Disclaimer: The Lost Canvas (TLC) NO me pertenece a mí sino a Shiori Teshirogi. Saint Seiya a ese ser superior que es Kurumada.
Advertencias: …
Pareja/Personajes: Manigoldo de Cáncer
Acotaciones:
¡Hola! :D
Hoy escribí mi primer multichapter para TLC, con el crustáceo dorado como protagonista principal porque creo que se merece un poquitín más de atención como la niñera del santuario y porque ese cuarteto me parece sumamente simpático.
A ver, sólo serán un par de capítulos, siempre centrados del cangrejo cuidando de los niños (AKA: Yuzu – Tenma – Yato). Anyway, espero que disfruten de este delirio tanto como disfrute de escribir una divagación de proporciones extensas, jajaja.
Cuidando niños
Capítulo I
A decir verdad no lo estaba entendiendo, de hecho ni siquiera comenzaba a intentar comprender el sentido correcto de esa oración en cuanto el viejo volvió a ordenarle que soltara al muchacho que le había pedido retener hacía un par de horas atrás.
A ciencia cierta, tampoco es como que no se tratara de una cosilla considerablemente conveniente. Al menos después de darse cuenta de que el prisionero en cuestión se había hecho humo en su celda. Ups. Ups.
Ah, pero ese hecho en particular tan desafortunado para su persona sin duda le había venido como anillo al dedo a la petición del anciano senil.
Que tal parecía estar experimentando los efectos de la vejez.
Manigoldo justamente iba en camino para contarle que el crío ese se había desvanecido de pronto, desapareciendo en un corto lapsus de cinco minutos y que él mismo continuaba preguntándose cómo, pues la prisión de su templo, tal cómo se había tomado la molestia de comprobar, ni siquiera tenía ventanas o cualquier vía de huida que permitiera al prisionero desvanecerse de esa manera. No contaba, claro, el encontrarse con semejante sorpresa patriarcal y sin embargo seguía sin explicarse el escape del mentado mocoso.
El cuarto custodio pensó hasta el cansancio en las posibles rutas que hubiese utilizado el niño, pero no dio con ninguna viable, muchísimo menos segura, ni siquiera para un santo de oro, por lo que terminó concluyendo que a menos que el mocoso tuviese la habilidad de hacerse invisible, no había explicación probable.
-A ver, viejo. A no ser qué estés padeciendo de memoria a corto plazo, ¿podrías explicarme por qué debería liberar al crío?
Aunque tampoco era como si fuese a decirle al sumo sacerdote que había fallado épicamente en la facilísima misión de retener en el santuario a un miserable santo de rango inferior (Que para empeorar la situación, parecía que apenas acababa de dejar los pañales), por lo que hizo lo mejor que sabía hacer en estas situaciones y fingió.
El patriarca, por su parte, permaneció impasible e inmóvil, como si el caballero delante de él no se estuviese refiriendo a su persona de una manera terrible, pero familiarmente irrespetuosa, por lo que sin movérsele ni un mechón de su largo y lacio cabello, soltó:
-Un cambio de planes a causa de las recientes circunstancias.
Manigoldo alzó una ceja, se cruzó de brazos y bufó en italiano para sus adentros. Al parecer eso no sólo significaba que había una razón de real peso para que el anciano le estuviese pidiendo lo que le estaba pidiendo, sino que no tenía siquiera la intención de comunicárselo. Ni siquiera a él. A quién precisamente era su aprendiz y que por lo tanto tenía más derecho (O eso pensaba desde su perspectiva) de enterarse de este tipo de sabrosos detalles que para el resto de los santos de la orden, sin contar a sagitario (Alias la pomposa secretaria de Atena), era de carácter confidencial.
-Entonces: ¿En qué pieza del tablero me convierte eso? ¿El peón? ¿O quieres que vuelva a mi torre cual princesa? O si quieres puedo conseguirme un caballo para irme galopando…
Evitó carcajearse, porque, para ser sinceros, estaba sintiéndose un poquitín mal de ser excluido de esa manera, sin embargo lo ocultó con bastante disimulo y dramatizó cada una de sus anteriores palabras, como si se burlara.
-A decir verdad-interrumpió el sumo sacerdote, ignorando olímpicamente a su discípulo-Lo que necesito es que lo sigas.
Manigoldo detuvo su dramatización de golpe porque, si hasta hacia un par de minutos se sentía desconcertado, en ese preciso momento era incapaz de conectar cables sueltos. Ni mencionar que según lo dicho, parecía que el viejo sabía que el prisionero no estaba precisamente en una prisión. Menos en la suya.
-¿Qué?
El patriarca suspiró, mirando hacía el hermoso jardín de rosas que se asomaba por la ventana. El mismo que había plantado Albafica hacía tanto tiempo atrás.
-Parece que Pegaso se está dirigiendo al castillo de Hades en este mismo momento.
Una misión suicida, por lo que parecía, pero dadas las recientes circunstancias su ilustrísima no podía hacer menos que guardarse sus opiniones para sí y rezar porque los dos caballeros de bronce y el de plata que se habían embarcado en semejante empresa regresaran sanos y salvos por la benevolencia y gracia de Atena.
-En el camino, cómo te imaginarás, le esperan un sinnúmero de peligros. Es necesario que pueda sortear cada uno de los obstáculos puestos por el dios de la oscuridad.
Manigoldo parpadeó boquiabierto, porque su cerebro recién en ese instante terminó de conectar todos los cables sueltos.
El puto viejo lo sabía, sabía que el muchacho se le había escapado y seguramente era una cosa de la que tenía conocimiento desde el mismo momento en que el crío de mierda había decidido hacerse humo.
A punto, tentado en realidad, estuvo de preguntarle si por esas casualidades sabía cómo lo había hecho el mocoso de porquería, pero se contuvo y carraspeando un poco decidió hacerse el tonto.
-¿Entonces? ¿En qué posición me deja eso a mí, para empezar?
El patriarca volvió a suspirar, recordando que con su alumno no se podía ser críptico, porque sin duda se trataba de una persona demasiado simple y sencilla dentro de su propia complejidad.
-Tu misión, caballero de cáncer, es seguirlo. Tienes que adentrarte en el bosque de la muerte para asegurarte de que pegaso pueda llegar a su destino con bien.
Manigoldo volvió a parpadear, pero esta vez por culpa de un sentimiento completamente distinto. Más allá de sentirse estúpido, se sintió como una pieza necesaria para continuar con esta guerra y soltó una sonora carcajada. Hasta se retorció un poco a causa del dolor abdominal que le causó la ruidosa risotada que inundó por completo el salón patriarcal, pero fue recién después de varios segundos que, secándose una lagrimilla rebelde, pudo volver a erguirse como corresponde ante el ceño fruncido de su maestro.
-Manigoldo, compórtate como lo que eres.
-Un dorado. Ya sé. Ya sé.
Entonces se acomodó la capa, parándose muy recto, pero no tanto como El Cid "Estreñido" de Capricornio, porque ese sujeto era una verdadera estaca viviente, y lo suficiente como para provocar que las piezas de su armadura se acomodaran gestando un delicioso sonido más acorde a ese tipo de ambientes.
-Yo, el caballero de cáncer, Manigoldo: ¡Me encargaré!
Finalmente dio un giro sobre sus talones con brusquedad hasta provocar que su capa ondeara tras su persona y comenzó a caminar con gracia y pasos precisos por el basto salón patriarcal.
-Que no se diga que no eres injusto conmigo, anciano-murmuró, para si mismo por supuesto, porque el trono real se encontraba, a esas alturas, a considerable distancia de su decir.
El patriarca tampoco lo escuchaba. Al menos no después de que el dorado diese tantos pasos en un tris. Así que el susodicho continuó cuchicheando consigo mismo.
-Mira que darle al poderosísimo Manigoldo la misión de ser la niñera de unos estúpidos niños.
Entonces, cruzando las puertas de la enorme sala, sonrió. El cielo estaba deliciosamente despejado ese día. Que mal, como si no le bastara ya con tener que correr como una chiquilla enamorada detrás de un bronceado.
-Que vida la mía. Que vida la mía.
