Capitulo 15 Mi vida es un desastre y, por si fuera poco, me dan una predicción del asco.

La siguiente semana la pase en la enfermería con órdenes estrictas de no abandonar la cama bajo ningún contexto.

Percy y Annabeth me habían tirado bronca por no haberme puesto nuevamente los vendajes, diciendo cosas como que me ponía deliberantemente en peligro o que tenia impulsos suicidas y cosas por el estilo, la verdad, puse mi cerebro a hibernar en ese momento.

Nico se la pasaba casi todo el día conmigo, "cuidándome" pero yo sabía que en realidad estaba vigilándome bajo las órdenes de Percy. No volvimos a compartir cama durante mi instancia allí. Eso —aunque nunca lo admitiría en voz alta—, me hizo sentir un tanto decepcionada. Era lindo sentirlo cerca de mí.

Leo pasaba por las tardes, pero Will siempre terminaba corriéndolo antes de tiempo porque terminaba riéndome a carcajadas y tenían miedo de que me lastimara. Amargados.

Bárbara era de las que pasaba más tiempo conmigo en la enfermería. Me ayudaba a bañarme —lo cual era muy vergonzoso— y lo hacía sin quejarse. Me ayudaba a aplicarme el ungüento que Apolo había hecho para mí la noche que me arregló, el cual era para mis heridas y cicatrices. Tuvo que dejar un bote entero, el cual era remplazado cada tres días. La verdad, mi cuerpo estaba hecho un asco, y ni hablar de mi rostro. Me irritaba tanto que un día me desquité con el primero que vi.

— ¡Deja de verme! —grité encolerizada.

Nico solo me soportaba lo mejor que podía.

—No están tan mal —dijo por enésima vez ese día—. Se ven muy bien. Están sanando. Si están rojas quiere decir que no están infectadas.

— ¡Estoy horrible, Nico! Mi cara da asco.

—No es para tanto, Mare Starlet. Su aspecto está mejor que ayer.

—Nico, estoy horrible. No hay ni una sola parte de mi cara que se vea decente. Parezco un monstruo.

Sonrió gentilmente.

—Nunca podrías parecer un monstruo.

—Parezco uno, solo intentas que me sienta mejor porque eres mi amigo.

—Nunca haría eso. Yo no te mentiría. Simplemente para mí no luces fea.

— ¡Mientes!

—Mare Starlet, no te ves fea.

Ya me había acostumbrado a mi nuevo apodo. Era lindo.

—Nico —dije un poco más apaciguada—, doy miedo. Me sorprende que no hayas salido huyendo aun.

—Yo nunca huiría de ti —dijo viéndome a los ojos, transmitiéndome seguridad—. Eres hermosa tal como estas. La belleza no la define el exterior, no son los ojos verdes o una nariz pequeña y respingada o unos pómulos altos y perfilados o una boca delineada lo que hacen a una persona hermosa —dijo, sonrojándose en el proceso e instalando un calorcito en mi pecho—; son los gestos que haces, tus palabras y tus acciones lo que te hacen hermosa —posó una mano en mi mejilla, acariciando la herida que la adornaba—. No lo olvides nunca.

—Es que me siento tan fea. —susurré, perdiéndome en sus ojos oscuros.

—Pues no lo eres. Te prohíbo rotundamente que vuelvas a sentirte así.

Se acercó lentamente a mí, sin dejar escapar mis ojos y depositó un dulce beso en mi frente, haciendo que mi pecho brincara de felicidad. Últimamente, este tipo de demostraciones de afecto eran frecuentes entre nosotros.

—Ahora, es hora de que tomes tus medicamentos para el dolor.

—Ahhh… ternuritas —dijo una voz gruesa y áspera—. No sabía que eras capaz de demostrar emociones —se burló—. Llegué a pensar que eras como una estatua de mármol: dura y sin vida, Nico.

—Creí que te habían dicho que no volvieras, Jared. —ladró mi amigo.

— ¿Y quién va a sacarme de aquí? ¿Tú? ¿Igual que aquella vez en la arena? —se burló.

—Jared, lárgate. —demandé.

—Eras más tierna inconsciente. —razonó.

—Solo es tierna cuando está inconsciente —coincidió Nico. Lo miré feo—. ¿Qué? Es la verdad.

—Mejor váyanse los dos. Han arruinado mi buen humor.

—Oh, vamos preciosa, no querrás que me vaya, ¿verdad?

—La verdad, Jared, no quiero ver a nadie, así que lárgate.

— ¿Ni siquiera a mí? —Preguntó una nueva voz — Mira que he venido de muy lejos y saltándome algunas órdenes no tan directas.

Alce la vista y me encontré con un chico rubio de ojos azules y realmente apuesto.

— ¿Apolo?

Su sonrisa se ensanchó y se congeló en el momento.

—Luces fatal. —contestó.

Extrañamente, no me sentí ofendida. Después de todo, cuando un chico ardiente y carismático te dice la verdad es difícil ofenderte. Más si estás prestando más atención a su voz que a sus palabras. Lastimosamente, cuando Apolo se encontraba cerca, mis hormonas comenzaban una revolución dentro de mí.

—He lucido mejor.

—En eso concordamos.

Pasó y tomó asiento a un lado de mí, dándoles la espalda a los chicos. Noté la mandíbula apretada de Nico y su mirada asesina en el Dios.

—Así que… fuiste tú el que me salvó —empecé—. Gracias.

Son sonrisa se hizo radiante. Una sonrisa realmente bonita.

—Bueno, me encanta salvar a las damiselas en peligro. Además, no lo hice yo solo, aunque hice lo más importante. Te traje de vuelta; debo decir que mi tío puede ser muy terrorífico cuando se lo propone.

—Gracias. No tenías porque salvarme y, aun así lo hiciste.

—Me agradas. Eres de las pocas mestizas que realmente me agradan. Supongo que es porque me recuerdas a Dafne*.

Ante esas palabras, Nico se tensó visiblemente. Yo no sabía quién rayos era Dafne, pero no me gustaba que me compararan con otras chicas. Aunque sorprendentemente, no me molestó tanto como imaginé.

—Poniendo eso de lado, vine a traer a mi Oráculo. Tenía que asegurarme de que llegará a salvo. —siguió relatando.

Por la puerta, se asomó una cabellera roja. La chica tendría aproximadamente la edad de Percy. Tenía ojos verdes esmeralda y unas pecas salpicadas por toda su piel cremosa. Tenía un aspecto gentil.

—Monse, esta es Rachel Elizabeth Dare. Rachel, ella es Monse.

—La hermana de Percy —completó ella—. Un placer conocerte al fin.

—El placer es mío. — contesté, sintiéndome pequeña.

