CAPITULO 6 Consigo un acosador.
-Y ¿ahora qué le pasa? – les pregunté.
-Nada, nada – contestaba Piper entre risitas –. Creo que Percy tendrá que acostumbrarse a vivir con los encantos de Afrodita.
-¿Qué encantos? – volvía a preguntar.
-Los tuyos – contestó Annabeth –. Creo que esos dos están sacando su lado celoso. No creo que sea bueno para ellos. – ellas seguían riendo, pero pararon cuando vieron mi cara desconcertada.
-¡Oh, vamos! – Dijo Piper – debes haberte dado cuenta del efecto que causas en los demás.
-No, la verdad es que no.
-¡Oh, sí cómo no! ¿Enserio crees, que Percy te sigue a todos lados solo quiere recuperar el tiempo perdido? – Decía Annabeth – Te sigue a todos lados porque te siguen las miradas.
-¿A mí? Pero si yo no soy bonita – las chicas se me quedaron viendo –. No tengo cabello rubio como el tuyo – señale a Annabeth – u ojos que cambien de color, mucho menos pensar que tengo la seguridad de Thalía.
-Monse, eres una muchachita muy bonita, hasta podría decir que de aspecto adorable. Es cierto, no tienes el cabello rubio como el mío, el tuyo es negro ondulado. – dijo Annabeth, tratando de subirme la moral.
-Y tus ojos – agregó Pipes – son verdes como los de Percy, pero los tuyos cambian su tonalidad cuando estas enojada. – dijo sonriendo.
-A demás de que sí tienes seguridad, no muchos han puesto en su lugar a esos tres – señalo la puerta –. Monse, eres bonita, y segura y con una gran personalidad.
-¿Quién es bonita? – pregunto Bárbara entrando con un paquetito en las manos.
-Monse. – contestó Piper. Bárbara puso los ojos en blanco.
-Sí se le sube a la cabeza será su culpa – dijo sonriéndome –. Eres muy linda Monse… como una muñequita.
-Gracias chicas.
-Bueno, venía a felicitarte. ¡Feliz cumpleaños! Oficialmente tienes trece, así que ya no eres una niña. ¡Tienes todo el derecho de mandar a los chicos al carajo y culpar a las hormonas! – Empezamos a reír por sus ocurrencias, y la verdad es que eso es lo que más me gustaba de ella, al igual que Leo, tena una habilidad asombrosa para verle el lado bueno a las cosas. – ¡Anda ábrelo! – me urgió tendiéndome una bolsita color rojo.
Abrí la cajita y dentro estaba una esfera igual a la que habíamos soltado en la cabaña de Deméter. Me guiñó un ojo.
-Se la robé a Leo, me costó muchísimo, así que úsala sabiamente. Y si te pregunta quién te la dio, mi nombre no sale de tus labios. – Las chicas se quedaron viendo la pequeña esfera, preguntándose que era.
Tomé la esfera y la guardé muy bien. Me cambié y en mi cajón había unos shorts de color rojo con estoperoles, una blusa color crema y para mi grata sorpresa uno tenis negros. ¿El problema? El problema es que el short era muy corto. Afrodita debe amar avergonzarme, creo que es su nuevo pasatiempo.
-Bueno, al menos no te obligó a usar el cinto hoy.
-Ni lo digas – dije viendo hacia el techo, como si me estuviera viendo – no le des ideas. – y las muy malditas rieron de mi desgracia.
Esperaron a que me cambiara para ir a desayunar. Estaban planeando lo que iban a hacer cuando llegaran sus amigos del otro campamento, que hasta donde había entendido, era muy reciente la amistad que existía entre los dos campamentos.
-¿Pero si ellos también son hijos de Dioses, por qué están separados?
-Porque, ellos son romanos y nosotros griegos – explicó Annabeth, como si fuera lo más obvio del mundo – somos culturas diferentes, basadas en el mismo origen, simplemente que ellos tienen un régimen distinto al nuestro. Por ejemplo; nosotros nos agrupamos por Dioses, dependiendo quien es tu progenitor divino nos organizamos para todo; para ellos es distinto, ellos se guían por legiones, y así es como ellos se agrupan.
-¿Y tú novio esta allá? – pregunté a Piper, recordando las muchas veces que lo había mencionado.
-Sí – contestó, apareciendo una sonrisa radiante, como cada vez que hablaba de él –, no ha de tardar mucho en venir, está arreglando asuntos en Nueva Roma, como es pretor – decía emocionada –. Quiere conocerte, le he hablado de ti. Te agradaré, es imposible no amarlo.
-¿Ya vas a empezar otra vez? – se quejó Thalía.
-Es que lo extraño.
-Sí, pero no empieces otra vez, es agotador. – gimió Annabeth.
-Lo dice la que está todo el día con su novio. – contraatacó Piper.
-Bueno sí, pero no estoy todo el día con él.
-Ya cállense las dos. – dijo Bárbara, zanjando el tema.
Mientras íbamos caminando sentía algunas miradas en mí. Por primera vez fui consciente de que muchos me sonreían amablemente. Siempre había pensado que me miraban con recelo, o incluso con coraje por los problemas que había causado, que esa era la razón por lo que no se me acercaran. Pero ese día note que muchos campistas me sonreían, incluso varios asentían en mi dirección o me saludaban con la mano. Increíble de lo que te das cuenta cuando caminas mirando al frente y no mirando tus pies.
Estábamos a punto de llegar a las mesas cuando se me acercó un chico, del que recordé su nombre era Erick, el chico con trasero de carcaj.
-Monse – me llamó, me pare y las chicas siguieron caminando sin perderme de vista – solo quería desearte un feliz cumpleaños.
-Oh, gracias. ¿Cómo sabias que hoy es mi cumpleaños? Quiero decir, yo me acabo de enterara hace una hora. – Erick se rió y paso su mano por sus cabellos castaños.
-¿Bromeas? La mayoría sabe que es tu cumpleaños, Tyson no dejó de hablar de ello anoche.
-Ah… gracias otra vez. – hice ademán de emprender marcha otra vez, cuando volvió a hablar.
-¿Sin un abrazo?
-¿Perdón? – contesté.
-Me refiero a ¿qué es una felicitación de cumpleaños sin un abrazo? – Se acerco a mi tan rápido que no me pude negar. Me estrecho y susurró a mi oído – Más tarde te doy tu regalo.
-No es necesario, en serio.
-No es nada, la verdad, no es molestia. –Me soltó y se fue, dándome una sonrisa triunfal.
Di media vuelta desconcertada y las chicas estaban esperándome, riendo entre ellas por lo bajo. Estaba por alcanzarlas cuando vi que la cara de Bárbara se agrió de repente. Me extraño, pero no pude preguntarle el porqué. Una mano se posó en mi hombro y me hizo girarme es seco. Era Marco, el hermano rubio y de ojos azules de Bárbara.
-Buenos días Monse.
-Buenos días Marco. – mi voz dejo entrever las sorpresa que sentía, esta era la primera vez que hablaba con él.
-Este, solo quería decirte que espero que pases un lindo cumpleaños. – Se acercó y me abrazó. Me sentí incomoda.
-Gracias – farfullé. El me sonrío y volteó a ver a su hermana.
-Supongo que nos vemos luego.
-Seguro.
Se alejó y esta vez corrí hacia las chicas.
-¿Y te preguntabas que encantos? – Dijo Thalía socarronamente.
-Vamos antes de que se a cerque alguien más, muero de hambre.
Prácticamente corrí hacia los chicos que nos esperaban a un lado de la mesa de Poseidón que era la más cercana, ignorando a los que me llamaban cada vez que pasábamos. Me situé entre Nico y Leo, quedando cara a cara con Percy.
-¿Por qué tardaron tanto? – Preguntó este – ¿Qué no te dije que no era necesario mostrar tanta pierna? – casi grito, señalando mis piernas desnudas.
-Yo creo que le luce el short – dijo una voz a mis espaldas. Todos volteamos y vimos a Connor.
-Como ya te imaginarás, y como todos tus pretendientes de hace rato…
-¿Pretendientes? – Interrumpió Percy – ¿Qué pretendientes? – pero Connor lo ignoró.
- … solo venia a desearte un muy feliz cumpleaños. Este es de mi parte y de Travis – señalo su hermano que se encontraba a unos metros, viendo en nuestra dirección. Agito la mano en forma de saludo. – No se acerca porque Katie se lo prohibió. – terminó, haciéndome reír.
-Gracias, no era necesario.
-A demás, esa no es la única razón, queríamos saber que decidiste, ¿vas a aceptar el trabajo o no?
-Pues si me gustaría, pero no se qué hacer.
-No te preocupes, de eso nos encargamos nosotros.
