El paisaje campestre corría a sus lados, aunque sin prisa. La velocidad tenía un aire sereno.
Pansy e Ives contemplaban el panorama.
Worcestershire. Campos vivos bajo el cielo diáfano, yerba fresca y macizos de árboles de tonalidades cambiantes.
No les había ido mal. Después del asunto del Tetraedro, que les dio renombre en el sentido de su escape de colegio, se vieron rodeados en la imaginación estudiantil como los audaces de una escapada romántica. Eso les dio un aura durante varios meses.
Otros acontecimientos hicieron guardar la historia, lo que para ellos fue un alivio.
No volvieron a hablar del Tetraedro. El emblema de las Reliquias en él, en su razón de hallarse en el objeto mágico, estaba perdido en la historia de la familia Parkinson. Con los cambios de dueño y el paso de los siglos, la naturaleza de la bóveda había terminado por ser independiente de lo que se guardara en ella. En los tiempos modernos, al contener el guardapelo, los significados resultaron empatados, siendo una de las pocas guías de los chicos para entender que el tesoro era un peligro. Lo importante para Pansy e Ives fue que nunca se vieron obligados a sacar el tema a la luz, y asi les quedó la parte más grata de recordar algunos momentos de su peripecia.
Hoy, Pansy e Ives, sentados lado a lado, de la mano en el tren, acababan de cumplir 19 años. Scabior ya no existía, ni Bellatrix, ni el Señor Tenebroso. La Slytherin y el Hufflepuff se habían graduado. Pasaron por otras aventuras antes de llegar a este momento, pero esa es otra historia, así como la forma en que participaron en la lucha contra quien no debía ser nombrado. Ésta era una tarde para disfrutar.
El día era fresco, el cielo soleado. Llevaban unos días en el mundo muggle donde, entre lo que Ives llevó a Pansy a conocer junto con él, fue el cine. Vieron el estreno de Cielo sobre Berlín, de Wim Wenders.
Ives se divirtió bastante al ver la cara de Pansy en la sala, ante las vicisitudes de los personajes; ella la pasó bien, aunque no se atrevió a probar las palomitas de maíz, ni la soda. La chica también se divirtió al ver a Cavendish no parpadear ante la pantalla.
También fueron a casa de Ives, donde en el desván él le mostró el escondite con los casetes y la reproductora de VHS. La chica se divirtió al pensar en Ives emboscado en ese sitio.
Al final de la función, en la calle, la Slytherin le comentó:
—El cine es un espejo mágico, ves la vida de otras personas, irreales o fantásticas, pero te miras a ti mismo, en realidad.
Hoy iban en un tren de la firma Walsall-Wolverhampton, fundada en 1881, que recorría las Tierras Medias del Oeste de Inglaterra. Era su primer viaje en completa libertad. Los padres de ambos no estaban muy convencidos con la relación de sus hijos, pero la aceptaron al ver que sus retoños tenían claros sus deseos y proyectos, tanto como para mostrar constancia. Su relación no había flaqueado ni en los tiempos más difíciles. Iban a la ciudad de Worcester a estar ellos solos. Sabían lo que deseaban en su relación.
Acababan de casarse esa mañana.
El viento traía el soplo del sol, los amables susurros de los trigales.
Ives, que asistió de traje blanco y corbata oro, se sintió encantado al ver a Pansy con aquel largo atuendo de matices plateados y el velo de tonos verdes suaves.
Había sido doloroso que Cedric no estuviera presente. Aquel vacío causó tristeza en el Hufflepuff, quien recordó su amable sonrisa, así como lamentó la ausencia de tantos otros: el profesor Snape, el profesor Dumbledore. También a Pansy le habría gustado verlos ese día. La profesora McGonagall sí asistió, sin poder evitar emocionarse, risueña al recordar que les prohibió tomarse de las manos en el Gran Salón.
La pena se compensó en parte por los presentes: la mayoría de amigos de sus casas y algunos de otras. Draco felicitó de mano a Ives, sonriendo torcidamente al recordar la que le hizo. El padrino de bodas fue el indudablemente próximo auror Emil Gallant, futuro Jefe del Departamento de Seguridad Mágica de acuerdo con las visiones de la directora Trelawney, quien también vaticinó, pero no dijo a los recién casados:
—Interesante. Veo un posible futuro. Veo a una Pansy Cavendish, una Ravenclaw fuera de lo común, que hará valer el título familiar como 14ª Baronesa de Little Hangleton…. Aunque eso depende de las decisiones de los muchachos, nada está escrito, puede no suceder.
El sol brillaba en línea recta del tren, hacia un áureo atardecer, como si fuera a encontrarse con el astro rey y salir a las estrellas.
Eran un poco más altos que hacía un tiempo; pero ellos siempre se verían uno al otro como cuando se conocieron. Ives, de cara más alargada, tenía los ojos más claros y amables. Pansy, despuntando a una tranquila belleza.
Ives llevó la mano de ella a sus labios y la besó. Pansy alzó la cara, recibiendo el viento, sin cargas, libre.
—Te amo, lindo.
—Y yo a ti, corazón.
Recibían el viento, porque, recorriendo los lagos del condado de Worcester, viajaban sentados sobre un vagón de un flamante tren de pasajeros. Oportunos hechizos reducían la fuerza del viento; nadie notaba su presencia.
—¿A dónde iremos? -preguntó Ives.
Ella lo pensó, sonriendo.
—Worcester, esta noche -comentó-, mañana el castillo de otra ciudad.
El Hufflepuff asintió.
—Te compuse una canción -dijo-, la preparé para este día.
Ives sacó el violín de la mochila. Sentándose frente a Pansy, arrancó una suave cadencia al instrumento y cantó. Era una melodía suave, que acompañó al horizonte de Worcestershire, plácido, extendido en campos de flores, serenos árboles batidos por el viento y pétalos volando en el cielo estallando de azul.
Vamos, amor mío,
volemos bajo las lunas
que cantan nuestra canción,
volemos y recorramos
los palacios del cielo.
Adoro los astros de tus ojos, porque,
¿a dónde más desearé ir, dulce amor mío,
si no a donde mira tu mirar?
Dame tu mano
en el dorado castillo de Glamis,
el del otoño eterno, en su lago.
Y si te sueño, vida mía,
piensa que fue el viento
trayéndome el sonido de tu nombre,
para amarte en el secreto.
Y si te sueño, vida mía,
piensa que fue el arcoíris
llevándote el eco de mi nombre
para decirte que te amo bajo el día
.
Estás hecha con el oro de mis sueños,
tú, mi diadema de conjuros y de hechizos,
mis hadas, mi diamantes y mis tesoros,
y los vientos, y las lluvias, con sus riquezas de colores,
tejidas con las rosas de magia
que llenan tus manos delicadas.
Y si te preguntas si te amo,
mira hacia donde sale el Sol
y pregunta si mañana vendrá.
—¿La compusiste pensando en mí? -le sonrió ella- Me gustó mucho.
—Por completo en ti, pero no es tan bella como tú.
Frente a frente, se entrelazaron las manos, de anulares adornados con anillos de runas.
—¿Qué deseas, Pansy, qué necesitas? -quiso saber él, para nunca olvidar qué entregarle.
Pansy le acariciaba los dedos, en el viento.
—Quiero seguir amándote y que me ames, Ives, quiero estar contigo y entender la vida contigo.
Puso la mano junto a la de él, y el sol arrancó un brillo a la plata de los anillos, estrenados esa mañana, cuando se casaron en Little Hangleton.
—Quiero que nos veamos con la misma mirada -susurró Pansy-, y que me beses con el mismo amor, y que confíes en mí siempre. Que puedas contarme lo que sientas y sepas que estaré para ti. Quiero que caminemos juntos y entendamos las calles lluviosas y los parques soleados.
Ives recorrió con la mirada las facciones de Pansy, su rostro en forma de diamante, las pestañas densas, el cabello corto. Los ojos de aquella mirada que seguía siendo tan suya.
—Yo quiero que esperes lo mismo de mí, Pansy -respondió él-. Deseo ser lo mejor para ti. Tú eres mi magia. Eres mi único y adorado tesoro. Quiero que tus lunas no me falten nunca.
Ives llevó las manos de Pansy a su rostro, aspirando el perfume de la chica. ¡Cómo entendía él la vida, a través de su perfume y de sus palabras!
Pansy le acarició las mejillas, recorriendo las facciones de Cavendish con la mirada. Un atisbo de sonrisa y la mirada típica de ella la animó, y el Hufflepuff quiso que llegara la noche con su tintineo de copas de cristal.
Cada uno con las palmas en las mejillas del otro, se besaron en los labios, con sabor a rosas de primavera, a lavanda en el sendero y a dulces deseos bajo el sol.
Recargaron la mejilla uno en el otro, mejillas ruborizadas de amor y de faltar poco para consumar sus promesas de casados, y las nubes centellearon con el disco solar, de rayos en alas doradas.
Las mariposas volaron en la pradera de Worcestershire haciendo sonar los címbalos del sol, los tréboles volaron en rocío, el viento hizo danzar pétalos de gardenias, y el cielo azul brilló, en los ojos de ambos, en perla de encantamientos, en la mirada sincera y dichosa que se obsequiaron.
—¿A dónde iremos, amada mía? -preguntó Ives.
—No sé a dónde iremos, lindo -susurró Pansy-. Lo que sí sé, es que quiero llegar contigo hasta la última estación.
