Historia original: "The Proposal", de CalPal052699


La hoguera es genial. Todos cuentan historias, unas pocas de cada primo, tía y tío. Hay una en concreto que se convierte en la favorita de Castle; trata de una rebelde Kate adolescente que intentó escaparse por la ventana para ir a una fiesta y acabó torciéndose el tobillo al aterrizar, solo para descubrir que se había quedado encerrada fuera de la casa. Mientras uno de los primos de Kate contaba la historia, las mejillas de ésta se tiñeron de rojo, iluminadas por el destello del fuego, y esa fue su parte favorita.

Ella pasa la velada sentada en una hamaca con las piernas cruzadas, inclinada hacia delante. Integrada y feliz. Bebiendo a sorbos de su vaso de vino. Riéndose y pasándoselo bien como él no la había visto hacerlo nunca. Es preciosa, con la luz de las llamas reflejada en sus ojos, el brillo de la hoguera a su alrededor. La luz de las estrellas es mitigada por el fuego, pero cuando Kate mira hacia arriba, sus ojos se abren maravillados ante la vista, una que no se puede contemplar en Nueva York.

Ya es de madrugada cuando deciden retirarse a descansar. La mayoría de los primos de Kate están borrachos, pero ella se ha limitado a beber un vaso de vino. Un par de los chicos se queda atrás para apagar el fuego mientras todos los demás caminan hacia la casa.

Kate se levanta y, con un gesto que a este le pilla por sorpresa, le tiende la mano a Castle. La cara de éste debe de mostrar lo pasmado que está, porque ella se ríe por lo bajo, en un sonido muy suave en comparación con las risotadas de sus primos, incitadas por el alcohol. Le vuelve a tender la mano. Él la acepta y le da un suave apretón en los dedos.

Una vez llegan a la habitación, ella desaparece por la puerta del baño, advirtiéndole antes de cerrarla que más le vale estar decente cuando ella vuelva al dormitorio. Él la observa hasta que la puerta se cierra, y entonces, tan deprisa como puede, cambia sus vaqueros por un par de pantalones de pijama de algodón y una vieja y gastada camiseta.

Ella sale del baño llevando un par de pantalones cortos, realmente cortos y una camiseta de tirantes. Él siente la urgencia de pasear su mirada por sus piernas desnudas, y de repente le golpean los recuerdos de las viejas normas de su internado, que prohibían a las chicas vestir camisetas de tirantes porque enseñan demasiada piel.

Kate le sonríe, todavía de pie junto a la puerta. Él no puede evitar devolverle la sonrisa, incluso cuando eso le fuerza a tragar el nudo que se le ha formado en la garganta.

– Puedo dormir en el suelo – sugiere él tímidamente.

– No digas tonterías – replica ella, y de pronto, está caminando hacia la cama, retirando las sábanas y dejándose caer contra el colchón. Da golpecitos al hueco que hay a su lado. – Podemos compartir la cama. El suelo te destrozaría la espalda – le dice, sonriendo mientras se acomoda contra las almohadas. – Además, eh… tenemos que hablar.

Él asiente, y se acerca a su lado de la cama, tumbándose rápidamente. No aparta la vista del techo cuando habla.

– Por un momento pensé que íbamos a fingir que no había pasado nada.

– ¿Es lo que quieres hacer? – le pregunta ella, y él se gira para encontrarla mirándole fijamente.

– No. ¿Y tú?

– No – sonríe ella. Y luego torna su mirada hacia el techo, así que él hace lo mismo. – Ahora, voy a contarte cosas sobre mí que no les cuento ni a mis amigos, ¿vale?

Él se ríe por lo bajo.

– No te rías. Lo vi en una película – le dice ella, golpeándole el brazo de forma amistosa, antes de ponerse seria otra vez, silenciosa. Ahora es real, van a hablar sobre las cosas. No hay vuelta atrás. – Tengo un tatuaje. Está en mi cadera. Es el símbolo chino de la justicia. Me lo hice en cuanto me gradué en la academia.

Castle sonríe.

– Me hice un piercing en el ombligo cuando era adolescente, pero se infectó, así que me lo tuve que quitar – continúa ella, riéndose suavemente. – Y soy alérgica a la miel. Hace que me pique la boca. Y las picaduras de abeja me producen urticaria.

Él estira el brazo hacia ella y encuentra su mano. Ella no se aparta.

– Iba a gimnasia rítmica cuando era pequeña. Y a baile, durante un par de años. Lo odiaba – continúa, bajando la voz hasta lo que apenas puede ser considerado un susurro. – Las matemáticas eran mi asignatura favorita en la escuela – suspira. – Y… Sorenson fue mi único novio en serio desde antes de que mi madre muriera.

Kate se gira hacia él, sonriendo dulcemente, con el rostro apenas visible en la suavemente iluminada habitación.

– Te toca – susurra.

– De acuerdo – acepta. – Bueno, no tengo tatuajes. Me perforé la oreja una vez estando borracho, pero el agujero se me cerró al día siguiente. Fue una estupidez. Meredith casi me mata.

Ella se ríe ante eso, estrujándole la mano como si fuera algo que hicieran continuamente.

– Tengo una leve alergia a las almendras. Hace que me pique la boca, como te pasa a ti con la miel – continúa. – Odiaba la clase de gimnasia. Mi madre me apuntó a clases de interpretación cuando era joven, pero después me borró porque creía que ella me enseñaría mejor.

Él le sonríe de nuevo, y le da un apretón a sus dedos cuando ella le devuelve el gesto.

– Meredith me engañó con uno de sus directores, se mudó al otro lado del país y me envió por correo los papeles del divorcio – explica. – Mi matrimonio con Gina fue más una maniobra publicitaria que otra cosa. Igual que el personaje del playboy millonario. Gina fue la primera mujer que llevé a casa para que conociera a Alexis. No confío en nadie en lo que a mi hija se refiere.

– Me pediste que cuidara de ella si a ti te pasaba algo – susurra ella en respuesta, y él sonríe, asintiendo lentamente. - ¿Confías en mí?

– Sí, Kate, claro que sí – responde él.

– Me alegro.

Se quedan callados durante un momento, mirándose a los ojos, y él no puede evitar sonreír porque esto es algo que nunca ha tenido. Ha estado casado dos veces, y nunca ha tenido este tipo de intimidad en una relación.

Y eso que Kate y él no tienen todavía una relación.

– ¿Kate? – susurra él, rompiendo el silencio. Ella se gira hacia él, animándolo a continuar. - ¿Qué significa todo esto?

Ella sonríe y se acerca a él, sus rodillas rozando sus muslos levemente. Le suelta la mano, y la suya aterriza sobre su brazo. La mano de Castle, ahora libre, viaja por su costado.

– Significa que mañana, cuando bajemos de la habitación comportándonos de manera romántica, íntima, y todo ese rollo, no será una actuación.

Cuando se encuentran sus labios, él se pierde en su beso una vez más.