-Ah, no, eso sí que no – bramó Percy –. No trabajarás para los Stoll. ¿Primero me entero de tus pretendientes y, ahora esto?
-No empieces. – le contesté.
-Hablamos luego. – dijo Connor y se alejó lo más rápido que le permitieron sus pies.
-Pero él tiene razón. – le defendió Leo.
-¿Qué tal si te pasa algo? – Preguntó Nico – No sabes lo que te van a poner a hacer. ¿Qué tal si te lastimas?
-Bueno, ya no es una niña – dijo Bárbara – y hasta donde sé, ella es capaz de hacer lo que quiera.
-No ayudes Bar. – masculló Leo.
-Por primera vez, estoy de acuerdo con los chicos Monse – dijo Annabeth –. No sabes lo que harás, aunque dudo mucho que te pongan en peligro deliberadamente, existe la posibilidad de que algo salga mal.
-Bueno, eso es cierto. – concordó Piper. Thalía solamente me miró dándome a entender que tenían razón. Suspiré.
-Está bien. No trabajaré con ellos ¿contentos?
-Esa es mi chica.
-No soy tu chica. – le recordé, él me sonrió con esa sonrisa torcida que era mi favorita.
-Sí eres mi chica. – le sonreí negando con la cabeza.
-Bueno, y a todo esto ¿quiénes eran estos pretendientes? – pregunto Percy, mirando a los alrededores. Annabeth lo rodeo por la cintura y le dio un beso en la mejilla.
-No empieces sesos de alga. No la hostigues.
-Simplemente es curiosidad. – dijo Nico.
-No son pretendientes. Ni siquiera he mantenido una conversación con ellos antes. Solo me felicitaron por cortesía.
-¡Sí claro! Solo fue por "cortesía" – dijo Percy haciendo comillas en el aire. – Ya dime quienes fueron, tal vez tenga que tener una conversación con ellos.
-Iremos contigo. – agrego Nico. Percy los evaluó con la mirada y después asintió.
-¡Ah no, eso sí que no! – Bramé – Prometieron no volverse a meter en mis asuntos. No me hicieron nada, y ya les dije que soy perfectamente capaz de cuidarme sola.
-Sí pero…
-¡Pero nada! Escúchenme bien los tres, hacen algo que me avergüence en los más mínimo, y se vas a arrepentir.
-A Nico y a mí nos gusta ser castigados – insinuó Leo, haciendo que se ganara un zape de Percy.
-¡Valdez! – Nico empezó a reír y Leo le golpeó.
-Vamos. A. Desayunar. – sentenció Percy con los dientes apretados, jalándome hacia a la mesa.
Nos sentamos al igual que los demás. Tyson llegó nos dijo que mañana se iba. «Son asuntos clasificados de la guardia de Poseidón». Eso fue lo único que nos dijo. Decidimos, y cuando digo decidimos, me refiero a que Percy decidió ir a la playa a entrenar mis habilidades inexistentes.
Cuando llegamos, la playa se encontraba en un estado deplorable. Había ramas por todos lados, algas marinas en la costa, incluso sillas plegables.
-Creo que la tormenta se salió de control. – levante la vista y el cielo se encontraba despejado.
-¿Crees que sea seguro? – le pregunté. Él miro el océano y asintió.
-No creo que sea peligroso. A demás, debes mejorar, no hemos avanzado mucho que digamos. Debes concentrarte más.
-¡¿Qué no me esfuerzo?! Termino con jaquecas cada vez que entrenamos. Tal vez, no seas tan buen entrenador después de todo.
-Pues para tu desgracia, soy el único que tienes. Ahora metete al agua.
Obedecí y entre chapoteando. El agua salpico y empecé mi habitual concentración. Todo esto era de lo más frustrante, por más que lo intentaba, no pasaba nada. Tenía dos semanas entrenando y no podía hacer nada de las proezas de Percy. Él se desenvolvía con una elegancia asombrosa, yo, tenía que concentrarme para no mojarme. Lo único que había logrado es poder respirar bajo el agua al igual que él, pero nada más, aunque si contamos que aprendí a nadar, podemos decir que aprendí dos cosas.
Entre más tiempo pasaba en la playa, mas me estresaba. El cielo despejado se empezó a obstruir de nubes grises como en mis pesadillas. Percy lo noto y se dio por vencido.
-Será mejor que regresemos. Esta tormenta siempre llega en los momentos menos inoportunos.
Salimos del agua y se me erizo la piel por el frio que hacía. El viento empezó a azotar más fuerte y finalmente empezó a llover. Cuando llagamos a las cabañas, yo había hecho un gran esfuerza para mantenerme seca mientras que Percy estaba fresco como lechuga.
-Percy, ¿no cree que tal vez no tenga nada de especial? Es solo que ¿Cuánto llevamos intentándolo y no puedo hacer nada?
-No todo se consigue a la primera.
-Tú lo conseguiste a la primera.
-Sí, pero aun así me costó dominarlo.
-Percy. Acéptalo, no tengo nada de especial, al menos, yo ya lo acepté.
-No es así. Es solo que no nos hemos esforzado lo suficiente, los dos.
-No, no es así y lo sabes. No puedo hacer nada. Tal vez se equivocó y no soy su hija.
-¿Qué quieres decir?
-¡Que no tengo nada de especial Percy! Entre más rápido lo aceptemos más fácil va a ser para todos.
-¡No es así!
-¡Sí lo es! – dije a punto de llorar. Las lágrimas me picaban los ojos, pero las contuve. – Simplemente soy normal, ¿qué tan malo puede ser?
Él se acero a mí y me rodeo con sus brazos.
-No eres normal – susurró – eres especial, con habilidades o sin ellas. Eres especial – limpió mi mejilla por la cual resbalaba una traicionera lágrima –. Y mañana, no saldremos de la playa hasta que logremos un avance – sonrío –, así pasemos la noche allí… pero no hay necesidad de llegar a tanto.
Lo abracé. Era la primera vez que lo abrazaba y se sentía tan natural. Se sentía bien, como si fuera lo más normal entre nosotros a pesar de que teníamos días de conocernos. Por primera vez vi al chico de diecisiete años testarudo, impulsivo, leal y perseverante que era mi hermano.
-Gracias. – susurré en su pecho, que era la parte más alta a la que llegaba.
-Anda, tengo clase con espada, y si bien recuerdo, te toca entrenar arco.
-No me gusta el arco – me queje –. Thalía es muy mandona. – Percy rió.
-Mira el lado bueno, dentro de algunos días se irá con las demás chicas. Solo hay que esperar hasta el solsticio de verano.
-¿Cuándo es eso?
-Unas dos semanas a lo mucho, después de eso se irán.
-Me miran raro. Como si me estuvieran evaluando para algo. – Percy se tensó a mi lado - ¿Pasa algo?
-No, nada.
Me acompañó a mi sesión de arco. Thalía estaba ahí, al igual que las demás chicas. Todas vestidas con alguna prenda plateada.
-Thalía – llamó Percy –, ¿podemos hablar… en privado?
-Seguro. Monse, ve preparándote, toma un arco y un carcaj.
Me alejé para darles privacidad y fui por las cosas. Cuando me incline para tomar las flechas y colocarlas en el carcaj, mi espalda crujió. Aun me dolía del día ayer, no tanto para pasar el día en la cama, pero si lo suficiente como para no querer agacharme.
-Esa espalda no se oye nada bien. – dijeron a mis espaldas. – Sabes, yo podría arreglar eso. – Voltee y vi a un chico de cabellos cobrizos, ojos negros y rostro un poco tosco.
-Disculpa, ¿te conozco? – El chico sonrió ladinamente.
-Aun no había tenido el placer. Jared, Jared Anderson – estiró la mano y la estrecho con la mía – hijo de Ares.
-Un gusto. – conteste retirando mi mano.
-Desde que llegaste quería hablar contigo. – continuo el chico.
-¿Y por qué no lo hiciste? – pregunté mientras tomaba mis cosas y me disponía a salir de ahí.
-Bueno, nunca estas precisamente sola, siempre estas con tu sequito de admiradores…
-Nico y Leo no… - empecé a protestar, pero el chico siguió hablando, ignorándome. Idiota.
-… así que cuando le dije a Nico que me hiciera el favor de presentarme contigo, dijo que no. ¿Puedes creerlo? El mocoso se negó a presentarme contigo.
-Recuérdame agradecerle.
-¡Oh vamos, preciosa! Solo quería presentarme.
-Pues ya lo hiciste. Un placer, pero tengo cosas que hacer, no vemos.
-Oh vamos preciosa – me llamó –, no seas así, Te invito a dar un paseo en canoa, a las chicas como tú les gustan esas cursilerías ¿no?
-¿Chicas como yo?
-Sí, piénsalo, hijo de Ares – se señaló – descendencia de Afrodita. ¿Qué puede salir mal con nuestra mezcla?
-Bueno, para empezar, no me llames preciosa, en segundo, no saldría contigo ni aunque de eso dependiera mi vida y en tercer lugar, no habrá una "mezcla" entre nosotros ¿quedo claro?
-Me gustan las mujeres decididas, son las más apasionadas.
-Lástima que a mí no me gusten los idiotas.
-¿Estas saliendo con alguien?
-¿Y eso que tiene que ver? Este saliendo con alguien o no, no es de tu incumbencia.
-Pero si no sales con nadie no tienes razón por la cual rechazarme preciosa.
-Esta la razón de que no quiero.
-Te haré cambiar de parecer.
-No lo creo – contesté –. Ahora, si has terminado tu monologo, tengo cosas que hacer. – Tomé mis cosas y salí para encontrarme con Thalía.
Cuando salí Thalía y Percy discutían, y no son las personas más discretas del mundo. Percy articulaba y cada vez se ponía mas rojo, lanzaba los brazos al aire y se alborotaba el cabello por la exasperación. Thalía, que tenía un carácter explosivo, tenía una mirada que podría paralizar a cualquiera, su mandíbula fuertemente apretada.
-Percy, es mi decisión – decía la chica, con la mandíbula fuertemente apretada –. Puedo pedírselo a cualquiera que reúna los requisitos.
-No a ella, es mi hermana.
-La acabas de conocer. Está en la edad perfecta, creo que puede decidir si quiere o no.
-¡Claro, como Artemisa ya tuvo una hija de Hades, tiene a una hija de Zeus, ahora quiere a la de Poseidón! ¡Maldita sea, ¿quiere completar la colección o qué?!
-¡No hables de mi señora así Perseus! Sabes que las cosas no son así. Ella se puede negar.
-¡Pues se negará! – exclamó Percy.
-¿Me negaré a qué? – pregunté. Los chicos se miraban fijamente a los ojos, guardaron silencio y supe que seguían con su discusión en silencio. Retándose.
-Nada – masculló Percy –, Thalía dice que se cancela la sesión de hoy. Vamos a la arena. – Me tomo del brazo y me arrastro detrás de él.
-¿Qué fue todo eso? ¿Por qué discutían?
-Al parecer, Thalía tiene unas ideas muy estúpidas. Vámonos, hoy entrenaras conmigo.
-Sabes que tarde o temprano hablaré con ella. – gritó Thalía a nuestras espaldas. Voltee a verla y ella miraba fijamente a Percy.
La euforia de mi cumpleaños decayó tan rápido como había llegado. Percy se encontraba tenso a mi lada. Cada vez que Thalía se acercaba se podía sentir la tensión que emanaba de ellos. Jared no dejaba de "toparse accidentalmente" conmigo por todo el campamento. «Es un lugar pequeño, las coincidencias ocurren» se defendía cada vez que lo enfrentaba.
La hora de la comida llegó más rápido de lo que esperaba. Percy, Tyson y yo nos sentamos en nuestra mesa. Los demás fueron llegando poco a poco. Algunos campistas se acercaban a mí a felicitarme y Percy se ponía ceñudo cada vez que esto sucedía. Tyson que siempre se había mostrado más tolerante con esto, pero llegó un momento en que corrió a un chico de la cabaña de Deméter que llevaba consigo una planta hermosa, aunque no más que la que me había dado Nico en la mañana. Percy sonrío y le alzo al pulgar a Tyson.
-¿Así Percy? – pregunto el grandulón.
-Perfecto – le contesto el susodicho –. Es nuestro deber no dejar que se le acerque los lobos.
-Sigo en la mesa – me queje –, me choca que hablen de mi como si no estuviera en la mesa. – pero como siempre, me ignoraron.
-Hermanita – llamó Tyson – Percy dice que no debemos dejarte sola con ellos – señalo hacia los campistas – y Percy nunca se equivoca. Dice que quieren hacerte daño. – Miré a Percy enarcando una ceja.
-¿En serio?
-Bueno, uno nunca sabe. – se defendió. Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.
-A veces eres tan ridículo. – contesté.
Comimos y al terminar Nico y Leo se nos acercaron. Percy torció el gesto.
-Ya se estaban tardando en aparecer – farfulló por lo bajo.
-Hey Monse, ¿qué te parece una tarde de películas? – Preguntó Leo. – Tenemos de todas. Sí te portas bien, tú eliges.
-Es mi cumpleaños, ¿recuerdas? Creo que yo debo elegir.
-No, de eso nada. Estas en mi territorio peque.
-Tú eliges. – interfirió Nico, poniendo los ojos en blanco.
-¿Y en donde vamos a ver las películas? – pregunto Percy.
-En el bunker 9 – contestó Leo como si fuera lo más obvio –, esta mañana fui a colocar el proyector y los asientos.
-¿Qué no tenias practica hoy? – le pregunte a Percy.
-Pues sí, pero no pienso dejarte sola con ellos dos.
-Un poco de confianza Percy. – pidió Nico.
-Termina tu sesión y nos alcanzas. – propuse. Él no se miraba muy convencido, pero acepto. Sonrío con malicia.
-Tyson esta libre hoy, ¿Por qué no lo invitas? Recuerda que mañana se va y no sabemos cuándo lo vamos a volver a ver.
-¿Por qué eso suena a chantaje? – le cuestioné.
-Solo es una sugerencia – se defendió – pero entenderé si no quieres estar con tu hermano.
-Eres imposible. – me quejé, mientras una sonrisa se asomaba en mis labios.
-Le diré que los alcance. – dijo triunfalmente.
-Hola preciosa. – solo una persona me había llamado así, y era de lo más irritante.
-Jared. – conteste con la voz más fría que encontré, aunque hablando con él, salía natural.
-¿Qué pensaste del paseo al lago? – siguió con voz… ¿seductora? Sonaba como una sierra eléctrica. Los chicos se pusieron rígidos como tablas a mis lados.
-Lo mismo que hace rato – contesté –. No. Estoy. Interesada. Ahora, tenemos planes, así que retírate.
-¿Por qué eres tan mala, preciosa?
-Ya te dijo que no está interesada. – protestó Percy, pero Jared lo ignoró.
-Te dije que me gustan apasionadas. Realmente haces un esfuerzo pare gustarme ¿eh? – Alzó la mano y aparto un mecho de pelo de mi rostro.
-No la toques. – bramó Nico. Me jaló y me puso detrás de él.
-Ah, ya veo. Te gusta no es así, por eso no me quisiste presentar con ella. – Nico adquirió un profundo color escarlata y se quedó mudo. Estaba segura, de que yo igual estaba roja al igual que él. Si mi cara estaba tan roja como caliente, era la reina de los tomates.
-¡No me gusta! – dijo finalmente… y dolió.
-Entonces ¿te gusta el fenómeno de Valdez, es eso? – Percy temblaba de la rabia, Leo tenia pánico en su mirada y Nico perdió todo color de su rostro.
-No tiene que gustarme nadie para que te rechace. ¡Y Leo no es un fenómeno! – contesté furiosa.
-Aceptarás. Lo sé, terminaras aceptando.
-Te equivocas – dijo Percy –. Ahora lárgate. – Jared sonrío socarronamente y se alejó pavoneándose, aunque parecía más un cachivache averiado por como caminaba.
-Idiota. – susurré por lo bajo.
-No iras. – ordeno Percy. Aunque no me gustaba que me ordenara, esta vez no iba a contradecirlo.
-Créeme, no necesitas decirme. Es un idiota.
-Ni que lo digas – agregó Leo – Lo último que necesitas es que ese mastodonte este detrás de ti, ¿no es así Nico? – Él solo se limito a asentir y no se dignó a mirarme.
Nos fuimos rumbo al Bunker 9, y en el piso habían varías colchonetas, dulces, refrescos, comida y un pastel. Tyson llegó media hora más tarde. Comió como si no hubiera mañana, aunque no es que me queje, yo no me quedé atrás. Había consumido azúcar que tenía demasiada energía, tanta que literalmente daba saltitos por todo. Terminamos viendo una película de acción. Un tipo al que por más que le disparaban no le pasaba nada, nada creíble, pero ellos se emocionaron como niños. Además de que yo nunca había visto una película en mi vida, era asombroso. Puede que la historia no hubiera tenido mucha congruencia, pero era maravilloso ver las aventuras de otros.
Cuando la película termino, regresamos al campamento, yo tenía tanta azúcar en mi sistema que ya no me sentía adolorida, al contrario, me sentía con tanta energía. No dejaba de dar saltitos, incluso desesperé a Leo.
-¡Ya basta, peque! Solo te veo botar de aquí para allá, ya me maree – se quejó, pero no me importó, tenía demasiadas energías que quemar.
Nico no me había hablado desde el altercado con Jared. Una pequeña parte de mi conciencia me decía que a lo mejor se había enojado. Dejé que Leo y Tyson se adelantaran y me rezagué con Nico que iba mirando el suelo como si fuera lo más interesante del mundo.
-¿Nico, estas enojado conmigo por lo que pasó con Jared? – Alzo su bello rostro desconcertado… aguarda un momento Monse, acabas de decir ¿bello?
-No, no estoy enojado contigo – susurró, interrumpiendo mis pensamientos –. Es solo que me molestó que él te estuviera siguiendo.
-¿Por qué?
-Porque eres mi prima, eres la hermana de Percy y él, sinceramente es un idiota.
-Oh - ¿Qué esperabas Monse? Sabes que él es tu primo, Percy no se cansa de recordártelo –. Entonces, ¿estamos bien, tú y yo?
-Por supuesto – susurró y por su rostro se asomó una fugaz sonrisa cagada de melancolía –, todo está bien entre nosotros.
-¡Hey, chicos, no se atrasen! – grito Leo a la distancia. Sonreí a Nico una última vez y apresuramos nuestro paso.
Percy estaba tan pegado a Annabeth que me sorprendía que pudieran respirar esos dos. ¡Qué asco! Ya era suficientemente malo escucharlos en las noches sollozar cuando está a obscuras la habitación, como para tener que verlos en vivo y a todo color.
-Consíganse un cuarto. – les dije. Ellos rieron y noté un pequeño rubor en las mejillas de Annabeth.
-Algún día estarás igual. – contesto la rubia. Percy frunció el ceño.
-Eso sí que no. – contestó.
-Sesos de alga, ¿estás consciente que no se quedará de trece años eternamente, no es así? Algún día tendrá novio, se casará, tendrá hijos, y serás un tío enfadoso.
-Seremos – le dijo Percy –, seremos Annabeth. A ella le brillaron los ojitos y yo los puse en blanco. Nico y Leo que seguían a mi lado estaban de un tono verdoso.
-Asco. No nos interesan sus intimidades, así que por favor, no las divulguen. – sentencié. Percy y Annabeth se encogieron de hombros y rieron.
-¿Por qué no llegaste? – Preguntó Leo.
-Se me atravesaron unas cosas, nada importante – volteó a verme –. ¿Se portaron bien?
-Define bien. – repliqué con una sonrisita. Percy entrecerró los ojos.
-Tyson me lo dirá.
-Se portaron bien – contesté finalmente -. ¿Qué podrían hacer? ¿Secuestrarme? – Él solo asintió.
-Un poco de confianza Percy, hieres mis sentimientos. – dijo Leo, haciendo una ridícula mueca.
-Váyanse a su mesa. – los corrió de formas nada amistosa.
-A veces eres muy grosero sesos de alga. – regañó Annabeth.
-¿Qué querías que hiciera? A veces me sacan de mis casillas esos dos. Se la pasan como lapas con ella, sobre todo Leo.
-Son sus amigos Percy. Lo mismo hacíamos tú y yo.
-¡Exacto! Porque lo hacíamos tu y yo, y ahora míranos. Sé cómo operan los chicos porque soy uno.
-Bueno, pues creo que ella puede manejarlo. – replicó ella.
-Es frustrante que hablen de mí como si no estuviera aquí. – les dije.
Annabeth le dirigió una mirada gélida y se despidió. Nos sentamos en nuestra mesa y Percy empezó a sermonearme que debía tener cuidado con ellos, que solo conseguiría meterme en problemas, blah, blah, blah. Desconecte mi cerebro en cuanto empezó. Cuando finalmente dejó de hablar asentí solemnemente con la cabeza.
-Me di cuenta de que me dejaste hablar como loco. – refunfuño.
-No dejas de repetir que no esté con ellos, pareces perico.
-¿Y porque no estás con las chicas? No creo que a Piper le moleste estar contigo, o Bárbara, ella es muy sensata.
-Si paso tiempo con ellas, pero cuando Piper empieza a hablar de su novio no hay quien la calle, y Bárbara ha estado ocupada con su hermano. Me dijo algo de que había tenido un accidente en su clase con la espada – y de repente me llegó un pensamiento, pero no, no podía ser –. ¿Que no eres tu el que le da las lecciones a Marco?
- Sí. – contestó, y juró que pude ver el inicio de una sonrisa maliciosa, pero la borró tan rápido como había aparecido.
-¿Y qué le pasó?
-Oh, nada grave. No paró una estocada como le había enseñado, reaccionó muy lento ¿sabes? Los accidentes pasan todo el tiempo, más en este lugar.
-Esto no tiene nada que ver con que te hayan dicho que es mi "pretendiente" ¿verdad? Porque tú no dañarías a alguien deliberadamente, ¿no es así, Percy? ¿Percy? – una sonrisa de disculpa se asomó por sus labios.
-Bueno, no todo fue intencional, el realmente reaccionó lento, así que no es del todo mi culpa. – Me le quedé viendo con la boca abierta. – Él te invitó a salir, ahora creo que no podrá. De nada.
-¡Él no me invitó a salir! – Exploté – ¡Él solo me felicitó por mi cumpleaños, Percy, estás loco! – su cara perdió color rápidamente.
-Pero yo… yo… yo pensé.
-¡Pensaste mal! Dios, si Bárbara no me vuelve a hablar será tu culpa.
El resto de la noche se la pasó disculpándose y yo ignorándolo, castigándolo con mi mirada acusadora. Con razón ya no se me habían acercado tantas personas, no es que me quejara de eso, pero me acongojaba el pensar lo que le hizo al pobre de Marco.
La noche pasó como todas, con pesadillas, Annabeth no hizo acto presencia esa noche, lo cual agradecí, cuando desperté empapada en sudor y con escalofríos en la penumbra de la habitación. Mis sueños cada día se hacían más terroríficos y reales. Había veces en las que me preguntaba si no estaba volviéndome loca. No le había dicho a nadie, temía que me dijeran que era rara, o que me tiraran de loca. Traté de volver a conciliar el sueño, pero este simplemente se negaba a visitarme, el sol empezaba a asomarse por la ventana cuando se escucho un ruido estruendoso, como si se estuviera estrellando algo en un lugar cercano. Percy se despertó rápidamente y tomó contracorriente, listo para atacar. Tyson seguía durmiendo.
-¿Qué fue eso? – preguntó alerta.
-No sé – susurré –, viene de afuera. – Nos asomamos por la ventana y a lo lejos, pudimos ver que algo se quemaba.
-Quédate aquí. – me ordenó mientras tomaba sus zapatos y salía de de la cabaña.
-No. Voy contigo. – me miró y asintió. Me puse los zapatos lo más rápido que pude y descoloqué mi anillo, presioné la perla como me había dicho Tyson y ahí estaba. Mi espada de medio metro, de bronce celestial, con tres perlas adornado la empuñadura.
Salimos en pijamas, lo más rápido que pudimos. Había más mestizos fuera, corriendo hacia el lugar que se estaba chamuscando. Annabeth, a la que pude vislumbrar en el mar de cabezas, traía consigo su cuchillo, Leo estaba buscando en alguno de los bolsillos de su cinturón y Nico traía su espada.
-¿Qué pasa aquí? Apártense. – vociferaba Percy, pasando el mar de mestizos conmigo detrás de él.
Las llamas lamian algunos cobertizos, pero no era tan grave, al menos, no había heridos… que yo supiera.
Un joven se asomó entre las llamas. Era alto y tenía un cabello rubio rojizo, de unos sorprendentes ojos azules, no tendría más de dieciocho años. Llevaba un pantalón de mezclilla con una playera roja sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos atléticos. Esbozó una linda sonrisa juguetona y atractiva en sus labios carnosos.
-¡Ups! Mi error – se disculpó, como si causar un incendio fuera algo menor –. No calculé bien el descenso.
Quirón y el Señor D. aparecieron de la nada.
-Apolo – saludo el cuadrúpedo - ¿a que debemos su grata visita?
Pero el chico llamado Apolo no contestó, tenía la mirada fija en Percy, todos se dieron cuenta y voltearon a ver la escena.
-Y bueno Percy, ¿no piensas presentarme a tu nueva hermana? – preguntó Apolo, dirigiéndome una sonrisa deslumbrante. Sentí mis mejillas arder.
-Apolo, Monse, Monse, él es Apolo, Dios del sol y her…
-Así que tú eres la chica de las tormentas. Un placer bella dama – interrumpió Apolo, tomando mi mano y besándola. De repente, sentí un calor abrazador por mi cuerpo, y no tenía nada que ver con el incendio.
-El placer es señor. ¿La chica de las tormentas? – pregunté totalmente desconcertada.
-¿Señor? Dime ¿acaso tengo el aspecto de un señor, hermosa? – sentí como me sonrojaba aun más profundo.
-No, la verdad es que no. – confesé un poco tímida.
-Que linda te vez sonrojada – comentó –. Por cierto, me gusta tu pijama; Afrodita sí que sabe elegir. – dijo guiñándome el ojo. Entre el apuro por salir a ver lo que pasaba, no me acorde del pequeño short que tenia por pijama. – Pero sí, me esfuerzo mucho trayendo luz solar y calor a esta ciudad como para que en una rabieta tu lo arruines. – terminó un tono burlón y una linda sonrisa.
-Apolo – interrumpió Quirón, haciéndose notar nuevamente –, si puedo preguntar, ¿a qué se debe tu grata visita?
-Ah sí, mi visita – contestó con la vista aun fija en mí – si vine a ver a Leo. Mi coche se averió y Hefesto no lo quiere arreglar por la pequeña bromita que le hice. Una pequeñez de hecho, pero ya sabes cómo se pone Hefesto cuando alguien se mete en sus santuarios de trabajo – puso los ojos en blanco y sonrió –. Esta por allá atrás chico. Hace mucho ruido cuando lo enciendo – hizo un gesto con la mano para que fuera al carro –, así que, Monse, que te parece dar un paseo una vez que esté listo mi convertible.
-Ah… yo… este... – quedé como una completa idiota. De seguro se estaba preguntando si era capaz de hablar. Percy se aclaró la garganta.
-Primero explícanos lo de la chica tormenta, ¿te parece? – escuche pedir a Percy.
-Ah, eso – empezó, como si fuera algo insignificante –. Chica, debería estar enojado contigo, mira que provocar tormentas fuera de temporada cuando yo me esfuerzo tanto. No, eso si que no. Pero te perdono por ser guapa. – lo miré desconcertada, tratando de encontrarle sentido a sus palabras. Él enarcó una ceja.
-¿Qué tormentas? – pregunté por fin.
-¿Ahora me vas a decir que no sabes? No nací ayer. – Rio por su mal chiste.
-No sé de lo que habla. – Él rio en una sonora carcajada, mostrando su blanca dentadura.
-¿Y quieres que crea, que tú, hija de Poseidón, Dios de los mares y tempestades, no tiene nada que ver con los avistamientos de tormentas que ha habido, y que no fuiste la causante de la gran tormenta que azotó la costa hace dos días?
-La verdad, es que no. No he tenido nada que ver. Ni siquiera he tenido avances en mis adiestramientos.
-Pues, si lo que hiciste hace dos noches no son avances, no quiero ver cuando logres tenerlos, hermosa.
-No es tan difícil de creer – mencionó Annabeth pensativa –. Nos concentramos tanto en buscar habilidades que ya conocíamos – le dirigió una mirada a Percy mientras hablaba –, que no se nos ocurrió pensar que podría tener otras. ¿Cómo no se me ocurrió? – agregó por lo bajo, hablando consigo misma –. Es lógico, no todos los mestizos tienen las mismas habilidades ¿Por qué ellos iban a ser la excepción? Claro que van a compartir algunas, pero no todas, por eso no tenia avances en sus entrenamientos, porque nos enfocábamos en las habilidades incorrectas. Nunca nos dimos cuenta de las señales, eso explica el porqué de los avistamientos de tormentas cada vez que bajaba a la playa, él la estresaba tanto que salían a flote inconscientemente. Todo tiene sentido si lo vemos así.
-Sí que es rápida, ¿eh? ¿No te desespera? – cuestionó Apolo a Percy.
-Te acostumbras – objetó el mestizo. Annabeth lo fulminó con la mirada.
-¿Así que qué dices del paseo, hermosa? Podríamos ir a ver un hermoso amanecer en Alaska, claro que te podría ayudar a mantener el calor corporal. – Me quedé muda. Si existía un momento para quedarme en blanco como estúpida, no era este.
-Nos encantaría – se auto-invitó Percy. Apolo río.
-No te ofendas amigo, pero no acostumbro llevar chaperones a mis citas – me dirigió nuevamente un guiño, y juró que mi corazón se aceleró. Percy se tensó. Yo solo podía reír como tonta.
-No me dirás que te gusta esta niñita. – bramó el Señor D.
-Pues, sí, es así. – contestó Apolo con su sonrisa radiante como el sol; ironías de la vida.
-Pues si que has bajado tus expectativas en las mortales.
-Al contrario Dionisio – replicó – si vieras lo que he visto, sabrías que esta dulce señorita, se convertirá en una mujer hermosa. – me sentía desfallecer. Percy me cubrió con su cuerpo. Lo aparté de un manotazo.
-Señor – interrumpió Percy – ¿le importaría? – señalo a los cobertizos que servían de fogata.
-¡Oh, no, para nada! Hazlo, yo me encargaré de entretener a tu hermana. De hecho se me viene a la mente un haiku
-Me refería a que lo hicieras tú. – farfulló Percy tan bajo que pude haberlo imaginado. Empezó a caminar a grandes zancadas.
-No, ni empieces o coso la boca. Suficiente tengo con escucharte en las reuniones… ¡Suficiente tengo con estar en este apestoso campamento, como para tener que escucharte aquí! Sale una palabra de tu gran bocota y te corro. – advirtió Dionisio. Apolo negó tristemente.
-¿Por qué nadie entiende mi arte? – preguntó desolado.
-Porque lo que tú haces no es arte – contestó Dionisio – tú te dedicas a mutilar el arte, Apolo. – Apolo suspiró miserablemente.
-Leo, ¿si puedes reparar mi coche?
-Este, sí, supongo que sí.
-Bien – volvió a sonreír como si nada hubiera pasado – Tengo que darle un paseo a cierta señorita aquí presente. – volvió a sonreírme.
-No puede salir del campamento, Apolo. – tajó Percy, que había regresado tan rápido como pudo.
-¿Y por qué no? Va a ir conmigo, no creo que a mi tío le moleste.
-Pero yo estoy a cargo de ella.
-Y yo soy un Dios Perseus. – le recordó.
-Pero no…
-¿Qué te parecería, Monse, tu y yo, haciendo una nueva mezcla? – dijo alzando sus cejas de forma sugestiva. – Me quede con la boca abierta, ¿me estaba preguntando lo que yo creía?
-Considerando que ayer fue mi cumpleaños número trece – mencioné – creo que eso es abuso a menores. – él rió.
-Sí, tienes razón. Pero en algunos años no tendrás excusa. Solo piénsalo, unos pequeños semidioses con la belleza de Afrodita, el espíritu de Poseidón y mi genialosidad. – dijo alzando las cejas. Yo me reí por lo absurdo que sonaba todo.
-Con todo respeto, no creo que exista la palabra genialosidad.
-La existe, si sabes dónde buscar. – contestó.
Percy estaba más morado con cada palabra que salía de la boca de Apolo. Leo estaba trabajando en el coche con tal velocidad que no se veían sus manos, su cabeza estaba ligeramente inclinada, escuchando la plática. Nico estaba cabizbajo y Annabeth y Piper cuchicheaban en voz baja. Bárbara y Thalía me miraban ceñudas.
-Aun así. No creo que pase lo de los pequeños semidioses. – contesté finalmente. Él sonrió más ampliamente aun.
-Chica dura ¿eh? Me gustan así.
Thalía apareció de pronto, a mi lado derecho.
-Déjala en paz, Apolo. – Él la observó detenidamente.
-Ah, ya veo. Mi hermanita la quiere para ella, ¿no es así? – Dijo en tono de reproche – Leo levanto la cabeza de su trabajo con tal velocidad que creí que se le iba a descolocar y salir volando. Nico alzó su rostro y miró con… ¿ira? a Thalía – eso es muy egoísta de su parte, siempre se lleva a las mejores.
-No es eso – se apresuró a decir la mestiza –. Simplemente, creo que eres muy viejo para ella, eso es todo.
-¿Viejo, yo? si apenas soy un adolecente, viejo tu padre y mis tíos – se quejó –. Además, creo que estoy muy bien para mis dos siglos. – rebatió, alzándose su playera, dejando ver un muy bien esculpido torso. Tuve que hacer un esfuerzo sobre humano para no babear ahí mismo.
-Sí, está muy bien. –expresé sin pensar. Los demás me vieron con asombro. Apolo sonrió aun más y yo me ruborice a más no poder y me mordí la lengua.
Leo llegó corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían.
-Ya está, solo era un cambio de aceite. Será mejor que lo lleves con mi padre en algunos meses, creo que podría mejorar la transmisión y hay que hacerle una limpieza a los cilindros, pero por lo demás está bien.
-Si… verás, tendré que venir contigo chico. Tu padre no me ha perdonado por la bromita que le hice en una de sus fraguas. Además, tengo que venir a ver la chica con la que en unos años, crearemos una mezcla. – Percy gruñó.
-¿No se te hace tarde Apolo?
-¡Cierto! Tengo lugares que recorre, señoritas que conocer y bromas que hacer. Nos vemos luego hermosa. Tendré un ojo puesto en ti – rió, lanzándome una sonrisa que provocaría un ataque al corazón –. Como todos allá arriba.
-¿Eso qué quiere decir? – preguntó Percy. Apolo lo ignoró.
-Nos vemos, hermosa. – tomo mi mano y la beso nuevamente, haciéndome reír como tonta.
-Hasta luego, Apolo. – me despedí. Él suspiró.
-Nos veremos antes de lo que crees – contestó –. Mi oráculo manda saludos, chicos. Llegará al finalizar el año escolar. – Dio media vuelta, se metió en su coche descapotable y subió al cielo en un rayo de luz deslumbrante.
-Wow – suspiré – ese si es un chico de sangre caliente.
-Es el Dios del sol. – contestaron Percy, Nico y Leo, como si fuera lo más obvio del mundo.
-No me refería a eso. – conteste en tono soñador.
-¿Por qué todas dicen eso? – Dijo Percy en tono cansino – Digo, sé que es un Dios y todo eso, pero ¡por favor! Parece de dieciocho años.
-Un chico de dieciocho años bastante sexy. – contesté. En ese momento, desee que la tierra se abriera en dos mi me tragara.
Los chicos me fulminaron con la mirada mientras Annabeth y Piper trataban de disimular sus risitas. Thalía me miraba con el ceño fruncido.
-Bueno – dijo Annabeth cuando dejó de reír como posesa – será mejor irnos a cambiar. Hay cosas que hacer ahora que se fue ti ligue.
-No jodas, Annabeth – replicó Leo –, Apolo liga con todo lo que se mueva.
-Tal vez – contestó la rubia –, pero no me puedes negar que es el primer ligue que no le molestó a ella, y sobre todo, que ella correspondió. – terminó triunfalmente.
-Ya se les hizo costumbre hablar de mí como si no estuviera presente. – me quejé.
-Toma. – dijo Percy estirando su sudadera verde hacia mí.
-¿Para qué? – pregunté totalmente desconcertada.
-Enseñas demasiada piel con ese pijama – respondió – ese short es muy corto y esa blusa de tirantes es no me gusta. Póntela. – ordenó.
-No seas ridículo, ya casi llegamos a la cabaña.
-¿No crees que eso hubiera sido de más ayuda antes de que la viera Apolo? – protesto Nico, haciendo una mueca. Percy lo ignoró
-¿Por qué nunca haces lo que te digo?
-Porque, soy capaz de tomar mis propias decisiones.
-¿Y decides pavonear tu piernas por todo es campamento?
-Decido no dejar que me digas que debo hacer y que no – estiré la mano y tomé la sudadera – que te quede claro Percy, si me la pongo es porque yo quiero, no porque tú me lo digas. – él me miró desafiante mientas pasaba la sudadera por mi cabeza.
-Esa es mi chica – dijo Leo – muéstrale quien manda.
-No es tu chica Valdez – contestó Percy mordazmente – Al parecer, es la chica de Apolo. – Leo agrió la cara.
-Ahora, si han terminado de sermonearme, me voy. Tengo cosas que hacer. – Di media vuelta y me metí a la cabaña a cambiarme.
Tyson seguía dormido cuando entre. Roncaba ligeramente, provocando un ligero eco en la habitación. Me puse uno de los pantalones que Piper me había regalado el día de ayer, dejando de lado un pescador verde que estaba en mi cama (obra de Afrodita). A veces, sentía que me enviaba ropa como si estuviera en una pasarela, y no en un campamento, donde es imposible hacer las cosas bien en vestido, a menos, que seas Drew, aunque pensándolo bien, ella no hace nada.
Terminé de de cambiarme y fui a despertar a Tyson. Lo removí un poco hasta que rodó de lado y me aplastó. Lo golpee, pero simplemente era muy débil para causarle daño alguno. Se movió un poco mas y mi rostro termino siendo aplastado en algun punto entre su espalda y su brazo, solo recé que no fuera su axila.
-¿Monse? – preguntó Percy.
-Aquí. – farfulle y creo que entraron pelos a mi nariz.
-Cielo santo, ¿qué haces ahí?
-Descansando después de una mañana agitada ¿tú qué crees? Ayúdame a salir de aquí.
Entre Percy y yo logramos mover un poco a Tyson y logre salir.
-Sí que necesita dieta. Pesa demasiado. – Percy empezó a reír descontroladamente.
-Tienes pelos en la cara – comentó –. ¿Qué hacías, tratabas de despertarlo? – yo solo asentí. Él empezó a reír aun mas fuerte – Deberías saber que su hobbie es dormir. Si no lo despertó la aparatosa entrada de Apolo, ¿por qué creíste que tú podrías? El grandulón duerme como muerto.
-Pensé que querría desayunar antes de irse. – me defendí.
-Y lo hará, pero para él aún es temprano, apenas son las seis de la mañana.
-¿Tan temprano es? – pregunte desconcertada.
-¿No creerás que Apolo hace tuno nocturno, o si? – dijo con tono burlón, haciéndome sentir estúpida.
Yo no contesté y salí. Al parecer, Apolo había despabilado a la mayoría de los campistas. La mayoría se encontraba caminando hacia los comedores, otros se dirigían a los campos de fresas y uno que otro estaba tendido en algún rincón dormitando.
Empecé a caminar rumbo a la cabaña de Hefesto. No tenía nada que hacer y Leo siempre era bueno para matar el tiempo. Toqué y me recibió Nissa con su siempre "sonriente" rostro.
-¡Leo, te busca! – gritó apenas me vio – Pasa. – se hizo a un lado permitiéndome la entrada.
-Hey, pensé que irías o dormir.
-No tenía sueño y Percy se estaba burlando de mi, así que dije, ¿qué puedo hacer?
-Y como mi hermoso rostro y gran sentido del humor son prácticamente irresistibles…
-No te vueles, Valdez.
-Acéptalo Monse, soy irresistible – dijo alzando las cejas, pero no causaba el mismo efecto que cierto Dios adolecente.
-Lo que tú digas, Leo, lo que tú digas. ¿En que trabajas ahora?
-Pues, estoy tratando de mejorar mi casco de realidad virtual para conectarlo a mí consola de videojuegos. Aun no logro que las graficas queden como yo quiero, y tengo que mejorar la velocidad de…
-En español, por favor. – Él rió.
-Trato de mejorar mi videojuego.
-¿Qué te costaba decir eso? – Me senté en su cama y lo observe trabajar.
Se encontraba absorto en su trabajo. Esa era una de las cosas que me sorprendían de él. A pesar de tener TDAH al igual que todos nosotros, cuando trabajaba parecía normal, dentro de lo que cabe. Y ahí es donde radica su belleza, en el verlo trabajar en lo que le apasiona.
Empezó a hablar de algo, pero no le puse mucha atención, su cama era realmente cómoda y la noche en vela me estaba pasando factura. Mis parpados empezaron a pesar y sin darme cuenta me quede dormida. Sentí que me removían despacio.
-Monse, despierta, es hora de almorzar. Percy te está buscando y si te encuentra aquí me va a matar. – susurraba Leo.
-Ehh…
-Monse, despierta. – Leo me sentó en la cama y me despeje un poco. Me encontraba en un cuarto, solo se podía percibir la luz que provenía de una lámpara.
-¿Dónde estamos? – pregunté somnolienta.
-Esta es mi habitación – contestó –, tuve que regresar la cama a mi cuarto. Percy te vino a buscar y si nos encontraba solos me asesina. Anda, vámonos, muero de hambre.
-¿Qué hora es?
-Temprano. ¿Descansaste? – preguntó juguetonamente.
-Sí, ¿por?
-Hablas dormida – soltó de golpe –, eres graciosa. – Mis ojos se abrieron a más no poder.
-¿Qué dije?
-No dejabas de repetir "Leo eres genial, y súper inteligente, y más sexy que Apolo" – contestó, imitando mi voz –. La verdad, no te culpo, todas reaccionan así en mi presencia. – Me reí.
-Te puedo creer todo, menos que eres más sexy que Apolo – bromee. Él se hizo el ofendido.
Apretó un botón a un lado de su cama y empezamos a ascender.
-¿Tienen habitaciones subterráneas?
-Oye, nosotros no solo somos dos mestizos compartiendo cabaña ¿sabes?
-Esto debe ser ilegal – protesté.
-¿Nos vas a delatar? – preguntó Leo, poniendo ojitos de corderito.
-Lo pensaré – conteste.
Salimos de la cabaña y Leo me rodeo como siempre. Recargue mi cabeza en su hombro.
