Historia original: "The Proposal", de CalPal052699


No tienen la oportunidad de hablar después del beso. Ella acaba siendo arrastrada por unas cuantas de sus primas que insisten en que necesitan tener una charla de chicas, porque no saben que ese beso ha sido el primero. Un increíble primer beso. El perfecto primer beso.

Él es empujado por los maridos de sus primas, que lo llevan hacia el sofá y le invitan a una cerveza, que él acepta. Le preguntan mucho sobre Kate, sobre cómo él ha conseguido que ella deje de concentrarse exclusivamente en el trabajo, y sobre cómo es la primera vez que trae a un novio a conocer a la familia.

Así que él les cuenta la verdad, dejando fuera el hecho de que él y Kate no están juntos en realidad. Les cuenta la historia de cómo entró en la comisaría y empezó a ser la sombra de Kate. También les habla del flirteo, de las noches interminables en la central, de los secretos intercambiados entre ellos. Les dice cómo ella le pilló por sorpresa con su invitación, cómo le sorprendió ver lo feliz que le hizo a ella cuando aceptó. Les cuenta todo lo que puede sin revelar demasiado.

Al otro lado de la habitación, Kate está sentada en la cocina, en uno de los taburetes de la encimera. Incluso desde donde está, él puede ver el tinte rojo de sus mejillas, su sonrojo haciéndole preguntarse de qué están hablando ella y sus primas exactamente. Él observa cómo Kate baja la cabeza en un gesto de vergüenza, su largo pelo ocultando su rostro, y sonríe.

– Oye, Rick, ¿crees que puedes dejar de poner esa cara de tonto enamorado durante unos minutos? – esta pregunta es lo que le saca de su ensimismamiento, la ruidosa voz de Jonathan, el prometido de la prima Sofía.

Rick esboza una media sonrisa, manteniendo la voz baja cuando habla.

– ¿Tan obvio es?

Su pregunta causa una risa de incredulidad en Jon, y él se vuelve para mirar a Kate otra vez, ve cómo ella le sonríe tímidamente antes de girarse hacia las chicas de nuevo y él centra su atención en los chicos.

– Porque, Rick, hay una tradición en estas reuniones. Todos los hombres vamos a cortar leña para la hoguera, que es esta noche, por cierto. Y como eres el nuevo, tienes que ser el que más corte. ¿Estás preparado, chico de ciudad? – pregunta Jon con cara seria, pero con mirada divertida.

– Creo que me las apañaré – responde él, y de repente se encuentra rodeado de hombres, caminando fuera de la casa, siguiendo a los chicos a una pila de hachas apoyadas contra la pared. Dos de los chicos que han estado en la familia durante años las recogen.

Castle nunca pensó que cortar leña fuera fácil, pero tampoco esperaba que fuera tan duro. Es agotador. Él imaginaba que resultaría mucho más fácil si estuviera cabreado, pero está atrapado en un ensueño constante con la memoria de los labios de Kate sobre los suyos y la noción de que ella lo había querido así, había querido el beso, y no podía conseguir que saliera ni una pizca de rabia de su interior.

Al acabar, se encuentra sudoroso y apestoso, y soñando despierto con la hoguera de la noche. Hay muchísima madera, y por lo que han dicho los chicos, habrá un montón de bebida y multitud de historias y secretos familiares alrededor del fuego. Pero no es eso lo que le aturde, el hecho de que va a ser testigo de secretos e historias que podrían tener algo que ver con Beckett. No, todo lo que su mente puede imaginar es una imagen de ella, de Beckett, de Kate, sentada junto al fuego, feliz y despreocupada y sin el peso del asesinato y la justicia sobre sus hombros, sus ojos brillando, el resplandor del fuego lamiéndole la cara, reflejándose en sus ojos verdes, destellando en sus labios sonrosados. Es todo lo que puede ver. Ella. Beckett. Kate. Y la imagen es preciosa.

Castle vuelve distraídamente a su habitación, cerrando la puerta tras él, con la intención de darse una ducha rápida antes de unirse a su familia de nuevo. Camina hacia la ventana, se gira por un momento hacia la puerta del baño que está pegada a su dormitorio, que está cerrada, y luego vuelve a mirar al exterior, quitándose la camiseta, los pantalones y por último, la ropa interior. Arroja su ropa sucia sobre la cama.

Y entonces se gira hacia el baño, todavía perdido en la imagen de Kate, resplandeciente en la luz del fuego, sin concentrarse en nada excepto en eso. Perdido en ese sueño, sintiendo el efecto que tiene sobre él, la forma en la que le constriñe el corazón. Le hace querer estar con ella, no solo de forma física, sino también emocional. Le hace querer hacerle sonreír y reírse más a menudo. Le hace querer conocer todas las capas de la "cebolla de Beckett", como dijo ella en una ocasión. Le hace perderse en sus pensamientos.

Y sigue perdido hasta que de pronto siente algo contra él, mojado y flexible, algo que de repente se tensa, tan sorprendido como lo está él, y él apenas tiene tiempo de identificar ese cuerpo como el de Kate. Y ella está mojada y desnuda y el inesperado peso de su cuerpo contra el suyo le hace perder el equilibrio y caer al suelo de espaldas, con el cuerpo de ella cayendo sobre él, ambos completamente desnudos. Sus manos se posan en la espalda de ella, las rodillas de Kate caen una a cada lado de su cadera y no importa cuántas veces se ha imaginado esto, estar en contacto con una Beckett en cueros, así no es cómo lo había esperado.

Y ella se quita de encima, gritándole una y otra vez "¿Por qué estás desnudo?" y él no deja de preguntar "¿Por qué estás mojada?", y es la peor frase imaginable en ese contexto, pero realmente es la única pregunta lógica que su mente puede formular en ese mismo instante.

Ella se aparta a toda prisa, avanzando a trompicones hacia la cama, de donde arranca la colcha para cubrirse, mandando varios cojines volando por la habitación. Él se las apaña para levantarse, encuentra una manta apoyada en una silla y se la envuelve alrededor de la cintura. Entonces se gira para mirar a Beckett y se encuentra con su mirada, los ojos muy abiertos y en shock.

– Lo siento – se las apaña para decir. – Creía que seguías abajo con las chicas.

– Oh, – responde ella – no. Eh… no. No. No lo estoy. He venido para… para darme una ducha. Y me dejé la toalla fuera. Y… Mierda. Lo siento mucho, Castle. Esto es muy incómodo. Yo… Así no es como quería que pasara esto – continúa ella, y baja la cabeza, con las mejillas de un brillante color rojo.

– Eh… ya – contesta él, tontamente, porque está bastante seguro de que ella ha dado entender que tenía una preferencia acerca de la forma de verle desnudo por primera vez. O quizá ella quisiera decir otra cosa. No está seguro. Su cerebro sigue sin funcionar.

Así que se quedan allí de pie, en un silencio incómodo durante algún tiempo, los dos mirando al suelo, vigilando por el rabillo del ojo al otro; ninguno de los dos seguro de qué hacer o qué decir, hasta que él vuelve a tener la habilidad de hablar, de formular una frase de verdad.

– Bueno, deberíamos hablar, ¿no? Sobre el… - dice entonces, dejándole a Kate la elección de terminar la frase o no.

– Sobre el beso – acaba ella con voz suave, un suspiro.

– Sí – susurra él.

– Sí.

Y entonces, en el peor momento posible, alguien llama ruidosamente a la puerta, gritando a través de la madera:

– ¿Kate? ¡La abuela quiere que le ayudes a preparar los aperitivos!

Kate hace una mueca, mirando alternativamente hacia la puerta y hacia él, con un gesto de disculpa.

– Ya voy, Sof – le dice a su prima, y se gira hacia Castle. - ¿Hablamos luego?

Él sonríe y asiente.

– Luego – acepta.

El sonrojo de Kate es adorable, y sus tímidos ojos se encuentran con los de Castle.

– Debería, esto… vestirme. Y tú necesitas una ducha. Apestas.

Él se ríe suavemente; el equilibrio nuevamente restablecido.

– Y tú tienes un bonito tatuaje.