Capitulo 9 Soy la versión griega de Rapunzel, con mi toque personal.
Mi cara no debía tener comparación porque todos comenzaron a reír, y no era precisamente conmigo.
— ¿Qué haces aquí?
—Ya te dije, no te iba a dejar ir sola.
—Así que me seguiste. — acusé.
—Podría decirse. Además, papá me ayudó a llegar, al parecer tampoco te quiere sola.
—No estaba sola, estaba con ellos — dije apuntando a los traidores de mis amigos —. Nada iba a pasarme.
—Pues como los encontré hace rato, no era la mejor forma de que "nada" les pasara.
—Respecto a eso — empezó Nico—, no era mi intención dormirme.
—Está bien — le calmó Annabeth—. A cualquiera la puede pasar.
—No te quiero aquí. —declaré.
Mire fijamente a Percy, taladrándolo con mi mirada, pero él ni se inmutó. Se encogió de hombros.
—Bien, el bote funciona de mil maravillas, es una lástima que te quedes, supongo que puedes volver en taxi, los demás llegaremos en unos días al campamento, y dile a Quirón que lo siento. — dijo Percy dirigiéndose al muelle.
Me quedé boquiabierta ente sus palabras. Las risas de Nico, Leo y Annabeth no se hicieron esperar.
—Ah, no, señor. Yo voy, tú te quedas.
—Dado que somos cuatro contra uno, no tienes muchas opciones, Monse.
—Pues no subo a ese bote si tú vas con nosotros.
—Pues te quedas. –– contestó con total naturalidad.
—No puedo, me buscan.
— ¿Quién? —preguntó.
—No sabemos —contestó Leo —. Ayer nos atacaron, pero fue extraño, chicos.
—No había visto algo así antes — continuó Nico — las furias simplemente la atacaron.
— ¿Qué tiene eso de raro? —Cuestionó Annabeth — Es una mestiza, es lo que hacen los monstruos, atacarnos.
—No lo entiendes — dijo Nico — las furias nos ignoraron a Leo y a mí, solamente iban por ella. Por más que las heríamos, iban tras ella.
Percy y Annabeth intercambiaron una mirada. Era sorprendente como ellos podían decirse tantas cosas con solo mirarse a los ojos.
—No puedes andar sola. — dijo Percy finalmente.
— ¿Tienes idea de porque te buscan? — preguntó Annabeth.
—No, tal vez solo lo dijeron para asustarme.
Asintieron, pero no se miraban del todo convencidos.
—En ese caso, vas conmigo — dijo Percy — si te buscan o no, no me importa, de mi no te despegas.
—No voy a ir contigo. Ya dije, si subes a ese bote yo no subo. — dije cruzándome de brazos, un gesto de obstinación y terquedad.
—Cariño — dijo con el asomó de una sonrisa triunfal — dado que somos dos adolecentes de casi dieciocho y dos de quince años, una niña de trece años no es problema para nosotros, ¿sabes? Si a eso le agregamos que eres de estatura pequeña y no eres muy fuerte que digamos, bueno, no veo como le haremos para subir tu trasero a ese bote. Créeme, hemos comido sándwiches más pesados que tu.
Los demás rieron. Entrecerré mis ojos.
—Eres un engreído de lo peor.
—Me han dicho peores cosas. — dijo con una enorme sonrisa.
—Y ustedes –– apunte a los chicos —, son unos traidores.
—Oye — se defendió Leo — debiste haberlo sospechado, era lo más lógico.
—No, no era lo más lógico. Lo más lógico es que él — señalé a Percy — mantenga sus narices fuera de mis asuntos.
—Lástima — contestó Percy — soy un metiche por naturaleza, pregúntale a quien quieras.
Solté un bufido. Percy seguía con esa sonrisa petulante. ¿Se enojaría mucho si le doy un puñetazo? Lo descubriría muy pronto si no borraba esa sonrisita de su rostro. Annabeth debió intuir mis intenciones porque solo rió en mi dirección y me giño el ojo.
—Pues hay que emprender camino nuevamente al muelle — comentó Nico —. No hay tiempo que perder.
Entrecerré mis ojos y les mande una mirada envenenada. Leo se estremeció.
Tome mi mochila y empecé a caminar sin mirar a donde me dirigía. Aun me encontraba algo atontada por el sueño y el coraje no me dejaba pensar claramente.
— ¿Peque, a dónde vas?
— ¿No es obvio, Leo? Al muelle. — contesté con voz acerada.
Leo y Nico soltaron una risita tonta.
—El muelle esta la izquierda, no a la derecha.
Sentí mis mejillas arder, pero no me importo, di media vuelta en redondo y empecé a caminar a grandes zancadas y mascullando por lo bajo sobre hermanos idiotas y amigos traidores.
Cuando empezamos a divisar el pequeño muelle de aspecto inestable, Nico y Leo trataron de hablarme, debieron pensar que ya había menguado mi rabia, que poco me conocían.
—Hey, peque, no seas así.
Les lance toda mi furia por los ojos.
—Monse, si las miradas matasen — dijo Nico con un ligero estremecimiento —, creo que Leo y yo estaríamos viendo las margaritas crecer desde abajo.
—Si las miradas matase — repliqué —, no quedaría cuerpo como para que se dieran el lujo de ver margaritas crecer.
Sus ojos casi se salen de sus orbitas.
—Bueno, ¿qué querías que hiciéramos? Percy prácticamente nos suplicó distraerte y él pudiera venir. — defendió Leo.
—No me importa. Se supone que son mis amigos.
—Pero él es tu hermano. — dijo Nico.
— ¿Por qué repiten eso como pericos? ¿A caso es el nuevo mantra de todos, o qué? Ya sé que es mi hermano, quedo bastante claro el día que apareció el tenedor flotante sobre mi cabeza.
—Tridente. — corrigió Leo.
Le lancé una mirada que claramente decía: cállate.
—Calladito me veo más bonito. — murmuró.
—En estos momentos ni calladito te ves bonito, Leo.
— ¿Otras veces si me veo bonito? — preguntó Leo con picardía.
— ¡Hey, Leo! ¿Aguantará este bote hasta Florida? — gritó Percy, salvándome de este momento incomodo.
Nos acercamos más al bote. La verdad, yo también me preguntaba si ese pequeño bote resistiría mar abierto, no se miraba muy seguro.
— ¡Pues claro! Ayer le modifiqué el motor.
Percy se encogió de hombros.
—Si tú lo dices.
— ¿Y qué vamos a hacer con el sol? —Cuestionó Annabeth — No pensaran que viajemos con el sol dándonos de lleno, ¿o sí?
Leo puso cara de ofendido.
—Estás hablando con Leo, nena.
Annabeth volvió los ojos.
— ¿Cuántas veces te he dicho que no la llames así? — Se quejo Percy — Es raro.
— ¿Y le puedo decir así a tu hermana? — Percy le dedicó una mirada mortal — Bien, ya vi que las miradas son de familia. — murmuró
Los cuatro se subieron al bote. Me sorprendía que no se hundiera debido al peso de cuatro adolescentes.
— ¿No piensas subir? — cuestionó Annabeth.
—No. Ya dije, si él va, yo no subo al bote.
Sabía que actuaba de la manera más infantil y estúpida que podía, pero esta era mi búsqueda, él la había rechazado, y ahora pretendía quitármela, estar de encimoso, y arruinar mi buen humor.
—Monse, sube al bote o te subiré yo. — advirtió Percy.
Me crucé de brazos.
—Inténtalo. — le reté.
Me miró con sus ojos entrecerrados, aceptando el desafío. Una lenta sonrisa se extendió por sus labios.
—Contaré hasta diez, si al terminar no estás dentro de este hermoso y modificado bote, te cargaré y si tratas de huir, te amarraré hasta que hayamos partido, ¿entiendes?
Lo miré fijamente. Si él trataba de cargarme… bueno, yo tenía bastantes golpes para que me soltara.
—Uno…
Reafirmé las manos a la altura de mi pecho.
—Dos…
Bostecé.
—Tres…
Miré a los alrededores.
—Cuatro…
Miré mis uñas.
—Monse, creo que debería subir. — dijo Nico. Lo ignoré.
—Seis…
Escuché un sonido detrás de mí.
—Siete…
Entrecerré mis ojitos.
Los demás se fijaron en algo encima de mí, pero lo pasé por alto, lo más seguro es que fuera una distracción.
—Monse — dijo Percy con voz realmente tensa, olvidándose de su cuenta —, sube al bote en este mismo instante. No mires hacia arriba.
Su mano se deslizó hacia su bolsillo. Mi mente trabajó a mil por hora. Él solamente cargaba una cosa en su bolsillo: Contracorriente.
Levanté la vista y vi una mancha negra rojiza acercándose a toda velocidad hacia nosotros.
—Monse — dijo Leo —, creo que es mejor que subas, ahora.
Antes de que pudiera dar un paso hacia el bote, sentí que me sujetaban por la espalda, elevándome cada vez más. El piso se empezó a alejar.
Percy salto del bote, pero no podía hacer nada, me encontraba a demasiada altura como para que pudiera alcanzarme.
La criatura se empezó a alejar con rumbo al este. Hice algo arriesgado y estúpido. Me quité la mochila, precipitándome hacia el suelo.
Grité mientras caía en espiral. Antes de estrellarme en el suelo y quedar en estado pudín, la criatura volvió a sujetarme, esta vez de mis hombros, clavándome sus garras negras.
— ¡Percy! — grité desesperada.
Ellos se encontraban a unos diez metros detrás de nosotros, y unos quince metros por debajo.
— ¡Monse, tu espada, usa tu anillo! — gritó Percy.
Cierto. Tonta Monse. Mi anillo-espada.
Saqué mi anillo y presioné la perla. Mi espada apareció ante mí. Lástima que mis hombros dolían cada vez que los movía, y sus garras clavadas en mi piel limitaban mi libertad de movimiento. Empecé a soltar tajos al aire, tratando de asestarle alguna estocada, pero como siempre, no tuve tanta suerte.
Gritaba desesperadamente cada vez que fallaba una estocada. La criatura comenzó a ganar velocidad. Con una de sus enormes alas logró derribar mi espada, no sin ganarse un corte que le arranco un chillido, pero no me soltó.
Sobrevolamos por la playa durante bastante tiempo. Habíamos perdido a los demás; me encontraba por mi cuenta, sin armas, sin protección. El miedo se estaba apoderando de mí. El hombro ya no dolía tanto; me había acostumbrado al dolor de sus garras clavadas en mis hombros.
Había dejado de forcejear con ella, porque entre más me movía, mas se clavaban sus garras en mi piel. Tenía que pensar en una forma de escapar de ella, y tenía que pensar rápido.
El vértigo de volar era abrumador. Mi estomago se había revuelto y tenia nauseas; agradecía no tener nada en el estomago, porque si no, habría vomitado a un pobre peatón de allá abajo.
— ¿A dónde me llevas? —grité.
—Comer — se limitó a decir, lo cual, no era nada bueno.
Empezó a descender en una playa. Bien, si nos quedábamos aquí, al menos podría meterme al agua y ganar tiempo ahí metida, ya dominaba mi respiración dentro del agua.
Divisé una especie de torre alta de más cien metros, solamente contaba con ventanas en la parte alta, lo demás era solido y el techo era cónico. Un faro. La criatura se precipitó hacia él.
Entró por una ventana que faltaba. Todo alrededor era de vidrio pulido, a excepción del piso. Una trampilla estaba detrás de un enorme foco que apuntaba hacia el mar.
Cuando me dejó caer en el suelo de concreto, pude apreciarla mejor. Su cuerpo era de un ave de rapiña, le faltaban plumas en algunas áreas de su cuerpo. Su cara era de una mujer, y era una mujer feroz. Se posicionó delante de mí y me estudio con la mirada y una sonrisa de satisfacción.
—Comer — cacareó —. Comer. Comer. Comer.
Eso no sonaba muy bien. Lo único que había en este lugar que se podría comer era yo. Y yo no tenía planeado ser comida por una un pollo asesino.
Busqué frenéticamente algo con que defenderme. En el suelo había algunos cartones y periódicos, pero a menos que nos pusiéramos a hacer piñatas, no me servirían. Mis ojos se trasladaron hacía la escotilla, era rápida, esa era la mejor opción, solo tenía que correr y bajar los escalones a toda velocidad, pero primero tendría que distraerla.
La criatura cada vez se acercaba más a mí. Ladeando su cabeza cada tres segundos, dándole el aspecto de una gallina de dos metros de altura.
Se abalanzó sobre mí. Me deslice hacia mi derecha. La criatura me rozó el brazo. Atacó nuevamente, pero fui más rápida. Así entramos en un baile estratégico, ella atacaba, cada vez mas enojada, y yo esquivaba cada vez con menos precisión por el cansancio y el dolor de mis hombros. Sin darme cuenta, terminé de espaldas a la ventana por la que habíamos entrado.
Me vio con el triunfo pintado en el rostro. Solo tenía dos opciones, saltar hacia el vacio, o dejar que me atrapara. Saltó hacia mí y me sujeto. Sus garras rasgaron mi estómago y azoté en el suelo de espaldas. Me puse de pie lo más rápido que pude, pero ella fue más rápida esta ocasión. Me lanzó contra la ventana contraria, el dolor recorrió mi espalda completamente.
Me quede sentada contra el ventanal. La bestia se dejó venir sobre mí. En el último segundo me abalancé hacia mi derecha. La criatura se estampó contra el ventanal, quedando atontada.
—Comer. — volvió a exclamar.
Me puse de pie. Si podía hacer que se estrellara nuevamente, podría conseguir el tiempo suficiente para escapar.
El monstruo se abalanzó contra mí con todas sus fuerzas, gire hacia mi derecha, y cuando estaba a punto de estamparse nuevamente, se detuvo.
—Comer. Comer. Comer a la niña del mar.
— ¿Niña del mar? — pregunté desconcertada.
El pajarraco aprovecho mi distracción y me aventó con sus alas contra el foco. Mi espalda impacto contra el borde y sentí mi piel abrirse y mi musculo cedió. Un alarido escapo de mis labios.
—Comer como se ordenó a Mya. Comer
Se dejó caer sobre mí. Patee con todas mis fuerzas su pecho. Me arrastre hacia el ventanal, buscando donde esconderme, pero un espacio de seis metros cuadrados no ofrece muchas opciones.
Me puse de pie nuevamente y me tambaleé.
Se arrojó sobre mí, esta vez la tomé de un ala y jalé de ella hacia atrás, ella chilló, pero no la solté, su ala cedió por completo, se dejó caer de espaldas y patee su pecho nuevamente. Comenzó a aletear y caí sobre mi trasero.
Se posicionó sobre mí, sentía su peso en mi pecho.
—Comer. — graznó nuevamente.
Impulse mis pierna hacia arriba y empuje con todas mis fuerzas. El pajarraco golpeo el foco con su cabeza, resquebrajándolo. Se dejó caer y no se movió.
Mi respiración era entrecortada. Mis pulmones ardían por el esfuerzo. Me puse de pie con trabajo. Mi espalda protestó por el dolor, la adrenalina me abandono de golpe, haciéndome consiente de los daños que había recibido mi cuerpo.
Chequé que nada doliera de más y empecé a buscar la escotilla antes de que esa cosa recuperara la conciencia. Para mi gran suerte, la criatura se había derrumbado sobre mi única salida viable.
[¡/]— ¡Genial, bien hecho, Monse! — dijo la voz de mi cabeza con ironía.
— ¿Otra vez tu? –– Me quejé — Pensé que me había deshecho de ti.
—Nena, no te puedes deshacer de tu conciencia.
— ¿Sería mucho pedir?
—Concéntrate en salir de aquí, después discutimos eso.
—Bien. [/!]
Me acerqué a la bestia con mucho cuidado y lo más sigilosamente posible. Seguía respirando, pero aparte de eso, no daba más señales de vida. Me aventuré a tocarla. Nada. No se movió. Trate de moverla, pero realmente pesaba. ¿Cuánto podía pesar este pajarraco? ¿Doscientas, doscientas cincuenta libras?
Me di por vencida con respecto a moverla. Me asomé por el ventanal por el que llegamos. Sin duda, esa salida estaba descartada. No iba a saltar ciento cincuenta metros hacia el vacio. El piso no se miraba muy acogedor desde acá arriba.
El techo, podría subirlo, ¿pero después qué? ¿Para qué ir más arriba si no podía bajar de aquí? Pero por otra parte, no quería estar aquí cuando esa cosa despertara.
[¡/]—Podríamos hacerle creer que escapamos si no nos ve cuando despierte.
— ¿Y después qué? ¿Qué vamos a hacer en el techo?
—Un problema a la vez. ¿Podemos subir?
—No sé. Mi espalda y estómago duelen.
La criatura rugió por lo bajo y sus patas se movieron ligeramente.
—Pensándolo bien, no duelen tanto. — pensé.
Eso creí. Hay que subir rápido. [/¡]
Salí con cuidado del ventanal y me sujete del borde del techo. Procuré no ver hacia abajo, porque si lo hacía, entraría en pánico y estaría consciente de la estupidez que estaba cometiendo. Posicioné mis pies en el borde del marco de la ventana y me impulse hacia arriba. Mis brazos y espalda protestaron con un ramalazo de dolor. Un quejido se me escapó.
Comencé a hacer fuerza en mis brazos para no caer. Fui subiendo poco a poco. Ahora agradecía no ser tan pesada. En silencio recé a mi padre. Recé a Afrodita y a todo Dios que se me cruzaba por la mente. Apoye mis pies en lo que encontraba debajo de mí. Mis codos se encontraban ahora en el borde, me comencé a impulsar con ellos y ganar terreno en el techo.
El sudor comenzaba a correr por mi frente. El sol se encontraba en su punto más alto, sobre mi cabeza, quemando mi piel y haciendo que mis heridas dolieran aun más de lo que creí posible.
Con mis brazos comencé a arrastrarme hacia arriba.
— ¡¿Qué crees que haces?! — Gritaron desde abajo — ¡Te vas a matar!
No me digas, pensé.
— ¡Monse, cuidado!
Yo solo quería decirles que se callaran y me dejaran concentrarme en no caer.
— ¡Monse, quédate donde estas, iremos por ti! — si claro, tomaré el sol mientras tanto. Con suerte me bronceo.
Mis codos comenzaron a doler por sostener mi peso. Mi espalda ardía donde se había abierto.
— ¡Carajo, peque, que te quedes ahí, no subas más!
Eso me hizo enojar. ¿Creían que me quedaría aquí colgando en lo que subían? Que se jodan. Volteé y miré hacia abajo. Grave error. El vértigo de haber volado no era nada comparado con estar colgando ciento cincuenta metros sin nada que te sujete. Perdí un poco el equilibrio y mi brazo derecho se desprendió un poco. Me deslicé hacia abajo. Un grito se escuchó desde abajo. Me sujete con más fuerza aun, tratando de recuperar el terreno que había perdido.
— ¡Monse, sujétate, Percy va por ti! — gritó Annabeth.
— ¡Cállense, la van a despertar! — Les grité — ¡No se puede subir, ella bloquea la escotilla!
— ¡¿Qué?! ¡No te escucho!
— ¡Que se callen, la van a despertar! — grité.
Ellos reprimieron un grito. Sentí que algo me rozaba los pies. Cerré los ojos y desee que no fuera lo que yo pensaba. No fue así. El pajarraco subió al techo y se colocó frente a mí. Mirándome directamente a los ojos.
—Comer.
—También te extrañe — dije —. Lindo día, ¿no crees?
Ella ladeo la cabeza y su cabello azabache cayó de lado.
—Comer.
—Sí, respecto a eso, no me siento muy cómoda. Pero, estoy segura que entregan comida a domicilio por aquí.
La criatura se acercó a mí y me tomó nuevamente por la espalda, llevándome con ella y entrando al faro nuevamente. Me aventó y caí sobre mi estomago, recordándome la herida.
— ¡Auuuu! — aullé de dolor.
—Comer— canturreó ella.
Se empezaron a escuchar golpes provenientes de la escotilla, como si la estuvieran apuñalando, pero nadie la atravesaba. Comencé a ponerme nerviosa.
La mujer se lanzó nuevamente hacia mí. Esquive nuevamente. Esto ya se estaba haciendo muy aburrido, supongo que no es muy inteligente el pajarraco.
Los minutos pasaron y seguíamos ella y yo solas, lo único que había cambiado, es que ahora yo tenía más rasguños y más golpes en proceso de moretones, y ella tenía muchas plumas que echaría de menos.
Me lanzó contra la ventana y casi caigo por la borda, me sujete para no caer de cabeza hacia el vacio. Pude distinguir cuatro manchas por debajo de mí, haciéndome señas.
— ¡¿Estás bien?! — gritó Percy.
¿Qué clase de pregunta estúpida es esa? Por supuesto que no estoy bien.
— ¡De maravilla! — me las arreglé para contestar antes de sentir como me lanzaba nuevamente contra el lado contrario.
Para estos momentos, había rebotado más que una pelota de baloncesto de una escuela secundaria.
Caí cerca de la escotilla. Me lancé a ella y traté de abrirla, pero pesaba demasiado y mi espalda protestó por el esfuerzo extra.
Una tacleada en mis costillas y me fui a la banca. Ya no sentía nada. Lo único que era capaz de percibir era mi propia furia contra esta criatura, por estar sin mi espada, por estar sola.
Mi vista se nubló. El aire cerca de mí se empezó a condensar, se sentía pesado, cargado. El frio me erizó la piel, mis cabellos se azotaron contra mi rostro. Sentí como algo se retorcía dentro de mí, como si me estuvieran revolviendo mis entrañas con un palo. Me centré en eso y lo impulsé fuera de mí.
Sin darme cuenta, un remolino de viento me envolvía. Una parte lejana de mi consciencia lo clasificó como huracán, pero en ese momento nada me importaba. La criatura quedó envuelta en el pequeño huracán. No tenia escapatoria, la veía girar en el sentido del huracán, revolviéndose y azotándose con su fuerza. Los periódicos y cartones la acompañaron, creando una especie de ventisca de basura.
En ese momento me sentía desconectada, como si alguien se hubiera apoderado de mi cuerpo y yo lo estuviera observando desde afuera. Nada me importaba. El tirón en mi estómago no hacía nada más que aumentar.
La temperatura descendió y las ventanas se empañaron.
—Mya solo quería comer — se lamentaba la mujer —. Comer a la niña del mar.
Regresé a la realidad. El tirón dentro de mí se detuvo. El huracán paró tan rápido como se había ido el tirón. El pajarraco azotó delante de mí, mareada y aun más atontada. El pánico me recorrió cuando llegó la comprensión de que yo lo había causado.
Me lancé contra la ventana. Veía las manchas que eran mis amigos allá abajo. Leo apuntó su brazo hacia arriba y gritó:
— ¡Atrás!
Algo salió disparado hacia donde yo estaba. Mi instinto me obligó a lanzarme de espaldas. Caí sobre mi trasero, para esta hora, ya debería estar morado de tantos golpes. Algo se clavo en el techo y una cuerda colgaba hacia la playa.
Una cuerda, ese era mi boleto de salida. Tomé la soga y salí del faro. Me sujeté fuertemente de ella y comencé a bajar.