Me dedicó una mirada astuta. Decidiendo si era de fiar o no. Giró el rostro y sus orbes esmeraldas se iluminaron.

— ¡Nico! —aulló, lanzándose a sus brazos, tomándolo desprevenido y, ambos cayeron al suelo— ¡¿Cómo has estado?!

—Bien —contestó mi amigo con una sonrisa—. ¿Cómo has estado tú? Me imagino que adorando ese internado.

No sé por qué, pero sentí mi sangre hervir. ¿Cómo es que llegaba esta chica y arrollaba a Nico? Bueno, a mí amigo. Ustedes entienden.

— ¡Qué va! Contaba los días para regresar. ¿Dónde está Leo? Muero por verlo.

Fruncí el ceño. O sea, ¿a esta chica no le bastaba con Nico? ¿También quería a mi Leo?

[¡/]—Ella los conoce antes que tú. —canturreó mi consciencia.

—No me importa.

Es su amiga desde antes de que llegaras.

—No me interesa.

¿Celosa?

—No. Pero ellos son mis amigos.

¿Y? Tú tienes amigos a parte de ellos. —me reprochó, o me reproché, lo que sea.

—Y se la pasan sobre mí. ¿Por qué no puedo hacer lo mismo?

Porque te verías igual de ridícula.

—No me importa. Son mis amigos.

Eres muy insegura.

— ¡Claro que no! [/!]

—Monse… ¿Estás escuchándome? —preguntó Apolo.

Hasta ese momento, me percate de que no había apartado mi mueca de Nico y Rachel, quienes platicaban animadamente o, lo más animado que podía estar Nico.

—Lo siento —me sonroje.

Sonrió animadamente.

—No importa. Venía a hablar contigo… a solas. —dijo con seriedad, enviándole una mirada significativa a Rachel, quien tomó de la mano a Nico y lo obligó a salir de la enfermería.

No pude evitar que un gruñido subiera por mi pecho.

Supuse que Jared había abandonado la habitación en cuanto llegó Apolo, porque ya no lo volví a ver.

Cuando se aseguró de que no había nadie en la habitación, su tono juguetón volvió.

— ¿Cómo sigues?

— ¿Para eso teníamos que quedarnos a solas? —cuestioné enarcando una ceja.

—No —sonrió—. Pasó algo. Rachel vio algo que te involucra.

— ¿Una profecía? —temí.

—Nop. No ha habido profecías desde que derrotamos a Gea.

— ¿Entonces…? —le animé a continuar.

— ¿Te parece si damos un paseo? —ofreció a cambio.

—Me encantaría, pero no puedo salir de la cama.

— ¡Ah!, pero mira lo que te traje —sacó un pequeño frasquito del bolsillo de su pantalón—. Mi hijo Asclepio lo hizo. Te ayudará a sanar más rápido. Lo hubiera traído antes, pero Zeus dio órdenes de no acercarnos a ti, pero yo tengo la excusa perfecta: Rachel.

— ¡Gracias! —dije con una enorme sonrisa.

Estiré la mano y prácticamente le arrebate el frasquito.

Sabía realmente asqueroso. Y lo he dicho muchas veces; sé que no tengo el paladar más fino del mundo al haberme criado en las calles, pero el jarabe sabía a cloaca.

Arrugué la cara.

No quede curada del todo, pero al menos mi cuerpo ya no protestaba de dolor cada vez que respiraba.

—Ayuda a sanar más rápido. Aunque, necesitarás una segunda dosis —sacó un nuevo frasquito—. Asegúrate de tomarlo en 24 hrs. La magia y la medicina deben ser exactas, más la medicina mágica.

—Me parece bien.

—Anda, ahora ya puedes andar libremente.

Me ayudó a levantarme de la cama y, con paso aun temeroso, salí al exterior.

Por primera vez en varios días, la luz del sol impacto en mi rostro, acariciando la piel y el aire puro llenó mis pulmones. El olor libre a desinfectantes y medicinas fue lo mejor de todo.

El campamento seguía igual que siempre: campistas por todos lados, armas siendo trasladadas y flechas volando. Un día cualquiera.

Muchas caras me sonreían y alzaban sus manos en señal de saludo.

—Parece que te has hecho popular estos últimos días. —comentó.

—Algunos piensan que fue muy valiente lo que hice. —presumí.

—Yo diría que fue muy estúpido —dijo. Fruncí el ceño—. Pero cada quién saca sus conclusiones. —se encogió de hombros.

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a una especie de cueva que no había visto antes. Estaba bloqueada por una cortina rosada. Dentro, se encontraba decorada lujosamente. Sillones mullidos, un enorme televisor y una cama enorme. Un mini refrigerador, expendedora de sodas y una maquina de palomitas. Era el paraíso de cualquier adolescente.

— ¿Te gusta? —Preguntó con una sonrisa encantadoramente petulante— Es de mi oráculo. No podía dejar que estuviera en un lugar cualquiera.

— ¿Entonces, por qué la cueva?

—Le añade misterio. —se encogió de hombros.

— ¿Qué es lo que ibas a decirme?

—Quiero saber lo que te dijo Hades

— ¿Hades? No lo he visto desde la reunión del Olimpo. —contesté totalmente desconcertada.

Me miró con suspicacia.

—Monse, necesito saber qué es lo que te dijo. No estoy para jueguitos. —dijo en tono serio.

—Apolo, no sé de lo que estás hablando —negué lentamente—. ¿Por qué debería haber hablado con Hades?

—Porque estuviste muerta. Moriste por exactamente 8 segundos. Durante ese lapso tu alma fue al inframundo. Ahora, no soy estúpido como para pensar que él no tuvo nada que ver.

—No recuerdo nada. Incluso me cuesta recordar detalles de esa noche. Solo recuerdo el dolor…

—Escúchame, Montserrat, esto es importante. Tu padre me envió. Necesita saber qué te dijo.

— ¿Poseidón te envió? ¿Por qué no viene él? —exigí molesta.

¿Por qué Poseidón el "todo poderoso de los mares" no venía a verme? ¿Por qué tenía que enviar a Apolo? No es que me disgustase, es solo que una pensaría que tu padre se preocuparía un poco por ti cuando estuviste a punto de morir.

«Pensé que te convertiría en un manantial ó, algo parecido.» Había dicho Percy en broma la noche anterior. «A lo mejor, hacia lo mismo que Zeus con Thalía. Tal vez y te convertía en algas marinas.» «Idiota», había pensado yo.

—No puede acercarse a ti —continuó Apolo atrayéndome al tiempo presente—. Ya sabes, la regla de que no podemos interactuar con nuestros hijos.

—Creo que esa regla es estúpida.

—Las reglas existen por una razón, Monse —dijo con una seriedad que hasta ahora era desconocida para mí—. Tal vez no tengan sentido para ti, pero nos han funcionado hasta el día de hoy.

—Pero es estúpido, ¿quién abandona a sus hijos?

—No los abandonamos. Simplemente no podemos interferir es su destino. Es algo que deben labrar por sí mismos.

Nos encontrábamos sentados uno frente al otro. Su ardiente mirada azul sobre mí, revisando cada rincón de mi rostro.

—No me mires —me dedicó una mirada desconcertada—. Luzco horrible —expliqué—. Me siento incomoda si me miran directamente.

—No estás tan mal. He visto peores.

—Gracias. —contesté con sarcasmo.

—Es la verdad. Una vez vi a Medusa; no directamente claro está, pero aun así. Es asquerosa.

—Es bueno saberlo.

—No te desvíes del tema. Necesito saber qué pasó mientras estabas allá abajo. ¿Qué te dijo?

—Apolo, no lo sé. No recuerdo nada. Si supiera algo te lo diría.

—Monse, alguien soltó esa cosa para hacerte daño. Ahora, no fuiste la única afectada. Mi hijo estuvo en peligro, y los hijos de mis hermanos y hermanas. Quien sea que haya sido no le importó dañar a más personas. Tu padre está pensando en tomar represalias. Él tenía dos hijos después de todo. Hermes está molesto igual, él ya no quiere perder más hijos —dijo entristecido—. Poseidón piensa que fue Hades.

El desconcierto me envolvió. ¿Y qué si pensaba eso?

— ¿Crees que él…? —no pude terminar el pensamiento.

— ¿Qué sí creo que tu padre se podría vengar con su hijo? Sí. Tu padre y Hades no mantienen la mejor de las relaciones. Ellos solo buscan una excusa y esa excusa podrías ser tú.

— ¿Qué es lo peor que podría pasar? —Pregunté— ¿Qué me hagan algo a mí? ¿A Nico? ¿Crees que le haga algo a Nico? —en cuanto terminé esa oración, el terror hizo mella en mi.

No podían hacerle nada a Nico por mi causa. No. No iba a dejar que Poseidón posara sus garras en él.

Apolo rió sin humor.

—Una guerra civil. —contestó.

— ¿Una guerra?

—No es un secreto que Hades está harto de las costumbres que tenemos. El que haya conseguido su trono en el Olimpo solo mejoró un poco su humor. Eso hay que agradecérselo a Percy. Hades se carga un humor de los mil demonios.

— ¿Y eso es malo?

Suspiró. Un suspiro realmente largo.

—Nunca falta el que se una a su causa. Ya ves a Ares. Solo la mención de una posible guerra le bastó para que votara por mantenerte viva. Imagina lo que él haría si hay una declaración formal de guerra. Solo te diré que el apoyó a Luke cuando robaron el rayo maestro de Zeus para causar una guerra.

—Entonces es malo.

—Es muy malo. —coincidió.

— ¿Y qué hago?

—Trata de recordar. En cuanto sepas algo házmelo saber. El tiempo es vital.

— ¿Y si no recuerdo nada?

Me miró fijamente.

—Por tu bien, espero que empieces a hacer memoria. Tu padre no puede hacer nada sin pruebas y, Hades no es tan idiota como para confesar que ha hecho algo.

El temor me recorrió como si de estática se tratase.

Miedo de que no solo me dañara a mí, sino que me llevara de corbata a alguien más. Apolo tenía razón; no se habían tentado el corazón para dañarlos a ellos también.

Debió haber visto mis ojos ensombrecer porque no tardó en sonreír y distraerme pero, no lo suficiente.

Me quedé sumergida en mis pensamientos. Pensamientos que eran muy sombríos para una chica de trece años.

Sin duda, ser un mestizo apesta.

—Será mejor que parta ahora —dijo Apolo—. No puedo abusar de mí excusa para estar aquí.

—Te acompaño. —ofrecí, levantándome del sillón.

Caminamos en silencio. Sin embargo, el mantenía su sonrisa intacta. Creo que la noticia me afectó más a mí que a él.

El recorrido no tomó más de cinco minutos, pero aun así me pareció una eternidad.

Pude ver a Nico y Leo platicando amenamente con Rachel y no pude evitar agriar mi expresión. Percy, Annabeth y Piper se encontraban con ellos, pero Leo tenía un brazo alrededor de su hombro y Nico estaba muy cerca de ella. Simplemente me molestó.

Percy me saludó con la mano y le regresé el saludo. Algo en su cerebro hizo clic —creo que no es el más rápido de su clase—. Se acercó a mí como si tuviera pies motorizados.

— ¿Qué haces fuera de la cama? —exigió.

—Me siento mejor.

—No puedes abandonar la cama aun. Son órdenes de Will.

—Pero yo ya la di de alta. —se quejó Apolo haciendo puchero.

Escuché la risa cantarina de Piper. No me había dado cuenta de que se nos habían unido los demás.

—Y, me siento mucho mejor. Ya no me duele casi nada.

Negó lentamente con la cabeza.

Eché una mirada furtiva hacia los chicos, quienes seguían cerca de Rachel. Me topé con la mirada de Leo y desvié la vista. Evité la de Nico a toda costa.

—Un día terminarás como rompecabezas. —se limitó a contestar Percy.

—En ese caso, espero que seas bueno armándolos. —contesté, haciéndolo sonreír.

— ¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó a la ligera.

—Yo ya me voy —interrumpió Apolo—. Ya saben, cosas que hacer, señoritas que conquistar y, estilo que derrochar.

Sonreí por sus ocurrencias.

—Nos vemos…, cuando nos veamos. —ofrecí.

—Avísame en cuanto sepas algo y, vendré inmediatamente. —contrarrestó.

Los demás nos vieron fijamente.

— ¿De qué? —preguntó Percy.

—No seas metiche. —se limitó a contestar el Dios.

Reí, pero paré abruptamente al notar que ya no dolía nada. Absolutamente nada.

— ¿Te duele? —preguntó Leo preocupado.

Negué.

—Al contrario. Ya no me duele nada. Me siento bien, más que bien de hecho. Me siento fantástica. —festejé.

—Solo recuerda tomar la próxima dosis. —recordó mi Dios predilecto

Sí, ahora iba a la cabecera de Dionisio solo por haberme quitado el dolor.

—Aun así necesitas descansar —aconsejó—. Aunque sea medicina divina, no hace milagros. Solo no andes saltando por todos lados. Y no hagas cosas estúpidas. —advirtió.

—Haré lo que pueda. —contesté con voz seca.

—Nos vemos después mi pequeño laurel*.

