Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenece, salvo algunos... ¡que ya sabréis quien son! La historia, por supuestísimo, me pertenece.


Capitulo Tres: Hormonas

Al día siguiente, todo lo que recordaría de aquella noche sería la imagen de Rosalie pegada a los labios de un chico desconocido, Edward hablando y bailando demasiado con una escultural rubia y desapareciendo con ella, Jasper y yo intentando por enésima vez que Alice le diera una oportunidad al tequila, que acabamos bebiéndonos entre él y yo, y Emmett de sorprendente mal humor.

Realmente, no era mal humor. Era irritación. No conocía mucho a aquel muchacho, pero tenía el presentimiento de que lo normal en él era verlo con su enorme sonrisa y siempre bromeando, y aquella noche se limitó a sentarse en un sofá y darle vueltas a la mezcla de su copa con la pajita, totalmente desganado.

Y lo más sorprendente de todo era ver cómo se le acercaban chicas para aburrir y que él las rechazara a todas y cada una de ellas, lo contrario a Edward o Rosalie, que actuaban impulsado por sus malditas hormonas.

Jamás lo entendería.

-Oye Bella… ¿qué te ha dicho?

Alice me susurró al oído en un momento, algo preocupada. Había visto la conversación que había tenido con Jacob, pero no sabía de qué se trataba.

-Solo venía a saludar- dije, encongiéndome de hombros, y observando a lo lejos a aquel muchacho de piel oscura. Veía cómo se reía, con su gran sonrisa blanca, y cómo bailaba con movimientos exagerados, pero graciosos.

Jacob Black siempre había estado ahí, y siempre interesado en algo más que una buena amistad. Jamás desistía en su intento de salir conmigo, y era algo con lo que no podía. Es decir, no es que nunca me hubiese planteado nada con él, simplemente de la forma que lo veía no era la adecuada para una simple cita o algo más. Era un amigo, y no podía sentir más que cariño hacia él.
Aunque mis amigas dijeran que estaba loca. Aunque todas las chicas se murieran por sus huesos. Aunque fuese una de las mejores personas que conocía desde hacía tanto tiempo. Pero por mucho que quisiera y deseara pensar distinto, o sentir algo más por él, era solo eso, un amigo.

Vi como se giraba y nuestras miradas se encontraban desde la distancia, mientras él me sonreía, alzaba la copa y le daba un largo trago. Lo imité y no pude evitar soltar un suspiro.

-¿Tu novio?

Me giré para encontrarme a Emmett con una sonrisa burlona en su rostro, alzando su copa como había hecho yo con Jake y dándole un trago. Jacob frunció el ceño y volvió a hablar con sus amigos, descolocado por aquel desconocido grandullón que bebía a su salud. Solté una risa nerviosa y le di lo que pretendía ser un fuerte puñetazo en el hombro, pero se quedó solo en eso. Más bien, en caricia "fuerte".

-Ni lo intentes, pequeñaja, esto es puro acero

Emmett se acarició el pecho con altanería, y no pude reprimir una sonora carcajada, ahogada por la música del local. Y, tras un largo rato bailando con él, Alice y Jasper, y con la idea de volvernos a casa, apareció Edward con aquella rubia con la que se había marchado horas antes colgada de su cuello. Se encontraba completamente despeinado, o por lo menos más de lo que lo estaba aquella tarde, y ni yo ni los demás necesitamos detalles para hacernos una idea de lo que había pasado. Fue entonces cuando le dirigió una mirada significativa a su hermano, que pareció captar algún mensaje oculto a la perfección.

-Pero bueno hermanito, no puedes huir de esta manera y dejarnos tirados. ¡Pero si eres el alma de la fiesta!

Emmett lo sacudió por los hombros, consiguiendo que la chica se apartara un poco de Edward, y me pareció ver como respiraba algo aliviado.

-Seguro que lo habéis pasado muy bien sin mí- respondió, clavando su mirada en mis ojos.- ¿Nos vamos?

Me tensé en el sitio, porque era consciente de que no había apartado la mirada de mi cuando había dicho eso, y que seguía sin hacerlo, aunque fuera una pregunta dirigida a todos y no particularmente a mi. Y, ni siquiera bajo la poca iluminación de la discoteca, conseguía que no me incomodara aquella mirada.

-Oh no, quédate un rato más- la muchacha rubia le agarró con las manos la camisa, a modo de súplica.- Eddie, venga.

Oí la sonora carcajada que se le escapó a Emmett y a Jasper. Y en aquel momento los ojos de Edward se desviaron por fin de los míos, fulminando con la mirada a su hermano y a su amigo. Tomó a la muchacha de la mano y se alejó unos pasos con ella, para susurrarle algo al oído. Ella frunció el ceño, le dijo algo, y se marchó con orgullo fingido, como si le hubiesen herido su amor propio. Y seguramente lo hubiesen herido, dado una paliza y reducido a la más absoluta nada.

-Hola, Eddie- le dijo de forma burlona Jasper, una vez se hubo acercado a nosotros. Alice lo agarró de la camisa imitando a la muchacha y Emmett le lanzaba besitos en el aire. Edward rodó los ojos y yo me forcé a reír, porque, aunque era cómico ver a los tres representar una situación tan absurda, no me resultaba gracioso aquello que había pasado.

Dejé a todos allí y fui a buscar algo de beber. Me lo pedía el cuerpo a gritos, y era una buena excusa para dejar de ver aquel espectáculo en el cual Edward era el protagonista.

Pedí mi copa, y antes de que se me escapara el camarero, decidí que eso no sería suficiente.

-Y un chupito de tequila, por favor- dije, intentando hacerme oír por encima de la música.

-Dos- dijo una voz, a mi lado.

Rosalie se encontraba a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja, y me pasó un brazo por encima de los hombros.

-¡Qué hombre, Bella! ¡Qué hombre!

Ponía los ojos en blanco y ensanchaba su sonrisa, y no pude evitar gruñir. No era una actitud que entendiera, pero envidiaba aquello. A veces pensaba en lo genial que sería divertirse con un chico, sin compromiso, sin sentimientos de por medio, y pasarlo francamente bien, sin complicaciones. Aquella noche era una de esas veces. Pero, a pesar de todo y de querer, yo no era así, y jamás podría serlo.

Moví los labios de forma exagerada formando la palabra "hormonas" para que Rosalie lo entendiera. Ya estaba acostumbrada a aquello.

-¡Por las maravillosas hormonas!- sentenció ella, alzando el vaso de chupito y chocándolo con el mio.

La sal me preparó para el sabor fuerte que se avecinaba, y, en cuando me bebí el contenido del vaso, pude sentir el calor recorriendo mi garganta y bajando por mi estómago. Me tomé la rodaja de limón y disfruté de la fuerte mezcla de sabores que se me había quedado en la boca, todos ellos en perfecta armonía.

Delicioso.

Y, de repente, recordé algo. La maldita apuesta. Debíamos invitar al pequeño terremoto de nuestra amiga a uno antes de marcharnos. Se lo comenté a Rosalie, y las dos pedimos chupitos para todo el grupo, pidiendo por favor que nos los llevaran donde estábamos.

Por eso, cuando Alice nos vio llegar con una sonrisa malévola en nuestros rostros, mirándonos de forma cómplice, y sin dejar de beber de nuestra copa para evitar reirnos, lo supo.

-Ni de coña- repuso, cruzándose de brazos.

Y nosotras, que ya estábamos en aquella situación en la que todo te hace gracia y entiendes la mitad de lo que te dicen, fruto del exceso de alcohol en sangre, simplemente nos reímos.

-¿Ni de coña qué?- pregunté yo, tirando de sus brazos para intentar que no los cruzara, como si descruzándolos consiguiera que cambiara de opinión.

-Ni de coña nada de lo que traméis.

Volví a mi sitio, junto a Rosalie, resignada, y, aunque hubiese planeado a la perfección aquel movimiento para sentarme en el sofá (porque estaba en tan malas condiciones que tenía que planear mis movimientos), me tambalee y me caí encima de Edward, que se encontraba sentado justo a mi lado.

Sentada sobre su regazo, sentí sus manos sujetar mi torso fuertemente, evitando que me cayera al suelo. Vi aquellos ojos clavados de forma seria en mi rostro, lo cual, en aquel momento, ya no me hacía sentir incómoda. Estaba sentada en su regazo, sus dos fuertes manos sujetando mis hombros y cintura, y lo único que salió de mi fue una sonora carcajada.

-Ay, Eddie, lo siento mucho- le dije, agarrándolo de la camisa como había hecho aquella chica.

Edward me regaló una sonrisa, y noté como se acercaba a mi oído para decirme "ha sido un placer". Y, aquello sí que me trastocó. Notaba mis mejillas arder, y di gracias por la poca iluminación. Mi sonrisa se había borrado y no podía apartar mis ojos de los suyos, hasta que Rosalie me dio un codazo con un vaso de chupito en cada mano, ofreciéndome uno.

-Ah, cierto. Lo siento, Rose, es que Edward Cullen es muy cómodo- sentí como sus manos aflojaban su agarre y esbozaba una sonrisa, mientras Rosalie reía a carcajadas. No sé por qué me costó apartar mis ojos de los suyos, pero lo conseguí y solté un largo suspiro antes de sentarme entre él y mi amiga en el sofá. Repetimos el procedimiento de sal, tequila y limón que habíamos seguido en la barra con mi amiga, y supe que había llegado a mi límite de chupitos. Lo supe porque me giré y contemplé a Edward. Y cuando el pensamiento de que jamás había visto un chico tan guapo y tan perfecto atravesó mi mente de forma fugaz, sentí que mi estómago daba un vuelco. Estaba claro, en cuanto acabara mi copa se había acabado el alcohol. Pero ya era tarde, y no dejaba de mirarlo, enfundado en aquella camisa que parecía hecha a medida, y que dejaba entrever que tenía un cuerpo bastante atlético.

Maldita sea, estaba mirándolo más de la cuenta.

Se giró, quizás sintiendo mi mirada sobre él. Vale, quizás no, seguramente.

Hizo un gesto animándome a hablar, pensando que tenía algo que decirle, y de repente me quedé en blanco. ¿Qué podría decirle? "Edward, estaba fijándome en ti y eres el chico más guapo que he visto en mi vida" "Edward, estás tremendo" "Edward, deja de mirarme y sonreírme de esa manera porque consigues que me derrita y que te odie"

-Me gusta tu camisa- dije, encogiéndome de hombros. Percibí aquella sonrisa incrédula que se formaba en su rostro. Se acercó, en lo que a mi me pareció una eternidad, a mi oído. Realmente era buena idea, me dolía la garganta de tanto gritar.

-¿Mirabas mi camisa?

Sentí su aliento chocar contra mi piel, provocando que se me pusiera la piel de gallina y un escalofrío recorriera mi espalda. No podía ser tan fácil romper mis defensas, con un simple susurro al oído.

-En realidad me preguntaba cómo sois capaces de ser así- aquella frase se formó en mi boca sin siquiera pensarla, me había salido del alma, y ví como se separaba de mí para mirarme extrañado- Sí, ya sabes, Rosalie y tú, salir de fiesta con vuestros amigos y desaparecer por ahí con un desconocido para luego pasar de él, en este caso de ella, Eddie.

Aquella aclaración fue suficiente para que supiera a lo que me refería.

-Puedes llamarlo "dejarse llevar", "disfrutar el momento", un "¿por qué no?" sin respuesta negativa. No sé, Bella, todos nos dejamos llevar.

-Yo no

Vi como en su rostro aparecía una mueca extraña y desafiante, que se debatía entre decepción y curiosidad.

-Supongo que cada persona es distinta, pero no me creo que no te dejes llevar- negué con la cabeza, entonces esbozó una sonrisa ladeada y se acercó a mi oído- Supongo que si hago esto...- susurró suavemente, acariciando con sus labios la piel de mi cuello, debajo de mi oído. Mi pulso se aceleró de repente y mis mejillas, supuse, estarían al rojo vivo.-...no lo detendrás.

Atrapó el lóbulo de mi oreja entre sus labios, y no pude ni pensar en apartarlo. Estábamos rodeados de nuestros amigos, pero imaginé que entre la oscuridad y que parecía que estábamos hablándonos al oído nadie se daría cuenta. Y no lo hicieron, porque sino ya estarían mis amigas gritando y apostando. Solté un largo suspiro, sintiendo como me daba vueltas la cabeza. De repente sus labios abandonaron mi piel, y me sentí contrariada.

-Lo que yo decía- dijo con voz ronca cerca de mi oído, antes de separarse y dedicarme una sonrisa y mirada cómplice.

Me crucé de brazos y me hundí en el sofá, pensando que no era tan fácil como él lo planteaba. La vida no era tan sencilla como para tomar lo que quieras y no hacerte responsable de sentimientos o situaciones complicadas. Para nada. Estaba tan convencida de eso como de que cada segundo que pasaba Edward Cullen era más imbécil. No habían pasado ni veinticuatro horas y comenzaba a querer librarme de su presencia.

Me irritaba tenerlo a mi lado. Me irritaba su acento inglés, su atrevimiento, su forma de ver a las chicas como un entretenimiento.

Pero por otra parte, era extremadamente educado, terriblemente guapo, y aún no lo conocía en absoluto.
No podía juzgar a una persona por sus actos en un breve lapso de tiempo. Es decir, era el primo de una de mis mejores amigas, Esme lo amaba como si fuese hijo suyo y Jasper y Emmett eran geniales. Pero había algo dentro de mí que me impulsaba a salir corriendo, a no tener cerca a aquel chico. Y debía hacerlo. Fuera como fuera.