¿Han sentido esa sensación de estar en un lugar tan alto pero tan alto que solamente desean sentir el aire pasar velozmente a su lado mientras caen? ¿No? Pues en esos momentos yo tampoco. Lo único de lo que estaba segura, era de que si soltaba la cuerda estaba frita.
Con cada movimiento que daba hacia abajo, hacia que la cuerda se contoneara cada vez más, impidiendo mi descenso.
— ¡Apúrate! — gritó alguien por debajo de mí, pero no supe quien.
El viento meció más fuerte, zarandeando aun más la cuerda, amenazando con hacerme caer. El cielo se encontraba nublado ahora en comparación con lo soleada que había estado la mañana. Yo lo había causado.
— ¡Peque, apresúrate!
— ¡No, la vista es hermosa desde esta altura! — Les grité sarcásticamente — ¡Deberían subir a verla!
— ¡No es tiempo para bromas! — se quejó alguien.
Como siempre en mi vida, cuando estaba a medio camino hacia la arena de la playa, el pajarraco salió disparado por la ventana. Sobrevoló y se alanzó hacia mí.
Sus plumas me provocaban cosquillas cuando me rozaban, pero solo sus plumas, porque sus garras me provocaban accesos de dolor. La cuerda se balanceaba con tanta fuerza que temía que terminara cayéndose.
—Comer. Comer. Comer.
— ¡Creo que ya quedo bastante claro ese punto! — dije exasperada.
Una de sus garras me atravesó la mano. Un aullido salió de mis labios y me solté de la cuerda.
Mientras caía, esperaba tener una revelación divina, o la voz de mi padre diciéndome algo alentador, o ver los mejores momentos de mi vida pasar delante de mí. O como minino, la molesta voz de mi cabeza diciéndome que todo iba a estar bien. No. Lo único que fui capaz de pensar fue: "Mierda, hasta aquí llegué. Moriré por culpa de una gallina asesina." Mientras gritaba a medida que caía.
Sentí el aire pasar velozmente por mis oídos. Cerré los ojos y me quedé a la espera del golpe demoledor cuando llegara al suelo como un proyectil. Coloque mi mano en mi pecho, dolía como el infierno, pero ya no importaba, con suerte, dentro de segundos iba a estar muerta y ya no sentiría nada.
Algo me tomó por mi brazo bueno, sentí como si me lo hubieran arrancado de golpe, pero estaba viva. Me atreví a abrir mis ojos y Percy me tenia sujeta por mi mano. Estábamos a varios metros aun del suelo, pero estábamos vivos.
— ¿Puedes bajar? — preguntó tenso.
Asentí.
—Creo que sí.
—Bien. Baja con cuidado. Yo te cubro.
Comenzamos a descender de nuevo, con cuidado de no sujetar demasiado la cuerda con mi mano herida, pero hacia lo mejor que podía. Percy lo hacía demasiado bien. Maldito. Era bueno en todo lo que hacía, me daba envidia, yo apenas había sobrevivido a la gallina ninja.
La mujer volvió a cargar contra mí, pero esta vez contaba con el respaldo de Percy. Percy le dio un tajo a su ala, esta chilló y se alejó, pero volvió a cargar contra mí. Me golpeó y me estrelle con el faro.
— ¿Estás bien? — preguntó Percy.
—He estado mejor. — mascullé.
La gallina se abalanzaba hacia nosotros, tanteando el terreno para atacar nuevamente, pero lo sorprendente fue que, a pesar de que Percy trataba de herirla sin soltarse, ella nunca trató de atacarlo a él, siempre era a mí.
Atacó nuevamente. Choqué contra la pared de concreto, zarandeando la cuerda. Percy soltó su agarre y me golpeó su peso en la cabeza. Mi mano no lo soportó. Empecé a caer. Con mi mano buena me sujeté, pero la cuerda se deslizaba de entre mis dedos con tanta velocidad que me quemó.
— ¡Monse! — gritó Percy.
Unos brazos me tomaron cuando debí tocar el piso. Los brazos eran fuertes pero suaves al mismo tiempo.
—Te tengo. — dijo Leo en mi oído. Enviando escalofríos a mi columna.
Lo abracé, sintiendo el alivio recorrer mi cuerpo entero. Sentí como si me hubieran quitado un bloque de quinientos kilos de encima. Pero el alivio no duró demasiado. El pollo asesino se lanzó por nosotros, dejando a Percy colgando aun.
Leo salto hacia la derecha conmigo encima. La caída no fue muy bonita. Caí sobre él, pero su rodilla me golpeó la pierna. Annabeth y Nico cargaron contra ella, pero ella se limito a sobrevolar a una distancia prudente. Percy seguía imitando al hombre araña en el faro.
— ¿Te encuentras bien, peque? — dijo Leo verdaderamente preocupado.
—Creo que no me rompí nada importante. — fue mi brillante respuesta.
—Eso me basta.
— ¿Dónde está mi espada, la encontraron?
Me dio una sonrisa de disculpa.
—La tiene Percy.
Genial, seguía desarmada.
—Quédate detrás de mí. — ordenó mientras se ponía de pie y tomaba un martillo enorme.
Percy llegó finalmente a donde estábamos. Corrió hacia mí y me tendió mi anillo de perlas. Antes de que pudiera tomarlo, la criatura me lanzó volando por los aires. Aterricé de boca y probé la arena de la playa, no es un sabor que me muera por probar nuevamente.
Apreté mi mano en torno a mi anillo, presioné la perla central y mi espada apareció nuevamente. Lo malo, es que tenía mi mano herida, lo cual no me hacía de mucha ayuda.
El pollo asesino no dudo en venir por mí nuevamente. Se abalanzó hacía mí. Sus garras pasaron rozándome y el pelo, creo que terminé con un nuevo corte de cabello.
— ¡Vamos, ellos están solos! — Me quejé — ¡Están deseosos de que los ataques!
— ¡Comer a la niña del mar! — contestó la gallina ninja.
— ¡Hey, por aquí pajarraco! — gritó Annabeth a lo lejos.
La criatura los ignoró, centrando toda su atención en mí.
Rodé por todos lados, evitando sus garras. Después de dos vueltas, parecía una milanesa empanizada.
Percy llegó a mi lado y me jaló, evitando que me rebanaran como filete. Me aferré a él, desesperada por salir de aquí. Percy levantó su espada y le hizo un corte en el torso. De la nada, Annabeth salió detrás de ella y le atravesó la espalda con su cuchillo. El pollo ninja con complejo asesino se desbarató en polvo dorado que se fundió con la arena.
Percy se dejó caer en la arena conmigo. Yo seguía aferrada a él.
—Cuando te diga que subas al bote — dijo entre jadeos —, simplemente sube al bote, ¿entendido?
Asentí.
Mis dientes castañeaban, y no era a causa del frio ya que el sol estaba en su punto máximo.
— ¿Te encuentras bien? — Preguntó Annabeth — ¿Qué pasó haya arriba?, vimos papeles volando, y a ella azotándose contra los ventanales y, el cielo comenzó a nublarse.
—Nada — mentí, me dio miedo lo que había hecho haya arriba, primero debía asimilar que yo había hecho eso antes de contarlo —. El pollo asesino no era muy inteligente.
— ¿Pollo asesino? — Dijo Leo entre risillas — Peque, esa era una arpía, de esas hay en el campamento.
—Bueno, yo no había visto una tan de cerca. — me defendí.
Percy se puso de pie y me tendió la mano para ayudarme a levantarme. Lo miré fijamente.
—Te salvé la vida — dijo —, creo que eso compensa mi metida de pata por la última pelea — su sonrisa se extendió, haciéndola contagiosa.
—Técnicamente, Annabeth me salvó la vida. — recordé.
—Pero yo trepé el faro. — contraatacó.
—Te quedaste colgado como una piñata de tamaño jumbo.
— ¡Eres imposible! — refunfuñó.
—Debe ser de familia. — intervino Annabeth.
Tomé su mano que seguía estirada, me levanté, y antes de pensarlo detenidamente, me puse de puntillas y lo besé en la mejilla.
—Gracias — dije con el corazón en mano —. Realmente agradezco que hayas venido por mí.
— Para qué son los hermanos.
— ¡Hey! Y, ¿para mí no hay beso de agradecimiento? — Protestó Leo — Después de todo, yo fui el que te atrapó con estos sexis y bien trabajados brazos de macho. — terminó poniendo una ridícula pose con sus brazos flexionados.
—Les agradezco que me hayan sacado por la vía menos práctica. Pudieron sacarme por la escotilla, ¡pero qué diablos! ¿Dónde estaba la diversión en eso? — me quejé, sobándome la espalda y la mano herida.
— ¿Ves como eres? — Refunfuñó Leo — cualquiera se sentiría alagada por nuestro acto heroico y tú te quejas.
—Hey, les agradezco, solo digo que hubiera sido más práctico por la escotilla.
—No podíamos abrirla — dijo Nico con voz lúgubre. ¡Dioses! Es como si él no hubiera estado ahí hasta ese momento —, era muy pesada para abrirla, y no podía simplemente llegar ahí por un viaje sombra. — explicó.
— ¿Por qué?
Se me quedó viendo, esperando que viera la respuesta a algo que él consideraba obvio y que yo pasaba por alto. Cuando no contesté, me explicó.
—Se llaman viajes sombra por algo, Monse, necesito las sombras para poder viajar, y creo que comprenderás, que en la playa, a medio día, las sombras escasean un poco.
—Oh, supongo que tiene sentido.
—Pensé que no llegaríamos a tiempo. — dijo Nico.
—Pensé lo peor, peque. No sabes cuánto nos asustamos.
—Estoy bien, chicos, no hay de qué preocuparse.
Percy nos miró con el ceño fruncido.
—Bien, será mejor que nos vayamos antes de que algo más suceda. Tú vienes conmigo. — dijo tomándome del brazo.
Hice una mueca por el dolor que me atravesó como un rayo.
—Que tonto eres, Percy —le regañó Annabeth —. Ven, Monse, déjame curarte. Tienes la espalda manchada de sangre.
Me tomó de la mano y empezó a sacar cosas de la única maleta que llevaban.
—Creo que me hice un corte.
—Ustedes tres— dijo, señalando a los chicos—, vayan a hacer algo de utilidad. Monse, déjame ver.
Trató de levantarme la blusa pero la detuve. Miré a los chicos que seguían ahí parados. Annabeth siguió mi mirada.
—Les dije que se fueran — les frunció el ceño —. Así que largo.
—Queremos ver. — masculló Leo.
— ¡Valdez! — gritó Percy.
— ¿Qué? Es verdad, ¿no es así Nico?
Nico se ruborizó un poco.
Percy los tomó por el cuello de sus camisetas y los arrastró lejos de nosotras.
—Solo queremos aprender primeros auxilios. — lloriqueó Nico.
— ¡No tarden! — gritó Percy.
—Bien, déjame echarle un vistazo a tu espalda.
Me levanté la blusa, y Annabeth solamente sonrió amablemente.
—No esta tan mal, se ve peor de lo que es.
Empezó a trabajar y sentí el escozor del alcohol en contacto con mi piel. El día estaba soleado nuevamente, al menos, no había arruinado el apacible clima. Annabeth no decía nada, pero era concisa en su labor. Siempre concentrada en lo que hacía para hacerlo a la perfección.
—Creo que necesitas puntadas en la espalda — empezó —, pero si me prometes no moverte mucho, solo te vendaré hasta que haga efecto el néctar.
— ¿Cuánto tarda en hacer efecto?
—Unas dos, tres horas a lo mucho si te quedas quieta y estas en reposo para que sane correctamente. — dijo con seriedad.
Asentí y la dejé trabajar en mi espalda, mi mano herida y el rasguño de mi estómago.
Me quedé viendo hacia lo lejos, donde los chicos paseaban. Percy estaba mirando fijamente el horizonte. El sol se encontraba en lo alto, era un día apacible. La brisa del mar jugaba con sus cabellos. Odiaba admitirlo, pero supongo que muchas chicas lo encontrarían atractivo.
—Se preocupa por ti —dijo Annabeth, quien dirigió su mirada hacia donde yo estaba viendo y una sonrisa se plasmó en su rostro —. Tal vez no te lo diga, pero realmente se preocupa por ti.
Giré a verla y esa sonrisa de enamorada seguía ahí.
— ¿Tú crees?
—Créeme, lo conozco desde los doce años. Es muy terco y obstinado, y hasta le cuesta expresarse un poco — suspiró — si lo sabré yo. Pero, no hubiera salido del campamento si no se preocupara por ti. No seas tan dura con él. Realmente lamenta lo que pasó esa tarde. No era su intención reaccionar así, es solo que… aun nos… cuesta hablar… de ello. — terminó quedamente.
—Gracias por haber venido con él. Tú no tenias que haber venido por mí — me disculpé —, lamento las molestias.
Ella sonrió, pero su sonrisa tenía un deje de nostalgia y alegría a la vez.
—Percy y yo venimos en un mismo paquete, Monse. Eso quedó muy claro el año pasado. Y, no eres una molestia, eres su hermana, lo que nos hace cuñadas — me giño el ojo —. Además, esto es lo que necesitábamos, no podíamos quedarnos recluidos en el campamento, y esto es como los viejos tiempos, aunque, realmente espero que no sea tan suicida como mis otros veranos. — sonrió.
— ¿Alguna vez me contaran de ello?
Annabeth guardo silencio por un largo tiempo y pensé que no me iba a contestar cuando comenzó a guardar las vendas, gasas y botellas. Suspiró y comenzó a hablar viendo hacia donde estaba Percy.
—Supongo que tienes derecho a saberlo, pero no ahora. No lo presiones, deja que él se acerque a ti cuando sea el momento — guardó silencio nuevamente —. No te prometo que sea pronto, pero dale tiempo. No te desesperes con él, no es una causa perdida después de todo.
—Supongo que no, si te tiene a ti siempre tendrá salvación. — dije sonriendo.
—En eso concuerdo contigo.
Me ayudó a ponerme de pie y mi espalda protestó.
Les hizo señas a los chicos para que se reunieran con nosotras y pudiéramos partir al puerto nuevamente.
—Son como cinco kilómetros hasta el puerto, si nos apuramos podemos llegar en dos horas — decía Percy —. Ya se quedó todo listo, solo hay que partir.
—Espera, espera, espera. No pretenderás que caminemos dos horas hasta el muelle, ¿o sí? Porque si es así estás loco.
—Pues, en realidad, no tenemos otra opción, no tenemos transporte. Y no podemos hacer un viaje sombra sin sombras, y Leo no puede hacer un automóvil o lo que sea de la nada. — explicó Percy.
—Pues hay que pedir un taxi.
Percy se ruborizó lentamente.
—Lo que pasa, Monse, es que por venir rápido por ti, dejamos todo en el muelle — explicó Annabeth —. No tenemos dinero. Bueno, yo tengo como cinco dólares. ¿Cuánto tiene encima?
Los demás empezaron a hurgar sus bolsillos. Nico encontró un dólar en monedas. Leo prácticamente vacío su cinturón para encontrar dos dólares. Percy tenía dos dólares. En total, teníamos nueve dólares. Estábamos fritos.
—Pues no somos precisamente ricos, ¿A dónde podemos llegar con eso? — pregunté.
—No sé — dijo Nico —, a lo mucho, creo que podemos llegar a las afueras de la ciudad, y eso, es si pasa un taxi por aquí.
— ¿Por qué no llamas a tus caballos alados, Percy? — dijo Leo.
—Pegasos, Leo, Pegasos. Y se llama Blackjack.