Pasó un brazo por mis hombros y el calor que despedía su persona me envolvió por completo. Era como si abrazara un caluroso atardecer.

—Estaré al pendiente. —susurró a mi oído.

Subió a su coche —el cual estaba bien estacionado ahora, ¡gracias a los Dioses! — y lo encendió. Bajó la ventanilla y se asomó con unos lentes adornando sus increíblemente azules ojos.

—La propuesta sigue en pie, Monse. Solo dime el día y nos vamos a ver ese amanecer. —guiñó el ojo.

—Tal vez un día de estos. —contesté con simpleza.

—Creí que te habían dicho que te mantuvieras alejado. —recordó Nico, con algo de molestia en la voz.

Apolo sonrió ampliamente.

— ¿Y desde cuando hago lo que se me ordena?

Reí.

—Adiós, Apolo. —despedí.

Asintió y encendió su flamante coche.

—Hasta luego, Rachel. Chicos.

Con eso último, arrancó y ascendió a los cielos, dejando una estela de calor abrazante detrás de él.

Giré lentamente, solo para encontrarme con que Nico y Leo se alejaban de mí con Rachel a su lado. Fruncí el ceño molesta.

—Tengo que ayudar a Quirón con algunas cosas —se excusó Annabeth—. Será mejor que me vaya de una vez.

Le dio un beso a Percy y se fue.

Piper, Percy y yo nos quedamos parados unos segundos.

—Será mejor que vaya a ver qué es lo que querían en la cabaña de Hermes. —se despidió Percy.

Piper me dirigió una mirada de disculpa.

—Quedé de llamar a Jason. ¿Tienes con quién pasar el rato?

—Seguro.

—Puedo posponerlo si quieres.

—Está bien, Piper. No me va a pasar nada. Ve a hablar con tu novio.

— ¿Estás segura?

—Sí. Anda, ve. Iré a ver si Bárbara quiere hacer algo.

—Está bien.

Di media vuelta y me dirigí a la cabaña de Apolo.

Iba molesta. Nico y Leo me habían abandonado por Rachel. La chica no me caía mal —aunque no la había tratado aun—, pero Nico me abandonó por ella.

—Vaya, parece que los deformes caminan libres el día de hoy. —dijo una voz un tanto chillona.

La ignoré y seguí caminando.

— ¿Qué? ¿Te abandonaron el día de hoy? —Siguió Drew— Parece que alguien a dejado de ser la sensación. No te sientas mal. Es mejor si nadie te presta atención. Aunque tu rostro de zombi debe ser la causa.

—Drew, cállate.

— ¿O, qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Tirarme a tus guardaespaldas?

—No necesito que ellos me cuiden. Puedo encargarme de ti yo solita. —amenacé.

—Si claro. No te descargues conmigo. Si tus amigos te abandonaron por otra, no es mi culpa.

—No me abandonaron. No tenemos que pasarnos todo el día pegados, Drew.

—Solo digo que ya no eres la sensación —dijo con inocencia—. Ya no eres importante. ¿Quieres un consejo de una descendencia de Afrodita a otra? Mantenlos siempre en la duda. Que sepan que contigo nada es seguro. No los querrás perder por otra, ¿o sí?

Me paré en seco, provocando que ella chocara con mi espalda. Di media vuelta y la encaré.

— ¿De qué rayos estás hablando?

—Vamos, nena. Sé lo que haces. Es lo que todo legado de Afrodita hace. Juegas con los dos. He escuchado los rumores. Haces que ambos compitan por tu atención. Debo admitir que cuando llegaste, pensé que eras incluso más fea que Piper, pero creo que subestimé tus encantos.

—No estoy jugando con nadie.

Decidí ignorar el comentario de que era fea. Ya sabía que era fea, más en esos momentos. Pero, Piper no era para nada fea; ella es una de las chicas más guapas que he conocido.

—Oh, por favor, si los tienes comiendo de la palma de tus manos. Pero has cometido el error de dejarles saber que te interesan. Si quieres recuperarlos, debes ser indiferente con ellos. A esos dos les encanta que los traten mal.

—Estás loca. —ladré negando con la cabeza y poniéndome en marcha nuevamente.

— ¡Solo intento ayudar! —gritó a mis espalda y soltó una risa cantarina.

Drew está más loca que una cabra.

¿Jugando con los dos? ¿Comiendo de mi mano? ¿Lo que todo legado de Afrodita hace? ¿Por qué nadie puede entender que solo somos amigos? ¡Y ellos no me abandonaron! Simplemente necesitan su espacio.

Seguí hasta que llegué a la reluciente cabaña de Apolo. Entré y al primero que me encontré fue a Marco.

¡Ge-nial!

—Hey. —saludó con una sonrisa.

— ¿Qué hay? —regresé algo cohibida.

—Nada nuevo. ¿Cómo sigues?

—Mejor. Tu padre me mandó una especie de medicina divina.

Su sonrisa se congeló por una fracción de segundo.

—Me alegro. Al menos ahora estás en condición de tener citas.

Una risa forzada se deslizó en mis labios.

—Se podría decir —sus ojos se iluminaron peligrosamente—, pero no creo que las tenga por algún tiempo.

La chispa en sus ojos se apago.

— ¿Estás saliendo con alguien?

—No —la chispa volvió—. Pero no tuve la mejor de las experiencias en la primera.

—No todos los hombres somos tan idiotas como Jared. —persuadió.

En cuanto dijo somos, mi cerebro encendió una alarma.

Reí forzadamente.

—Tal vez en algunos años. Por ahora no creo.

—Lástima. Te iba a invitar a salir.

Mi corazón se aceleró y sentí mis mejillas sonrojarse de la vergüenza. ¿Por qué tenía que decir eso? ¿No era más fácil captar mis indirectas de que no estaba interesada?

—Oh, me siento alagada, pero, me temo que no será posible —medio balbuceé, medio me disculpé— ¿Está Bárbara? —cambié de tema.

—Salió. Creo que tenía una cita o algo así. —contestó ligeramente abatido

— ¿Y no fuiste detrás de ella? —me miró interrogante—. Es lo que Percy hace cuando yo salgo. Me espía.

Rió.

—No. Ella me mataría si hago algo parecido.

—Oh —suspiré—. Será mejor que me vaya. Ya buscaré que hacer.

—Puedo pasar la tarde contigo. —ofreció.

Me tensé ligeramente.

—¡No! —me apresuré a contestar—. Quiero decir que, no deberías dejar tus actividades de lado.

—Si quieres —se encogió de hombros—. Pero mi oferta sigue en pie…, la de invitarte a salir también.

—Lo tendré en cuenta.

Eso quería decir que ni en un millón de años. Estoy segura de que Bárbara me mata si accedo a salir alguna vez con su hermano. Además, al único al que la aceptaría una cita seria a…, bueno, mejor no hablemos de eso ahora. Tengo muchas cosas en las que pensar, como por ejemplo, una maldita guerra civil entre los Dioses.

—Veo por qué le llamas la atención a papá. Tienes esa chispa. Sin duda, heredé sus buenos gustos en mujeres.

— ¿Gracias? Será mejor que me vaya.

Salí de la cabaña a una velocidad que creí imposible para mí en mi condición.

Caminé sin un rumbo fijo, simplemente caminar por el simple y sencillo hecho de que podía hacerlo sin que me doliera ni un ápice.

Llegué al lago, la arena, los campos de fresa y finalmente a la playa. Caminé por lo que me parecieron horas, pero realmente lo disfruté.

Traté de recordar, pero, ¿cómo recuerdas algo que no sabes qué pasó? ¿Cómo recuerdas sin tener al menos una pista? La respuesta es: no lo haces.

Regresé a los comedores justo a tiempo para la cena. Nico y Leo seguían con Rachel. Lo dejé pasar. Mi consciencia tenía razón, ella era su amiga antes de que yo los conociera. Necesitaban su espacio de viejos amigos para que tuvieran su reencuentro.

Llegué derecho a mi mesa, sin hacer nada en especial. Percy aun no llegaba, lo más seguro es que estuviera por ahí besuqueándose con Annabeth en algún lugar. Piper estaba en su mesa con algunos de sus hermanos y a Bárbara no la había visto aun. Tendría que buscarla más al rato para preguntarle por su cita.

—Hola extraña.

—Hola, Connor.

Se sentó en la mesa, frente a mí y comenzamos a platicar.

—Deberías venir. Créeme, no te arrepentirás.

—No creo que sea posible en mi condición.

—Pero si te ves mejor. —se quejó.

—Pero no estoy "presentable". No me gusta andar con mi cara de muerto viviente.

—No estás tan mal. Créeme, para lo que te pasó esa noche, estás fantástica.

—No lo sé. Tendría que escapar de Percy. —dudé.

—Valdrá la pena. La fiesta será genial. Cada año es mejor que el anterior.

—Bien. Iré. —me rendí.

— ¡Genial! Toca tres veces seguidas y después solo una vez.

— ¿Debo llevar algo?

—Me ofendes —puso una mano en su pecho—. Eres mi invitada de honor. No tienes que llevar nada.

— ¿Seguro?

—Mi pareja no debe llevar nada, Monse.

Ante la palabra pareja, no supe de decir. Me limité a sonreír apretadamente.

¿Qué les pasaba a los chicos el día de hoy? Primero Jared, luego Marco y ahora Connor. ¿Es que a los chicos de hoy en día les gusta el look de cadáver viviente? Porque en serio, mi cara daba miedo. Bien podía ser una máscara de Halloween. No sé cómo es que no salían huyendo. Debía ser mi arrolladora personalidad, sí, eso debe ser.

«Yo nunca huiría de ti. Eres hermosa tal como estas. La belleza no la define el exterior —había dicho Nico esa mañana— (…) son los gestos que haces, tus palabras y tus acciones lo que te hacen hermosa. No lo olvides nunca.»

Un calorcito agradable se instaló en mi pecho. Era un calorcito que no era nada parecido al que sentía cuando estaba con Apolo. Con Apolo, me sentía cálida, en estos momentos, era diferente. Me sentía comprendida. Era diferente. Era especial. Con Nico siempre era especial.

Dirigí una mirada hacia los chicos. Cada uno es sus respectivas mesas. Leo conversaba amenamente con Nissa y Nico, estaba en su mesa… con Rachel. No pude evitar hacer una mueca.

—¿Queres ir con ellos? —preguntó, siguiendo la trayectoria de mi mirada.

—No. Que seamos amigos no significa que tengamos que estar juntos siempre. Ya necesitaba mi espacio. —mentí

—Como quieras. Ven a la cabaña antes de la media noche. A esa hora nos vamos al bosque.

—Está bien.

Conversamos un poco más y él se retiro.

—Nos vemos. —se despidió.

Percy llegó con el cabello revuelto y la ropa ligeramente arrugada y una sonrisa de bobo, lo que quería decir que, había tenido una sesión de besuqueo con Annabeth. Qué asco. Es mi hermano, lo último que quiero saber es donde ha estado su boca.

Estaba deseosa de que llegara la hora de dormir. Por desgracia, me mandaron nuevamente a la enfermería. Lo único que me alegró, fue saber que Nico se quedaría nuevamente conmigo, como había estado haciendo todas las noches desde que ingresé.

No habíamos vuelto a compartir la cama, pero me reconfortaba saber que él estaba ahí para mí, velando mis sueños. Las pesadillas que había estado teniendo desde que llegué habían disminuido considerablemente, pero la voz terrorífica seguía ahí. Ahora que había platicado con Apolo tenia la sospecha de que se trataba de Hades.

Cuando llegué, me reconfortó encontrarme con Nico sentado en su camastro, al lado del mío. Sonreí feliz.

—¿Qué tal tu día? — saludo.

—Normal. Me encontré con Drew.

— ¿Te molestó?

—Nah. Le callé la bocota.

Sonrió y negó lentamente.

—Típico de ti.

—¿Qué tal el tuyo?

—¡Genial! Rachel y yo nos pusimos al día. Fuimos a su cueva y estuvimos conversando y viendo televisión. ¿Sabías qué los indios de la Guayana preparan un licor con las cenizas de los muertos?

—Okey… eso es raro.

—Después jugamos una partida de mitomagia —dijo de la nada emocionado—. Rachel es realmente buena, aunque aun así le gané. Trató de vengarse con una guerra de palomitas. No me había divertido tanto en mucho tiempo.

Ante esas palabras me enojé. No sé por qué, pero una llamarada de un sentimiento negativo se encendió en mi pecho.

—Rachel es simplemente genial. Ya la extrañaba, tenía mucho sin verla. —una enorme sonrisa plantada en su rostro.

Si antes era una llamarada, al escuchar esas palabras se convirtió en una hoguera. No. Una hoguera no, en un incendio forestal.

—Connor me invitó a una cita. —solté de golpe sin saber muy bien el por qué.

Bien, lo admito, sé por qué lo hice. La sonrisa en su rostro se congeló.

—¿Y aceptaste? —preguntó temeroso.

Me arrepentí en el acto.

—No es como una cita en sí. No sé ni por qué lo dije.

—¿Pero tú quieres que sea una cita?

—Claro que no, Nico. Tengo demasiadas cosas en las que pensar como para tener que agregarle dramas adolescentes.

—¿Una cita que no es cita? No sabia que se podía hacer eso. —me reprochó.

Me sentí una idiota por arruinar su buen humor.

Dio meda vuelta, de forma de darme la espalda y apagaron las luces.

Traté de hablar nuevamente con él, pero o me ignoró, ó se quedó dormido.

—Buenas noches, Nico.

—Buenas noches, Mare Starlet. —Contestó.

Bueno, hasta ahí llegó la teoría de que dormía.

Me acosté y me quedé dormida escuchando la respiración de Nico a mi lado.

Al día siguiente, Nico se había ido cuando yo desperté. Me evitó todo ese día. Al día siguiente también. Me evitó durante toda la semana.

Había intentado hablar con él, pero el siempre estaba ocupado. Se la pasaba todo el día con Rachel. Así que lo mandé al carajo. Yo no iba a estar rogándole. Él es el que me había dejado de hablar sin motivo aparente. Que se joda. Yo no lo iba a buscar. Aunque lo extrañara como nunca, no iba a buscarlo nuevamente.

Él tampoco me buscó.

Siempre que lo veía pasar, Rachel estaba con él.

Me sentía mal. Me enojaba el verlos juntos.

Leo era el único que pasaba tiempo conmigo. Siempre me hacia sonreír y se lo agradecí con el alma. Íbamos a pasear. Pasábamos el tiempo en el bunker 9. Por lo regular, el trabajaba en sus inventos y yo me pasaba humeando por ahí.

Había encontrado un pajarito muy mono, pero en realidad, era una cámara oculta.

—Por lo regular la usamos en las duchas —comentó Leo, ganándose un zape—. ¡Auch! Nunca la hemos usado contigo.

—Más te vale. Si no, te mato.

—Que melodramática. Pensé que habías heredado los genes exhibicionistas de Afrodita.

—Idiota. —murmuré.

—Sabes que bromeo.

—Por tu bien, eso espero, Leo.

Estábamos sentados en unas colchonetas en el piso del bunker 9. Leo tenía un enorme tazón de papas, del cual ya no quedaba casi nada. Habíamos pasado todo el día juntos.

—¿Vas a ir esta noche? —pregunté, recordando mi compromiso con Connor.

—¿A la fiesta? ¡Claro!, si yo soy el alma de la fiesta.

—Que modesto.

—Sabes que lo soy. ¿Vas a ir tú?

—Sí. Percy también va, pero vamos a ir separados.

—Cierto. Vas a ir con Connor —dijo con sorna—. No me sorprendería que desaparecieras a mitad de la fiesta.

—Leo, cállate.

—Dicen que Connor tiene manos largas.

—Cállate.… ¿Nico va a ir? —pregunté.

Suspiró.

—No lo sé. Cuando le pregunté, me dijo que no creía ir. Ya sabes como es. Entre menos contacto tenga con la gente, mejor para él.

Una parte de mí, no quería que fuera. Quería olvidarme de él aunque sea solo por un momento. Pero, otra parte de mí, se moría por verlo.

— ¿Cuando van a dejar de comportarse como niños y van a hablar? —se quejó Leo.

— ¡El fue el que me cambió, Leo! ¡No pienso buscarlo nuevamente!

—No seas necia, el pobre me ha dicho que…

—No me interesa, Leo. Me cambió por Rachel y dejó de hablarme sin razón alguna.

—Solo decía que…

—Pues no digas —zanjé el tema. —. ¿Vas a ir tú con alguien?

—No.

—No me emociona mucho ir con Connor —admití—. Preferiría ir contigo. Eres el único amigo que me queda. —me acurruqué a su lado.

Pasó un brazo por mis hombros y besó mi coronilla.

—Yo también quisiera ir contigo, peque, pero Connor se me adelantó. Ahora me quedé sin cita por ser lento.

. . . .

Me bañé. Me arreglé. Incluso me peiné. Mi rostro había mejorado considerablemente. Ya no quedaba rastro de algún moretón o herida en mi rostro. La única marca apenas perceptible, era la que había curado Leo el primer día de búsqueda. Esa, y la cicatriz que tenia por mis costillas, justo debajo del busto, pero, como nadie la iba a ver, no me preocupaba por ella.

Esa es la marca que había dejado esa noche fatídica. Una marca de un centímetro de grosor y cinco de largo. Un trozo de metal había penetrado mi pecho, perforando mi pulmón y provocando que colapsara el otro. De ahí que haya muerto.

Me dirigí a mi cama, en la cual reposaba un hermoso vestido color verde esmeralda oscuro; mi color favorito.

Esta noche no te pasarán por alto.

Conquístalos.

Afrodita.

Me puse el vestido y me quedaba perfecto. Tenía un cuello redondo y me quedaba unos centímetros por arriba de la rodilla, ajustado a la cintura y suelto a partir de la cadera. Era sencillo pero hermoso. Unos zapatos negros de piso y un collar pequeño completaron el conjunto.

Dejé mi cabello en rizos gruesos y puse un poco de brillo labial. No quería que Connor se llevara la impresión equivocada.

Así que, me miraba bien. Incluso se podría decir que me miraba bonita.

—Aun no me convence que vayas con Connor. —decía Percy mientras terminaba de cambiarse.

Había elegido una camisa manga larga azul rey y pantalones oscuros.

—Ni a mí. Lo más seguro es que pase la noche con Leo y Bárbara.

—¿Aun no se arreglan ustedes dos?

—No sé de lo que estás hablando.

Suspiró frustrado.

—Sé que me arrepentiré de esto, pero, creo que deberías hablar con él. Se ve igual de miserable que antes y, tú te cargas un humor de los mil demonios.

—No es asunto tuyo, Percy. —ladré mordazmente.

Esta no era la primera vez que manteníamos esta conversación.

Salimos con rumbo a la cabaña de Hermes.

—Percy, no quiero que estés encima de mi hoy. Diviértete con Annabeth. Necesitan una noche libre.

—Solo si prometes comportarte.

—Siempre me comporto.

—Ajá. —contestó sarcástico.

Tocamos y, Travis y Connor abrieron la puerta, concediéndonos el paso.

Connor me saludó y me acerqué a él, después de todo, venia en papel de su acompañante.

No me abrazó ni nada por el estilo. Simplemente éramos dos amigos pasando el rato. Fue lo que necesité para relajarme y disfrutar de la noche.

Me acerqué a saludar a Annabeth, Piper y Bárbara. Piper me contó que la próxima semana llegaría su novio y la hermana de Nico con su novio. Lo que quería decir que al fin los iba a conocer.

Leo estaba del otro lado, así que se acercó a saludarme. Me miró de pies a cabeza y sus ojos se agrandaron. Me sonrojé. Era raro que Leo me mirara de esa forma.

—Peque, te ves realmente bien.

— ¿Tratas de decir que siempre me veo mal? —bromeé.

—No…, tienes tus días buenos. —contestó a cambio con una sonrisa.

Reí.

—Tú tampoco te ves mal —comenté—. Hasta se podría decir que luces guapo.

—Nena, yo soy guapo.

—Humildad, Leo, hemos hablado de ella, ¿recuerdas?

—¿Qué puedo decir? Soy bastante asombroso. Podemos ser asombrosos juntos, ¿sabes? —dijo sugerentemente.

—Consíguete tu propia cita, Valdez. —intervino Connor con una sonrisa.

—Da la casualidad de que me la ganaste. —contestó Leo.

—Por lento.

— ¿Hola? Sigo aquí. —les recordé, haciéndolos reír.

Pude notar que era la única chica de trece años, los demás eran mayores de quince, por lo que me sentí especial.

Platicaba con Leo y Connor cuando sonó la puerta por última vez.

Joe, un hermano de Connor, abrió la puerta, dejando entre ver una melena roja y otra negra. Nico y Rachel habían llegado a la fiesta.

El solo hecho de verlos juntos, fue suficiente para olvidar mi buen humos y sentir mi sangre hervir. El vaso de jugo que tenía en mi mano explotó. Leo me miró con sus cejas alzadas. Le saqué la lengua y le di la espalda a Nico, decidida a ignorarlo toda la noche.

El resto de la fiesta es borroso para mí.

Había reído. Platicado con Bárbara. Y, bailado con Connor y Leo. Debo admitir que Leo era un buen bailarín.

Nico se pavoneaba por el lugar con Rachel. Estaba enojadísima. Si por mí fuera, hubiera ido en ese momento y lo hubiera apartado de su lado. Pero luego la lucidez me decía que eso era una mala idea. «Tal vez ella es la chica que le causa curiosidad.» Había dicho la voz de mi cabeza, lo cual, solo sirvió para hacerme sentir peor.

Contra toda moral y promesa que le había hecho a Percy, comencé a beber. Esta no era mi primera experiencia con el licor. Cuando vives en las calles, el alcohol es una buena forma de mantener el calor corporal, pero el primer trago siempre es el más fuerte.

Estaba tomando mi tercer vaso de una bebida llamada Paloma, la cual habían considerado que era una ironía al ser esta el animal divino de Afrodita. Yo pensé que eran tontos. Aun me encontraba en mis cabales, solo que estaba más "feliz". Tan feliz, que había mantenido una conversación con Rachel sin saltarle encima. Hay que concedérselo, la chica es difícil de odiar.

Al que sí ignoré por completo fue a Nico. Ni siquiera volteé a verlo… cuando él me veía.

—Creo que deberías parar. —dijo Leo un poco preocupado.

Tomó el vaso de entre mis manos y me sujetó por la cintura, atrayéndome hacia él.

—Estoy bien. —me quejé.

—Tal vez deberíamos volver —ofreció Bárbara.

—Yo la llevo. —dijo la voz de Nico a mis espalda.

—Contigo no voy a ningún lado. —contesté enojada.

Tomé la mano de Connor y lo jalé a la pista de baile, escapando del agarre de Leo.

Sentí las miradas clavadas en mi espalda, pero simplemente no me importaba.

— ¿No crees que deberías hablar con él? —titubeó un poco Connor.

—No.

—Habla con él.

—No.

— ¿Por qué no?

— ¿Desde cuándo te volviste el abogado de los pobres? —cuestioné con una ceja alzada.

Lo que quería era dejar de pensar en Nico, no que me lo estuvieran recordando a cada rato. ¿Qué no entendían que no quería hablar con él?

—Desde que el pobre no te quita la mirada de encima. No ha apartado sus ojos de ti desde que llegó.

— ¿No debería alegrarte que esté enojada con él? —mi miró extrañado—. Quiero decir, se supone que te gusto, no deberías aconsejarme hablar con Nico.

Rió. Fuerte y profundo.

—No me gustas —explicó para mi vergüenza—. Te invité porque la chica que me gusta ya tenía pareja. —dirigió una mirada intencionada hacia Miranda Gardner.

Me sorprendí. Nunca me imaginé que le gustara ella. Él no daba ni la más mínima señal.

—Oh. No lo sabía. —contesté con las mejillas sonrojadas.

Me sentí estúpida. Sin duda, el licor te da valor para decir estupideces.

—Está bien. Aun así creo que deberías tratar de hablar con él.

—No. Que se quedé con su Rachel.

Lo admito, hice berrinche.

— ¿Estás celosa? —dijo sorprendido.

—Claro que no. —negué.

—Vaya, un legado de la Diosa del amor celosa, ¿quién lo diría? Pensé que a las hijas de Afrodita les iba bien siempre en el amor.

—No estoy celosa. —lloriqueé, y en serio, cuando digo lloriqueé, quiere decir que estuve a punto de romper en llanto.

—Creo que es hora de que vuelvas a tu cabaña —dijo serio, tratando de calmarme—. Ya es tarde y debes descansar.

Asentí abatida.

—Anda, te acompaño.

Fui a despedirme de los demás para avisar que me iba a dormir. Lo último que necesitábamos es que unos mestizos tomados se adentraran aun más en el bosque.

Miranda, en un golpe de suerte para Connor, le preguntó si quería bailar con ella; por lo que solo me dirigió una mirada de disculpa y, sin pensárselo dos veces, fue detrás de la morena. Leo se ofreció a llevarme él, pero una mano se le adelantó y me jaló detrás de él.

—Yo te llevo. —dijo Nico en tono serio.

—No necesito que me lleves. Puedo llegar yo sola.

—No, no puedes. Estás tomada.

— ¿Y a ti que te importa lo que haga o deje de hacer? —dije, necia como siempre.

—Solo camina. —contestó, tirando energéticamente de mí.

Los árboles nos rodeaban ahora. El bullicio de la reunión se escuchaba detrás de mí.

—Suéltame —pedí cual niña chiquita—. Me voy yo solita.

—Yo puedo acompañarte, preciosa.

—Lárgate, Jared. —ladró Nico mordazmente.

—Creo que Monse, puede elegir quien la acompaña a su cabaña. Yo puedo ser muy buena compañía.

Nico presionó mi muñeca con más fuerza de la necesaria. Jaló de mí y se colocó enfrente de mí, bloqueándome de la visión de Jared.

Estaba enojada y estaba en malas condiciones, pero, eso no quería decir que fuera estúpida. Con Jared no iba ni a la esquina. Ese chico es peor que un pulpo.

—Nico me acompaña, Jared, muchas gracias.

Nico avanzó jalándome consigo nuevamente.

