CAPITULO 8 Soy peso muerto.
Decir que tenía miedo era poco. Estaba aterrada, no entendía como me había metido en todo esto. En un minuto estaba comiendo, discutiendo conmigo misma acerca de disculparme con Percy, y al minuto siguiente, estaba recibiendo instrucciones para ir a una misión, donde debía matar algo. Se supone que para ir a una misión, debes tener experiencia, o mínimo, tener sentido común, y ¡vamos!, yo no tengo nada de esos requisitos esenciales. Sí a eso le agregamos, que debo escoger dos acompañantes, esto se complica aún más.
No sabía cómo iba a afrontar todo esto. Una parte de mí si había querido escapar de esta última semana que había vivido con Percy, pero estaba segura que había formas más productivas (y seguras) de hacerlo.
No sabía a quién llevar conmigo. ¿A quién preguntarle? Una vez más, mi bocota me había metido en problemas. No era la primera vez, pero esta vez estaba dispuesta a no arrastrar a más personas conmigo. No quería ser egoísta y decirle a alguien que me acompañara… pero también me gustaba respirar, así que la cuestión era difícil.
Con forme pasaban los segundos, la posibilidad de regresar a la casa grande y decir que no quería la misión se hacía más atractiva ante mis ojos y, ¿para qué mentir?, también a mi instinto de supervivencia le parecía atractiva la idea. ¿Pero, realmente quería quedar como una cobarde ante el gordo de camisa de jaguar? La respuesta es no.
[¡/] – Podríamos pedírselo a Bárbara.
-No vamos a arrastrar a nadie más.
-Pero como tu consciencia, te digo que no queremos morir. Nunca lo hemos querido, y, no vamos a empezar a hacerlo ahora.
-Ya escuchamos a Bárbara, no creo que quiera ir sin su hermano… y su hermano me mira raro. – me estremecí.
-Bueno, no es tan malo… supongo.
-No, es incómodo. Marco queda descartado.
-¿Nico y Leo?
-No quiero meterlos en más problemas. Ya tuvieron suficiente con lo de Jared.
-Vamos nena, tenemos que llevar a alguien con nosotros. No sabemos nada acerca de todo esto, tenemos suerte de haber sobrevivido tanto tiempo en el campamento, y eso que solo han sido entrenamientos, imagina como nos ira allá afuera.
-Gracias por el optimismo – pensé sarcásticamente –. Debo dejar de hablar contigo… o conmigo… o lo que sea. [/¡]
Percy se encontraba en la mesa, justo como lo había dejado, solamente que se miraba más tenso de lo habitual. Su mandíbula fuertemente apretada le daba un aspecto de perro rottweiler. Annabeth se encontraba a su lado, con el ceño ligeramente fruncido.
Me senté, dispuesta a terminar mi plato frio de lo que sea que había estado comiendo, la verdad, a este punto del día, mi estómago estaba revuelto y sentía nauseas.
-Iremos contigo. – comentó Percy sin más miramientos, dejándome sorprendida y con la mandíbula colgando.
-No, no lo harás. – contesté una vez que me recuperé.
-Monse, no sobrevivirás haya afuera. Tienes suerte de haber vivido tanto tiempo como lo hiciste – recordó –. No debo dejarte ir sola.
Sus palabras encendieron una pequeña llama de esperanza en mi pecho, tal vez no le importaba, no de la forma en que me importaba él a mí, pero si se preocupaba, aunque sea una pequeña parte de él, por mi bienestar. Pero esas dos palabras lo arruinaban todo, ese "No debo", lo jodían todo.
-Percy, no, no lo harás. Te quedarás aquí.
-¿Por qué no quieres que vaya contigo?
-Porque no quiero verte más. – contesté con voz dura.
-Monse, lo que pasó fue…
-Lo que pasó, pasó, no hay nada que hacer para cambiar eso, pero no te quiero cerca de mí.
-Mira, sé que no debí decir…
-Tienes razón – le interrumpí bruscamente – no debiste decirlo, pero tienes toda la razón, no nos conocemos, y ¿a quién engañamos? No somos hermanos, puede que Poseidón tenga dos hijos, pero tú y yo, jamás seremos hermanos.
Annabeth estaba callada, mirando de Percy a mí y viceversa, pero mantenía la boca en una línea tensa, como si estuviera mordiéndose la lengua para no hablar.
-Eres una chiquilla demasiado orgullosa – dijo Annabeth finalmente –. Los héroes con ese defecto fatídico, nunca terminan bien – sus ojos eran duros, analizadores, habían perdido por completo ese brillo que los hacía amables –. Deberías aceptar la ayuda que se te está ofreciendo.
-No quiero SU ayuda. – repliqué.
No sabía por qué me comportaba como lo estaba haciendo, pero no podía estar cerca de Percy. Era tan fácil encariñarse con él, sin duda, un lujo que no podía permitirme.
-No te estoy pidiendo permiso – dijo Percy –. ¿No es lo que tú dices?
-Yo escojo a mis acompañantes – repliqué –, no te pienso llevar. No me importa lo que tú quieras. – mi voz era dura, hasta se podría decir que peligrosa.
Me levanté de la mesa, no sin antes ver sus ojos cegados por la furia.
. . . .
Me encontraba en uno de los muchos claros que había en el campamento. Descargaba mi furia pisando fuertemente el césped, ganándome varias miradas reprobatorias por parte de los hijos de Deméter, pero simplemente los ignoraba.
El cielo se empezó a nublar lentamente, el sol se ocultaba a intervalos, cada vez más largos según empeoraba mi humor. Genial. Ahora era climatóloga. ¡Gracias padre!
Sentía una opresión en mi pecho, me sentía mal por cómo había tratado a Percy, pero él se lo había buscado. Sin embargo, ahí estaba la maldita voz en mi cabeza que me decía que le diera una oportunidad. A veces podía llegar a ser muy contradictoria.
Estaba anocheciendo. No había hecho nada el resto del día. La hora de la cena se acercaba y con ello, volver a enfrentar a Percy.
Lo que más me preocupaba, es que el amanecer también se acercaba, y con ello, mi inminente partida, y aun no tenía acompañantes en esta locura.
La hora de la cena llegó. No quería asistir, sopesé seriamente la idea de irme directo a la cabaña, pero aún estaba el problema de mis acompañantes, no quería ir sola, pero tampoco quería arrastrar a alguien y hacerlo sentir obligado a acompañarme.
-¿A dónde crees que vas? – dijo una voz conocida a mis espaldas.
-¿A mi cama? – respondí confundida.
-¿Y cuándo pensabas decirnos tu metida de pata? – cuestionó Nico.
-¿Mi qué?
-Tu metida de pata, peque – interrumpió Leo –, pensé que nos teníamos confianza. Tuvimos que enterarnos por Clarisse, que escuchó mientras estaba cerca.
Con todo lo que había pasado, había olvidado mencionárselos.
-Lo siento chicos, lo olvidé.
-Para eso me gustabas. – murmuró Leo.
-¿A qué hora nos vamos mañana? – dijo Nico casualmente, como si me estuviera preguntando la hora.
-¿Disculpa?
-¿Qué a qué hora nos vamos mañana? – habló como si estuviera hablando con una discapacitada mental.
Odiaba cuando Nico se ponía en ese plan.
Le di un golpe en el brazo.
-Yo me voy a primera hora.
-Entonces hay que empacar. – apuntó Nico.
-No. Yo tengo que empacar.
-Y nosotros también, peque.
-No, porque no los invité. – aclaré, ganándome unas miradas mortales por parte de mis amigos.
-Entonces, si se puede saber, ¿quién va a ir contigo? – dijo Leo.
Me dirigió una mirada que hacía sentir que mi cuerpo quemaba. Sentí como la sangre se acumulaba en mis mejillas ante su mirada penetrante.
-Bueno… no es como si se lo hubiera pedido a alguien ya. – dije dándome por vencida.
-Entonces estás sola – decía Leo –. Y dudo que dejes a Percy ir contigo, por lo que tenemos la responsabilidad moral de ir contigo por el simple hecho de que eres nuestra amiga; y no acepto replicas, vamos a ir contigo.
-Además, no hay nadie más calificado que nosotros. – dijo Nico triunfalmente.
-Lo dudo. – mascullé tan bajo que no me alcanzaron a escuchar.
-Bien – dijo Nico –. Mañana nos vemos a las 7:00 am en la casa grande. Trata de llevar solo cosas esenciales. Percy sabe cómo, dile que te ayude a empacar.
-No nos hablamos aun. – confesé.
-Pensé que ya lo habían resuelto, o que mínimo ya se hablaban. Ya pasó una semana, no puedes estar eternamente enojada con el Monse.
Nico me miraba con tanta… no sé qué. Me hacía sentir culpable por no arreglar las cosas con Percy.
-Creo que Nico tiene razón peque. Debes hablar con Percy.
-Prometo hablar con él cuando regresemos. – contesté a regañadientes.
Nico me sostuvo la mirada y negó con la cabeza.
-Creo que deberías…
-Prometo hablar con él cuando regresemos, ok. – zanjé el tema.
-Está bien. – se dio por vencido.
[¡/] – ¡Genial! Ya tenemos compañía.
- Oh, cállate. [/!]
Nos dirigimos al comedor, pero yo no tenía hambre realmente, por lo que me despedí. Lo primero que vi fue a Percy sentado en su cama.
-Supuse que te escaparías de la cena hoy. – mencionó.
Rayos. Este chico era más listo de lo que aparentaba.
-No estoy escapando de nada. – contesté con mi habitual tono hoy en día (al menos con él): con voz dura.
-Te preparé una maleta – señaló mi cama –. Hay un botiquín de primeros auxilios, algunos dólares, agua, aunque creo que te las arreglaras bien con esa parte – sus labios se alzaron levemente en el asomo de una sonrisa –, algo de ropa, unos paquetes de fuego griego y me tomé la libertad de empacar tus armas.
Me quedé sin palabras. Percy hacia realmente difícil odiarlo.
-Gracias – dije finalmente –. No debías
Se encogió de hombros.
-Quise hacerlo. Será mejor que nos vayamos a cenar. Mañana no vas a comer muy bien, créeme, se de lo que hablo.
Salimos de la cabaña en completo silencio.
La cena transcurrió sin incidente alguno. Lo tortuoso, fue la noche.
Nuevamente, las pesadillas se apoderaron de mí. Ya eran tan habituales, que casi era inmune a ellas… casi. Ya no despertaba tan alterada como antes, y por lo regular, ya sabía que estaba en un sueño mientras me ocurría algo dentro de ellos, y no tardaba tanto en recuperarme después de despertar.
Pero esta vez fue diferente; esta vez el sueño se mezcló con un recuerdo reprimido, lo que lo hizo más aterrador.
Estaba nuevamente en Colorado. Corría lo más rápido que me permitían mis piernas cortas de diez años. Tenía una mochila sujeta al hombro y corría como desesperada. Mi pulso era errático, mi respiración acelerada. Mi cuerpo estaba lleno de adrenalina.
Peter estaba detrás de mí. Había dejado su mochila caer, retrasándolo. Corríamos, esperando no ser encontrados. Entramos a una tienda… o lo que quedaba de ella, el lugar se había quemado hasta los cimientos recientemente, pero eso solo lo hacía más aterrador.
-Monse, ¿Dónde estás?
-Por aquí. – susurré.
-¿Dónde se metieron? – Dijo el hombre que nos seguía – Ve a revisar atrás, yo los busco aquí – ordenó –. ¡No pueden esconderse mocosos! ¡Los voy a hacer pagar por lo que tomaron!
Encontré a Peter a tientas. No había luz más allá de la que emitían las lámparas de nuestros persecutores. Solo habíamos tomado algo de comida y algunos productos para vender, no era la gran cosa, pero ahora sabía que era lo más estúpido que pudimos haber hecho jamás.
Tenía miedo, lo sentía fluir en mis venas como ponzoña, adueñándose de cada parte de mi cuerpo. Peter tomó mi mano y jaló de mí.
-Vamos – dijo con convicción, tratando de controlar su miedo para calmarme –, cálmate. No van a encontrarnos. No voy a dejar que te pase nada. Lo prometo.
-Tengo miedo, Peter.
-Lo sé, kitten. Pero debemos calmarnos.
Las luces de las lámparas pasaban por los alrededores. Estábamos escondidos en lo que había sido un mostrador de madera. Las voces de los hombres se aproximaban y después volvían a alejarse. No había escapatoria posible. No sabíamos cómo íbamos a salir de esta.
-¿Dónde estás Peter? La última vez fuimos misericordiosos contigo mocoso. Creo que no has aprendido la lección. Y eso de traer a una amiguita contigo… nada inteligente de tu parte. – gritó el hombre con voz ronca.
-Peter, tengo miedo.
-Escúchame, kitten, cuando te diga que corras, correrás como solo tú sabes hacerlo y no vas a volver, no importa lo que escuches. No vuelvas por mí.
-No te voy a dejar, Peter.
-Escúchame, kitten. Prométeme que no vas a mirar atrás. Prometo que te voy a alcanzar. Nos vemos debajo del puente, los voy a distraer.
-Soy más rápida que tú – le urgí – es más fácil que te atrapen a ti que a mí.
-Exacto. No voy a dejar que te pongan un dedo encima. No sabes de lo que son capaces. Nos vemos allí. Lo prometo.
-Peter, no.
El hombre pasó a un lado de nosotros y Peter saltó a su espalda.
-¡Ahora, corre kitten!
-¡Bájate mocoso!
Me levante y empecé a correr. Trate de no volver la vista, pero el gritó de Peter me congelo en mi lugar. No era mi amigo, éramos conocidos, nos conocíamos hace algunos días, pero no podía dejar que le hicieran daño.
«Cobarde». Susurró la voz afilada de mis sueños. «Eres una cobarde»
Me di media vuelta y saque mi pequeña pero eficiente navaja.
Una mano me jaló por mis cabellos.
-¡Mira lo que tenemos aquí! Dos por uno, justo como me gusta. ¿Cuánto nos darán por ellos? Aunque esta es linda, ya bañada y limpia. Podemos venderla a Isaac.
Un estremecimiento me recorrió por completo, había escuchado acerca de los niños que caían en manos de Isaac, no eran historias agradables.
-Kitten, te dije que corrieras. – me reprendió.
-Vámonos antes de que esta pocilga colapse. – dijo el hombre que tenía a Peter.
Una idea se me vino a la cabeza. Era una idea loca que rayaba en la estupidez, pero estábamos en una situación desesperada, y las situaciones peligrosas requieren medidas desesperadas.
Tomé la mano de Peter y jalé de ella. Corrimos y nos jalé hasta impactar con una de las columnas que mantenían de pie el lugar.
Las paredes retumbaron y escombros empezaron a caer, pero no era suficiente. Lancé patadas a otra columna y Peter me ayudó al comprender lo que trataba de hacer. El techo comenzó a derrumbarse.
-¡Kitten, vámonos! – gritó Peter.
Me jaló y empezamos a correr hacia la salida con los hombres pisándonos los talones.
Los escombros caían, levantando montones de ceniza que se colaban en nuestros pulmones e impedían ver bien el panorama. Tropecé. Una vitrina se interpuso en mi camino y caí. Peter me tomó de la mano.
Un pedazo de techo estaba por aplastarnos. Peter me empujó. Mi vista se nubló, escuchaba los gritos de los hombres. Peter no estaba por ningún lado.
-Peter. Peter. Peter. ¿Dónde estás?
Peter no estaba por ningún lado. La ceniza no dejaba ver más allá, me picaba los ojos y mis fuerzas estaban menguando.
La siguiente imagen me congeló.
Peter estaba en el suelo. Una enorme viga de madera estaba aplastando su pecho. Sangre escurría de su boca.
-¡Peter! – grité acercándome a él.
Traté de mover la viga, pero simplemente era demasiado pesada para mí. Él hizo un gesto de dolor cuando traté de moverla nuevamente.
-Peter, está bien, te voy a sacar de aquí.
-Vete – me empujó –, siguen buscándonos. Asegúrate de que no te encuentren.
-Peter, no, vámonos. Te voy a sacar de aquí. Ayúdame a sacarte de aquí.
Tosió y sangre brotó de sus labios.
-Vete, kitten. Eres más rápida que yo, ya lo has dicho. Vete, yo te alcanzaré. – sonrió con sus dientes ensangrentados, dándole un aspecto enfermizo.
-Peter…
-Vete. – me empujó y caí sobre mi trasero.
«Es tu culpa». Susurraba la misma voz de mis sueños anteriores. «Está muerto por tu culpa».
No, no era mi culpa. Yo no quería que eso pasara.
-¿Dónde están? ¿Los ves? – gritó uno de los hombres.
Santa mierda. Nos seguían buscando.
-Vete.
Lo mire directamente a sus ojos negros. Tomé la mochila, me levante y empecé a correr.
«Eres una sabandija cobarde».
-¡Atrápala! – gritaron a mis espaldas, pero simplemente corrí sin mirar atrás.
«Tú lo mataste. Tú eres la culpable de que él este en mis reinos».
Desperté gritando.
Lágrimas caían por mis mejillas. Sentía pánico por todo mi cuerpo.
-¿Estás bien? – preguntó la voz adormilada de Percy, sobresaltándome.
-Sí.
Limpié las lágrimas y traté de calmarme.
-¿Qué pasó?
Se incorporó de su cama y se acercó a mí.
-Nada. Son solo los nervios.
Me contempló por algunos segundos.
-No tienes por qué ir. Puede ir cualquier otra persona.
-No. Voy a ir yo.
-Si es por la pelea que tuvimos…
-Necesito estar lejos de ti. – le interrumpí.
-Oh… no sabía que era un roomie tan molesto. – dijo con una sonrisa triste.
Este chico solo hacía que me sintiera como una mierda cada vez que le decía algo parecido.
-Ya es hora de que me vaya. – contesté.
Los rayos de sol se filtraban por la ventana. En cualquier momento tendría que partir. Lo que me daba miedo, era no regresar.
-Te acompaño.
Se incorporó, tomó su sudadera y salimos de la cabaña en silencio.
Quirón estaba esperándome en la casa grande con Nico y Leo, que tenían un aspecto ansioso.
-Ya es hora – anunció Quirón –. Recuerden que deben llegar para el 21 de junio.
-Sí, sí, sí – contestó Leo con voz cansina – el solsticio de verano y la reunión y bla, bla, bla.
-Vamos a llegar a tiempo para ir al solsticio y la reunión. – añadió Nico, en un tono más formal.
-¿Por qué deben llegar para ese día? – pregunté.
-Es el solsticio de verano – contestó Percy –. Nosotros como jefes de cabañas estamos invitados. Solo discuten cosas "importantes" como quien es más hermoso, Afrodita o Apolo. O quiénes son los mejores inventores: los hijos de Hefesto o los de Atenea. Y mi favorita, quien hace los mejores desastres naturales. Papá y Zeus, perecen niños pequeños.
Me los imaginé discutiendo por tonterías. ¿Qué es lo que decían? ¿Los tsunamis son mejores que las tormentas eléctricas?
-Para ser Dioses – contesté – discuten por tonterías. ¿No se supone que el ser eternos los hace más sabios?
El cielo retumbó en ese momento.
-Deberías guardarte ese tipo de comentarios – aconsejó Quirón con una sonrisa –. Créeme, no se toman muy bien las criticas… aunque sean constructivas.
-Lo tendré en cuenta.
-No – dijo Leo –. Te coseremos la boca si vuelves a decir algo así. ¡Harás que nos maten, peque!
-¡Que positivos! Recuérdenme porque los dejo ir con mi hermana.
-No soy tu hermana – contesté con voz monótona –. Además, van porque ellos son mis amigos.
La cara de Percy me perseguirá por años. No sé por qué hacía todo esto. Supongo que una parte de mí quería alejarlo, pero dolía el ver su cara cada vez que respondía mordazmente.
-Monse… – intervino Nico.
-Será mejor que nos vayamos – zanjé –. Volveremos a tiempo. – prometí.
-Muy bien. En ese caso, que los dioses los acompañen.
-¿Sin una profecía? – Cuestionó Percy – ¿Los vas a mandar sin una profecía? Deben tener todas las herramientas, Quirón.
-Dado que Rachel está terminando su año escolar, no contamos con nuestro oráculo, Percy.
-¿Qué es una profecía?
-Es una predicción de lo que pasará, aunque tiene muchas interpretaciones, la mayoría de las veces, son muy útiles. – contestó Leo.
-Aunque, también, la mayoría de las veces, solo son un dolor de cabeza. – agregó Nico.
-Pues que esperen hasta que regrese Rachel, o que envíe una profecía por mensaje. – urgió Percy.
-No creo que sea posible – contesto Quirón –. Solo hay que confiar en que Nico y Leo no dejarán que le pase nada.
-No le pasará nada, Percy, tranquilo. – prometió Nico.
-Sí, viejo, la cuidaremos hasta que puedas cuidarla tú nuevamente.
Intercambiaron una mirada de complicidad. Esto me daba mala espina.
-Bueno, será mejor que nos vayamos. Se hace tarde.
-Argos los llevará a la ciudad. De allí, tendrán que ir al puerto. Leo, creo que podrás encontrar nuestro bote.
La sonrisa de Leo se ensancho hasta lo imposible, mostrando todos sus dientes. Cuando sonreía así, realmente se miraba guapo. Nunca se lo decía, porque si lo hacía, solo inflaría su ego aún más.
-Sí, yo me encargo del bote – dijo frotándose las manos –. He esperado demasiado para ponerle las manos encima a ese bebé.
Nico puso los ojos en blanco.
-Ni empieces, Valdez. No esperaremos a que termines de hacerle cariñitos al bote, debemos regresar rápido.
-No son cariñitos – replicó –, solo debo hacerle algunos ajustes.
Sus ojos brillaban de la emoción. Nico y yo intercambiamos una mirada de resignación. Una vez que le pusiera una mano encima a ese bote, no habría nada que separara a Leo de él.
-Bien, será mejor que se vayan. Ya tienen un mapa de donde creemos que se encuentra la Lamia. – dijo Quirón a modo de despedida.
-Nos vemos luego. – se despidieron los chicos, mirando fijamente a Percy.
Di media vuelta y comencé a caminar. No me despedí de nadie. Nunca me despedía cuando me iba de un lugar, simplemente avisaba, y ellos ya sabían que me iba.
Sentí que tomaban mi mano.
-Promete que no vas a hacer nada estúpido. – dijo Percy a mis espaldas.
Me giré.
-No haré nada estúpido, créeme, lo ultimo que quiero ser es un cadáver.
-No juegues con eso – me reprendió –. Prométemelo.
-Lo prometo. ¿Tranquilo?
-Sí. Nos vemos antes de lo que crees.
Me sonrió y me di media vuelta. Esas palabras no me daban buena espina.
Salimos de los límites del campamento y podía ver una camioneta a unos cien metros de distancia con una calcomanía de unas fresas enormes.
-¡Hey, hey, esperen! – gritaba Bárbara mientras corría en nuestra dirección.
Aun estaba vestida con su pijama, su cabello rubio estaba en un chongo desordenado y varios mechones se escapaban de él. Tenía unos ligeros círculos negros debajo de sus ojos, como si no hubiera descansado en varias noches, y aun así, era guapa. Si yo me viera así, parecería una loca, pero ella podía hacer que ese desastre se viera bien en ella. Me dieron celos.
-¿Qué clase de amiga se va sin despedirse, Monse?
-Yo… este… no es como si…
-Oh, cállate – sonrió y me abrazó –. Solo cuídate. Y cuida a estos tontos.
-¡Hey! – se quejaron.
-Está bien, cuídate, y si ellos llegan será un extra.
Reímos. Esta chica siempre sabía cómo sacarme una sonrisa. Al parecer, ella lo sabía porque se puso seria.
-Es en serio cuídate. Y ustedes dos, cuídenla. Promete que me vas a mandar aunque sea un mensaje Iris, para que me dejes saber que están bien.
-¿Qué es un mensaje Iris? – Creo que fue una pregunta estúpida porque ella volvió los ojos y negó su caza.
-Tú nunca cambias. Toma – me extendió una bolsita de cuero –, son cinco dracmas, te debe alcanzar para cinco mensajes, mándame uno, y que estos zoquetes te explique que son.
-De acuerdo. Nos vemos en una semana.
Subimos a la camioneta y solo alcance a escuchar un último "cuídense" de Bárbara antes de que volviera al campamento.
¿Qué era lo más espeluznante de ir en una búsqueda en donde había más probabilidades de que saliera gravemente mal herida porque apenas tengo experiencia, que el que todo saliera bien? ¿Ir en una camiones donde sentía que se me iba el oxigeno con cada vuelta de las llantas? ¿Ir sentada en medio de dos chicos que me ponen terriblemente nerviosa en estos momentos al sentir sus miradas fijas en mí? ¿Estar pensando en lo estúpida que soy por haber abierto la bocota cuando no debía y ofrecerme a hacer esta locura? ¿Pensar que debí haber arreglado las cosas con Percy cuando pude? No. Nada de eso. Todos esos miedos pasaron a segundo plano cuando vi quien iba en el asiento del conductor en la camioneta.
El hombre, monstruo, criatura, cosa, o lo que fuera era perturbador. Tenía cientos de ojos por toda su anatomía que estaba a la vista; sus brazos, sus mejillas, incluso en la parte posterior de su cuello. Eso sin duda pondría en nerviosa a cualquiera.
-Todo saldrá bien – dijo Nico, apretando mi mano – Vamos a llegar a tiempo.
-Además que vamos a patearle al trasero a esa Lamia – agregó Leo, quien también apretó mi mano en un gesto de apoyo.
-Ya verás que llegaremos al campamento antes de que te des cuenta.
En ese momento Argos cerró su ojo del cuello, como si me estuviera giñando el ojo. Fue algo raro.
La camioneta nos dejó en la ciudad. Los chicos habían insistido hasta el cansancio, por lo que nos quedamos varados a la mitad de la ciudad.
Teníamos que llegar a un bote, en un muelle, pero estos idiotas pedían quedarse en la mitad de la ciudad. Genial. No volveré a seguir sus consejos.
-Repítanme porque estamos en plena ciudad.
-Porque debo conseguir algunas cosas para el bote. – repitió Leo por quinta vez.
-Se supone que tu cinturón mágico se encarga de eso.
-Bueno si – dijo notablemente nervioso – pero, esto no se consigue en mi cinturón.
-Ajá.
-Además – intervino Nico – debemos desayunar, y como estamos de paso, se nos ocurrió compartir contigo nuestro paraíso personal.
-No pienso ir con ustedes a una tienda de videojuegos. – sentencié.
-Si hay algo que amamos más que los videojuegos, peque, es la comida. Hoy tendrás el privilegio de comer los "Tacos de Tito & Berny". Son los mejores tacos de la ciudad.
-¿No se supone que tenemos el tiempo contado?
-Pues sí, pero aun así debemos comer, peque. No querrás que Nico y yo nos desmayemos a medio camino.
-Pues no – contesté vacilante – pero, no deberíamos desperdiciar tiempo, debemos llegar a las coordenadas que nos dio Quirón, y buscar en una gran área.
-Ya habrá tiempo para buscar. Lo único en lo que puedo pensar por ahora es en comer.
-Leo, eres el más grande de los tres, se supone que deberías ser la voz de la razón.
-Monse – intervino Nico –, creo que conoces a Leo lo suficiente como para saber que él NUNCA es la voz de la razón. Además, yo si quiero tacos, y unos minutos más, unos minutos menos no harán la diferencia.
-Pero…
-Pero nada. ¡Vamos a comer tacos!
Ambos tiraron de mí y me arrastraron por dos cuadras hasta llegar a un camión de comida de procedencia algo dudosa, pero oigan, viví en la calle, lo que quiere decir que he comido cosas peores, así que no me juzguen, además, los tacos estaban deliciosos.
Después de que Leo se zambullera ocho tacos del tamaño de mi antebrazo y Nico arrasara con otros siete, pagaron y nos retiramos.
Los chicos me tenían caminando por toda la ciudad en cirulos, realmente no sabía que buscábamos, solo sabía que perdíamos el tiempo. Leo trató de explicarme que buscaba algunas cosas para mejorar el bote, pero cuando empieza a hablar de mecánica, simplemente me desconecto.
Ya iba a ser la hora de la comida y aun seguíamos dando vueltas, entrando a tiendas y saliendo con las manos vacías. La mochila me pesaba y ya tenía la espalda adolorida y mis pies querían descansar. Si ya me había cansado con solo esto, ¿cómo iba a sobrevivir cuando las cosas se pusiera realmente feas? Decidí no pensar en eso.
Cruzábamos la calle cuando choqué de lleno con una señora de unos cuarenta y tantos años de edad, haciendo que aterrizara sobre mi trasero.
-Lo siento – me disculpe inmediatamente –. No la vi.
-Sí, lo noté.
Me dirigió una sonrisa que se podría catalogar como una sola cosa: cruel.
-¿Se encuentra bien? – pregunte algo temerosa, pero le ayudé a levantarse rápidamente.
-Sí. Fíjate por donde caminas.
Tenía una piel curtida por las arrugas y unos ojos negros como pozos. Unas dientes amarillentos y retorcidos y sus manos tenían unas uñas largas.
Me tomó fuertemente del brazo, tanto que me dejaría marcas. Acercó su rostro al mío.
-¡Monse, no te atrases! – gritó Nico.
-Ya voy – grité –. Me tengo que ir.
La señora me observó con despreció.
-Ten cuidado chica.
Me soltó y sentí mi circulación reanudarse nuevamente. Eso había sido escalofriante.
Corrí hacia los chicos.
-Trata de no atrasarte, te puedes perder y no tenemos tiempo para estarte buscando por toda la ciudad. – me regañó Nico.
-Perdón.
-Vamos a ir a comer. ¿Qué se te antoja?
-¿Comer? Se supone que ya deberíamos haber llegado al bote, Nico.
- Y ya vamos para allá – aseguró –. Pero debemos comer primero. Yo voto por hamburguesas. ¿Qué dices Leo?
-Suena bien. ¿Qué opinas Monse? ¿Se te antojan unas ricas y deliciosas hamburguesas?
-Sí, suena bien. Pero chicos, creo que en serio, deberíamos irnos ya.
-No seas paranoica peque, ya dijo Nico que unos minutos más, unos minutos menos no harían daño a nadie. Entonces, hamburguesas serán. Hay un McDonal's a unas cinco calles de aquí.
-Perfecto. – dejo Nico.
-Pero…
-Pero nada. Después de comer nos vamos al puerto para que le haga las cosas al bote.
Giré en redondo y pude ver a la señora a la que había arrollado hace unos momentos, pero esta vez, había otra mujer con ella, ambas estaban mirándome fijamente desde el otro lado de la calle. Sus ojos seguían negros, pero ahora tenían un brillo rojo que los hacía espeluznantes.
Terminamos frente a un McDonal´s abarrotado de niños. Los chicos pidieron una hamburguesa que seguramente pesaba más que yo. No sé donde les cabe tanta comida, quiero decir, ambos están bien trabajados, que injusto.
Yo pedí una cajita feliz, con todo y juguetito, era mi primera cajita feliz. Pedí la cajita para niño, a los niños siempre les daban los mejores juguetes que a las niñas.
-A veces eres tan inocente. – dijo Nico, viendo mi sonrisa cuando saqué el muñequito robot.
-Déjame. –contesté sacándole la lengua. Ellos rieron.
-¿Te conté de la vez que Nico alimento muertos con hamburguesas? – comentó Leo en tono burlón.
-No.
Nico se sonrojó ligeramente.
-No empieces Leo. – murmulló.
-Oh, vamos, no es para tanto Nico. Pero sí, hizo una de sus cosas raras que me ponen los pelos de punta con los muertos y les ofreció hamburguesas y sodas.
-Tenía once años Leo y era la primera vez que hacia algo así.
-¿Y? Esa es una gran historia.
-Eres un bocazas, Valdez.
Leo rio entre dientes por haber logrado que Nico se sintiera avergonzado.
-Pues yo regresaría de la muerte solo para comer otra de estas. – dije, tratando de subirle la moral a Nico antes de darle otro mordisco a mi hamburguesa.
Me dio una mirada de agradecimiento. Leo solamente rio.
-Monse, le quitas la diversión a mis burlas. – se quejó.
Puse mis ojos en blanco. Miré por el gran ventanal y vi a las dos señoras de antes. Nuevamente me miraban fijamente con desprecio.
-Deberíamos irnos. Ya no tenemos tiempo, además de que tienes que hacerle no sé que al bote.
Leo consultó su reloj.
-Sí, creo que ya es hora. – Intercambió una mirada con Nico.
-Debo ir al baño.
-Nico, ¿ahora?
-Monse, no controlo mi vejiga.
-Está bien. Pero apúrate.
Se levantó y nos dejó a Leo y a mí solos. Cuando se encontraba a una distancia prudente, comenzó a hablar.
-Me enteré de lo que le dijiste a Thalía. – mencionó.
-¿Qué cosa?
-Que te ibas a unir a ellas.
Me quedé callada, viendo la mesa.
-Creí que ya habíamos hablado de eso, Monse.
-Me dijo que no.
-Hizo bien. No deberías enlistarte por un berrinche.
-No hice un berrinche.
-Si lo hiciste.
-El punto es que no me acepto, dijo que cuando regresará le dijera.
Tomó mis manos y las apretó.
-¿No estarás considerándolo nuevamente, o sí?
-No sé, Leo. Todo es muy complicado ahora.
-Monse, eres una persona muy importante para mí, y estoy acostumbrado a las despedidas, pero eso no quiere decir que me gusten. Odiaría el tener que despedirme de ti también.
-Leo, no me vas a perder.
-¿Interrumpo? – Dijo Nico – Puedo volver al baño si gustan. – agregó con sarcasmo puro.
-No, no interrumpes.
Solté las manos de Leo, pero me dirigió una mirada que decía «Hablaremos luego».
Ellos intercambiaron una mirada y Nico asintió levemente.
-Será mejor que nos vayamos. Todavía tengo cosas que hacerle al bote.
-¿Estará listo para hoy?
-Por supuesto.
Tomamos nuestras mochilas y partimos rumbo al puerto.
-¿No sería más fácil tomar un taxi? – me quejé.
-¿Y donde quedaría el espíritu de aventura?
-Leo, tenemos el tiempo contado. Ustedes deben llegar a la reunión esa.
-Pero aun tenemos tiempo. – zanjó Nico, con un tono enojado.
Cuando llevábamos cinco cuadras recorridas, noté que las señoras cuarentonas nos seguían. Me puse nerviosa. Dos cuadras mas, las mujeres seguían ahí.
[¡/] – ¿Nos están siguiendo?
-O, solo estamos paranoicas.
-No, no es probable que tengan el mismo rumbo que nosotros desde que chocamos con ellas.
-O, estamos viendo cosas donde no las hay. A menos que sean asesinas en serie no hay peligro. Lo más parecido que tienen a un monstro es en lo feas que son.
-Creo que nos sigue.
-Solo son feas.
-Pues son más que feas. Una patada a una viejita es más bonita que ellas. [/¡]
-Monse, por aquí.
Llegamos a una serie de calles menos concurridas.
Las mujeres se encontraban cada vez más cerca.
Nico se paró de golpe, haciendo que chocara con su espalda. Giró y alcanzó a sostenerme antes de que cayera. Me sujeto fuertemente por la cintura, pero estaba tenso.
-Hay algo siguiéndonos. – dijo con su mandíbula apretada –. Puedo sentirlo.
-¿Qué es? – pregunto Leo.
-No lo sé, pero es algo de allá abajo.
Leo deslizo la mano dentro de su cinturón. Ambos revisaron el área con sus ojos entrecerrados. Nico aun me tenia sujeta, me colocó de pie y me puso detrás de él, mientras ellos seguían buscando lo que nos seguía.
-Hay que movernos, rápido. – ordenó Leo.
Era la primera vez, que los veía tan concentrados y serios. Tomaron mis manos y emprendimos marcha nuevamente, pero esta vez más rápido.
-Ha- había dos mujeres siguiéndonos. – mencioné.
Ambos pararon de golpe.
-¿Desde cuándo?
-Desde que íbamos a comer, pero choqué con una de ellas desde antes.
-¡Diablos, peque, debiste habernos dicho!
-Lo siento, pero pensé que estaba siendo paranoica.
-¿Cómo eran? – pregunto Nico.
-Cuarentonas, ojos negros.
-Hay que movernos.
Entramos a un estacionamiento de algún almacén y empezamos a correr.
Las mujeres aparecieron delante de nosotros. Ambas de cabellos negros, peinados de forma tan rígida que hacía que me doliera la cabeza. Sonrieron de forma cruel. Sus ojos se encendieron de un vivo color rojo, y sus dientes amarillentos se volvieron afilados.
-¿A dónde con tanta prisa? – Dijo una de ellas – Aun tenemos tiempo.
Unas alas de cuero curtido y negro se desplegaron de sus espaldas. Sus uñas se convirtieron en una garras mortíferas que garantizaban una destripada si te acerabas de más. Su cara, de por si fea, se convirtió en algo realmente incomodo de ver. La imagen de las señoras se había deformado, dejando delante de mí a dos criaturas espeluznantes, de cuero curtido y cuarteado.
-Furias. – masculló Nico.
-Genial, lo que nos faltaba – Dijo un Leo sarcástico –. Encárgate, Nico.
-Lárguense. – ordenó.
Lo único que consiguió fue que se acercaran a nosotros. Ambos se pusieron delante de mí, haciendo la función de escudo humano. Yo estaba paralizada por el miedo.
Ambas avanzaron hacia nosotros. Nico y Leo se deslizaron hacia ellas; Nico con su espada negra y Leo con un enorme martillo. Cuando estaban por golpearlas, alzaron vuelo y los pasaron magistralmente.
Se dirigieron a mí.
[¡/] – ¡Muévete! [/!]
Apenas tuve tiempo de reaccionar y tumbarme de lado. Unas garras pasaron por mí oreja. Sentí un líquido caliente recorriendo mi cuello, y dudaba que fuera sudor.
-¡Monse! – escuche gritar a Nico.
Corrieron a mí nuevamente, con sus armas listas para el ataque, pero nuevamente fueron ignorados y se abalanzaron por mí. Rodé nuevamente.
-¡He dicho que se larguen!
-Tenemos órdenes de acabarla, Hijo de Hades. – declaró una de las criaturas.
-Y cumplimos nuestras órdenes. – terminó la otra, con una sonrisa sádica.
-¿Quién?
No contestaron.
Ambas aleteaban sobre mí, asechándome. Los chicos trataban de atacarlas, pero simplemente eran ignorados. Yo era el premio mayor en todo esto.
Tomé mi anillo y presioné la perla azul. Una espada de medio metro apareció ante mí. La empuñe como Percy me había enseñado y solté el primer tajo, pero fue al aire. Una garra me cortó el brazo.
Los chicos trataban de alejarlas de mí, de llamar su atención, pero no funcionaba. Las furias estaban sobre mí, arañándome, tratando de encontrar el mejor lugar para clavar sus garras para acabar conmigo.
-¡Hey, por aquí cosa asquerosa! – gritaba Leo, mientras lanzaba algo que no alcancé a ver.
-¡Aléjate de ella! – Nico cargó sobre una de ellas.
La furia tomó vuelo.
La otra estaba sobre mí, cuando digo sobre mí, es realmente sobre mí, presionando mi pecho, impidiendo que el oxigeno entrara a mis pulmones. Mis brazos eran inútiles con la espada, me tenían inmovilizada.
Lograron arrastrar a una lejos de mí.
Nico le dio un mandoble y Leo le remató con un golpe de su martillo. La furia explotó en una nube de polvo dorado. Quedaba una.
Ésta era más rápida. Los chicos trataban de acercarse a ella, pero esta se limitaba a alejarse de ellos… y a acercarse a mí. Yo era el blanco en este atraco.
-Vendrán más por ti. Hay órdenes de eliminarte. – se jactó.
-¿Quién las dio? Contesta. – exigió Nico.
Aceleró hacia mí. Impacto sobre mi cuerpo, sacándome el aire. Sus garras me hacían pequeños cortes por donde tocaban. Con sus alas tumbó a los chicos y se elevó, llevándome con ella, cada vez más alto.
-¡Eres chica muerta!
-¿Quiéndiolasórdenes? – dije en un grito sofocado al sentir un golpe en mi estómago que me sacó el aire.
Ella sonrió. Algo me volvió a golpear.
-Te buscan. – susurró en mi rostro.
Vi mi oportunidad. Sopesé mi espada y la hundí en ella. Se convirtió es un montón de polvo dorado que el viento se llevó y empecé a caer, cada vez más rápido.
Aterricé sobre los chicos.
-Aggg… – se quejaron.
-¿Has oído de algo que se llama dieta?
-Leo, cállate. ¿Estás bien Monse?
-Caí cinco metros, Nico. ¿Cómo crees que estoy? Me duele el trasero. – contesté, buscando aire como posesa.
-Pues a mí la espalda – replico Leo, sobándose –. No es que seas ligera como pluma, peque.
-El punto es – interrumpió Nico –, que estás bien. Nada que un poco de ambrosia no arregle. Creo que deberíamos que preocuparnos por lo que dijeron.
-¿Crees que vengan más? – preguntó Leo, realmente nervioso, revisando los alrededores.
-No lo sé. Tal vez solo lo dijeron de dientes para afuera. No hemos visto nada más. No hay razón para que alguien la busque.
-¿Me buscan? Yo no he hecho nada.
-Tal vez sea tu esencia, peque. Tal vez es muy fuerte, dos descendencias, no es muy común.
-Nunca me había encontrado con algo así.
-Pero ahora somos tres semidioses – apuntó Nico –, dos de los tres grandes y un usuario del fuego; no es como si pudiéramos pasar desapercibidos tan fácil. Movernos rápido es nuestra mejor oportunidad.
-Genial, todavía tenemos que…
-Debemos irnos. – le interrumpió Nico.
Tomamos nuestras cosas y empezamos a movernos. Aun sentía mi sangre bombeando rápidamente por mis venas, la adrenalina en mi cuerpo, pero lo más importante, el alivio de saber que estábamos a salvo por ahora.
Tenía cortes por todos lados, dolían, pero no tanto como para estarme quejando por todo, había estado en peores condiciones antes.
-Toma – Nico extendió un pañuelo hacía mí –. Límpiate la herida, tu cuello está chorreando.
-Gracias.
El pañuelo blanco quede manchado en su totalidad de mi sangre, simplemente no tenía remedio.
-Déjame ver. – dijo Leo.
Se quitó la mochila y rebuscó hasta que encontró su botiquín. Nico estaba vigilando.
-No es tan malo, solo es una cortadura en la oreja y parte de la mejilla. Hay que desinfectar.
Me puso un algodón y un ardor se expandió por mi lado izquierdo: alcohol.
-Ya esta, ya está. – me tranquilizo – Mejor.
Toco mi mejilla y paso sus dedos por la herida.
-¿Crees que quede marca? – sonrió de lado.
-Unas semanas y te hiciste vanidosa, peque. No, no creo que quede marca.
Me miró a los ojos, rebosando ternura. Me alborotó el cabello y Nico carraspeó.
-Dale un poco de ambrosia. Hay que irnos. – dijo en voz seria.
Leo me dio un poco de ambrosia. Era como comer felicidad empaquetada. Era cálida, suave y a la vez crujiente. Nunca había probado algo así.
-¿Mejor?
Asentí.
-Vámonos.
Llegar al puerto nos tomó dos horas más a pie. Los chicos se negaban a tomar un taxi, o metro, y yo tenía energías suficientes a pesar de que habíamos luchado contra dos furias, creo que la ambrosia sí es de gran utilidad.
El puerto no era lo que esperaba. En realidad, no sé qué es lo que esperaba encontrar, pero no era eso. El puerto consistía en un pequeño muelle enmohecido de aspecto inestable. Amarrado a un extremo de él, había una pequeña lancha de segunda mano de motor, lo suficientemente grande como para unas seis personas.
Leo se metió de lleno en el motor y empezó a sacar herramientas, llaves de presión, y cuanta cosa se les ocurra.
Nico y yo nos miramos, soltamos un suspiro, nos escogimos de hombros y nos sentamos en el muellecito, colgando los pies hacia el agua.
-¿Crees que tarde mucho? – le pregunté.
-No lo sé – admitió –. Ya sabes cómo se pone cuando está en sus "momentos de inspiración". Tendremos suerte si no la desmantela para empezarlo de cero.
-¿Y esa lancha nos llevará hasta una isla mar adentro?
Me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.
-No. Mañana iremos a Florida y allí tomaremos un barco, no es lo más lujoso, pero nos servirá.
-¿Mañana? Nico, no podeos esperar hasta mañana. Tenemos el tiempo contado, ustedes deben llegar a su tonta reunión y debemos encontrar esa isla, no sabemos donde esta, tiene niños, Nico. Tenemos que ayudar a esos niños.
-Sí, pero también debes descansar. Acabas de destruir a una furia. Nunca habías luchado contra un monstro antes, y, estás mal herida.
-Solo son rasguños, créeme, he estado peor que esto.
Negó con la cabeza.
-No deberías estar tan ansiosa por llegar, pensé que estarías nerviosa.
-Estoy nerviosa, pero no puedo dejar que el miedo me domine por siempre. Si lo hubiera hecho, no hubiera sobrevivido todo este tiempo.
-Entonces, ¿por qué te da tanto miedo encariñarte con las personas? – dijo, sorprendiéndome por completo.
Me había tomado con la guardia baja. Nico era más observador de lo que parecía. Abrí la boca en más de una ocasión, pero ningún sonido salía de ella. No sabía que contestarle.
Apretó mi mano, dándome apoyo.
-Chicos, creo que ya está. Pero deberíamos quedarnos aquí por hoy, ya es de noche y no me quisiera aventurar en altamar a estas horas.
Giré a ver a Leo. Tenía el rostro manchado de algo que parecía aceite de motor.
Retire mi mano de la de Nico y sentí que me hacía falta el calor que me trasmitía.
Ellos intercambiaron una mirada. Asintieron. Sus miradas me ponían más nerviosa cada vez.
-Bien – dijo Nico –. Hay que buscar algo con que hacer una fogata y un lugar cercano donde pasar la noche.
-Hay un pequeño lugar allá atrás – señaló Leo –. Podemos acampar ahí por hoy. Salimos mañana temprano.
La verdad, no me gustaba la idea. Estaríamos a la intemperie. No es que me molestara dormir así, casi toda mi vida había dormido a la intemperie, sin cobijas ni cama, ni protección, pero el ver a dos criaturas horribles te dan una nueva perspectiva, créanme.
Terminamos haciendo una pequeña fogata. Había algunas rocas haciendo de escudo a nuestro alrededor. El piso era irregular, frio y rugoso, sin duda iba a ser una noche inolvidable.
Acabamos comiendo sándwiches que Leo había preparado. Sin duda, su cinturón era una bendición.
La noche era fría, la brisa marina se colaba a nuestro alrededor. La fogata nos ayudo a mantener el calor corporal durante la noche.
Yo tomé el primer turno de guardia, a pesar de las protestas de los chicos, no quería dormir aun. Todavía tenía en mente el sueño de la noche anterior, el soñar con Peter nuevamente después de tanto tiempo, era… era malo, si a eso le agregamos mi encuentro de hoy… bueno, quería mantener las pesadillas a raya.
Los chicos durmieron y los observé mientras pensaba en el día de hoy. Lo repasé de principio a fin. Desde mí "despedida" con Percy, pasando por mí encuentro con esos monstruos, hasta la cena del día de hoy. Sin duda había sido una inútil en el campo de batalla, me había paralizado el miedo. Los chicos eran los que me habían salvado, ellos habían hecho el trabajo difícil al quitarme a esas cosas de encima.
Lo que me preocupaba eran sus palabras, si había más cosas buscándome allá afuera, esperaba estar a la altura y no ser una carga como lo había sido hoy. Esperaba ser de ayuda, controlar antes mi pánico, era buena en eso. Como le había dicho a Nico, no puedo dejar que el miedo me domine. Debo aprender a pensar claro cuando esté bajo presión, por mí y por ellos. Hoy habíamos tenido suerte, no habíamos salido tan mal parados, pero no siempre íbamos a correr con la misma suerte, debía estar preparada para ayudar cuando fuera necesario.
Leo despertó cuando empezó a sonar una pequeña alarma que había armado antes de dormir. Se desemperezó y me mando a dormir sin escuchar replicas.
Me acomodé y caí dormida rápidamente.
Corría lo más rápido que mis piernas me permitían. Los hombres seguían detrás de mí, o, al menos uno seguía detrás de mí.
No podía borrar la imagen de Peter tirado, con sangre escurriendo de sus labios finos. Esa imagen quedaría grabada en mi cerebro y me perseguiría por el resto de mi vida.
El hombre seguía detrás de mí.
-¡Cuando te atrape mocosa, sabrás lo que es el dolor!
Corrí más rápido. Lagrimas caían de mis mejillas. Tropecé una, dos, tres veces, pero seguí adelante. No iba a dejar que me pusieran una mano encima.
Tenía que perderlo para regresar por Peter.
Era rápida, por eso me decían Kitten, era demasiado escurridiza, lo cual era una gran ventaja.
Entre en un callejón. Corrí. El hombre seguía detrás de mí. El callejón no tenía salida.
Mierda.
Una puerta alambrada impedía el paso. Brinqué a ella y la trepé. Alcance a pasar antes de que el hombre me alcanzara.
Sacudió la reja, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera del otro lado, golpeándome la cabeza.
Estaba aturdida, mi cabeza daba vueltas y estaba mareada.
El hombre trepo la reja, cayó a mi lado, me tomó del hombro y me aventó contra la pared.
Estaba aterrada. Mis pies colgaban sin tocar el piso. El hombre se acercó a mí. Su rostro se encontraba en mi cuello, provocándome asco.
Aproveche y hundí mi rodilla en su estómago. Mordí la mano que estaba en mi mejilla. Él me soltó. Caí de boca.
-¡Maldita!
Me levante y corrí. Corrí como si no hubiera mañana, porque si me alcanzaba nuevamente, yo no vería el amanecer nuevamente.
Corría por el callejón oscuro.
El sueño cambio.
Estaba nuevamente en un bosque, en medio de una tormenta eléctrica. Estaba corriendo nuevamente, tratando de salir de este lugar, aunque sabía que no había salida posible, nunca encontraba la salida de este lugar.
El piso se empezó a espesar como en mis otros sueños, me empecé a hundir. Los arboles a mí alrededor se empezaron a incendiar.
Gritaba por ayuda, pero nadie nunca acudía a socorrerme.
Estaba hundida en el barro hasta la altura de mis hombros, sentía la opresión en mi pecho.
Sabía que no tardaba en despertar, simplemente despertaría de repente. Mis pesadillas era básicamente lo mismo.
Esta vez, algo cambio.
Una figura apareció y se acercó a mí.
Peter.
Peter estaba delante de mí, pero sus ojos estaban marchitos, sin vida: estaban en blanco. Su rostro estaba demacrado y carcomido. Tenía una mancha de sangre vieja en su pecho y su ropa desgastada, estaba ahora andrajosa.
-Tú me mataste. – dijo con voz fría –. Ahora me acompañaras.
-No. Peter, no era mi intención. – suplique.
Lagrimas empezaron a brotar de mis ojos.
-Me abandonaste y morí por tu culpa.
-Peter, no, no, no.
-No están contentos contigo, kitten. Tiene planes para ti.
-¿Quiénes, Peter? ¿Qué planes?
El barro estaba en mí barbilla ahora. Cada vez me costaba más hablar.
El sonrió con sus dientes manchados de sangre, justo como la última vez que lo vi.
-Morirás. Tú me mataste y ahora morirás. Te buscan, y no podrás escapar esta vez, no importa lo rápida que seas, te encontraran.
-¡Monse! – Me despertaron – Monse, despierta.
Abrí los ojos para toparme con unos ojos color castaño oscuro. Nico limpio las lagrimas que tenía en las mejillas y me abrazó.
-Tranquila, ya pasó. Todo va a estar bien.
Me aferré a él y lloré. No entendía por qué soñé a Peter, pero el recordar su imagen de esa fatídica noche no me hacia bien. Había tardado años en tratar de olvidar eso, pero obviamente no había funcionado.
Cuando me calme, Nico me soltó, pero se quedó cerca de mí. Pasó su brazo por mi espalda, frotándolo en círculos.
-¿Quieres hablar de eso?
Negué con la cabeza.
-¿Quién es Peter?
-¿Cómo sabes de él?
-Hablas dormida. No parabas de decir: yo no lo maté.
Mi sangre se heló en mis venas.
-Yo no quería que eso pasara – susurré –. Te juro que no quería que todo terminara así.
»Acababa de llegar a Colorado, no tendría más de una semana cuando me encontré con Peter. Tenía dos años más que yo, pero me ayudó. Me llevó a su refugio. Nos ayudábamos cuando lo necesitábamos, pero nada más. No éramos amigos. Cuando vives en la calle, no te puedes dar el lujo de tener amigos.
»A las dos semanas de conocerlo, me propuso entrar a una tienda. Habíamos trabajado antes ahí. Ya sabes, descargar algunos camiones y llevar las cajas a la bodega, cosas de limpieza y esas cosas, pero nos explotaban, nos pagaban muy poco por todo el trabajo que hacíamos. Así que Peter propuso entrar y llevarnos algunas cosas.
»Conseguimos unas mochilas y entramos en la noche. Entraríamos, tomaríamos las cosas para venderlas y largarnos de ahí, pero las cosas salieron mal. Nos encantararon. Huimos de ahí. Nos siguieron y entramos a una tienda que se había quemado días antes. Tenía miedo. Amenazaron con vendernos a Isaac. Peter me había contado lo que les pasaba a los niños que llegaban con Isaac, simplemente eran vendidos y no volvías a saber de ellos.
»Peter se iba a sacrificar para que yo pudiera escapar. Nos atraparon a los dos y yo golpeé uno de los pilares que sostenía la tienda. El lugar se derrumbó y Peter murió aplastado. Yo lo maté Nico.
Los sollozos abandonaron mis labios sin mi permiso. Nico me abrazó nuevamente.
-Tenía doce años, Nico, Peter tenía doce años, y se sacrifico por mí. Era un niño apenas y murió aplastado por mi culpa.
-No fue tu culpa. – me consoló.
-Sí, fue mi culpa. Si yo no hubiera hecho eso, él estaría vivo.
-Si no hubieras derrumbado el lugar, los dos estarían en sabrá dónde. Si algo he aprendido en todos estos años, Monse, es que no puedes salvar a todos. Es una lección difícil y dolorosa de aprender, pero al final, te das cuenta que por mucho que hagas y te sacrifiques, no podemos salvar a todos, solo nos queda seguir adelante.
-No puedo, Nico. No cuando se que él murió tratando salvarme a mí. Era una chiquilla de diez años, apenas nos conocíamos y él se sacrificó por mí. Es por eso que no dejo que nadie cuide de mí. Todos los que me han cuidado han terminado muertos; primero Betty, y después Peter.
-No puedes castigarte por un accidente, Monse.
Me miró a los ojos y acarició mi mejilla, llevándose las lagrimas que habían rodado de mis ojos.
-Tú no lo mataste. Fue un accidente, y los accidentes pasan.
-No puedes estar seguro de eso.
-Tú no querías matarlo. Como lo veo yo, también te sacrificaste por él, pudiste haber huido cuando él te dijo, pero te quedaste con él.
-Yo no quería que eso pasara.
-Lo sé.
Me dejo sollozar en su pecho una vez más. Cuando finalmente me calmé, volteé a ver a Leo.
Estaba durmiendo en el suelo, ajeno a todo mi drama. Roncaba ligeramente.
Seguía abrazada a Nico.
-Supe que Thalía te invitó a unirte a ellas. – comentó.
-¿Me vas a dar un sermón tu también? – él rio.
-No. Pero deberías pensarlo bien. Mi hermana se unió a ellas.
-¿En serio? ¿Quién es? ¿Por qué no te he visto con ella en el campamento?
-Mi hermana murió. – susurró.
-Lo siento – dije –. Pensé que obtenías inmortalidad, es lo que dijo Thalía.
-Lo que no te dijo, es que solo puedes morir en el campo de batalla.
-Lo siento. – repetí.
-Está bien. Eso fue hace bastante tiempo. – su voz se encontraba entristecida. Me partía el corazón.
-¿Cómo era ella?
-Era valiente, regañona, risueña. En muchos aspectos me recuerdas a ella – Lo abracé más fuerte –. Te habría agradado.
-Sin duda.
-Era la que me cuidaba. Supongo que por eso quiso irse.
-No digas eso, Nico.
-Era lo único que tenia, ¿sabes?
-Nos tienes a nosotros. Somos tus amigos, Nico.
-Lo sé, pero ella era mi hermana. La extraño tanto.
No sabía que decir a eso. Mi respuesta fue abrazarlo fuertemente, transmitiéndole mi apoyo.
Un bostezo se escapo de mis labios.
-Deberías dormir.
-Voy a tener pesadillas.
-Si te veo inquieta, te despierto otra vez. ¿De acuerdo?
-¿Lo prometes?
Sentí su risa vibrar por su pecho.
-Lo prometo.
Mire la fogata titilar y solté a Nico.
El piso no se veía muy acogedor. Él lo notó. Jaló de mi cabeza y me recostó en sus piernas.
-Duerme. – dijo
Acomodé mi cabeza en sus piernas y me quede dormida, pero esta vez, sin sueños.
La plática con Nico nos había unido más, al menos, por mi parte era así. No había hablado con nadie de Peter, no hasta ahora.
Nico jugaba con mis cabellos. Eso bastó para dejarme arrastrar por la inconsciencia.
. . . .
Podía escuchar las olas del mar a lo lejos, algunas gaviotas y el sonido de los barcos. Escuche voces, eran voces conocidas, pero aun me encontraba confundida por el sueño.
-¡DESPIERTEN! – gritaron, pero no era la voz de Nico, tampoco era la de Leo.
Abrí los ojos de golpe. Deslicé mi anillo de mi dedo y estaba a punto de presionar la perla que lo convertiría en una espada patea traseros, cuando vi con claridad la escena que tenía delante.
Estaba tumbada sobre las piernas de Nico, justo como había dormido el resto de la noche. Nico estaba tumbado cerca de los restos de la fogata de anoche. Sus dedos seguían enredados en mis cabellos, que deberían ser un desastre esta mañana. Leo estaba haciendo viscos a causa de la luz del sol y tenia lagañas en los ojos.
-Les digo que la cuiden y ¿con que me encuentro? Con los tres dormidos plácidamente alrededor de una fogata. No están de paseo. Pudieron haberlos atacado mientras dormían y no sabrían ni que los golpeó.
-Ya déjalos. No debió ser fácil para ellos distraerla todo el día.
-¿Qué los deje? No se les puede confiar nada. – contestó con una sonrisa juguetona.
-Ustedes fueron los que tardaron en llegar – replicó Leo –. Los esperábamos para la madrugada.
No daba crédito a lo que estaba viendo. Debía seguir dormida. Abrí y cerré los ojos en varias ocasiones para asegurarme que no estaba soñando.
Nop, estaba despierta.
Delante de mí estaba nada más y nada menos que Percy Jackson y Annabeth Chase.
Percy estaba en todo su esplendor, con esa estúpida sonrisa arrogante que me provocaba querer quitársela de un puñetazo en rostro, vestido con una camisa verde, unos pantalones de mezclilla y una sudadera color azul.
Annabeth llevaba una blusa azul y pantalones de mezclilla, una chamarra café y en la mano una gorra de beisbol.
Ambos equipados con una mochila cada uno.
Percy me sonrió más ampliamente y se agacho frente a mí.
-No creías que simplemente te iba a dejar venir sin mí y ya, ¿verdad? Te dije que no te iba a pedir permiso, Monse.
Bien, ahora la cosas se ponen interesantes.
Bueno, preciosuras, reportandome nuevamente, después de creo que casi tres semanas xD
pero no fue mi intención, en mi defensa, el ser voluntaria es realmente agotador, llegaba a
casa y solo tenia voluntad para llegar a mi cama a dormir, pero no, tenia que hacer tareas
para la uni, y prácticamente termine de escribir este capitulo mas dormida que despierta.
Pero bueno, tenia que cargar con mi cuadernito a todos lados y llegar a transcribir a mi casa :$
Bueno, como las cosas ya se han calmado un poco en mi país, les aviso que ya no estoy en el
voluntariado, y mis épocas de exámenes ya han terminado, por lo que ya estaré por aquí mas
seguido.
Gracias por tenerme la paciencia, se que es frustrante leer un fic y que tarden en actualizar, por
lo que trataré que el capitulo este para la próxima semana y gracias por sus reviews, me alegraron
estos dias tan largos y pesados que he tenidos.
Espero les haya gustado(:
