Capitulo 13 Nada es más divertido que sentarnos a discutir mi muerte.
—Papá no te quiere muerta, Monse, estás delirando.
— Lo viste, ¿quién más si no? ¡Mando matarme!
—No estamos seguros de eso.
—Entonces ¿quién envió esa cosa? Dime quién pudo haberla enviado. Tuvo que haber sido Poseidón. —grité histeria.
—Cálmate. Estoy seguro de que no es así —dijo inseguro—. Papá no haría eso.
Aun podía sentir un ligero dolor en el tobillo; gracias a la adrenalina del momento, me había olvidado completamente de él, pero ahora que me encontraba exhausta, el dolor había regresado, y la pantorrilla herida no ayudaba.
Cojeé en círculos, pensando, tratando de encontrar una salida de esta locura. Estaba jodida, estaba más que jodida. Podría irme olvidando de las cajas en las que enviarían mis partes al campamento, para cuando terminaran conmigo, no quedaría nada que enviar.
Estaba perdiendo la calma, mi mente comenzó a trabajar a mil por hora, sobrecalentándose, creando los peores escenarios frente a mí. ¿Qué voy a hacer?, fue lo primero que pensé.
—Monse, cálmate —ordenó Percy—. Estás sangrando, deja que cure tus heridas y hablamos. —le ignoré.
Me querían muerta. ¡Me iban a matar! No importaba todo lo que había hecho para sobrevivir este calvario, al final, me iban a matar. Caminaba en círculos, jalando mi cabello hacia atrás, cojeando, ignorando el dolor. Estaba a punto de rayar en la histeria. La palabra pánico no era suficiente para describir cómo me sentía.
Comencé a hiperventilar.
— ¡Cálmate! —Dijo Percy frente a mí, zarandeándome— Montserrat, cálmate.
—Me van a matar, Percy, ¡me van a matar! —gritaba.
— ¡Nadie va a matarte!
—Percy, por eso quieren que vaya con ustedes. Van a matarme allí. Papá va a matarme allí.
—Nadie va a matarte —dijo, tratando de calmarme, pero no funcionaba—, si te quisieran muerta ya lo estarías. Ahora, siéntate mientras limpio tus heridas.
— ¡Ella lo sabía! ¡Ella dijo que me querían muerta los Olímpicos! ¡Poseidón es un Olímpico, Percy! —grité como loca.
— ¡Montserrat, estas sangrando! Cálmate. Vas a manchar el suelo y…
— ¡Al carajo el suelo! ¿No lo entiendes? ¡Ella lo sabía! ¡Aletheia lo sabía!
— ¡Y también te dijo que había cuatro Lamias en lugar de cinco! ¿No lo entiendes? Todo lo que nos dijo pudo haber sido mentira.
—Entonces, ¿quién me atacó? Dime. Fue él —gritaba.
Los demás se nos unieron. Por el rabillo del ojo registré que los chicos se habían cambiado y secaban su cabello con una toalla. Annabeth estaba al lado de Percy, tratando de calmarme.
—No lo sabemos a ciencia cierta. —dijo en voz baja, inseguro; como si tratara de convencerse más a si mismo que a mí.
—Creo que deberíamos atenderte esas heridas —señaló Annabeth—. Siéntate. Nico, ¿podrías traerme el botiquín?
No me fije en si este hacia lo que le pidieron.
Yo seguía dando vueltas como león enjaulado. Sudaba en frío, estaba perdiendo la objetividad. ¿Y si me caía un rayo en este preciso momento? Una ola enorme podría arrastrarnos al fondo del mar, y yo morir a manos de alguna otra criatura, o peor, podría venir un maldito ejercito de Lamias, o de pollos ninjas asesinos, o de gelos, o podría morir en un "accidente"; pero lo dudaba, digo, son Dioses, no deben ser precisamente discretos; son Dioses después de todo.
—Tengo que irme —murmuré—, voy a irme antes de que me encuentren.
—No vas a irte —zanjó Percy—, ahora siéntate y déjame vendarte las heridas.
—Me voy a ir, si me escondo no tendrían por qué encontrarme, no lo hicieron durante doce años. —murmuraba sin parar.
—Monse, siéntate. —exigió Percy.
Seguí dando vueltas. No, no iba a entregarme en bandeja de plata. Había sobrevivido por mi cuenta bastante bien, podría volver a hacerlo. El yate se sacudió. La lluvia aun azotaba allá afuera y el mar estaba enfurecido nuevamente; de seguro, era porque seguía respirando.
Una mano se posó en mi hombro y brinqué, gritando por la sorpresa. El bote se sacudió nuevamente. Me alejé de Annabeth.
—Tranquilízate. —ordenó, pero no podía, acababa de enterarme que me iban a matar, que mi padre me quería muerta, si quería estar frikeada podía estarlo, me había ganado el derecho al menos.
La ventana sonó a causa del las olas, la lluvia y el viento que la golpeaban; la tormenta había empeorado. Yo estaba causando todo esto.
Mi cuerpo se puso alerta, esperando que atacara un monstruo de cualquier dirección. Las sombras lucían más oscuras de lo habitual, el pasillo solitario parecía el albergue de alguna criatura diabólica, el exterior era mortífero ahora. Estaba paranoica, pero creo que estaba en todo derecho.
Unos brazos me cargaron de la nada y, comencé a gritar y lanzar manotazos al aire sin ver quién era. Me retorcí en busca de algún escape para poder ocultarme en algún lugar recóndito de este yate como al lado de los motores, o entre el casco.
— ¡Déjame! —gritaba presa de un pánico abrumador.
—Soy yo —decía la voz, pero no estaba en condiciones de reconocerla.
Mi cerebro estaba procesando un enorme y delicioso coctel de miedo, pánico, paranoia, demencia y terror; y un pequeño toque de alucinaciones para darle un poco más de sabor. ¡JUM!
Me pareció ver que algo se movía en las sombras, pero fue solo mi imaginación. Me retorcí inclusive más. Las ventanas eran golpeadas por el viento, sobresaltándome más. Varios brazos se acercaron a mí, pero mi mente los registró como enemigos. El terror me dominó. No pensaba, solo gritaba y me retorcía en busca de libertad de los brazos que me sostenían. Había perdido la cordura.
Estaba en un estado de locura total. Mi cerebro me pedía que huyera de ese lugar.
Mis sueños se empezaron a reproducir nuevamente ante mí. Todas esas pesadillas que había intentado mandar al sótano se alzaron en mi contra. Podía sentir como me hundía en el pantano mientras la lluvia me azotaba los cabellos. El fuego de los alrededores me escocía la piel, y por más que gritara, la ayuda no vendría; estaba por mi cuenta. El escenario cambió; estaba en el bosque, el cielo retumbaba a causa de los rayos y truenos, la lluvia no me dejaba ver. Yo corría en busca de una salida, pero sabía que no lo suficientemente veloz. Unos ladridos se escuchaban y podía sentirlos cerca. Mis perseguidores me encontrarían más temprano que tarde.
El humo me sofocaba y me impedía ver hacia donde corría. Gritaba y me retorcía. Corría a ciegas, con las manos al frente, en busca de obstáculos. Las voces regresaron, colándose en mis oídos, erizándome la piel. Todas las advertencias se repetían una y otra vez.
«No vivirás mucho después de esto.» «No lo lograrás, debiste permanecer en anonimato.» «Es un insulto el que estés viva, es algo que tendremos que remediar.» «Has despertado nuestra ira, lo pagarás caro.» «Tu hermano es la excepción, tú, no. He sido muy comprensivo, pero serás el ejemplo de que todo tiene un límite.»
Recordé la insinuación de Apolo el día que lo conocí: «Tendré un ojo puesto en ti… Al igual que todos allá arriba.»
Gritaba, pataleaba y un dolor intenso y punzante recorrió mi pierna, trayendo consigo un poco de juicio, pero no fue suficiente, solo podía sentir manos que me sujetaban fuertemente contra algo blando. El horror se acrecentó. Peleé, golpeé y pateé, pero solo escuché una voz.
—meinete asyneidito — dijo la voz, invitándome a la inconsciencia.
. . . . .
Desperté sola en la playa. Me encontraba descalza y con vendajes cubriendo heridas de las que no era consciente. Mi mirada se centró en las olas que acariciaban la arena, el sol estaba ocultándose, dando paso a un hermoso atardecer. El viento soplaba de una forma apacible, todo me parecía muy familiar, como si ya hubiera estado aquí con anterioridad, pero no podía recordarlo del todo; era un recuerdo lejano y borroso, como si estuviera tratando de canalizar un canal de tv con un alambre retorcido en lugar de una antena.
Me senté sin saber muy bien qué hacer. Simplemente contemplé el mar. El cielo, que había estado despejado, se pobló de nubes negras, cargadas y brumosas. El viento comenzó a soplar de manera violenta y feroz. El mar se enfureció a la par y la tierra retumbó.
Me levanté, tratando de buscar un refugio dentro de todo este desastre. A lo lejos, se podían distinguir dos siluetas enormes y borrosas. Rayos comenzaron a caer y los truenos no se hicieron esperar.
Corrí hacia las figuras, tratando de alcanzarlas. Conforme me acerqué comenzaron a tomar forma y, me encontré con un enorme y hermoso caballo negro corriendo en círculos. Un águila enorme sobrevolaba sobre él, atacándolo, tratando de herir sus ojos, queriendo infringir heridas en el pelaje terso del caballo. El potro se irguió en sus patas traseras, propinando un golpe en el ala del águila, haciendo que perdiera la trayectoria de su vuelo.
La tierra retumbo nuevamente, a la par que el cielo se estremecía a la caída de un potente rayo justo frente a mí. El suelo se abrió en dos, siendo atravesado por una larga grieta y, se separó. La fisura, emitía lamentos y gritos de dolor y angustia. Retrocedí varios pasos, pero de nada sirvió. Una sombra negra se fue alzando, revelando un gigantesco perro de varios metros de altura y tres cabezas.
Sofoqué un grito de terror y la adrenalina se disparó en mí. Di media vuelta en cuestión de segundos, y aun así me pareció demasiado tiempo. Eché a corre en dirección contraria. El perro gruñó y me derribó.
El mar se agitó aun más. Un nuevo rayo cayó y el perro se lanzó por su bocadillo.
Una voz susurró: Nadie mata lo que desea.
Abrí los ojos de golpe.
Un sudor frio me recorría la piel. Mi ritmo cardiaco estaba por los cielos y mi respiración era entrecortada. El sol del amanecer se filtraba por las cortinas de la ventana. Me senté, repasando la habitación con la mirada, hasta encontrarme con la habitación vacía.
— ¿Estás bien? —dijo una voz desde la esquina de la habitación, sobresaltándome.
—Sí. —musité.
Soltó un suspiro y se acercó lentamente, evaluando mi reacción a su proximidad. Sus ojos marrones no se apartaron en ningún momento de mi rostro y se sentó en el borde del camastro donde yacía de forma pausada.
Me miraba con cautela, temiendo que perdiera la chaveta nuevamente.
—Leo, no voy a atacarte. —me quejé. Esbozó una sonrisa ladeada y se acercó más a mí.
—Es bueno saber eso.
— ¿Qué pasó?
—Estabas mal —dijo algo serio, cosa rara en él—. Empezaste a alucinar y gritabas. Gritabas demasiado, peque. Te retorcías y no dejabas que nadie te tocara o se acercara a ti, creo que ni siquiera nos reconocías. Saliste corriendo y tuvimos que retenerte —wow, no sabía que había hecho todo eso—. Dijiste que venían por ti y que debías huir…Temíamos que te hicieras daño tu sola, así que…
—Así que me durmieron —terminé por él. Él se limitó a asentir con una mueca en sus labios—. ¿Cuánto… cuánto tiempo estuve fuera de combate?
—Unas veinte horas. Despertaste en varias ocasiones, pero empezaban los gritos nuevamente, así que te dormíamos otra vez.
— ¿Y por qué no me vuelves a dormir? —pregunté, casi animándolo a que lo hiciera.
—Hace media hora empezaste a tener pesadillas y comenzaste a gimotear, luego empezaron los lloriqueos y antes de que despertaras estabas gritando. No creímos que fuera prudente dormirte nuevamente.
No recordaba nada de todo eso.
— ¿Estás mejor? —preguntó.
—Sí. Lo siento, por todo, es solo que…, es mucho para digerir, ¿no crees?
—Creo que sí. —susurró.
Me senté de forma en que quede a su lado.
— ¿Cómo estas tu?
—Acabas de salir de un episodio psicótico, ¿y me pregustas cómo estoy yo? —dijo totalmente incrédulo.
—Gracias por apreciar mi preocupación, Leo. ¿Dónde están los demás?
—Estoy bien —concedió—. Nico ha de estar durmiendo tirado en algún lugar, y, Percy y Annabeth están en la cubierta, acaban de regresar de dejar a los niños. Vamos rumbo al Olimpo. —hice una mueca, haciéndolo reír.
— ¿Y quién dirige el bote?
Puso cara de ofendió
—Me ofendes, obviamente instalé un piloto automático, nos dirigimos a las coordenadas que señalé.
—Perdóneme, señor. —me burlé, tratando de aligerar un poco el ambiente.
—Me diste un susto de muerte —dijo de la nada, borrando mi sonrisa—. Pensé que te habías vuelto loca, y la tormenta casi nos hunde; en cuanto perdiste el conocimiento todo paró. Golpeaste a todos, mi pierna está muy magullada, muchas gracias. Golpeaste a Nico en las costillas, tiene un moretón del tamaño de un cráter. Tienes un buen gancho, peque.
—Perdón.
—Solo no lo vuelvas a hacer, ¿ok?
—Lo prometo. —dije con una enorme sonrisa.
Me sonrió de regreso y pasó su brazo por mis hombros.
—Esa es mi chica.
—No soy tu chica.
Soltó una carcajada.
—Lo que tú digas, peque, lo que tú digas.
Nos quedamos en silencio, uno al lado del otro, contemplando cómo se iluminaba cada vez más la habitación. Miles de preguntas inundaban mi mente, si bien, ya había asimilado la idea de que Poseidón me quería muerta, y que esta no la iba a librar, no estaba dispuesta a entregarme como pavo listo para ser rellenado en día de navidad.
—Me voy a ir. —declaré.
—No. No lo harás.
—Leo, no pienso ir con ustedes al Olimpo. Aletheia dijo que me querían muerta, ¿recuerdas? Dijo que ellos habían enviado todas esa criaturas por mí, por lo que sé, puede que incluso Poseidón las haya enviado y, todos esos sueños no han sido precisamente alentadores…
—Y ella nos mintió.
— ¿Cómo nos va a mentir el demonio de la verdad, Leo? Por lógica, ella está obligada a no mentir, debe ser una formalidad del trabajo.
—Bueno, cuando llegamos a la cueva, ella dijo que solo había cuatro Lamias esperándonos, no había cuatro, ¿verdad? —Sonrió y agitó mi cabello— Había cinco encantadoras lagartonas esperando por nosotras.
—Estoy bastante segura de que la serpiente no es un lagarto.
—Estoy bastante seguro de que las acaban de adoptar hace cinco segundos. —anunció, sacándome una sonrisa.
—Eres tan ridículo.
—Es parte de mi encanto natural —sonrió ampliamente—. El punto aquí es que, no va a pasar nada malo, peque. Tu padre no te quiere matar. Si te quisiera muerta, no habrías llegado al campamento en primer lugar. Ahora, ¿y qué si los Olímpicos te quieren matar? La mayoría del tiempo nos quieren muertos, así que no seas egocéntrica y no te sientas especial.
—No soy egocéntrica, Leo.
—Eres legado de Afrodita, Monse, es requisito ser un poco ególatra; créeme, ni siquiera Piper se salva de eso.
—Leo…
—Lo importante es que no vamos a dejar que te suceda nada. No tienes de que preocuparte. Y, Aletheia te mintió. Nos mintió. ¿Cómo sabes que no nos mintió desde el principio?
—Leo, son Dioses, no es como si les fueran a pedir permiso para reducirme a polvo. Y estoy segura de que ésta no la cuento. Tu no escuchaste todo lo que…
—No va a pasarte nada —me aseguró—. Tu eres la que se está preocupando de más. Estás haciendo una tormenta en un vaso de agua.
—Pero…
—Pero nada. Tengo varias experiencias similares. Percy, Annabeth y Nico tienen años viviendo con lo mismo, así que sabemos más que tú respecto a este tema. Cualquier cosa que estés pensando no va a pasar. No vamos a dejar que nada malo te pase. Ella nos mintió, jugó con nosotros, simplemente te dijo todo eso para jugar con tu mente —explicó, intentando convencerme, y funcionó—. Todo lo que salió de su boca fue precisamente para eso. Esas preguntas no fueron hechas al azar, créeme.
— ¿Estás seguro?
—Más que seguro. —prometió.
Dejé escapar un suspiro. Si todo lo que Leo decía era cierto, podía estar tranquila. Podría relajarme, pero mi cuerpo y mi mente se negaban a aceptar que la suerte me sonriera. La suerte nunca me sonríe.
Pero, si miraba las cosas objetivamente, si pensaba como Annabeth y desglosaba todo lo que sabía, puede que nos haya mentido; después de todo, siempre jugó con nosotros. Aletheia nos había movido como fichas en un juego mental, sabía cuáles eran nuestros puntos débiles y no dudó en golpearnos, y no lo había hecho físicamente, que son heridas que sanan fácilmente como mi tobillo. No. Ella había reabierto heridas emocionales, y esas son las más difíciles de volver a cerrar.
—Leo… Hay algo que Aletheia dijo y, quiero saber…, te quería preguntar más bien —dije en un susurro casi incomprensible, amontonando mis palabras—, bueno, es solo que… si tú querrías decirme quién…
— ¿Quién es Calipso? —terminó por mí en voz ahogada.
Lo miré fijamente y él me sostuvo la mirada por unos segundos antes de bajarla a su regazo. Sus hombros decayeron un poco y noté que parte de su buen humor habitual se había enfriado. Soltó un largo suspiro y negó con la cabeza.
—No tienes que decirme si no quieres. —ofrecí, aunque la curiosidad me mataba.
— ¿Realmente quieres saber quién es ella? —levantó la vista y clavó sus ojos marrones en los míos, provocándome una sensación de vacío por la tristeza que reflejaban.
No pude evitarlo, quería protegerlo. Nunca lo había visto tan vulnerable, y eso que todavía no comenzaba a hablar. Me acerqué más a él y pasé mi brazo por su cintura en un abrazo de consuelo.
—Me gustaría saberlo, sí —admití—, pero si no quieres hablar de ello lo entenderé, Leo.
Soltó una risa triste e inhaló profundo.
—Fue hace más de un año. Fue cuando estábamos viajando en el Argo II, tu hermano y Annabeth estaban en problemas y teníamos que ayudarlos, no te diré que clase de problemas porque no me corresponde a mí decírtelos —me miró intencionadamente antes de perderse en sus recuerdos—. Yo… digamos que tomé un vuelo privado patrocinado por una Diosa nada gentil y aterricé en esta hermosa isla llamada Ogigia. La isla era la prisión de Calipso. Fue condenada al exilio. No podía abandonar la isla, pero eso no era todo, había ocasiones en las que llegaban algunos héroes cuando necesitaban algo, necesitaban algún refugio o sanar. Calipso los ayudaba, los cuidaba y protegía; ella se enamoraba de ellos, era algo que no podía evitar.
»Los héroes que llegaban con ella tenían dos opciones: podían quedarse con ella para toda la eternidad y ser felices, o, podían irse y romperle el corazón. Siempre la abandonaban. Siempre había algo que hacer, alguien que salvar, alguien que los esperaba y no podían quedarse con ella. Ella siempre los dejó ir, ese era realmente tu castigo, que le rompieran el corazón una y otra y otra vez y que no pudiera hacer nada para evitarlo.
»Ella es realmente hermosa —dijo, viendo hacia la nada. Su voz sonaba embelesada, pero no dejaba de ser triste—. Unos hermosos ojos marrón oscuro y su cabello dorado y largo. Unos labios rellenos y una piel perfecta. Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, casi irreal. Se supone que a solicitación de tu hermano la habían liberado, debían haberle concedido el perdón y ella podría salir de su isla…, pero no fue así.
»Aterricé ahí y estuve con ella por varios días. Al principio no podía ni verme en pintura la pobre, pero después me ayudó. Pasamos muchas horas juntos y como era de esperarse…
—Ella se enamoró de ti. —finalicé. El sonrió secamente.
—Yo me enamoré de ella, peque. Era simplemente perfecta, ¿cómo podría no hacerlo?
— ¿Entonces, que pasó?
—La dejé. Estábamos a mitad de una guerra, mis amigos me necesitaban. Gea estaba a punto de despertar y había que detenerla.
—No fue tu culpa —intervine—. Vidas dependían de ello, Leo.
—Eso no importa; la abandoné. No fui mejor que todos los demás. Había algo más importante que hacer, siempre había algo más importante. Juré que regresaría por ella. Le juré regresar, pero Ogigia no puede ser encontrada dos veces por la misma persona, aun así no me di por vencido.
»Cuando derrotamos a Gea, pedí como deseo la libertad de Calipso, pedí poder regresar con ella. La liberaron finalmente, pero yo debía encontrar la isla, así que busque por meses.
Su voz se era tan baja que apenas era audible. Una gruesa lagrima bajo por su mejilla, estrellándose en su rodilla. El dolor era palpable en su rostro, encogiéndome el corazón. Haría cualquier cosa para no volver a verlo así. Su respiración era entrecortada, advirtiéndome de las ganas de llorar que reprimía.
—Nunca se me pasó por la cabeza darme por vencido, así me llevara toda una vida, iba a encontrarla. Cuando finalmente lo hice, sentí que respiraba nuevamente. Había encontrado a mi primer amor, iba a reencontrarme con la chica que me privaba del sueño, iba a estar con ella hasta que ella se cansara de mí —rió secamente, una risa de desprecio, una carcajada impropia de él —. Recuerdo que ella estaba en su huerto, amaba ese huerto, era su parte favorita de la isla. Me acerqué a ella y le dije: "Hola, Sunshine, busco a una chica, no sé la habrás visto, es una muchachita preciosa, tiene unos hermosos ojos oscuros y un hermoso cabello color canela."
»Ella se quedó estática y dejó caer la palilla de jardinería. Giró a verme y la sorpresa estaba grabada en su rostro. Yo no pude hacer más que sonreír como idiota y pensar que nunca había visto imagen más hermosa que ella bajo los rayos del sol. Me acerqué a ella y sin esperar más, la besé. Por primera vez en meses me sentía vivo nuevamente. Fue cuando apareció él. Darren.
No tenía que ser muy inteligente para deducir que Calipso había encontrado un remplazo para, Leo. Una llama de ira se encendió en mi pecho, mi amigo estaba aquí, haciendo un gran esfuerza para contener las lágrimas que ella había puesto en su rostro y ella estaba feliz de la vida con otro. Cerré mis manos en unos puños apretados.
—Él había llegado unos cuantos meses después de que yo la abandonara. Darren tomó la decisión que yo no pude, él escogió quedarse con ella, dejando todo atrás. La amó lo suficiente para quedarse a su lado, abandonando la guerra, su vida normal, todo. Se quedó a su lado; la escogió a ella. Hizo lo que yo no pude.
—Estabas en guerra, Leo. No es que estuvieras en un viaje turístico por el mundo. Ella pudo haberte esperado y no lo hizo, no es tu culpa.
Volteó a verme y sus ojos se trabaron en los míos, gruesas y abundantes gotas saladas nublaban su vista.
—Teniendo la posibilidad de irse, él la escogió sobre todas las cosas, Monse. Eso es lo que ella siempre quiso. No la culpo, sabes. Ella solo quería ser amada. Fue mi culpa el enamorarme tan rápido de una chica que estaba fuera de mi alcance. Yo fui él que se aferró a la idea de un final feliz con ella. Fue mi culpa, no de ella. Pensé que podríamos estar juntos, que nadie la encontraría. Cualquiera habría hecho lo mismo que ella, simplemente se enamoró de él.
—Si ella te hubiera amado te habría esperado. Yo te habría esperado —declaré sin pensar, me sonrojé furiosamente, pero agradecí que él no pudiera verme—. No merece que llores por ella si ahora está feliz con ese Darren. Apuesto a que eres mucho mejor que él. —soltó una risa marca Leo: una risa cantarina y feliz.
—Puedes apostar por ello. —dijo él.
Alcé mi rostro, sacándolo de su pecho y coloqué mis manos en sus mejillas, limpiando todo rastro de lágrimas con mis dedos. Él cerró los ojos y suspiró.
—Leo, no fue tu culpa.
—Tampoco de ella. —susurró y, aunque yo no estaba de acuerdo con esa parte, no se lo hice saber.
—Aun así, no puedes culparte por algo que no estaba en tus manos controlar. Estabas en guerra, tratando de salvar el mundo —sonreí de lado—. Hiciste lo que tenías que hacer, eso no te hace mala persona. Ni merecedor de la que pasó, simplemente hay cosas que nos pasan y hay que aprender a vivir con ello.
Cubrió mis manos con las suyas, envolviéndolas y arrastrándolas hacia su regazo y me abrazó. Hundí mi cabeza en su pecho y me aferré a él.
—A veces demuestras más madures de la que aparentas.
— ¿Qué puedo decir? —Farfullé contra su pecho—, soy bastante asombrosa.
Él rió, calentándome el pecho.
—Y ególatra.
—Aprendí del mejor. —contraataqué.
—Yo no soy ególatra, creí haber dicho que es amor propio. Me amo demasiado.
—Gracias por confiar en mí —dije con seriedad—. Significa mucho para mí, Leo.
—Gracias por escucharme. Pero tienes rotundamente prohibido contar algo de esto. Siento que acabamos de hacer esas ridículas confesiones de chicas —se estremeció—, me siento bastante nena. Si las chicas se enteran querrán hacer nuevamente su plan "animemos a Leo". Créeme, pueden ser muy irritantes.
—Lo prometo. —juré solemnemente, riendo de su cara.
Un momento de paz y silencio nos rodeó hasta que reparé en otra cosa que era de igual importancia.
—Leo, ¿quién es la chica de la que te quieres enamorar? —pregunté. Me separó de él y noté como perdía un poco de color— ¿Realmente te gusta? ¿Por qué no me habías dicho de ella?
Evitó mis ojos a toda costa, y se concentró en la pared detrás de mí. El silencio se tornó incomodo y él no hablaba.
—Si crees que no es de mi incumbencia solo dímelo.
—No es eso. —farfulló rojo como tomate. No volvió a hablar.
— ¿Es porque no me va a caer bien? ¿La conozco?
Volteó a verme y me miró como si me estuviera brotando una segunda cabeza y, explotó en carcajadas.
—No es eso —dijo incomprensiblemente. Fruncí el ceño.
—No entiendo, si no es eso, ¿por qué no me quieres decir? —expresé desconcertada—. No le diré a nadie.
—Ay, peque, es solo que no lo entenderías. Si te lo dijera, tendría que matarte. —bromeó.
—Le dijiste a Nico —acusé—. Le dijiste que sentías curiosidad por ella, dime quién es.
Su sonrisa se congeló.
—No sabes de lo que hablas, peque. —aseguró nervioso
—Sí lo sé. Te gusta alguien y no me quieres decir quién es. ¿Es Bárbara?
— ¿Para qué quieres saber quién es? —levantó su ceja.
—Porque sí. Dime quién es.
—Creo que es más que obvio. —fue su respuesta.
—Entonces es Bárbara.
Comenzó a reír nuevamente. Sus risas inundaron la pequeña habitación.
—Para ser una personita muy perspicaz, a veces eres muy torpe. Una digna hermana de Percy.
—No sé si eso fue un cumplido, o me acabas de insultar. —una risa juguetona se le escapó.
—Ves, eres demasiado despistada, peque.
—Leo, dime.
—Si pusieras atención, sabrías quién es. Y sí, la conoces… la conoces muy bien. Solo necesitas poner atención. —dijo con doble intención, pero no sabía el por qué. Tenía la sensación de que algo se me escapaba.
— ¿Y tú le gustas a ella? —curioseé. Una amiga puede preguntar esas cosas, ¿verdad?
Suspiró y miró mi rostro.
—No lo sé, a veces creo que sí, en otras ocasiones creo que no. No sé. Creo que es mejor que solo seamos amigos, no soy el único interesado.
—Si te deja ir es una tonta. —declaré, tratando de animarlo. Él sonrió.
—No sabes de lo que estás hablando, peque. Cualquiera que me deje ir es una tonta. —rodé lo ojos.
— ¿Y yo soy la egocéntrica, Valdez?
—Que no soy egocéntrico, me amo demasiado, tanto que no puedo vivir sin mí.
—Eres tan idiota.
—Así me amas. —gritó, lanzándose sobre mí, haciéndome cosquillas.
— ¡Para, para!
—No, hasta que aceptes que me amas, peque.
—En tus sueños.
Retomó su tarea, provocando cosquillas en mi estómago. Tomé su mano pero, él la desvió y tomó las mías y las colocó sobre mi cabeza y con su mano libre siguió con su tortura. Mis pulmones ardían por la falta de aire, pero las carcajadas no dejaban de brotar.
Traté de patalear, y un parte de mi subconsciente notó que mi pierna ya no dolía tanto. La puerta se abrió de golpe, sobresaltándonos, empujé las piernas de Leo, haciendo que cayera de bruces sobre mí. Su peso me aplastó y se me escapó el aire. Cada centímetro de mí se encontraba en contacto con él, provocándome un escalofrío para nada desagradable. Mi rostro estaba enterrado en su cuello y su aroma me inundo; una esencia de canela tostada por los rayos del sol, metal y fuego.
Un carraspeo me devolvió a la realidad. Salté, empujando a Leo, provocando que cayera del camastro y aterrizara en el suelo de espalda.
Volteé a ver quién había entrado y mi estómago se hundió en mis pies. Nico, nos observaba y no me pasó desapercibida su mandíbula apretada y sus puños cerrados; compuso rápidamente la expresión, pero yo logré verlo antes de que lo hiciera.
—Hey. —saludé.
—Venia a ver cómo te encontrabas —contestó con voz monótona—, pero veo que estás bien. El desayuno está listo para que suban. —dio media vuelta y desapareció, dejándonos en la habitación.
Volteé a ver a Leo, que seguía tirado en el suelo.
— ¿Y a ese que le pasa?
Negó con una sonrisa pintada en los labios. Se puso de pie y me ayudó a salir de la camilla.
—Nada, peque. Es solo que, Nico, tiene muchas cosas que aclarar.
. . . .
Llegamos al puerto poco después del medio día. Nico no me había vuelto a hablar desde el incidente en la habitación. Yo me mantuve un poco alejada de Leo, simplemente me sentía un poco nerviosa con él alrededor.
Percy se la pasó a mi lado, convenciéndome que nada malo iba a pasar, y que no debía tener miedo, pero era fácil decirlo cuando no era su cabeza la que quieren en una estaca.
Annabeth me animaba, pero ellos no sabían que había escuchado su conversación cuando había terminado de bañarme.
— ¿Crees que sea verdad? —Había preguntado, Percy— ¿Crees que ella nos mintió?
—No lo sé, Percy. Técnicamente, ella no mintió. Ella dijo que había cuatro, la niña no era una Lamia, al menos, no en su totalidad. Los monstruos necesitan reproducirse, pero, necesitan alguien con quien hacerlo y dado que no existen Lamias machos, debió haberlo hecho con algo más. La niña no era una Lamia completamente, ¿notaste que era más fuerte? Nos engañó con un tecnicismo.
—Pero pudo haberlo hecho con esto también, ¿verdad? —urgió desesperado.
—Quiero pensar que sí, Percy. Pero, hay que ser realistas, Aletheia no pudo haber mentido con algo así.
—Tuvo que haberlo hecho. —había contestado, Percy, aferrándose a una ilusión.
Ahora, me encontraba lista para dirigirme a mi ejecución.
Habíamos embarcado y estábamos listos para tomar rumbo a Empire State. Tomamos un taxi, después el metro y finalmente un taxi nuevamente.
Energía nerviosa nos envolvía a todos. Percy no dejaba de alborotarme los cabellos húmedos y sonreír de forma apretada. Annabeth estaba en silencio, sumergida en sus pensamientos y Nico y Leo no se hablan entre ellos, y menos a mí.
—Al piso seiscientos. —anunció Annabeth.
—Debes estar bromeando. —susurré.
¿Me estaban diciendo que el palacio de los Dioses todo poderosos estaba en la cima de un edificio? ¿Siendo Dioses no podían abrir un catalogo de bienes raíces y escoger algo más bonito?
—No existe tal piso. —contestó el encargado sin despegar su vista del libro que estaba leyendo.
— ¿Tenemos que hacer esto cada vez que vengo? —Protestó Annabeth— Ya vamos algo retrasados.
El hombre se dignó a vernos y asintió. Enarcó una gruesa ceja en mi dirección y me recorrió de pies a cabeza.
— ¿Nueva adquisición? —inquirió.
—Algo así. —se limitó a decir Percy.
Asintió y nos encaminamos al elevador.
Un escalofrío bajo y se instaló en mi columna vertebral, y la canción de fondo no ayudaba en nada. ¿Era realmente necesario que pusieran wanted dead or alive como música de fondo? Digo, esa era una gran ironía de la vida.
—Todo va a estar bien. —susurró Nico, hablándome por primera vez en todo el día.
La sensación de que olvidaba algo se instaló en mi nuca como peso muerto. Había algo que era importante, una idea que comenzó a formarse desde antes de que me percatara de ello.
Me quité la mochila de golpe, debía seguir en algún bolsillo. Comencé a sacar la ropa a puños.
—Monse, ¿qué pasa? —quiso saber Percy.
Lo ignoré y seguí buscando.
No estaba. No lo encontraba. Vacié la mochila y esparcí la ropa por todo el suelo. La música no dejaba de bajarme la moral. Empujé a los demás para que hicieran espacio. Me preguntaron que buscaba, pero no tenía tiempo para contestar. Algo brilló a los pies de Annabeth y me lancé por ello. Solté un grito de victoria. El timbre sonó y las puertas se abrieron.
— ¿Crees que va a funcionar eso? —Cuestionó Annabeth—, por lo regular causa más problemas de los que resuelve.
—Créeme, va a funcionar. —contesté, abrochando el cinto de Afrodita en mi cintura.
Cuando llegamos al palacio, aun no superaba el asombro de todo lo que había visto. Percy me tenía abrazada y Annabeth estaba a mí otro costado, impidiendo que Nico y Leo se abalanzaran sobre mí.
La sala de tronos era la cosa más bizarra que he visto alguna vez en mi vida. Ningún asiento era remotamente parecido a otro, y aun así, lograban tener alguna especie de armonía excéntrica.
En la habitación se encontraba una mujer. Su silueta era perfecta, la clase de silueta que te hacen perder el autoestima solamente por estar en la misma habitación que ella.
Conforme nos acercábamos, podía ver como cambiaban algunos de sus rasgos, volviéndose más hermosos y definidos que los anteriores.
Su melena pasó de ser de un hermoso rubio a uno negro como la noche, para convertirse en uno achocolatado. Volteó a vernos y una preciosa sonrisa tan blanca que parecía que tuviera perlas en lugar de dientes se poso en sus labios carnosos. Unos pómulos altos y definidos acompañaban una nariz pequeña y respingada. Unos ojos iguales a los de Piper me recorrieron por completo y se detuvieron en mi cintura. Sonrió aun más y soltó un gritito eufórico, poco le falto para ponerse a brincar y dar palmadas.
Se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo apretado.
— ¡Oh, mi niña! —Exclamó— ¡Eres igualita a tu madre!, a excepción de los ojos, me temo que esos son del padre.
—También me da gusto conocerte al fin. —farfullé a falta de aire.
—Y lo dedujiste tu solita —señaló el cinto—. Temí que no entendieras el mensaje —admitió y me dejó de lado, volteando a ver al resto—. ¡Oh, mis héroes favoritos! Mantuvieron con vida a mi legado, nada me hace más feliz que eso. Oh, el amor, siempre moviendo montañas.
—Sí, respecto a eso, ¿qué es lo que está sucediendo? —interrogó Percy, con una cara de embobado.
Afrodita dejó escapar una risa musical.
—Nada de qué preocuparnos, mis amores. Todo está bajo control.
—Eso parece. —contestaron Nico y Leo, ganándose un zape de mi parte por la cara de idiotas que tenían.
— ¡Pero por todo lo sagrado! ¿Qué fachas son esas para el día de tu presentación? —Reclamó indignada— ¡Y mira todos esos raspones que tienes, y esos moretones! Monse, tienes que cuidar la materia prima. ¿Acaso deseas dejarme en ridículo luciendo esos harapos?
Bajé la vista hacia mi ropa y me encontré con unos shorts deshilachados y una blusa sencilla.
—Es la ropa que me mandaste.
— ¡Pero no para venir aquí!
Ladeó su cabeza, estudiándome y chasqueó sus dedos.
Por segunda vez en mi vida, una tenue luz rojiza se extendió por todo mi cuerpo, llevándose consigo todos los malestares y cicatrices que quedaban en mi cuerpo.
Mi cabello se escapó de mi coleta, esparciéndose por mi espalda en rizos gruesos, mi ropa fue remplazada por un vestido blanco de gaza con un corte redondo en el cuello, bordado con perlas y otras piedras. Mis tenis se fueron y los remplazaron unas sandalias a juego. Joyería apareció en mis brazos y en mis orejas y, una peineta completó el juego. Mi cinturón seguía en mi cintura, realzando el conjunto; todo blanco y dorado.
Antes de que Percy comenzara de destornillarse de la risa, la luz lo envolvió también. Sus levi's fueron substituidos por unos pantalones de vestir y una camisa manga larga azul marino. Annabeth, terminó con un vestido como el mío, con la única diferencia de que el de ella era de un solo hombro. Nico y Leo, corrieron con la misma suerte que Percy. Leo obtuvo una camisa verde de rayas finas y, Nico una color rojo quemado, resaltando su tono de piel aceitunado.
— ¿Era esto realmente necesario? —pregunté un tanto avergonzada.
—Después me lo agradecerás.
—No lo creo —balbuceé, ganándome una mirada mortal—. Bromeaba.
Los chicos seguían idiotizados con Afrodita, mientras Annabeth tenía la misma cara de fastidio que yo. El cabello de Afrodita pasó a ser uno color rojo intenso, acompañado de unos atractivos ojos color gris azulado.
Me tomó del brazo y me apartó de los demás, obteniendo un poco de intimidad.
—Escúchame muy bien, no tenemos mucho tiempo antes de que la reunión empiece. Tu padre está tratando de convencer a Deméter y Dionisio, pero es importante que no hagas nada estúpido mientras estés ahí parada, ¿entendiste? Solo habla cuando se te pregunte algo y bajo ningún contexto contestes a las provocaciones que escuchas… Solo mantén la boca cerrada.
—Pero…
— ¿Entendiste? —exigió.
—Sí.
—Bien —volvió a sonreír—. Los demás deben estar por entrar. Piper fue a dar una vuelta por la ciudad y estoy segura que quieren ponerse al día. —terminó desapareciéndose en una hornada de humo color rosa chillón y de aroma empalagoso.
Nos habíamos quedado en la sala de tronos, y me quedé estudiándolos fijamente. Un estremecimiento me recorrió al llegar al de Ares, ese hombre debía estar enfermo para sentarse en esa cosa.
Piper se había abalanzado sobre Leo en cuanto cruzó el umbral. Le dio un enorme, apretado y un tanto vergonzoso abrazo de oso. Recibió a Annabeth con una enorme sonrisa para después abrazarla fuertemente y regañarla por haberse escapado con Percy.
Ayudó a mantener a los demás apartados de mí.
Connor y Travis Stoll se encontraban en el grupo de campistas. Distinguí a Will Solance, la hija de Deméter: Katie Gardner, y a Clarisse, esa chica aun me daba miedo. Thalía estaba ahí y se acercó a nosotros, abrazando a Annabeth y a mí.
—Tenemos que hablar. —susurró solamente para mí.
—Lo sé. —me limite a contestar.
Asintió solemnemente y antes de que pudiera abrir su boca, unas llamaradas se encendieron en los tronos. Cada Dios apareció a un lado de su respectivo asiento, cada uno era del tamaño de un gigante de, como mínimo seis metros de altura. Si antes que solamente estaba entre mestizos me sentía como un hobbit por ser pequeña, aquí me sentía como un insecto.
Las chicas me rodeaban, manteniéndome oculta de los hombres que, lentamente se habían empezado a acercar a mí. Una mano se había entrelazado con la mía, pero no alcanzaba a ver a quien pertenecía.
Los Olímpicos procedieron a sentarse y comenzar a discutir sobre temas tan banales, triviales y estúpidos que me sorprendió. No sé, supongo que esperaba que hablaran sobre la paz mundial, el significado de la vida…, que descubrieran la cura para el cáncer o yo que sé, que terminaran con el hambre del mundo, o algo parecido; no esperaba que discutieran por una estúpida broma que había hecho Apolo en las fraguas de Hefesto. O que Hermes no había entregado a tiempo las espadas esculpidas a mano de Ares. O mi favorita, el todo poderoso, amo del universo, peleaba como niño de guardería con Poseidón, diciendo que su tormenta eléctrica en el Este era más asombrosa que el tsunami que él había provocado en el Noreste.
Mi quijada estaba a punto de caer el suelo.
—Es lo mismo cada solsticio. — masculló Percy.
Me sentí esperanzada, tal vez se adentraban tanto en sus discusiones que se olvidaban de mi; pero como siempre, no tengo tanta suerte.
— ¡Que no! Mi tormenta fue mejor, supéralo. —gritó Zeus.
—Si con eso puedes dormir por las noches… —se limitó a contestar papá.
—Lo importante aquí —interrumpió una mujer de cabellos negros y ojos grises: la mamá de Annabeth. Lucia feroz y calculadora, tal como la había descrito Percy—, es que vamos a hacer con el pequeño renacuajo de Poseidón.
Doce pares de ojos se posaron en mí, atravesando a las campistas que me rodeaban. Comencé a temblar como gelatina.
—Que se acerque la chica. —exigió la reina de los cielos. No se miraba agradable.
Temí que mis piernas hayan tomado la decisión de dejar de funcionar… o peor, que tomaran vida propia, dieran media vuelta y saliéramos corriendo hacia el maldito elevador como una gallina, pero hey, las gallinas vivían. No me iba a quedar a que me hicieran caldo.
—Acércate. —ordenó Zeus.
Sabía que no tenía alternativa, era acercarme y morir, o correr… y morir seguramente, la diferencia era que si me acercaba, tal vez se apiadaran de mí y no me dolería.
Comencé a moverme antes de dar la orden —mis piernas eran unas traidoras—. Una mano me hizo parar. La mano de Nico estaba aferrado a la mí mano, impidiendo acercarme más a mi condena. En sus ojos podía ver la suplica, pero no me hacia ilusiones, sabía que todo era efecto del estúpido cinto.
Asentí para que me dejara ir y, Percy le susurró algo, haciendo que sus mejillas se colorearan un poco.
Caminé hacia el centro de la habitación. Las expresiones de los Olímpicos no eran muy alentadoras, los únicos que sonreían era Afrodita y Apolo; este último, me sonrió y me dirigió un giño. Me sentí derretir en un charco. Papá no me dirigió ni una sola mirada. Su rostro estaba serio y tosco. Un estremecimiento me recorrió por completo.
— ¡La chica no debe estar viva! —exclamó Hades. En su rostro había unos vestigios de Nico, pero sus rasgos eran fríos y crueles, no como los de mi amigo— ¡No lo toleraré! Se te perdonó el primer renacuajo, Poseidón, ¿un segundo? Ni pensarlo.
Papá ni se inmutó. Mantuvo su expresión en blanco, casi aburrida.
—Estoy de acuerdo. —concordó Deméter.
—Quebrantaste el juramento dos veces, Poseidón. Zeus lo hizo solamente una vez, ¡Zeus!, estamos hablando del casanova de los Dioses. Zeus el que no puede mantener sus pelotas en sus pantalones. Zeus el…
—Creo que quedó aclarado el punto. —acotó Hera, roja de furia.
—No voy a permitir que esta chiquilla siga respirando. ¡Fui el único que cumplió con su palabra!
— ¿Es que mi hija no te satisface? —intervino Deméter.
—No empecemos con eso de nuevo. —suplicó Hades.
—Por increíble que suene —habló Atenea—, estoy del lado de Hades —todos giramos a verla—. Estamos en un periodo de paz. Ya hemos visto lo que sucede cuando existen semidioses tan poderosos, ¿realmente queremos arriesgarnos de nuevo? Las últimas dos ocasiones vencimos con un gran esfuerzo, y las bajas fueron demasiadas. No podemos arriesgarnos a otra guerra. Tenemos enemigos poderosos a la espera de atacar, esta chiquilla es una amenaza.
— ¡Mamá! —gritó Annabeth, pero fue ignorada.
—Lo siento, pero una vida no vale la de miles —sentenció cruelmente—. Fue un error tuyo, Poseidón, un error que tendremos que remediar.
—Creo que exageras, Atenea —interrumpió Apolo—. Mi oráculo no ha visto nada de importancia.
—Las profecías nunca son exactas.
—Y no ha habido una profecía. Por lo que sabemos, puede que tarde siglos en llegar una nueva gran profecía.
—Lo mismo dijiste con la última — intervino Hefesto—. ¿Tengo que recordarte que se cumplió en cuestión de meses?
—Si hay posibilidad de guerra —se entrometió Ares—, yo digo que la mantengamos con vida.
Atenea rodó los ojos y yo temblé de pies a cabeza.
Poseidón seguía sin decir nada y con la mirada perdida. No me había visto desde que entró a la habitación, solo a Percy. Afrodita estaba en su trono limándose las uñas. Pero realmente, ¿qué esperaba? ¿Qué me protegieran y me prometieran amor eterno? ¡Por los Dioses!, solo soy una mestiza, ¿qué puedo significar si para ellos no soy más que un juguete temporal? Al parecer, un muy peligroso y tóxico juguete.
—Ella no debería estar con vida —sentenció Zeus—, esto es una equivocación. Ni siquiera sé por qué sigue respirando. Debimos haberla acabado cuando la reclamaste.
Auch. Era la segunda vez en menos de diez segundos que me llamaban error.
—Yo digo que le demos una oportunidad —sugirió Hermes. Supe que era él porque no se despegaba de lo que parecía un teléfono celular—. Solo hay que mantener un ojo puesto en ella y listo. Si es una amenaza la eliminamos. —dijo con toda la naturalidad del mundo, como si estuviera decidiendo que va a cenar.
—No podemos mantenerla vigilada día y noche. —se quejó el gordo del campamento.
—Son Dioses —dije, haciendo que todos voltearan a verme. Por primera vez, Poseidón se dignó a mirarme, y fue una mirada airada. Oh, sí, yo y mi gran bocota—. Quiero decir, ¿no pueden hacer lo que sea, como mantenerme vigilada o ver el futuro y esas cosas?
—No —contestó papá—. Sé que ella es un error, y me haré responsable de mis actos.
—No funcionará esta vez —aclaró Atenea—. Con tu renacuajo mayor lo acepté porque la profecía podía referirse a él, y al final así fue. Ella no. No nos vamos a arriesgar a que algo más suceda. Como dije ella es un descuido tuyo…
—Creo que ya aclaramos la parte de que soy un error. —mascullé por lo bajo.
Alguien me pellizcó la espalda para que me callara.
—Aunque te sorprenda, sobrinita, concordamos en que ella es un error, una equivocación, un desacierto, un desliz, una aberración.
Sentí como me hundía cada vez más con cada palabra que salía de su boca. Digo, toda mi vida me he enfrentado al rechazo, y llega un punto en el que puedes llegar ser un tanto indiferente a él; quiero decir, mi madre me abandonó, pero saber que Poseidón también reniega de mí es… doloroso.
—Pero me haré responsable de ella. Responderé por ella, sea lo que sea.
— ¡No! —Bramó Hades—. Exijo justicia. Un juramento es un juramento, hermano. Lo siento, pero ella debe morir. No debió nacer nunca. Soy el único idiota que respeto el trato, lo único que pido es justica.
—Lo respetaste porque quisiste. —contestó Zeus, ganando una mirada envenenada de Hera.
—Lo respeté porque yo si tengo palabra.
—Creo que están haciendo una tormenta en un vaso de agua —manifestó Afrodita—. Yo opino que votemos.
—La chica debe morir —enunció Deméter—. No me arriesgaré a una nueva guerra. No estamos en condiciones de soportar una nueva guerra.
—Tienes razón, no lo estamos —apoyó Atenea—. Debemos eliminar todas las amenazas.
— ¡Pero si es solo una niña! —exclamó Hermes, sin apartar la vista de su celular.
Estaba haciendo cálculos mentales, tratando de decidir cuánto tiempo tardarían en notar como corría como desesperada tratando de salir de ese lugar. Sabía que así tuviera llantas en lugar de pies, no sería lo suficientemente rápida. Traté de retroceder lentamente, pasando inadvertida, pero dos pares de brazos se entrelazaron con los míos. ¿Estaban locos? ¿Acaso querían que muriera?
Nico y Leo estaban a mis lados, cada uno con una expresión de concentración y determinación en el rostro que, parecía que tenían ante ellos alguna fórmula de Einstein.
—No pueden simplemente borrarla del panorama —suplicó Leo—. No representa ningún peligro para nadie.
—Eso no importa, chiquillo. —contestó Hades con voz acerada.
—Es mi amiga, papá —declaró Nico—. Confía en mí, ella no es una amenaza, al contrario, puede que ella incline la balanza si llegará a pasar algo.
—No. —contestó el Dios.
—Nos haremos cargo de ella —anunció—. Dale la oportunidad y me haré responsable por ella.
—También yo. —secundó Leo.
Mis ojos se abrieron de golpe. No, no, no, no y ¡no! ¿Acaso estaban locos? Antes de que pudiera renegar, los bordes de Hades comenzaron a brillar.
—Ves, una razón más para eliminarla —bramó el rey del inframundo—. ¡Esto es obra tuya, Afrodita! —acusó.
—Ella no hizo nada —intervino Poseidón—. Es tu hijo el que sigue empeñado en entrar al árbol genealógico.
— ¡Ja! Idiota, ya está en el árbol genealógico, es tu sobrino, pedazo de animal.
—Sabes a lo que me refiero.
— ¡Antes en el tártaro que él con tus renacuajos!
Nico se puso caliente a mi lado y noté un intenso color carmín en sus mejillas; si la situación no me tuviera muerta de miedo, podría decirse que se miraba adorable.
—Cuidado con lo que deseas. —canturreó Apolo.
— ¡Emparéntate con el cojo, con nosotros no!
—No, mi hijo no va a mezclarse con esa cosa. Mi hijo tiene estándares. —gritó Hefesto.
—Y por eso está soltero, ¿cierto? —soltó Dionisio sarcástico.
— ¡Ellos son los que no se alejan de ella! ¡Son unos encimosos de lo peor! ¡No la dejan ni respirara! —gritó papá.
— ¡Ja! —Gritó Hefesto— Si por encimoso te refieres a que la mantienen con vida.
—Vamos a lo importante —zanjó Atenea—. ¿Padre?
