Disclaimer: The Lost Canvas (TLC) NO me pertenece a mí sino a Shiori Teshirogi. Saint Seiya a ese ser superior que es Kurumada.

Advertencias: ...

Pareja/Personajes: Manigoldo de Cáncer

Acotaciones:

Las especificaciones están en la primera página :D


Cuidando niños

Capítulo III

Tal vez una de las cosas que más lo caracterizaba era no tener lo que comúnmente se conoce como pelos en la lengua, pero varios preferían llamar a esta carencia de tacto por su nombre y tacharlo de descarado y desfachatado y vaya uno a saber cuánta cosa más.

Él, personalmente, prefería el primer término, porque las palabras pomposas y complicadas le venían más al santo de sagitario que a su carismática persona.

A veces sus compañeros de rango no lo pasaban, pero ni por si acaso, justamente a causa de este rasgo que sin querer resultaba pesado y desagradable y no particularmente encantador ni divertido como lo era en el pendejo del quinto templo.

A pesar de ello, pasara lo que pasara, Manigoldo sostenía casi siempre lo que en principio afirmaba y admitiría con creces que JAMÁS, pero JAMÁS, creyó que los mocosos a los que estaba cuidando lo conseguirían.

Ya, pero seamos sinceros, porque es la singular sinceridad de nuestro protagonista la principal motivación de este carril de pensamientos en particular, esa era una manera bastante conveniente de acrecentar las proezas de un montón de bebes que aún se cagaban en los pantalones, considerando que lo que habían conseguido era, de hecho, sobrevivir solamente y, para variar, con una ayudadita por allí y por allá, por lo que no es como que tuviesen tantos, tantos, tantos méritos, qué te crees.

De hecho, Manigoldo estaba seguro que él hubiese podido salir de una situación peor, sin cosmos, con dos extremidades cercenadas, sin armadura y en un enfrentamiento con un dios… Oh. Ooooh. Oh. (Hey, cuidado con eso.)

Ya, ese era un pésimo ejemplo, pero en un ejemplo peor digamos que él no votaría por los niños estos de estar en una especie de entrega de premios a los santos más sobrevivientes de la guerra santa de ese siglo. Ni los aplaudiría siquiera si es que ganaran, cosa que dudaba con creces, pero sonreiría con un tantito de satisfacción al pensar y saberse que en una partecita, gracias a su persona, era que los críos estos estaban vivitos y coleando.

Que después no viniese el viejo a difamarle que no sabía hacer su trabajo, ni comportarse como un caballero, ni blablablá y vaya uno a saber cuánta cosa más para criticarle, porque había cumplido esta excepcionalmente imbécil misión, con creces y aún seguía en pie para afirmar que pasara lo que pasara, continuaba siendo una misión estrafalariamente idiota.

-¿Ya terminaste?-preguntó Albafica con el tono de voz hastiado y harto de una persona que ha pasado demasiado tiempo escuchando a su única y última compañía en la eternidad balbucear estupideces consigo mismo.

-Awww. ¿Es que tienes un compromiso importante pendiente y es imperiosa tu presencia? A que se mueren porque estés allí.

Albafica más que celebrarle el chistecito (Mira que tiene que faltarte y fallarte una para bromear con la mortalidad de esa apabullante manera si acabas de morir, para variar), pasó por completo de su persona y se volvió hasta la aplastante oscuridad que se abalanzaba hacia ellos, dándole la espalda, de paso, al caballero de cáncer.

No es que existiese una verdadera prisa en averiguar qué es lo que les deparaba el más allá de la muerte, pero entre dirigirse a lo desconocido o desperdiciar un instante más escuchando a su compañero despotricar contra la nada, prefería ciertamente lo primero.

-Ya voy. Dioses. Ya voy.

Ni es como que al susodicho particularmente le importara sea lo que sea que su escamoso estimado tuviese para decir, pero cuándo mueres lo que menos quieres, créeme, es que estén dándote la misma soporífera lata que tu maestro solía darle a los vivos, por lo que decidido a dejarlo por la paz es que se incorporó sin recordar exactamente por qué era qué estaba encuclillas para empezar.

-Haz cómo te plazca, pero te recuerdo que aún tenemos cosas de las que encargarnos y camaradas que esperar.

Manigoldo no entendía por qué Albafica siempre, dijese lo que dijese, sonaba así de serio y solemne, pero murmuró un supongo y se encogió de hombros, haciendo un puchero. Es un verdadero fastidio que ni siquiera después de muerto lo dejaran perder el tiempo y divertirse en serio, pero se recordó a si mismo las palabras supuestamente sabias de su maestro y se reprendió mentalmente por no estarse comportante como un caballero en momentos de necesidad.

De la misma manera liviana, ligera y despreocupada en las que sus pasos se desplazaban cuando aún estaba vivo es que siguió con pereza y fastidio al pececito; sin embargo, en el camino, sin estar seguro porqué, es que se detuvo y decidió mirar hacia atrás, hasta dónde está el precipicio de la existencia que, casualmente, es un recoveco estrecho y perpendicular, por lo que si lo que deseas es mirar a los que aún están vivos tienes que tener la flexibilidad de un contorsionista para lograr el cometido.

Nada mal para un montón de mocosos. ¿Eh? Nada mal. Nada mal.

Dio un paso agigantado para alcanzar al pisciano, con una enorme sonrisa tintineándole hasta las orejas y la tranquilidad de que, mal que mal, había hecho un excelente trabajo.

¿Quién diría que ser la niñera de estos críos iba a ser más divertido de lo que creía en un principio?