-¿Dónde estabas? – Preguntó Percy, evidentemente molesto. Leo me dirigió una mirada de advertencia.
-Paseando por el bosque.
-Bien. Tyson se va después de almorzar y quiero que bajemos a la playa a poner a prueba la teoría de Apolo.
-Está bien. – contesté simplemente.
-Bien, iré por Annabeth. Nos vemos en la mesa. Espero ya me hable. – Dio media vuelta y se dirigió a la cabaña de Atenea.
-¡Dile que lo sientes! – grité.
-Empezamos a caminar nuevamente y encontramos a Nico y Bárbara.
-Hola chicos – saludo Nico. Bárbara me miro ceñuda, saludo a Leo y nos dejó.
-¿Qué le pasa? – pregunté.
-Ligaste con su padre y te preguntas ¿que qué le pasa? – sentí mis mejillas arder.
-No ligue con él.
-Lo que digas, peque. Solo espero que lo de la mezcla haya sido una broma de muy mal gusto.
-No va a haber mezcla ¿de acuerdo?
-Eso espero – contestó Nico –. Será mejor ir a desayunar, tango cosas que hacer al rato.
-No sabía que eras solicitado. – solté. Él rió.
-De hecho, tengo una cita – contestó. Sentí que me golpeaban en el estomago –. Dionisio necesita que le ayude en algo y voy a ir al inframundo al rato – contestó. Me sentí mejor después de eso.
-Si a eso le llamas cita. – Ellos rieron.
-Yo le llamo cita a un paseo en lago, con una hermosa chica. – dijo Jared a mis espaldas.
-Pues consigue a una bella chica que quiera ir contigo.
-Ya le encontré, pero se hace del rogar.
-Pues esta "bella chica" no quiere ir contigo – contesté, muy irritada.
-Entonces ¿qué tengo que hacer para que aceptes? ¿Iniciar un incendio? ¿Ser rubio de ojos azules? ¿O tener un convertible rojo?
-Ninguna – contesté ofendida – ¿Qué te parece ser agradable y dejar de seguirme a todos lados?
-Ya déjala en paz – Dijo Nico – La verdad es patético.
-Sí, hombre, si no se puede, ¿Qué se le va a hacer? – Secundó Leo – No quiere, ni modo que la obligues.
-Ustedes siempre tan caballeros. Por eso los trae de sus mandaderos.
-¡No les hables así! Son mis amigos. Por eso no acepto, porque eres despreciable.
-Vamos nena, se que te mueres por salir con un hombre de verdad – dijo jalándome el brazo.
-Cuando vea al hombre de verdad, saldré con él. – contesté mordazmente. Él apretó más mi brazo y un gemido salió de mis labios.
-¡Suéltala! – bramaron mis acompañantes.
-Se creen la gran cosa porque ayudaron con el asunto de Gea. – bramaba Jared. La vena de su grueso cuello era cada vez mas visible – No son nada especial.
-¡Suéltame! – Jared aplico mas fuerza de la necesaria, zarandeándome.
-¡Que la sueltes! – gritó Nico, deslizo su mano a su espada, pero Leo fue mas rápido. Le asesto un golpe en la mandíbula.
-¡Eres un idiota! – le grité, haciendo que varias miradas se dirigieran hacia nosotros.
-Te vas a arrepentir Valdez.
-No lo creo.
-¿Eso es lo que te gusta, no es así nena? Que peleen por ti.
-Estás loco. – zanjé.
-¿Quieres que peleen por ti? Bien. Yo contra ellos dos, a las tres. Si ganó, tengo derecho a estar contigo un día completo, si pierdo, que lo dudo mucho, no te vuelvo a molestar. – no podía negar que la propuesta era muy tentadora.
-No.
-¿Tienes miedo?
-No tengo miedo.
-Demuéstralo.
-No tengo que demostrarte nada.
-No te atreves, eres una cobarde, sabes que ellos no son nada especial, que no podrían conmigo.
-Claro que pueden contigo. No eres nada para ellos – vocifere. Nico y Leo abrieron tanto sus ojos que casi se salían de sus cuencas. – Bien, te quieres avergonzar, hazlo. Hecho. Ellos dos contra ti. – él sonrió ampliamente, mientras, ellos negaban frenéticamente.
-Júralo.
-Lo juro.
-Júralo por el Estigio. – Fruncí el ceño.
-Lo juro por el Estigio. – El sonrió más ampliamente.
-En ese caso, será un placer. Los miro a la hora de su masacre. ¿Qué quieren que diga su epitafio?
-¿Qué quieres que diga el tuyo? – repliqué. Él rió.
-Nos vemos después preciosa. – Se fue.
No fue hasta instantes después en que comprendí lo que había hecho. Había comprometido a mis dos amigos en una pelea. Voltee a verlos para disculparme y decirles lo idiota que había sido, que no se preocuparan, que arreglaría todo. Si se enojaban conmigo pediría perdón de rodillas si era necesario.
-Lo siento chicos. No era mi intención. Yo… - Nada. Estaban pálidos como cal – Si están enojados lo comprenderé, pero por favor, perdónenme. Arreglaré todo esto.
-No – me interrumpió Nico con voz trémula –, dijimos que te protegeríamos.
-Si peque, no te preocupes por nada, nosotros lo arreglaremos. – Leo estaba realmente pálido.
-No. Yo me haré cargo de todo esto. Fue mi error, no van a ir a esa tontería.
-No lo entiendes – dijo Leo, con voz fuerte –. Has jurado por el Estigio, eso es un juramente inquebrantable.
-¿Qué pasa si lo rompo? – pregunte, temerosa.
-Solo digamos que hay peores cosas que la muerte. – zanjó Nico.
Lo único que pude pensar fue: «Mierda».
Nos habíamos perdido la hora del desayuno y había evitado a Percy en todo momento. Los chicos me convencieron de decirle. «Tarde o temprano se enterará», habían dicho ellos.
La hora de decirle a Percy llegó mas rápido de lo que deseaba. Se notaba de muy buen humor, odiaba ser yo la portadora de malas noticias. Estaba terminando de dar sus lecciones de espada.
-Hola – saludo –, ¿lista para ir a la playa?
-De hecho, hay algo de que te tengo que contar. – Nico y Leo venían con las cabezas gachas.
-¿Qué hicieron? – preguntó, dejando de lado su sonrisa para remplazarla poruna mueca de labios apretados.
-Verás – empecé –, estábamos de camino a los comedores cuando apareció Jared.
-¿Por eso no fuiste a desayunar? – yo solo asentí.
-Entonces, el empezó a molestarme, y Nico y Leo me defendieron. – Percy empezó a reír.
-Me lo dices como si hubieran hecho algo malo, si te defendieron esta bien, se que no les he demostrado mucha confianza con lo que respecta a ti, pero se la han estado ganando. Si te defendieron por mi mejor, al menos, ya se que no soy el único… - empezó a divagar.
-No entiendes – zanjé –. Hice algo realmente estúpido. Jared los retó a un duelo, si el ganaba, yo iba a pasar todo un día completo con él, si ellos ganaban, me iba a dejar en paz. – su sonrisa se congelo.
-¿Están locos? Jared es un excelente luchador. Los va a hacer polvo. ¿Cómo se les ocurre apostar a mi hermana? – Los regañó.
-Percy, ellos no hicieron nada. Fui yo. Me molestó y me reto hasta que acepte.
-Pues cancélalo. Ellos no podrán contra él.
-No puede – dijo Nico. – Juró por el Estigio.
-¿Y por que carajos juraste por el Estigio?
-Yo no sabia que era el juramente inquebrantable. – me defendí.
-¿y por que no hicieron nada ustedes dos?
-No les dio tiempo. Percy, te juró que yo no sabia. – Él suspiro.
-Bien. Esto es lo que haremos, ustedes tres se pasaran todo el día entrenado y practicando con la espada conmigo. No iras con él. Mas les vale que mañana le ganen al idiota ese, si no, yo mismo me encargaré de desaparecerlos. – los tres asentimos. – Bien, vayan por su armadura, y Leo, toma una espada.
Los tres nos encaminamos al la armería.
-Lo siento chicos. Si no me quieren volver a hablar lo entenderé.
-No digas tonterías. – me regaño Nico.
-Si peque – dijo Leo, aprontándome la mano.
El entrenamiento fue brutal, pero no me quejen ningún momento. Tenía raspones y moretones. Percy no paraba, el único momento en que descanse fue a la hora de la comida. Percy fue brutal y despiadado, haciendo movimientos rápidos y letales. Los chicos estaban molidos para la hora de la cena. Prácticamente se arrastraron colina arriba para llegar a la cena. Yo, por mi parte, no dejaba de disculparme continuamente. Percy, no se podía mostrar más feliz.
Llegamos a las mesas y las chicas estaban platicando amenamente. Esta vez Bárbara, se mostró más accesible conmigo. Me dijo que se había enterado de lo ocurrido en la mañana y que ya corrían apuestas con los Stoll.
Percy se acerco a Annabeth y empezaron su habitual ritual de besuqueo.
-Hey, Monse, ¿podemos hablar? – dijo Thalía a mis espaldas. Percy que había estado de muy buen humor se tenso y bufó. – En privado. – agregó, viendo a Percy directamente.
-¿Es realmente necesario? – preguntó este con ira contenida. Thalía lo ignoró. Empezó a caminar y la seguí. Nos adentramos un poco en el bosque.
-Bien, hay algo que te quiero proponer. – empezó.
-Soy toda oídos. – contesté, animándola a que continuara.
-Veras, ¿sabes que soy la lugarteniente de la Diosa de la caza Artemisa, verdad?
-Sí…
-Pues como su lugarteniente, es mi deber encontrar posibles cazadoras. Estas chicas no deben ser necesariamente mestizas, solo se admiten mujeres – explicaba, pero no le encontraba sentido a lo que decía –. Por ahora las cosas han estado tranquilas después de la guerra, pero después del solsticio de verano partiremos a donde nuestra señora nos mande, alguna misión, una cacería, lo que sea.
-¿Y esto nos lleva a que…?
-Que me gustaría que te nos unieras, Monse, tendrías los privilegios de una cazadora; obtendrías la inmortalidad a cambio de tus servicios, viajarías por el mundo, estarías con nuestra señora y formaras parte de nuestra familia – mi rostro debía reflejar el asombro que sentía porque Thalía rió de mi expresión –. Cierra la boca Monse – me obligue a cerrar la boca –. Creo que serias una estupenda cazadora, eres fuerte y con el entrenamiento adecuado, serías prácticamente invencible.
-Suena genial. – contesté.
-Lo es, ciertamente lo es, pero hay un precio – contestó – o no un precio, pero si hay una ofrenda que debes dar a cambio… debes renunciar totalmente a la compañía masculina. Artemisa es una Diosa virgen y espera lo mismo de sus cazadoras. No habrá citas, no habrá novios, no habrá esposo ni hijos y difícilmente habrá amigos varones. Es una decisión importante Monse, pero me gustaría que lo pensaras antes de contestarme algo. ¿Me prometes pensarlo? – yo solamente me limite a asentir con la cabeza.
-Es por eso que nunca estas a solas con los chicos, ¿no es así?
-Eres muy observadora para ser hermana de Percy. Pero sí, no podemos correr el riesgo de que nazca algo entre algún chico y nosotras, una vez que hacemos el juramento, no hay vuelta atrás.
-Te prometo pensarlo.
-Piénsalo, realmente me gustaría que te nos unieras, harías muy feliz a mi señora.
Dio media vuelta y me dejó más confundida que nada. Por un lado sonaba genial ser inmortal, viajar por el mundo, pertenecer a una familia… pero por el otro lado, acababa de encontrar a Percy, sé que no siempre va a estar aquí conmigo, se que tarde o temprano él volverá a su vida normal, volverá a la escuela, estará con su madre y con su familia. Y yo, yo me quedaría aquí hasta que el regresará cada verano, hasta que ya no fuera necesario. ¿Qué podía hacer? Lo había aceptado desde el principio, era su hermana, me lo había demostrado, me hacía sentir en familia, pero él tiene a más personas en su vida, yo no tengo nada, no tengo a nadie que me ate a este lugar más que él.
-Hola preciosa – dijeron a mis espaldas interrumpiendo mis cavilaciones abruptamente.
-No estoy de humor Jared. – advertí.
-Pero yo sí – contestó e intuí una sonrisa en su voz –. No muerdo ¿sabes?
-No me interesa si muerdes o no. Pero si muerdes, solo espero que estés vacunado. – contesté mordazmente. Él rió.
Sin darme cuenta habíamos llegado a los alrededores del campamento. A lo lejos, se podía ver a Percy, estaba con Annabeth riendo por algo, Bárbara estaba con Nico y Leo apartados, de seguro, planeando algo. Sí, tenía amigos, pero lo cierto era que, sé que no durará. Por una vez, me gustaría tener una constante en mi vida, algo permanente, algo a lo que pueda llamar hogar.
Sentí que tomaban mi mano. El tacto era cálido, fue cuando me di cuenta del frio que sentía.
-Solo un paseo – susurró Jared - ¿qué puede salir mal?
-Que no me agradas. Déjame en paz.
-No me rindo tan fácil.
-Yo tampoco. – contesté. Emprendí camino al comedor y me senté. Pensé largo y tendido en mis opciones.
-¿Qué quería Thalía? – preguntó la voz de Leo a mis espaldas. Di un brinco de la sorpresa – Lo siento, no pretendía asustarte.
-Está bien – suspiré –. Me hizo una propuesta.
-Te quiere enlistar, ¿no es así? – su voz sonó dura y con un enojo palpable. Yo no contesté. – ¿Piensas unirte a ellas? – Permanecimos en silencio por lo que me pareció una eternidad hasta que encontré mi voz nuevamente.
-Es una opción. – susurré. Mi voz no daba para más.
-¿Una opción para qué? ¿Para huir de lo que estas construyendo aquí? – su voz se fue alzando poco a poco. Un destello de rabia y pánico se asomaba entre sus ojos.
-No tengo nada Leo – dije finalmente –. No tengo algo que me detenga ¿Por qué no hacerlo? No tengo nada que perder – suspiré –. Sé que Percy no estará siempre a mi lado, sí lo veré y eso, pero realmente estoy sola…
-Yo estoy solo – me interrumpió –, y no me ha pasado nada. Además me tienes a mí – sostuvo mis manos entre las suyas, viéndome directamente a los ojos – estamos juntos en esto. No estás sola, me tienes a mí, tienes a Nico, Percy, Annabeth, Tyson – enumeró. – Por los Dioses, mañana vamos a defender tu honor.
-Simplemente, no le veo lo malo a unirme a Artemisa. – contesté, bajando la mirada hacia nuestras manos. Hubo otro silencio hasta que él hablo. Tomó mí barbilla y la alzó, haciendo que lo mirara nuevamente.
-¿Entonces es eso, realmente piensas dejarme? Sabes que una vez que te unas a ellas no seremos amigos.
-Claro que no, siempre serás mi amigo Leo.
-No, no es así – su voz sonó dura, como nunca antes la había escuchado –. Tal vez pienses así ahora, pero cuando te unas a ellas cambiarás, y me gustas tal como eres Monse.
-No cambiare Leo. – contesté en un murmullo roto.
-Si lo harás, todas lo hacen. Empezarás a ver mis defectos, poco a poco empezaras a renegar de los hombres y antes de que te des cuenta, ya no me soportaras.
-No es lo que ha pasado con Thalía. – susurré.
-No tiene mucho que nos conocemos y mírala, no es que se muera por llegar a conocerme bien del todo. – A pesar de todo, una sonrisa bailo en mis labios.
-Entonces no sabe de lo que se pierde. – contesté. Leo me miro largo y tendido.
-Imagina como se sentirá Percy si lo abandonas y te sucede algo. – me quedé en silencio.
-No es como si ya hubiera aceptado Leo, le dije que iba a pensarlo.
-Piénsalo bien, Monse, no es algo fácil. – acarició mi mano una vez mas y me soltó. Se levantó de la mesa y se fue.
Me quedé viendo en su dirección y pude apreciar lo difícil que había sido todo esto para él. Por lo que me habían dicho los demás, Leo, no era una persona que hablara seriamente seguido, siempre era el chico de las bromas, el gracioso, el que te sacaba una sonrisa en los peores momentos, ¿entonces, porque solo tenía ganas de llorar? El que precisamente él viniera a decirme estas cosas solo me hacía sentir peor ¿Qué clase de amigo es el que te dice eso? Pero mi conciencia decidió hacer acto de presencia. «Es porque se preocupa por ti, tanto como tú te preocupas por él». Y era cierto, es mi amigo, es el chico que me hace reír, con el que planeo travesuras, el que me cuenta las aventuras más graciosas y peligrosas, el que platica conmigo mientras trabaja en un nuevo invento, el que se preocupa por mí. El que haya hablado conmigo y haya utilizado su muy rara faceta formal significaba mucho para mí, sabía que no lo hacía por cualquiera, que me quería tanto como yo a él, éramos amigos, hasta me atrevería a decir que mi mejor amigo, entonces ¿Por qué mi piel quemaban donde él había tocado?
Bueno, esta vez les actualizo desde la computadora de mi
hermana, que es de escritorio y es super lenta, asì que actualizare
hasta que mi laptop se encuentre bien.
Espero les guste
