Capitulo 12 Me pongo en modo vibratorio en el peor momento
No llegué muy lejos. Mi pie ardía como si ácido viajara por mis venas. Punzadas de dolor se extendían por toda mi pierna con cada paso que avanzaba. Mis rodillas se sentían débiles. El dolor de estómago había desaparecido, pero aun sentía un eco de él. Mi cabeza daba vueltas y mi brazo arañado escocía un poco.
A este paso, para cuando regresáramos al campamento, iba a parecer un rompecabezas humano en el mejor de los casos; en el peor, llegaría en piezas por paquetería.
Mis rodillas cedieron ante la punzada de dolor cuando tropecé con una piedra que sobresalía del suelo rocoso. Solo había avanzado ocho míseros pasos. Caí de rodillas y antes de pegarme en la cabeza, unas manos me sostuvieron.
—No debes caminar, Monse —dijo Annabeth, ayudándome a ponerme de pie—. Tu tobillo está muy frágil aun y, perdiste bastante sangre. Hice lo mejor que pude, pero no podrás caminar por unas horas al menos.
— ¿Y qué voy a hacer? ¿Arrastrarme cinco kilómetros? —dije con irritación evidente.
—Estás muy cansada también —añadió Percy por lo bajo, casi como si tuviera miedo de alterarme—. Cuando yo hice algo así estuve fuera de combate por casi una semana entera. No te esfuerces. Descansa.
—No estoy cansada.
—Deberías quedarte aquí —dijo Leo—. Estuvimos hablando, y lo mejor es que te quedes aquí hasta que regresemos. Alguno de nosotros podría quedarse contigo.
Todos ellos me hablaban en un tono de complacencia. Odiaba que me hablaran en eso tono; me hacían sentir pequeña.
— ¡No pienso quedarme aquí tirada!
—Monse, no sabemos cuánto tiempo hemos estado aquí. Debemos llegar Al Olimpo antes del solsticio —recordó Percy—. No tenemos tiempo que perder. Además es más seguro para ti.
— ¿Cuántas veces tengo que decirte que no necesito que cuides de mi? —dije con los dientes apretados.
— ¿Y cuántas veces debo decirte yo que eso es una mierda? —replicó él enojado.
—Tú no tienes miedo de que me suceda algo, tienes miedo de que haga algo estúpido.
—Me preocupo por ti. ¿Es tan difícil de creer?
— ¡Tú no te preocupas por mi! —Exploté, al borde de las lágrimas— ¡Tu solo me tienes lástima! ¡Todos ustedes me tienen lástima!
—Eso no es cierto. —dijo Nico.
— ¡Claro que sí! Eso es lo que dijeron allá atrás. —apunté hacia el túnel.
Sentí una traicionera lágrima correr por mi mejilla. Estaba a un paso de quebrarme. Sentía dolor, pero no tenía nada que ver con mis heridas. Mi cuerpo rechazó el ardor que sentía en el pecho. Antes de darme cuenta, estaba sollozando.
Odiaba que la gente me viera llorar. Lo odio, me hace sentir débil. Frágil. No me gusta llorar delante de nadie porque no quiero que sepan mis puntos débiles, lo que me hace daño. No quiero que vean lo patéticamente frágil que soy. No quería que vieran el daño que me habían hecho sus palabras. No quería que vieran lo dañada que estoy.
Percy me abrazó, sus brazos se envolvieron a mí alrededor y me dejó llorar en su pecho. Lo golpeé. Mis puños se estrellaban en su pecho, arañaba lo que tenía al alcance; traté de apartarlo, de alejarlo de mí, pero él no me dejo; me di por vencida. Él no se apartó en ningún momento y yo me dejé hacer. Una parte de mi me pedía a gritos que lo alejara, que lo abofeteara; pero, otra parte de mi, anhelaba ese abrazo, haciéndome sentir segura.
—Shhh… Todo va a estar bien. Todo va a estar bien, lo prometo —susurraba, en un intento de consolarme—. Lo siento. No quise decir todo lo que dije allá atrás. Ninguno de nosotros quiso —sollocé aun más fuerte—. Shhh… Tranquila.
Me costaba respirar; sentía que la pena me partiría en dos.
Me permití bajar todas mis defensas, todas mis murallas. Saboreé mi dolor, apreciándolo en su totalidad, sintiendo como aplastaba mi cuerpo, dejándome prisionera de él y sin escape. Inclusive, el dolor físico que tenía pasó a segundo plano.
Me había olvidado que ellos seguían siendo humanos, personas comunes y corrientes; personas que tienen secretos, que tienen intenciones ocultas, que tienen una versión distinta de ver las cosas, personas que no siempre son sinceras aun con los que los rodeamos. Olvidé que por mucho que los quiera, por muchas cosas que hayamos vivido, compartido y creado, ellos no son diferentes. No son perfectos y… tampoco lo soy yo; así que, ¿quién soy yo para juzgarlos?
Percy me separó ligeramente hasta ponerse a mi altura. Sostuvo mis mejillas con sus manos y limpió mis lágrimas. Una sonrisa triste cruzó por sus labios y, me abrazó nuevamente. Dejo un pequeño beso en mi frente.
Podía sentir su corazón bombear en mi mejilla. Me sentía segura con él y, no me importaba que todo fuera una mentira. Yo quería creer esa mentira. Lo cierto es que, me sentía demasiado sola y anhelaba todo lo que él ofrecía.
Una pequeña parte de mi consciencia me recordó que no estábamos solos. Desvié mi mirada hacia los demás. La culpa estaba plasmada en sus rostros.
Solo entonces lo recordé. No fui la única que había salido mal parada de nuestro encuentro con Aletheia. No sabía que tan malo había sido todo lo que les dijo a ellos, pero recordaba el dolor en los rostros de Nico y Leo, y me pesaba. Recordé la pelea de Percy y Annabeth, y las palabras que ella había dicho. «Nos quiere hacer dudar los unos de los otros».
Me alejé de Percy. Cojeé hacia ellos y en un acto que los sorprendió, los abracé a ambos. Algo sorprendidos y temerosos, me devolvieron el abrazo. Casi con cautela, como si esperaran que cambiara de opinión en el último momento y fuera a apuñalarlos en lugar de abrazarlos.
—Lo siento. —susurraron ambos.
Giré y abracé a Annabeth. Ella sollozó conmigo.
Me abrazó fuertemente, no queriéndome dejar ir, y lo agradecí. Ella era como una especie de hermana mayor. La quería. La perdonaba; al igual que a todos.
—Lamento haberte gritado. —me disculpé.
Una mezcla de sollozó y carcajada escapó de su garganta.
—Perdóname tú a mí. No debí haber dicho todo eso. Lo lamento tanto.
—No fue tu culpa. No fue culpa de nadie. Pudo haber sido al revés. —susurré.
—Lo que dijimos…
—Ya está dicho —le corté—. Ya no hay nada que hacer.
Hasta ese momento me di cuenta de la antorcha que llameaba en el suelo, iluminando nuestro alrededor.
Percy me abrazó nuevamente, reconfortándome.
—Te juro que no volveré a hacerte daño, Monse. —susurró.
Mi corazón dio un vuelco. Lo perdoné. No importaba si todo esto era un acto de lástima, no importaba si él no me quería. Yo sí le quería a él. No confiaba en él totalmente, pero lo quería, y eso era suficiente por ahora.
El amor es raro. Nos hace estúpidos. Nos hace débiles. Frágiles. Pero, a la vez, me hace más fuerte para enfrentar lo que venga después, porque sé que lo poco que tengo, no es algo que pueda remplazar. Sé que no los cambiaría por nada.
Un pensamiento lúgubre pasó por mi cabeza.
No pude evitarlo. Ella vino a mis pensamientos.
—Ella no me quería, Percy —murmuré—. Ella no me quería.
La comprensión pasó por su rostro y se arrugó.
—Oh, Monse. No importa. Nos tienes a nosotros. —dijo con ternura.
— ¿Hay algo mal en mi? ¿Es porque soy muy imprudente? ¿Acaso era mala hija?
—Hey, hey, escúchame. No hay nada malo contigo. La del problema fue ella. No hay nada malo contigo, ¿entiendes? —El orgullo se instaló en sus ojos—. Eres la mejor hermana que pude haber pedido.
—Soy la única hermana que tienes. —sorbí por la nariz.
Una sonrisa sincera se asomó en sus labios.
—Trato de hacerte sentir mejor y sales con tus respuestas listillas.
Me encogí de hombros.
—Vamos, te cargaré.
—Puedo caminar —insistí—. No me duele tanto.
— ¿Por qué eres tan terca?
—Tal vez es de familia. —dijo Annabeth; una sonrisa filtrándose en su voz.
—Yo no soy terco.
—Si lo eres. —dijeron tres voces a coro detrás de nosotros.
—Tal vez un poco —admitió con media sonrisa—. Cuando ya no puedas, dime. —agregó más serio.
—Bien.
