tomando una calceta de campaña, la dio al elfo prófugo.
—Tu amo pertenecía a Slytherin. Bien, entonces yo, de la misma Casa, en nombre del ausente, en cumplimiento su última voluntad, te otorgo la libertad.
—¡Ama! -los ojos le brillaron, pero dudó, aferrando la calceta- ¿Es verdad? ¿No… no me engaña?
—¿Cómo te atreves, elfo orejudo? -tronó Pansy, levantándose- ¿Quién eres tú para dudar de mi palabra? -se hizo atrás, poniendo y quitando el seguro al arma- ¿Oí bien tu epitafio? -le apuntó con la balalaika.
—Nono…
Ella oprimió el gatillo. Una línea de bombones salió del cañón, rebotando contra la frente del elfo, que se quejó en voz baja al ritmo que lo tocaban:
—… ayayayayay…
Ella le lanzó la calceta.
—¡Toma, estás manumitido!
—¿Es verdad?
—¡Declaro que eres libre en nombre de la Revolución Marxista del Proletariado! -lo saludó a la militar- ¡Stolichnaya!
Mientras el elfo bocarriba en la hierba pataleaba de contento, Pansy se caló la gorra, volteando a Ives, alelado por lo que acababa de presenciar, quien al sentirla acercarse aspiró la oleada de su perfume natural.
—¡Camarada Cavendisoff, asaltaremos la posición enemiga! -señaló a la Escuela de Gramática.
Para rematar las órdenes y aun sabiendo que Scabior estaba en la construcción (hospital en 1154 y escuela en 1544), Pansy adelantó la cara y sin avisar cerrando los ojos estampó al Hufflepuff un beso en la boca, voraz, amplio, largo y tendido porque llevaban dos horas sin besarse, o sea, que necesitaban recargar municiones. Ella mostró que la venció la necesidad, importándole un chícharo partido a la mitad que el beso no contribuyera al esfuerzo de guerra. Sojuzgado por la comandancia, Ives se lo respondió completamente perdido. La boca aterciopelada y el aroma de la Slytherin le vaciaban el cerebro conejil. ¿Cómo pude pasar años sin conocerla?, se preguntó. Ella siguió acariciándole los labios. Se había dado cuenta que al Hufflepuff le encantaban los besos, los besos de ella, y aunque se había propuesto dárselos más frecuentemente para trastornarlo, por estar jugando con fuego se aficionaba más.
Se apartó, pero entonces fue Ives quien la besó, tomándola por los hombros y cubriendo su boca con la suya. Al lado de la Escuela de Gramática Pansy terminó pasándole las manos por la cintura y atrayéndolo hacia ella. Cavendish fue consciente de la respiración de la Slytherin, deseoso de respirar sus exhalaciones perfumadas. Al Hufflepuff se le escapó un suspiro quejumbroso. Pansy asintió, aprobándolo. El atónito elfo los miraba desde abajo, con los dedos en la boca, verdaderamente intrigado de que pudieran vivir sin respirar.
En vez de detenerse porque el malhadado de Scabior podía salir, la Slytherin y el Hufflepuff se perdieron y terminaron al lado de unl autobús, abrazados y besándose como si no hubiera un mañana.
Bien, casémonos, pensó Ives en un rapto, abrazándola tan fuerte como si quisiera llevarla dentro de su tórax, sólo por cómo besas, casémonos. Te llevo de desayunar a tu cuarto, no me importa. Estos besos valen por Hogwarts, de las torres a las mazmorras y de regreso. Estás loca, o más loca que yo, pero me encantas. Daré venenos al que se te acerque con tal de seguir en este asunto contigo. Yo solo quiero abrazarte y besarte y morirme de gusto con los mundos que salen de tu voz.
El elfo cuidaba la esquina. Por fin, Ives saludó, marcial:
—¡Sí, camarada comisaria Parkínsovich! ¡Por Stalin hasta la ignominia!
Ella jaló al elfo, de una oreja, presentándolo a Ives, calándose la gorra de comisaria.
—Ay -exclamó Gibby, tan dócil que no usaba signos de admiración al exclamar.
—Conclusión de la reunión de Estado Mayor: Camarada, usaremos la información de Inteligencia proporcionada por este fugitivo con radares integrados para sigilosamente como serpiente stalinista y tejón trotskista, amor mío, romper matrushkas y salir. A la mínima sospecha de la presencia enemiga sueltas los pepinazos y nos vemos a las novecientas para salir pitando al Kremlin.
—¿Las novecien…?
—¡Las nueve de la noche, tovarich! -se colocó la Kaláshnikov a la espalda, ajustando su reloj marca Lenin- ¡Tres minutos de misión! ¿Panjemajo (entendido)?
—¡Panjemajo, muy panjemajo! -saludó y ajustó su reloj.
—Y tú vienes con nosotros -Pansy rodeó con un brazo el cuello del elfo, dándole leves coscorrones, llevándolo a la entrada-, me sales con que es una trampa y acabarás en los fríos llanos de Siberia tragando sopa borsch en cubitos de hielo, ¿panjemajo?
—Sí, ama, panjemajísimo, ay…
Tal como previó, Gallant apareció diez minutos después, a diez metros de ellos, por lo que estaba más adentro del arbolado y oscuro lote baldío.
¿Estaría en un bosque? ¿Esas luces a unos metros podían ser de una carretera?
Cargando la escoba, envió a la Windfire a explorar; ésta regreso a los segundos, para guiarlo.
Cruzando entre los árboles y basura, lo sorprendió salir a la luz de una acera.
Era una ciudad. Un auto venía por la vía.
De acuerdo a lo que aprendía de los remanentes, cruzó corriendo Silver Street y buscó la entrada del edificio con el amplio ventanal, seguro que era el lugar.
Dejó la escoba oculta entre los árboles, varita en mano, entrando a paso lento por la puerta.
Se vio en el recinto interior de la abandonada Escuela de Gramática, por donde pasaron generaciones de estudiantes, algunos de los cuales tallaron sus siglas en las bancas de madera: una sala amplísima que a la derecha tenía un hogar bloqueado, con bancas al final apoyadas en el muro; a la izquierda, la pared corría con muchas más de esas bancas largas, ambas bajo un techo curvo de madera clara; la pared del fondo seguía la forma de un arco ojival donde relucía un enorme cristal con nervaduras, por el que la luz de la noche entraba espectral.
Emil no tuvo tiempo de buscar. Un breve estallido luminoso llenó el recinto. Con tanta luz, descubrió claramente la razón del destello: Pansy e Ives lanzaron un hechizo a un sujeto, que lo lanzó volando diez metros, cayendo aparatosamente sobre los asientos de madera de la derecha, haciendo saltar pedazos de tabla y astillas. Gallant quedó pasmado. Debía ser Scabior o el custodio del lugar. ¿Cómo lograron sorprenderlo? Prefirió callar, pero cuidando si aparecía otro, acercándoseles paso a paso.
Sí, eran Parkinson y Cavendish, vestidos con ropa de calle muggle, mochilas a la espalda y… ¿Cómo se hicieron con un elfo? ¿Él les diría dónde se ocultaba el mortífago? Oyó los ecos de susurros:
—¿Dónde, Giby? -preguntaba Pansy.
—¡Debajo de la quinta banca, contando desde el ventanal, ama! -señaló el elfo.
Pansy e Ives arrancaron ecos al correr por las baldosas de escuela.
La Slytherin acercó el tetraedro al mueble, emitiendo el destello azul, respondido por uno amarillo bajo la banca. Puso la mano y al retirarla, tenía un objeto en ella, que Emil no alcanzó a distinguir, pero que vio llevar al objeto que ella cargaba. Los resplandores se apagaron.
—El siguiente punto es el British Museum -oyó decir a Pansy, en ecos-. El British Museum. Ahí está la bóveda. De encontrar el tesoro, lo llevamos a Hogwarts y que ellos vean qué hacen con él.
Gallant se acercó un poco más rápido, pegado a la pared de la derecha. Scabior seguía inconsciente en las bancas destrozadas. Los chicos fueron caminando rápido hacia la puerta
—En ese museo hallaríamos el tercer objeto -opinó Ives-, el que encaja en la tercera cara. ¿Faltaria uno? El objeto del cuarto emblema, el de la base, ¿o qué? ¿Es otra pieza o…?
Se miraron.
—Es el emblema del tesoro… -ataron cabos al mismo tiempo.
—El emblema del tesoro es este triángulo con el círculo partido dentro -opinó Pansy, señalando la base- ¡Salgamos ya, antes que ése despierte!
Emil les salió al paso, alzando las palmas.
—¡Un segundo… ey!
Rapidísima, Pansy le aventó al elfo por el aire, que voló hacia Emil manoteando, con un gritito.
El asustado elfo se sujetó de Gallant como un mico a su mamá, haciéndolo perder el equilibrio e irse para atrás.
Emil manoteó y trastabilló con el asustado elfo agarrado de él con pies y manos. Nunca pensó en lanzarles el Desmaius, pero ellos así lo creían por obvias razones.
—¡Aguarden, no los vengo a detener, los vengo a ayudar! ¡Aguarden!
Mejor se cargó el elfo al hombro, colocándolo de cara al vasto recinto en tanto corrió tras los chicos.
—¡Sirve de algo y dime si Scabior viene!
Cargando al elfo, corrió hacia el umbral gris de la escuela.
—¡Esperen, escuchen!
Los tres se detuvieron debido a un viento repentino que sopló, sin entrar por alguna ventana.
Emil pudo aprovechar para explicarles, pero la certeza de que el viento traía una sorpresa, lo silenció.
Las corrientes de aire cobraron color, hasta asumir tonalidades rojizas, de largos filamentos de algodón.
Los filamentos tomaron posición vertical, adoptando siluetas humanas en cantidad de cien esparcidos por el salón, pero sin solidificarse, sino conservando la transparencia.
Emil reconoció lejanamente las siluetas, de las clases de Estudios Muggles.
—¿Alguien sabe qué es este lugar? -interrogó Gallant, todavía con el asustado elfo sobre el hombro.
Intrigada, Pansy le dio el nombre; él insistió:
—¿Y que era "gramática" por entonces?
Ives le explicó:
—Gramática era el estudio del latín, claro; primero debías saber latín porque en ese idioma se enseñaba Medicina, Teología y Derecho, las ciencias de la época.
Emil entendió qué se acercaba a ellos, con pasos rígidos.
Eran los pavorosos fantasmas de los alumnos que habían reprobado exámenes en la Edad Media.
Almas en pena, atadas con grilletes al escritorio, pasando noches en vela hasta la coronilla, estudiando de camino a la escuela, asustadas al ver la boleta de calificaciones como si no supieran qué iban a encontrar, repitiendo una letanía:
—Terribilium, terribiliem, terribilis… terribilium, terribiliem, terribilis…
—En cuanto ustedes se vayan esto desaparecerá -afirmó Gallant-. Creo que su objetivo es paralizar de miedo al intruso, aunque no me fío del resultado si nos tocaran.
No había terminado de decirlo cuando los oyó salir. Emil fue tras ellos y al salir, quiso explicarles de nuevo, aunque iban a todo correr por la calle Hales, perdiéndose entre los vehículos. Las palabras de Emil perdieron velocidad como un disco de vinilo al que se le quita la corriente eléctrica.
—Y les aclaro que vine a ayudarlos pero ya se fueron por qué no me extraña…
Un destello que pasó por las ventanas le mostró que Scabior acababa de desaparecer.
Emil bajó al elfo, que lo siguió, tímido, al ir por la escoba. Recogiéndola, cruzó la calle nuevamente, hacia el terreno baldío, aunque lo bordeó yendo a unas bancas. La calle estaba verdaderamente desolada. La lechuza descendió hacia él. El elfo lo seguía, intimidado, sin saber cómo tomarse al Slytherin.
No se le veía prisa. Envió a la Windfire a tomar una imagen del sitio desde arriba.
Aun sin haberlo logrado por completo, llevaba una sonrisa de satisfacción: Ya no necesitaba seguir los remanentes. Escuchó su destino: El British Museum.
—… amo… ¿no está enojado, verdad? ¿Verdad?
Gallant no se dignó responder. No le gustaban los elfos. Los de la residencia paterna le parecían insolentes; más de una vez su madre le había prohibido azotarlos porque significaban galeones. Para él eran pedantes y llorones y mezquinos. Criados petulantes por llevar grilletes de oro.
—Sirve de algo, elfo, tráeme lo que está afuera de la puerta de ese edificio -señaló un umbral iluminado a unos cien metros.
—No, amo, no puedo…
—¿Cómo dices? -la cara de Emil se agrió.
—Soy libre, sí, soy libre, ya no se me puede ordenar -le tendió la calceta.
—¿Quién te dio esto? -preguntó Emil, molesto, tomando la prenda.
—Me lo dio la amita, ella… me otorgó la libertad…
—¿Ella? ¿Cómo lo hizo, eras su sirviente?
—Me dijo que siguió la última voluntad de mi amo.
El Slytherin bufó, con sorna, al filo de la carcajada. Ya se imaginaba a Scabior o al custodio, sin duda eliminado, usando una pequeña calceta negra con vivos rosas. Algo más debió decirle Parkinson para cambiar el sentido de la costumbre y convencerlo.
—¿No es verdad? -el elfo estuvo de inmediato, al borde del llanto- ¿No es verdad?
Emil se regocijó. Era su oportunidad de cobrarle su respuesta impertinente. Elfos idiotas, todos cortados con la misma tijera. En la escuela no tuvo tiempo de pensar en salvarlo: sólo lo sacó. Decirle que no era cierta su manumisión le haría el mayor daño, peor que el sufrido con el amo que tuviera. ¿No era buena oportunidad para vengarse de los elfos que se sentían parte de las familias? Pese a no tener relación con aquel, conocía al más antipático, Kreacher. De ser elfo en su casa, Emil pensaba que lo pondría en su sitio a patadas. En cambio, dijo:
—Sí, es verdad -masculló Gallant, suspirando de mal humor, dando unos pasos hacia la calle Hales, donde pasaron varios automóviles, lentos, con las luces encendidas-. Es como ella dijo, eres libre.
Señaló de nuevo a la entrada.
—¿Podrias traerme eso y dejar esto en la entrada, por favor? -pidió, todavía malhumorado, tendiéndole un trozo de papiro.
El elfo fue allá, riendo feliz, dando palmaditas. Los elfos son tan rápidos que nadie lo vería. Llevaba un trozo de papiro con un mensaje que dejaría en la entrada donde se leía "Recepción".
Era un pago por los objetos, doscientas libras esterlinas. Muchísimo, pero Gallant no quiso pasar por ladrón, aunque esto fuera una especie de compra a fuerza. Ya vería cómo el pagaba ese dinero a Hogwarts.
Terminaba su reporte con las imágenes tomadas por la lechuza cuando un destello a su derecha anunció una llegada. Con veloces reflejos, el Slytherin apuntó a la figura con su varita, pero la bajó. En verdad la calle estaba del todo tranquila. Una chica muggle de negro que caminaba por ahí, al ver el resplandor pensó que algún trabajador estaba soldando. Frente a Sprout, el Slytherin y el elfo, pensó que era una abuela, su hijo y un niño orejón.
—Profesora Sprout -saludó.
—Señor Prefecto -le sonrió Pomona.
Gallant dio el informe completo a la Jefa de la Casa de Hufflepuff, incluyendo la descripción del emblema de un objeto mágico que llevaban los fugitivos. Añadió:
—Considero que sus pesquisas son por un sentido de responsabilidad hacia Hogwarts. Queriendo indagar lo mínimo, se han enfrascado en este viaje y desean llegar al final.
—Usted podría regresar ya, señor Gallant -asintió, Sprout, cortés-. Podemos delegar este asunto con Nymphadora Tonks. Ella misma nos lo ha solicitado. Los profesores Snape y Dumbledore están muy preocupados por los muchachos; es posible que intervengan personalmente. Anticipo que cuando vean este emblema, no demorarán.
—Si vuelvo en estas condiciones para mí sería abandonar la responsabilidad que tomé, profesora. No quiero regresar de ese modo. Además…
—¿… le preocupan esos chicos? -completó ella, suspicaz, pero cálida- Deme sus razones, porque yo debo decidir si usted vuelve ahora o no, señor Gallant.
—Primero es por mi responsabilidad, sería deshonroso abandonar. Y segundo, sí, me preocupan, mejor dicho, me interesan. Me recuerdan…
—¿… a Nott y a Burgess?
—Ésa es una historia incómoda en Slytherin, pero sí. Me recuerdan lo que sé de ellos.
—Sea sincero.
—No quiero que lo de Parkinson y Cavendish se malogre.
—Creo que ha pasado de perseguirlos a protegerlos.
Como arrepentido de ser tan sincero, matizó:
—Me di cuenta de eso en York, pero primero está mi comisión, regresarlos. Al tenerlos cerca la siguiente vez, estoy seguro que lo lograré.
—¿Y si usted sufre daño?
—Sería por una buena razón.
Sprout mostró una Nimbus que llevaba para él, lo cual contradictoriamente molestó a Gallant. Uno, porque era escoba de menor calidad que la primera, lo cual para él sugirió menos confianza. Eso lo indignó. Lo segundo y más importante, no necesitaba nanas.
Respetuosamente (mejor dicho, diplomáticamente, pues le pidió como un favor, llevar el informe a Hogwarts para retener a la lechuza) declinó el ofrecimiento y levantó la escoba de vinilo, de detrás de un asiento. Llegó el elfo con los objetos que le pidió traer del edificio. A Sprout se le escapó una risa que a ella misma sorprendió:
—¿Escobas muggle, señor Gallant, en verdad?
—En efecto, profesora. Ésta tiene un Incantatio transformo forzado -tomándolas por el mango, se cargó las tres al hombro. La lechuza se posó en su otro hombro.
—¿Ha conseguido pasar desapercibido, yendo con el uniforme?
—Los muggles ven lo raro donde no lo hay, pero no se admiran de las realidades llamativas. Piensan que me dedico a limpiar jaulas de búhos y pericos en una prisión a perpetuidad que llaman zoológico. Cada cosa que he hecho la han explicado de modo que los convenza. Unos que me vieron volando pensaron que era un ovni. Ni idea qué sea eso, pero me veían como si les fuera a arreglar la vida.
—¿Qué será de mí? -preguntó tímidamente el elfo.
—El señor Gallant seguirá con su trabajo, pero tú vendrás conmigo a Hogwarts -afirmó Sprout, colocándola una mano protectora en un hombro-, donde decidirás qué hacer. Necesitamos hablar antes con el director del Colegio, debes tener temas interesantes para él.
Emil se alejó hacia Hales Street.
—Con permiso, profesora… Estarás bien, elfo.
—Gracias, amo.
—¿Sabe a dónde se dirigen? -le preguntó Sprout.
—Al British Museum, profesora -se le estaba olvidando decir eso-. Hemos recorrido Inglaterra a lo largo. En este momento deben estar rumbo a Londres.
Voy para más de dos días sin dormir, pensó Gallant, escobas al hombro. Puedo con eso, pero debo comer, beber y quitarme el uniforme.
Sprout desapareció, llevándose al elfo.
Andando por la calle Hales, entre bastantes más personas, se detuvo un momento afuera del Museo del Transporte, donde ató las tres escobas para someterlas al Transformo donde no se le viera. Aquí o en Londres comería y bebería donde pudiera.
Se quitó la corbata y la túnica, que se había mojado, secado al sol, helado, tenía algunas plumas de pollo adheridas y olía a trapo viejo. Debía mudarse donde pudiera conseguir prendas decentes.
Aunque el estómago le molestaba, la opción de la comida muggle no lo alentaba: para él tenía aspecto repugnante y le provocaba la misma confianza que un plato de alimento para gallinas. Debería aguantarse el asco.
Oculto entre los árboles del Museo de Transporte, aplicó el encantamiento a las tres escobas atadas, riendo de indignación: Escobas para barrer…. ridículos. Sería como usar varitas para dirigir una orquesta. O sea, nada qué ver.
Para la suerte, le buscó un nombre y la llamó "Hechiza", la suma de la escoba de vinilo más dos de madera, para tener más apoyo. Era hora de salir tras los chicos en la oportunidad definitiva. Los esperaría en el Museo Británico, esta vez no los perdería. Ya era una cuestión de honor.
Imágenes de los sitios de Coventry, con el mapa de los movimientos:
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