Capitulo 11 Tenemos una ronda de verdad o reto al extremo.

— ¡Lo siento! Déjame te limpio. — dijo pasando sus manos por mi cara.

— ¡Las estas embarrando mas, Percy!

Mi camiseta estaba embarrada con sus babas. ¡Qué asco! A eso agréguenle su aliento matutino y obtienen el peor despertar de todos los tiempos.

Risas se escuchaban de fondo; incluso creo haber visto a Leo en el piso riendo como loco. Annabeth reía como nunca antes la había escuchado, incluso se sostenía el estómago; inclusive Nico reía, y hasta ese momento me di cuenta de que era la primera vez que escuchaba su carcajada.

Percy se sonrojó furiosamente. Su cabello estaba excesivamente desordenado y su mejilla estaba manchada también con su saliva.

—Ven, vamos a lavarte la cara. — dijo tomando mi mano y jalándome.

—Te huele la boca. — dije para su vergüenza. Enrojeció aun más (si es que era posible). Los demás rieron más estruendosamente.

—Deja de quejarte y vamos a limpiarte. — masculló.

—Yo la llevo — se ofreció Annabeth entre risas —. Es más fácil que yo entre con ella al baño de damas.

Arrebate mis cosas de las manos de Leo y empecé a caminar al lado de Annabeth.

—En algunos años te reirás de esto. Créeme. Las primeras palabras que le dije fueron "babeas cuando duermes". Ahora me causa risa, pero mientras lo veía babear pensé que no podría haber un chico mas asqueroso que él.

—Las ironías de la vida, antes te daba asco y ahora no se separan.

—Nunca lo había visto de esa forma — admitió —. Pero supongo que sí. Entra.

Habíamos llegado al baño. Era un pequeño cuarto en el que rezaba la palabra damas. No era el lugar más higiénico, pero tampoco estaba tan mal, al menos había papel sanitario y agua corriente.

Abrí la llave del agua y esta comenzó a fluir. El agua estaba fría; tomé un poco en mis manos y lavé mi rostro, me estremecí por la temperatura. Miré mi reflejo en el espejo, daba pena. Mi pelo estaba todo alborotado y revuelto. Mi cara estaba ligeramente pálida y tenía lagañas en los ojos. Tenía un cardenal que atravesaba mi mejilla izquierda, y la cicatriz que me había hecho la furia era casi imperceptible.

Mi ropa estaba irremediablemente rasgada, mis pantalones estaban hechos jirones, mi camiseta estaba húmeda y manchada de lodo y sangre.

Si alguien me viera en estos momentos realmente me aventaría unas monedas.

Suspiré resignada y abrí mi maleta en busca de algo que ponerme.

Esto no es cierto. Esto no estaba pasando. Percy no era tan… tan… estúpido para empacar esas cosas. Saqué la ropa a montones, puños y puños de ropa inútil. De mi mochila salían montones y montones de vestidos, shorts, blusas sin mangas, sandalias, pero ningún pantalón o chamarra.

Una cosa era segura; iba a matar a Percy Jackson. ¿De todo mi guardarropa solo empacó esto?

— ¿Por qué tardas tanto? — Escuché decir a Annabeth — ¿Pasa algo?

—No — me las arregle para decir a través de mi enojo —. Todo está bien.

Inhalé profundamente y metí la mano en el montón de ropas. Tome un short, el más largo que encontré, porque no había forma de que anduviera por ahí con un vestido como si fuera a dar una vuelta al parque en lugar de tratar de mantenerme con vida. Una nota se deslizó de entre las ropas; reconocí la fluida y pulcra caligrafía.

Siempre hay que vernos hermosas, incluso cuando vayas al campo de batalla. Me agradecerás cuando nos veamos.

PD. Recuerda que nadie mata lo que desea.

Afrodita

Esto no estaba pasando, quería morirme.

El short, aunque era el más largo que encontré, era a media perna y de color verde pasto. Me negué a quitarme los tenis. Temía que desaparecieran, y con ellos la comodidad.

Comencé a meter la ropa a montones y sentí algo frio. Saqué la mano y ahí estaba, burlándose de mí, el cinturón maldito de Afrodita. Lo tomé y lo refundé en lo más profundo de la mochila, mientras despotricaba como marinero.

¿Para qué me iba a servir el cinturón? ¿Acaso iba a seducir a las Lamias? Porque no le veía la utilidad más que para usarlas como correa en caso de que las montara.

Desenredé mi cabello lo más rápidamente posible, arrancándome varios mechones, pero no me importaba.

Cuando salí, los ojos de Annabeth se desenfocaron.

—Monse, no creo que esa ropa sea adecuada para, ya sabes, una búsqueda, donde lo más seguro es que debamos pelear por nuestras vidas y todo eso.

Simplemente le entregué la nota y comencé a caminar con la mochila en mi espalda.

— ¡Espera, yo también me voy a cambiar! — gritó, haciendo que me detuviera.

Cuando finalmente llegamos con los demás, yo estaba congelada. La brisa marina del amanecer me erizó la piel y mis dientes comenzaron a castañear.

Cuando los demás nos vieron llegar abrieron los ojos de más. Alcé mi mano antes de que comenzaran con sus comentarios tontos.

—Ni lo mencionen. Solo hay que irnos.

—Linda combinación, peque. — se burló Leo.

—No iba a andar por ahí en vestido.

—Te ves bien. — dijo Nico.

Un ligero rubor cubrió mi rostro. Percy me observó.

—Tengo un ojo puesto en ti. — dijo, evocando los recuerdos de nuestra conversación de anoche. Puse mis ojos en blanco.

—Lo que digas, chico pez. Vámonos. ¡Oh!, espera, tengo que llamar a Bárbara. — recordé —. Prometí hablar con ella, aunque no sé cómo, dijo que me iban a explicar ustedes. Ten, me dio monedas. — Le aventé la bolsita a Percy.

Me frunció el ceño.

— ¿Realmente es necesario que chismeen justamente ahora?

—No vamos a chismear. Le prometí hablarle.

—No se van a morir si no hablan un día. — concedió Leo que se encontraba detrás de mí. Le di un codazo en el estomago.

—Eso dolió. — dijo, sobándose. Nico rió por lo bajo.

—No era un cariñito.

—Sí, me di cuenta yo solito.

. . . . .

El resto del viaje en el yate transcurrió de la siguiente manera. Leo hablando con la maquinaria y metiéndole mano cada que podía. Percy indicando el camino correcto a gritos. Annabeth riendo y riñendo con Percy cada cinco minutos y comprobando las coordenadas. Nico vomitando por la borda cuando creía que nadie lo veía. Yo muriendo de frio y estresándome por llegar a la maldita isla del infierno.

No lo voy a negar; moría de miedo. Simplemente saber que ayer… saber que si Nico no me hubiera encontrado a tiempo, que si él hubiera llegado algunos segundos más tarde, ahora estaría deambulando en el inframundo, lo cual no era una idea muy esperanzadora.

En ese momento me di cuenta; yo no dejaba decir que no era una niña, que no necesitaba que me cuidaran, que podía cuidarme sola, pero la verdad era que, soy una maldita mentirosa. Desde que iniciamos este viaje, lo único que he hecho es causar problemas; primero la furia, después el pollo ninja asesino y, anoche el gelo. Todas esas veces ellos me habían salvado, con razón no me quitaban el ojo de encima. Leo tenía razón, iba a terminar matándolos indirectamente.

Y, aun así, no dejaba de alejarlos. Era una maldita egoísta. Ellos trataban de protegerme y yo simplemente los alejaba cuanto podía, sobre todo a Percy. Él era un gran chico, era divertido, dulce, valiente, algo tonto, despistado, y me había babeado la cara, pero todos tenemos defectos; supongo que yo era la mala del cuento.

Miré el océano por la borda del yate. El sol se encontraba al este, era cálido, aunque la brisa marina se sentía helada. Mis cabellos azotaban en mi rostro, mi piel estaba erizada por el frio.

Fue entonces cuando las preguntas me acribillaron. ¿Y si yo había heredado todo lo malo de Poseidón? ¿Y si no era lo suficientemente buena como Percy? Después de todo, había escuchado suficientes historias acerca de papá como para saber que él podía llegar a ser tan cruel y despiadado algunas veces. ¿Y si yo terminaba siendo así? Lo único que había causado desde el principio fueron problemas. ¿Era yo mala? ¿Estaba eso en mi ADN? ¿Terminaría haciendo más daño a Percy?