Me atrajo a él y me ayudó a caminar… pero necesitaba mi espacio para pensar en todo lo que había pasado. La racionalidad regresó. Me alejé un poco de él. Mi momento de indulgencia, perdón y dadivosidad había terminado. Necesitaba cavilar en todo lo que estaba sintiendo en estos momentos.
— ¿Pasa algo? —preguntó preocupado. Todos dejaron de caminar.
—No. Adelántate, yo te sigo.
—Puedo caminar más lento. —ofreció, pero no entendía el punto.
—No, está bien. Adelántate.
—Vamos, Percy —dijo Annabeth tomando su mano. Sin duda, ella era más lista—. Necesita un tiempo a solas.
Nico y Leo se deslizaron a mis costados y ambos tomaron mis manos, entrelazando mis dedos con los de ellos. Una incomodidad que nunca había sentido con ellos se instaló en mi pecho. Al parecer, ellos también lo sintieron porque cuando retiré mis manos momentos después, me dejaron ir. Incluso se retrasaron un poco, dándome un poco de espacio y silencio para pensar.
[¡/]—Eh… ¿hola?
— ¿Ahora qué? —replicó la voz de mi cabeza. Creo que me faltan algunos tornillos.
— Y, ¿ahora qué hacemos con todo esto?
—No lo sé.
— ¿No se supone que estas aquí para ayudarme?
—No lo sé todo. Soy tu consciencia, no una vidente.
—Que útil resultas. —ironicé.
—A lo importante aquí niña. ¿Vamos a ir al Olimpo, donde todos nos quieren muertas?
—No había pensado en eso. —admití.
— ¿Y yo soy la inútil? Deja de compadecerte y revolcarte en la autocompasión; te vi hace unos momentos. Eso fue débil, Monse.
— ¿Qué querías que hiciera?
—No lo sé, que tal enseñarles que no necesitas su lástima y metérselas por el cu…
—Entendí —le frené—. ¡Dioses! Necesitas ser menos gráfica.
—Y tú menos débil.
—No fui débil
— ¿Los perdonamos así de fácil?
— ¿Y si ella nos mintió?
— ¿Cómo nos pudo haber mentido la demonio loca de la verdad?
—No lo sé, pero…
— ¿Pero qué? Simplemente admite que los perdonaste porque eres débil.
—Que los quiera no significa que sea débil.
—Lo es para nosotras, ¿recuerdas? No queremos a nadie.
— ¿Cómo se supone que me voy a establecer en un lugar sin encariñarme con nadie?
—Sé lo que sientes por los chicos —dijo—. Digo, con Percy medio lo entiendo, ¿pero ellos? No le encuentro explicación alguna, y menos después de lo que dijeron allá atrás.
—Nos han salvado la vida muchas veces en pocos días. Además, si no se preocuparan por mí, no me cuidarían tanto.
—En eso tienes un punto —concordó—. Pero lo que nos debería preocupar es lo otro y no tu drama juvenil. ¿Vamos a ir al Olimpo sabiendo lo que sabemos?
—No creo que papá nos quiera muertas.
—Tampoco Afrodita, nos manda ropa y ama dejarnos en ridículo. Podemos descartar dos, pero son doce. ¡Doce!
—Que positiva.
—Solo digo lo que es. [!/]
— ¡Monse! —gritó Percy, haciendo eco en el pasillo.
—Eh, ¿qué?
—Te pregunte si ya estabas cansada.
—Ah… no. Estoy bien. —mentí.
Me observó atentamente y continuó caminando. Traté de volver a sumergirme en mis pensamientos, pero una plática detrás de mí me distrajo.
—Ya te lo dije, no lo sabe. Es más, ni siquiera lo sospecha. No tienes de que preocuparte. —susurraba Leo tan bajito, que pude haberme imaginado todo.
—No es eso lo que me preocupa ahora.
—Mira, solo digo que no tiene nada de malo si se entera. Podría ser algo incomodo al principio, pero…
— ¡Por el Hades! —Susurró Nico— No sé cómo pudiste haber descubierto todo esto tú solo.
—Porque soy más listo de lo que parezco. Y más observador, además de guapo.
—Como sea, Leo. Solo deja de hablar de esto, hay más gente con nosotros.
—Por favor, Percy y Annabeth no pueden escucharnos. Y, Monse ni siquiera nos está prestando atención. Está como ida desde que empezamos a caminar.
—Creí que nos iba a patear el trasero. —admitió Nico en un susurró.
—También yo. Yo se los hubiera pateado si hubiera sido al revés.
—Cualquiera nos habría pateado el trasero. Tenemos suerte si nos vuelve a hablar.
—Por favor, con lo terca y testaruda que es tendremos suerte si se digna a mirarnos.
—No ha hablado por lo que parecen horas.
— ¿Tu nos hablarías? —cuestionó Leo.
—No.
—Ves, creo que necesita tiempo. La defraudamos, Nico —dijo Leo con reproche.
— ¿Crees que no lo sé? —Reprochó Nico— ¡Dioses! Me siento terrible. Pero no fue nuestra culpa. Ella pregunto qué fue lo primero que pensamos de ella. Cualquiera habría pensado eso.
—Eso no significa que esté bien.
—No dije eso. Pero, ¿qué quieres que haga? Ya abrí mi bocota allá atrás.
—Todos abrimos la bocota allá atrás, Nico. Lo que nos lleva a ti nuevamente —dijo en tono burlón, y pude imaginarme su sonrisa traviesa—. ¿Es cierto?
— ¿Qué cosa?
—Lo que dijo, que te gusta alguien más.
Puse más atención a esa parte de la conversación. Pueden llamarlo curiosidad morbosa.
—Claro que no. —susurró tajantemente.
—Oh, vamos. Esa cosa no mentía. No puedo creer que no me lo contaras; guardé el secreto desde que me enteré, pensé que confiabas en mi Nico. —dijo fingiéndose el ofendido.
—No sé de qué me estás hablando.
—Ya, dime, ¿quién es? Dijo que eran parecidos, pero no se me ocurre nadie más que… ¡Mierda!
—Dioses —masculló Nico un tanto avergonzado.
—Viejo, eres Elena Gilbert.
Fruncí el ceño. ¿Quién rayos era esa tal Elena y porque no la conocía?
—Leo, solo cállate. Y no soy Elena Gilbert.
—Oh, pues créeme que no eres Katherine Pierce. —se burló.
—Ja ja, que gracioso.
—Es solo que, no lo puedo creer. Pensé que, ya sabes…, y ahora te cambias al lado oscuro.
—No hay lado oscuro, Leo —balbuceó Nico—. Y ya no quiero hablar de ello.
—Pero, ¿es cierto?
—Ya dije que no. No me gusta, ¿de acuerdo? —dijo molesto—. Solo es curiosidad. Todos nos sentimos así cuando estamos a su alrededor.
—Bueno, en eso coincidimos. —concordó Leo.
Me mordí la lengua para no preguntar de quien estaban hablado. ¡Queridos Dioses! ¿No podían ser más específicos a la hora de hablar? Sé que soy una metiche por espiar conversaciones ajenas, pero, ¡vamos! Estaban cinco pasos detrás de mí.
Agucé aun más el oído.
—No me mires así —dijo Leo—. Es solo curiosidad.
—No te miro de ninguna forma. —contestó con indiferencia.
—Ajá.
Un bufido de exasperación se me escapó.
La conversación paró abruptamente. Me maldije por eso.
— ¿Estás cansada? —preguntó Percy.
Sentí las miradas de Nico y Leo clavadas en mi nuca. La culpabilidad por espiarlos me hizo sentir rara. Estaba molesta, pero no sabía por qué.
—Estoy bien.
—Estas sangrando. —señaló Leo.
En cuanto lo dijo, sentí el cosquilleo del hilillo de sangre resbalando por mi tobillo.
—No me duele. —mentí tercamente.
—No has dejado de cojear desde que te pusiste de pie —apuntó Nico—. Se te va a hinchar el tobillo por ser tan testaruda. Me sorprende que no hayas empezado a arrastrarte.
—No quiero que me cargues —dije; ignorándolos—. No soy un bebé.
—No me interesa —dijo Annabeth, para sorpresa de todos—. No sé cómo me dejé convencer de que caminaras. No estás en posición de desgastarte más el pie. Es más, deberíamos dejarte aquí con alguien en lo que los demás nos encargamos del asunto.
La miré con una mezcla de enojo y traición.
— ¿Qué pasó con todo eso de las chicas debemos estar unidas? —le recordé.
—Eso fue antes de que te hicieran una expansión en el tobillo. Créeme, se lo que duele, así que no me trago eso de que no sientes dolor.
—Pelea de chicas —murmuró Leo—. Eso es sexi.
—Cállate. —susurró Percy.
—No me van a cargar. —sentencie.
—Yo también puedo ser terca si me lo propongo —anunció Annabeth—. Pregunta a quien quieras.
Miró a Percy. Se estaban comunicando con la mirada nuevamente. Eso era odioso; solo ellos se entendían.
En unos segundos, Percy me alzó, tomándome desprevenida. Me colocó como si fuera un costal de patatas en su hombro.