—Pues llámalo. — sugerí.
Percy dejó escapar un suspiro.
—Bien, se darán cuenta antes de tiempo que nos escapamos, pero lo haré. Todo porque la princesa no quiere caminar.
Le dedique una sonrisa que según yo era adorable.
—Bien lo haré. — se rindió.
—Gracias.
—No siempre te funcionaran esas sonrisitas. — murmuró.
En quince minutos habían llegado tres caballos alados. Eran majestuosos. Uno era de un hermoso color negro carbón, otro era color marrón oscuro, y el tercero era de un deslumbrante color blanco. Lo miré con adoración, simplemente era hermoso
"Apple." dijo una voz en dentro de mi cabeza "Mi nombre es Apple."
Mis ojos se abrieron.
— ¿Él… eso… acaba…? — Percy soltó una risita.
—Monse, estos son Blackjack, Hammer, y esta es Apple. Son del campamento.
"Hola." Dijeron tres voces esta vez.
— ¿Ellos acaban…?
—Sí. Herencia de papá, no preguntes.
— ¿Herencia de papá?
—Los Dioses tiene muchos hijos… con todos. — explicó Annabeth.
— ¿Que no conocen del control de natalidad? — cuestioné.
—Al parecer, no. — contestó Leo.
Nico puso cara de torturado al verlos. Perdió un poco de color, lo cual, era alarmante en él.
—No me gusta esta idea. — murmuró.
"Un niño de la muerte." Se quejó una voz. "Llévalo tú."
"No llévalo tú".
— ¿Por qué discuten? — pregunté, volteando a ver a Percy, después de todo, él tenía más experiencia en todo esto.
—Por mí — dijo Nico —. Por lo regular, los hijos de Hades no somos muy bien recibidos por las cosas vivientes.
Los demás le lanzaron una mirada de disculpa.
—Bueno, eso es estúpido. — sentencié.
—No lo es. Huelo a muerte. — contestó, pero no con voz resignada, sino como si estuviera bien con ello. Pero yo simplemente no le encontraba sentido, para mí, olía muy bien, como a la tierra húmeda expuesta al sol del verano.
"Yo lo llevó" dijo la voz de Apple. "No, no lo puedes llevar tu, Apple. Lo llevaré yo" Refunfuño Hammer.
"Bien, yo llevo al jefe"
—Que no me llames así. — se quejó Percy.
"Como diga jefe." Contestó el pegaso del color medianoche.
— ¿Por qué jefe? — pregunté.
"Porque el jefe me salvó de un crucero realmente malo."
La pegaso blanca se acercó a mí. Estiré la mano lentamente, deseando no espantarla. "Adelante." Me animó. Estiré la mano por completo. Su pelaje era suave, pero los músculos debajo de él eran fuertes. Las alas eran tersas y suaves.
"Se siente bien." Dijo Apple. "Me gusta, mi lady." Me reí por el apodo. Percy me acompaño.
—Creo que le gustas. — me animó.
—Hey, no todos aquí hablamos caballo. — se quejó Leo.
Los tres pegasos relincharon. "No somos caballos." Se quejaron tres voces a la vez. "¿Tanto le cuesta decir pegasos?" se quejó Hammer. "¡Vamos, no es tan difícil!"
—No es muy listo. — le consolé y le dediqué un guiño.
— ¿Quién no es muy listo? — preguntó Leo, haciéndonos reír a Percy y a mí.
—Lo ves. —dije a Hammer.
"Creo que sí." Dijo Hammer.
—Bueno, hay que ponernos en marcha —dijo Percy —. Annabeth y yo iremos en Blackjack.
—Qué raro. — mascullé por lo bajo. Nico y Leo rieron.
—Nico, Leo, irán en Hammer. Monse, iras en Apple.
— ¿Por qué va ella sola en Apple? — Cuestionó Leo — Seria más seguro para ella ir con uno de nosotros. Yo me ofrezco a ir con ella. — finalizó con una sonrisa que robaba el aliento.
—Porque no quiero sus manos encima de ella. — dijo Percy.
Todos pusimos los en blanco. A veces Percy podía ser tan, tan, absurdo.
—Percy, no me van a hacer nada. No me rompo, sabes. Y, Leo, creo que mejor te vas con Nico. No necesito que me cuiden. Ya se los he dicho muchas veces, no soy una niña, se cuidarme sola.
—Pero te puede pasar algo. — aportó Nico.
—Creo que quedó bastante claro hace unos momentos que puedo cuidarme sola. —recalqué.
—Y casi mueres en el proceso — acotó Percy —. ¿Me puedes decir en que pensabas al subirte al techo? Un paso en falso y morías.
—Sí, explícate — exigió Leo —. Te dije que te quedaras dónde estabas, y no me hiciste caso.
—Si hubieras subido al bote cuando te dijimos nada de esto habría pasado. — zanjó Nico.
—No tengo por qué darles explicaciones — dije seriamente —. Lo hice porque era lo más viable. No me iba a quedar ahí hasta que recuperara la consciencia. Hice lo que pude.
—Pues no fue lo mejor pensado. — regañó Percy.
—No pedí tu opinión. Creo que lo hice muy bien para ser la primera vez. — dije.
— ¿A eso le llamas lo mejor? — Reprochó en un grito — Si no hubiéramos llegado a tiempo habrías muerto.
—Percy — llamó Annabeth —, déjala tranquila. La verdad es que lo hizo bien. Denle un respiro, los tres — sentenció —. Será mejor que nos vayamos, no tenemos tiempo que perder.
—Gracias — susurré cuando estuve lo suficientemente cerca de ella como para que nadie más escuchara.
—No hay de que — susurró ella a cambio —. Las chicas hay que estar unidas.
Me guiño un ojo y aceptó la mano de Percy para subir al lomo de Blackjack.
Giré hacia Apple, que estaba esperándome. Coloqué mi mano buena en ella y me impulsé con mis pies. No resultó muy bien. Resbalé y caí sobre mi trasero. Las risas no se hicieron esperar.
—Déjame ayudarte — dijo Leo entre risas.
Estiró las manos, y me rodeó la cintura.
—Suéltame. Yo puedo sola. — dije retorciéndome entre sus brazos.
—Quedó claro que no, peque.
—Suéltame, Leo, puedo subir sin tu ayuda.
—Solo deja que te ayude. — se quejó Percy.
—Creí que no querías sus manos encima de mí. — recordé.
—Como lloran — dijo Nico. Se bajo de encima de Hammer y se acercó a nosotros. —Leo, súbela, yo la recibo y la acomodo.
—Puedo subir sola. — me quejé.
—No puedes, Monse — intervino Annabeth —. La herida de la espalda debe sanar, y prometiste estar en reposo.
— ¿Qué paso con eso de que las chicas debemos estar unidas?
—Pues sí, pero no serás de mucha utilidad herida. — finalizó la discusión.
Bufé y me dejé hacer. Los chicos me subieron encima de Apple y emprendimos camino.
Quiero aclarar algo. Volar sobre el lomo de Apple me dio una nueva perspectiva respecto a esto de volar. Cuando la furia me elevó lo único que podía pensar era en el dolor que sentía, y ahora con el pollo asesino solo sentía el vértigo y nauseas. Pero el estar sobre Apple era algo… increíble. Sentir el viento pasar por mi lado, poder apreciar el cielo, las nubes, el sol… simplemente parecía sacado de un sueño. No hay palabras para describirlo.
"Es hermoso." Dijo Apple.
—Ni que lo digas. — susurré para ella.
"Mi lady, algún día deberíamos viajar al amanecer. Escuché de una manada de pegasos salvajes que siguen el amanecer. Van detrás del Dios Apolo. Debe ser genial volar sin límites de velocidad, ni todas esas reglas… — relinchó —, quiero decir, solo por una vez."
—Cuando regrese lo haremos. — prometí.