Sí, que fueran a lo importante, no entendía de lo que estaban hablando. Quiero decir, primero discutían alegremente sobre matarme y después sobre árboles, ¿cuál es la lógica de todo esto?
Zeus asintió y supe que hasta allí había llegado. No habría un nuevo amanecer para mí. Este era mi último día, y lo único que podía pensar es que todavía no me había brotado mi primer grano y ya tenía que despedirme de mi vida. Bueno, adiós pubertad.
— Quienes estén a de favor de eliminarla, alcen la mano.
Poseidón desvió la vista de mi lugar para encontrarse con la de Afrodita.
Las manos comenzaron a alzarse. Zeus, Hera, Hefesto, Atenea, Deméter y Dionisio levantaron sus manos divinas. Eso era malo, muy malo.
—Seis votos a favor —anunció Zeus—. Lo que nos deja en una igualdad de votos. Y, dado que yo soy el Dios con mayor peso en esta sala, tomo la decisión.
Mi corazón dejó de bombear en ese momento. Juro que vi pasar mi vida frente a mis ojos. Todo. Mis días en la calle, mis noches buscando refugio, tardes en peleas callejeras, amaneceres entre conocidos. Carreras por esconderme de mis perseguidores. Bromas compartidas con mis amigos a los que jamás volví a ver. Travesuras a los peatones. Mi llegada al campamento. Las pláticas con Percy. Mis travesuras con Leo. La sonrisa encantadora de Nico. Mis paseos con Piper y Bárbara. Los días de búsqueda. Los consejos de Annabeth. La noche que Percy me babeó la cara, ahora era hasta un recuerdo divertido.
Sentí el oxígeno abandonar mis pulmones y secarse por completo. Mis peores miedos se estaban haciendo realidad. Trece años luchando por mantenerme con vida estaban por irse al traste.
—Por formalidades —intervino la voz de una mujer en la que no había reparado, haciendo que todos giraran a verla. Se encontraba en la esquina, apartada de todos, pero con vista de primera fila—, debes dejar que todos voten, después decides como se procederá.
—Tú y tus formalidades, Hestia. —se quejó Hera.
—Son las reglas, hermana.
—Los que estén a favor de dejarla con vida —ofreció Zeus en tono cansino—, levanten la mano.
Las manos se elevaron gradualmente, la primera de ellas fue la de Apolo, seguida por la de Hermes. Poseidón y Afrodita se unieron, al igual que Artemisia y Ares.
—Si hay posibilidades de guerra, hay que mantenerla respirando —anunció este último—. Solo espero que sea más soportable que el inútil de tu hermano.
—Aun así son seis —declaró Atenea orgulloso—. Eso te deja la elección a ti, Zeus.
Cerré mis ojos con pesar. Una mano se levantó en el último momento.
—Tú ya votaste. —acusó Hefesto.
— ¿Y? Demándame. Cambié de opinión. No voy a hacer feliz a Zeus cuando el no muestra remordimiento hacia mí.
—Dionisio, eres un dolor de cabeza. —gritó Zeus.
—Gracias por el cumplido, padre. Aun así, quiero a la chica viva.
Sentí el alivio recorrerme todo el cuerpo. Desde hoy, el Dios panzón es mi Dios favorito; le regalaría litros y litros de Coca-Cola.
— ¿Podrías ser más insensato? —cuestionó Atenea.
—No me he metido contigo, así que no. —fue la respuesta del Dios.
Atenea soltó chispas por los ojos, lanzando dagas a mí ahora Dios predilecto: el gordo borracho.
—Las reglas son claras —habló Afrodita—. La mayoría consideramos que no es una amenaza. Ella puede vivir.
Me aferré a las manos de los chicos. Unas manos se posaron en mis hombros y supe que era Percy.
Zeus me fulminó con la mirada. Sentí una corriente eléctrica recorrerme el cuerpo, y no tenía nada que ver con mi miedo. Eso era muy malo. Se limitó a asentir.
—Puedes vivir mientras no seas una amenaza. Cuídate la espalda, estaremos observando.
— ¡No! —Bramó Hades— ¡No puedes hacer eso!
—Soy el Dios de los cielos, puedo hacer lo que me plazca, Hades.
Varios Dioses me mataron con la mirada. Una mirada tan envenenada que me sorprendía seguir con vida.
—En este caso, damos por terminada la sesión.
—Aun no, padre —interrumpió Artemisa. La Diosa aparentaba mi edad, una niña inocente con unos ojos determinados—. Hay algo que aún está pendiente. Acércate—me animó con voz gentil. Me separé de los demás con horror y quedé frente a su trono—. Tengo entendido que mi lugarteniente te ofreció un puesto en mis tropas. ¿Qué has pensado? ¿Te unirás a la caza?
Volteé a ver a los demás. Percy me miraba implorantemente, pidiendo que dijera que no. Thalía me sonrió, animándome a unirme a ellas, a ser una cazadora inmortal. Después me topé con los ojos castaños de mi amigo Nico; sus manos cerradas en puños, su mandíbula tan fuertemente apretada que me pregunté si aun le servirían los molares. Recordé a su hermana, no podía hacerle lo mismo, no podía simplemente abandonarlo. Sé que no le importo igual que Bianca, pero no puedo dejarlo, no a él; tampoco a Leo.
— ¡Estarás de broma! —Chilló Afrodita— ¡Mi legado no está diseñado para el celibato!
—Esto no es asunto tuyo. —le acalló Artemisa.
—Claro que sí. Poseidón, haz algo.
—Es su decisión, no podemos interferir, pero, confío en que hará lo correcto.
—Sería un gran honor —contesté con franqueza—, pero me temo que tendré que declinar la oferta, mi señora.
Chasqueó.
—Una lástima, habrías sido una excelente cazadora —Miró detrás de mí hasta encontrarse con mi hermano—. Confío en cuidaras de ella, Perseus.
—Así es.
Sonrió y volvió a asiento.
—Ahora si damos por terminada la sesión, padre… Y, ¿Apolo?
—Si hermanita. —contestó mi… bueno, el Dios más atractivo del Olimpo.
—Por favor, mantente alejado de ella. —suplicó, haciendo reír a Afrodita y Hermes.
Yo me sentí arder en llamas de la vergüenza.
Nos encontrábamos en la reunión. Era una especie de fiesta de convivencia. Todo festividad y felicidad, como si no hubieran estado a punto de pulverizarme y reducirme a polvo.
Me había lanzado a los brazos de Percy en cuento me declararon libre. Me hundí en su pecho y él giró conmigo. Abracé a Nico y Leo, en un abrazo grupal, el cual se tornó un poco incómodo cuando comenzaron a hundir sus rostros en mis cabellos, y más aun cuando Nico se aferró a mi cintura; era una sensación… absorbente. Calidez me inundó al sentirme a salvo con todos ellos.
Piper me arrastró con ellas, alejándome de todos los campistas que no habían tardado en unirse a mis amigos en ponerse más afectuosos de lo debido. Ew. Lo último que quería era que buscaran nuevos motivos para ponerme en el cartel de enemigo público número uno del Olimpo.
Nos encontrábamos en una especie de salón al aire libre. Todo era columnas de mármol y piedra caliza. Una vez que estuve liberada del cinturón, lo primero que hice fue golpear a Nico y Leo.
— ¿Y eso por qué fue? —se quejaron mientras se frotaban el brazo.
—No vuelvan a decir que se hacen responsables por mí. ¿Tienen idea de lo estúpido que fue eso?
—Es lo menos que podíamos hacer —contestó Leo—. No nos juzgues.
Negué lentamente con una sonrisa tonta. Ellos simplemente eran imposibles.
La música era armoniosa, una especie de música de fondo, un tanto relajante. Los Dioses estaban esparcidos por todo el salón. Vi a Annabeth hablando con su madre en una esquina, y Nico estaba con Hades en lo que parecía una conversación nada agradable. Percy estaba con papá, hablando de quién sabe qué; decidí no entrometerme, después de todo, yo no iba a ir a hablarle al que pensaba que era una aberración.
— ¿Me permite esta pieza, señorita? —dijo una voz a mis espaldas.
El solo escucharlo me hizo sentir como malvavisco derretido. Mis rodillas temblaron ligeramente y me puse nerviosa. Mis amigos fruncieron el ceño y gruñeron por lo bajo.
Tomé la mano extendida hacia mí con un poco de temblorina. Apolo sonrió de forma picara y me cogió de la cintura, girando en círculos perfectos. No me considero la bailarina más grácil, pero vamos, aun con un solo pie saltaría como rana solo para estar cerca de él. Hay que aceptárselo, para más de tres milenios, Apolo estaba muy bien conservado.
—Gracias por no dejar que me mataran allá adentro.
Soltó una carcajada. Una muy linda carcajada, por cierto.
—Agradéceselo a tu padre, él hizo todo el trabajo.
— ¿Desde cuándo hacer sentir a tu hijo como mierda es ayudarlo?
—No deberías juzgarlo tan duro, él hace lo que puede. ¿Tienes idea de cuánto le costó convencer a Dionisio? ¿O a Hermes? Créeme, el viejo Percebe se preocupa por ti, aunque es algo zope.
—Mandó a matarme. ¿Cómo justificas eso?
—Puedo explicarlo —dijo una voz ajena—. ¿Gustas dar un paseo? Los jardines de por aquí son algo que no te puedes perder, son como ningún otro. No hay comparación.
Me encontré con los ojos de mi padre. Verde contra verde. Sentí mi rostro endurecerse, y mi "sentido común" me decía que lo abofeteara ahí mismo, sin duda, no soy la persona más estratégica del mundo.
Apolo me soltó y asintió hacia Poseidón.
—Toda tuya. Nos veremos mucho antes de lo que crees, hermosa. Bueno, yo te veré a ti —soltó una gloriosa risotada—. Solo ten cuidado. —advirtió.
Poseidón dio media vuelta y comenzó a caminar hacia los jardines. Nico y Leo observaban todo desde la orillas de la pista. Asintieron en un intento de suministrarme valor.
— ¿Vienes?
Una vez que estuvimos fuera, estaba rígida, como si no existieran articulaciones en mi cuerpo. El silencio era pesado entre nosotros. Él no habló y, ni loca comenzaba yo la conversación. Él me había sacado, él hablaría primero.
— ¿Cómo has estado? —preguntó. Conclusión: los Dioses estaban tocados. Acabada de mandar a un monstruo marino a mátame hace menos de 48 hrs, y ¿se atrevía a preguntarme cómo estaba? Estaba a pasos perder la cordura, así estaba— Me he dado cuenta que esta no ha sido tu semana, ¿eh?
—Mandaste a que me mataran —contesté con voz fría—. ¿Cómo debería estar?
—No fui yo.
—Déjame adivinar: fue el conejo de pascua, o mejor aún, fue un grupo de hadas criminales.
—No es gracioso. —dijo, los ojos como rendijas.
—El que casi muriera tampoco.
—Fue Anfitrite. No le hizo mucha gracia cuando se enteró de tu existencia. Cree que fuiste la gota que derramos el vaso. Ya hablé con ella, no hay nada de lo que tengas que preocuparte.
—Claro, porque estar a punto de morir una docena de veces no es nada de qué preocuparme.
—Ya no tienen porque atacarte, se te dio la oportunidad de demostrar que no eres una amenaza. Mis hermanos se han quedado sin pretextos para mandar más criaturas, así que, se buena.
—Pero si soy la benevolencia hecha persona.
—Es en serio, se buena. Has oídos sordos y no te exaltes a la primera. Desgraciadamente sacaste eso de nuestra parte.
—Sabes, odio que me digan que sea buena, hacen que perezca que paso mis horas planeando destruir el mundo y, torturo animales por diversión.
Rió, realmente se rió conmigo… bueno, creo que fue de mí.
—Mantente alejada de los problemas, sé cuánto te cuesta, pero inténtalo.
—Trataré. —rezongué.
—Cuida de Percy. Lo he visto mejor últimamente pero, aun esta decaído.
— ¿Me contarás lo que pasó?
—No. Es su historia, él sabrá a quien decirle.
—Veo que la confianza no es un valor en nuestra familia. —mascullé.
—Se buena, Monse. No quiero que te pase nada.
—Sí, claro. No quieres que le pase nada a tu metida de pata, ¿cierto?
—Monse…, hay cosas que no entiendes aun, pero eres mi hija y te quiero; a mi modo, pero te quiero. Aunque no lo creas, he cuidado de ti desde que naciste, al igual que Percy.
—Que forma de amar la tuya.
—He cuidado de ustedes tres a la medida que puedo —dijo serio, enojado; creo que estaba por conocer su lado malo—, he cometido errores con ustedes, pero créeme cuando te digo que pudo haber sido peor.
—Vaya, uno diría que con… ¿cuántos milenios tienes?, ¿cuatro?, ¿cinco?, los que sean, serias mejor padre.
—Realmente no sabes cuándo callar.
—Todos dicen que es de familia.
Sus ojos me perforaron. Me sentí más pequeña de lo que era y realmente planeé cortarme la lengua para que ya no me metiera en problemas.
—Montserrat —dijo con voz afilada—, serás mi hija, pero sigo siendo un Dios, y como tal, merezco respeto. Así que cuida esa lengua porque, no siempre seré tan indulgente. ¿Entendido?
—… Sí.
—Qué bueno que aclaramos eso. Por cierto, creo que perdiste esto —extendió la mano hacia mí y, con algo de temor estiré la mía. Mi anillo descansaba entre sus dedos. Un alivio me recorrió completita—. Lo recuperé para ti. Cuídalo mejor.
—Estaba muriendo, ¿qué querías que hiciera?
—No dejarlo caer, ¿qué te parece?
—Bien. Gracias por recuperarlo.
—No fue nada—el silencio nos invadió unos segundo—…Y, no eres un error, hija.
Dio media vuelta y me dejó sola, más confundida que nada.
. . . . .
El regreso al campamento fue de lo más tranquilo. Regresamos casi al anochecer. A falta de transportes, tuvimos que compartir taxis. Fue romper la burbuja. Habíamos estado en la ciudad de los Dioses, la ciudad que pocos tienen el privilegio de ver, y nuestra carroza era un taxi mal oliente de Nueva York.
Yo fui en la parte trasera con Nico y Leo, quienes me jalaron en cuanto el taxi llegó. Varios campistas se amontonaron, tratando de ocupar el lugar libre enfrente —entre ellos Percy—, hubo golpes, maldiciones, y amenazas. Al final, nuestro acompañante fue Will Solace. Era muy parecido a Apolo, pero le faltaba bastante de su atractivo, aun así, era un chico genial. Percy había refunfuñado y maldecido, pero ninguno se movió de su lugar. Le sonreí y me encogí de hombros.
Yo iba sentada en medio, Nico a mi lado derecho y Leo al izquierdo. Me recargué en Nico y me dispuse a dormitar por un rato, inhalando su olor natural, pero ellos no me dejaron.
Los chicos se embarcaron en una descripción detallada de lo que pasó en la búsqueda —omitiendo gran parte de nuestro encuentro con Aletheia—. Will relató algunas cosas que habían sucedido en nuestra ausencia.
— ¿Cómo está Bárbara? —pregunté.
—Bien. Está esperando que regreses. Cosas de chicas supongo… Marco también te está esperando. —insinuó.
Nico se puso rígido a mi lado. Sus manos se congelaron en mi cabello. Me encontré con la mirada de Leo y me sonrió de una forma burlesca.
El taxista se pasó todo el viaje con cara de ¡WTF!
Cuando finalmente llegamos, Leo se ofreció a ayudarme a bajar. Últimamente estaba más caballeroso que de costumbre, aunque siempre que lo hacía, una sonrisa burlona se posaba en sus labios y, nunca estaba dirigida hacia mí.
Esperamos a los demás. Los taxis fueron llegando a intervalos cortos de tiempo. Solo deseaba llegar, bañarme y dormir largo y tendido. El estrés de estar a punto de morir te agota, si no me creen, inténtelo, pero no lo recomiendo.
Comenzamos a caminar, subiendo la colina, cuando comenzó a llover. Varios pares de ojos se posaron en mí.
— ¿Qué? No me miren a mí, estoy muerta de cansancio.
—Lo mismo dijiste la última vez. —acusó Leo, ganándose un golpe en el estómago.
El crepúsculo era encantador. La noche iba cayendo poco a poco, sintiendo como este día terminaría finalmente, sonreí feliz. Mañana volvería a ser un día de lo más normal en el campamento, un día en el que nadie querría matarme.
Apresuramos el paso. Clarisse iba riéndose estruendosamente de algo que no escuché. Travis y Connor estaban platicando animadamente con Percy, Annabeth y Piper. Katie Gardner, platicaba cómodamente con Lou Ellen.
La lluvia disminuyó hasta convertirse en una ligera llovizna. Cuando al fin divisé la entrada del campamento, solo deseaba dormir, no importaba, me saltaría la ducha.
Una serie de chirridos se escuchó de entre los árboles. Un chirrido agudo que lastimaba los oídos. Los demás se pusieron alerta. Yo lo ignoré, lo único en lo que podía pensar era en mi cómoda cama esperándome. Seguí caminando como si nada.
Peleo estaba profundamente dormido. Solo cuando estaba dormido me parecía menos peligroso. Casi me mataba cuando llegué, no es algo difícil de olvidar, aun había rencores entre nosotros. Los demás seguían observando los alrededores, unos cuantos metros detrás de mí. Estaba por atravesar el umbral cuando volteé a verlos.
—Dejen de ser paranoicos, quiero dormir. —proferí.
El chirrido se escucho más fuerte aun, más cercano, convirtiéndose en un sonido de repiqueteo, muy parecido a… ¿un trote? Giré en redondo al lugar de donde provenía. Los árboles se agitaron en la oscuridad, algunos cayeron y crujieron.
Un enorme e irreal rinoceronte de bronce puro salió de entre los arbustos. Corría a toda velocidad y, estaba segura que con lo que sea que se estampara, terminaría hecho trisas. Como si mi día no hubiera sido bastante malo, el rinoceronte mecánico corría en mi dirección.
Sus enormes patas aplastaban todo a su paso, dejando impresas sus huellas en el césped. Agitó su cabeza y bufó, y un vapor salió de sus fauces. Lo vi todo en cámara lenta. Él corriendo en mi dirección; yo incapaz de moverme; Percy gritando que corriera; las miradas asombradas de Nico y Leo; todos los demás desenfundando armas. Cuando la lata con patas estaba por impactar con mi cuerpo, reaccioné. Pegué media vuelta y salí corriendo en la dirección contraria.
— ¡Autómata! —gritó alguien, no me molesté en tratar de averiguar quién fue, o qué era esta cosa.
Nunca había corrido tan rápido, pero mis cortas piernas no hacían mucho contra una maquina que corre a cincuenta kilómetros por hora. Caí y rodé por la colina, ensuciando en vestido blanco. Lástima.
— ¡Alto! —Gritó Piper al rinoceronte— ¡Alto! No quieres hacer esto. Detente.
La lata con patas disminuyó la carrera, pero no demasiado.
—Al carajo el razonamiento, Piper —grité—. No hay tiempo para la diplomacia. ¡Corre! —jalé de ella y la arrastré fuera de la trayectoria del enorme latón.
Connor y Travis corrieron, llevándose a todas las chicas con ellos, tratando de ponerlas a salvo. Clarisse, soltó un grito de guerra y salió disparada hacia el enorme rinoceronte metálico.
— ¡Muere, cacharro viejo!
Connor me tomó de la mano y nos guió hacia el campamento. Antes de entrar, tropecé con el estúpido vestido. Caí de bruces, saboreando el pasto recién mojado y tierra. El rinoceronte se dirigía hacia mí, ¡hacia mí! Teniendo un buffet de todo lo que pueda comer de mestizos, venia directamente hacia mí.
Algo me golpeó y perdí en enfoque. Entre la confusión, la oscuridad y los gritos, me sentía perdida. No vi al rinoceronte hasta que estaba en mis narices. Antes de que me aplastara, algo arremetió contra él, desviándolo de su destino. Clarisse estaba golpeando sus costados con sus manos desnudas. Sangre brotaba de sus manazas, pero ello lo ignoró y siguió golpeando.
Una flecha salió de la nada, rebotando contra la piel impenetrable de la maquina.
— ¡No te quedes ahí, idiota! —Rugió Clarisse— ¡Haz algo útil para variar!
Me levante torpemente y saqué mi anillo de mi dedo. Mi espada apareció ante nosotros y lancé una estocada al lugar que Clarisse estaba tratando de magullar. La lata con patas nos tumbó y mi espada quedó retumbando en mi mano.
Una nueva ráfaga de flechas fue lanzada y estaba segura de que era obra de Will. Los demás estaban rodeando la máquina. Percy estaba del lado opuesto, buscando un ponto débil, gritando ordenes y liderando el ataqué. Nico corrió hacia nosotras y me ayudó a ponerme de pie. Clarisse volvió a cargar, pero unos brazos se lo impidieron.
—Hay que retroceder. —susurró Nico.
Un temblor me recorrió y, no era por el miedo.
Katie, comenzó a hacer gestos con las manos y, unas guías comenzaron a brotar del suelo, enredándose en las patas del animal. Lo retuvieron… por unos segundos. Me divisó nuevamente y cargó contra mí. Nico y yo comenzamos a correr nuevamente.
Un brazo salió de la nada, salvándonos de fundirnos con el suelo a causa del ácido que escupió la máquina. Leo, nos mantuvo en movimiento.
Percy y Annabeth y Pólux atacaron los laterales con el apoyo de Ellen, Piper, Clarisse y Travis del otro lado. Will, lanzaba flechas, una tras otra mientras, Connor, lanzaba lo que encontraba.
Leo comenzó a buscar desesperadamente en su cinto. Sacó dulces, ligas, llaves inglesas, unas mentas, y un espejo. No encontró nada útil, o al menos, nada de lo que necesitaba.
El rinoceronte lanzaba ácido a diestra y siniestra. Estábamos a las puertas del campamento y nadie podía ir a pedir ayuda. Peleo, estaba custodiando el árbol —había sido entrenado para no abandonarlo—, no podíamos esperar ayuda de él. Leo, soltó un gritó de júbilo y comenzó a trabajar con un montón de alambres, pinzas, metales y cintas adhesivas.
Annabeth y Piper, luchaban a la par, moviéndose con gracia y elegancia —a pesar de vestir exactamente lo mismo que yo—. Yo, por mi parte, parecía que estaba aprendiendo a caminar. Resbalaba a causa de la hierba mojada y, mis sandalias no eran de gran ayuda. Mi vestido era largo, lo que quería decir que me tropezaba con él. Era un desastre andando. Nico paró en varias ocasiones a ayudarme a ponerme de pie.
Me sentía ligeramente aturdida, mis pulmones ardían como si hubiera fumado una cajetilla de cigarrillos. Nico me jalaba en un intento de que corriera más rápido. Pólux, lanzaba cuchillos. Clarisse, sacó de no sé donde una lanza eléctrica. Annabeth y Percy, atacaban los costados. Travis y Connor, arremetían contra la parte trasera del animal, pero éste no era fácil de vencer. Rugía y se retorcía, tumbando a todo aquel que se le atravesara. Una nueva ráfaga de ácido salió de sus fauces, llevándose consigo parte de los pantalones de Will.
Nico, solo me mantenía con vida, alejándome de la lata con patas. La máquina arremetió, lanzando a los chicos fuera de su alcance. Percy, salió volando por los aires y un grito aterrador salió de mis labios. Corrí hacia él, pasando por alto los cuerpos esparcidos por el suelo.
— ¡Percy! ¡Percy! ¡Levántate! ¡Perce! —abrió sus ojos lentamente, con una sonrisa atolondrada.
Un poco de sangre emanaba de su labio y, tenía unos golpes en las costillas, pero viviría.
Nos pusimos de pie.
— ¡Listo! —gritó, Leo, alzando algo en su mano derecha.
— ¡Ahora! —vociferó, Percy.
Todos rodearon al rinoceronte. Percy me mantuvo a su lado.
Katie y Pólux, movieron sus manos y, por segunda vez en la noche, plantas comenzaron a crecer en la patas del rinoceronte, envolviéndolo y disminuyendo su movimiento. Will comenzó a lanzar flechas encendidas con fuego griego con ayuda de Travis. Connor y Clarisse, lanzaban piedras y ramas. Piper, le hablaba a la máquina, tranquilizándola, convenciéndola de que todo estaba bien. Annabeth coordinaba y dirigía lo orquesta. Nico, Leo y Percy se acercaron a la criatura.
Ellen y yo estábamos contemplando la escena, esperando que todo saliera bien; bueno, yo hacía eso, Ellen si estaba ayudando, mandando señales al campamento por medio de magia o lo que ella haga. Yo era inútil.
Leo llevaba en sus manos algo envuelto en aluminio. Nico y Percy hacían de guardia, conteniendo al animal para acercarlo. Los demás estaban dominando al animal para que ellos pudieran acercarse. Percy y Nico, comenzaron a lanzar mandobles en las costillas del animal, abollándolo hasta que lograron hacer una fisura. El animal rugía y pataleaba desesperado, arrancando las guías que se enredaban en él, pero eran remplazadas por unas nuevas. Leo metió lo que sea que tenía en las manos en la grieta que hicieron y dieron media vuelta.
Lo vi en cámara lenta. El ácido del animal deshaciendo las guías, sus patas liberándose de sus ataduras y recuperando el enfoque. Tembló y arremetió hacia los chicos.
— ¡Nico! —grité, antes de que impactara contra él.
Logró moverse a tiempo, pero la maquina era libre nuevamente. Lo golpeó y se derrumbó de lado. Leo corrió hacia él, pero fuego griego corrió por sus ropajes. La maquina se dirigía hacia Clarisse. Corrí hacia Nico. Más campistas armados hasta la medula venían subiendo la colina, listos para ayudar, lo que quería decir que solo necesitábamos aguantar un poco más.
Nico sangraba de su hombro, pero no era nada grave. Lo ayudé a levantarse y lo guié hacia la entrada. Percy lo tomó del otro lado y nos encaminamos. Un gritó. Un gritó retumbó entre nosotros y antes de darme cuenta, estaba volando por los aires en compañía de Nico y Percy.
Azoté contra un árbol, golpeándome la cabeza. Un dolor ensordecedor me cubrió por completo. Estaba aturdida. Percy estaba a mi lado, tirado como trapo viejo. Nico se encontraba a varios metros de distancia. La máquina corrió hacia mí.
—Va a detonar. —murmuró Percy.
— ¿Qué?
—La bomba —explicó—, la bomba que implantamos, va a detonar.
Lo tomé en brazos y nos pusimos de pie de forma tambaleante. Los demás venían en nuestra ayuda…, pero el rinoceronte estaba más próximo. Comenzamos a trastabillar. A lo lejos, Nico se puso de pie y comenzó a correr hacia nosotros. El rinoceronte estaba a escasos metros, con la fuerza que venía, nos reduciría a carne molida.
Tropecé por culpa del maldito vestido y perdí una sandalia. Percy cayó de lado, derrumbándose por completo. Sus piernas fallaban y no podía avanzar. Los gritos eran ensordecedores. Todo era un caos. El rinoceronte vino por mí. Sabía que no saldríamos de esta a tiempo. Puse a Percy de pie y sin pensar en lo que estaba por hacer, lo aventé, haciéndolo rodar por la colina, poniéndolo lejos de mi posición.
Avancé a trompicones, pero sabía que no sería suficiente. Alguien gritó. Varias personas gritaron. Sentí el golpe antes de que llegara. La lata con patas arremetió contra mi cuerpo, llevándome con él y estampándome en un árbol. Volvió a arremeter. Sangré brotó de mi boca y sentí mis costillas quebrase en el impacto.
Un nuevo grito, creo que esta vez era mío, pero no estoy segura. Pudo haber sido de cualquiera.
La maquina arremetió una tercera vez y, antes de una cuarta, algo hizo clic y la bomba detonó. Piezas brotaron en todas las direcciones. Volé e impacté contra el árbol; éste crujió y se partió a la mitad. Reboté y caí de espaldas. Un calor abrazador me envolvió, haciéndome sentir arder. Una ola de gritos horrorizados se alzó sobre el silencio sepulcral que siguió.
Una sensación de calidez me inundó. Vertieron algo cálido por todo mi pecho, haciéndeme sentir tibia. Estaba entumida y ensordecida. Gritos de terror se escuchaban lejanos. Unas manos me levantaron y gotas de algo caían en mi cara.
La sensación de calidez se extendió aun más. Me costaba respirar y tosí. Un dolor me recorrió por completo. Nada como lo que haya sentido antes. Este dolor me aplastó de tal manera que deseé estar muerta. Un dolor que es indescriptible, no hay palabras para decir lo que sentía.
—Shhh… todo va a estar bien —decía un ángel. Tenía que ser un ángel porque era lo único que me mantenía semiconsciente—. Resiste, por favor, resiste Mare Starlet. Aguanta un poco más, Monse. Por favor, Mare Starlet. —sollozó mi ángel. Mi ángel no debía llorar—. Mare Starlet, aguanta, por favor. No me dejes, Monse. —se lamentaba mi ángel; su olor me llenó, un olor tierra húmeda y hojas quemadas. Sabía que me era familiar el aroma, pero no sabía de dónde.
Unos sollozos se escucharon a mí alrededor. Abrí mis ojos y tuve una vista de mi cuerpo, esperen, ¿mi vestido había sido era rojo todo el tiempo? Trozos de metal estaban incrustados por todo mi cuerpo. Varias piezas retorcidas estaban enterradas en mis piernas, y otras en mi pecho. Mi piel estaba roja, haciendo juego con mi vestido. Tosí y sangre brotó de mis labios, sangre que era… del mismo color que mi ropa.
Las gotas seguían cayendo en mi frente.
—Perce. —murmure sin voz.
—Estoy aquí, resiste, la ayuda ya viene.
Sonreí al saber que estaba bien. Mis ojos comenzaron a pesar y solo quería dormir.
— ¡No! —un grito desgarrador.
Me sentí a la deriva y me abandoné a la nada. La nada era más prometedora que todo el dolor que estaba sintiendo. Fue cuando supe que morí.
¡No me odien! Todo estaba fríamente calculado. Además, tenia ganas de incluir a los demás campistas.
Espero les haya gustado el capitulo. Tenia planeado actualizar este viernes que pasó,
pero me pasé esta semana dopada en la cama a causa de la gripa :$ es lo peor!
Un enorme gracias por sus reviews, y a los anónimos que se tomaron el tiempo por comentar.
Ya saben que si tienen dudad acerca de algo, haganmelo saber y les contestaré en cuanto lo vea.
Al Guest que me preguntó si Aletheia había mentido, ya aclaré que fue realmente un tecnicismo
(los demonios son muy ingeniosos).
En fin, gracias por sus comentarios y sobre todo, por seguir leyendo.
Por cierto, los invito a que pasen y lean mi nueva historia: "Enredos tras bambalinas"
Besos(:
