Bueno después de una larga semana por fin aquí traigo otro nuevo capítulo para este fan fic probablemente uno de los capítulos más largos de los que pueda escribir en esta historia. Aviso que habrá muchos más de este tipo, espero que os divirtáis leyendo tanto como yo me he divertido escribiéndolo aunque me ha costado un poco en algunas partes porque no sabía como hacer las cosas algo más alargadas.

Bueno sin más aquí os lo dejo. No olvidéis que no soy dueño de ninguno de los personajes de ninguna de las sagas de Spyro que nombre en este fanfiction. Yo solo soy dueño de los personajes que yo he creado. Los personajes originales pertenecen a sus respectivos creadores. Con eso claro aquí os lo dejo. Disfrutar y perdonad por el retraso.


En la habitación de invitados de la casa de los Guardianes; una habitación de tamaño medio con dos ventanas en una de sus paredes cuyas cortinas estaban cerradas para aminorar la cantidad de luz que pasaba a través de estas ventanas, pero que todavía era suficiente para iluminar la habitación. Dejando ver unas estanterías llenas de libros a un lado de la habitación y un espejo colgado en la pared al otro lado junto a más estanterías, solo que estas estaban llenas con pergaminos y mapas; dormía en el centro de la habitación, sobre un lecho hecho a base de unas cuantas mantas y almohadas apiladas, un joven dragón de escamas verdes, profundamente dormido desde el día anterior. En la puerta de la habitación Maypa se disponía a salir de allí para dejar tranquilo al joven Ferro. Antes de irse le dio una última mirada y luego cerró la puerta con cuidado.

En el mismo momento en el que la habitación se quedó completamente vacía a excepción de su durmiente ocupante, una luz de tonos verdes apareció al otro lado de una de las ventanas. A pleno día no era fácil distinguirla con la luz del sol pero en cuanto atravesó el cristal y se adentró en la habitación era mucho más visible. Momentos después la luz comenzó a cambiar de forma hasta tomar la forma de un ente espectral con aspecto de dragón con dos brillantes ojos verdes en su cabeza. El dragón espectral, transparente pero visible, era tan grande como los guardianes, lo que sería su aspecto físico daba la apariencia de ser fuerte. Sus alas también eran bastante grandes. Sus cuernos se asemejaban a los del propio Ferro, alargados y ligeramente arqueados hacia abajo, salvo que parecían tener algunas rugosidades e imperfecciones al contrario que los lisos del joven dragón. Su cola era alargada y en lugar de un hueso-sable o una porra con púas lo que poseía era una especie de aguijón similar al de los escorpiones.

El espectro solo se quedó allí, en silencio, observando al joven durmiente, sin decir nada. Después de varios minutos, el observador se acercó al joven y levantó una zarpa, acercándola lentamente a la cabeza de Ferro. Sin embargo, los pasos de alguien acercándose llamaron la atención del ente, que se quedó paralizado momentáneamente, mirando hacia la puerta. Los pasos se acercaron más hasta que la puerta comenzó a ser empujada. El espectro decidió que era mejor no ser visto así que volvió a convertirse en una esfera luminosa y luego se marchó por la ventana justo a tiempo de evitar ser visto por quienquiera que estuviese entrando en la habitación.


Volteer se dirigía a la habitación de Cyril para despertar a su compañero y darle las buenas noticias, seguramente no le gustaría nada ser despertado después de haber pasado solo unas horas después de haberse dormido. Cuando el dragón eléctrico subió al piso superior se cruzó con Maypa en las escaleras y la saludó con unas pocas palabras, unas treinta o por ahí y al subir pasó junto a la habitación de invitados de camino al cuarto del Guardián del Hielo. Al pasar junto a la puerta al otro lado de la cual debería estar el durmiente joven dragón verde, que por lo que había contado Terrador momentos antes, se llamaba Ferro, le llamó la atención un resplandor verde que se veía por debajo de la puerta. Llevado por la curiosidad, el guardián de la electricidad se acercó a la puerta y la empujó para abrirla.

Al hacerlo, echó un vistazo en la habitación solo para ver que la luz desaparecía al otro lado de la ventana, ayudada por la propia luz del día. El anciano dragón solo se quedó un momento mirando y luego miró al dormido ocupante de la habitación antes de retroceder y cerrar la puerta despacio. Decidiendo que sus ojos le habían engañado siguió su camino hasta el cuarto de Cyril. Al llegar, en lugar de llamar a la puerta la empujó hasta abrirla. La puerta tenía el símbolo del hielo y a ambos lados había tapices de color azul. Dentro de la habitación la decoración no era demasiado diferente. Era una habitación cuadrada bastante grande, los tres guardianes podrían estar allí tranquilamente y estar cómodos, e incluso cabrían más en la habitación. Al otro lado de la puerta había tres ventanas que daban luz a la habitación, con cortinas de tela azul celeste y bordados blancos; en las paredes de ambos lados había pequeñas estanterías con libros y mapas por igual en ambas; junto a una de las estanterías había un escritorio con un tintero cerrado y un papel en blanco; en el centro de la habitación había un lecho de paja cubierto por una gran sábana celeste y con varias almohadas por encima. Sobre el lecho roncaba el Guardián del Hielo, durmiendo con su vientre color púrpura hacia el techo y las blancas alas, con el mismo púrpura en sus membranas, extendidas sobre el lecho de modo que casi tocan el suelo. Definitivamente el anciano dragón de hielo de escamas mayormente azules a excepción del vientre y las membranas de las alas estaba disfrutando de su delicioso sueño. A Volteer casi se le hace tentador despertar a su compañero utilizando un poquito de su poder… casi. Si algo no le gustaba demasiado era tener la cabeza congelada en un cubo de hielo. Sin embargo, la idea era demasiado tentadora y merecería tanto la pena…


Se encontraba delante de una gran puerta con dos enormes estatuas de dragones talladas en granito a cada lado de la enorme puerta doble. Impresionado por las esculturas, cuyos ojos tenían un ligero brillo celeste, Ferro decidió detenerse allí y descansar un poco. Poco le había faltado para caer al precipicio desde la segunda plataforma en la que había estado. Después de un largo rato, había recordado las ráfagas de viento que corrían por el barranco y decidió utilizarlas para ayudarse. Desplegó sus alas negras y el viento no tardó en impulsarle con su fuerza, levantándole por encima de la plataforma de modo que Ferro solo tuvo que tirar una vez más, con sus garras clavadas en la tierra de la plataforma al tiempo que volvía a plegar las alas y se encontraría con más de la mitad de su cuerpo sobre esta. Subiendo luego las patas traseras a la plataforma y alejándose del borde para tomar un respiro mientras intentaba recuperar el aliento, su pecho hinchándose y deshinchándose con su respiración para recuperar el aliento. Una vez recuperado, el resto de las plataformas fueron más sencillas, salvo algunas en las que tenía que hacer equilibrios sobre algunas columnas para lograr avanzar. Después de tanto saltito había llegado al otro lado del precipicio y había seguido el camino en muchísimo mejor estado que su continuación en el otro lado. Después de caminar durante algunas horas a través de un bosque, el camino le había llevado hasta esa puerta ante la que ahora estaba parado. Sin embargo, cuando Ferro se propuso seguir avanzando, todo a su alrededor empezó a distorsionarse, haciendo hondas y otros efectos. Momentos después todo se desvaneció en la oscuridad.


Mientras tanto, de vuelta en la casa de los guardianes. Spyro y Cynder tenían que valerse de todas su fuerza de voluntad para mantener un rostro totalmente impasible ante lo que tenían delante de sus ojos. No hablar que incluso Terrador tenía las garras apretadas contra el suelo de piedra del comedor mientras mantenía un rostro tan pétreo como su elemento, no por estar enfadado, no. Por dentro, el guardián de la Tierra no podía hacer otra cosa que estallar una y otra vez en risas viendo a sus dos compañeros.

Momentos antes un ruido les había llamado la atención a todos, seguido de un rugido de enfado y sonidos de pelea. Terrador, Spyro, Cynder y Maypa habían subido al nivel superior para saber qué pasaba. La habitación en la que estaba Ferro seguía cerrada así que siguieron hasta el origen del ruido. Allí encontraron a Volteer y a Cyril revolviéndose por el suelo en una pelea no a muerte, pero tampoco amistosa. Terrador tuvo que meterse en medio de los dos para separarlos y mandar a cada uno a un lado de la habitación solo para ver dos cosas que hacía mucho tiempo que no veía. Por un lado, Cyril, el guardián del Hielo, tenía algunos chispazos eléctricos saltando entre sus cuernos y un ligero tic nervioso que le hacía mover un poco la cabeza de lado al tiempo que su párpado izquierdo pulsaba cada momento. Por el otro lado, Volteer tenía algunas garras congeladas, así como la cola pero el remate de su estado no eran del todo las zonas congeladas de su cuerpo, sino que toda su cabeza estaba atrapada dentro de un gran bloque de hielo sólido. Al ver eso los tres jóvenes que habían ido a ver qué estaba pasando tuvieron que llevarse una pata a los morros para evitar reírse de sus mayores e intentar mostrarles algo de respeto. Terrador por su parte solo se dio en la cara con una zarpa, cerrando los ojos al tiempo que intentaba dejar de sonreír.

-B-bueno. Y-yo creo que me voy a casa. Volveré más tarde para seguir entrenando, Maestro Cyril. –dijo intentando aguantarse el ataque de risa que le estaba viniendo mientras se iba.

Sin embargo, al salir de la casa no pudo evitar estallar en risas mientras caminaba hacia la entrada del jardín.

En aquellos momentos, Terrador había conseguido recuperar un semblante serio pero estaba peleando contra su impulso de reírse a carcajadas.

-Valla. Yo diría que "Frosty Head" no tiene buen despertar cuando no ha dormido sus horas. –comentó Sparx echándose a reír después sin siquiera molestarse en fingir que quería intentar aguantarse.

Ese comentario definitivamente no ayudaba a ninguno de los tres que no habían resultado afectados por la pequeña escaramuza a aguantarse y mucho menos reducía lo embarazoso del momento para los dos que se habían peleado momentos antes. Después de varios minutos, por fin Terrador volvió a hablar.

-Soy capaz de entender una broma como el que más. Pero en serio, ahora mismo parecéis unos cachorros irresponsables. –dijo Terrador consiguiendo de nuevo un ambiente serio, en la medida de lo posible.

-¡Oh, vamos! ¡No es culpa mía! –dijo Cyril adelantándose un paso- Si Volteer no hubiese intentando electrocutarme… -el sonido de una chispa eléctrica y del hielo al romperse y caer al suelo interrumpió al Guardián del Hielo.

-¡Hey! Intenté despertarte por las bunas varias veces. –dijo el dragón eléctrico poniéndose a la altura de su compañero y mirándole a la cara con el ceño fruncido.

De inmediato los dos empezaron a discutir empujándose la cabeza el uno al otro. Los ojos les temblaban literalmente mientras mantenían el contacto visual entre ellos mientras discutían.

Pasado un momento, Cyril y Volteer apartaron la vista el uno del otro, mirando hacia la pared contraria, sin querer dirigirse la mirada entre ellos ni dirigirse la palabra.

-Daros prisa en disculparos, por favor. –pidió Terrador.

-Terrador. Por favor dile a Volteer que no le pienso dirigir la palabra. –dijo Cyril sin girar la cabeza hacia el anciano dragón verde.

"Perfecto y ahora empezamos a meter intermediarios." Pensó el Guardián de la Tierra sacudiendo la cabeza pero sin pasar el mensaje. No pensaba entrar en su juego ni un segundo.

-Bueno, a ver. Somos todos amigos, ¿no? –dijo de pronto Sparx- ¿Por qué no nos dejamos de pelearnos por una inocentada y seguimos disfrutando de este tranquilo día? –concluyó Sparx.

-Por una vez, estoy de acuerdo con Sparx. –dijo Cynder asintiendo.

Cyril y Volteer se habían girado hacia la libélula al oír sus palabras, no era normal en él mostrar ese lado maduro. Después miraron a Cynder y luego se miraron el uno al otro de nuevo, en silencio durante un rato.

-Valla una mirada fija y silenciosa. ¡Espera…! ¿No os iréis a besar? –preguntó Sparx, ganándose una mirada asesina de los dos aludidos.

Y con esas palabras el autocontrol de Terrador, Spyro y Cynder se fue a la más remota porra después de todo lo que había dicho el pequeño insecto brillante. Los primeros en estallar a reír siendo los dos jóvenes y el último Terrador que había intentado aguantarse pero los espasmos de su pecho delataban que el comentario le había parecido de lo más gracioso.

Pasado un momento, tanto Cyril como Volteer salieron de la habitación sin decir ni una sola palabra y cerraron con un golpe, silenciando a todos. Cyril se había ido en completo silencio mientras Volteer había soltado un gruñido claramente enfadado.

-¿He dicho algo malo? –preguntó Sparx confundido ante el repentino cambio de humor después de que hubiese conseguido que los dos considerasen disculparse.

Nadie respondió a esa pregunta.

-De cualquier manera, Sparx. Creo que vas a tener que mantenerte a una ciudad de distancia de Volteer y Cyril durante el resto del día. –dijo Cynder.

-Cierto y me aseguraré también de estar lejos de ti, Terrorífica. –respondió él volviendo a su actual modo de "meterse con Cynder trayendo el pasado de vuelta".

-Bueno al menos yo no soy comida de Hierbirranas. –replicó ella.

Sparx fue a responder pero solo se quedó con la boca abierta sin ocurrírsele nada mientras la señalaba.

-Ab… eh… ¡A callar, Cynder! –murmuró cruzando los brazos y aterrizando entre los cuernos de Spyro en una posición de sentado y con el ceño fruncido.

El dragón púrpura no había dicho nada en todo el rato, solo había estado allí disfrutando del momento. No todos los días se ve como dos adultos se llevan una buena bronca como si fuesen cachorros, mucho menos los propios Guardianes.

-Bueno. ¿Os apetece ir a dar un paseo por la ciudad? –preguntó Spyro de pronto- Tal vez nos puedas hacer de guía Sparx ya que has estado aquí más tiempo que nosotros y no sabemos dónde vive Maypa para pedírselo. –le dijo el púrpura a su hermano adoptivo.

-¿O sea que soy la última opción? –preguntó la libélula poniéndose delante de los ojos de Spyro fingiendo estar herido.

-No es eso. –respondió el púrpura siguiéndole el juego a Sparx, sabía que le gustaba que le prestasen atención seria de vez en cuando aunque fuese de ese modo- Solo es que ya que creo que ella ha vivido aquí podría enseñarnos más cosas interesantes. –explicó después y luego terminó.

-Por mí está bien. –dijo Cynder con una ligera sonrisa, queriendo conocer la ciudad en la que iba a vivir a partir de ese día.

Sin perder más tiempo, los tres salieron del comedor y de la casa para luego alzar el vuelo desde el jardín e irse a explorar.


Una vez más en la habitación de invitados de la casa había movimiento. Ferro por fin había despertado de su largo sueño. El dragón verde se encontraba en ese momento perdido mientras miraba la habitación en la que se encontraba. Después de eso se miró a sí mismo buscando alguna herida. En su piel había algunos cortes ya curados y nada más grave de eso. Con un suspiro, Ferro se levantó del lecho en el que dormía y se acercó a la puerta. Al empujarla no podía abrirla así que decidió tirar y ahora sí se abrió. Una vez la puerta abierta, Ferro salió al pasillo, solo para meterse de nuevo en la habitación para dejar pasar a un dragón de escamas azules del mismo tamaño que Terrador. Más que nada no quería meterse en su camino, no parecía tener intención de parar o de hacerse a un lado y además, después de todo, Ferro sabía que esa no era su casa, tal vez fuese la de ese dragón.

Al verle, Cyril se fijó en el joven de escamas verdes y detuvo su andar antes incluso de llegar a la puerta de la habitación y luego avanzó hasta asomarse por la puerta.

-¿Puedo saber quién eres? –preguntó el anciano dragón con tono tranquilo, pero duro.

-Me llamo Ferro, señor. –respondió el joven con la voz sonando ligeramente nerviosa pero al mismo tiempo inclinando respetuosamente la cabeza.

Su lenguaje corporal contrastaba con su voz de forma radical. Su cuerpo no mostraba signos de nerviosismo alguno.

-Y ¿me podrías decir qué estás haciendo aquí? –preguntó luego el Guardián del Hielo.

-B-bueno… He despertado aquí. –respondió el joven.

Cyril entró en la habitación y empezó a presionar al joven con solo acercarse a él y obligándole a retroceder hasta la pared. Ferro, queriendo mantener el espacio retrocedió hasta dar con la pared. Su rostro era ilegible, pero sus acciones eran claras y estaba nervioso, si no asustado. El Guardián del hielo tenía sus ojos fijos en él.

-¿De dónde eres? –preguntó el Guardián de hielo sin ceder espacio al joven.

-De muy lejos. –respondió Ferro tras un momento de silencio- Preferiría no hablar de ese tema… -dijo luego con tono pesado.

Cyril pudo notarlo pero aun así insistió.

-Lo siento, pero vamos a profundizar un poco más. Otra vez: ¿de dónde eres? –volvió a preguntar el anciano dragón.

Ferro guardó silencio, mirando hacia otro lado, lo cual solo le llevó a tener una zarpa de escamas azules sujetándole del cuello contra la pared con fuerza.

-Responde. –ordenó el anciano guardián del hielo.

-Si no soy bienvenido aquí, simplemente me iré. No quiero causar problemas. –dijo de pronto el joven verde, queriendo escapar del tema y sujetando la gran zarpa del mayor con las suyas.

Ante esas palabras, el agarre de Cyril cedió lo suficiente para que Ferro cayese al suelo. Una vez liberado del agarre del mayor. Ferro se sentó, frotándose ligeramente el cuello con una zarpa y esperó. Sin decir nada y, con una expresión seria, Cyril le dejó salir de la habitación, acompañándole luego a la entrada de la casa.

Una vez fuera, Ferro salió del jardín de la casa y luego miró por todas partes y luego soltó un suspiro. "En menudo lío me he metido. Todo por no querer causar problemas." Pensó el joven para luego ponerse en marcha siguiendo una calle al azar de todas las que había por allí. Ferro caminó por las calles, admirando la arquitectura de la ciudad y disfrutando de las vistas además de sorprendido por la variedad de especies que habitaban la ciudad. Se cruzó con cheetahs, topos y dragones por todas partes y respondía a los saludos que le daban. Aunque no podía evitar preguntarse qué era cada puerta junto a la que pasaba. Las cerradas le hacían pensar que serían puertas a los edificios y las abiertas o bien podrían ser algunos lugares para comer debido al olor de comida que le daba o algunos lugares para comprar. No estaba seguro.

Después de mucho caminar le llegó el sonido de alguien llorando. El sonido era tan bajo que el que lo hubiese oído entre el bullicio de las calles le hizo pensar que su mente le había jugado una mala pasada mientras seguía el sonido. Después de evitar a unos cuantos durante un poco de camino llegó hasta una calle vacía. Conforme se adentró en esta, el bullicio de las calles llenas se iba silenciando y el llanto se hacía más audible. Hasta que Ferro llegó a un pequeño recoveco entre dos edificios, dentro del cual encontró un pequeño dragón de escamas rojas. El pequeño estaba llorando.

-Hey, peque. ¿Qué haces ahí? –preguntó Ferro utilizando un tono cálido y tranquilizador.

Al oírle, le pequeño dragoncito levantó la cabeza para mirarle. En sus ojos había miedo y además de eso, tenía la pata delantera izquierda levantada y Ferro pudo ver que el pequeño tenía un corte muy feo en esa pata.

-¿Qué te ha pasado? Cachorro. –preguntó luego con tono preocupado.

Sus totalmente negros ojos no ayudaban mucho en lo que a ganarse la confianza de un cachorro se refería. Sin embargo su tono preocupado conseguía que el cachorrito no saliese huyendo.

-Tranquilo. No voy a hacerte daño. Me llamo Ferro. ¿Cuál es tu nombre? –preguntó mostrando una pequeña sonrisa en su rostro e intentando ofrecer una expresión cálida al cachorro.

El peque solo se quedó callado un momento, seguramente debatiéndose si debería, ya de por sí, hablar con un desconocido. Un momento después el cachorro salió de su escondite y se acercó a Ferro, cojeando de la pata herida. En ese momento Ferro se pudo fijar que el vientre y las alas del cachorro eran de un color blanco. Sus ojos eran de un azul cielo brillante.

-M-me llamo Piro, señor y… me separé de mi mamá hace unas horas en el mercado. Estaba yendo a casa pero me perdí en las calles. –contó el pequeño apretándose contra la pata delantera derecha de Ferro, quien se sentó mientras escuchaba.

-Tranquilo, te ayudaré a llegar a casa, pero primero tengo que llevarte a que te miren esa herida. –le dijo cubriéndole un poco con las alas en un intento de que el peque se sintiese protegido- ¿Qué te ha pasado? –preguntó luego.

-Me atacó una rata y me mordió la pata cuando pasaba por un callejón intentando volver al mercado. –respondió el pequeño.

-Bueno. Vamos a llevarte a que te curen esa pata. –dijo Ferro sonriendo y luego cogió suavemente al pequeño dragón rojo con la boca y lo colocó sobre su lomo con mucho cuidado.

Una vez con el pequeñajo encima suyo, Ferro comenzó de nuevo a moverse por las calles vacías para evitar tener que ir evitando chocar con los demás, lo cual evitaría en gran medida que el pequeño dragoncito se cayese de su lomo.

-Usted es bastante cálido, señor. –dijo el pequeñajo acomodándose sobre el lomo de Ferro, algo más confiado.

-Gracias. –respondió el aludido soltando una pequeña risilla mientras se giraba hacia el peque- Pero por favor, llámame Ferro.

-Vale, Ferro. –respondió el pequeño.

Después de eso, Ferro continuó caminando tranquilo por las calles.

Cuando ya habían pasado algunos minutos, una puerta se abrió en el lado derecho de la calle en la que se encontraban y de ella salió una dragona azul.

-¿Ferro? –preguntó la dragona, haciendo que Ferro la mirase.

-Um. Hola… tú eras Maypa, ¿verdad? –preguntó el de escamas verdes al verla.

-Sí. Veo que me recuerdas. –dijo ella mostrando una sonrisa y luego se fijó en el pequeño cachorro- Piro ¿qué te ha pasado? ¿Por qué no estás con tu mamá? –preguntó ella preocupada y acercándose a él, viéndole la herida de la pata.

El pequeño solo bajó la cabeza algo triste.

-Me ha dicho que se separó de su madre en el mercado y se perdió de camino a casa. Además de eso me dijo que le atacó una rata. –respondió Ferro por él con tono tranquilo.

-Y ¿te pidió que le llevases al hospital? –dijo Maypa mirándole.

-No. Me ofrecí yo. Él no se atrevía a hablarme al principio. –respondió el joven verde.

-Bueno, entonces te acompañaré. Como eres nuevo en la ciudad no creo que sepas dónde está el hospital. Además así luego puedo llevarte a su casa. –dijo Maypa sonriendo- Espero que el Maestro Cyril lo entienda cuando se lo explique.

-Gracias, Maypa. –dijo Ferro mirándola con una sonrisa en el rostro y dejándola guiar el camino.

Ella solo le devolvió la sonrisa y empezó a caminar.

Después de caminar durante algunos minutos, llegaron a un edificio de tres niveles. El edificio parecía hecho de granito y tenía relieves por la fachada. Ferro se quedó mirándolos un momento, viendo que esos relieves mostraban a algunos dragones ayudando a otros de varias maneras.

-Hey. Vamos dentro. –dijo Maypa sacándole de su maravillada observación de los relieves del lugar.

Dentro las paredes, el suelo y el techo parecían de mármol pulido. Había tapices blancos en las paredes y también había varias cortinas blancas que no dejaban ver lo que pasaba cerca de las paredes. En el centro había una gran hoguera que proporcionaba luz a la zona central de esa sala. En cada habitación delimitada por las cortinas se podía ver una ventana con dos antorchas, una a cada lado, las antorchas estaban apagadas ya que la luz que entraba por las ventanas era suficiente. En el centro había dragones y cheetahs esperando, algunos de los presentes parecían tranquilos, otros estaban nerviosos y luego estaban los cachorros, corriendo de un lado a otro jugando para pasar el rato y matar el aburrimiento hasta que sus madres o padres les echaban la bronca y les hacían estarse quietos junto a ellos.

-Esperad aquí. –dijo Maypa y luego se acercó hacia un dragón de escamas verde lima y vientre amarillo y alas de color terroso.

El dragón tenía un aspecto fuerte y robusto. Sus cuernos salían de la parte superior de su cabeza y luego se giraban apuntando hacia adelante, siguiendo un patrón similar a los cuernos de Dark. En su cola poseía un hueso-sable roto por la zona de la mitad que se curvaba de forma que si hubiese estado completa, formaría un creciente de luna. A lo largo de su espina desde su cabeza el dragón presentaba una cresta de pliegues igualita a la de Spyro, salvo porque sus pliegues eran de color terroso en lugar de dorado. Después de un momento, el dragón miró hacia donde estaba él y Ferro pudo ver que sus ojos eran de un color rojo rubí. Tras un poco, Maypa y el dragón se acercaron.

-Este chico es Ferro, Doctor Grell, él encontró a Piro y lo ha cuidado mientras lo traíamos. –presentó Maypa con una sonrisa- Ferro, este es el Doctor Grell, se encargará de la herida de Piro.

-Pero no quiero moverme de aquí. Se está muy calentito. –protestó el pequeño Piro sin querer bajarse del lomo de Ferro.

-Ea. Ea. No seas así ¿vale? –le dijo Ferro girándose para verle- Venga, ve con el doctor y luego te volveré a coger e iremos a dar una vuelta, ¿trato? –dijo Ferro sonriendo y mirándole.

Al principio parecía que Piro iba a negarse, pero al final solo dijo:

-Solo si tú vienes conmigo, Ferro. Me da miedo estar solo con el curandero. –dijo bajando un poco la cabeza al ver a Grell.

Ferro no pudo reprimir una risilla entre dientes, esto le traía recuerdos.

-De acuerdo, peque. Si el doctor me deja pasar. –respondió Ferro mirando luego al dragón mayor.

El doctor solo hizo una seña con su ala para que le siguieran y luego les guio hasta una de las cortinas y, una vez estuvieron los tres jóvenes dentro y que Grell no puso pegas a que Maypa también estuviese con ellos, el doctor se puso a hacer su trabajo.

Grell cerró la cortina, dejando a todos en una tranquila intimidad.

-Bien, deja a Piro sobre la mesa, por favor. –dijo el doctor mientras cogía una jeringuilla y la llenaba de desinfectante.

Ferro hizo lo que se le había pedido, pero Priro al ver la jeringuilla se puso nervioso y empezó a temblar, pegándose a Ferro, que estaba pegado a la mesa de piedra donde le había dejado.

-Tranquilo. Tranquilo. Eso no es para ti. –le dijo Ferro acariciándole suavemente con el morro.

Mientras tanto, Grell cogió unas gasas con dos de sus garras de su pata delantera izquierday vació la jeringuilla sobre las gasas, empapándolas en desinfectante. Cuando soltó la jeringuilla, Piro preció relajarse un poco y se separó de Ferro.

-Acércate, Piro. Voy a limpiarte esa herida. –le pidió Grell con una sonrisa tranquilizadora- No te preocupes, no te hará daño. Solo escocerá un poquito. –dijo acercándose a la mesa y bajando la gasa hasta la herida y apoyándola suavemente sobre esta.

De inmediato, la gasa se manchó de sangre y el desinfectante mojó la herida, causando la formación de un poco de espuma blanca en la herida y que esta empezase a quemarle a Piro.

Ferro fue rápido y, antes de que Piro pudiese retroceder, él ya tenía una pata sobre la espalda del pequeño, que solo le miró un momento con cara de dolor.

-Tranquilo. Eres un dragón fuerte, ¿no? Puedes aguantar eso. –le dijo con tono tranquilo y al mismo tiempo dándole ánimos.

Piro se quedó mirándole y su rostro mostró una sonrisa para luego asentir firmemente con la cabeza. Ferro solo sonrió y luego miró hacia Grell, que le miraba sorprendido pero luego reanudó su trabajo, limpiando la herida con cuidado. Esta vez, Piro no se apartó y aunque intentó evitar ponerse a lloriquear no pudo evitar quejarse un poquito, pero se mantuvo quieto, dejando que el doctor hiciese lo que tenía que hacer.

-Muy bien, Piro. Ya casi hemos terminado. –dijo el doctor tirando las gasas manchadas de sangre a un incinerador situado en la pared.

Después de eso limpió sus garras y cogió con las mismas otras gasas sobre las que luego vertió un líquido de un color canelo oscuro en cuyos bordes del líquido la medicina manchaba el blanco de las gasas de amarillo. Grell pasó las gasas por la herida del pequeñajo, dejando un rastro de medicina por todo el corte. En cuanto terminó dejó la gasa estirada sobre la herida.

-Lo estás haciendo muy bien, Piro. Ahora no te muevas. –dijo el doctor sonriendo y se apartó para coger una venda pequeña con la que luego cubrió la herida del pequeñín, atando la venda al terminar de vendar bien la herida- Listo. Lo has hecho muy bien. Como un dragón mayor. –le dijo el médico al pequeñajo con una sonrisa.

Piro durante todo el rato se había estado aguantando. La medicina que le había puesto el doctor le picaba pero se quedó quieto, queriendo demostrarle a su nuevo amigo Ferro que era un dragón mayor y que podía aguantar eso. Cuando Grell terminó él se miró la pata. Se sentía mucho mejor e incluso podía volver a caminar con la pata recibiendo solo un poco de dolor y picazón pero nada que no le dejase caminar tranquilamente. Después de verse la pata Piro miró hacia Ferro con una sonrisa y algunas lagrimillas en los ojos.

-¿Ves? He aguantado. –dijo orgulloso.

-Lo has hecho muy bien. –le dijo Ferro sonriéndole y acariciándole la cabeza con el morro apartando la pata de su espalda.

-Tienes buena zarpa con los cachorros, joven Ferro. –le dijo Grell mientras recogía las cosas y limpiaba las pinzas.

-Bueno… tengo algo de experiencia. –dijo Ferro sin mirar al doctor pero manteniendo la sonrisa en su rostro mientras su mirada parecía perderse de alguna manera en algo frente a él.

-Bueno. ¿Nos vamos? –preguntó Maypa sonriendo cálidamente al acercarse a ellos.

-Claro, todavía tenemos que llevar a este pequeñín a su casa. –respondió Ferro.

Sin decir nada más, Piro se subió al lomo de Ferro y se acurrucó ligeramente.

-Calentito. –fue lo único que dijo mientras parecía querer pegarse a las verdes escamas del joven verde a lo que este solo sonrió.

Por otra parte, Grell se extrañó un poco, por lo que decidió inspeccionar a Ferro. Con su permiso, Grell le puso una pata sobre el lomo, detrás de dónde estaba situado Piro. Pasado un momento el doctor apartó la zarpa.

-Es raro. No pareces un dragón con el elemento fuego. Sin embargo tu temperatura corporal es ligeramente más alta que la de ellos. ¿Estás seguro de que te encuentras bien? –preguntó.

-Sí, doctor. Estoy perfectamente. –respondió Ferro asintiendo con firmeza.

-Bueno. La próxima vez que vengas te haré un chequeo completo para tener una referencia tuya. Dado que eres nuevo te recomiendo que no tardes mucho en volver. Cuanto antes te quites este papeleo, mejor.

Con esas palabras el doctor los dejó marcharse. Ferro parecía incómodo por lo dicho por el doctor pero no tardó demasiado en apartarlo de su cabeza por el momento, además de que para Maypa no fue fácil descubrir esa incomodidad, de no ser por la prisa que presentó Ferro por salir de ese lugar. Era un asunto delicado que Ferro prefería tratar luego… o nunca.

Cuando por fin volvieron a las calles estuvieron en silencio durante un largo rato. Un silencio que se hacía incómodo ya que nadie sabía cómo romperlo, hasta que Ferro habló.

-Bueno Piro. ¿Dónde vives? –preguntó Ferro con tono calmado de nuevo.

-Vivo cerca del muro al oeste del mercado. –dijo el pequeño con alegría- Pero no soy muy bueno con las direcciones así que creo que por eso me perdí. –dijo luego con la voz caída.

-Ea. Ea. No pasa nada. Cualquiera puede perderse de vez en cuando. En donde yo vivía me perdía muchas veces y al final tenía que preguntar a alguien por direcciones. –le dijo Ferro con tranquilidad.

-¿De verdad? –soltó Piro- Debiste de estar asustado.

-Cuando era un cachorro sí, me asustaba fácilmente. Pero a base de perderme aprendí el camino a casa y a mantener la calma cuando me pasaba. –respondió el verde con tono divertido.

-¿Eras un cachorro travieso, Ferro? –preguntó Maypa, repentinamente interesada.

Ferro solo rio ligeramente, deteniéndose un momento antes de seguir andando.

-Ah. De cachorro era un inquieto. Siempre de aquí para allá sin parar hasta que el cansancio me podía. –dijo con un tono nostálgico.

-Vamos, no eres tan mayor. –le dijo Maypa al notar el tono de su amigo- Tendrás mi misma edad y yo tengo veinticinco. –dijo ella- Tú entre veintidós y veinticuatro. –comentó luego.

-Hey, eso no me deja mucho margen. –dijo Ferro fingiendo un tono ofendido pero luego se puso a reír con ella.

-Yo tengo cuatro años. –dijo Piro, claramente desesperado por unirse a la conversación.

-Valla eres todo un campeón grande y fuerte, Piro. –le dijo Ferro girándose para mirarle y todavía con esa sonrisa calmada y cálida en su rostro de escamas verdes.

-Lo sé. Soy un dragón grande y fuerte. –dijo soltando un rugido de cachorro después de decir eso.

Ferro continuó hablando y jugueteando con el pequeño Piro mientras Maypa se le quedaba mirando y guiándole bien por el camino hacia la casa del pequeño dragón. La dragona de hielo se quedó mirando como Ferro se comportaba como todo un hermano mayor con el pequeño Piro, jugando con él manteniéndole alegre y reconfortándole un par de veces que el pequeño se calló de su lomo, diciéndole él podía aguantarlo y levantarse. En lugar de cogerle como lo haría cualquier otro, Ferro le animaba a levantarse y escalar por su cuerpo hasta que volviese a alcanzar el sitio que tanto le gustaba. Sobraba decir que a Piro le encantaba tanto hacer eso que al final se encontró saltando por su propia voluntad al suelo desde el lomo de Ferro solo para poder volver a escalarle mientras se divertía. Ciertamente era una monada.

Pasadas unas horas llegaron por fin al mercado de la ciudad. Era bien entrada la tarde y el lugar estaba bastante concurrido con muchos seres de las tres razas que habitan la ciudad. Ferro tuvo que detener el pequeño juego de Piro y decirle que se agarrase bien para que no volviese a perderse mientras caminaban entre la multitud. Por otra parte, Maypa, en un intento de no separarse de Ferro se pegó a él hasta el punto de que estaban caminando hombro con hombro y ella podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. Era más parecido al calor de una roca caliente que al de cualquier otro dragón, pero ella no le prestó atención a eso. Después de evitar a mucha gente lograron salir del mercado por la zona oeste y Maypa lideró el camino de nuevo hasta la casa de Piro con Ferro cerca para no perderse él tampoco. Después de una larga caminata por fin llegaron a la casa de Piro. Desde fuera se podía ver que el edificio era de granito, con decoraciones talladas. Comparado con otros que había visto durante el camino se atrevería a juzgar que este edificio era para alguien con una riqueza económica media. Un solo nivel y muchas ventanas por toda la casa. Las esquinas estaban decoradas con columnas de arenisca. No había muchos relieves en la fachada y en la entrada del jardín se podía ver un pequeño pilar de piedra con una placa de hormigón con el nombre de los propietarios de la casa. En ella se podían leer los nombres: "Stormy" y "Trueno" bajo la palabra "Propietarios" y luego tras una línea tallada a lo largo de la placa se podía ver otra palabra: "Familia" y de nuevo se repetían los nombres de arriba pero además de estos, habían otros tres más: "Ember", "Flame" y "Piro".

-Supongo que es aquí. –dijo Ferro.

-¡Sí! ¡Por fin en casa! –gritó el pequeño dragón rojo deslizándose por la cola de Ferro hasta el suelo y entrando en el jardín- ¡Flame! ¡Ember! –llamó el pequeño a gritos con todas sus fuerzas.

Pasado un poco dos dragones aparecieron en una de las ventanas de la casa, uno de ellos era rojo con vientre, alas y cuernos amarillos. A simple vista era muy similar a Spyro, pero Ferro pudo notar algunas diferencias, para empezar por las no tan obvias, en su rostro, no tenía cicatrices y mostraba mucha inocencia, no tanta como la de Piro, pero sí la suficiente como para saber que ha participado en pocas peleas. Otra era que su cuerpo era menos robusto y parecía mucho menos duro, tal vez por poco entrenamiento, sus cuernos sí se asemejaban bastante a los de Spyro y entre ellos tenía una larga cresta al estilo mohicano que le llegaba hasta la base de la nuca. A su lado, una dragona de escamas rosadas, vientre amarillo pálido, cuernos de tonos dorados que le salen de la cabeza y luego se giran ligeramente el uno hacia el otro antes de curvarse y acabar en punta apuntando hacia los lados, alas de un tono rosado más intenso, cercano al fucsia y con una pequeña cresta a lo largo de su cabeza hasta la base de la nuca y unos pliegues a la altura de sus caderas en el centro de su espalda, ambas crestas de tonos púrpura. Al cuello llevaba una especie de collar de oro con un colgante con forma de corazón dentro del cual estaba engarzado un rubí con forma de corazón. Desde fuera y viéndoles a través de la ventana, Ferro no podía verlos por completo. Sin embargo, no tuvo que esperar mucho ya que, al ver al pequeño Piro, los dos dragones de dentro de la casa corrieron a la puerta de madera de la entrada y salieron al jardín.

Sin perder un momento la dragona rosada corrió junto a Piro y lo abrazó apretadamente, como si se le fuese a escapar al soltarle.

-Piro. ¿Dónde has estado? Mamá está muy preocupada, ha salido a buscarte. –dijo ella sin poder contener las lágrimas en sus ojos, lágrimas de alegría.

-Estoy bien, Ember. Gracias a Ferro y a Maypa. –dijo Piro saliendo de su abrazo y señalando a los nombrados con un ala.

La dragona rosada, cuyo nombre se había descubierto como el de Ember, miró hacia ellos, sonriéndole a Maypa, claramente la conocía y luego se fijó en Ferro, mirándole fijamente de arriba abajo.

-Muchas gracias, señor. –dijo ella tras un momento de silencio con una voz alegre y ligeramente aguda.

-No hay por qué darlas. Pero podéis llamarme Ferro, no tenéis que ser tan corteses conmigo. –dijo Ferro sonriendo.

Ahora que los veía mejor se había dado cuenta de que ambos rondarían la misma edad que Spyro y Cynder y ahora que estaban a la vista, Ferro pudo verles completamente. La cola del que debería ser Flame terminaba en un hueso sable muy similar al de Spyro y ahora que se fijaba, tal vez el rojo era un año más joven que el púrpura. Por otra parte, la cola de Ember terminaba en una pequeña porra con forma de corazón de un tono rosa oscuro.

-Gracias, Ferro. Por cuidar de nuestro hermanito. –dijo Flame, su voz también estaba calmada pero por como habían reaccionado al ver a su hermano pequeño estaba claro que habían estado enfermos de preocupación.

-En serio, no ha sido nada. No podía dejarle allí después de oírle. No, lo juro, ni siquiera hubiese podido dormir. –dijo Ferro sonriendo y sacudiendo la cabeza sin querer pensar en las consecuencias de haber dejado al pequeño a su suerte.

Solo la simple idea de haberle dejado le hacía sentir incómodo y odiarse a sí mismo.

-Bueno. Menos mal que no eres de los que dejan a un cachorro a su suerte si lo encuentran perdido. –dijo Maypa de pronto, logrando romper esos pensamientos de Ferro, logrando que este la mirase.

Antes de que pudiese decir nada, Ferro sintió algo en su pata delantera derecha. Al mirar, vio al pequeño Piro escalando su pata hasta llegar a su lomo y luego escalando por su cuello hasta su cabeza, tumbándose entre sus cuernos.

-Va. Ferro. Quédate a jugar. ¿Sí? –pidió el peque sonriendo mirándole boca abajo al estar encima de él con una mirada suplicante de ojitos de cachorro, grandes y brillantes.

¿Cómo puede alguien decirle que no a esos ojillos de cachorrillo suplicante? Es una misión imposible.

-Vale. Pero quédate quieto. –dijo Ferro mientras bajaba despacio la cabeza hasta llegar casi al suelo para luego levantarla con fuerza, lanzando al peque por los aire y haciéndole soltar un pequeño gritito de sorpresa. Ferro se sentó sobre los cuartos traseros y esperó hasta que Piro empezó a caer antes de levantarse sobre las patas traseras y sujetar al pequeño dragoncito entre sus patas delanteras, volviendo a sentarse y equilibrándose con las alas y la cola para no perder su equilibrio y evitar caer al suelo.

Durante un momento, Piro no dijo nada. Solo respiró rápido, recuperándose de la sensación.

-Eso… ha sido… ¡alucinante! –gritó el pequeño.

La adrenalina le había metido en una pequeña excitación y estaba nervioso y ansioso al mismo tiempo.

-¡Otra vez! Va. Ferro. ¡Lánzame de nuevo! –pidió el pequeño sonriendo excitado intentando escalar de nuevo hasta su cabeza.

-Me temo que no, Piro. –le dijo el verde- Es peligroso y no voy a arriesgarme de nuevo a que te hagas más daño. –dijo con una mirada seria y firme.

-¡Jo! –soltó el pequeñín, inflando los carrillos.

-Pero si quieres puedo jugar contigo a otra cosa. –le dijo volviendo a sonreírle y dejándole en el suelo con cuidado.

Las horas pasaron mientras Ferro jugaba con Piro. Poco a poco, el pequeñín consiguió hacer que sus hermanos se uniesen al juego y entre los tres se pusieron a intentar derribar a Ferro, quien se dejaba derribar solo por hacerles el gusto mientras todos reían, pero de vez en cuando también ponía un poquito de resistencia para que les costase más derribarle y tuviesen que realizar un golpe más fuerte del normal para intentar derribarle. Maypa por su parte se había tumbado en el jardín viendo a Ferro jugar tranquilamente con el cachorro y los otros dos. Después del paso de las horas, Piro estaba cansado y se había quedado dormido pegado a Ferro, quien no dijo nada, solo se quedó tumbado, rodeándole con su cuerpo, ofreciéndole protección. Flame y Ember no tardaron en descubrir porqué su hermanito pequeño no quería separarse de él. Su cuerpo desprendía un agradable calor y casi se quedaron dormidos cuando Maypa se levantó, sacando a todos de sus vigilias previas al sueño. Momentos después una dragona de escamas de color aguamarina y vientre verde lima aterrizó en el jardín. Su cuerpo era esbelto cuanto menos, pero fuerte al mismo tiempo. Sus alas eran grandes, de membranas blancas y sus espolones de color blanco parecían garfios. Sus ojos eran del mismo verde lima que su vientre. A lo largo de su espinazo crecía una hilera de púas retráctiles que estaban tensas seguramente por la preocupación que era visible en su rostro de rasgos finos y alargados. Sobre los ojos le crecían unas pequeñas púas a modo de cejas de color oscuro. Sus cuernos salían de su cabeza hacia atrás y seguían el mismo patrón serpentino que el de Maypa, solo que eran de color negro. Sus garras eran curvadas y blancas y en su cola tenía un hueso-sable con forma de cuchilla recta afilada por ambos lados.

-Buenas tardes, Stormy. –saludó Maypa.

-Hola Maypa. –respondió la mayor con tranquilidad pero su mirada estaba directamente sobre Ferro, quien había levantado la cabeza al oírla llegar.

Ante la acuchilladora mirada que le estaba ofreciendo la dragona, Ferro decidió levantarse y apartarse de los tres dragones que estaban junto a él. Flame y Ember le miraron, viendo una expresión tranquila en su rostro. Piro por otra parte, se removió antes de despertar ante la ausencia del calorcito que le había ayudado a dormir.

Poco a poco, el pequeñajo abrió los ojos y levantó la cabeza, bostezando luego antes de mirar a su madre. Al verla se levantó sonriendo y corrió hacia ella.

-¡Mami! –soltó el pequeñín abrazándose a la pata delantera de su madre, quien bajó la cabeza para frotarla por su cuerpo.

-¡Oh! Piro. Estaba preocupada. –dijo ella con la voz rota por el llanto de felicidad que no pudo reprimir.

-Estoy bien, mamá. Gracias a Ferro y a Maypa. –respondió él y explicó todo lo que había pasado y, sinceramente, era toda una aventurita para un pequeñín como ese y no tuvo miedo de contar todo con gran entusiasmo.

Cuando el pequeño Piro hubo terminado de contarlo todo su madre estaba tumbada en el suelo a su alrededor y cuando el peque por fin se relajó ella miró hacia Ferro.

-Muchas gracias joven por tu ayuda. ¿Cómo podría pagarte tu amabilidad? -preguntó ella calmada y sonriente, toda preocupación había desaparecido de su rostro y su mirada se mostraba ahora cálida y agradable, sin contar que sus espinas se habían relajado y estaban retraídas sobre su cuerpo.

-No es necesario. Me basta con saber que el pequeño Piro está sano y salvo de vuelta en casa. –dijo él arqueando la cabeza ligeramente en señal de agradecimiento y respeto.

-Bueno. Ahora tenemos que regresar a casa de los Guardianes. Creo que el Maestro Cyril ya ha esperado bastante y debe de estar empezando a impacientarse. –dijo Maypa.

-¡Jo! Yo quiero jugar más con Ferro. –dijo Piro mirándoles e inflando las mejillas mientras se apoyaba sobre la cola de su madre para asomarse por encima de esta.

Ferro por su parte se acercó a él y Stormy dejó le dejó acercarse, haciendo su cola a un lado para permitirle pasar.

-No estés triste Piro. Vendré a visitarte de vez en cuando, ¿vale? –dijo Ferro sonriente y con un tono cálido.

-¿Y entonces jugarás de nuevo conmigo? –preguntó el peque.

-Cuanto quieras. –dijo Ferro soltando una risilla.

-¡Yay! ¡Bien! –soltó el pequeñín empezando a dar saltitos por todo el círculo que su madre tenía a su alrededor.

Sin más espera, Maypa y Ferro se alzaron a los cielos y Maypa guio el camino hasta la casa de los Guardianes, cerca del centro de la ciudad.

-Oye. Has actuado como todo un padre con Piro. –comentó Maypa de pronto.

El comentario hizo que Ferro se pusiese algo nervioso de pronto pero se recuperó a tiempo de evitar perder el vuelo.

-¿Tú crees? –preguntó el pensando en ello- Gracias. –dijo después de ver como ella le asentía sin perder su sonrisa.

Sin decir nada más, los dos continuaron su camino hacia la casa de los Guardianes.


Bueno ahí está todo. Valla Ferro tiene buena pata con los cachorros después de todo y la verdad creo que me ha quedado una monada de chap. Solo espero que no se os haya hecho muy pesado o largo de leer.

Ferro: Bueno... ha sido largo pero en mi opinión es etretenido. Y me has hecho pasarlo bien por una vez, salvo por ese roce en el hospital.

Yo: Sí, te entiendo. Bueno lectores, nos vemos en el próximo capítulo. Nos despedimos hasta pronto.

Ferro: Saludos desde España.