Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenece, salvo algunos... que ya sabréis quien son! La historia, por supuestísimo, me pertenece.


Capítulo cuatro: Encerronas

Me levanté al día siguiente con un terrible dolor de cabeza. Unos débiles rayos de sol luchaban por entrar a través de las pesadas cortinas de mi habitación, por lo que me desperecé y decidí que sería buena idea abrirlas. La estancia se inundó con aquella claridad de la mañana y vi como se apreciaba con más facilidad aquel caos ordenado que era mi cuarto.

Mis montañas de apuntes desperdigados en el escritorio, junto a los grandes libros de tapa dura que formaban parte de mis hábitos diarios de estudio, la colección de cds en la estantería, que se componían de una mezcla rara de grupos y estilos, pero perfecta para mí, la biblioteca llena de mis libros favoritos, esos que acompañan en todo momento, y el montón de ropa encima de la silla, junto a la puerta.

Cogí el libro que tenía a mano en mi mesita de noche y me dirigí a tomar un café y a leer con la calma de la mañana. Angela no estaba y tenía toda la casa solo para mí, en absoluta paz. Aunque, a decir verdad, Angela era mejor compañera de piso de lo que pudiera desear.

Nos conocimos el primer año de universidad, y, buscando dejar atrás la dependencia de nuestros padres y empezar una nueva etapa en nuestra vida, decidimos vivir juntas en aquel pisito que tenía todo lo que necesitábamos. Las dos compaginábamos el trabajo con los estudios universitarios, lo que nos permitía afrontar nuestros gastos.

Aquel día era perfecto para ponerme al día con los temas pendientes de la universidad, con un par de lecturas y a mi ritmo, sin horarios ni presiones. Sentía esa calma y me notaba centrada, me concentraba sin esfuerzo.

Por eso, cuando sonó el timbre, una maldición brotó de mis labios, sin yo proponérmelo.

Mi día de estudio. Mi día de paz. Mi día para mí.

La persona que se estaba atreviendo a estropearlo lo iba a pagar caro.

Me acerqué a la puerta y eché un vistazo a través de la mirilla. Una mata de cabellos rubios y un par de ojos color miel miraban al suelo con angustia.

Jasper.

Abrí la puerta y me encontré con mi vecino, sonriéndome ampliamente.

-Hola Jasper, ¿qué sucede?

-Espero no molestar...- musitó, echando un vistazo dentro de mi apartamento.

Me pareció ver en sus ojos una chispa de arrepentimiento.

-Para nada, pasa.

Abrí la puerta un poco más, permitiéndole pasar. Y, de repente, un terremoto corpulento de rizos rubios atravesó la puerta diciendo algo ininteligible sobre Alice. Jasper pasó tras él, seguido de un serio Edward.

-Bonito atuendo-dijo este último, observándome de arriba a abajo con sus ojos esmeraldas.

Mierda. Llevaba mi pijama de conejitos rosas y no me había dado ni cuenta. Omití el comentario de Edward y el calor que apareció de pronto en mis mejillas, y decidí llevarlo con orgullo.

-Vaya vaya... Isabella es una empollona...- Emmett revolvía mis apuntes y mis libros como si fuese lo más interesante del mundo, hasta que Jasper le dio un manotazo en una de sus grandes manos.

-A ti todo el mundo te parece empollón, deberías abrir un libro más seguido, esto se llama "estudiar"- repuso Edward, con una mueca burlona decorando su rostro.

Emmett rodó los ojos y dejó de hojear uno de mis gruesos libros, resoplando con frustración.

-Si este es tu plan para el sábado por la tarde, necesitas ayuda- dijo el grandullón, levantando el libro que había estado mirando.

Realmente, tenía algo de razón, pero técnicamente eran las diez de la mañana y me gustaba llevar mis estudios al día, ya tendría tiempo para salir más tarde.

-No quiero parecer maleducada- comencé, ignorando aquellos comentarios de Emmett y Edward y centrando mi atención en Jasper- pero... ¿qué os trae un sábado a las diez de la mañana por mi casa?

-No queríamos interrumpir, Bella. Estás ocupada y... Luego hablamos mejor.

Jasper se pasó una mano por la nuca, algo nervioso, y se dirigía a la puerta, cuando Emmett lo tomó de un brazo y le impidió su huida.

-Estamos aquí porque hemos pensado que podríamos quedar esta tarde para dar una vuelta y que hagáis de nuestras guías turísticas.- noté como Edward se mantenía al margen de esa escena, sentándose en el sofá, como si algo no le hiciera gracia. Y si aquello era una encerrona de la cual era víctima mi vecino Jasper, y Edward no quería participar en ella, me hacía pensar mejor sobre él.

-Vale, es una mentira a medias. El caso es que este chico de aquí quiere volver a ver a Alice, y no sabe cómo.

-¡Emmett!- Jasper soltó su brazo de un tirón- Eres un embustero

-¿Qué querías que hiciera? Nos había pillado desde el principio. Ya sabes, lo mejor es siempre la verdad ante todo

-Esto es absurdo- repuso Edward desde el sofá, mientras leía uno de mis libros y sin apartar la mirada de él. Supongo que notó que lo fulminaba con la mirada, y, aunque llevara puesto el pijama de conejitos, sabía que mi mirada podía ser muy afilada si me lo proponía, porque me miró con una sonrisa de disculpa -Oh, el libro es genial, lo habré leído como cinco veces... Hablo de las estupendas ideas de mi hermano. Sigue teniendo quince años.

-Empollón- masculló Emmett, lanzándole besitos a su hermano. Edward rodó los ojos y se enfrascó en la lectura, ignorándonos a todos.

-Vale, luego hablo con ellas y esta tarde nos vemos. Alice se alegrará de verte, Jasper.- accedí en el momento. Alice jamás se negaría.

Tras convenir que aquella tarde quedaríamos, los tres muchachos se marcharon a su apartamento. Sin embargo, Edward se entretuvo en la puerta, haciéndoles un gesto con la cabeza a Jasper y a Emmett para que fueran subiendo.

-Oye Bella... Me preguntaba si... Bueno, anoche te comenté que buscaba librerías y...- se apoyó en el marco de la puerta de una forma muy sexy y vi como tomaba aire profundamente antes de clavar sus ojos en los míos. Sentí que las piernas me flaqueaban. Y recordé un momento que había borrado de mi mente, el de sus labios besando mi cuello. Me sonroje ante ese recuerdo y vi como esbozaba una sonrisa torcida que no facilitaba las cosas.

-¿Y?- lo animé a seguir. Necesitaba que se marchara.

-¿Me dejarías el libro?

Suspiré con alivio y recordé como había estado leyendo mi libro, abstraido, como si hubiese sido un imán para él. Realmente ya esperaba que fuese a soltar un comentario mordaz o a hacerme sentir incómoda, pero solo quería un libro. Solo eso, y se marcharía.

-Toma Edward, llévatelo, yo ya lo he leído. Si necesitas cualquier otro libro que te pueda prestar, solo pídemelo.

Le entregué aquel libro y lo estrechó contra su pecho, con una sonrisa de oreja a oreja, como un niño pequeño con un juguete nuevo.

-Lo cuidaré con mi vida- repuso, solemne.

-Te tomo la palabra, Edward Cullen. Como le dobles las esquinas de las páginas te arranco la cabeza.

Él se limitó a ampliar su sonrisa y pronunciar un "Gracias".

-¡De verdad! ¡Sé donde vives!- grité mientras veía como desaparecía subiendo aquellas escaleras del edificio a grandes zancadas. Solo pude oír como respuesta una musical carcajada.

Cerré la puerta con pesadez y me recosté sobre ella, sin poder evitar resoplar.

Adiós a mi día de paz y tranquilidad.

Tras una breve conversación telefónica con Rose, comentándole lo que acababa de suceder, quedamos en que vendría con Alice a mi casa y organizaríamos todo.

Me volví a sentar en el sofá y eché un vistazo a mis apuntes. En la esquina de una de las hojas vi algo escrito con una caligrafía elegante y estilosa:

"Los pijamas siempre me han parecido muy sexys. No deberías ir vestida de esa manera delante de cualquiera…"

Tuve que releerlo un par de veces para darme cuenta. Edward Cullen era el autor. Y muy a mi pesar, me sorprendí esbozando una sonrisa bobalicona.

-Imbécil- dije en alto, aunque para mi misma. Lo que no tenía claro es si el insulto iba dirigido a él, a mí, o a los dos. Y me decantaba por la última opción…

Cogí el libro más grande que había en aquella mesa, y tras volver a echarle un vistazo a aquella perfecta caligrafía, lo coloqué encima de mis apuntes, tapándolos con él. Decidido. Mi día de estudio había acabado antes siquiera de empezar.

-Podríamos ir al centro comercial y luego…

-Alice- resoplé con frustración por tercera vez- aquí la única que quiere ir de compras eres tú.

-¿Qué hay de malo? ¡Es una buena manera de conocer la zona en la que vives! Ves lo que le gusta a la gente, lo que compran, lo que beben o comen… en fin, se podría hacer un estudio sociológico en un centro comercial.

Rosalie estalló a carcajadas y le empezó a dar con uno de los cojines del sofá.

-A tí sí que deberían estudiarte, quizás Jasper se ofrece voluntario…

Alice le arrebató el cojín y empezó a darle a la muchacha rubia. Estaba acostumbrada a aquellas escenitas, por lo que no fue difícil desconectar y que se me ocurrieran algunas ideas.

-Chicas… ¿Qué os parece si…?- comencé, pero nadie me escuchaba, seguían con su rencilla.- ¡Oh, Emmett! ¡Qué sorpresa!- exclamé con exagerada sorpresa, llevándome las manos a la boca.

De repente, Rosalie se separó de Alice y comenzó a peinarse a una velocidad inhumana, hasta que se percató de mi plan y me lanzó el cojín a la cabeza.

-Escupe- se limitó a decir, fulminándome con la mirada.

-Pues he pensado que a Edward y a Emmett les gusta el fútbol, ¿verdad?- mis dos amigas asintieron con la cabeza- Podríamos ir al estadio del equipo local, luego visitar el parque, algún museo, y para acabar podríamos tomarnos unas copas en la calle esa donde los bares están tan bien.

-¡Genial!- exclamó Alice, dando palmaditas.

Esperamos a que bajaran nuestros vecinos, lo cual no fue mucho tiempo, y nos encaminamos en primer lugar al estadio. No estaba muy lejos de nuestro edificio, tan sólo a unos veinte minutos andando, y, como hacía buen tiempo, aprovechamos para ir dando un paseo y enseñarles a Emmett y Edward sitios de utilidad.

Cuando llegamos al estadio, vimos como se les iluminaban los ojos a nuestros vecinos. Era un estadio inmenso, y, justamente, aquella tarde había partido, por lo que estaba atestado de gente con bufandas color rojo y blanco. Lo que no se esperaban fue lo que venía después. Con mucha sutileza, saqué de mi cartera un sobre de papel y, al sacar unas entradas de él, unos fuertes brazos me envolvieron, elevándome en el aire.

-¡Ay, no puedo res… respirar!- intenté exclamar, pero solo conseguí decirlo a media voz.

-Es que eres muy pequeña y no mido mi fuerza contigo- respondió Emmett, colocándome otra vez en el suelo y dando unas palmadas en mi cabeza.

-¿De verdad vamos a entrar ahí?- preguntó Edward con una sonrisa de oreja a oreja y algo de incredulidad en su mirada. Miraba el gran estadio maravillado, como si fuese lo más bonito que hubiese visto en su vida. Y, realmente, tenía cierto encanto. Era un estadio bastante grande y bonito para la que pequeña zona en la que habitábamos, y, en los días como aquel en los que había partido, ver a todo el mundo extasiado con los colores de su equipo transmitía emoción. Sería divertido.

-¡Pues claro!- repuso Alice, dando palmaditas y saltitos.- No podéis pasar un día más sin ver a nuestro maravilloso equipo jugar en vivo y en directo.

Rosalie sacó de su bolso bufandas para todos y las repartió, mientras Edward y Emmett las examinaban.

-¡Brutal!- exclamó Emmett, y chocó las manos de forma exageradamente fuerte con su hermano y Jasper.

Las tres nos miramos, seguramente pensando lo mismo. Era extremadamente fácil hacer feliz a esos chicos.

Entramos en el estadio y nos dirigimos a un puesto de comida rápida para comprar unas bebidas, pero antes de poder pedir, los chicos ya habían pagado y pedido perritos y coca cola para todas. Según ellos, era su forma de agradecernos lo del estadio, y nosotras no pusimos ninguna pega a aquello.

Nos sentamos en las butacas asignadas, pero me extrañó el hecho de que Edward se sentara en el extremo, a mi lado, en lugar de sentarse junto a los chicos.

-No es aconsejable ponerse al lado de Emmett en ciertas ocasiones, hoy es una de ellas.- contestó a mi muda pregunta, antes de que yo pudiera formularla. Eché un vistazo a Emmett y lo comprendí. Acababa de empezar el partido y ya estaba gritando como si la vida le fuera en ello. Hablaba con Jasper y le reprochaba lo loco que estaba al decir que el jugador con el dorsal número diez, del cual desconocía el nombre, no era el mejor del equipo. En diez minutos de partido ya era su jugador favorito.

Comencé a discutir con Rosalie y Edward las posibilidades de ganar ese partido, y que el entrenador estaba haciendo mal en dejar en el banquillo al máximo goleador del equipo, mientras Alice y Jasper hablaban animadamente y Emmett de vez en cuando pegaba berridos, totalmente abstraído. El partido acabó con un empate, lo cual no era un buen resultado, pero al ser un amistoso no suponía ninguna tragedia. Nos integramos en la marabunta de gente que se disponía a salir, cuando sentí una mano que tomaba la mía.

-No te pierdas- me susurró al oído.

-Tú tampoco- le respondí con una sonrisa maliciosa, tirando de él para no separarnos del grupo.

Era realmente incómodo, la mano de Edward me producía un cosquilleo que hacía que se me encogiera el estómago, y sin ser consciente, cada paso que daba la sostenía con más fuerza. Mis amigos iban por delante y a duras penas podía ver sus cabezas, mientras que nosotros nos íbamos quedando atrás, lo cual era lo que temía. No quería separarme del grupo. No quería estar a solas con Edward y sus miradas penetrantes, ni con sus comentarios mordaces, ni con su bipolaridad.

Pero pasó. Perdí de vista a mis amigos y resoplé con frustración, mientras la gente no paraba de darme empujones al pasar a mi lado, lo cual me estaba agobiando aún más. Edward pareció notarlo y me pasó un brazo por encima de mi hombro, y aproveché para acurrucarme en su pecho mientras nos dirigíamos a la salida.

Maldita sea, era guapo, considerado y olía bien. Extremadamente bien. Por un segundo me tentó la idea de perderme con él y dejar a nuestros amigos atrás. Por un mísero segundo no me reconocía a mi misma. Aquel mísero segundo en que rodee su torso con mis brazos, sin ser consciente de lo que hacía.

Pero yo no era así. A mí no me gustaba Edward, y por supuesto, no dejaría a mis amigas plantadas por estar con un chico.

Llegamos a la salida, pero no había ni rastro de los demás. Saqué el móvil, sabiendo que no contestarían, pero albergando una pequeña esperanza. Y llamé. Primero a Rosalie, luego a Alice, y por último a Jasper. nadie daba señales de vida.

-Hay demasiada gente como para oír el móvil- me dijo Edward, encogiéndose de hombros.-Primero salgamos de aquí y luego volvemos a intentarlo, ¿te parece?

Una sonrisa torcida decoró su rostro, y asentí lentamente con la cabeza. Algo no iba bien, tenía un mal presentimiento, pero le hice caso. Como mis amigas me hubiesen dejado tirada con Edward iba a matarlas.


Bueno, tras un pequeño lapsus aquí está el nuevo capítulo. No trae mucho misterio, más que nada porque aun quiero desarrollar la historia y que queden claros ciertos temas, y que no sea todo tan drástico y rápido.

Espero que hayáis tenido una buena entrada de año, y espero vuestros reviews, que me hacen feliz y me animan a seguir escribiendo, no sabéis la alegría y las ganas que me dan leer vuestras opiniones y ver que hay alguien que sigue mis locuras.

Un beso y nos vemos en el próximo capítulo, que espero que sea dentro de poco :)