Capitulo 14 Estiro mis patitas en el otro barrio.

Lo primero que veo son miles de personas. Estoy confundida. No hay nadie conocido. Todo es muy desconcertante. Las personas tienen expresiones vacías; incluso confundidas por estar aquí, igual que yo.

Hay gente rara; algunos con ropajes caros, otros parecen mendigos. Lo único que recuerdo es dolor. Dolor crudo y ponzoñoso, envenenado mi cuerpo.

— ¿Dónde estoy? —pregunto a la chica a mi lado.

Me mira un tanto desconcertada.

— ¿Eres nueva? —pregunta la castaña.

— ¿Tan obvia soy? ¿Qué es éste lugar? ¿Dónde estamos?

Enarca una ceja, evaluándome. Bajo la vista a mi ropa y noto mi vestido rojo y empapado…

—Estas muerta, bueno, estamos muertas.

Mis ojos amenazan con salirse de mis cuencas. «No, no, no, no, no. No puedo estar muerta», pienso presa del pánico. No estoy muerta, sigo respirando y en movimiento. No estoy muerta. Esta chica está loca, eso es lo que pasa.

— ¿No me crees? —Pregunta socarronamente— Lo mismo pensé yo cuando llegué, pero llevo aquí más de ocho meses.

—Estás loca. —contesto con un bufido.

— ¿Qué es lo que recuerdas?

—No sé, todo está muy…

— ¿Confuso? Estas muerta mi amiga. Acéptalo.

—No. No puedo estar muerta…, yo estaba…, llegando al campamento… Pasó algo, pero no puedo recordar qué.

—Pasó que, moriste. Falleciste. Sucumbiste. Pasaste a la otra vida. Expiraste. Estiraste la patita. Te fuiste al otro barrio.

— ¡No! —Grito alarmada— No estoy muerta. No puedo estar muerta. Estaba con mi hermano. Íbamos rumbo al campamento…

— ¿Campamento? Espera, ¿el campamento mestizo?

— ¿Cómo sabes de él?

—He estado en este lugar por ocho meses y pico, muchos campistas han llegado. Te sorprendería saber la cantidad de chicos que arriban es ente lugar. ¿Supongo que tienes para el pasaje? —cuestiona emocionada.

Toma mis manos y las revisa en busca de algo.

— ¿Pasaje?

—Para Caronte —dice como si se comunicara con una retrasada mental—. ¿El trasladador? ¿El que nos lleva al inframundo?

Me quedo viendo hacia la nada. Los recuerdos son confusos. Recuerdo algunos gritos, sollozos y un dolor. Mucho dolor.

La chica chasquea con su lengua.

—No hay monedas. Tendrás que ponerte en fila y esperar.

— ¿Esperar qué?

—Que te manden tu pasaje, o poder colarte al elevador.

—Mira, debe habar un error. Yo no estoy muerta; lo más seguro es que este soñando. Sí, debe ser eso, estoy soñando. No estoy muerta. —insisto con desesperación.

—Mi amiga, estás muerta. Supéralo.

—No es así.

—Si no estás muerta, ¿cómo puedo hacer esto?

Estira su mano en un gesto veloz y, me atraviesa el pecho limpiamente. No siento nada. Me quedo mirando su mano ensartada en mi pecho.

Mierda.

Realmente estoy muerta. Debe haber notado mi cara horrorizada porque no tarda en hablar nuevamente.

—Sip. Bienvenida a bordo. Estas el crucero fantasma.

Por todo lo sagrado y divino, ¡estoy muerta! ¿Pero, cómo?

Me cuesta respirar, pero dejo de hacerlo, después de todo, ya no tengo la necesidad de respirar más. Mis pulmones ya no tienen que hacer ese trabajo tan latoso.

—Estoy… muerta. —susurró.

Decirlo en voz alta, solo hace que sea consciente del hecho de que en realidad estiré la patita como ella dijo.

De repente, soy más consciente de mi vestido rojo… sangre. Morí y de seguro, no fue una muerte indolora y apacible.

—Lamento decirlo, pero sí —contesta, y tengo la sospecha de que no lo lamenta para nada—. ¿Cuál es, o era tu nombre? —pregunta irónica.

Tan graciosa la niña, me dice que estoy muerta y encima tiene la osadía de tratar de ser graciosa conmigo.

—Monse. —susurro.

—Bueno, Monse, sin duda esta no es la forma en que me gusta hacer amigos, pero es un placer conocerte. Me llamo Sandy.

—Igual. —mascullo por lo bajo. Tratando de asimilar aun que morí.

Siento que algo se derrumba dentro de mí. Hubo tantas cosas en corta vida que no experimente. Tantas cosas que ya no tendré la oportunidad de vivir. Quiero llorar, pero no puedo. No sale ni una sola lagrima.

Sandy, toma mi mano y se sienta en las sillas de espera. Me quedo ahí, pensando. Tratando de recordar lo que pasó para que terminara así. Nada viene a mí. Solo el dolor que sentí. Un sonido estruendoso y un zumbido en mis oídos.

—Y, ¿qué fue lo que te pasó?

—No lo sé.

—Al principio todo es confuso, pero después todo se va aclarando. No te preocupes, ya llegará.

— ¿Qué fue lo que te pasó a ti?

Suelta una risa cantarina y niega.

—Fue lo más tonto. Ha sido la muerte más tonta del mundo. Resulta que estaba que estaba en mi habitación, por cierto, soy de L.A., entonces, decidí salir con mis amigas. El caso es que, compré esta preciosa mascada, pero mi hermana también la quería, así que la escondía en mi habitación para que ella no la usara… —su historia tiene tanto sentido como ella: nada. Sigue parloteando, pero yo estoy perdida, tratando de recordar algo—. Luego, sin dame cuenta, el automóvil de Brandy arrancó y me ahorcó. ¿Puedes creerlo? El imbécil de mi novio me mató por accidente. ¿Todo porque no soportó verme con su primo? Que sensible, ¿no crees?

—Ajá.

—No me escuchaste, ¿verdad? Mira, nena, lo mejor es que lo asimiles. Estás muerta, alégrate de no recordar cómo pasó, no traes precisamente buena pinta. Todo ese vestido —me pone de pie, examinándome de pies a cabeza y haciendo una mueca—, pasado de moda, andrajoso y barato. Todas esas cuencas falsas y todo chorreado de sangre es de muy mal gusto —Inhala bruscamente y sus ojos se abren de más—. Dime la verdad, ¿te pasó lo mismo que a la Carrie de la película?

— ¿Carrie?

—Sí, la tipa rara de la película esa. La bañaron en sangre… Bueno, al menos ya no soy la muerte más estúpida de por aquí. Tú eres como un tampón gigante. Un muy muerto tapón gigante.

— ¿No crees que es muy pronto para hacer chistes de mi muerte? —recalco un tanto irritada.

Esta chica tiene la sensibilidad de una pared.

—Y la vida es muy corta para no reír. —ríe de su mal e inapropiado chiste, ganándose una mirada envenenada.

—No es graciosa, Sandy.

—Oh, vamos. No seas amargada. Ríete, después de todo, no sabes lo que te espera allá, o si vas a llegar.

Miro en la dirección que me indica y puedo distinguir a un hombre en un mostrador. Viste un traje que parece caro, pero que voy a saber yo de trajes. Me pongo de pie y me encamino hacia él. Esquivo varios cuerpos y me hago espacio frente al pequeño mostrador. Tengo que ponerme de puntitas para que me vea. Odio mis piernas de bebé.

—Disculpe…

—Quedas disculpada. —contesta con voz aburrida.

—No, no era eso.

—Niña, no tengo tiempo para ti, ¿tienes idea del trabajo que tengo que hacer? Ustedes las almas, siempre tan molestas. Si no tienes para el pasaje, espera a que se resuelva tu caso.

—Pero, yo…

—Toma asiento, niña.

—Escúcheme. ¿Me puede explicar lo que pasa aquí?

Me mira de arriba a abajo, examinándome y pasando lista de mis posesiones.

—Haremos un trato, dame las piedras de tu vestido y podrás pasar a lo que sea que te espere allá abajo.

— ¿Piedras? —pregunto desconcertada.

Pone los ojos en blanco y una sonrisa cansada se escurre es sus delgados labios.

—Los rubíes y perlas que están bordados a tu vestido. Dámelos todos y te dejaré pasar. No hay necesidad de que te quedes aquí varada por una eternidad, ¿verdad?

Miro hacia mi pecho y los adornos pesan más. ¿Realmente eran verdaderas? Había asumido que eran fantasía, no es como si la gente fuera regalándome joyas todos los días, pero… este vestido… Otra vez me topo con el muro mental. Es como si en mi cabeza existiera una muralla que no me deja ver más allá.

— ¿Qué dices? Las joyas por tu entrada. —ofrece nuevamente con voz maliciosa.

—Qué me dices si entro yo y mi amiga de allá. —señalo a Sandy, quien se está mirando las uñas.

Chasquea y mueve su cabeza.

—No lo sé. Ya sería bastante difícil meterte a ti como para tratar de acomodarla a ella.

—Son varias joyas —ofrezco.

—Y es la eternidad aquí. —contraataca.

—Solo seremos dos. Tendrás más de lo que es la paga. Sé cuál es la tarifa.

Me mira ceñudo. Asiente lentamente y sonrío.

Hago señas a Sandy para que se acerque y cuando está a mi lado, Caronte pone unas tijeras en mi rostro.

—Corta la tela, buscaré algo para que te pongas.

— ¿Qué hiciste? —pregunta Sandy a mi lado, viendo como destrozo mi vestido— ¿Vas a darle toda esa fantasía barata?

— ¿Fantasía barata? —Dice Caronte con fastidio a mis espaldas— Se nota que no eres de por aquí. Esas son cuentas de oro imperial y si no me equivoco, que no lo hago; esas son joyas de las minas del Olimpo. Solo tienen acceso a ellas los… Dioses —termina en un murmullo—. ¿Cuál dices que es tu nombre, niña?

—Monse. —contesto.

— ¿Montserrat Hanson? —palidece ligeramente.

—No lo sé. —admito.

— ¿Eres la hermana de Percy? —pregunta un tanto temeroso.

—Sí.

—Me lo hubieras dicho antes, niña. Mi jefe te espera.

— ¿Tu jefe? —pregunta Sandy, robándome las palabras.

—El Dios del inframundo: Hades.

Levanta el teléfono del pequeño aparador y murmura unas órdenes. Segundos después, una sombra negra media noche se abre paso en el muro detrás de Caronte.

Hades llegó. La temperatura baja drásticamente, aunque puede que sean ideas mías.

—Hades. —susurro aterrada.

Su típica sonrisa sádica se desliza en sus labios.

—Veo que Hefesto cumplió con su palabra. Aunque debo admitir que no pensé que no le importaría llevarse a varios mestizos en el intento.

— ¿Mestizos? —Pregunta Sandy a nuestro lado— Espera, ¿Hefesto y Hades? ¿Cómo los la mitología? ¿Eres el tío de Hércules?

Hades pone los ojos en blanco.

— ¿Por qué los mortales tienen que ser tan molestos? —Pregunta a nadie en especial— Hércules solo fue una molestia durante toda su existencia, no sé porque ustedes lo idolatran. No fue más que un inútil.

—Esperen… —comienza Sandy, pero una mirada mía es más que suficiente para decirle que se calle.

—Caronte —interrumpe Hades—, creo que ésta mocosa pagó para que te llevaras a esta molesta chica. Hazlo.

—Sí, señor.

Toma a Sandy de la altura del codo y la arrastra al elevador, no sin antes estirar la mano a la espera de que le entregue las joyas que quité de mi vestido.

Me quedo a solas con el Dios de los muertos y me invita a ir detrás de él.

Una sombra vuelve a aparecer en el muro y entramos en ella. La típica sensación de frio me recorre por completa y los escalofríos no se hacen esperar.

Llegamos a lo que parece una enorme habitación. Toda negra hecha de metal pulido.

—Te preguntarás que haces aquí —comienza mi tío, dándome la espalda y avanzando por los pasillos—. Quería hablar contigo.

— ¿Y no podías tomar un teléfono? ¡Me mataste!

—No fui yo solo. Tuve ayuda. Todo tenía que ser preciso. No iba a arriesgarme a matar a mi propio hijo.

Hefesto. Claro. Irónico que los padres de tus mejores amigos te quieran muerta.

—Hefesto mandó…— nuevamente la pared mental.

—Todo es confuso al principio, pero sí. El mando al rinoceronte que te mató. —aclara perversamente.

—Supongo que te encargaste de que doliera, ¿no es así?

—Supones bien —zanja. Toma asiento en una especie de trono, obligándome a verlo hacia arriba—. Alguien tenía que pagar por tu nacimiento.

—En ese caso, me alegro de no recordar nada. —mascullo realmente agradecida.

—Oh, créeme, lo recordarás —dice con sorna—. Y me encargaré de que lo sientas en carne viva.

—Realmente debes odiarme, ¿no?

—Realmente deseas que te desprecie más, ¿no? —replica él.

—Suelo tener ese efecto en la gente. —coincido.

—Mira, mocosa —dice con voz amenazadora; tanto, que considero coserme la boca. Si de algo estoy segura ahora, es que existen peores cosas que la muerte, no quieres ser arrogante conmigo. Castigos inimaginables he designado por insultos menores. No te conviene ser insolente en mis dominios.

—Lo siento. —murmuro, tragándome todo mi orgullo.

—Pudiste haber venido a los Elíseos, ¿sabes? Pudiste haber tenido una muerte rápida e indolora. Así de indulgentes íbamos a ser, pero tu padre tenía que venir a dar la cara por ti —chasquea la lengua con hastío—. Y Afrodita tenía que hacer sus malditos movimientos. Y el estúpido de Ares tuvo que ponerse de su parte, y ni hablar de Dionisio. Gracias a ellos, pasó lo que tenía que pasar: obligarnos a tomar cartas en el asunto.

—Creí que Zeus había ordenado que me dejaran tranquila.

Una sonrisa se plasma en sus labios.

— ¿Y qué va a hacer el idiota de mi hermano? ¿Castigarme por unos cuantos años? Nosotros los inmortales contamos el paso del tiempo con los siglos, con los milenios. ¿Quién sabe? Tal vez y hasta me agradece haberme deshecho de ti.

Bueno, me alegra saber que pertenezco a una gran familia feliz.

— ¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunto, directa al grano.

—Creí haberlo dicho: hablar contigo.

— ¿De qué?

— ¿No es obvio? Queremos que te largues. Desaparece.

—Estoy muerta, no creo que eso vaya a ser difícil. —contesto con un poco de ironía.

Pone sus ojos negros en blanco.

—Sí que eres estúpida.

Bueno. Ya se estaban pasando con ese adjetivo para conmigo.

—Creo que es obvio que no estás muerta del todo.

— ¿No lo estoy? —pregunto esperanzada.

—No. Pero tu vida pende de un hilo. Si mueres… bueno, no será algo que me quite el sueño. Pero, si logran salvarte…, asegúrate de no olvidar ésta conversación, porque los resultados no serán nada agradables. Solo mira hasta donde hemos llegado para poder hablar contigo a solas.

— ¿Entonces no estoy muerta? —pregunto ilusionada.

Estoy viva. Puedo sobrevivir a lo que sea que me pasó, pero… ¿cuánto tiempo he estado aquí? ¿Horas? ¿Días?… ¿Estoy en estado vegetativo? ¿Estoy en coma?

—Yo no sería tan optimista si fuera tú. Tu cuerpo quedó hecho trizas. No hay ni un solo hueso no que haya atravesado tu carne —su sonrisa salvaje y despiadada se muestra en todo su esplendor; y yo solo puedo pensar que en el inframundo cuentan con un plan dental de infarto—. Tus receptores sensoriales quedaron deshechos. No hay en tu cuerpo ni una sola extremidad que no haya quedado marcada o chamuscada.

—Vaya, sí que son dedicados. Pensándolo bien, aquí estoy muy bien, gracias.

—Puedes quedarte aquí. Solo dilo y las moiras cortaran tu hilo. Ya no habrá más dolor ni sufrimiento —ofrece tentativamente—. Lo único que debes hacer es estar de acuerdo.

—Suena tentador, pero le verdad, me gusta estar viva —digo con humor—. Por cierto, ¿Cuánto tiempo he estado…muerta?

Bufa exasperado.

—El tiempo es diferente para nosotros. Parte de tu alma sigue en tu cuerpo, es por eso que puedes estar aquí. Aquí han pasado horas, pero allá arriba han sido segundos solamente.

—Bueno, esas son buenas noticias.

— ¿No entiendes que todo sería más fácil si te quitas del camino? —dice de la nada. Su tono enojado me dice que se ha cansado de andarse con rodeos.

— ¿Por qué todos dicen lo mismo? ¡Solo soy una niña! No es como si de un día para otro vaya a subir al Olimpo y derrumbarlo. —grito fuera de quicio.

— ¡Es que ese es el problema! —grita el Dios con voz acerada, levantándose de su trono.

Un dolor me recorre el pecho. Un dolor punzante que se extiende por todo mi cuerpo; pero tan rápido como llega se va.

—Hoy en día hay demasiados mestizos. Tantos como para poder declararnos la guerra. Tantos como para poder derrocarnos. En nuestra familia solo se ha obtenido el poder porque hemos derrocado a nuestros progenitores. Eso es en cada generación. ¿Por qué no han de hacer ustedes? Son poderosos, más mis hijos y los de mis hermanos. ¿Por qué no habrían de intentar algo contra nosotros como hace poco? Cronos casi vence. Imagina lo que podría pasar si tú te unes a una causa parecida.

Ya lo había dicho y lo reafirmo: los Dioses están tocados. Entre más hablaba Hades, más me convencía de que estaba deschavetado.

—Imagina lo que pasaría si logras que más campistas se unan a tú causa. Eres poderosa, no tanto como tu hermano, pero, eres más peligrosa. Tienes los encantos de Afrodita y la fuerza de Poseidón. Si algo he aprendido a lo largo de los milenios, es que nada pasa por casualidad. ¿Crees que fue coincidencia que tu padre se haya metido con una hija de Afrodita? Después de todo, mi hermano es conocido por engendrar monstruos. Tienes el encanto corriendo por tus venas, mocosa. Eres como la flor de un acónito: hermosa y atrayente, pero letal y peligrosa para quién la consume. Fácilmente podrías hacer que cualquiera haga algo que tu quisieras.

—Sí, porque los pretendientes me sobran. —interrumpo sarcástica.

—Puede que no lo notes aun, pero nosotros sí nos damos cuenta. ¿Por qué crees que intentamos por todos los medios eliminarte? —Sus ojos me traspasan y lo único que transmiten es odio en estado puro—. Puedes iniciar una revuelta. Solo tienes que mover esa boquita y tus deseos serán órdenes.

— ¿Por qué tengo la impresión de que me estás dando ideas? —Indago, entonces lo comprendo— Porque me estás dando ideas, ¿no es así? Quieres que haga lo que me estás diciendo. ¿Por qué? —el desconcierto recorre mi piel por completo. Una nueva punzada de dolor— Porque así les doy una excusa para borrarme del mapa —comprendo finalmente—. Necesitan un motivo para eliminarme como deseas.

—O, puedes aceptar quedarte aquí —ofrece encogiéndose de hombros—; después de todo, no hay nadie que te espere allá arriba. Tu adorado Perce, tarde o temprano te dejará como todos lo han hecho en tu vida. Mi hijo no es capaz de involucrarse sentimentalmente con nadie y Leo, se enamora de cualquier cosa con falda. Incluso tu madre decidió abandonarte, y déjame decirte que Sarah Hanson era todo menos cruel. Te dejaré entrar a los campos Elíseos, después de todo moriste como heroína y todo eso.

— ¿Por qué me odias tanto? —pregunto realmente interesada.

—No es nada personal, estoy acostumbrado a odiar a todos. Yo y mi linaje no estamos hechos para amar —dice con advertencia y su doble sentido no pasa desapercibido—. Nico tiene ideas interesantes sobre ti, pero no te hagas ilusiones, mi hijo —noto una nota de desdén que me hace hervir la sangre, o lo que sea que tengo ahora en el cuerpo, ustedes entienden— no es uno más de tus juguetitos. La felicidad no ha sido creada para mi descendencia.

—Nico es perfectamente capaz de ser feliz —contesto cabreada—. Y él no es uno más de mis juguetitos, él es mi amigo.

Sus rasgos se desfiguran por la rabia y me pregunto si me reducirá a polvo aquí mismo, o peor, si integrará mi alma a su ropa. Lo único que espero es que no sea a su ropa interior.

La molestia en el pecho regresa. Mi vista se nubla y una visión borrosa acude a mí. Lluvia, huele a lluvia y… ¿a caballo? Todo se va y regreso a mi discusión con Hades.

—Tengo otro mensaje. Hefesto me pidió a cambio que te dijera esto: ALEJANTE. DE. MI. HIJO.

—Bueno, ¿qué tienen todos ustedes en mi contra? No tengo lepra —me quejo cual niña chiquita— ¿También se unieron al club "Anti-Monse"? ¿Venden membrecías o qué?

—Toma todo esto como una advertencia, mocosa —instruye, ignorando deliberadamente mi broma—. Realmente no quieres vernos dar rienda suelta a nuestra furia.

— ¿Podría terminar peor que muerta? —aventuré.

—Confía en mí, hay perores cosas que la muerte. Si no me crees, pregúntale a tu hermano, él lo vivió en carne propia.

Mis sospechas se han confirmado: existen peores destinos que la muerte.

—Mantente alejada de Nico. Lo último que quiero es tenerlo por ahí dando vueltas detrás de una chiquilla idiota como tú.

—Somos amigo —defiendo, haciendo que los bordes de Hades se desdibujen y que la temperatura decaiga considerablemente—. No puedes intervenir en mi vida.

—Pero los accidentes ocurren. No querrás que un animal mecánico te busque cada semana, ¿no es así? O que una gelo te busque cada noche.

El pecho. Nuevamente me molesta mi pecho, pero esta vez, el dolor se propaga fugazmente.

—Casi es la hora. Recuerda nuestra conversación. La próxima no será así de agradable.

—Si este es tu lado hospitalario no quiero saber cómo tratas a los prisioneros.

—Exacto, no lo quieres saber. Solo lárgate en cuanto tengas la oportunidad. Desaparece y deja que todo tome su curso —dice con toda la crueldad que habita en su ser— Haznos un favor a nosotros y a tus amigos: márchate. Huye, al cabo, tú misma lo has dicho, es lo único que sabes hacer. No hay cabida para ti en la vida de ellos. Nunca serás una prioridad. Deja de inspirar lastima y ten un poco de dignidad.

La molestia en el pecho aumenta. De repente, en lo único en lo que puedo concentrarme es en el dolor que recorre mi cuerpo, haciendo que todas mis respuestas sabiendas se borren de mi mente. Un dolor aplastante. Pensé que ya no habría más dolor. ¿Por qué sigue doliendo? Hades sonríe; una sonrisa que mezcla la malicia, el enojo y la alegría de verme retorciéndome a causa del dolor. Un zumbido retumba en mis oídos, desdibujando todo a mí alrededor.

—Tranquila —susurra una voz lejana—, todo va a estar bien.

—Espero que te duela tanto como parece —dice Hades con una sonrisa cruel—, y, no olvides nuestra conversación, mocosa. Entre más rápido lo hagas, más fácil será todo.

Mi pecho arde, al igual que todo mi cuerpo. Me cuesta respirar, no porque mis pulmones se rehúsen a hacerlo, sino porque yo no quiero hacerlo; respirar solo significa más dolor, y lo último que necesito es precisamente eso.

Es como si alguien hubiera decidido que era divertido abrirme el pecho y comenzar a sacar mis órganos para ver que hay ahí dentro.

Mi visión se nubla completamente, como si estuviera tratando de ver a través de una ventana mugrienta en un día de tormenta. Parpadeo, me obligo a parpadear y enfocar mi vista en el rostro del Dios, pero es tan difícil.

Mis ojos se aclaran lo suficiente como para distinguir una forma ininteligible. Solo puedo distinguir sus brazos, todo deforme a causa de mi falta de percepción. Lo único que tengo claro es un cabello rubio y resplandeciente.

—Respira. —ordena la cabellera rubia.

Todo duele. Todo arde. Todo mi cuerpo entero quema. Mi cuerpo entero está siendo torturado. Nunca había pasado por un calvario similar a este. Nunca había sentido tanto dolor. Jamás podría haber imaginado que una persona podía llegar a sentir este tipo de agonía.

—Respira. —vuelve a exigir la voz.

Unos ojos azules se clavan en los míos y me aferro con todas mis fuerzas —que son realmente escasas— a lo que tengo cerca. Es apenas un roce, pero algo se aferra a mí y sueltan un suspiro.

Me desvanecí nuevamente.

. . . . .

Una respiración acompasada. Eso es lo único que resonaba cerca de mí. Una respiración.

Quería abrir mis ojos, pero no los encontraba. No encontraba ninguna parte de mi cuerpo. Había algo revoloteando en el fondo de mi cabeza, algo que era de suma importancia, sabía que era de suma importancia. Era algo de vida o muerte, pero estaba todo tan difuso y enmarañado en mis pensamientos.

— ¿Cuándo vas a despertar, Mare Starlet? —Dijo el dueño de la respiración en un susurro— Han pasado días y te veo igual. Vas a despertar, ¿verdad? Él dijo que despertarías. Por favor, Mare Starlet, por favor despierta. Me estoy volviendo loco. Tienes que despertar. Hay tantas cosas que… —se calló de repente.

Soltó un suspiro de frustración y sus manos comenzaron a jugar con mis cabellos. Se sentía bien. Era un masaje en mi cuero cabelludo. Los dedos comenzaron a bajar y se deslizaron a mi mejilla, ahuecándola. Esparciendo calidez por mi rostro. Su mano trazó mis parpados y al fin encontré mis ojos, ahora solo debía abrirlos.

—Monse, despierta, por favor. —suplicó nuevamente la voz.

Empleé las fuerzas necesarias para abrir mis parpados. Inhalé profundamente y un ramalazo de dolor se extendió por todo mi cuerpo. Debí haber hecho una mueca porque los cariños en mi rostro pararon abruptamente.

— ¿Monse? —preguntó dubitativo el dueño de la voz.

Abrí mis ojos lentamente, parpadeando rápido a causa de la molesta luz que quemaba mis retinas. Mi cuerpo entero seguía doliendo y, se sentía realmente pesado y patoso.

Ajusté mis ojos a la luminosidad de la habitación, y choqué con dos iris marrones. Mi mundo se redujo a ese par de ojos obscuros. Aspiré nuevamente y un jadeo abandonó mis labios.

—Hey. —saludó, Nico, con una sonrisa ladeada.

Su rostro se veía cansado. Unas ojeras profundas y marcadas adornaban esos ojos insistentes. Lucia demacrado y con la piel pálida. Sus hombros caídos me indicaban que no había descansado lo suficiente. Sus ojos dejaban entre ver desesperación y dolor. Era el vivo retrato de un hombre que estuvo al borde de perderlo todo y lo recuperó en el último instante.

—Ni-co…—susurré con la voz excesivamente ronca.

Me dolía la garganta; es como si la hubieran tallado con una lija, dejándola al rojo vivo.

—No te esfuerces —se apresuró a decir mientras su mano se posaba en mis labios, haciéndolos arder de una buena manera—. Tómatelo con calma; estás muy delicada aun.

— ¿Qué pa- pasó? ¿Dón-dón…? Agua. —me di por vencida.

Soltó una risilla aliviada y se levantó de mi lado. Tomó una jarra casi vacía y me sirvió un gran vaso de agua. El líquido raspaba mi laringe, pero a la vez, me ayudó a recuperar la sensibilidad en ella.

— ¿Qué pasó? —pregunté, entregándole el vaso vacío.

Sus ojos nunca abandonaron mi rostro y me puso nerviosa. Tomó el vaso y volvió a llenarlo. Volví a tomarlo, saciando mi garganta seca.

—Apolo te arregló. Estaba esperando en la enfermería. Fue de las cosas más raras que he visto en mi vida, estabas… —se le quebró la voz—. Entraste directo a cirugía y Apolo te compuso.

Mire hacia abajo. Mi cuerpo estaba cubierto por una sabana gruesa. La alcé y me encontré con mi cuerpo vendado por completo. En mis brazos había varias cicatrices rosadas y casi sanadas por completo. Manchas purpureas adornaban mi piel. No sabía cómo se encontraba el resto de mi cuerpo, pero debía estar igual que la piel a la vista, o sea, destroza.

—Esa fue la cosa más estúpida que ha hecho alguien en la historia —reprendió, con sus ojos brillando de furia—. ¿Me puedes decir en qué estabas pensando al hacer eso?

—La verdad, no estaba pensando, Nico. —solté una risilla, esa que casi siempre me sacaba del atolladero.

—Moriste en mis brazos, Monse—se le quebró nuevamente la voz—. ¿Tienes idea lo que pudo haber pasado si Apolo no hubiera llegado? Moriste en mis brazos, vi tu luz apagarse ante mis ojos y, no pude hacer nada para evitarlo. No tienes idea de la impotencia que sentí de verte así, pálida, sangrando…, muriendo frente a mí y no poder hacer nada para salvarte. No puedo volver a pasar por eso, Mare Starlet. No puedo.

—Nico —alcé mi mano hasta posarla en su mejilla—, lo siento. Créeme, nunca quise que pasaras por eso, no tú —dije con vehemencia—. Lo último que quiero es hacerte pasar otra vez lo que paso con tu hermana, Nico. Lo siento.

Me alcé, tratando de sentarme, pero sus manos me lo impidieron, obligándome a permanecer acostada.

—No debes esforzarte. Tus heridas aun deben sanar por completo. —reprendió.

—Ya no quiero estar acostada —admití—, no sé cuánto tiempo he estado en ésta posición.

—Has estado inconsciente una semana.

—Wow, ¿he estado en estado vegetal por una semana? —frunció el ceño.

—Sí.

— ¿Cómo esta, Percy?

—Él está bien. No ha de tardar en venir a verte. Nos turnamos —explicó ante mi mirada confundida—. Leo, Percy, las chicas y yo, nos turnamos para venir a verte. También han venido más campistas a visitarte. Connor, Marco y Jared, son los más frecuentes. —agregó con algo de molestia, señalando algunos ramos de distintas flores.

—O sea, que, ¿he estado postrada en esta cama una semana? Eso explica por qué siento mis dientes como perro felpudo. ¡No me he bañado en una semana! Ni siquiera cuando estaba si techo tardaba tanto en tomar una ducha.

Rió por lo bajo. Calor inundó mi pecho al verlo sonreír, mejorando su aspecto demacrado.

—Te han dado baños de esponja, si te hace sentir mejor.

Me sonroje a lo imposible solo de pensar que él o Leo me habían dado baños de esponja. Mis mejillas ardían de la vergüenza.

—No, nosotros no, yo no… o sea, han sido las chicas… —se apresuró a explicar un poco alterado. Sus mejillas se colorearon y apartó la mirada de mi rostro.

—Entendí. Han sido las chicas.

—Percy nos mataría —concordó. Abrió sus ojos con sorpresa—. No es por eso no lo hagamos. Bueno, no es como si no quisiéramos, ¡no! Eso no es lo que quería decir. Es…

—Entendí. —le frené, desesperada por cambiar la conversación.

De repente, sentía más calor.

— ¿Quieres más agua?

—Sí.

—Iré a llenar la jarra. Espera aquí.

—No es como si me fuera a escapar.

—Contigo uno nunca sabe. —reprochó.

Tomó la jarra y salió de la habitación. Observé la enfermería. Ya había estado aquí con anterioridad, pero nunca había sido yo la interna.

Mis dientes se sentían sucios; por aquí debía haber un baño, y con algo de suerte, algún cepillo dental. Podía imaginar cómo apestaba mi boca después de una semana. Iugh.

Con todo el esfuerzo del mundo me senté en la cama. Inhalé y exhalé. Me puse de pie, y con todo el pesar del mundo me encaminé hacia el baño, sosteniéndome de la pared. Entré y lo primero que vi fue mi reflejo en el espejo. Era incomodo verme. Tenía rasguños —profundos y otros no tanto— por todo mi rostro, y varias manchas entre purpureas y negras componían mi rostro, dejando en el pesado mi piel lisa y bronceada. Mis ojos estaban lagañosos y un corte pasaba por mi ceja. Jamás había lucido tan fea.

Traté de olvidar mi reflejo y revolví en el pequeño botiquín detrás del espejo.

Pastillas, frascos, pomadas, medicamentos… ¡ajá!, ¡cepillos! Tomé uno y lo saqué de su empaque. Me senté en el escusado y tomé la pasta dental. Me sentía sudada, y sucia… Una ducha no me caería mal. Rebusque en el pequeño armario de las toallas. Una camisa del campamento como para un búfalo estaba guardada.

Lo decidí en cuestión de segundos. Abrí la llave y dejé correr el agua. Me quité la típica bata médica que tenia y comencé a sacar los vendajes. El solo hacer eso, me dejó exhausta. Mi cuerpo era un horrible campo de guerra. Había costuras a lo largo de mi pecho y puntos estrellados en mis costillas. Mis piernas tenían cicatrices y mis brazos estaban igual.

Tocaron la puerta fuertemente.

—Monse —dijo Nico con furia a través de sus dientes apretados—, ¿se puede saber que carajos estás haciendo?

— ¿Tomando una ducha? —dije con inocencia.

—Abre la maldita puerta, no puedes estar fuera de la cama. Voy a entrar por ti.

—Estoy desnuda. —advertí, en un intento de que no abriera la puerta.

Giró el pomo a medias en cuanto me escuchó.

— ¿Y eso me detiene por qué…?

Me sonrojé.

—Porque te patearé el trasero si entras.

—Monse, te apuesto a que apenas te sostienes de pie, no creo que puedas patearme el trasero en tu condición… Tienes cinco minutos, si para entonces no sales, entraré por ti sin importarme cómo estés, ¿entendido?

—Bien.

Me metí debajo del agua, sintiéndola recorrerme por completo, restaurándome los ánimos. Me sentía bien en la regadera. Tallé mi cabello a una velocidad sorprendente. Mi cuerpo fue un poco más difícil ya que, todo dolía, pero me las ingenié. El agua me revitalizó un poco, pero aun me sentía extenuada; viendo el lado positivo, mis heridas mejoraron visiblemente, ayudando a algunas cicatrices a borrarse un poco, y a mi pecho a fortalecerse… Aun así, tuve que terminar mi ducha sentada debajo del grifo porque mis piernas no soportaban mi peso.

—Quedan dos minutos. —anunció Nico.

Puse los ojos en blanco. Me envolví en la toalla y cerré la llave. Me sequé lo mejor que pude y tomé la camiseta. Tuve que recurrir a la misma ropa interior. Lástima. Hubiera sido mejor tener ropa completamente limpia. Renuncié a ponerme nuevamente los vendajes, porque no sabía cómo hacerlo correctamente. Le pediría ayuda a alguna de las chicas cuando vinieran. La camisa me llegaba a la altura de la rodilla. Ahora agradecía mi altura de hobbit.

Envolví la toalla en mi maraña de cabellos. Tome el cepillo y la pasta dental y comencé a lavar mis dientes. Tuve que sentarme en el retrete para no caerme. Tenía que pararme a escupir, pero el lavabo se encontraba muy lejos y, la verdad, no tenía ni las ganas, ni las fuerzas suficientes como para pararme a escupir. Dejé que las mejillas se me llenaran de espuma.

La puerta se abrió y Nico se asomó con los ojos cerrados. Una sonrisa burlona se extendió en mi rostro, permitiéndole a la espuma escapar de mi boca.

—Eshtoy veshtida. —dije, sacando más espuma aun. Era un desastre.

Abrió sus ojos y se rió de mí. ¡Nico se rió de mí!

— ¿Cansada? —Me limité a negar con la cabeza, haciendo que riera aun más —. No, qué va. Si eres la viva imagen de un conejito energizer. —se burló.

Se acercó a mí y me ayudó a ponerme de pie y caminar al lavabo. Escupí y enjuagué mis dientes.

—De esto ni una palabra a nadie. —advertí.

—Esto te pasa por terca.

Me alzó en vilo y nos encaminamos a la cama. Yo estaba tan cansada que ni siquiera proteste porque me cargara; total, era su espalda no la mía.

Me depositó en la cama y se sentó en la silla al lado de mí.

—Deberías dormir. Tienes que recuperarte.

—Te ves cansado. —contesté, pasando mis yemas por sus ojeras.

—No he dormido muy bien. La silla no es muy cómoda. —admitió.

— ¡Has dormido aquí! ¡Nico, no debes hacer eso!

Se encogió de hombros.

—No es como si pudiera dormir a gusto en mi cabaña. Tenía que mantener un ojo en ti.

—Eso no es excusa, Nico. Ni cuenta me di. Deberías ir a dormir. No me lo tomes a mal, pero luces pésimo. Estás ojeroso, pálido, demacrado y hasta más delgado. —enumeré.

—Estos últimos días se me ha hecho costumbre dormir poco y comer mal, pero ahora tengo la esperanza de superar esta mala racha.

—Ve a dormir.

—Duerme. No me voy a mover de aquí hasta que llegue alguien más. No te dejaré sola.

— ¿Por?

—Te dejé sola para ir por agua y cuando regresé estabas en la bendita ducha, ¿qué harás si te quedas sola por horas? ¿Bailar conga?

—Estoy segura de que, Leo, puede venir. —Bufó.

—Claro, siempre, Leo —dijo con molestia—. No me voy a mover de aquí. Leo va a venir cuando sea su turno.

Suspiré frustrada.

—Bien. —contesté derrotada, haciéndome hacia un lado de la cama.

— ¿Qué haces? —preguntó entre desconcertado y molesto—. Te vas a lastimar.

—Como eres tan terco y no vas a ir a dormir, y yo no permitiré que duermas un minuto más en esa silla, te acostarás aquí. —sentencié sin dar lugar a dudas.

—Te puedo lastimar.

—No me voy a romper, créeme, ya no hay lugar en mi piel para que hagan más puntos.

—No es gracioso.

—Oh, vamos, la vida es muy corta para no reír —regañé, pero una sensación de Déjà Vu se apoderó de mi.

—No. Acomódate, te vas a torcer algo.

—No me voy a mover. Te acuestes o no, me quedó aquí. Tú sabrás si haces que valga la pena mi torzón.

Giró sus ojos.

—Siempre tan terca.

Sonreí, sabiendo que había ganado esta ronda.

—Tú eres el que no se quiere ir a dormir, sufre las consecuencias.

—Duérmete, Monse. Ya estas delirando.

—Lo haré solo si prometes hacerlo tú también.

—Prometo dormir. Ahora duérmete. Necesitas descansar, apuesto que quedaste cansada por tomar la ducha.

Le saqué la lengua.

—No —contesté con terquedad—. Acabas de perder una apuesta.

—Si como no.

Entrecerré mis ojos peligrosamente y, le hubiera pegado en el brazo, pero no tenía fuerzas para alzar mi puño, así que desistí.

— ¿No vas a venir? —pregunté un poco apenada.

—No sé si deba. —admitió.

—Has que valga la pena mi torzón —bromeé, logrando que me mirara mal—. Oh, ríete, Nico. No te caería mal.

—Suenas como, Leo.

—Pocas veces dice cosas acertadas. —bostecé.

—Tienes razón. —rió divertido.

Se levantó lentamente y se acercó a la cama temeroso.

—Nico, no te va a brotar un tercer ojo por estar cerca de mí y, si te hace sentir mejor, no le diré a nadie.

—No es eso lo que me preocupa. No quiero lastimarte.

—No me vas a lastimar.

—Si lo hago, promete que me lo vas a decir.

—Eso no va a pasar, Nico —me gané una mirada severa—. ¡Bien!, lo prometo.

Se deslizó con mucho cuidado en la cama, como si la fuera a compartir con un trozo de porcelana en lugar de conmigo. Se acostó a mi lado —sin tocarme en absoluto— y dejó de respirar.

Una energía nerviosa me envolvió por completo. Era algo totalmente raro.

—Nico, no me voy a desbaratar porque respires.

—No es eso… Me siento… raro.

—Oh. —dije solamente.

—No es por ti —se apresuró a decir—, es solo que me siento un poco ansioso.

—Yo también —admití—. Tal vez es porque me acabo de enterar de que tuve una experiencia cercana a la muerte. —le tomé el pelo.

—Tal vez. —concordó.

Otro bostezó se escapó de mi boca.

—Duérmete. —ordenó.

—Solo si tú también te duermes.

—Trataré de dormir un poco. —contestó en tono cansino.

—Promételo, Nico. No me gustan esas ojeras que cargas, no te ves… —callé abruptamente; no le iba a decir que lucía más guapo sin ellas. No, no, no. Eso solo me generaría un millón de momentos bochornosos.

— ¿Me veo qué? —quiso saber.

—Nada, olvídalo.

— ¿Me veo qué, Monse? —presionó.

—Te ves menos saludable. —decidí.

—Oh.

Nos sumimos nuevamente en el silencio, solo que esta vez fue en uno incomodo.

Los parpados comenzaron a pesarme y antes de darme cuenta, estaba quedándome dormida. Mi brazo colgaba de la cama y mi pierna estaba peligrosamente cerca del borde. Me hice bolita y me acurruqué al lado de Nico, tocándolo en lo más mínimo para no incomodarlo.

Su aroma se coló por mis fosas nasales, trayéndome recuerdos de golpe. El recuerdo de lluvia y sollozos. Un ángel —o lo que yo creí que era un ángel— sosteniéndome en sus brazos. Un ángel que olía exactamente igual a mi amigo. Un olor tan peculiar, que estoy segura de poder reconocerlo en cualquier lugar. Un aroma a tierra húmeda y hojas quemadas.

Me apegué un poco más a él y aspiré como una psicótica loca. Como una enferma mental, pero no importó, simplemente el olor era atrayente, como el de Leo, pero más potente.

—Nico —murmuré con voz patosa—, esa noche, ¿eras tú?

— ¿Quién?

— ¿Eras tú el que me sostuvo en brazos?

—Sí. —contestó por lo bajo.

—Creí que eras un ángel que había bajado por mí. —admití, sintiendo como los colores subían a mis mejillas. Rió por lo bajo y se apegó más a mí. Su cuerpo se tocaba con el mío y el calor me inundó.

—Créeme, puedo ser muchas cosas, pero un ángel no entra en la lista.

Yo no estaba de acuerdo, pero no se lo discutí, ya me sentía lo suficientemente avergonzada de habérselo confesado, como para también contradecirlo. Bostecé nuevamente.

—Ya duérmete.

—Una cosa más.

Suspiró cansado.

—Esa noche, me pareció escuchar algo. Me dijiste: Mare Starlet.

—Yo no dije eso. —se apresuró a contestar.

—Sí lo hiciste —refuté—. ¿Qué significa?

—No sé de lo que hablas.

—Dime. —le presioné.

—Si te contesto, ¿prometes dormirte?

—Lo prometo.

—No significa nada en realidad. Es una frase en mi idioma natal, pero no significa nada. No es importante. —contestó apenado.

—Oh. —no supe por qué, pero me sentí decepcionada. Llámenme loca, pero tenía la ilusión de que fuera algo bonito, después de todo, los amigos tienen apodos entre ellos, ¿no?

—Ya duérmete.

—Bien.

Me acurruqué aun más y deslicé mis brazos por su cintura. Noté que se quedó rígido de golpe y, sopesé seriamente soltarlo y darle la espalda para que estuviera más cómodo, pero simplemente era demasiado placentero. Y él se lo había buscado por necio, si se hubiera ido a dormir a su cabaña, no estaría compartiendo mi diminuta cama conmigo.

Mis ojos estaban cerrados. Su respiración era lenta y sin darme cuenta, había acompasado la mía a la suya. Antes de quedarme profundamente dormida, sentí sus manos deslizarse por mi cintura y su boca en mi oído.

—Significa estrellita de mar —susurró, creyéndome dormida—. Tú eres mi estrellita de mar, Monse.

Sonreí contra su pecho y me quedé dormida.

En mi sueño, estaba volando por los cielos, pero este no era uno de esos vuelos a los que estoy acostumbrada, esos en los que estoy cayendo de faros, o en los que estoy saltando por mi vida. No. En este, era capaz de volar a voluntad, brincar de nube en nube como en las películas. El sol era resplandeciente y la clima agradable.

Estaba brincoteando y haciendo figuras con las nubes, cuando, algo me sacudió por completo. Fruncí el ceño entre sueños y volteé el rostro. Me volví a sacudir.

Comencé a despertar y lo noté. Mi almohada estaba siendo hurtada. Sin molestarme en abrir los ojos, me aferré a ella. Volvieron a tirar de ella, y gemí de frustración. Está vez, la afiancé con manos y piernas. No me iban a quitar mi almohada. Ah, no. Yo quería seguir durmiendo. Se sacudió una vez más, y después dejó de moverse. La noté algo incómoda, así que —aun con los ojos cerrados—, levanté el puño y golpeé mi almohada para ablandarla.

Un grito-quejido me hizo brincar. Abrí los ojos de golpe y me encontré con Nico, sosteniéndose el estómago con ambas manos. El estupor no tardó en irse.

— ¡Nico! —grité apenada. ¡Lo había golpeado! Me sentí la mujer más estúpida del mundo— ¡Lo siento tanto!

—Está bien. —masculló.

— ¡Oh, mis Dioses! ¡Qué estúpida soy!, ¿estás bien?, ¿te lastimé?

—Estoy bien, Monse. No te preocupes. —farfulló sin aire.

— ¡Perdón! ¡Lo siento! Olvidé que estabas conmigo.

Hizo un gesto con la mano, restándole importancia a lo que había pasado, pero aun no recuperaba el aliento. ¡Le había sacado el aire al pobre!

—Estoy bien, ya casi no duele. —me animó, volviendo a recostarse en la cama y sobándose el estómago.

—Perdón.

—Está bien. Vuelve a dormir, no debí despertarte, pero ya se me había dormido el brazo.

— ¡Dioses! Lo siento, Nico. ¿Te desperté?

—No. Desperté hace como media hora.

—Te usé de almohada, te golpeé, casi te amputo el brazo y ¿aun así no me despertaste?

—No me molesta que me uses de almohada —contestó con una sonrisa—. Además, eres fascinante cuando duermes. Hablas dormida.

Gemí frustrada.

—Ya me lo habías dicho.

—Cierto, pero la vez pasada tenías pesadillas. Esta vez no. Eres muy graciosa.

—Me alegra haber fungido como tu payaso personal, Nico.

Soltó una carcajada.

—Primero empezaste a gruñir, luego vinieron los murmullos y finalmente las frases completas. —insinuó con malicia.

— ¡Dioses, mátenme! —Miré el techo y me arrepentí en el acto— ¡Bromeaba, no me maten! —volteé a ver a mi amigo— ¿Qué dije?

—Oh, nada. ¿Sabías que contestas dormida? Si te preguntan algo, contestas. —dijo con sorna.

Abrí mis ojos hasta lo imposible.

—Dime que no lo hiciste. —supliqué.

—Como dije, Mare… Monse, eres fascinante cuando duermes. —terminó con una sonrisa radiante. Esas sonrisas que te aceleran el corazón.

—Entonces, te mereces el golpe que te di.

—Probablemente —admitió para mi sorpresa—, pero valió la pena.

— ¡¿Qué dije?! —exigí.

—Haremos un trato, vuelve a dormirte y cuando te encuentres mejor hablaremos.

—No esperarás que pueda volver a dormir cuando has soltada esa noticia, ¿verdad?

—Eso, es exactamente lo que espero que hagas.

—No. Te ordeno que me digas lo que escuchaste.

—Te daré un adelanto —sonrió socarronamente—. Principalmente, llamabas a Percy, pero después empezaste a suspirar y a decir algo sobre un espadachín. Luego me llamaste a mí y luego a Leo —frunció el ceño—. Pero cuando dijiste «es muy esponjosa» me perdí totalmente.

—Oh, por todo lo sagrado —mascullé, recordando ese sueño, y sobre todo, ese espadachín. Sentí mis mejillas calientes y apuesto todo a que parecía un tomatito maduro—. Qué vergüenza.

—No tiene nada de malo. —dijo desconcertado, pero él no lo entendía.

—Nico, debes dejar de hurgar en los sueños ajenos —le reprendí—. Ahora no podré dormir a gusto sabiendo que estas espiándome.

—No te estoy espiando —se defendió—. No es mi culpa que seas una soplona dormida —lo pateé—. ¡Auu!

—Te lo mereces. —dije, dándole la espalda y haciéndome bolita.

—No te enojes. No lo volveré a hacer.

— ¿Lo prometes?

—Lo prometo. Ahora vuelve a dormir.

—No estoy cansada.

—Tienes que dormir para recuperarte.

—Pero no quiero.

—Duérmete. Aun luces cansada.

—Tú también.

—Lo estoy —coincidió—. Será mejor que volvamos a dormir—bostezó—. Los demás no han de tardar en llegar. Un par de horas, tal vez. Será mejor que te encuentren descansada.

—Bien.

—Bien.

Deslizó sus manos por mi cintura con más confianza esta vez, pero con un poco de inseguridad latente y, pegó mi espalda a su pecho. Me relajé en sus brazos y me dispuse a dormir un poco más con una sonrisa pintada en mis labios.

Estaba profundamente dormida cuando escuché varias voces. Unas divertidas, otras sorprendidas y, una realmente enojada.

— ¿Deberíamos despertarlos? —dijo una voz femenina, por lo amortiguada que sonaba, estaba segura de que quería aguantar la risa.

—Ahora sí lo mato —susurró otra—. Primero me engañó para ir al inframundo, luego no abrió la bocota en Nueva Roma y ahora esto. Nico, quiere morir joven.

—No exageres, si se ven lindos. —dijo otra voz

Un gruñido.

Movieron la cama y mi recargadera se removió. Fruncí el ceño extrañada, me giré y me aferré más a ella.

—¡Ay, que linda, lo está buscando!

— ¡Claro que no lo está buscando! —susurró alterada la segunda voz.

—Yo digo que los despertemos. —dijo una cuarta voz muy cerca de mi oído.

Mi almohada-recargadera me sacudió bruscamente, haciendo que rodara y callera al suelo. Caí de bruces.

— ¡Percy, mira lo que has hecho! ¡La tiraste!

—Auch. —grité al sentir el dolor recorrer todo mi cuerpo.

Unos brazos me tomaron del suelo. Leo me sonrió con picardía. Un pequeño estremecimiento me recorrió por completo.

—Parece que el destino quiere que siga rescatándote, peque.

Su sonrisa burlona y sus ojos brillando de felicidad, me pararon el corazón. Con extremo cuidado, me depositó nuevamente en la cama.

—No fue mi culpa. —se defendió Percy.

La confusión fue dando paso al entendimiento.

Percy, Annabeth, Leo y Piper estaban en la enfermería. Nico estaba suspendido en el aire por la playera por Percy, quién lo había jalado de la cama, tirándome en el proceso. Sí, mi hermano es un animal.

— ¿Te lastimaste? —preguntó Annabeth, fulminando con la mirada al cabezota que tengo por hermano.

—Sí —contesté mal humorada—. He tenido mejores despertares, saben.

—Lo siento —murmuró Percy mirando fijamente a Nico—. Pero tenías esta lapa pegada a la espalda.

— ¡Percy! —Grité medio exasperada y completamente frustrada— Me tiraste de la cama, despertaste a Nico, pudiste habernos lastimado y, ¿a ti solo te preocupa que hayamos compartido la cama? ¿No hay tan siquiera un "me alegra que no estés muerta? Además, yo le pedí que durmiera conmigo… —conforme iba soltando mi monologo, note que él dejaba de prestarme atención— ¿Estás siquiera escuchándome?

Piper y Annabeth soltaron una risilla, pero yo no le miraba lo gracioso a la situación.

— ¿Por qué tienes el cabello mojado y, donde está tu bata? ¿Por qué estas vestida con esa camiseta del campamento? —fue lo único que atinó a preguntar.

—Porque tome una ducha. —contesté.

— ¡¿La dejaste tomar una ducha?! —preguntó alterado.

Puse los ojos en blanco. Nico perdió color y todos nos miraron feo.

—Pues no le pedí permiso. —solté yo.

—Monse —empezó Percy—, llevas cinco minutos consciente y ya me estas provocando dolor de cabeza.

—Y tú dolor de espalda. Además, te encanta que yo te provoque jaquecas —replique—, ¿a que sí?

Meneo la cabeza.

—No sé qué haría sin mi dosis de migrañas diaria. —contestó con una sonrisa.

—Ves. Ahora baja a Nico, necesita respirar, es humano.

Hasta ese momento, recordó que lo tenía sujeto por el pescuezo. Lo dejó caer como si de un saco de papas se tratara. Leo soltó una carcajada y se sentó a mi lado de la cama.

—Mira el lado bueno señor-hermano-celoso-mayor, al menos, no tomaron la ducha juntos. —dijo, moviendo las cejas sugestivamente.

— ¡Leo!

Las chicas rieron de la cara de incredulidad de Percy. Nico y yo nos sonrojamos a lo imposible. Le pegué a Leo en el estómago y Percy le soltó un zape.

—Cállate, Leo —dirigió la vista hacia mí—. ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera arrollado un rinoceronte de metal —contesté. Nadie se rió de mi broma— ¿Qué? ¿Muy pronto para bromear sobre eso?

—Como una semana muy pronto. —contestó, Annabeth, con una ligera sonrisa en sus labios.

—Yo creo que fue gracioso. —concedió Leo.

—Tú crees que un tipo metiéndose el pie en la boca es gracioso, Leo. —regaño Piper.

— ¡Porque lo es! —Se defendió mi amigo— ¡Diles, Percy!

— ¿Necesitas algo? —preguntó Piper, ignorando a Leo.

—De hecho, muero de hambre. —admití.

—No es de extrañar, no has comido nada sólido desde hace una semana —concordó—. Te traeré algo de comer.

—Yo puedo ir.

—No. —contestaron cinco voces al unisolo.

Rodé los ojos. No me iba a quebrar, al parecer, es algo que todos ellos no entendían.

—No me van a salir grietas porque me toque el viento —me quejé en vano—. Necesito que me dé el aire.

—Pues te conseguiremos un ventilador —zanjó Leo—. No puedes abandonar esta cama.

—Es cierto —intervino Nico—, ¿quieres que te recuerde como te encontré en la ducha?

Muchas tonalidades pasaron por el rostro de Percy, todas entre e rojo y el morado.

—No es lo que piensas —se defendió Nico rápidamente—. Ella estaba totalmente vestida y, pedí permiso antes de entrar. ¡Lo juro!

Los demás rieron, yo me sonrojé nuevamente. Este era una bienvenida de lo más bochornosa.

—Te traeré algo de comer. —ofreció Annabeth, tratando de cambiar de tema.

—Chicos, acompáñenla. —sugirió Percy.

— ¿Los dos? —Preguntó Leo— Sé que no ha comido en una semana, pero no creo que vaya a comer como ejercito en engordina.

—Que se larguen. —tradujo Piper.

Los cuatro salieron de la habitación, dejándome a solas con mi hermano. Cuando finalmente tuvimos un poco de privacidad, se sentó a mi lado de la cama.

— ¿Cómo te encuentras? —preguntó.

—Créeme, he estado mejor, pero sobreviviré.

—Me diste un susto de muerte. No lo vuelvas a hacer nunca, Montserrat, si no, te juro por los Dioses que bajaré al inframundo para traer tu trasero de vuelta y mandarte yo mismo nuevamente.

—Que melodramático me saliste.

—No estoy jugando —dijo serio—. No lo vuelvas a hacer. Pensé que te había perdido, que me había quedado sin mi hermana pequeña y molesta. ¿Quién iba a limpiar la cabaña cuando no estuviera Tyson?

—Serás idiota… y marrano.

Rió.

—Lo digo en serio. No vuelvas a hacer nada tan estúpido como esa noche. Todo estaba controlado, pero ¡no!, tenías que ir tú a sacrificarte como cordero.

—Percy, esa cosa nos iba a aplastar a los dos. No iba a dejar que te pasara nada. —admití.

— ¿Y crees que yo estoy de acuerdo de que te pase algo a ti? Moriste, Monse. Moriste frente a mí y no podía hacer nada. Si Nico no te hubiera traído y Apolo…

— ¿Nico fue el que me trajo? —pregunté, dejando de lado el que Apolo haya estado aquí.

—Sí, ¿no te lo dijo? —preguntó desconcertado.

—Omitió esa parte. Pensé que habías sido tú. —admití. Él negó.

—Apple llegó justo a tiempo. Nico te tomó en brazos y la montó. Te trajo hasta la enfermería antes de que pudiera reaccionar —admitió un tanto avergonzado y con un deje de desdicha—. Nunca lo había visto tan frenético. Ni siquiera cuando se enteró de lo de Bianca, se había enojado y en parte entiendo su odio, ¿pero así de frenético? Jamás. No me gusta. Nunca es así de demostrativo…, bueno, a excepción de Hazel. Ella es la excepción a la regla de frialdad de Nico.

—Percy, a ti no te gusta nada.

—No me gusta cómo te mira —puse los ojos en blanco—, ni Leo, ni Connor, o Jared, o Marco.

—Ya entendí, no te gusta que me hable el sexo opuesto. Pero para tu desgracia, no puedes mantenerme en un cuarto cerrado las 24 hrs. del día. Y, no me miran de forma en especial, simplemente que eres un paranoico de lo peor.

—Sí como no. No son ideas mías.

—Percy, solo somos amigos —expliqué cansinamente. Este asunto del hermano celoso me estaba colmando la paciencia—; con Leo también. Créeme, no hay nada más entre nosotros.

—No te creo.

—Piensa lo que quieras. —contesté fastidiada.

—Veo como los miras —dijo de la nada.

— ¿Y según tú, cómo los miro?

—Como si fueran lo mejor que te hayan pasado en la vida.

Sonreí.

—Porque todos ustedes son lo mejor que me ha pasado en la vida, Percy.


¿Ven que no soy tan mala? He aquí la prueba(:

Antes que nada, una enorme disculpa, sé que casi les había

jurado y perjurado que les iba a actualizar la semana pasada,

pero tan olvidadiza que soy, olvidé agendar mis exámenes y me

topé con que eran la semana pasada. Así que estuve hecha una

loca estudiando la noche antes de ellos y tratando de escribir en

mis ratitos libre, así que por eso tardé un poco más.

Pero bueno, ¿que les pareció? ¿Valió la pena la espera?

Espero que haya sido así, porque la verdad, a mi en lo personal

me encanto escribir algunas de las escenas :3

Una vez más gracia por sus reviews y espero sinceramente

que sus uñas y paredes sigan intactas.

ELI.J2, espero que no me mates ahora que sabes que no murió, ¿ahora podré dormir tranquila? :D

Besos y abrazos *3*