— ¡Bájame! — demandé.
Él me ignoró.
Pegué de puños en su espalda y traté de patalear, pero el dolor de mi tobillo me recorrió por completo.
—Percy, bájame.
—No.
—Bájame.
—No. No puedes caminar. Necesitas que sane ese tobillo.
—Bájame.
—No.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Leo y Nico sofocaron sus sonrisas con la mano. Les saqué la lengua.
—En algún momento te vas a cansar y tendrás que bajarme; y te vas a arrepentir. —amenacé.
—Para cuando eso suceda, te cargará Nico o Leo.
Ellos me dedicaron unas sonrisas petulantes.
—No quiero que me carguen. —dije enojada.
Que se queden con su Elena Gilbert, pensé.
—No me interesa.
—Te vas a arrepentir.
—Niña, me he enfrentado a muchas cosas; créeme, hay pocas cosas que me dan miedo hoy en día, y una niña de trece años no se encuentra entre ellas.
El resto del camino lo pase en los brazos de Percy, Nico y finalmente de Leo. Era lo más humillante que me había pasado en toda mi vida y eso que la humillación es una constante en mi vida.
No hablé con ellos.
Los dejé hablando solos; después de varios intentos dejaron de intentar sacarme plática.
—Si no nos quieres hablar solo dilo —murmuró Leo mientras me cargaba al estilo novia—. No es necesario que nos ignores. Ya dijimos que lo sentíamos. —terminó en tono lastimero.
Eso me hizo sentir como una perra.
—No es por eso. —admití derrotada.
—Ajá —replicó Nico—. Si como no. Solo di que nos odias.
No era justo, eso era un golpe bajo.
—Estoy molesta porque me tratan como si fuera una bebé.
—Podrías ser mi bebé. —dijo Leo con picardía.
—No empieces, Valdez. —dijo Percy.
—No empieces tú. — susurré por lo bajo. Leo rió.
—Esa es mi chica.
—No soy tu chica.
Él solo se rió.
—Lo que tu digas, peque.
. . . . .
Después de algunas horas, me sentía mejor. Tal vez tenía que ver con la ambrosia que me hacía sentir en las nubes; o quizá era que no había caminado los cinco kilómetros como ellos.
Habíamos parado a descansar cuando me sentía totalmente capaz de seguir en pie por mí misma. A ellos no les importó.
—Eres endemoniadamente necia. —dijo Percy.
— ¿Qué quieres que haga?, ¿quedarme aquí mientras no sé qué está pasando con ustedes?
—No. Quiero que te quedes dónde vas a estar a salvo.
Puse los ojos en blanco. Él era tan exasperante.
—En el caso de que me quede aquí, ¿después, qué? No hay forma de salir de estas cavernas. La única entrada la derrumbé —dije, sintiéndome culpable—. Tenemos que buscar una nueva salida.
—Tiene razón —admitió Annabeth—. Debemos encontrar una salida de este lugar y, no creo que podamos mover las rocas del derrumbe sin que nos aplasten.
—Además, si hay niños todavía ahí debemos llevarlos a un lugar seguro. —dije con superioridad por mi razonamiento.
Cuatro pares de ojos se posaron en mí; todos ellos me miraban con incomodidad, pero nadie decía nada.
Fue Annabeth la que habló después de lo que me pareció una eternidad.
—Monse —habló en tono bajo—, no creo que haya sobrevivientes en ese lugar. Lo más seguro es que los… maten en cuanto tienen la oportunidad. — terminó en un susurro.
Se me encogió el corazón. Un ramalazo de pena por todos aquellos niños a los que no conocí me recorrió.
—Oh…, yo pensé que…
—Está bien. Siempre es bueno tener esperanza. —intervino Percy.
—Creo que ellos tienen razón, Monse —agregó Nico—. Deberías quedarte donde estés segura.
—No pienso quedarme sin hacer nada.
—No vas a hacer nada —interrumpió Leo—. Te vas a quedar a hacer guardia. Eso es algo importante —rió—. Además, necesitamos que te quedes aquí.
— ¿Y de que se supone que voy a cuidar las mochilas? ¿De que no se empolven en lo que regresan? —ironicé
—Uno nunca sabe —dijo Nico—. No sabemos lo que hay por estas cavernas. Podría haber un monstruo come mochilas.
Todos rieron.
—Idiota.
—Oh vamos. —se defendió, pero le corté.
—Entonces, ¿me van a dejar en unas cavernas, en las que no tienen ni idea de si son seguras y me dejaran herida —hice comillas en el aire—, y sin protección para no llevarme con ustedes, porque eso sí sería muy peligroso? Me encanta su razonamiento.
—Si lo dices así suena mal —habló Percy—. Pero aun así no me vas a convencer. Te quedas aquí.
— ¿Y qué pasa si necesitan ayuda?
Los cuatro comenzaron a reír, inundando el pasillo de piedra de sus carcajadas.
—Que graciosa —dijo Leo entre risas—. ¿Olvidas que salvamos al mundo, peque? No creo que unas cuantas lamias sean un gran problema para nosotros, además, no puedes ser de gran ayuda si estas herida; vas a lastimarte más.
Entrecerré mis ojos, dedicándoles una mirada de púdranse.
—Son unos engreídos de lo peor.
—Como sea —empezó Annabeth—, cuando sea seguro regresaremos por ti.
—No quiero quedarme. —me quejé como niña chiquita.
— ¿Estás haciendo una pataleta? —preguntó Percy.
—No —contesté, aunque sonó mas como pregunta.
— ¿Quieres que alguien se quede contigo? —preguntó a modo de consuelo. Me sentí estúpida. ¿Qué era lo peor que podía pasarme si me quedaba aquí? ¿Qué me picara algún insecto? ¿Encontrarme con el monstruo come mochilas?
—No necesito una niñera.
—Sí la necesitas. —contestaron los cuatro a la vez.
—Mira —intervino Annabeth—, entre más rápido nos vayamos, mas rápido regresaremos. Solo quédate aquí y no te metas en problemas.
—Yo nunca me meto en problemas.
Nico enarcó una ceja. —Claro, porque tu encuentro con Peleo no fue un problema.
—Tampoco tu cinto —añadió Leo—. ¡Y no olvidemos lo de Jared!
— ¿Y qué me dices de nuestra batalla campal por ti? —Agregó Percy— ¡Connor te secuestró! ¡Hubo chicos en la enfermería durante días!
—Tampoco podemos olvidar a la furia, a la arpía, ni al gelo. —dijo Annabeth.
Me habían dejado sin argumentos.
— ¡Bien! Me quedaré aquí.
— ¿Qué pasó con Peleo? —preguntó Percy cuando reaccionó.
—Nada. —contesté a toda prisa.
—Si a estar a punto de ser brocheta asada se le puede llamar nada. —dijo Leo con una sonrisa maliciosa. Lo atravesé con la mirada.
— ¿Y cuando pasó eso? —volvió a preguntar.
—La noche que llegó —contestó Nico con una sonrisa—. Se iba a ir y la convencimos de que se quedara.
Era oficial. Estos chicos querían morir. ¡Ese era nuestro secreto!
—Mayor razón para que te quedes aquí —dijo Percy—. Y no quiero protestas. Te quedas aquí hasta que regresemos por ti. ¿Entendido?
—Bien. —farfullé.
— ¿Qué? No te escuché.
—No hay forma de que lo repita —contesté yo. Él se rió.
—Sería mucho pedir.
. . . . .
Estaba sola.
Ellos muy amablemente me habían cedido la antorcha que habían conseguido de nuestro encuentro con Aletheia.
Los minutos pasaron. No había sonido más que mi lenta respiración. Me sentía bien físicamente. Saludable. Fuerte.
Me quedé viendo la pared de roca frente a mí. El muro detrás de mí era duro, irregular y estaba condenadamente frio. Mi trasero ya se había entumecido, no sabía si por permanecer sentada por lo que sentía por horas, o por lo helado que estaba el suelo.
Me acerqué un poco más la antorcha. No quería morir como paleta de hielo.
Comencé a tararear alguna estúpida canción que había escuchado una vez con Leo; algo acerca de un zorro y muchos sonidos sin sentido. Solo recodaba la melodía. Cuando eso no bastó, me puse a imaginar cómo sería el Olimpo. Que iba a hacer una vez que llegara ahí. ¿Qué iba a hacer si en realidad querían matarme? ¿Poseidón iba a protegerme?
Mi consciencia y yo decidimos dejar de pensar en eso por ahora y concentrarnos en lo que sucedía. Papá y Afrodita no iban a dejar que nos pasara nada. Quería, tenía que aferrarme a eso para mantener la cordura.
Después de eso, mis pensamientos tomaron rumbo a un lugar más peliagudo: mi madre. ¿Cómo era? ¿Me parecía a ella? ¿Dónde estaba? ¿Qué había sido de ella? Sabía que ahora tenía más hijos, pero, ¿qué había hecho todos estos años? ¿Por qué me había abandonado? ¿Realmente me estaba buscando? ¿Estaba arrepentida? ¿Quería verla yo? ¿Me odiaba y solo me buscaba para calmar su consciencia? Todas esas preguntas me hacían sentir mareada y enferma. Mi cabeza iba a explotar en cualquier momento.
Decidí desconectarme por algunos instantes. Era lo más sano que podía hacer.
Agucé aun más el oído con la esperanza de escuchar los vestigios de la pelea, pero no había ni el más mínimo murmullo.
La desesperación comenzó a hacer mella en mí. Mi mente comenzó a divagar ¿Y si pasaba algo y no regresaban? O peor, ¿y si necesitaban ayuda y no estaba ahí para ayudarlos? Después de todo, no eran invencibles. Podíamos tener una parte divina en nosotros, pero no dejábamos de ser humanos. No dejábamos de ser mortales, y eso era algo que tenía muy consciente; pero al parecer, ellos no.
Al carajo con mi seguridad. Me puse de pie y comencé a avanzar por el túnel. ¿Cuándo me había convertido en una sumisa? Yo no era el tipo de chicas que hacia lo que se les ordenaba. No me iba a quedar el margen de todo esto. No cuando yo había pedido esta búsqueda; no me iba a quedar en la banca cuando estaba en condiciones de jugar.
Que se jodan, pensé. Me coloqué una de las mochilas en los hombros y tomé otra en la mano —uno nunca sabe que es lo que puede necesitar en el futuro—, y comencé a andar.
[¡/]— ¿Vas a ir?
—Vamos a ir.
— ¡Genial! Demuéstrales que no necesitamos que nos cuiden. Podemos cuidarnos solas.
—Ya.
— ¡Sí! Ya te habías tardado. Pensé que nos habías convertido en una niña buena.
Fruncí el ceño.
—No soy mala.
—Sabes a lo que me refiero —contestó emocionada—. Una chica que no sigue las normas.
—No es como si fuéramos a hacer algo prohibido. Ellos simplemente sugirieron que nos quedáramos aquí porque lo consideran un lugar seguro. Y, ya sabes, no me tomo muy apecho las sugerencias.
— ¡Bien! [/¡]
Avancé por lo que me pareció casi un kilometro, pero sabía que había sido mucho menos. Mi tobillo dolía menos, pero aun podía sentir una punzada de dolor, pero nada que no pudiera soportar.
El pasillo se comenzó a iluminar gracias a una luz muy tenue que llegaba del otro lado. Mi antorcha ya no sería necesaria a este punto, pero me daba miedo apagarla y quedarme a oscuras después.
Algunos sonidos empezaron a llegar. Podía escuchar algunos lloriqueos y quejidos. Me congelé. Eché un vistazo por la grieta y mi corazón dio un vuelco.
La caverna era lúgubre, pero una luz naranja se filtraba de alguna parte. Todo era roca solida y se sentía más fresca. El olor a aire puro se filtró por mi nariz.
Pasé de lado, tratando de no respirar para no rasparme el estómago.
Leo estaba tirado en el suelo, boca abajo e inconsciente.
Dejé caer la antorcha, me deshice de las mochilas y corrí hacia él.
—Leo. —le removí preocupada, pero nada.
Alcé el rostro y los miré. Había seis niños encerrados en lo que parecían ser unas jaulas de metal oxidado. Tres niños y tres niñas; los seis estaban llorando. Los seis en condiciones deplorables.
Percy estaba luchando contra una mujer. No, eso no era una mujer. No sé lo que era, pero era la cosa más grotesca que haya visto alguna vez en mi vida.
Tenía el torso de una mujer, y podría pasar por una persona normal… si no miraba la cola de serpiente roja y las escamas que la cubrían en su totalidad. Unos ojos rojos y unos dientes que pertenecían a la dentadura de un tiburón completaban el paquete. Su cabello estaba tieso —a causa de sangre vieja y suciedad— y tenía unas uñas que parecían navajas.
Annabeth y Nico estaban rodeados. Dos mujeres los tenían rodeados. Nico tiró una doble estocada con finta, y habría funcionado si la mujer de cabellos color tierra no fuera tan escurridiza. Estaban al borde de lo que parecía una salida enorme al exterior; casi del tamaño de una pared. Era una especie de habitación con tres paredes solamente.
Me lo imaginé; esta debía ser una especie de cueva, porque desde donde yo estaba, podía ver el cielo de la tarde. El viento soplaba y casi podía jurar que estaba casi a la intemperie y en un lugar muy alto.
Annabeth era rápida, pero la mujer era aun más rápida. La velocidad con la que embestía no era suficiente. La cosa de piel purpurea negruzca esquivaba tan rápido como ella atacaba.
Todo eso lo registré en segundos. Pero algo estaba mal. Conté nuevamente. Una, dos, tres… Faltaba una. Aletheia había dicho que eran cuatro.
Me quité mi anillo lo más rápido que pude y mi espada apareció en toda su gloria. Busqué frenéticamente por todo el lugar. No encontré nada.
Leo seguía sin moverse. Los demás no se habían dado cuenta de mi presencia. Los lloriqueos seguían presentes. Podría ir por los niños en lo que los demás se encargaban de esas cosas, pero no quería dejar a Leo aquí tirado como trapo viejo.
Lo removí nuevamente, pero solo murmuro algo incomprensible.
—Leo, muévete, Leo. —Nada.
Me puse en pie y me aseguré de que los demás estuvieran bien. Escuché un siseo ligero. Me estaban asechando.
Una enorme, asquerosa y horrible mujer serpiente estaba en el techo. Se abalanzó sobre mí. Caí sobre mi trasero y me encajé un trozo de piedra, pero con suerte solo dejaría una magulladura.
Grité. Solo hasta ese momento los demás se dieron cuenta de mi presencia.
— ¡¿Qué carajos haces aquí?! —exigió Percy, mientras esquivaba un golpe de la cola de la Lamia.
— ¡Buscando el tesoro perdido! ¡¿Tú qué crees?! ¡Ayudo a Leo! —grité, mientras rodaba por el suero irregular.
— ¡Una niña!— gritó eufórica la Lamia— Quiero a ésta, huele bien.
—Y eso que no me he bañado —contesté mientras la pateaba en el costado con mi pie bueno.
Lanzó un manotazo a mi cabeza, me agaché justo a tiempo, me pasó por encima. Brinqué y lancé una estocada a su pecho. La esquivó. Se movió hacia mi derecha, bloqueándome la visión de Leo.
Se abalanzó nuevamente hacia mí. La esquivé por muy poco, pero alcanzó a golpear mi hombro y mi espada tembló en mi mano.
Se movía de forma estratégica, pero no me di cuenta hasta que fue muy tarde. Con su cola amarillenta moteada de negro me golpeó. Su cola de cascabel se estrelló en mi mejilla. Su rostro era asqueroso; sangre vieja y fresca adornaban su sonrisa y, si creía que Aletheia olía mal, esta cosa era como estar en el basurero municipal a medio día, y créanme, sé de lo que hablo.
Perdí el equilibrio y caí de bruces. Me tomó de los pies con su cola y me alzó de cabeza. Mi espada cayó.
— ¡Agh! — grité.
Percy estaba golpeando y bloqueando. Nico y Annabeth se habían recuperado.
— ¡Los ojos! —Gritó Annabeth— ¡Ataca sus ojos!
Tomé el consejo. Mi puño se estampo en su nariz.
¡Mierda! Esta cosa era más dura de lo que aparentaba. Tendría suerte si no me había quebrado algún dedo.
Ella sonrió, mostrando su hermosa sonrisa.
—Elloss dijeron que ssolo vendrían tress —susurró la Lamia—; así que cinco son un bono.
— ¿Quién dijo que vendríamos? —exigí.
La sangre se estaba acumulando en mi cabeza y sentía una presión en mi cráneo.
— Yo una vez fui hermossa como tú — dijo de la nada—. Esso fue hasta que ella me maldijo. —me zarandeó.
— ¡¿Quién te dijo que vendríamos?! —grité.
Su cola se enroscó más en mi pecho. Me estaba estrangulando. El aire faltaba en mis pulmones. Me ahogaba. Mi visión se nublaba y la presión se tornaba dolorosa.
Escuché un grito y me dejó caer. De milagro no caí de cabeza, pero me golpeé duro. Sentí un líquido caliente en mi sien. En un momento de locura, me dije: ve escogiendo las cajas en las que quieres que envíen tus partes, Monse. Una risa histérica brotó de mi garganta.
—Monse, ¿estás bien? —preguntó, Leo, para mi gran alivio.
Levanté el rostro y lo vi borroso en los bordes.
—Leo, detrás de ti. —muy tarde. Leo salió despedido por los aires.
La Lamia amarillenta se escurrió hasta llegar a mí. Una sonrisa afilada se posó en sus labios.
—No te ssientas mal, esto estaba destinado a passar. Tú tienes que morir aquí. —sus ojos se pusieron en blanco. Un liquido espeso y negruzco me manchó el estomago.
—Nadie va a morir más que tu. —dijo Nico. Levantó la espada haciendo un corte a través de ella y sacó su espada; la Lamia cayó a un lado de mí para después, desbaratarse en polvo — ¿Estás bien?
Estiró su mano hacia mí, ayudándome a ponerme de pie.
—He estado mejor.
—Te dijimos que te quedaras en el pasillo. —regañó.
— ¿En serio quieres discutir eso justo ahora?
Levantó la mano y acarició mi lado de la cabeza adolorido. Un aguijonazo me atacó. Limpió un poco de la sangre con sus manos. Negó lentamente.
Los demás estaban con sus propias Lamias. Las malditas eran veloces.
— ¡Nico, cuídala! —gritó Percy. Puse los ojos en blanco.
—Los niños, Nico, debemos sacar a esos niños.
Él asintió y me tomó de la mano.
Nos movimos lo más sigilosamente que pudimos. Los demás se dieron cuenta de lo que estábamos haciendo. Annabeth asintió y atacó nuevamente, distrayendo a su Lamia.
Los niños se alejaron automáticamente de nosotros.
—Tranquilos, los vamos a sacar de aquí. —dije en voz pausada. Lo último que quería era asustarlos más.
Una chiquilla de ojos chocolates y cabello rojizo levantó la vista.
—La llave la tienen las mujeres —dijo en voz baja—, se la turnan para guardarla.
—Sabes cuál de ellas la tiene. —preguntó Nico. La niña negó frenéticamente.
— ¿Crees poder abrirla? —le pregunté.
—No. Traeré a Leo. Quédate aquí.
—Ten cuidado. —supliqué. Él sonrió ladinamente.
—Siempre lo tengo. —contestó.
Dio media vuelta y se acercó a Leo, quien estaba dando martillazos a un Lamia verde baba. Este asintió y corrió hacia mí, mientras Nico terminaba el trabajo, pero antes de atravesarla, una cola le golpeó en la espalda, haciendo que cayera de rodillas.
Me precipite hacia él, pero una pequeña mano se aferró a la mía. Era la chiquilla.
—No te vayas. —rogó.
Nico rodó y evitó ser aplastado. Estaría bien.
Percy y Annabeth no tenían problemas, solo estaban tratando de darnos tiempo para sacar a los niños para poder aniquilarlas.
Leo llegó a mi lado y comenzó a sacar cosas de su cinturón. Amaba ese cinturón. Encontró finalmente lo que estaba buscando: una ganzúa. Empezó a trabajar en la cerradura. Unos segundos después, la puerta estaba abierta.
Comenzamos a sacar a los niños.
— ¡Percy, ahora! —grité, dándole a entender que podía aniquilarla.
Él asintió y empezó el deleite para los ojos.
Esquivó la cola con facilidad, hizo una finta a la izquierda para finalmente brincar y dar una estocada en el hombro. Giró y hundió su codo en el estómago de la mujer, y con la empuñadura de Contracorriente golpeó su rostro. Volvió a girar y encajó su espada en su pecho. Finalizó con una serie corta de ataques, clavando su espada en cada uno. Todo eso lo hizo con una elegancia y precisión mortífera.
Volteó a verme y me guiño un ojo. Presumido, pensé.
Annabeth fue más rápida y menos fanfarrona. Hizo una finta muy obvia hacia el frente, la Lamia, como no era estúpida, se lanzó hacia el costado, pero Annabeth ya lo sabía; la había estudiado. Rápidamente contraatacó el golpe que ésta le había dirigido, cortando su mano de tajo. La Lamia gritó y perdió la concentración. Annabeth hundió su cuchillo hasta la empuñadura en su espalda. Pateó y la Lamia cayó y se desvaneció.
Nico fue más eficiente. Lanzó una serie de mandobles, reduciendo su lamia verde en polvo en cuestión de segundos.
Leo cargaba a un niño y tenia sujeta a otra niña. La niña pelirroja me tomó de la mano como si su vida dependiera de ello —no la culpaba, ese había sido el caso segundos antes—. Otra niña me tomó de la mano derecha. Nico se acercó a toda prisa y tomó a los dos que faltaban.
—Mi mami se fue. —lloriqueó la chiquilla pelirroja.
—Tranquila —susurré—, vamos a llevarte con tu mami. Lo prometo.
—No entiendes —dijo en voz baja—. Mi mamá no va a volver. Mi mamá murió.
Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Qué podía decirle?
—Hay que sacarlos de aquí. —dijo Annabeth, tomando a uno de los niños que tenia Nico.
—Que linda es esta —dijo Percy, acercándose a la pelirroja— ¿Cómo te llamas, nena? —La niña se apartó de él, escondiéndose detrás de mí— No voy a hacerte daño —le alentó.
—Creo que no quiere. —dije yo con una sonrisa burlona.
Percy me miró ceñudo. Tomó uno de los niños que cargaba Leo. La otra niña que me tenía sujeta, una castaña, corrió hacia Annabeth.
— ¿Cómo vamos a salir de aquí? —Quiso saber Nico— No hay salida por los túneles y no es como si pudiéramos estar vagando por ahí con ellos. —señaló a niño que estaba con él.
— ¿A cuánta altura estamos? —preguntó Leo.
—Cien metros, fácil —contestó Annabeth—. Pero hay riscos abajo. Saltar no es una opción.
La niña me apretó la mano.
— ¿Ustedes dos no podrían simplemente controlar el agua para amortiguar la caída? —curioseó Leo.
Miré a Percy; él tenía más experiencia en todo esto que yo.
—No sería del todo seguro, una vez que estemos en el agua, hay que llegar al yate, y por lo que vi, solo hay acantilados en este lado de la isla.
La presión en mi mano aumentó.
—Debe de haber una forma de salir de aquí —urgí—. Annabeth, ¿alguna idea?
Ella estaba sumergida en sus pensamientos. Tanto, que tenía el ceño fruncido. Solo esperaba que hubiera encontrado una forma de salir de estas catacumbas.
—Estaba pensando… ¿no creen que todo fue muy fácil?
La miré fijamente, ¿estaba loca?
— ¿A eso le llamas fácil? —grité.
La niña me aplastó la mano. La había sobresaltado.
—Es solo que, tengo esta sensación de que todo fue muy fácil.
—Lo difícil es salir de aquí. —coincidió Percy.
—Están locos. —farfullé.
Después de todo lo que había pasado, ¿ellos pensaban que todo había sido demasiado fácil?
—Concéntrense —exigió Leo—. Nico, que dices, ¿un viaje sombra?
—Podría hacerlo —coincidió él —. Pero hay que hacerlo por partes. No quiero llevarlos a todos juntos; los accidentes pasan.
—Bien, todo resuelto —dijo Leo con una sonrisa petulante—. Soy un genio.
La niña ejercía una presión en mi mano que se había vuelto dolorosa.
—Niña, me lastimas. — anuncié.
—Sabía que ibas a venir. —contestó ella. Una sonrisa se extendió por su rostro.
Todos volteamos a verla.
— ¿Cómo sabias que iba a venir? —curioseó Annabeth.
—Mamá dijo que alguien iba a venir. Le dijeron que ibas a venir. —dijo mirándome a los ojos.
—Okeeey… —dijo Leo—. Pensé que tu mamá había muerto.
—Lo hizo —contestó—. Él la mató. —se acercó y me abrazó.
Su agarre me lastimaba. Sentía como mallugaba mis piernas.
Los demás no sabían qué hacer. Todos tenían a un niño con ellos —Annabeth tenía dos—. Los miré sin saber qué hacer.
—Mataron a mi mami frente a mí. Le clavaron su espada y se convirtió en polvo —siguió con voz aniñada.
No entendía nada.
—No comprendo, yo…
—Tú no te vas a ir de aquí. Esperábamos a tres solamente. Cinco fueron demasiados. —siguió parloteando con voz aniñada y frágil.
La tomé de los hombros y la separé de mí. Me puse a su altura. Ella me sonrió y… cambió.
Su sonrisa angelical tomó forma de dientes puntiagudos y afilados. Sus ojos chocolates se convirtieron en unos rojos sangre, espeluznantes. Su piel que parecía tercia y suave, se llenó de escamas marrones.
Creció y una cola de serpiente remplazó sus piernitas. Un cascabel sonó.
Un gritito de sorpresa y terror se me escapó. Traté de retroceder, pero su cola estaba enroscada en mis piernas. Me aventó por los aires y choqué contra la pared de piedra.
Percy se adelantó hacia mí, pero el niño se aferró a él presa del pánico. Nadie podía hacer nada; todos tenían un niño aferrado a ellos, buscando protección del monstruo que estaba frente a mí.
Ella se deslizó hasta llegar a mí con una velocidad increíble. Con sus manos se arrastraba y cada vez estaba más cerca. Traté de ponerme de pie, pero me sujetó.
— ¿Quién te dijo que vendría? —balbuceé.
—No saldrásss de aquí.
—Ellos te matarán. No tienes oportunidad.
—No ess nada comparado con lo que me harán ssi te vas de aquí. Sssolo necessito desshacerme de ti. —decía desesperada.
— ¿Quién…?
Se abalanzó sobre mí. Esquivé.
— ¡Los ojos! —Gritó Annabeth mientras calmaba a las niñas que tenia— ¡Ataca sus ojos!
Escuchaba los lloriqueos de los niños, y los intentos de consolarlos de los demás. Percy trataba de deshacerse del agarre de la niña que tenia, pero ésta lo tenía bien sujeto.
La lamia atacó nuevamente. Me levantó y me sujetó. Agité mis pies en busca de suelo en que sostenerme, pero no encontraba nada.
—Debo terminar el trabajo. Debíass ser fásscil de matar.
—Er… ¿Lo siento? —farfullé.
Se enroscó en mí. Su cola me apretaba cada vez más fuerte. Un sentimiento de asfixia se apoderó de mí. Me azotó contra el piso.
Mis manos a mis costados, sin poder moverlas. A lo lejos, vi a Nico poniendo al niño en el suelo, sin importarle su llanto; pero lo miraba muy distante.
La lamiase subió en mi pecho, arrastrándose. Moví mi mano desesperadamente, buscando el bolsillo de mi short. Saqué mi pequeña navaja de juguete como le decían ellos, pero era lo único que tenía en la mano. La saqué con pequeños movimientos, sin separar mis muñecas de mis caderas.
La clavé en lo que tenía más cerca; en algún punto de su cola escamosa. Soltó un pequeño grito. No la había lastimado en lo más mínimo —mi navaja era metal común y corriente—, pero al menos había comprado algo de tiempo.
Nico llegó justo a tiempo. Soltó un mandoble, pero la Lamia lo esquivó. Ella tiró un revés que impactó con su costado.
Ella me tomó por mis hombros y comenzó a trepar por la pared. Se enroscó en el techo, fuera del alcance de los demás que venían por nosotros. Los niños lloraban en un rincón de la caverna. La histeria los dominaba.
— ¡Los ojos! —Repitió Annabeth— ¡Ataca sus ojos!
Bien, pensé, los ojos serán.
Liberé mi mano de su agarre con un gran esfuerzo y piqué sus ojos como había aprendido hace mucho tiempo, siempre en forma de garra y jalar para provocar el mayor daño posible.
Mis dedos entraron con facilidad, demasiada facilidad para mi gusto. Jalé de sus cuencas y sus ojos cedieron. Es en serio, sus ojos se salieron de sus cuencas, cayendo al suelo.
— ¡Qué asco! —grité.
—Puede que no te vea, pero puedo olerte.
Creo que si necesitaba el baño después de todo.
Tiró un mordisco a mi derecha, cortando mi mejilla magullada con sus dientes.
Percy —que era el más alto—, lanzaba estocadas hacia arriba con la esperanza de darle, pero sus ataques no llegaban. Clavé nuevamente mi navaja, esta vez en su cuenca vacía, en su pecho, en alguna parte de su cola, en sus manos. Clavaba tan rápido como podía.
En algún punto ella cedió, dejándome caer. Aterricé encima de Percy. Su espalda crujió.
Ella se dejó caer. Me puse de pie y aplasté algo, miré hacia abajo y vi su ojo embarrado en mi zapato. Quise vomitar.
— ¡Hay que irnos! —urgí.
Tomé mi espada y lancé una estocada que ella paró con sus uñas. Me tomó del brazo y jalo de mí. Percy me tomó de mi brazo libre y me atrajo a él, sentía que me partirían en dos.
Los demás habían tomado a los niños en brazos, listos para hacer el viaje. Percy tiraba de mí con tanta fuerza que me iba a descoyuntar el brazo.
Lancé mi navaja, clavándola con puntería y precisión en su cráneo —qué puedo decir, aun tengo mi toque—, obligándola a que aflojara. Tiré de ella y cayó encima de nosotros.
Mal movimiento, idiota, me reprendí mentalmente. La espada de Percy cayó a un costado, lejos de nuestro alcance.
Trató de tirar un mordisco nuevamente, me moví y casi redecora el rostro de Percy.
Sentí un golpe en el estómago y el oxígeno abandonó mis pulmones. Percy, pateaba y aventaba puñetazos a diestra y siniestra.
—Solo necessito desshacerme de tíí. —siseó.
Impactó nuevamente su puño con mi estómago, mi costado, mi mentón. Bueno, al menos hacia de escudo a Percy, a él no lo golpeaba, solo a mí, ¡Yeih! Un golpe me dio de lleno en mentón. Estaba perdiendo la conciencia en lo que seguramente era la paliza de mi vida. ¡Una mocosa me estaba dando una lección!
Una de las niñas que estaba cuidando Annabeth corrió hacia nosotros y golpeó con su puñito la espalda de la Lamia en un intento de ayudarnos; ella de un puñetazo la mando volando por los aires. Me enfurecí. La adrenalina se disparó en mí, despertándome por completo. No sentía nada; de lo único que era consciente ere de mi deseo de despedazarla, destrozarla por golpear a la pequeña.
Sentí la cuerda desplegarse dentro de mí sin mi consentimiento. Sentí como la energía abandonaba mi cuerpo rápidamente, dejándome flácida y patosa sobre el cuerpo de Percy. La luz que entraba a la caverna se eclipsó hasta volverse lúgubre. El cielo y el mar tronaron como uno y la caverna comenzó a vibrar.
Hundí mi puño en el estomago de la Lamia —pegándole a Percy en el proceso—, mi rodilla se le unió, golpeando donde debían estar sus costillas. Giré con ella, posicionándome encima de ella; golpeé y golpeé sin importarme el dolor de mis nudillos ensangrentados. La Lamia hacia lo que podía por evitar mis goles, pero me encontraba descontrolada. Sentí a Percy detenerme y sostener mis manos, pero me salí de su agarre. Seguí golpeando.
— ¡¿Quién te dijo que vendría?! —exigí fuera de mi.
— ¡Mátame, no te lo diré!
— ¡Es de mi de quien deberías tener miedo!
— ¡Monse, detente! —gritó Percy.
— ¡No! ¡Ella lo sabe!
— ¡Debemos salir de aquí! ¡Para lo que estás haciendo! ¡Nos aplastaras!
Miré a mí alrededor. La caverna se sacudía vertiginosamente. Annabeth y los demás estaban en el borde de la cueva, mirando hacia el océano. Estaban preparándose para saltar al vacío si era necesario.
El nudo es mi estomago se expandía cada vez más, entrelazándose con mis extremidades, haciendo que temblara aun con más fuerza. El techo no lo soportaría, quedaríamos aplastados en este lugar por mi culpa.
Eso me distrajo lo suficiente. Algo me golpeó en el pecho, haciéndome caer de espaldas. La Lamia saltó sobre mí; reaccioné lo más rápido que pude, tomé la espada de Percy y la hundí en su pecho. La atravesé y la dejé caer de lado, justo para ver como se desvanecía en el aire y con ella, las respuestas que necesitaba.
Jadeé en busca de aire. Percy corrió a ayudarme. Tomó su espada y la guardó, fruncí el ceño; casi muero y él se preocupó más por su espada, reproché mentalmente.
—Debes parar lo que estás haciendo —urgió—, no resistirá mucho la caverna.
—No puedo, Percy. No puedo, no sé cómo. —contesté alterada.
—Tienes que calmarte. Trata de calmarte —me miró directamente a los ojos—. Respira conmigo; inhala, exhala.
Me arrastró con él con cada respiración, llevándome hacia el borde.
Traté, pero entre más lo hacía, mas se expandía la cuerda dentro de mí. Trozos de roca comenzaron a caer, las paredes comenzaron a desbaratarse como si estuvieran hechas de polvorón.
Los lloriqueos de los niños inundaban mis oídos; estaba entrando en pánico.
—Tendremos que saltar —dijo Annabeth sin reproche en su voz—. No hay tiempo para hacer dos viajes, y en uno solo no lo vamos a lograr.
Miré hacia abajo. Las olas chocaban contra el acantilado furiosamente. El cielo estaba nublando y la lluvia azotaba el océano sin darle tregua. ¿Todo esto lo había hecho yo? Me asusté. Miré a Percy en busca de una explicación, él se limitó a dar órdenes y escuchar a Annabeth.
—Tomaré a los niños. Monse, te encargaras de ellos —apuntó hacia los chicos y Annabeth—, una vez que estés en el agua, mantenlos debajo y crea una burbuja a su alrededor, les dará el oxigeno que necesitan. Concéntrate en la corriente y me sigues. Ustedes tres, manténganse juntos y no se separen mientras caen, ¿entendido?
Terror puro corría por mis venas. ¿Y si no podía hacerlo? Hasta hace poco había logrado controlar las corrientes, y, ¿ahora quería que creara una barrera para mantenerlos a ellos tres y a mí a salvo? La caverna retumbó, trayéndose consigo trozos de rocas.
—No puedo hacerlo. —dije, rayando en la histeria y negando con la cabeza.
—Escúchame bien —dijo realmente serio, nunca lo había visto así: concentrado, serio, maduro; al mando de la situación—, no te lo estoy preguntando, ni sugiriendo. Vas a hacerlo, no tenemos otra opción —el suelo crujió, apoyándolo. Un estremecimiento me recorrió por completo; quería gritar, llorar, patalear, pero debía centrarme—. Confío en ti. Te estoy confiando las vidas de ellos. Sé que puedes hacerlo —bajo la voz hasta hablar en un susurro—. Te estoy confiando la vida de Annabeth.
Asentí temblorosamente. Todo mi cuerpo se estremecía del terror. La caverna comenzó a caernos encima. El lazo de poder seguía extendiéndose por todo mi cuerpo, no podía controlarlo, tenía miedo, todo esto me sobrepasaba.
—Saltaré primero —anunció—, en cuanto toquemos el agua, saltan. No la pierdan de vista —ordenó a los demás—. Todo va a salir bien —me dijo—. Tranquilízate y recuerda todo lo que te he enseñado.
Asentí nuevamente.
—Bien.
Giró y habló con los niños. Los seis saltaron hacia el vacío. Me precipite hacia ellos, viéndolos caer hacia el océano enfurecido. Cayeron por el enorme risco y se los tragó una inmensa ola. No salieron a la superficie. El pánico me dominó.
Una mano se entrelazó con la mía, arrastrándome hacia la cordura.
—Tranquila. Puedes hacerlo —susurró Nico, tratando de calmarme—. Es hora.
No podía emitir sonido alguno, por lo que me limité a asentir.
Tomé la mano de Leo y Annabeth se sujetó de él.
—Hay que tomar un ángulo de 45 grados —informó Annabeth—, eso debería propulsarnos correctamente.
—Estas a cargo. —le dije.
Ella asintió y jaló de nosotros, evitando que los escombros nos aplastaran por completo.
La sensación de caer podría haber sido estimulante, si no estuviera casi segura de que caía hacia mi muerte. Nico presionó más mi mano entre la suya.
Sin duda, la vista no es la misma desde arriba que desde abajo, eso lo había aprendido en el faro, pero ahora, veía cada piedra de los riscos como un arma mortífera. Entramos al agua como una bala.
La fuerza del impacto me hizo soltar a Nico. Las corrientes de agua me apresaron, tiraban de mí en todas direcciones, como si se estuvieran disputando mi cuerpo y hubieran decidido compartirme en trozos. Salí a la superficie en busca de aire. Las olas se agitaban vigorosamente, arrastrándome mar adentro. La lluvia azotaba mi rostro, limitando mi visión. Giré en todas las direcciones, desesperada por encontrar a los demás, pero nada. Estaba flotando sola. El terror hizo mella en mi estómago.
— ¡Nico! ¡Leo! ¡Annabeth! —Gritaba, presa del terror— ¡Leo! ¡Nico! ¡Annabeth! ¡Annabeth! —La desesperación era lo único que podía percibir, las lágrimas quemaban por derramarse, pero solamente me nublarían aun más la visión.
Algo me sujetó del pie, hundiéndome nuevamente. Pataleé, golpeé algo blando y burbujas salieron de él. Leo estaba sujetándome de la pierna y sobándose la mejilla. Los demás estaban con él. El alivio que sentí fue casi abrumador.
Annabeth me hizo señas de que necesitaba respirar, recordándome que ellos no podían estar debajo del agua mucho tiempo.
Miré a todos lados en señal de Percy, o los niños, pero no había señal de ellos. Me desesperé. Annabeth tapó mi visión y comenzó a gritarme y sacudirme, pero burbujas salían a la superficie, agotando su oxígeno de reserva. Cerré los ojos y me concentré.
Me imaginé cientos y miles de burbujitas envolviéndonos, protegiéndonos de las enfurecidas corrientes heladas que nos rodeaban. Sentí un cosquilleo por todo mi cuerpo, abrí los ojos y ahí estaban; cientos de burbujas me rodeaban… solo a mí. Me obligué a empujarlas lejos de mí, envolviendo a los demás, forzándolas a convertirse en una y resguardarnos. Cuando finalmente estábamos a salvo en mi enorme burbuja, los demás empezaron a toser y escupir agua.
¡Lo había logrado! Había logrado mantenerlos a salvo. Me sentí orgullosa de mi misma. ¡Al fin hacia algo bien! Los demás expulsaban el agua de sus pulmones a borbotones, pero yo me sentía bien, mis heridas escocían un poco a causa de la sal, pero me sentía bien. Estábamos vivos.
Percy se encontraba unos cuantos metros debajo de nosotros, en una enorme burbuja —más bonita y con más forma que la mía— con los niños. Hizo un gesto con las manos y su burbuja comenzó a ascender hasta chocar con la mía y fundirse.
— ¿Están bien? —nos preguntó a Annabeth y a mí.
—Nosotros estamos bien —respondió, Leo, fingiéndose ofendido—. Gracias por preguntar.
—Estamos bien. —le tranquilizó Annabeth.
Miré a los niños, estaban temblando de frio o bien, pudo haber sido de miedo. La mayoría estaba lloriqueando, uno es especial estaba volteando a todos lados, en busca del próximo monstruo. Me acerqué a él y me hinqué a su altura.
— ¿Estás bien? —Pregunté con la voz más dulce de la que fui capaz— ¿Te hiciste daño?
Él se limitó a negar, pero gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas regordetas.
Una mano se posó en mi hombro, alce la vista para encontrarme con los ojos de Leo y su sonrisa traviesa.
—Sabía que lo lograrías.
—Eras el único. —musité.
—Te equivocas —interrumpió Percy—. Sabía que lo harías bien, trabajas mejor bajo presión.
—Pude no haberlo hecho.
—Pero lo hiciste —me atajó—. Eso es lo que importa. Lo logramos, no sé cómo, pero lo hicimos.
Lo habíamos hecho. Habíamos sobrevivido a todo lo que nos habíamos encontrado, pero no me sentía más fuerte, al contrario, me sentía a punto de perder la cordura. Realmente tenía un temple de acero. Merecía un premio por no haber enloquecido hasta estos momentos.
Tomé asiento y me dediqué a concentrarme en las corrientes y tratar de controlarlas, ayudando a Percy en la tarea. Los niños seguían histéricos, por lo que Annabeth se acercó a ellos, colocó su mano en su frente y se concentró bastante.
—meinete asyneidito— susurró en el oído de cada uno.
Todos los niños cayeron dormidos en cuanto ella terminó.
— ¿Qué fue eso? —pregunté.
—Es una maldición temporal —aclaró ella—. No va a durar mucho, un par de horas, tal vez. Necesitamos que estén quietos.
— ¡Pero es una maldición! ¿Y si no despiertan? Annabeth, ¿y si los dejaste en coma?
Ella se rió. ¡Se rió!
—Tranquila, no pasa nada. Los hijos de Hypnos, son útiles si los mantienes despiertos el tiempo suficiente.
—Así que solo les ordenas que permanezcan inconscientes y, ¡listo! —Dije con sarcasmo— Es como si los doblegaras.
— ¿Preferirías que siguieran asustados? —Preguntó con calma— Por lo que sabemos, pudieron haber quedados con un trauma de por vida. No sabemos hasta qué grado han visto o vivido estos días.
Me quedé callada. ¿Alguna vez podría ganar una discusión con ella?
—Bien. —acepté
Navegamos, o lo que sea que hicimos por una hora. Según el sexto sentido orientador de Percy, teníamos que rodear la isla. Me senté contra la pared de nuestra burbuja y descansé por unos momentos.
Nico y Leo, se sentaron a mi lado en silencio. El niño al que me había acercado momentos antes se removió y se acurrucó a mi lado, coloqué su cabeza en mis piernas y comencé a juguetear con sus cabellos.
—Los salvaste. —susurró Nico.
—Los salvaron —corregí—. Yo solo los puse en peligro; a todos.
—No es cierto —dijo, tomando mi mano libre entre la suyas—. Estamos vivos gracias a ti. Nos salvaste.
—No considero salvarlos el limpiar mi desastre, Nico.
El rió por lo bajo. Me gustaba el sonido de su risa, lo apreciaba más que el de Leo porque él no reía tan frecuentemente como él.
—Admito que hay que trabajar en esa habilidad tuya. Hoy nos ha sacado varios sustos.
—No sé si pueda —murmuré—, me da miedo. ¿Y si no puedo controlarlo y termino lastimando a alguien? ¿Y si termino hiriéndolos sin querer? Viste lo que pasó hoy, pudo haber sido peor.
—Solo necesitas practicar, eso es todo. Nadie lo controló a la primera, Percy tuvo problemas al principio, yo no controlaba mis viajes, terminaba dormido después de uno. Incluso Leo quedaba en interiores si se distraía, y créeme, no es algo que desees ver.
Reí. Sentí como el peso se desplazaba de mis hombros. Recargué mi cabeza en su hombro.
—Gracias por tratar de hacerme sentir bien. —susurré.
—De nada —tragó—, para qué están los amigos, ¿cierto?
—Mejor aun —interrumpió Percy de la nada—, para qué están los primos.
— ¿Ya llegamos? —preguntó Leo.
—Ya casi.
— Bien —dijo Nico, poniéndose de pie—, necesito estirar las piernas y algo de aire fresco.
—Sí que te hace falta —murmuró Leo tan bajo que era difícil escucharlo—, Elena Gilbert.
Fruncí el ceño; necesitaba saber quién era esa tal Elena.
Llegamos al yate después de lo que me pareció una eternidad, porque después de los intercambios entre los chicos, nos habíamos sumido en un silencio incomodo que nadie se atrevía a romper.
—Subiremos a flote —empezó Percy—, cada quién subirá a uno de los niños. Leo, serás el primero subir, los recibirás y nos ayudaras a subir a bordo. Es hora de partir de esta maldita isla.
—Pon rumbo a Florida —interrumpió Annabeth, ganándose tres miradas desconcertadas—. ¿Qué? No esperarán llevarlos hasta Nueva York, ¿o sí?
—Pues, no. —admitió Percy un poco coloreado. Conociéndolo, ese era exactamente el plan.
Levanté la vista y vi el casco del yate. Subimos a la superficie y nuestra burbuja reventó. La tormenta aun estaba en su apogeo, me sentí mal, pero no sabía cómo detenerla.
Tomé al niño entre mis brazos, Nico tomó al otro y Percy y Annabeth se encargaron de los otros tres. Nos mantuvimos a flote y lo rodeé con mis brazos, protegiéndolo de lo que sea. Leo subió a bordo y comenzó a recibir a los pequeños.
Annabeth subió, tomando el lugar de Leo para que este pusiera en marcha el bote.
Algo me rozó la pierna, pero lo ignoré. Nadé hacia los demás. Percy subió a su niño y subió él. Me acerqué más, Nico me hizo señas para que subiera antes, pero él era el más cercano, así que le cedí mi lugar.
Me volvieron a rozar, era como una lija muy suave que se frotaba en mis piernas desnudas. Me extrañó, pero lo más seguro es que fuera algún animal, Percy decía que nos seguían como polillas a la luz. Nico volvió por mí.
—Siempre tan caballeroso. —le molesté.
— ¿Qué puedo decir? —Dijo él— No puedo dejar que un niño se congele —me siguió el juego—, tú sí, él no.
Percy hacía señas de que nos diéramos prisa.
—Tarado.
Me volvieron a rozar la pierna, esto ya era molesto. No me importaba, así que pateé. La lija me presionó las piernas juntas. Fruncí el entrecejo, Nico me observaba fijamente, tratando de descifrar lo que pasaba.
— ¿Estás bien?
Agité mi cabeza
—Sí.
Le estaba pasando el pequeño a sus brazos, cuando mis piernas fueron aprisionadas; algo hizo presión y me arrastró a las profundidades, privándome del oxigeno.
La mano de Nico me sujetó, pero lo iba a arrastrar. Lo solté.
Toqué lo que me estaba aprisionando. Era algo grueso, fuerte, como un musculo y largo, muy largo. Me atreví a bajar la vista y me encontré con una enorme, fea, grotesca y brutal serpiente marina. Solo diré esto: un animal no debería ser tan grande, es antinatural; pero nuevamente, desde que me involucré con todos ellos no he estado en situaciones normales.
Arañé, golpeé e incluso navajeé, intentando aflojar su apriete. Gritaba por la fuerza que ejercía en mi cuerpo, me estaba destrozando las articulaciones y mis huesos no tardarían en ceder y quebrarse como si estuvieran hechos de arcilla, pero solo salían burbujas de aire y el agua salada se colaba a mis pulmones. Me obligué a cerrar la boca a pesar de que lo único que quería hacer era gritar a alaridos, y me concentré en respirar por la nariz. Me despejé un poco, lo suficiente como para decirme lo idiota que había sido por no sacar mi espada.
Mi anillo tomó forma y la espada emitió un pequeño resplandor en la penumbra. No sabía que tan profundo me encontraba, pero en donde estaba, la luz no llegaba. Estaba a ciegas.
La presión aumento y estaba segura como el infierno, que estaba a punto de quebrarme una pierna. El resto de la serpiente se enroscó en mi pecho, sofocándome e impidiendo el paso del oxigeno o lo que sea que respiraba ahí abajo. Debía actuar rápido, lo sabía, pero no podía.
Me removía, tratando de lograr un avance, pero entre más me movía, más me aprisionaba la serpiente colosal. No podía respirar, pataleaba sin éxito alguno, mis manos cayeron a mis costados y dejé caer mi espada, sintiendo como se deslizaba de entre mis dedos. Me estaba dando por vencida, quería pelear con todas mis fuerzas, pero simplemente era imposible; estaba sola, cansada y débil.
Cada vez, íbamos más profundo, cada vez, me presionaba más, cada vez, me costaba más respirar. Estaba por despedirme de mi vida, lamentándome de todo lo que había hecho, de todo lo que no había podido hacer. Lamentándome de lo poco que había vivido y de los muchas cosas que me habían faltado por experimentar, como mi primer beso, o mi primera cita, o mi primera vez en la estación de policías —porque oh sí, sabía que ya había tardado en tener un expediente penal—. Y de repente, solo podía pensar en una sola cosa. Fue cuando ocurrió el milagro.
Unas manos salieron de la nada, jalando de mí hacia arriba. Una espada se hundió en la serpiente y la punta se clavó mi pantorrilla, provocando que gritara. Las manos jalaron de mí y me arrastraron hacia la superficie. Respiré, aun seguíamos en las profundidades, pero podía respirara nuevamente. La luz llegó pude ver la sangre que manaba de mi pantorrilla. El agua se tornó de un rojo carmesí y temí desángrame ahí mismo. La herida comenzó a escocer de repente, mi pierna se entumió.
Percy jaló de mí y, salimos a flote. Nico y Leo estaba ahí, esperando y buscando en la superficie. Annabeth estaba en el yate con unos binoculares.
— ¿Estás bien? —preguntó.
— ¿Qué era esa cosa?
—Una serpiente marina, por lo que vi, era apenas una bebé.
— ¡Por todo lo sagrado! Si esa era la bebé no quiero conocer a la abuela.
Él rió, y era una risa de alivio puro. Me abrazó con fuerza, pero no me molestaba, al contrario, me agradaba.
Nico y Leo se abalanzaron sobre nosotros, arrancándome de sus brazos. Los abracé de regreso.
—Tienes rotundamente prohibido volver a asustarme así, peque. ¿Tienes idea del calvario que pasé aquí arriba? Estos quince minutos entran en los peores momentos de mi vida. —reprendía.
—Pues, no he estado allá debajo de tour. —bromeé.
—Monse —dijo Nico, viéndome directamente a los ojos; se veía realmente serio, pero en sus ojos jugueteaba la alegría—, no nos vuelvas a hacer algo como eso nunca.
— ¡Hola, hermano mayor por aquí! —gritó Percy, agitando su mano, haciendo que apartara la mirada de los dos chicos que estaba conmigo.
Nadamos hacia el yate. Annabeth nos esperaba con toallas, pero yo simplemente salí seca del agua al igual que Percy. Los chicos se fueron a cambiar.
Cojeé y me senté, en el pequeño sillón, mirando hacia la nada, Percy, no tardo en unirse a mí.
— ¿En qué piensas? —preguntó, sacándome de mis cavilaciones.
— ¿Cómo sabes que estoy pensando en algo y no haciéndome la tonta?
—Tienes esa mirada de: no me interrumpas o te asesino.
Solté una risilla.
— ¿No lo entiendes? Una serpiente marina me atacó.
— ¿Te recuerdo que fui yo quien te salvó? — contestó con obviedad. Puse los ojos en blanco.
—Percy, me atacó una serpiente marina, una criatura del mar, una criatura de los reinos de Poseidón.
—No entiendo.
Suspiré frustrada. Este chico sí que podía ser lento. Lo miré directamente a los ojos antes de hablar.
—Papá me quiere muerta, Percy.
He aquí el capitulo mis chicos y chicas, ¿qué les pareció el final?
A mí en lo personal me gustó mucho todo el capitulo. Sé que quedó
muy extenso, creo que es el más largo de esta historia, pero creo
que lo ameritaba para que se aclararan algunos puntos del capitulo anterior,
pero ustedes decidirán(:
Cambiando drásticamente de tema, sé que no se los agradezco lo suficiente,
pero realmente les quiero dar las gracias a todos las personas que me han
añadido a favoritos, a los que han comentado y a los que han dado follow, y
a todos los que han leído y esperado mis subidas, que por cierto, me han preguntado
en varias ocasiones cada cuanto subo y nunca les contesto n,n Bueno, trato de actualizar
de cada quince a veinte días porque no siempre tengo tiempo de terminar de escribir, así
que por eso tardo, cuando tardo mas (solo a pasado una o dos veces), es porque en serio
no he tenido tiempo ni de respirar.
Creo que me he alargado más de lo habitual.
Espero que les haya gustado y cuídense.
Besos y abrazos.
