Aparecieron entre las múltiples vías de la estación North Wembley, donde los trenes detenidos en andenes, cambios de dirección y en las plataforma mostraban su desalojo apresurado. Una sirena distante, pero permanente en las salas de espera así como en espacios de empleados y en los abiertos al público, urgía a huir.

La rapidez con que debieron actuar en el museo no dejó a los chicos tratar temas salidos a la luz. No se diga cómo se sentían al haber terminado con el Tetraedro o la presencia asombrosa de elfos donde esperaron ver magos o seres mágicos, pero ni tan sólo el asunto del parentesco del primer dueño de la bóveda con Pansy, ni el de ésta con Scabior, así como tampoco la identidad del dueño actual; eso estaba en el aire.

No obstante, no disponían de mucho tiempo. Pansy apenas había decidido no tratar el asunto con sus padres, pues se daba cuenta que las simpatías de ellos eran de las que sirven para ponerse grilletes. No se los diría en tanto corrieran peligro. El asunto de cómo escondérselos quedaba para después.

Quién sabe cuándo era ese después, porque con su poco tiempo disponible habían visto las noticias en la tv, que los empleados de un pub sacaron a la agitada calle de Marylebone, llena de gente que corría y de autos policiales y de bomberos en sentidos contrario. Imágenes aéreas del noticiario de la noche mostraron que el tren con explosivos venía del Norte, desde Hertfordshire, e iba a pasar por la Avenida Churchill y cruzar el relativo descampado del Parque Northwick para adentrarse en el corazón de Londres. El acercamiento logrado desde un helicóptero de la BBC mostró lejanamente el perfil del conductor de esa locomotora. Un grupo congregado en la acera, entre las personas y autos particulares y autobuses huyendo, dejando pasar patrullas con las sirenas a tope, se enteró que era la estación de Norte, ya que había más de dos con el nombre de Wembley, incluida la del estadio.

Y en esos pocos minutos Ives tomó una decisión al reconocer el perfil de Scabior en la pantalla. No dijo su decisión a Pansy, sino que le pidió tomara un taxi con el dinero restante, o se refugiara en un cajero automático de Gringotts o de plano fuera con un policía muggle que la llevara lo más cerca de donde podría entrar al Callejón. Hizo las propuestas una tras otra, pero Pansy las desechó en ese orden. Se negaba a dejar solo a Ives.

Cavendish hizo el pase luego de consultar con Pansy el mapa de Londres. Fue la presión, el interés o la necesidad, pero aparecieron muy cerca de donde él pensó, pues de llegar al andén, emergieron a un lado de las vías.

Ives se daba cuenta que, para salir de aquel asunto, era necesario terminarlo. Para que Pansy estuviera a salvo, Scabior debía quedar eliminado. Era el único que conocía los sucesos con el Tetraedro. Mas con este objeto ahora en poder de Pansy, Ives estaba seguro que nadie más buscaría el tesoro, pues ella no lo deseaba. Ningun otro relacionado había salido a la luz, Scabior era el cabo suelto.

Qué buscaba Scabior al llevar un tren cargado de combustible a Londres, no era difícil de entender: robado a unas millas de la capital inglesa, su intención era hacer regresar a los chicos para chantajearlos y que le entregaran el objeto mágico. Igual trataría de hacerse pasar por muerto para no dar explicaciones al dueño de la bóveda, una vez perdido todo. Parte de la venganza o represalia sería estallar el tren dentro de la ciudad.

—Es mejor que lleves tú el guardapelo -dijo Ives, metiendo la caja en la mochila de Pansy-. Deberemos salir lo más rápido posible y si se trata de correr, tú corres más rápido que yo. En lo que escapas trataré de detener con magia a quien sea, no me importa que me vea la reina Elizabeth.

—Como quieras, pero no voy a irme -protestó-. Y no me has dicho que hacemos aquí.

Sobre las vías, la llevó a lo largo de trenes vacíos, saltando en plataformas y andenes abandonados, dominados por las instalaciones metálicas superiores y de cableado de alimentación de transportes como el tren suburbano, oyendo apagadamente la sirena que llamaba a huir; fueron hasta encontrar el andén que conectaba con la estación de Watford Junction, de Hertfordshire, por donde venía Scabior.

Bajaron a las vías, corriendo hacia el primer tren libre, un British Rail Clase 90, azul con frente amarillo, que tenía la vía sin obstáculos. Luces anaranjadas de señalización giraban sobre los rieles, imprimiendo sus luces.

—Pienso intentar lanzar una máquina con magia -explicó Ives-. Los muggles lo han de haber pensado, pero para llevarla contra la locomotora que se acerca no puede ir sola, necesita alguien la conduzca, es facilísimo descarrilarse. Ningún jefe pediría eso a ningún conductor. No se les puede reprochar que no haya voluntarios.

Subieron por la escalerilla, entrando a la cabina del maquinista.

La cabina tenía la silla del conductor con un tablero gris enfrente, mostrando los mandos y una serie de medidores. Ives reflexionaba. El mejor modo de detener a Scabior era en el parque pasando Avenida Churchill, que a estas horas ya debía estar desalojada.

—No, no hay modo -afirmó Cavendish-, no se puede llevar esta máquina, vámonos.

Un poco extrañada de haber hecho tanto y decidir tan rápido, Pansy iba a bajar cuando él la detuvo, y la abrazó como si tuvieran más tiempo que unos minutos. Ella le devolvió el abrazo, cariñosamente, aunque intrigada. Ives apoyó su frente en la de Pansy, tomándole la barbilla, y afirmó:

—Te amo, te adoro.

—Y yo a ti-asintió ella, suavemente-, ¿por qué me lo dices de esta forma?

La besó en los labios.

—Saltemos -pidió Cavendish.

Pansy le dio la mano, pero al saltar, él la soltó.

La chica cayó de pie en la gravilla al lado de la vía. Todavía con la mano extendida volteó a él.

—¿… Ives….?

El tren arrancó.

—Lo que soy, es por ti -afirmó Ives, en la máquina que echó a andar; la escalerilla subió.

—¿De… de qué me hablas? -quiso saber ella, con ojos y boca asustada, tocando la lámina del vehículo, sin hallar dónde volver a subir.

—Tú me has enseñado a luchar por lo que se quiere -asintió el.

—¿Ives? -la chica se apresuró, con nerviosisma- ¿A dónde vas? -alzó un poco la voz- ¿Ives?

Pansy aceleró la carrera, pero el tren cobraba velocidad.

—Ives, baja…. Baja… Está acelerando, lindo…. No vas a poder bajar...

—Sólo una cosa debo decirte -explicó el Hufflepuff, poniéndose en cuclillas, acomodándose la mochila a la espalda permitas que nadie se aproveche de tu rebeldía. Me siento orgulloso de ti.

—¡Y yo de ti, Ives!, pero…¿qué haces? -se apresuró en la carrera, no deseando creer lo que estaba entendiendo.

—Alguien debe controlar la máquina desde la cabina, sin magia o con magia, de lo contrario se va a descarrilar.

Pansy fue quedando atrás, cada vez más espantada. Alargó una mano hacia él.

—¡No, no espera… espera…! -la voz se le quebró de angustia- ¡Deja que suba…!

—Lo que quisimos hacer por Hogwarts ya lo hicimos. Y no hay nadie más que detenga esa locomotora. No podemos confiar en la suerte de que otro resuelva de última hora.

—¿Por qué quieres hacerlo, tejón? -sollozóal borde del grito, corriendo ya lo más rápido que podía.

—Aquel sujeto no querrá descender si lo reto a un choque en ese descampado. Si logro que él siga en el tren y muera, desaparecerá el peligro para ti. Además, esto ocurre en parte por lo que hicimos y se lo debo a esos muggles. Muchos son buenos, como los que nos ayudaron en Berwick o las personas del jardín de York o los taxistas. Y si voy a hacer valedero mi título de nobleza es en este momento -el tren cobró velocidad, dirigiéndose a la noche gris de últimas nubes claras.

Pansy Parkinson corrió más, casi tropezando, gritándole que bajara

—¡No, Ives, no lo hagas, no pases ese riesgo por mí! ¡Nunca has hecho el hechizo yendo a velocidad, yo sí! ¡Lindo, te lo ruego, baja de ese tren, te lo ruego!

—Sin tu varita puedes morir y no lo permitiré -se dijo Cavendish.

El tren Clase 90aceleró súbitamente a 50 por hora. El Hufflepuff mandó a la chica un beso con los dedos, y entró a la cabina.

El tren aceleró a 90 por hora, yéndose por la vía, incrementando la velocidad.

Pansy cayó de rodillas, angustiada, con las manos en la cabeza, recibiendo la ventisca que levantaba la máquina.

—¡No, no, Ives! ¡IVES…! -desesperada,lanzó un alarido- ¡Vuelve…!¡MI AMOR, VUELVE!

Dejando la estación a 130 kilómetros por hora, en medio de atónitos policías en patrullas, el tren dejó la zona densamente urbanizada, devorando el paisaje de bloques de casas bajas, a ambos lados del camino. Ives sentía como si fuerasaltar de las vías en cualquier momento y hacerse menos que trizas rodando hasta el fin del mundo.

Manejar el tren mediante el tablero, le era imposible; hacerlo arrancar y controlar la velocidad con magia era más sencillo, a final de cuentas, en cierto sentido era intuitivo. Era regular la máquina desde su corazón, presintiéndola.

Eran más de cinco vías paralelas, pero estaba seguro de haber elegido la correcta gracias a que junto con Pansy había aprendido a medir sus movimientos y supo localizar la que conducía a Hertfordshire. Más casas y un cercado de madera a los lados de los rieles, en protección de los transeúntes, quedaron atrás.

Nadie habría creído, hace unos días, que Ives Cavendish, el Hufflepuff, podía tener la valentía que se necesitaba para subirse a un tren y lanzarse contra otro destinado a provocar una tragedia. El que no parecía, lo hizo. Porque así sucede, porque nada está predestinado. El tranquilo, al que buleaban, el que debía callarse, el que no parecía, mostró ser lo contrario. Que, sin necesidad de enojarse, se podía ser firme; que sin ser desafiante se podía encarar la adversidad. Que se podía ser valiente sin ser Gryffindor, sin que significara tener algo de ellos. La duda de seguir ese guión había sido una de sus motivaciones al irse de Hogwarts. Ives Cavendish se salió del guión, encontrando su respuesta. Ésta era la valentía de un Hufflepuff.

El tren era un bólido de metal por la vía en el aire zumbante, helado por la velocidad.

Solo en lacabina, llegando a los 150 por hora, miró por el parabrisas doble, separado en sus dos hojas transparentes por un marco metálico.Pronto la locomotora de Scabior se dejó ver, entre árboles densos, a punto de salir al descampado.

Con un crujido fuerte y resplandor, el parabrisas de al lado de Cavendish estalló hacia dentro, rebotando los fragmentos dentro de la cabina, junto con la poderosa corriente de aire que entró aullando.

—¡Toma eso, imbécil! -gritó Scabior, riendo en su cabina de la locomotora que transportaba combustible y que había sacado de otra vía luego de huir de Gallant; iba bastante herido, sangrando de la frente; festejó, blandiendo la varita- ¡No me vas a detener o moriremos los dos, para mí es la misma victoria!

El aire rugía en torno a Ives, que cortado de un brazo en una herida que abrió la cazadora, calculó la distancia que lo separaba de la locomotora.

Encendió los fanales delanteros y luces de posición a toda su potencia.

Rodeado Ives por la luz de sus fanales, que revelaba el vuelo de trozos de vegetación y de gotas de humedad, apuntó con la varita por el hueco del parabrisas roto, invocando hasta su último resquicio de poder y todo su interés en Pansy Parkinson.

¡Expeliarmus!

Deslumbrado por los fanales de Cavendish, Scabior gruñó cuando lanzó su siguiente hechizo.

El destello fue impresionante, de más de un kilómetro de largo, un trazo irregular semejante a un rayo que corrió de un tren al otro, mostrado que ambos rebasaban los 170 kilómetros por hora. Un helicóptero que los sobrevolaba grabó el destello, pero no más. Un muggle habría dicho que fue un pulso electromagnético, pues el vehículo aéreo casi se apagó por la energía de esos brillos. El helicóptero se fuie a su derecha, titubeante. Los aterrados reporteros y el piloto juraban que se estrellarían, pero a último minuto recuperaron el control, bajando más al Oeste, todavía sobre el Parque Northwick.

—¿Qué rayos fue eso? -gritaron al bajar, cerca de unas casas desalojadas hacía unos minutos; el camarógrafo tomó aire por el susto, apoyándose en el helicóptero.

El reportero a cargo, llevando el micrófono, trató de ver hacia las vías. No funcionaba cámara, ni equipo de transmisión. El tren de pasajeros que venía de Wembley había encendido las luces de sus vagones.

—No sé, pero nos dejó lejos. ¡Consigan un vehículo aunque sea de pedales, pronto, con un…. debemos regresar! -gritó- ¡Alguien lleva ese tren para estrellarlo contra la locomotora de combustible, ese maquinista es un héroe!

—¿Y qué harás cuando llegues? -lo retó el piloto, verificando que la nave no servía- ¿Reportear tu muerte? ¿Sabes la explosión que viene? ¡Son más de seis toneladas de combustible, no quedará nada en pie!

—Un teléfono, un teléfono… -se dijo el reportero, yendo a las casas- Necesitamos otro helicóptero…

En las cabinas, la situación no marchaba bien.

En el choque de los destellos cada cual recibió lo suyo. La varita de Scabior se trozó, arrancándole un grito por la sensación de quemadura en la mano, pero la quiso remediar con una risa furiosa. El paisaje corría veloz a sus lados. El destello de su ataque a su vez dio en la varita de Ives, pero con más potencia, rompiéndola en fragmentos que pasaron cerca de la cara del chico.

Cavendish gritó de dolor en el brillo quebrado, sintiendo que también la mano se le partía. El golpe lo empujó hacia atrás y de lado, haciéndolo rebotar contra la pared trasera de la cabina y lanzándolo contra el tablero de mandos, donde se estrelló a mitad del tórax.

Cayó de costado en el suelo, a un lado del asiento vacío, sobre pedazos de cristal, casi conmocionado, sintiendo el brazo en llamas. El aire rugía al entrar por el parabrisas roto.

El Hufflepuff volvió a emerger sobre el tablero, jadeando y asumiendo lo que ocurría, viendo a todos lados, midiendo el lugar para retomar su control del espacio, tratando de recuperarse del shock y buscar una solución. Mas entendió rápido. Ambos trenes ya estaban a la altura del Parque Northwick, hacia un punto más o menos marcado por el helicóptero inservible a la izquierda. Y no tenía varita. No podía bajar de tren sin bajando la velocidad Cavendish podría huir y dejar la máquina en la vía para que Scabior la encontrara. Pero Ives no sabía usar los controles, aquello no era de poner el freno y correr. Mal realizada, la maniobra contribuiría a los destrozos que quería causar el mortífago. No podía bajar del tren que alcanzó su máximo de velocidad, los 180 kilómetros por hora. Estaba atrapado.

Por Merlín, entendió con el rostro iluminado por las intermitentes luces azules y rojas del tablero, donde la señal de velocidad excesiva se encendió, haciendo un repetido clic, por Merlin, me voy a matar.

El tren avanzaba disparado sobre la vía férrea, haciendo un vaivén por la velocidad creciente.

Buscó rápido en los compartimientos, dejando volar papeles que salieron con el aire. Estaba haciendo mucho frío.

Halló lo que buscaba, usándolo para mirar a través del parabrisas no dañado: los binoculares le permitieron ver a Scabior, aullando retador ante la cercanía del choque; reía y manoteaba, sabiéndose condenado. Ives lo observó un rato para comprobar: Tampoco tenía varita.

—Pansy -los ojos del Hufflepuff se humedecieron de lágrimas, bajando los binoculares- Pansy…

Se estrellaría contra la locomotora de Scabior. El mortífago tampoco sobreviviría.

Ives apoyó los codos en el tablero, de cara al parabrisas lleno de cielo y árboles, cubriéndose la cara. El tren corría en bólido por la vía férrea, en meteorito, en cometa, hacia la locomotora más visible y ya notoria como una mole de hierro creciendo. El parque a su izquierda era un borrón. Iban a estrellarse y a morir. No había remedio.

—Gracias…. -sollozó el amable Barón de Little Hangleton, que no regía a nadie, pero sí a sí mismo, sintiendo sus lágrimas calientes en las palmas- Gracias, gracias… No será en vano… -susurró, aliviado de mantener la oportunidad de salvar a la Slytherin que amaba con todo el corazón- Si podré hacerlo… Sí podré salvar a Pansy… ¡Gracias…!

Irguiéndose, secó sus ojos, sosteniéndose en la cabina que vibraba; el paisaje era devorado por la velocidad. Cavendish tomó la bocina.

Oprimió la bocina, y el sonido de silbato saludó el correr del tren, todo velocidad y luces y potencia de hierro. El silbato sonó de nuevo, Ives Cavendish de cara a sacrificarse por su novia Pansy Parkinson y los muggles de los alrededores y los de la ciudad. El silbato sonó más veces, y en cada silbido vio un cuadro de Pansy: yendo en bicicleta por el puente soleado, donde supo que estaba enamorado de ella; ella corriendo tras él en el Callejón; la chica mirando por una ventanilla en la noche; luchando con bolitas de papiro; celosa sin razón; hablándole al oído; actuando teatralmente cerca del río sobre huir por el campo; bailando en el aquelarre; diciéndole que estaba enamorada de él; el beso en el Gran Salón; ambos yendo de la mano por un parque lluvioso.

Maquinista en el tren del desastre veía pasar a los costados, rápido como nunca, el paisaje de árboles, casas de tejados bajos en bloques a la distancia. Estaba rebasando los 190 kilómetros por hora.

—Qué bueno que te besé -sonrió Ives-, me felicito, tigre.

Hizo sonar el silbato otra vez.

—Parkinson -dijo una voz a espalda de la chica, sobre la vía; la sirena de la estación continuaba sonando.

La chica apartó de un manotazo la mano en su hombro; levantándose y girando, con los ojos arrasados en lágrimas, iracunda, apoyó la punta de la varita en el cuello del recién llegado, en todo caso decidida a clavarla en el cuello.

No obstante, se sorprendió:

¿Tú?

Cedric Diggory dejó la varita en su cuello, alzando las manos.

—Llevo cuatro días rogando, a punto de ponerme en huelga de hambre para que la dirección de Hogwarts me diga dónde están ustedes. Por cierto, hola.

—¿Cómo nos hallaste?

—Gallant. Me dijo que son tan necios que seguramente estaban en este sitio. Tuve qué comprar una Windfire para que alcanzara a la que él enviaba al colegio. Yo había fallado tratando de seguir a esa lechuza en una Saeta de Fuego. Creo que gasté los ahorros desde mi infancia en esas dos compras. Emil me respondió que no aceptaba ayuda -supongo no quería que le robaran la gloria por la captura de ustedes-, pero después añadió que si se me permitía, viniera. Esa reacción me mostró que Emil cambió sus ideas de algún modo. Abordé a Sprout cuando llegó con el elfo Gibby. Alegatos, permisos, heme aquí. ¿Y si me quitas tu varita, por ciertorota, del pescuezo? También me interesa salvar a Ives.

—¡Tengo una idea, Diggory! -ella bajó la varita, al ver lo que llevaba Cedric.

Estando a menos de tres kilómetros de estrellarse, sujetándose para no flaquear en el último momento, Ives escuchó un crujido a su alrededor.

Pasmosamente, parte del techo hasta la mitad de la cabina salió disparada por los aires. Cavendish vio elevarse la sección completa, arrancada de cuajo, subiendo en desafío de la gravedad y perderse de vista al volar hacia atrás entre sus propios fragmentos. Una figura asomó arriba. Ives puso la mayor cara de sorpresa de su vida.

—¿Profesor Snape?

Snape lo estudiaba, de pie sobre lo que restaba del techo de la cabina, con su gesto habitual al arreglar los desbarajustes de un alcornoque. Con un pase de la varita elevó a Ives.

El Hufflepuff cayó sentado en el techo roto, sintiendo que había vuelto a nacer aunque salido de una probeta. El aire lo golpeó con fuerza, entrecortándole la respiración. De pie en el techo de la destrozada cabina, sostenido por algún hechizo que el chico al lado de Snape, Emil Gallant, provocaba inseguridad (aunque trataba de poner gesto adusto¡, el profesor de pociones no parecía empujado por la fuerte corriente de aire; vio la locomotora que se cernía, como a una visita impertinente y de mal gusto.

Ives se sintió elevado, pero ya no fue un hechizo: lo sujetaban del cinturón y al subir más, se desprendió del tren, que siguió con Snape y Gallant en su roto techo, en el marco de la vegetación, a pocos cientos de metros hacia la locomotora de Scabior.

Viendo arriba, Ives lo entendió: llevando la gorra para el frío y unos goggles de cuero estilo piloto del año 1900, Pansy lo cargaba, montada en Hechiza, la escoba triple de Gallant.

La había tomado prestada a Diggory, a quien dejó sobre el tren y ahora éste se reunía con el profesor y con Emil.

Pansy descendió más atrás en los árboles al inicio del Parque Northwick, cerca del tren que pasaba a su derecha; soltó a Ives y se detuvo unos metros más allá.

La chica bajó, yendo hacia él a paso vivo. Se miraba muy molesta.

¿Me quieres viuda? -le gritó, todavía con los anteojos puestos- ¿Me quieres viuda, tejón comedor de nueces?

Se arrancó los googles y, furiosa, lo golpeó con los dos puños al mismo tiempo.

El tren pasaba a gran velocidad, ensordecedor.

Furiosa, la Slytherin golpeó en el tórax a Ives con los puños.

—¡Idiota, idiota! -gritó, golpeándolo con los puños. Ives no se cubrió- ¿Qué se suponía que yo iba a hacer, eh? ¿Qué iba a hacer si te perdía?¿Cómo iba yo a vivir sin ti?

—Debía quitarte el peligro de ese sujeto -Ives se dejó dar esos puñetazos, aunque el brazo le ardía más con las sacudidas.

—¡Sé que fue por eso, pero no! ¡No, Ives, no…!

Pansy comenzó a llorar, doblándose de pena. Las ventanas encendidas del tren pasaron delante de ellos entre chirridos y en el traqueteo rítmico de la máquina de hierro. Todos los caminos se reunían en esta vía férrea. Todos los contadores de distancia llegaban a cero. Como algunos sucesos en la vida: veloces, a veces sin poder entenderlos hasta que es demasiado tarde, esperando que de cuando en cuando alguien tenga la buena idea de no echarlos a perder. Iluminada por la sucesión de sombra y luz de las ventanas blancas del tren Clase 90, Pansy se quitó los anteojos, sollozando desconsolada. Se cubrió la cara. Lloraba de asustada, de temerosa, de verdaderamente importarle alguien. Todo lo que había hecho con Ives, sus locuras, sus trampas, habían sido con sinceridad, siguiendo un impulso que primero le dio miedo, después goce y por último le dio valor. Cada momento vivido con Ives había sido el intento de salir de sí misma. La frialdad de su existencia, su agresividad, su encerrarse en una barrera de hastío y desdén, su alejarse de todo y burlarse de todos, había sido el intento de buscar una razón en la furia, pues en el amor no la tenía, porque el amor no lo tenía. Pansy Parkinson había buscado una razón. Una razón para vivir. Una razón para creer. Para confiar en que el cuento no tenía por qué terminar mal. Que no tenía por qué aparecer el monstruo de último minuto. Con Ives, llevada por la intuición que era un chico sencillamente bueno, se impuso conquistarlo, porque así era su carácter, y pese a sus trucos, se arriesgó a abrir su corazón para él.

Al verlo alejarse en el tren, por un segundo había sentido miedo, luego desconcierto y por un momento su habitual reacción al pensar ante la temible amenaza: "mejor él y no yo". Pero cuando la máquina enfiló sin remedio frente a la otra, ante la realidad de que Ives iba a morir y al escuchar el silbato como si él se despidiera, en los ojos de Pansy se había dibujado una comprensión necesaria, sencilla, inevitable en el que lleva oro en el corazón: Que se ha de amar a otro como a uno mismo. Y si se tiene suerte, que se puede amar a otro más que a uno mismo.

Y no es mentira, se dijo Pansy, ante el espectáculo feroz de los dos trenes, uno hacia otro a velocidad de vértigo, uno con un mortífago que sólo pensaba en sí mismo y en el otro un muchacho sujetado en la cabina que controlaba al vehículo para volarlo y salvar a su novia y a los desconocidos que pudiera.

Y no es mentira, se dijo Pansy, porque los que aman a otro más que a sí mismos, existen, ahí están muchos padres y madres, hijos, hermanos, esposos, novios, amigos, ¡desconocidos! Y Pansy supo no sólo que quería formar parte de ellos, sino que era capaz de hacerlo.

Entendió que por eso Ives la lanzó de la máquina: para que fuera él y no ella. Porque en esos días de vértigo su amistad había sido puesta a prueba y de la mezcla de la amistad y del amor, ambos habían cambiado.

Por eso Pansy tomó la escoba que llevaba Cedric, se puso los anteojos y llevándolo, salió por Ives volando en la escoba. A salvarlo, aunque ella misma pereciera en el intento dada la tremenda velocidad que necesitaba ó sabiendo con el alma que iba por su chico.

Su chico, porque eso era. Era su novio desde hacía varios días. Era su novio desde que distanciados por sus temores, se buscaban con la mirada. Era su novio desde que la llevó con él del Callejón Diagon, porque pese al miedo que él sentía, no quiso perderla. La cuidó, se interesó en su bienestar, desde defenderla en el vagón, limpiarle el agua de la cara en Berwick, buscar que estuviera cómoda en York, buscar su seguridad enCoventry, hasta entender sus reacciones en Rotherham e interesarse por lo que ella sentía en los viajes en los trenes. Y en el mapa de la vida, en las rutas de los trenes en una red donde las personas viajan, se entrecruzan, tejen historias, solos, acompañados, cientos y miles y millones de pasajeros en trenes recorriendo mapas, unos sabiendo a dónde van y otros a la aventura entre destinos y estaciones, Pansy se dio cuenta que ella había hecho lo mismo. Más allá del capricho, de la obstinación, lo que hizo desde el principio fue luchar por una persona que reconoció valiosa: Ives Cavendish, el Hufflepuff tímido y valiente con quien ella era atenta. Con quien era amorosa y a quien sabía alterar como ninguna más podría. Pansy no lo había dimensionado, no se había dado reconocimiento por la altura de sus actos. De que al final de las vanidades y poses y dolores, lo único que cuenta, lo valioso en este mundo es el amor que das y que recibes, y nada más. El oro se hace cenizas; el amor permanece. Por eso ellos, como los enamorados,crearon formas de ser, de hablar, de jugar, de tratarse, de discutir, de reconciliarse, motes, costumbres y tonos de voz que encuentra incomprensibles y se burla de ellos quien nunca ha amado o teme hacerlo o no sabe amar. Al volar en la triple escoba en saeta, de madera y vinilo, en la tonta Hechiza del tonto Gallant que se había preocupado por ellos, Pansy Parkinson reconoció que ella también sabía amar y que era capaz de poner el mundo de cabeza e incendiar lo que tuviera que incendiar con tal de volver a tener a Ives y claro, llamarle "tejón"… porque los enamorados encuentran sentido al mundo en la forma ingeniosa en que se hablan o se miran.

El tren los dejó atrás.

Pansy subió en la escoba, con Ives a su espalda, a altura prudente por si eran llamados.

El tren era una línea enorme sobre el riel, pero solamente Diggory y Gallatn seguían en él.

Snape, trasladado a la cabina de la locomotora, luego de abofetear a Scabior, le ordenó:

—Tú yo hablaremos, inútil, ¡en los árboles donde aparecerás, no huyas o te encontraré!

Lo hizo desaparecer y vio adelante. Ya no había tiempo.

¡Descarrílenlo!

Gallant y Diggory entendieron la señal. Descarrilar un tren es más sencillo que conducirlo. Basta con desbalancear un elemento para que el resto se vaya al traste. Los dos chicos zafaron una de las ruedas de la derecha y desaparecieron.

Snape puso el freno a la locomotora, que sacó chispas a las vías. Se quedó en la cabina oyendo el chirrido, mirando al Clase 90 como capitán que lleva un barco en peligro.

El Clase 90 se volcó a la izquierda, en el área del parque, en un descomunal estruendo, dislocándose en cristales, vagones, asientos, saltos de decenas de metros de metal ardiente girando y fierros retorcidos salpicados de tierra desde cráteres abiertos por el golpe del vehículo.

La vía que el tren abandonaba, la ocupaba la locomotora de combustible, bajando la velocidad entre chirridos, hasta que se detuvo, al otro extremo del parque.

Los del helicóptero, sin atreverse a mover, señalaron la escena a una mujer que se les acercó, afable.

—¿Vio eso…? -le preguntaron.

—Creo que no vimos lo mismo -asintió Nymphadora Tonks-. Si me lo cuentan…

Pansy bajó con Ives, y sin añadir media palabra, se sentó en la hierba, recargada contra un árbol.

—No te cases conmigo, Ives -dijo Pansy, jadeando-, después de lo que hemos vivido, para mí lo mejor es que seas feliz, yo…-suspiró, un poco hosca- Está bien que no me ames, o que aunque me ames no quieras dar el paso. Nadie me puede quitar que yo te ame, con eso me conformo.

—¿Sí? -dijo Ives, sentándose en cuclillas a unos pasos.

El Clase 90 era un auténtico tiranosaurio de metal retorcido e inmóvil, humeante más al Norte. Indudablemente el profesor Snape no lo dejaría estallar.

Cavendish dibujaba con un dedo en el piso.

—¿Puedo irme, entonces? -preguntó.

—Supongo que sí.

—¿No volveremos a vernos?

—Imagino que deberemos vernos cuando nos reprendan y nos castiguen, pero prometo no molestarte.

—¿Te puedo pedir un favor?

—No veo por qué no.

—¿Puedes sacar algo de tu mochila?

La chica se quitó la mochila, la abrió, sacando el Sigilo, que rompió sin ver, comprobó que llevaba la doble caja de plomo con el Tetraedro dentro, intrigándose al hallar un segundo papiro… Era una de las hojas grandes del Whizz Hard Diary.

—¿Esto? -por fin lo miró de nuevo a los ojos, sin saber qué pensar.

—¿Lo puedes leer, por favor?

Pansy leyó, boquiabierta.

PARA QUE TODOS LO SEPAN:

Yo, Ives Cavendish, juro amar, cuidar y respetar a Pansy Parkinson. Ella promete ser lo mismo para Ives Cavendish. La cláusula más importante es ser dichosos y besarnos cada que sea posible.

Ives Cavendish

El Feliz Novio

La Feliz Novia

El Testigo

Nota. A efectos legales mágicos, esto significa que somos novios y nos vamos a casar cuando la ley y la biología lo permitan.

Pansy lo desplegaba, releyéndolo.

—Está… firmado…. Ives, tiene tu firma… ¿Cuándo hiciste esto?

—Cuando dormías, en el tren hacia Sheffield. Me abrazaste toda la noche. Desperté antes que tú y recordé lo que dijo Gallant, sobre no darnos cuenta de lo enamorados que estábamos tú y yo. Sobre mí, tiene razón. Lo que acaba de pasar fue un cambio en el plan, lo siento. Aunque habiéndose resuelto, no veo por qué no firmar los dos.

Pansy se levantó y colocó el documento contra su pecho, conmovida.

—¿Por qué, lindo?

Él le sonrió, levantándose a su vez.

—Porque te amo, mi adorada Slytherin, ¿no lo recuerdas?

Pansy iba a responder, pero volteó a un lado porque un ruido de arbustos llegó.

—Muy bien, chicos.

Gallant se les acercaba, apuntándoles con la varita.Hasta entonces se dieron cuenta que llevaba botas, jeans y suéter negro de cuello alto. Aunque vestido de muggle desde el museo, no se le quitaba lo Prefecto Supernumerario.

—Me han costado cuatro días -asintió, con las cejas alzadas-. Los cuatro días más agitados de mi vida. Luché contra cruzados salidos de un subterráneo, contra gallinas desbocadas, volé en escobas de barrer, cargué a un elfo como si fuera mi sobrino, robé alpiste de palomas para una lechuza Windfire, perdí una condenada Saeta de Fuego, corrí de fantasmas de alumnos medievales, medio destruí un museo, más otras cosas que mis hijos prudentemente no sabrán, y todavía me falta aprobar los exámenes finales. Es hora de volver a casa, diría yo.

Pansy, atesorando el nuevo Sigilo contra sí, sonrió a Gallant.

—Gracias por estar con nosotros, Emil.

Ives también le sonrió, haciendo un muy desenfadado saludo estilo militar.

—Eres el más valiente, gracias por todo.

Gallant bajó la varita, suspirando con una media sonrisa.

—Creo que hablaban de firmar un documento, ¿me equivoco?

Pansy, animada,con la pluma de Ives, firmó en la línea de La Feliz Novia.

—¡Falta el testigo! -notó ella.

Miraron a Emil. El Slytherin refunfuñó un poco, pero al cabo, sonrió. En gran parte contento por ellos y en otra, también cierta, pero menor, satisfecho de ejercer su papel.

—Bueno, bueno, supongo que sí, pasos más, pasos menos, un acto oficial, no está mal.

Gallant firmó en la línea de El Testigo y alzando la varita frente a Pansy e Ives tomados de la mano, con un Lumos, anunció:

—Yo, Emil Gallant, Prefecto Supernumerario, por la autoridad que me ha sido conferida, los declaro Feliz Novia y Feliz Novio. El Novio puede besar a la Novia.

Ives se giró hacia Pansy quien, sonriente, le respondió el beso en los labios, y los rodeó un destello, que se vio como luces de Bengala o acaso fue la dicha de los enamorados, brillante igual a un amanecer, y los tres fueron de regreso a Hogwarts.