Percy era tan… perfecto a su modo; era leal, amigable, valiente, solidario, y yo, yo no era nada de eso. Sé muy bien que si tuviera que elegir entre mi vida y la de alguien más elegiría la mía sin pensarlo dos veces. Él no. Él es el tipo de persona que se sacrifica por lo demás, ¿eso me hace mala persona, o lo hace a él magnánimo? ¿Tomaría yo la misma decisión si la vida entre la que tuviera que elegir fuera la de él, o la de Leo, o la de Nico, o la de Annabeth y la mía? Sabía la respuesta a esa pregunta, pero simplemente pensarla me hacía sentir el ser más repulsivo de planeta. No merecía todo esto. No merecía la amistad que ellos me ofrecían.

Sentí que me acobijaban con algo. El olor a brisa marina concentrada se coló por mi nariz. Percy deslizó su chaqueta por mi espalda.

—Te estás congelando. —explicó; me sentí mas culpable aun.

—No es nada.

— ¿En qué piensas?

—En papá. Y, en lo que dijo Bárbara.

—También le has dado vueltas, ¿eh?

—Simplemente no entiendo por qué quieren que vaya con ustedes al Olimpo.

—Creo que quieren conocerte — dijo, preocupación latente en su voz —. No somos muy comunes, los hijos de los tres grandes, supongo que quieren conocerte.

—Percy, no soy estúpida.

—Mira, si enviaron un mensaje para decir que querían que fueras, entonces debes ir. Tenemos algunos días para prepararte.

—Se supone que deben estar ahí en tres días — dije preocupada, el tiempo se nos venía encima por mí culpa.

—Tranquila, estas con nosotros. Hemos salvado al mundo en menos tiempo.

—Eres un presumido. — dije sonriéndole.

—Juntarme con Leo me ha hecho consciente de lo asombroso que soy.

—Genial, aparte de soportar su ego, ahora tengo que soportar el tuyo. — puse los ojos en blanco.

—Más o menos.

— ¿Crees que esté bien? — Señalé a Nico con la cabeza.

Percy soltó una breve carcajada.

— ¿Sabías que cuando lo conocí me preguntó si podía surfear? — dijo riendo —. Pensé que sobrellevaría mejor el navegar.

— No te burles del pobre, creo que ya vomito sus intestinos también.

— ¿Y soy yo el que se burla del pobre de nuestro primito? — no me pasó inadvertido cuando remarcó la palabra primito.

— Bueno, tal vez me burlo un poco. — admití.

—Mira esto — dijo —. ¡Hey, Nico! ¡Vamos a bajar, ¿vienes?!

Nico perdió color y se apresuró a negar.

—Estoy bien. — dijo por lo bajo — Vayan ustedes.

— ¡Oh, vamos, Nico! ¡Podremos hacer un poco de esquí acuático en mar abierto!

—No tenemos tablas. — se apresuró a decir.

—No las necesitaremos — dijo Percy guiñándole un ojo —. Estas con dos hijos de Poseidón, ¿recuerdas?

—Este… estoy bien. Pero vayan ustedes.

No pude evitar reír de su cara de pánico.

—Déjalo tranquilo, Perce

— ¿Perce?

Me encogí de hombros. —Suena bien. — dije.

—Me gusta. Te prometí una vuelta. —dijo cambiando de tema abruptamente.

— ¿De qué hablas ahora?

Me ignoró como era su costumbre. Colocó sus dedos en sus labios y un fuerte silbido salió de su boca.

Una enorme cabeza salió del agua, haciéndome saltar de la impresión.

— ¿Vamos a dar una vuelta? — preguntó Percy, extendiendo mi mano para que subiera al lomo del hipocampo.

Me quedé viendo a la criatura con adoración. Era más hermoso de cerca. Tomé su mano y subí. Alcancé a ver a los demás admirando al hipocampo.

—Sujétate — ordenó Percy. Me abracé a su cintura. —. Lo bueno es que ya controlas la respiración.

— ¿La respiración? — pregunte desconcertada. Él palmeó al animal y este saltó y se sumergió en las profundidades del océano. Un grito de sorpresa se escapó de mis labios, pero fue cortado en cuanto entré al agua.

Una cosa es segura, el mundo acuático es mucho mejor que el terrestre. Una vez que nos sumergimos en el agua, sentí todos mis sentidos al máximo. No sabía cómo podía realmente oler dentro del agua, pero todo tenía un olor particular.

Percy giró a verme y sonrió. Los peces pasaron rosándonos. Peces enormes, de todos los tamaños y colores. Entre más profundo íbamos, más hermoso era todo. Sentía como si hubiéramos entrado en esa película que me obligó a ver con él una y otra vez, donde los peces hablan y viajan a través del océano en busca del hijo de uno de ellos.

Un enorme tiburón pasó a un lado de nosotros, haciendo que soltara un grito de sorpresa, pero lo único que salió, fueron montones de burbujas. Percy rió por lo bajo, haciendo que salieran más burbujas.

El enorme tiburón se acerco más a nosotros y dejó que Percy lo acariciara. Yo me negué a hacerlo, pero juro que cuando me vio, vi deseo en su mirada, y no era la clase de deseo del bueno, era más bien, el deseo de, quiero eso para la cena.

Salimos a la superficie después de lo que sentí habían sido solo unos minutos, pero salimos a lo que era un hermoso crepúsculo. Subimos a bordo nuevamente y me di cuenta de que estaba completamente seca.

Los demás se encontraban comiendo. Antes de entrar, Percy me tomó de los hombros y me subió a su espalda como si fuera un costal.

— ¡Bájame! —grite entre risas.

—No, hasta que admitas que soy asombroso.

—Primero muerta, chico pez.

— ¡Ja! Lo dice la Chiqui.

—Tú y tu estúpida película. Ya te he dicho que no me digas Chiqui. ¡Yo no soy la tortuga!
—Sí, lo eres.

— ¡No!

— ¡Sí!

—Son estúpidos. —dijo Leo. Lo ignoramos.

—Entonces, tú eres Nemo.

—Nemo es el principal de la película. —se regodeó.

—Pero es deforme. —finalicé yo.

Las risas de los demás llenaron la habitación.

— ¿Me estás diciendo deforme?

—Aparte de deforme, tonto. Lo que me faltaba.

Me bajó de sus hombros y se abalanzó hacia mí. Comenzó a hacerme cosquillas. Exploté en carcajadas. Lágrimas se derramaban por mis mejillas, pero por primera vez, eran de felicidad.

— ¡Basta!

—No hasta que admitas que soy genial.

—Nunca.

—Entonces, ¡sufre las consecuencias!

Me hizo más cosquillas aun. Estaba a pocos minutos de hacerme pipi. Y eso, no sería nada lindo.

— ¡Bien, tu ganas! ¡Lo diré! Pero para, necesito respirar.

Dejó de hacerme cosquillas pero sus manos seguían a mis costados, esperando la respuesta.

—Eres genial. Para los estándares de los chicos que he conocido.

Entrecerró los ojos.

—No está nada mal.

Una sonrisa se extendió por mi rostro y me levanté. Le di un beso en la mejilla.

—Eres el mejor. —dije sinceramente.

Risitas se escucharon de fondo. Alcé la vista y los demás nos observaban. Sentí vergüenza de que nos vieran en ese momento; era nuestro momento de hermanos. Me sentía invadida.

La sonrisa socarrona en el rostro de Leo me decía que no me dejaría olvidar esto.

. . . . .

Legar a la isla nos tomó un día y medio. Existen cinco islas cerca de la ubicación que nos dio Quirón, y la distancia entre ellas era demasiada.

Para cuando finalmente llegamos. Estaba alegre de poder bajar del yate, lo cual era algo irónico teniendo en cuenta de lo que tenía que hacer en esta isla.

Había unos enormes barrancos en el lado este de la isla, y una pequeña playa de rocas. La isla era de roca solida con bastantes arboles.

—Creo que haremos senderismo — dijo Annabeth, encabezando la situación—. Solamente llevaremos lo meramente esencial. Tomen la comida, el botiquín de primeros auxilios, agua y…, no Percy, antes de que lo digas, no estamos seguros de encontrar agua a donde vamos, así que no seas flojo y llena las botellas —regañó. No pude evitar reír por lo bajo. Él me hizo puchero, y yo le saqué la lengua—. Hay que llevar néctar, así que revisen sus cantimploras y algo de ambrosia no estaría mal. Todo lo demás se queda aquí.

—Sí, señora. — dijo Leo, imitando un saludo militar.

Comenzamos a caminar sobre las rocas. Los chicos cargaban las mochilas mientras Annabeth y yo disfrutábamos de la caminata. Según Annabeth, las Lamias, preferían los lugares oscuros y cerrados, así que propuso cuevas. Solamente teníamos que encontrar las malditas cuevas.

No nos fue nada bien. Caminamos una eternidad. Mis pies terminarían con ampollas. Me alegré de quedarme con mis tenis. No habría sobrevivido en las ridículas sandalias que estaban en mi maleta.

Cuando nos íbamos a dar por vencidos, encontramos una maldita cueva, pero en realidad era un túnel. Annabeth insistió en revisarlo. Terminamos caminando por otra eternidad. Eso fue hasta que caí y arrastre conmigo a Leo, quien arrastro a los demás. Caímos por un pequeño barranco. Una especie de túnel descendiente.

Caí de bruces y alguien cayó encima de mí. Mi espalda crujió por el peso.

—Vaya, vaya, vaya — dijo una la voz femenina en un susurro apasionado, apenas perceptible para mis oídos —. Veo que ha llegado mi almuerzo.

Me levanté a trompicones. Unos brazos me ayudaron, pero por la oscuridad no supe distinguir quien fue.

— ¿Están todos bien? — dijo Percy demasiado lejos de mi. Su voz sonaba tensa.

—Sí. — contestó Nico, su aliento me provocó un cosquilleo en la mejilla y agradecí que no pudiera ver mi sonrojo.

Las llamas en los brazos de Leo aclararon el panorama. Podía distinguir, estábamos en una especie de cueva subterránea. Las paredes rocosas eran de un marrón oscuro, repleto de pliegues puntiagudos y rugosos. Ranuras se abrían por todo el perímetro. Esperaba que esas grietas nos llevaran fuera de aquí.

—Habían tardado en llegar, debo admitir que, pensé que serían más… veloces—dijo la mujer.

Leo movió frenéticamente las llamas, en busca de nuestra acompañante. Me aferré a la mano de Nico, no había forma de que lo soltara a este punto, debió haberlo notado porque me dio un apretón para tranquilizarme.

— ¿Quién está ahí? — demandó Annabeth.

Un bufido salió de la oscuridad.

—He olvidado mis modales. Disculpen, es por estar tan apartada de todo. — Antorchas que antes habían sido invisibles por la negrura que nos rodeaba fueron encendiéndose una por una hasta que la caverna se iluminó lo suficiente como para poder apreciar a la mujer que se erguía delante de nosotros. Su rostro era lo que se podría considerar como crudo. No había tal cosa como sutiliza en su ser. Sus facciones encajaban entre sí, pero era difícil mantener sus ojos en su rostro; simplemente repelían, pero sus ojos… No había ojos en su rostro, sus cuencas oculares estaban vacías, permitiendo ver la negrura detrás de ellas. —. Bien, ya no serán necesarias tus… iluminaciones, Leo, puedes apagarte.

— ¿Quién eres? —exigió Percy.

La mujer sonrió. Un mechón de su cabello negro verdoso se soltó de su moño enmarañado y enmarcó su rostro. Unos dientes afilados como los de un tiburón se asomaron en su sonrisa burlona. Su postura encorvada la hacía ver más tenebrosa aun.

—Me debería sentir ofendida, pero no es mi culpa que sean unos completos ignorantes. Permítanme el placer de presentarme. Soy Aletheia.

Su nombre no me decía nada, pero al parecer, a los demás sí. Bien, solo Annabeth reaccionó.

— ¿Supongo que eres importante? — dijo Leo.

Por la mirada que la mujer nos envió, deseé golpearlo en la cabeza con una de sus llaves inglesas que siempre cargaba. A pesar de no tener ojos, su mirada lograba ser muy expresiva.

—Supones bien, Leo — contestó con voz tensa —. Pero, no sean tímidos chicos, acérquense.

Sus palabras invitaba a acercarnos, pero lo único que quería hacer era dar media vuelta y salir corriendo de ahí.

—Nos equivocamos de camino — explicó Annabeth —, lamentamos las molestias, simplemente regresaremos por donde llegamos. — dijo, dando media vuelta y haciendo señas de que la siguiéramos.

—Oh, no será necesario, pequeña. Han llegado al lugar correcto, simplemente que estaban equivocados respecto a su destino — expresó Aletheia —. Verán, las Lamias se…

— ¿Lamias? — jadeé. ¿Había más de una en esta isla? La mujer me sonrió falsamente y sus ojos vacios me provocaron un estremecimiento.

—Sí. Lamias, Monse. Hay más de una. Cuatro, para ser precisos. Ahora agradeces tener refuerzos, ¿eh? Y, se encuentran del otro lado, a unos cinco kilómetros de distancia, y sé el camino a seguir. Se los diré.

—Suena genial. — dijo Leo.

— ¿A cambio de qué? — preguntó Percy, cautelosamente.

—Bueno, nada en esta vida es gratis, mis pequeños. Creo que Annabeth puede explicarles mejor, veo que aun no saben quién soy y, pese a mi naturaleza, no soy de las que se aprovechan de los demás, no en demasía.

Todos los ojos se posaron en Annie, quien solamente miraba a Aletheia, evaluándola.

—Aletheia es el demonio de la verdad, o también conocida como del des-olvido.

La mujer sonrió. —Prefiero de la verdad, es más… divertida.

— ¿Divertida? — jadeé.

— Este es el trato — sonrió dulcemente, pero los ojos vacios contrarrestaban la acción —. Les diré lo que quieren saber, lo que sea, si pueden contestar con la verdad lo que pregunte. Tengan en cuenta que puedo preguntar lo que sea, después de todo, es imposible mentirme a mí, y, no hay verdades a medias en este lugar.

— ¿Y si nos negamos? — curioseó Nico.

—En ese caso son libres de irse — contestó ella —. Pero me temo que deambularán por días antes de encontrar la salida de este lugar; después de todo, yo los guié hasta aquí. ¿Trato?

— ¿Por qué nos querrías ayudar? — indagó Percy, desconcertado.

—Oh, no. No entendieron. Si mienten, tengo derecho a un tributo. No sería justo de mi parte darles todo en bandeja de plata, ¿cierto?

— ¿Que tributo? — quise saber.

—Bueno, me tengo que asegurar de que no vuelvan a mentir nunca más, por lo que creo que pediré sus lenguas, además, si las sabes preparar bien, puedes hacer una cena espectacular. — canturreó eufórica. Me provocó un sentimiento enfermizo.

—No tenemos otra opción, ¿o sí? — dijo Nico con voz entrecortada.

—Claro que sí. Pueden marcharse si gustan, no los obligaré.

Miré a Percy, nuestras miradas se encontraron y supe que no había escapatoria, era esto, o vagar sin rumbo fijo. Annabeth asintió en silencio, tomando la mano de Percy entre las suyas. Nico me dio un apretón y Leo me sonrió, tratando de infundirme valor.

—Lo haremos. — pronunció, Percy, cada silaba con voz dura. Aletheia sonrió complacida, sabiéndose victoriosa.

—Bien, primero que dé un paso al frente el líder del grupo. — pidió, con voz tan gentil que provocaba repulsión.

Todos giramos la cabeza hacia Percy, quien se volteó a ver qué mirábamos.

— ¿Yo? — susurró, apuntándose el pecho. Coloqué los ojos en blanco, dándole a entender que se dejara de tonterías. Se acercó cautelosamente a ella.

Aletheia sonrió burlonamente. —Dije que se acercara el líder del grupo, no tú. — escupió.

—Soy el líder del grupo.

—Ya empezamos con las mentiras — suspiró —. Tomaré esta como una advertencia, pero no seré tan indulgente la próxima vez. Quiero al líder del grupo. Quiero a la persona que encabeza la misión.

Esta vez las miradas se dirigieron lentamente en mi dirección. Volteé a ver que miraban, pero a un lado de mi estaba una antorcha; fue cuando caí en cuenta que me miraban a mí.

[¡/]—Mierda. [/!]

Nico se tensó a mi lado y me sujetó fuertemente de la mano, impidiendo que la circulación siguiera su curso.

—Ella no. —bramó y jaló de mí, poniéndome fuera de su visión. Leo se acercó y me ocultó completamente.

—Prometo no hacerle daño, a menos, que ella no cumpla con su parte del trato. Y, a diferencia de otros, pueden confiar en mí, después de todo — sonrió —, yo nunca miento.

No importa con cuanto dulzura hablara ella, simplemente resultaba macabra.

—Está bien — susurré —. Podemos confiar en ella, creo.

Me miraron por unos instantes y los aparté de mi camino. Percy sostuvo mi mano y susurró en mi oído: —Ten lista tu espada.

Extrañé la presión de la mano de Nico sobre la mía, y la calidez que desprendía Leo, pero en estos momentos, había cosas más importantes que atender.

Tener a Aletheia de cerca era más escalofriante aun. Podía distinguir los huesos de sus pómulos a través de su pálida piel membranosa, sus huesos eran prominentes, al igual que sus venas… o lo que yo esperaba que fueran venas y no serpientes atravesando su piel. Destilaba un olor penetrante. Azufre, eso es lo que me quemaba la nariz con cada inhalación. Sonrió y sentí un estremecimiento que inició en la parte trasera de mi cuello, bajó y se instaló en mi estómago.

—No te haré daño, pequeña. No a menos que cooperes. Y, ¿quién se ofrece como voluntario? — preguntó sin perder la sonrisa —. ¿Quién va a ser el valiente?

—Creí que sería yo. — mi voz salió patéticamente temblorosa, arruinando la imagen calmada que quería proyectar.

—Oh, no, querida. Tú eres mi seguro de que nada malo pasará. Bien, bien, bien. ¿No hay voluntarios? Tendré que escogerlos yo — suspiró —. Lástima…, para ustedes, para mí es, más divertido. — la sonrisa escalofriante nunca se fue de sus labios. — ¿Empezamos?

Giré a verlos, y tenían la expresión en blanco. Solo sabía una cosa, y es que sea lo que sea que iba a suceder, no iba a ser agradable.

—Percy, Percy, el niño estrella de Poseidón, salvador del Olimpo. Dime, ¿qué se siente? Tener todo esa presión por hacer las cosas bien, tratando de salvar a todos. Y recuerda, sé cuando mientes.

Percy parecía aliviado ante esa pregunta —Pues, más que nada, es agotador. No tienes idea de lo malditamente duro que es. ¿Es mucho pedir ser normal?

—Bien contestado, Percy. Veamos cómo les va a los demás… Nico, rey de los fantasmas, cuéntanos. ¿Qué se siente andar acompañado del culpable de la muerte de Bianca? — Un tic apareció en la mandíbula de Nico, quien apretó las manos en puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

—Él no es el culpable — dijo finalmente, a través de sus dientes fuertemente apretados.

— ¿A, no? Curioso, según yo, sí.

—Pues estas equivocada. Bianca no murió por culpa suya. — el rostro de Percy se relajó perceptiblemente. Annabeth pasó una mano por su espalda es señal de apoyo.

—Es difícil culpar a las personas que amas, ¿no es así? — Bufó, Aletheia, pero no espero una respuesta — Leo, mi mecánico favorito. Dicen que puedes reparar prácticamente lo que sea. Pero sé que no es cierto, hay algo que nunca va a poder funcionar correctamente de nuevo, por más que lo parches, por más mejoras que intentes hacer, y no importa si consigues nuevas piezas —me miró a los ojos, pero los desvió nuevamente hacia él —, nunca podrás estar completo nuevamente. No podrás borrar lo que has hecho. No puedes escapar de tu pasado, la pregunta aquí es, ¿puedes perdonarte después de lo que has hecho?

Leo se quedó en silencio por lo que se me antojó una eternidad. Yo, por mi parte, trataba de buscar la forma de salir de este lugar. No confiaba en ella.

—Sí. — dijo rotundamente. Yo no sabía a lo que se refería la pregunta, pero si de algo estoy segura, es que, Leo, no es capaz de hacer algo que perjudique a otros.

—Primera mentira. — dijo Aletheia con una enorme sonrisa.

Leo palideció completamente. Me estremecí y me topé con su mirada.

Aletheia dio un paso al frente y salté delante de ella, lista para interponerme entre ellos dos. Los demás se adelantaron un paso hacia mí, listos para atacar o jalar de mí.

—No mentí — urgió, desesperación destilando de su voz —. No pude hacer nada para evitarlo —su voz quebrándose en la última sílaba—. No voy a cargar con la culpa de algo que no estaba en mis manos frenar.

—Annabeth —desvió la mirada rápidamente hacia ella irritada—, ¿qué se siente no haber podido salvar a tu primer amor? Prácticamente murió en tus manos, si tan solo hubieras sido más rápida… Puede que él se hubiera salvado. Su sangre está en tus manos.

— ¡No! —gimoteó. Percy la rodeó rápidamente— No es mi culpa. Yo no… no sabía —susurró—. Yo no sabía.

—Pero deseas que siga vivo.

—Era mi amigo —obviedad coloreando su voz—, claro que deseo que siga vivo.

—No porque haya sido tu amigo. Una pequeñísima parte de ti lo anhela aun.

Aun con a la distancia, pude ver como Percy se tensaba a su alrededor.

—No es así. Lo amo, era como un hermano para mí. ¡Era mi familia!

—Uno no ama así a la familia. No de esa forma.

—Era solo una niña. Fue un amor platónico y lo sabes. — imploró y, tuve la sensación de que ya no se dirigía hacia Aletheia.

Los demás observábamos la escena con pena. Yo no sabía exactamente la historia completa de ellos dos, pero sí había escuchado algunas historias sobre ese tal Luke.

—Leo, deja husmear en las peleas ajenas —regañó—. Mejor cuéntame, ¿qué has sabido de Calipso? Lo último que supe de ella es que estaba de vacaciones con Darren. Aun duele, ¿verdad?

—No he hablado con ella desde esa noche. —contestó con voz acerada.

—Tsk, tsk, tsk. ¿No le habías prometido mantener el contacto con ella?

—Es difícil hacerlo cuando en realidad no quiero saber lo malditamente feliz que es sin mí. —escupió.

Me dolió el corazón por él. ¿Cómo podía alguien hacerle algo como eso a él? Y sobre todo, ¿quién era Calipso? La verdad me aplastó—por irónico que suene—: había tantas cosas que no sabía de ellos.

Podía escuchar la discusión silenciosa que mantenían Percy y Annabeth a lo lejos.

—No la culpo, después de todo, ¿cuánto tiempo estuvieron juntos? Lo de ustedes no estaba destinado a durar; no con tu tendencia de enamorarte de todas.

—Yo no me enamo…—cayó abruptamente— Ya no me enamoro de todas, como dices.

—Pero lo estás haciendo, o bueno, una parte de ti desea fervientemente hacerlo, simplemente quieres que deje de doler, pero, ¿es justo para ella?

— ¿De qué está hablando? —dijo Percy, quien daba la espalda a Annabeth. Ella no se veía muy bien— No te atreverías, Leo. Dime que no te atreverías. —exigió.

—Percy, yo…

Nico gruñó por lo bajo y su mandíbula se tensó ligeramente. Sus ojos regularmente marrones, se obscurecieron tanto que parecían negros.

—Tú qué, Leo. —se acercó Percy a él. Annabeth lo sujetó por la cintura.

—Eso es lo que ella quiere Percy —advirtió—, nos quiere hacer dudar los unos de los otros.

—Chica lista —reconoció Aletheia—, pero mejor usa la boca para explicarme la verdadera razón de por qué estás aquí. ¿Por qué no dejaste que Percy viniera sola como debía ser? ¿Es porque no confías en que él pudiera lograrlo sin ti?

Silencio. Me encontré con la mirada de Nico. Una gota de sudor rodaba por su cuello. Leo estaba cabizbajo, no podía ver sus ojos, pero estaba segura de que solo había tristeza en ellos. Busqué su mirada, pero él no alzaba la vista. Percy estaba con los hombros encuadrados en la espera de la respuesta de Annabeth.

—El que calla otorga, Annabeth.

—Gracias por la confianza, Annabeth. —bufó Percy.

—Percy, sabes que no es así.

—Pues así parece.

—Hey, Nico, ¿por qué no ayudas a la parejita? ¿No te sientes listo para hacerlo, o, no quieres hacerlo? ¿Aun te gusta…?

—Sus problemas no podrían interesarme menos. —se apresuró a contestar.

Leo alzó la vista y miró de los chicos a Nico. Le dio una palmada en la espalda en forma de apoyo por algo, pero no sabía por qué.

—No sé si creerte, Nico.

—Creo que ya terminamos con esto. —taje.

—Oh, no. Tú no has hablado. No nos vas a negar todos esos secretos que tienes. No es justo que solo ellos contesten —la sangre abandonó mi rostro—. Cuéntanos, morimos por saber, ¿Qué se siente se la causante de que Peter muriera? —rió—. Tal parece que ustedes dos, chicas, tienen una suerte para que los chicos mueran en sus brazos. Y, ustedes dos —señaló Nico y Leo—, se enamoran de las personas que nunca están a su alcance. Aunque, Leo tiene más probabilidades que tú Nico, eso debo reconocerlo. Al menos, él no se enamora de…

—Déjalos en paz —dije realmente cabreada—. No has dejado de hastiarlos desde que llegamos.

— ¿Yo? —dijo con falsa inocencia—. Pero si lo único que quiero lograr aquí es un poco de confianza grupal. ¿Qué mejor forma que revelando sus secretos?

—Por algo los mantenemos oculto. —contesté

—Exacto. ¿Por qué ocultarlos? Ustedes los humanos creen que de esa forma pueden deshacer lo que han hecho, que si lo ocultan, pueden olvidarlo. Ahora, contesta, ¿mataste a Peter sí o no?

—Sí. Fui estúpida, no fui lo suficientemente rápida y no lo salve. ¿Eso querías escuchar? —Me quebré. La rabia me dominaba en esos momentos— ¿Querías saber que fui lo suficientemente cobarde para dejarlo solo?

—Monse, tu no…—comenzó Nico, pero le corté.

—No, esa es la verdad. Eso es lo que ella quería escuchar. Yo lo maté. No quería hacerlo, pero pasó y no ni un solo maldito día en el que no piense en lo que pude haber hecho diferente —se me quebró la voz—. ¿Feliz? Esa es la verdad. Ahora déjanos ir.

—No.

— ¿No? —Rugió Annabeth— Querías la verdad, te la dimos. Ahora déjanos ir.

—No lo creo. Solo me han dado verdades a medias, eso es algo que no toleraré.

— ¡Teníamos un trato! — aulló Nico.

— ¡Yo decido cuando termina esto! —chilló Aletheia, helándome la sangre. Recuperó el control rápidamente, poniéndose su máscara de indiferencia—. Mejor dinos, ¿cuál fue la promesa que rompió Percy?

—Prometí… prometí que la mantendría a salvo. —susurró Percy. Su mirada fija en Nico—. Te prometí que cuidaría de ella y, no lo hice.

—No me refería a esa. —Se regodeó Aletheia.

Mis ojos se desviaron hacia Nico; había palidecido. Leo le susurró algo. Nico alzó la vista y se encontró con mi mirada, pero la desvió rápidamente. Mis ojos divagaron por las paredes de la caverna, tratando de buscar una salida, pero había tantas posibilidades, y solamente una nos llevaría hacia donde queríamos.

—Él… él…

— ¡Dilo!

—Él prometió que no me haría daño. Que no nos haría daño.

La comprensión llegó al rostro de Percy, ensombreciendo su rostro.

—Nico, yo…

—Déjalo, Percy. —contestó Nico incomodo.

— ¿Ves que fácil es decir la verdad, Nico? ¿No te sientes más ligero? Todo ese peso que has tenido que soportar.

—Es suficiente —le corté, retrocediendo lentamente hacia atrás—. Déjanos ir. Dime el camino, y quiero la verdad.

— ¿La verdad? ¿Quieres saber la verdad? —canturreó dando vueltas alrededor de nosotros. Su voz era un susurro tenso, contenido. Ella estaba más que enojada— No. No quieres saber la verdad, ¿sabes por qué? — Dijo ella, pero no nos dejo contestar — Porque nadie quiere conocer la verdad. Porque lo cierto es que, todos dicen que querer la verdad, pero en el fondo la rehúyen, le temen. La verdad es, salvaje y despiadada, es directa, es capaz de matar hasta el más puro de los deseos. Solo mírense ustedes. Vienen hasta aquí, han pasado por muchas cosas juntos, especialmente ustedes cuatro — apunto a mis acompañantes — Pero, ¿realmente se conocen entre ustedes?

»Simplemente ver sus patéticos intentos de ocultar la verdad entre ustedes demuestra que estoy en lo cierto. Dime, Nico, ¿ya has podido decidir cuál de los dos te gusta más? Imagino que ha de ser difícil decidir siendo tan parecidos ambos. Prácticamente son la copia el uno del otro, pero, ¿cuál de ellos deseas más? ¿Él que sabes que nunca te corresponderá, o, la segunda opción que siempre se cierra ante ti, por la que tendrás que pelear? Ya lo sabes, pero, no lo vas a decir, ¿cierto? ¿Sabes por qué? Porque eres un cobarde, porque prefieres ocultar todo, prefieres enterrar tus emociones. Piensas que es más fácil, piensas que así nadie podrá lastimarte nuevamente.

»Y, tú, el pequeño y gracioso, Leo, no eres mejor. Todas esas bromas, todo ese humor, todos esos consejos de buen amigo, todo ese ingenio, son solo parches, máscaras para ocultar todo lo que te pasa. ¿Crees que así puedes ocultar lo que realmente pasó con Calipso? ¿Crees que puedes escapar de la realidad; ignorar que ella ya no necesita de ti? Te tengo noticias mi amigo, la verdad te golpeará con fuerza, te llegará como un navajazo, y créeme, todo lo que has hecho para evitarla, será inútil. ¿Crees que no sé de tus noches en vela?

Podía sentir mi sangre hirviendo, la rabia se apoderaba de mí. Busqué frenéticamente la forma de salir de esta cueva. Estaba la abertura por la que habíamos entrado, pero solo me dejaría vagando hasta encontrar la salida. Y, estaba la abertura detrás de ella, pero llegar hasta ahí era harina de otro costal.

—Y, no hay que olvidarnos de nuestra parejita — dijo con una sonrisa que helaba la sangre. Podía ver a Nico y Leo cabizbajos. Percy y Annabeth tenían la cabeza en alto. —. Todo lo que han pasado, todas esas batallas juntos, ¿y todo para qué? ¿Creen que ahora vivirán felices por siempre? Puedo ver a través de ustedes chicos — su sonrisa se ensancho —. Dime, Annabeth, ¿le has dicho a tu noviecito lo que en realidad pasó esa noche, antes del verano, cuando Luke te fue a suplicar, rogar, que escaparas con él? Y, tú, Percy, ¿has hablado con Annabeth de ese lindo beso, que compartiste con Rachel? O, ¿han hablado acerca de lo que pasó allá abajo? Dime, ¿cómo pueden verse al espejo, cómo pueden seguir adelante sabiendo que alguien se sacrificó por ustedes?

Un sollozo escapó del pecho de Annabeth y Percy reafirmó su brazo en la cintura de ella. Los ignoré, estaba más ocupada buscando la forma de salir de este lugar.

— Y eso nos lleva a ti. — giró la cabeza y clavó su mirada afilada en mí. Su voz cargada de satisfacción, casi con pasión.

—La nueva adquisición. La pequeña Monse —rió, una sonrisa burlona se dibujó en sus finos labios cuarteados —. Puedes mentirles a ellos. Puedes mentirle a tu hermano. Puedes mentirte a ti misma. Pero, no a mí. Puedo ver a través de ti, niña. En lo único en los que has pensado desde que llegaste a esta cueva es en la forma de escapar — se acercó aun más a mí. Percy se tensó —, pero lo peor de todo, es que en ninguno de los planes que has ideado están ellos incluidos.

»Cómo siempre, la pequeña rata, buscando la forma de escapar. Es por eso que has durado tanto, niña. Es porque el más fuerte sobrevive, y tú, tú eres rápida, eso debo admitirlo. Pero dime, ¿morirías por ellos? — señaló a los demás. Me encontré con la mirada de Percy y quemó a través de mí con la intensidad de mil soles.

Ver la decepción instalarse en su mirada es el peor recuerdo que tengo.

—Ves. La verdad lo cambia todo. Tú no serias capaz de morir por ellos. Eres una cobarde. Serías capaz de dejar morir a cualquiera de ellos si con eso tú sigues respirando. No eres nada más que una pequeña culebra traicionera, Monse.

Resopló. Miré hacia el suelo rocoso. Simplemente no podía ver el asco, odio, y repulsión con la que me debían estar viendo los demás. Yo misma tenía asco de mí. ¿Cómo podía traicionar a mis amigos? Las lágrimas comenzaron a agolparse en mis ojos, haciendo borrosa mi vista.

— Yo gano. No puedes mentirme, pero tampoco van a admitir la verdad. Así que dejemos de posponer lo inevitable y permanezcan quietos mientras arranco sus preciosas lenguas. Pero, ¡hey!, ha sido divertido jugar con la comida.

Se acercó a Percy. Lo tomó de su quijada, él no opuso resistencia. Annabeth trató de detenerla, pero simplemente fue inmovilizada. Abrió su boca y tomó su lengua entre sus dedos larguiruchos, lista para dar el tirón, cuando hable.

—Te equivocas — susurré —. Yo moriría por ellos.

— ¿Qué?

—Ahora lo haría. Ellos valen el sacrificio. ¿Quieres la verdad? Si me hubieras hecho esa pregunta hace una semana, te habría dicho que no, pero las cosas cambian en tan poco tiempo. Son mis amigos, y el chico al que pretendes arrancarle la lengua es mi hermano, y no voy a permitir que le hagas daño. Así que aparta tus asquerosas manos de él y dime donde está la maldita salida.

Una expresión furiosa apareció en su rostro demacrado. Inhaló profundamente, pero no apartó la mirada de mí. Sonrió, pero no se apartó de Percy.

—Mientes.

—Sabes que no es cierto —dije con toda la valentía que pude reunir—. Ahora, suéltalo.

—Eres rápida, y resbalosa, Monse. Te subestimé, debo admitirlo.

—Suelen hacerlo. — coincidí.

—Pero — una sonrisa ladeada se asomó en sus labios. ¿Quién se creía que era? ¿Sonrisitas? —, ¿dirías lo mismo sabiendo lo que piensan realmente ellos de ti? Leo, ¿qué fue lo primero que pensaste de ella la noche que llegó?

El rostro de Leo se congeló. Negó frenéticamente con la cabeza.

—No quiero decirlo. — admitió.

—Escúpelo. — ordenó Aletheia, soltando a Percy de golpe y acercándose a él.

Percy golpeó su espalda contra el suelo rocoso. Su cabeza rebotó ligeramente. Me adelanté en un intento de llegar a él, pero Nico me detuvo. Annabeth le ayudó a ponerse de pie y volteo a verme, diciendo con la mirada que todo estaba bien.

Regresé mi atención a Leo quien, parecía que fuera a sufrir una convulsión en cualquier momento.

— ¡DILO!

— ¡Me dio lástima! — soltó a trompicones. Llevó sus manos a su boca para callarse, pero las palabras no se detenían —. Estaba toda andrajosa, y sucia. Me dio pena ajena.

Sentí como algo dentro de mí se quebraba. Había esperado esas palabras de Percy, incluso de Annabeth, jamás de Leo. No de él.

— ¿Y tú, Nico? Misma pregunta. — tocó su pecho y las palabras se deslizaron de sus labios como un vómito verbal.

—Pensé que era una carga. Fui amable con ella porque, tenía que asegurarme de que no nos causara problemas. No era más que una chiquilla sucia, una amenaza. Fue hasta que vi que era realmente patética y no podría hacernos daño.

Solté su mano de golpe. Me regañé por extrañar su calor. Me golpeé mentalmente por encontrarme con los ojos de Leo y ver el dolor plasmado en su mirada. Me odie por querer acercarme y consolar a Nico en esos momentos.

Trató de tomar mi mano nuevamente, pero me alejé de él. No iba a ser débil. No con él. Trató de acercarse a mí, y vi la disculpa en sus ojos antes de que sus palabras salieran de sus labios, pero, retrocedí. No quería tenerlo cerca, porque si lo hacía, seria débil ante él.

—Annabeth, tu turno.

—Era un estorbo. Me dio pena ajena. Lástima. — hipó. Una lagrima solitaria resbaló por su mejilla.

— ¿Y, qué dice el hermano prodigio? — canturreó Aletheia.

Me topé con los ojos de Percy, tan parecidos a los míos, pero en ellos solo había culpa, y sentí como me imploraba perdón por las palabras que saldrían de su boca. Esas palabras que tenían el poder de destruir la confianza que habíamos logrados horas atrás.

—La odié — dijo atragantándose con las palabras —. Era una carga más en mis hombros. Un lastré. Tiempo perdido. Yo no la necesitaba, pero me dio lástima, así que no podía hacer nada. Tenía miedo de ella, tenía miedo de lo que significaría su llegada. Pero ahora…— Aletheia alzó la mano haciéndolo callar. Él cerró la boca y una pequeña parte de mi cerebro captó el esfuerzo que hacía por hablar nuevamente, pero no separaba sus labios.

Tenía razón. Nadie en su sano juicio quiere la verdad. Escucharla solo me quebró por dentro. Unas cuantas palabras destruyeron en segundos todos los buenos momentos que había pasado junto a ellos. La tarde en la armería con Nico y Leo, mi acampada matutina en la cabaña de Hefesto, el día que desperté escuchando la voz de Nico, mis pláticas de chicas con Annabeth, mis momentos con Percy; todo se vio ensombrecido y manchado por unas cuantas palabras.

Las dudas se implantaron en mi cerebro como hiel. Todas las bromas que habíamos compartido, los gestos, sus palabras de aliento, sus esfuerzos por cuidarme, sus intentos de que no me uniera a Thalía, ¿todo eso había sido producto de la lástima?

Es gracioso como las personas se pasan toda la vida buscando la verdad respecto a su todo. Yo la acababa de conseguir, y lo único que había conseguido era derrumbar lo único bueno que había tenido alguna vez. Si bien, no era perfecta la relación que tenia con todos ellos, es más de lo que logré soñar alguna vez.

—Ahora dime, Monse. ¿Aun morirías por ellos? ¿Aun les tienes lealtad, sabiendo todo lo que piensan de ti? — se carcajeó.

Las lágrimas inundaron mis ojos, pero no eran lágrimas de tristeza, bueno, no todas, la mayoría eran de coraje, de impotencia. Me sentía traicionada y ultrajada. Fue entonces cuando comprendí porque la verdad era considerada un demonio. Aletheia no te mostraba la verdad. No. Ella te abofeteaba con ella para después, apuñalarte hasta que ya no lo soportarás más.

Me negué a llorar. El poco orgullo magullado que me quedaba no me permitía derramar una solo lágrima por ellos.

Una parte de mí, la parte estúpido, se aferraba a ese pequeño brote de esperanza, diciendo que, tal vez, esto era simplemente una forma más de hacerme dudar de ellos, pero ¿cómo puede mentir la verdad?

—El orgullo nunca es un buen defecto fatídico —susurró—. Nunca terminan bien lo mestizos orgullosos. Si vas a llorar, llora; después de todo, estás entre amigos. —ironizó—. Contéstame, Monse. ¿Morirías por ellos sabiendo lo que… piensan de ti?

Empujé las lágrimas lejos. No podía romperme justamente ahora. Me sentía herida, pero quería vivir, si mentía estábamos muertos, si decía la verdad… solamente terminaría más lastimada de lo que ya estaba, porque sabía la respuesta a esa pregunta y, no sabía cómo sentirme al respecto.

—Sí. — contesté, tragándome mis propias lágrimas.

Deslicé lentamente mi anillo de mi dedo y lo escondí entre mis manos. Era hora del plan B.

—Eres una sucia mentirosa. — gruñó.

—He dicho la verdad —ignoré las miradas sorprendidas de los demás. Solo me concentré en el andar amenazador de Aletheia.

Su lento avance no anunciaba nada bueno. Leo me tomo de la mano y trató de jalarme hacia él, lo alejé. Me quedé inmóvil hasta que la tuve a un palmo de distancia. Presioné la perla y alcé mi espada a la altura de su cuello. Paró inmediatamente.

—No te muevas o te rebano en pedacitos. —amenacé—. Y sabes que no estoy bromeando —hizo ademán de moverse pero se lo impedí—. Ah, ah. Si fuera tú, no me movería ni un centímetro más. Ahora, quiero nos dejes ir, y me vas a dar lo que prometiste. Hicimos un trato, cumplimos nuestra parte, cumple la tuya.

—Debiste hacerme jurar por…

—No puedes mentir —le recordé—, así que no necesito un juramento. Dame mi respuesta.

—Tienes razón. Hicimos un trato —dijo complacientemente. Una chispa de astucia brilló en su rostro; supe que no me pondría las cosas fáciles. Alcé más mi espada. Los demás alzaron sus armas, pero no desvié mis ojos de ella—. ¿Qué quieres saber? Solo una respuesta. Puedes preguntar lo que sea y, si yo sé la respuesta, te la daré.

—Creo que es obvio, ¿no crees?

Suspiró dramáticamente. Bajó sus cuencas vacías hacia sus uñas negruzcas y negó lentamente. Era la viva imagen de la despreocupación, como s no tuviera una espada pegada en el cogote.

— ¿En serio? —Rebosaba incredulidad—. Después de todo lo que has pasado para poder obtener tu respuesta y, ¿las vas a desperdiciar en saber el camino hacia un montón de niños revoltosos y, donde lo más seguro es que termines muerta? Pensé que eras más perspicaz. No sé, creí que me ibas a preguntar sobre tus hermanos. — terminó con una falsa inocencia.

—No me interesa saber nada acerca de Percy —escupí su nombre—, o Tyson —terminé con amabilidad.

Algo en su rostro me dijo que había dicho las palabras que estaba esperando. Sonrío con malicia.

—Oh, cariño, no me refería a ellos; sino a tus otros hermanos, lo hijos de tu mami, Sarah.

— ¿Mi madre? —solté en un susurró ahogado. Sentí la sorpresa resbalándose por mi rostro. Alguien contuvo el aliento a mis espaldas.

—Sí, Monse. Tu madre. ¿Creías que solo te tuvo a ti y tiro su vida por la borda? No, cariño, ella siguió adelante —se regodeó.

¿Ella había tenido más hijos? Durante algún tiempo, me había aferrado a la idea de que mi madre había muerto, o que no podía mantenerme, o algo por el estilo. Cuando era niña me había inventado un montón de historias en las que mi madre no podía hacerse cargo de mí, que le había dolido perderme. Después, cuando crecí, había comprendido que mi madre me había abandonado a mi suerte. Tal vez, había sido un embarazo no deseado, a lo mejor, ella no deseaba ser madre.

Pero, saber que ahora tenía hijos… ¿Había algo malo en mí? ¿No merecía ser amada, al igual que sus otros hijos?

—Monse. — dijo Annabeth en voz baja a mis espaldas. La ignoré.

—No me interesa saber nada de ella. — mentí, y rezaba porque ya no exigiera la verdad solamente.

—Bueno, ¿supongo que entonces quieres saber por qué los Olímpicos te quieren muerta?

Esa era una nueva revelación. Una bofetada con guante blanco, dijera Leo.

— ¿La quieren muerta? —susurró Nico.

—Oh, nena, ¿quién pensabas que mandó todas esas criaturas detrás de ti, y todos esos sueños que te aterrorizan por las noches?, ¿qué creías que los provocaba? Son señales de que algo malo va a pasar.

— Monse, ¿de qué habla? —dijo esta vez Percy.

—Una sola respuesta, y es ella la que escoge —recordó Aletheia—. O, ¿tal vez, quieras saber dónde está mami? O, ¿quieres saber finalmente lo que le pasó a tu adorado hermano el año pasado? O, ¿quieres saber por qué papi te abandonó a tu suerte todo este tiempo? O, ¿quieres saber lo que sé, te mueres por saber? Porque, créeme, lo sé. Si yo fuera tú, también me preocuparía. Digo, no debe ser nada fácil tener un hermano tan noble y tu ser…, bueno, tan tú —dijo con sorna, disfrutando de mi miseria—. Debe ser duro no sentirte a la altura, pero bueno, supongo que su respuesta de hace unos instantes te aclara un poco el panorama.

»O, puedo decirte donde está, Sarah. Te ha buscado, sabes. Solo tendrías que dejarme a estos mestizos como tributo —susurró tentadoramente, y ¡rayos! Una imagen de mí con una mujer hermosa pasó ante mis ojos—. Déjalos, y te daré la ubicación de tu madre. Te ofrezco lo que siempre has querido, una familia. ¿Vas a renunciar a eso por un grupo de chicos que se dicen tus amigos por lástima?

—Monse. —dijo Annabeth con voz implorante.

— ¡Cállate, Annabeth! —gruñí.

Me imaginé aceptando su propuesta. Me imaginé dejándolos a su suerte, y solo pensarlo me dolió el corazón. El amor nos hace débiles, y en esos momentos, sintiéndome traicionada, mancillada, herida, derrotada; estaba segura de una cosa: No podía dejarlos. No podía traicionar a los que se habían convertido en mi familia.

—Quiero que me digas cual es la maldita salida de este lugar. —gruñí, alzando mi espada.

La sonrisa afilada de Aletheia se congeló en su rostro. Una expresión de furia llameó en su mirada vacía y un estremecimiento se coló por mi espalda, pero me mantuve firme.

— ¿Cuál es el camino hacia las Lamias?

— ¿Estás segura de que esa es tu pregunta? — dijo a través de sus dientes apretados.

Una media sonrisa llena de suficiencia surcó mis labios

—No es tu deber aconsejarme. Dime cual es la salida.

—Tercera abertura a la izquierda y vuelta a la izquierda y después, siempre hacia la derecha. Es un túnel ascendente.

—Bien. Chicos, vámonos.

Los sentí moverse detrás de mí. Un suspiro de alivio general se escucho entre ellos. ¿Pensaban que los iba a dejar en este lugar? Pues sí que tenían un pésimo concepto sobre mí. No bajé mi espada hasta llegar al inició del túnel, nunca le di la espalda a ella. Ella no apartó sus cuecas vacías de mí.

—Un consejo —dijo Aletheia, con media sonrisa—: Nadie mata lo que desea.

Era la segunda vez que me decían eso, y la necesidad de saber llameó en mí.

— ¿Eso qué sig…?

—Todo va a estar bien. — susurró Nico.

Trató de tomar mi mano, pero la alejé como si quemara.

—No me toques, Di Angelo. ¡No quiero que me vuelvas a tocar!

— ¡Mientes! —gritó victoriosa en un rugido que apenas parecía humano.

Alcé la vista para verla venir hacia mí a una velocidad vertiginosa. Solo diré esto, pera ser una mujer flacucha y con más de unos cinco milenios en el kilometraje, la maldita era veloz.

No fui lo bastante rápida. Tomó mi mano y sus uñas se clavaron en mi brazo, jaló de mí y me atrajo hacia ella. Impacté contra su cuerpo duro para lucir tan frágil.

— ¡Monse! — escuché gritar de fondo. Mi sangre me tronaba en mis oídos.

—Me perteneces como ofrenda —dijo en mi oído. Pasó su lengua por mi mejilla y el olor a azufre se intensificó por un millón—. Ahora, abre esa linda boca y déjame probar esa lengua.

— ¡Suéltala! —rugó Percy.

—Me pertenece. Lárguense mientras tomo mis ofrendas y vivirán. — ofreció, mientras me rodeaba con los brazos larguiruchos.

Mi espada se encontraba entre los pies de Leo, quien la pisó.

Forcejeé con ella, pero solo logré hacerme daño a mí misma. Si que estaba oxidada con la batalla cuerpo a cuerpo.

—Eres una —dijo Nico—, te superamos en número. Déjala ir.

—Se acercan, y la mato. No me tomará más que unos segundos. Ustedes los humanos se creen invencibles. No son más que unos patéticos sacos de estiércol. Son el experimento de los Dioses, y claro, a los Dioses le encanta revolcarse en el estiércol como los cerdos que son, allí entran ustedes. Al menos ésta es más pura. No puedo esperar para probarte. Desde el principio te quería a ti. —susurró para que solo yo pudiera escuchar la última frase.

—Déjala ir —suplicó Leo—. Solo, déjala ir.

—No.

Mi instinto se de supervivencia se activó. Yo no iba a morir como un tributo a una demonio loca. No había viajado hasta acá para ser comida. No había perdido mi orgullo y bajado mis defensas con ellos para morir. Quería vivir.

Busqué frenéticamente la forma de escapar, pero entre más forcejeaba, más sujeta me tenía. Mi brazo izquierdo estaba retorcido en un ángulo extraño detrás de mi espalda, mi mano derecha sangraba donde ella había clavado sus uñas. Los demás estaban temerosos de acercarse, teniendo en cuenta que una de sus manos estaba en mi cuello, en ese instante, fui realmente consciente de lo frágil que era.

La respiración se me entrecortaba. Sentí el aire pesado nuevamente. La piel se me erizó y sentí un nudo en mi estómago. Reconocí la sensación. Un Déjà vu vino hacia mí. Era la misma sensación que tuve en el faro con la arpía.

Percy y Annabeth se acercaban sigilosamente por los laterales mientras, Nico y Leo —quien tenía mi espada—, se acercaban de frente. No había tiempo para explicar.

— ¡Aléjense! —grité, pero no escucharon y, fue muy tarde.

El nudo en mi estómago se tensó al punto de sentir como dentro de mis, dos partes luchaban por ser liberadas rasgándome en el proceso. Una mueca de dolor se grabó en mis facciones y lo sentí.

Empezó leve, pero fue adquiriendo fuerza. El piso empezó a temblar. La cueva se agitaba con fuerza. Todos voltearon a ver a Percy, pero él negó desconcertado. Sus ojos se encontraron con los míos y comprensión llegó a él.

— ¡Para! —rugió Aletheia, sus manos apretándose fuertemente sobre mí, causándome más dolor aun.

— ¡Monse, debes parar! —urgió Annabeth, pero no podía.

— ¡Santa mierda! — dijo Leo.

La cueva se agitaba, sentía el temblor recorrer mi cuerpo y alojarse en mi estómago, jalando más la cuerda inexistente que se alojaba allí. El suelo se comenzó a craquear. Las grietas subieron por las paredes y rocas comenzaron a caer del techo amenazando con aplastarnos.

— ¡Monse, para! —gritó Nico.

— ¡No puedo! ¡Váyanse!

— ¡No! — Bramó Percy — ¡No te voy a dejar!

Eso entibieció un poco mi corazón, y la parte egoísta de mi se alegró de que no me quisiese abandonar, pero simplemente era estúpido que se quedara conmigo.

— ¡Annabeth, llévatelo!

Un enorme trozo de roca cayó del techo, justamente encima de nosotras. Logré encontrar fuerza suficiente dentro de mí como para impulsarnos hacia adelante. La roca no nos aplastó por centímetros. Sentí sus brazos lo suficientemente flojos para escapar. Me deslice y me puse de pie lo más rápido que pude.

El tirón seguía en mi estómago, doblándome a la mitad. Sostuve mis manos en mi estomago, buscando la forma de frenar este desastre. El suelo temblaba tanto que todo se veía borroso. El techo y las paredes se resquebrajaban, haciendo difícil salir de ahí sin ser aplastados. Las antorchas comenzaron a caer de las paredes y todo se empezó a obscurecer nuevamente.

— ¡Vámonos!

Alguien me tomó de la mano, pero a este punto ya no me importaba quien fuera, solo quería salir de ahí.

Algo se enroscó en mi tobillo y me rasgó. Un aullido salió de entre mis labios. Volví el rostro y vi a Aletheia clavando sus dientes puntiagudos y filosos clavados en mi tobillo.

Nico volvió y le dio una patada antes de arrastrarme nuevamente hacia la salida.

El tirón en mi estomago se fue con la misma velocidad con la que había aparecido, al igual que en el faro. Solo que, esta vez, estaba exhausta. Seguía temblando y desbaratándose la cueva en pedazos, e incluso el pasillo por el que íbamos, pero estaba vez, estaba segura que no era a causa mía. El temblor había desencadenado sus efectos colaterales.

Mi tobillo ardía y sangraba a borbotones, y estaba extenuada. Mis rodillas cedieron y golpeé el suelo rocoso, ganándome más arañazos en las rodillas.

— ¡Mierda! —Dijo Nico a mi lado— Monse, resiste. Te cargaré, pero debes estar consciente. Sujétate bien.

—No, no me toques. — dije con voz patosa, empujándolo débilmente.

—Monse, sujétate, no es momento para…

—Yo puedo sola. —insistí, aunque sabía que era inútil, apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Peque —dijo Leo a mi lado—, te llevaremos.

— ¡Yo puedo! —Gruñí, poniéndome de pie. Tan terca como siempre— No necesito su ayuda.

— ¡Montserrat, este no es momento para…! —decía la voz de Percy, pero simplemente me encontraba muy lejos de entender lo que decía. Las paredes de la caverna se empezaron a venir abajo. Una roca cayo a centímetros de mis cabeza, alborotando mis cabellos por el impacto.

— ¡Llévenla! —gritó Annabeth, eso fue lo último de lo que estuve consciente.

. . . . . . .

Desperté en la oscuridad total. Algo blando y mullido mantenía mi cabeza lo más cómoda que podía estar dada las circunstancias, la reconocí por el olor a tierra recién regada y hojas quemadas: era la chaqueta de Nico.

Me levanté lentamente y choque con un cuerpo.

—Hey, ¿te encuentras bien?

— ¿Leo?, ¿dónde estamos?

—En el túnel. ¿Cómo sigue tu tobillo?

Moví lentamente mi pie izquierdo y un gemido abandonó mis labios.

—Annabeth dice que perforó la articulación. Sangrabas mucho, unos milímetros más a la derecha y te perfora la vena por completo. Pudiste haber muerto desangrada. Estábamos muertos de miedo, Monse.

No pude evitar la risa irónica que salió de mi garganta.

—Sí, claro. Porque es evidente que se preocupan por mí. — dije sarcástica.

—Monse, yo…

Pisadas se escucharon de fondo acallando a Leo. Percy y Annabeth venían hacia nosotros.

— ¿Despertó? —susurró Percy, preocupado.

—Desperté.

—Hey, ¿Cómo sigue tu tobillo? ¿Crees poder caminar? Nico regresó, fue a ver si el camino es viable a la hora de regresar al barco.

—Estoy bien. —contesté en voz cortante.

—Monse…

—No, Percy. No digas nada. No quiero escucharlo.

— ¡Hey chicos! —gritó Nico desde el otro lado. Su respiración agitada me dijo que estaba corriendo—. No hay salida por este lado. Más vale que encontremos una a donde sea que vayamos.

—Genial. ¿Dónde está Hazel cuando la necesitamos? —maldijo Leo.

—Oh, despertaste —dijo Nico—. ¿Cómo te sientes?

—Ya dije que bien. —dije realmente irritada.

—Monse, ¿es cierto, lo de los sueños? —Cuestionó Percy en voz baja— Sabes que puedes confiar en nosotros.

—No, Percy, no lo sé. La verdad, ya no me interesa nada de todo esto.

—Monse, sabes que no queríamos decir nada de lo que dijimos allá atrás, ¿verdad? —dijo Nico, y, ¡maldición! Realmente parecían arrepentidos.

—No quiero hablar de eso —contesté con voz dura—, y sobre todo, no quiero hablarlo con ustedes.

—Monse…

— ¡No…! No quiero hablar con ustedes en estos momentos.

—Solo…, solo queríamos agradecerte por lo que hiciste allá. No cualquiera nos habría salvado después de lo que pasó. Realmente lamentamos todo lo que dijimos sobre ti, pero sabes que no es así, ya no…

Me puse de pie tambaleándome. Un dolor agudo atravesó mi tobillo y reprimí un gemido. Trataron de ayudarme pero me negué.

—No lo hice por ustedes —mentí—. Lo hice por mí. No habría podido vivir sabiendo que los deje morir. Mi conciencia no me dejó, ya cargo con lo que le hice a Peter, no los cargaré con ustedes también, no lo merecen.

—Peque, no…

— ¿Ya nos vamos? Me duele el tobillo y quiero regresar rápido al barco.

Di media vuelta y avance cojeando en la penumbra, dejándolos detrás de mí y tratando de que el dolor que me recorría por dentro no me quebrara en pedazos.


Bueno, ya que no me aparecí por aquí para desearles una feliz navidad,

mínimo si para desearles un feliz año nuevo, y mis mejores deseos para

todos ustedes :)

Una vez dicho eso, sé que el capi esta bastante largo, pero no encontré

forma de acortarlo, y me acordé de que el anterior estuvo algo más corto

de lo acostumbrado, así que, éste fue el resultado.

Espero que les hay gustado y cuídense.

Besos y abrazos.