"No tiene que hacerlo si no quiere mi lady."
—Quiero hacerlo, suena genial. — le animé, y era cierto, por la forma en que lo describía sería asombroso… Además, pasar algún tiempo extra con Apolo no me iba a matar.
— ¡Con Apolo no! — gritó Percy como si escuchara mis pensamientos.
Fruncí el seño y le saqué la lengua.
—Prometo que iremos. — le susurré a Apple en la oreja.
Llegamos al muelle en quince minutos. No había comido en todo el día, y mi estómago ya estaba protestando por eso. Supongo que el tener tres comidas diarias es algo a lo que todo estómago se acostumbra después de todo.
Nos quedamos a comer un paquete de galletas (supongo que hasta aquí había llegado el glamur), despedimos a los pegasos, y le prometí a Apple que le daría muchos cubos de azúcar una vez que llegara al campamento nuevamente; y subimos al bote.
Leo presionó un botón de un control que había sacado de su cinturón y un ensamble de metal salió de las orillas del pequeño bote. Colocó una lona con ayuda de Nico y Percy y así quedamos cubiertos del sol.
—Les dije que lo había modificado. — se jactó.
—Supongo que tus sexis y bien trabajados brazos de macho no solo sirven para atraparme — me burlé.
—Ja, acabas de aceptar que tengo unos brazos seductores. — dijo.
—No, no lo hice.
—Sí, sí lo hiciste. ¿No es así Nico?
—Yo no escuché nada. — dijo Nico giñándome el ojo.
—No me pueden quitar eso — se quejó Leo —. Al fin admites que soy sexy, y ahora te retractas. No es justo, peque.
—No dije que fueras sexy, Leo.
—No lo dices por miedo a que Percy te regañé. — dijo levantando las cejas.
—Percy no me da miedo —me defendí —. Y no te digo que eres sexy porque eso solo alimenta tú sobre inflado ego.
Una sonrisa enorme se extendió por su rostro. Esa sonrisa se que encantaba pero nunca lo admitiría en voz alta.
—Acabas de admitir que soy sexy. — finalizó.
Me quedé sin palabras. Lo había admitido. Abrí la boca en varias ocasiones, pero las palabras se habían quedado atoradas en mi garganta.
—No lo hice. — dije finalmente.
—Entonces, ¿por qué te ruborizaste? — se jactó.
—No lo hice. — rebatí, pero podía sentir el rubor traicionero extendiéndose aun mas.
—Esa es mi chica. — remató.
Nico gruño por lo bajo, pero pude haberlo imaginado .
—No soy tu chica.
—Pero lo serás. — finalizó con un encogimiento de hombros.
—Puedo escúchalos. — dijo Percy desde el otro lado del bote.
—Que soberbio Valdez. — acusé.
—Sé que tengo competencia, pero soy el mejor, aceptémoslo.
—Leo, ya cállate —dijo Nico enojado —. Piensa en lo que dices antes de hablar.
—Yo solo digo que…
—Y yo dije que te callaras. — sentenció Nico.
El resto del viaje lo pasamos casi tranquilo. Nadie nos atacó. El bote viajaba a mayor velocidad que los botes comunes. Supongo que el que Percy manejara las corrientes influía mucho.
Se sentó a un lado de mí, haciendo que quedará sentada entre él y Nico.
—Solo trata de sentir las corrientes — instruyó —. Concéntrate. ¿La sientes? —asentí.
Despejé mi mente y ahí estaban. Eran como una fuerza llamándome. Podía sentirlas fluir a mi alrededor.
—Bien, eso bueno. Ahora, cierra los ojos. Dime, ¿puedes sentir la corriente principal? —Asentí nuevamente — Quiero que la tomes y la controles de manera que nos impulse, ¿puedes hacerlo?
—Creo que sí.
—Si tienes problemas, dime y te ayudaré.
—De acuerdo.
—Primero sentirás un pequeño tirón en la boca de tu estómago, es normal, pero te acostumbraras a ello.
—Percy —dije tentativamente, probando terreno —, ¿nunca te dio miedo lo que podías hacer?
Se quedó en silencio por unos momentos, quedándose perdido en sus recuerdos.
—Solo puedo recordar una vez en la que realmente me dio miedo lo que realmente podía hacer, pero no es algo de lo que me guste hablar, ¿por qué?
—Por nada. —lo pensé mejor. No podía simplemente confesarme con él.
— ¿Hay alguna razón en especial por la que preguntes? Sabes que puedes contarme lo que sea.
—Sí. —mentí.
Desvié mi mirada de sus ojos que me escrutaban en busca de la verdad, y me concentré en la corriente como me había indicado. Sentí el pequeño tirón en mis entrañas, pero esta vez fue diferente, me costaba un poco mas tirar de esa fuerza hacia afuera. Mientras estaba en el faro, todo había sido tan natural, es como si lo hubiera hecho antes, esta vez, era un poco más complicado, realmente debía estar concentrada para guiar el bote.
—Lo estás haciendo muy bien —dijo Percy, animándome.
—Tengo un buen maestro —dije —, tal vez te lo recomiende.
Una sonrisa se extendió por su rostro, esa sonrisa que me hacía sentir segura y aceptada.
—Ya lo creo. —dijo.
Volteé a ver a los demás. Leo platicaba con Annabeth en una esquina del pequeño bote. Podía escuchas retazos de su conversación, pero era demasiado confusa para poder seguirles el hilo.
Leo tenia nuevamente esa sonrisa que me encantaba. Esa sonrisa que hacia cosas locas con mi mente. No se confundan, Leo es mi amigo, pero no dejo de ser mujer, o bueno, una adolecente, y estoy en pleno desarrollo, por lo que mi cuerpo es una revolución de hormonas como dijo Bárbara, así que sí, lo encuentro atractivo… bastante atractivo, pero eso es algo que nunca diré, y menos a él.
Nico nos miraba a Percy y a mí con anhelo y algo que descifré como nostalgia. Supongo que pensó en su hermana, Bianca.
Me partía el corazón que alguien tan joven y bueno haya tenido que pasar por eso. Él merecía más, el merecía conocer la felicidad, merecía tener una sonrisa en su rostro todo el tiempo, merecía reír de las cosas simples de la vida, y yo iba a tratar de darle eso, después de todo, eso es lo que hacen los amigos, se arreglan mutuamente, y por nuestra platica de anoche, sabía ambos estamos jodidos en un nivel similar.
— ¿Dónde estamos? —preguntó Annabeth, aunque no supe a quien.
—24.72 Latitud y 64.102 Longitud, en dirección al Noroeste a dieciséis nudos —contestamos Percy y yo en automático.
Yo me quedé boquiabierta por lo que dije y Percy me sonrió.
— ¿Herencia de papá? —pregunté simplemente.
—Herencia de papá. —asintió.
—Bueno, al menos no heredé los pies palmeados, u olor permanente a pescado. — dije a modo de autoconsuelo.
—Sí —agregó él —, podría ser peor. Aunque, si olieras a pescado, me vería obligado a pedirte que durmieras en el lago. — dijo riendo.
—Tonto. Pediría posada en cualquier cabaña —contesté —. Apuesto que debe de haber alguna alma caritativa que me haga espacio.
—Si —contestó —, como Jared, por ejemplo.
—Me refería a Bárbara. — murmuré.
—O Connor —agregó —, apuesto a que a él tampoco le molestaría, o Marco, aunque Marco no se encontraba muy bien la última vez que lo vi.
—Bueno, ya, ¿no? Ya entendimos que tiene bastantes pretendientes — explotó Nico —. No creo que sea necesario estarlo repitiendo a cada rato.
Los demás lo vimos algo extrañados. Estas últimas horas había estado algo huraño. Decidí cambiar de tema entes de que lo asaltaran con preguntas.
—No son mis pretendientes. ¿Qué una persona no puede ser amable sin que piensen en otras intenciones? — exigí.
Ellos se vieron entre sí y luego a mí.
—No. — contestaron los tres al unísolo totalmente seguros.
Annabeth puso los ojos en blanco.
—Eso es absurdo —dijo —. Las personas pueden ser amables sin tener dobles intenciones. Bueno, a excepción de Jared, el si las dejó muy claras, pero Connor y Marco no han dado muestras de interés.
—Pero Connor la llevó a pasear. —dijo Leo.
—Para ofrecerle un trabajo. — recordó Annabeth.
—Y Marco la estuvo abrazando e invitando a salir. — dijo Nico con el ceño fruncido.
—Porque era su cumpleaños. —refutó Annabeth.
—Pues todos la siguen en el campamento. — dijo Percy.
—Porque es la novedad. Su llegada no fue de lo más común, además, es tu hermana, y es bonita, por lo que, sí, llama la atención, pero nadie se le ha acercado. Nico y Leo la acaparan, si a eso le agregamos que no dejas que nadie se le acerque, es como si estuviera recluida.
— ¿No dejas que nadie se me acerque? — pregunté
—Por eso no es divertido discutir contigo — se quejó Percy ignorándome —. Nunca te gano en nada.
—Esa es una de las razones por las que a mí me gusta discutir contigo. — dijo Annabeth, dándole un beso en los labios.
—Asco — dije —. Hay más gente con ustedes, saben. No es algo que sea muy agradable de ver. —me quejé.
—Pues voltéate. — dijo Percy aun pegado a los labios de Annabeth. En serio, no sé cómo se las arreglan para respirar.
El bote se tambaleo un poco porque me distraje de la ruta y casi caigo por la borda, pero Leo me sostuvo antes de que pudiera tocar el agua.
—Y eso que no tenias los labios ocupados — rió Annabeth —, imagina cuando lo estén.
— ¿A qué te refieres? —dijo Percy.
—A que no va ser una niña inocente por siempre, Percy —dijo contra sus labios —Eventualmente va a crecer y algún día tendrá pareja.
Creo que fue idea mía, pero el bote se agitó ligeramente. Un chorro de agua salió disparado y casi baña a Annabeth, pero Percy la movió a tiempo. El chorro de agua bañó a Nico y Leo.
No me resistí las ganas y comencé a reír como loca.
—Parecen perros mojados. — dije en medio de risas, acompañada de Percy y Annabeth.
—No es gracioso. No deberías hacer eso, Percy. — se quejó Nico, mientras se sacudían y chorreaban todo el bote.
—Sí, sí lo es. — señalé.
— ¡Yo no hice nada! — se defendió él.
Dejé de reír cuando mi estómago comenzó a doler. Leo encendió sus manos, pero no pudo hacer mucho con su ropa sin quemarla. Nico, por otro lado, chamusco su camiseta negra por acercarse demasiado a la flama de Leo.
—Simplemente cámbiense. — sugerí.
— ¿Y quedar desnudo en medio del océano? ¿Estás loca? — preguntó Leo incrédulo.
—No, nadie los va a ver. Créeme, eso — los señalé a ambos —, no está en mi lista de cosas que debo ver antes de morir. — dije.
—No te creo. Con lo bueno que estamos —defendió Leo —. Cualquier chica cuerda desearía echarnos un vistazo a Nico y a mí, somos demasiado sexis para ser reales, así que no, no creo que Percy pueda controlarlas a ustedes dos de abusar sexualmente de nosotros. ¿No es así Nico?
—Leo tiene un punto — apoyó Nico —. La verdad, si estamos… somos…, bueno, no… ¡Argg! Lo que él dijo. ––Finalizó frustrado.
Annabeth y yo reímos.
—Créanme, podré mantenerme a raya. — animó Annabeth en tono de burla.
—Y yo no abusaré sexualmente de ustedes — argumenté —. Si fuera a abusar de alguien, ustedes dos no se encuentran en mi lista.
—Yo también soy sexy. —refunfuñó Percy.
—Sí, lo eres —dijo Annabeth en tono tierno —, sobre todo cuando te pones todo…
—Suficiente información. —Les interrumpí. No quería saber cómo se ponía. Solo de imaginármelo escalofríos recorrían mi piel.
—Bien —dijo Nico —. Nos cambiaremos, pero voltéense.
—Aunque, si quieren mirar no las culpo —dijo Leo —, no siempre miraran este cuerpazo. —señaló su torso larguirucho.
—Ya me estoy arrepintiendo de esto. — se quejó Percy.
—Demasiada autoestima, Leo — regañé —, un poco de humildad no te haría daño.
—Él necesita un baño de humildad — dijo Nico, levantándose la camiseta y dejando al descubierto un poco de su estómago.
— ¡Avisen! —grité dándome la vuelta para darles un poco de privacidad.
Terminaron de cambiarse y finalmente pude sentarme como era debido.
Estaba anocheciendo cuando empezamos a entrar en las aguas de Florida. Según Percy, habíamos bordeado las costas, manteniéndonos en aguas no tan profundas, estando seguros hasta nuestro destino. Yo quería llegar directamente a la isla maldita y hacer lo que se tenía que hacer y regresar a la seguridad del campamento, pero ellos me dijeron que estaba loca si pensaba que ese botecito nos llevaría hasta nuestro destino final.
Cuando finalmente amarramos, o algo así dijo Percy, era de madrugada. Yo me sentía cansada, bastante cansada, pero ya no me dolía el cuerpo. Aunque tuvo mucho que ver el truco que me enseñó Percy de estar en contacto directo con el agua para aclararme.
—Creo que deberíamos dormir aquí hoy. — dijo Percy —. Descansamos y mañana podemos continuar con el viaje. Además, no creo que aguante todo el trayecto despierto hasta que encontremos la isla que buscamos. Mañana zarpamos después de desayunar y comprobamos la coordenada que nos dio Quirón. Leo, prepara el yate, Nico, te tocará comprobar la información con tus… amigos del otro lado — dijo algo incómodo —. Annabeth, te tocará revisar los abastecimientos y armas. Monse tu tendrás… —dejó de hablar cuando notó mi ceño fruncido y mis brazos sobre mi pecho —… ¿Qué?
— ¿Quién te nombro jefe del grupo? — cuestioné. No me gusta que me den órdenes, y definitivamente él no iba a empezar a dármelas. No importaba cuantas veces salvara mi vida. — Hasta donde yo recuerdo, tú te colaste en esto. Yo fui la que tonó la misión que rechazaste, así que no debes darme órdenes.
Las risitas no se hicieron esperar. Percy se paró en toda su altura (que debo decir, era mucho más superior a mi metro sesenta), y entrecerró los ojos en mi dirección, pero no dijo nada.
—Tienes razón —aceptó finalmente —. ¿Tienes algo que decir? Lo más seguro es que ya hayas hecho tu plan antes de que llegáramos nosotros. Somos todo oídos. —dijo.
Me quedé en blanco. La verdad, es que yo funcionaba mejor en el momento, los planes no eran mi fuerte, si he sobrevivido tanto, es porque mi instinto de supervivencia en superior al de los demás.
Cuando vio que no contestaba, me dedico una sonrisa triunfal. Él sabía que no tenía ningún plan, solo me dejo pensar que había ganado.
—Eso pensé. —se jactó.
—Simplemente hagan lo que Percy dijo —dije con los dientes apretados —. Yo iré a ver si encuentro un lugar para dormir.
Di media vuelta y me separé de ellos antes de que mi visión de esta mañana de mi puño estrellándose en la mandíbula de Percy fuera tan seductora que no pudiera frenarla.
Escuché risas detrás de mí, pero las ignoré. Simplemente quería tumbarme en algún lugar y dormir, pero al parecer, eso no iba a ser posible con el cuarteto que me acompañaba.
Bueno, como los últimos capítulos habían estado muy dramáticos,
decidí que era momento de hacer un capitulo más light.
Espero les guste(:
