Corriendo por la calle, cruzaron evitando autos que les reclamaron haciendo sonar las bocinas.

Bajaron la velocidad, dejando atrás el Museo del Transporte, mirando a sus espaldas de cuando en vez, hasta ser evidente que Gallant no los perseguía.

—Tal vez se fatigó -opinó Ives.

—O tal vez nos oyó -remató Pansy, buscando dónde girar.

Siguieron. La acera era larguísima y cuando por fin dobló a la derecha, Ives rio, negando con un dedo:

—No vaya a suceder que regresamos sin darnos cuenta, sigamos recto.

Pasaron por donde Emil minutos más tarde ataría las escobas y desembocaron en un cruce de varias calles, áreas arboladas y un piso elevado, cuyo destino escapaba a su vista.

—Antes de llegar al Museo Británico deberemos conseguir un mapa para saber hacia dónde escapar -decidió Pansy-. Las ciudades muggles son excesivamente complicadas.

Volvieron unos metros, tomando un desvío que los sacó a la calle Trinity, donde cruzaron frente a la estatua del uniformado Sir Frank Whittle, coinventor del jet, hasta llegar a un encuentro de calles más pequeñas, pero mayormente concurridas e iluminadas, donde se levantaba un edificio amarillo opaco, rematado por una línea azul. En el borde de su techo ostentaba el nombre de Granada Luxury Bingo Entertainment.

—¿Y eso? -se intrigó Pansy.

—Creo que es un centro de juegos, tal vez estilo Casino Royale.

Le importó más por ser el primer cruce animado que veían: autos, autobuses, mucha gente, luces de semáforos y edificios.

—Y yo creo que deberé ver una película una vez en mi vida -aceptó Pansy, caminando, tirando de él por la mochila-, o no sabré nunca de qué me hablas.

Las palabras de Pansy fueron para él como un ramalazo. Caminando de espaldas, el Hufflepuff se cubrió la cabeza, como si viera el mundo por primera vez.

—¿Cómo… cómo no le he pensado? -se dijo, boquiabierto- ¡En el mundo muggle no sólo existe lo que he visto en los filmes! ¡En el mundo muggle hay salas de cine!

La chica detuvo un taxi, como vio hacer a Ives; práctica, llevó a éste de espaldas, haciéndolo entrar al auto, entrando después y cuidando si veía a alguien conocido. Al cerrar la puerta, dijo al conductor:

—Somos nosotros otra vez, condúzcanos a la estación del tren.

—Eaton Road -asintió el taxista, arrancando, girando el volante hacia el sur.

—Mundo llamando a Ives -dijo Pansy, dando leves palmadas en las mejillas del chico; otros autos cruzaban por las ventanillas-. Mundo llamando a Ives, conéctese, por favor.

Cavendish volvió en sí, acabando de entender las palabras de ella:

—¿Dijiste que verías conmigo una película?

—Sí, pero no en esta ciudad, lindo, cuando estemos en Londres. Tomemos un tren, no quiero usar ma… más el carruaje de mis papás -lo arregló como pudo.

Ives recargó la cabeza en el asiento, con Pansy girada hacia él, peinándolo con los dedos. La luz imprimió brillos en los ojos claros del chico.

—Pansy, ¿sabes que me acabas de hacer entender lo más maravilloso que nadie me había hecho entender?

—¿Qué? -ella se sorprendió- ¿Lo del carruaje?

—El aceptar.

Pansy le había dicho y redicho que él le gustaba. Que ella le gustaba no era una enorme revelación. Ives hasta suponía que a él se le notaba más últimamente. La chica también le expresó que estaba enamorada de él. Su forma alocada de hacerlo lo condujo a un torbellino donde experimentaba dudas… o más que dudas, era temor de él, a creer. Aun así, Pansy no estaba sola en el cariño. Ives, en los sitios por donde iban pasando, notaba cómo crecían sus sentimientos hacia ella. Así que en el tema del atraerse y del quererse no estaban desnivelados. Y la afirmación de Gallant resonaba en su mente: "No se han dado cuenta de lo enamorados que están."

El taxi avanzó entre vehículos particulares, otros taxis y autobuses azules rotulados con personas de pie o que leían, sentadas.

Era más, un cambio en los dos. Pansy se había vuelto más afectuosa. Sus palabras y tono de voz se habían vuelto más cálidos. Lo más llamativo era su mostrarse inquieta por él, preocupada por él.

No era tan idílico. Ella continuaba siendo la Slytherin que lo saludó aquella tarde: de cuando en cuando Pansy Parkinson seguía lanzándole esas miradas intensas, diríase emboscadas, de pensar por delante de él, de crear o esperar un momento, de tenerlo todo decidido y de actuar para influirlo y obtener reacciones donde ella pudiera construir. Ahora mismo, al apartarle los cabellos de la frente, su mirada yendo de sus mechones a sus ojos, a sus facciones, era de estar en poder de la situación. Su sonrisa igualmente lo mostraba. No lo dejaría irse. Era de ella.

Y ese era el punto. Quien quisiera a Pansy Parkinson debía poder sacar de ella los elementos que permitieran tener una relación estable o no duraría nada. Debía poderla entender en sus tormentas, en sus arrebatos, darle una base donde ella lograra expresar el resto de su ser, generalmente censurado por sí misma. Una persona que le brindara confianza, pero de verdad, no para lograr algo más, sino haciéndola sentir apreciada y querida. Ives al final de estos dos días se convertía en eso, pues el cambio en él fue hacerse amigo de la chica y encontrar que los temas que lo enamoraban de ella eran verdaderos. De no entender, pasó a cuidarla abierta o disimuladamente.

En el taxi tomaron la larga avenida Queen Victoria, pasando cerca del viaducto, rodeados de edificios enormes y entrando a una amplia vía entre casas viejas y construcciones nuevas, por largos tramos de árboles, de casas tradicionales alternadas con altas edificaciones modernas, en el encuentro entre la vieja y la nueva Coventry.

Por eso el ofrecimiento de Pansy, de ver una película juntos, tocó a Ives. Primero era que Pansy vencía su repugnancia habitual a un tema, con tal de entender un asunto importante para el chico que ella quería. Para Ives, era el dejar el secreto de un tema difícil; aquella afición cobraba en ocasiones el sentido de un hecho vergonzoso. O de un hecho incomprensible. Cuando menos de algo que convenía esconder para evitarse los señalamientos en casa y de muchos en Hogwarts. Con su interés por lo muggle, es decir, por lo extraño, por lo novedoso, Cavendish se sentía potencialmente criticado. Mas la Slytherin, con sus sencillas palabras, lo hizo sentir normal, aceptado, colocando a Ives en uno de los mejores elementos de una relación: Que con la persona que quieres compartas intereses, y si no se comparten, por lo menos que no se critiquen. Y aun eso es lo mínimo.

Lo mayor, lo definitivo, es que conozca lo peor de ti. Que conozca lo que odias de ti, lo que te duele, lo que te hiere, lo que deseas no tener o no ser, lo que quisieras borrar, lo más vergonzoso, y que te acepte aun con ello. Ives se encontró en esa situación, sintiéndose normal o entendido por aquella chica de peinado egipcio, que también lo conocía en sus miedos a creer, a sentir, sin huir de él. Como él ya no huía de ella en sus conflictos y temores.

El tránsito aumentó, marchando más lento. Rodeándolo con sus brazos, Pansy tiró suavemente de él, de modo que quedó un poco recargado en un hombro de ella. Ives la olió a pequeñas inhalaciones. Le encantaba el aroma de la Slytherin, quien sonrió.

—Increíble, de verdad eres un Hufflepuff, hueles como hacen los tejones.

Ives sintió que Pansy Parkinson lo superaba. Que ella había hecho más por los dos, si no por el amor, sí por la amistad, aunque fuera en su forma loca. Y aunque él estaba metido en esta situación en gran medida para saber si podía afectar a Pansy y remediarlo, se preguntó: ¿cómo podría colocarse a la altura de aquello en lo que Pansy se convertía?

Coventry Rail Station -anunció el chofer, deteniendo el auto en una larga fila de taxis, autos particulares y un sinfín de pasajeros y empleados que entraban a un edificio de metal y cristal, cuya luz bañaba la entrada.

Ives pagó.

—¿Cuál línea lleva a Londres?

—Evidentemente, Network SouthEast-respondió, al darle el cambio.

—¿Sabe cuánto tiempo toma? -quiso saber Pansy, ya de pie en la calle; corría el viento.

—Llegarán a la estación de Londres Euston, en Camden -consultó su reloj-, debe estar por salir el de las 22:31 pm… Si no me falla la memoria llegarán a la medianoche con seis minutos -le sonrió el taxista, inclinándose por el borde de la ventanilla-. Suerte.

Atravesaron la estación, atestada de pasajeros andando en todos sentidos, en medio de bullicio. Pansy tuvo una idea, rectificando:

—No deberíamos ir ahora mismo a Londres, puede ser riesgoso si nos están esperando. Vayamos mañana, directos al museo y sabiendo qué hacer.

—Pero debemos dejar Coventry -afirmó él, acomodándole la mochila en la espalda.

—Perfecto, pasemos la noche viajando. No sabemos los tiempos con estos viajes físicos, pero veamos si podemos ir hasta el amanecer en tren o tomamos varios. En la tarde de mañana nos transportamos con magia a Londres. Insisto que habrá que conseguir un croquis de ese museo para no ir al tanteo como hasta ahora.

—Pansy… -le dijo con admiración-, ¿cómo eres tan lista?

La chica le guiñó un ojo.

Comieron ligeramente mientras caminaban e Ives hizo fila para comprar los boletos con las libras esterlinas del fondo de ambos, casi 100 por cada billete. Iban a dar las once de la noche y resultó justo a tiempo, pues salieron al andén al aire libre donde se leía la señalización Coventry y en el acto abordaron el tren amarillo-rojo-blanco-azul hacia Rotherham.

En los cómodos asientos, como dos más entre los pasajeros, Pansy dormitó abrazada a Ives, quien la estrechó pasándole un brazo por los hombros, contemplando pensativo el paisaje. Iban a tener qué hacer un transbordo en Birmingham y otro en Sheffield horas más tarde, pero era una buena forma de perder al mortífago o a más si Scabior pedía refuerzos. No podían vigilar las 17,500km de vías férreas y 2,500 estaciones de tren inglesas.

En Coventry, Gallant aplicó sus escasos conocimientos muggles y mayor sentido común, por lo que compró una muda completa donde vio que la gente compraba, andó por la calle donde la gente andaba y comió un emparedado que la gente comía. Tomó una habitación en un hostal donde la gente entraba y calló la negativa del encargado como Slytherin, lanzándole 50 libras sobre el mostrador para comprar su silencio y lo dejara meter a la lechuza. Firmó cualquier garabato, entró a la habitación donde la lechuza aleteó, colocándose sobre un armario; dejó las escobas recargadas en una pared, aplicó todo hechizo de protección, encendió la luz con magia porque no tenía remota idea sobre interruptores de pared, abrió la llave de la ducha, entró vestido, dejó correr el agua caliente sobre sí, abrió la boca para con el agua bajarse el emparedado, se quitó el uniforme y demás metiéndolo en una bolsa, se duchó durante dos horas con diez pasadas de jabón y champú, cepillándose los dientes para sacarse tierra y semillas; al terminar se secó frotándose como para sacarse brillo, salió como el universo lo trajo el mundo y cayó bocabajo en el lecho, derrengado.

Scabior debía estar convaleciente del flechazo y del trastazo. Necesitaría descansar unas horas. Por otra parte, Emil estaba seguro que los chicos atacarían el día de mañana. Ésta era una noche para reponerse o lamerse las heridas, según cada cual.

Apagó la luz. Los chicos también debían dormir varitas en mano, suspiró… El lecho muggle no estaba nada mal. Con esas ideas, quedó profundamente dormido.

A las 23:50 pm, en un frío enorme, el tren entró veloz a la gran ciudad de Bimingham, de altos edificios en construcción y palacios históricos, la segunda mayor después de Londres. Apoyada en Cavendish, Pansy observaba el paisaje urbano. El tren cruzó veloz por los innumerables puntos de luz en edificios y arterias plenas de vida, salpicadas de resplandores verdes, amarillos, rojos, a través de sus cúpulas, torres y puentes.

Arribaron a la estación, donde descendieron para transbordar, encontrando que era la de mayores dimensiones donde habían estado. Era incluso la mayor de Inglaterra, como mostraba su laberinto de pasajes, conexiones, comercios, oficinas y su mar de personas, indicando en sus rótulos azules Birmingham New Street. Los chicos vieron varios modelos de trenes, de líneas como CrossCountry o West Coast Main. En el andén esperaron el tiempo previsto. Si los trenes ingleses tienen por hora de salida las 16:08:03, a esa hora salen.

—Se podría ir a cualquier parte del mundo -reflexionó Pansy, de pie en el andén, mochila a la espalda, volteando a la ancha vía férrea.

—¿Te gustaría ir? -Ives se acomodó la propia mochila a la espalda, a un lado de la chica.

—No lo sé -susurró ella, pensativa-. La distancia me intimida, pero algo dentro de mí se siente llamado por el horizonte, y sabe que al alejarme, no tendría miedo. Sería más yo. En la tierra, en el mar, en los cielos, no lo sé.

—¿Billete de ida y vuelta o sólo de ida?

—Tal vez sólo de ida.

Salieron en punto de las 00:04. Acomodando las mochilas en los compartimientos de arriba como el resto de los pasajeros, Cavendish pensaba.

Pansy miraba por la ventanilla hacia las señalizaciones a franjas blancas y anaranjadas, y a las estructuras superiores, de metal color aluminio, que tejían complicadas formas sobre las vías. El tren hacía un ruido mínimo.

—Creo que te entiendo -él le sonrió, sentándose a su lado.

—Ives… -ella giró a él, también pareció haberlo pensado- No lo dije porque no me importes, es… una sensación. Una necesidad de abandonar y reiniciar, una idea, solamente.

—Esta bien y sea así o no, considero que te entiendo. Una parte de ti quiere irse, otra desea quedarse. Te gustaría llevarte lo que conoces, pero a la vez quisieras dejarlo. Y entre más te alejas de lo conocido, más te llama el horizonte.

El tren se dirigía a la salida de Birmingham para tomar hacia Sheffield. Pansy miró de nuevo por la ventanilla. La ciudad resplandecía en colores; el cristal reflejaba el rostro de Pansy, cruzada de una emoción nueva. Conmovida por un llamado.

—Se me ocurrió al ver los trenes -susurró la Slytherin-, alejarme de todo y de todos, buscar una razón en otro sitio, sin nada y sin nadie. Aires diferentes, arquitecturas nuevas.

Ives se le acercó, sin tocarla, y los dos se reflejaron en el cristal, por donde corría el paisaje.

Una leve conmoción lo cruzó. La de ella no pareció una emoción pasajera. Trenes, caminos y distancias bien podían haber plantado en la chica, la semilla de la despedida entre ambos.

El tren avanzaba al Norte, rebasando los edificios insomnes.

Ives, con dulce sonrisa, sintió un nudo en la garganta. Era la tristeza conocida por los momentos bellos que se van. O que pueden irse. No obstante, ya no le ocurría como al principio, aquel temor de que Pansy fuera una explosión esfumada tan pronto como brillara. Todo verdad, hasta el segundo en que ella lo olvidara.

Pansy le había mostrado un interés consistente. No habría llegado a este punto sólo por obtener la firma de un pergamino que no le interesara. Y desde hacía dos días, él deseaba que la Slytherin fuera importante en el hoy, tan importante como pudiera ser. Y si lo que ella creía, que pudieran durar mucho o más que eso, pensar a lo grande; si sus ideas alocadas podían ser verdad, él no se oponía. Ella habría cobrado una gran importancia para él desde antes de salir atropelladamente del colegio.

Parte de ese cariño, ¿podía ser impulsarla a que lograra lo anhelado, aunque se alejara de él, aunque no volviera a verla?

¿Por qué no?

—Si lo deseas, ve -le susurró, cerca del oído-. Busca tu sueño, Pansy. No dejes que nada te detenga, ni nadie, yo seré el primero en empujarte a lograrlo. Si no volviera a verte porque fuiste por ello, en el fondo estaría feliz por ti.

Pansy volteó a él, suave, tendiéndole los brazos:

—¡Oh, no, Ives… no quise lastimarte! ¿Sentiste que hablé de no volverte a ver?

La recibió abrazándola, sonriéndole.

—¡No te preocupes! Sé de qué hablaste, fue de ser libre. ¡Es cierto que te entiendo, créeme! Me pasa muy semejante, esa sensación de querer ir donde no conoces o ir a conocer un paisaje del que supiste. Tenemos alma de viajeros.

Ella se giró y él la abrazó por la espalda, de cara a la ventanilla. No estaban fatigados. Y no hablaron del Tetraedro, ni del cristal rectangular que iba insertado en la segunda cara del objeto. Dejaron pasar las horas, contemplando el paisaje de las Tierras Medias del Oeste, su verde claro, en colinas, montes salpicados de macizos de árboles frondosos, lagos y cielos sobre campos de flores.

—¿Qué es el hoy para ti, Ives? -le preguntó Pansy, posando una palma, en una mano de él.

Cavendish trató de explicarlo:

—Mira qué bello paisaje… No creo que en Slytherin lo vean como nosotros, que nos conmueve por hermoso. Por lo que sé, tal vez a ustedes los conmueve su grandiosidad. Mas en cierta medida es lo mismo para los dos: Es un sitio donde nos compartirnos. Y yo no sé si viviré de nuevo una hora como ésta, Pansy Parkinson.

"Pero en esta hora estoy contigo. ¡Qué necio sería yo si pensara que en cualquier momento lo tendré regreso, y que por eso lo puedo dejar pasar!

"Cada momento es único. Tú, las ciudades coloridas, tú, los paisajes, la brisa entre los árboles, tú, las calles llenas de personas que nunca conoceremos, el horizonte oscuro de azul, tú, junto a mí, yo, junto a ti, aprendiendo a conocerte.

"Esto no volverá, Pansy ", dijo, "no como hoy, no otra vez igual. Por eso lo valoro tanto, tu hermosa mano en la mía, tu voz, tu cuerpo al abrazarte, tus pensamientos. ¿Alguna vez este día será como haber soñado?¿Será tan lejano que me parezca una bruma? No lo sé, pero por eso el presente es tan importante, el presente donde estás tú, y yo te abrazo. Creo que así me lo quedaré para siempre. Y en el fondo, me gustaría que fuera para siempre, no exactamente quedarnos en este día, pero sí hacer el viaje juntos."

Le dio un beso en la mejilla.

—Te quiero, Pansy, mucho -afirmó Ives, apretándola suavemente-. Me gustas tanto.

Ella se recargó en él. Y el tren corría en la noche, dejando atrás sembradíos, casas y llanuras de la campiña de Inglaterra.

Cavendish despertó en la madrugada. Pansy dormía, recargada en él, tomándolo de una oreja. El Hufflepuff volvió a cerrar los ojos.

Llevaban tres horas despiertos, luego de la grata sorpresa de que la línea del tren alimentaba a sus pasajeros. Previsores, hicieron sus aseos y a las 10:16 am arribaron a Sheffield, una estación muy limpia y funcional. No parecía haber edificios en el cielo claro, excepto dos nuevos que estaban construyéndose. Menos de diez minutos después, los pasajeros volvieron a abordar y exactamente una hora más tarde, a las 11:16, aparecieron los tejados de Rotherham.

Poco más tarde, al mediodía Emil, luego de aplicarse casi el final de su provisión de Polvos Invi y dejando la habitación sin avisar (estaba pagada, pensó, no tenía obligación y menos con un muggle), llegó a Oxford volando rápido en la escoba triple, seguido por la lechuza. Le había tomado menos de hora y media recorrer los 96 kilómetros que lo separaban de esta ciudad cercana a Londres.

Buscando, llegó a la Biblioteca Kidlington, sobre una calle tranquila de árboles y casas a la derecha, otras blancas y marrón a la izquierda, donde se levantaba la librería en una edificación de piedra y clara y ventanería blanca.

Como buen estudiante, supo manejarse e indagó al máximo sobre el British Museum. Se llevó la sorpresa de que era enorme (lo que fueran a buscar, sería difícil de hallar), pero indagó sobre salas, niveles, arquitectura, historia, salidas, sitios cercanos. Esta noche sería el encuentro decisivo.

Preparándose para ir a Londres esa misma noche e intentar abrir la bóveda, Pansy e Ives habían hecho la tarea e investigado igual que Emil sobre el Museo Británico, ellos en la Biblioteca Cristal Peaks. Vieron que sería un verdadero dolor de cuello buscar la pista dentro del gigantesco museo, sin olvidar que Scabior estaría aguardándolos, posiblemente con refuerzos.

Pansy no estaba segura por completo que Scabior fuera un mortífago, pero lo dio por hecho al primer vistazo y por sus compañías. El sujeto no sería solamente un mago fuera de la ley o parte de alguna banda. Gallant también lo creía mortífago. Necesitaban pasar desapercibidos lo más posible. Supuso que se encontrarían con Emil.

Era un día nublado del sur de Yorkshire. Entraron al gran Parque Clifton, pasando cerca de la fuente con sus jardines. Se cruzaron con algunas familias, estudiantes, más un auto de la policía. Afortunadamente era sábado, por lo que el encargado de la ley no les preguntó que hacían afuera de la escuela. ¡Si supiera!, se dijo Pansy.

Llegaron a un quiosco de varias delgadas columnas que sostenían una cúpula verde agua. Más tarde se daría un concierto en él, pues era el oficial Quiosco de Música del Parque Clifton.

Pansy fue a sentarse en las gradas del quiosco vacío. Ives caminó por los alrededores, sin perderla de vista, cuando se cruzó con cuatro chicas de Rotherham.

Se saludaron con naturalidad, dándose a conversar sonrientes. Se notaba que encontraron muy simpático al Hufflepuff por su amabilidad, soltura y cara de niño bueno, quien se enteró que ellas eran estudiantes del Colegio de Artes y Tecnología de Rotherham.

—¿Dónde estabas, mi amor? -Pansy lo tomó de la mano.

Ya te estabas tardando ahora tú, sonrió Ives, quien volteó y le presentó a sus nuevas amigas.

Pansy se portó simpatiquísima, conversando con ellas. Si las chicas notaron que ella estaba marcando su territorio, no se les notó. De cualquier modo Pansy fue muy agradable, hablaron sobre la ciudad, dónde vivía cada cual (con modificaciones) y al cabo de un rato, se despidieron.

Ella lo soltó al volver al quiosco, preguntando:

—¿Y ellas eran…?

—¿Las chicas? Unas muggles muy simpáticas.

—Unas muggles muy simpáticas -se puso seria.

—¿Estás enojada?

—No -respondió alzando los hombros.

—¿Te pasa algo?

—Nada.

—Nos saludamos y empezamos a conversar.

—Está bien.

Pansy se sentó en las escalinatas del quiosco, dándole el costado, de brazos cruzados, viendo bajo.

Inició una mínima llovizna. Mojándose un poco, Pansy consideraba. El muy tejón está enamorado de mí, pero no me lo dice. No le puedo estar insistiendo, ni poniendo trampas, él debe decírmelo. No somos nada en claro y estamos a punto de meternos en un gran lío.

Ives se sentó a unos pasos de Pansy. Consideró que era mejor darle el tiempo que necesitara.

La espera no se vio tan propicia, porque casi inmediatamente llegó una señora con un niño que por nada comenzó a llorar.

¡Un muggle malcriado, lo que faltaba!, rechinó el ánimo de Pansy, haciéndola ver al cielo, harta.

Momentos después, unas risas infantiles la intrigaron.

Ives estaba de pie ante un grupo de niños en las gradas, haciendo unos trucos de magia muggle ante los chicos y sus papás, que aplaudían. Cavendish había visto películas de Houdini y aprendido unos trucos.

—¡Es un estudiante de magia! -dijo una mamá a su hija.

El Circus Wonderland acababa de pasar por Rotherham.

—¿Es mago, señor? -alzó la mano el que estuvo llorando.

—Sí, y mi amiga sentada, es una bruja.

—¿Y son esposos?

—Como si lo fuéramos. Hasta me regaña.

Pansy giró la cabeza para que no se le viera la sonrisa de fastidio. ¡Desgraciado Hufflepuff, y se hace el gracioso!

Tomando un violín prestado de un alumno del Instituto, y ya cubriéndose todos de la llovizna, Cavendish le arrancó una tonada alegre y cantó a los niños, que siguieron la melodía, aplaudiendo.

La Luna estaba en Cuarto Menguante.

¡pero ella no lo sabía!

Y un cometa rumbo al Sol andaba perdido.

Al pasar por la Luna, ¡zum!, el cometa la hizo girar sobre sí misma,

y la Luna cual moneda giró en el cielo,que era un negro bolsillo agujereado.

"¿A dónde vas, cometa perdido?",

preguntó la Luna como trompo en el espacio.

"A donde nunca se pone el Sol, al Sol mismo",

respondió el cometa.

"Yo voy contigo, dijo la Luna, tomando su sombrero,

¡el Sol y yo nunca nos hemos visto!"

Así que la Luna avanzó, con el cometa empujándola,

pero ver al Sol fue lo menos importante,

pues en Rotherham,los vecinos se dieron cuenta

que con el cometa, el Conejo de la Luna,

¡por fin tenía

un rabito!

Los niños aplaudieron y en el aplauso, Ives incluyó a Pansy, estupefacta. Comenzó una leve llovizna. La chica rumiaba. Y va y le canta a unos niños. ¿Por qué tiene que ser tan agradable el desdichado? No puedo enojarme con él.

Al rato, con las personas todavía conversando entre sí o yéndose, Pansy se le acercó, tendiéndole la mano de un modo entre la reconciliación y el ofrecer disculpas.

—Debemos seguir el plan, Ives -asintió ella-, planificar lo más posible. Busquemos otro sitio para analizar el asunto.

De la mano, caminaron por Rotherham bajo la suave lluvia, entre sus casas de fachadas oscuras, plazas amplias, cielo húmedo... Caminaron buscando en la mano del otro, una certeza, una verdad en un mundo extraño. Buscando ambos una razón en el medio del mundo difícil, e injusto, y muchas veces incomprensible. Un mundo sin sentido, parecieron decirse el uno al otro al entrelazarse los dedos, un mundo sin una verdad, oh, amor mío, excepto la verdad que encuentro en el calor que tú me das.

Imágenes de las estaciones y del parque de Rotherham:

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