—¡Tú te lo pierdes, preciosa! —gritó a lo lejos.

—Puedo sola. —insistí nuevamente.

Nico me ignoró.

— ¡Suéltame! —Exploté— ¡Yo puedo llegar sola! No necesito tu ayuda. No necesito nada de ti. Deberías regresar a la fiesta. Rachel debe estar preguntándose donde estas —formulé venenosamente—. Deberías estar con ella, no conmigo.

—Tienes razón. —contestó.

Tiré de mi mano con fuerza, liberándola de entre las suyas ante esas palabras. Sus palabras quemaban.

Lo odiaba. Odiaba como me hacía sentir. Odiaba que me hubiera remplazado con Rachel. Me odiaba por no ser capaz de mantenerlo a mi lado. Me odiaba por no ser lo suficientemente bonita como para poder causar en él un poco de curiosidad. Odiaba todo esto que sentía. Odiaba que tuviera el poder suficiente como para poder lastimarme.

Me alejé de él. Caminé a ciegas. Mi visión borrosa no ayudaba mucho. Tropecé con algo y me sostuve de un árbol. Nico alcanzó a sujetarme por la cintura. Me alejé de él como si quemara.

—Solo déjame tranquila. —rogué.

—No, espera… ¡Argh! ¿Por qué todo debe ser tan complicado?

No esperé a que me explicara nada. Simplemente avancé. Lo escuché correr detrás de mí pero, no volvió a hablar. Caminamos en silencio.

Llegué a la cabaña. Subí los peldaños y entré. Estaba por cerrarle la puerta en las narices pero él, en movimiento rápido me lo impidió.

—Tenemos que hablar. —dijo más calmado.

— ¿Ahora quieres hablar? —me burlé— ¿Qué hay de las veces que te busqué para que me explicaras lo que estaba pasando? ¿Eh? Ahora soy yo la que no tiene tiempo para ti, mi amigo.

—Lo sé. Sé que fui un…

—No me interesa. No quiero hablar contigo.

—Pero yo necesito hablar contigo.

— ¿Por qué? —pregunté simplemente.

—Porque lo lamento.

—No, eso no —la derrota era palpable en mi voz—. ¿Por qué me cambiaste?

—Porque…, porque… ¡Porque aceptaste la cita con Connor! —soltó de la nada, desconcertándome en el proceso— ¡Aceptaste salir con él y, anduviste tonteando con Apolo en mi cara! ¡Te fuiste con él! ¡No soy estúpido, sé cómo opera Apolo! ¡¿Qué jugada intentó contigo, eh?!

— ¡Eso no es cierto! —Exclamé, reanudando mi coraje— ¡No estuve tonteando con Apolo!

— ¿¡Entonces que fue todo eso de "mi laurel"?! —gritó, haciendo muecas de fastidio — ¡Aceptaste salir con él a ver un "amanecer"!

— ¡No lo hice! ¡Y no fui a una cita con Connor! La razón por lo que me invitó fue, porque la chica que le gusta tenía pareja.

Se quedó en silencio. Abrí la boca para decir algo pero, nada salía de ella.

Percy decidió que ese era el momento más oportuno para llegar a la cabaña. El silencio y la tensión eran palpables, pesado. Nos miró de hito en hito apenado.

La incomodidad reinó el lugar.

— ¿Debería volver más tarde? —atinó a preguntar.

Iba a contestarle que sí y, correrlo de la cabaña, pero Nico se me adelantó.

—No. Como sea, solo quería hablar contigo antes de irme. Leo quería que hablara contigo.

La noticia me cayó como si de un balde de agua fría se tratase.

— ¿Te vas? —pregunté patéticamente afectada.

—Papá necesita ayuda en el Inframundo. He estado posponiéndolo por… motivos personales.

— ¿Cuándo regresas? —cuestioné lastimosamente.

—Vendré solamente a ver a Hazel.

Cierto, solo vendría a ver a su Hermana… y a Rachel.

Sus palabras calaron. Mi rostro se endureció.

—Entonces, que te vaya bien —contesté amargamente—. Permiso.

Tomé mi pijama de la cama y pasé a su lado rumbo al baño que compartía con Percy.

—No, espera…

No me detuve a escucharlo.

—Creo que se enojó. —alcancé a escuchar a Percy.

— ¡No estoy enojada! —Grité, descargándome con él— ¡No te metas en lo que no te importa, Percy!

Cerré la puerta de un azotón.

— ¿Está tomada? —preguntó a Nico.

—Algo. —coincidió.

— ¡No estoy tomada! —grité un tanto histérica— ¡Dejen de meterse en mis asuntos!

— ¿Qué le dijiste? —susurraron esta vez.

—Nada. —se quejó Nico.

—Bueno, últimamente ni ella se aguanta. No te culpo, al menos, intentaste hablar con ella. —cuchichearon.

— ¡DEJEN DE HABLAR DE MÍ! —grité desquiciada a través de la puerta— ¡CUANDO SALGA NO QUIERO VER A NINGUNO DE LOS DOS! —sentencié.

No salí de ahí hasta que Nico se fue.

Al parecer, mis amenazas y mi ataque psicótico dieron resultado porque, cuando salí, estaba completamente sola.

Nico se fue la mañana siguiente. No me buscó para despedirse. Yo no lo busqué para desearle un feliz viaje. De eso, ya habían pasado cuatro días.

Creo que fue lo mejor, ambos necesitábamos enfriarnos un poco.

Leo era el que se encargaba de pasar tiempo conmigo. Cuando le había dicho lo que pasó esa noche, negó y dijo que ambos éramos unos idiotas.

—No fue mi culpa. —me defendí.

—Fue culpa de los dos.

—Bueno, y, ¿qué más te da?

—Son mis amigos. Es exhausto tener que verlos por turnos. Extraño los días en que todos no llevábamos bien.

—Somos amigos, Leo.

Me miró ceñudo.

—Lo somos. —repetí.

—No lo parecemos.

—Pues no es mi culpa.

—Eres tan terca, Montserrat. —me reprochó.

—No me digas así —me quejé—. Solo me dicen por mi nombre completo cuando están enojados conmigo.

— ¿Y no debo estar enojado contigo?

—No. —contesté con voz infantil.

Lo abracé, enterrando mi rostro en su pecho. Lo sentí suspirar y sus brazos me rodearon.

—Que los Dioses me ayuden —murmuró tan bajo que, pude haberlo imaginado—, pero si él no hace movimiento alguno contigo, lo haré yo.

Por si no tuviera suficiente con todo mi drama adolescente, la plática con Hades —de la cual no recordaba nada— y, una estúpida guerra civil entre los Dioses, ahora tenía que pensar en la maldita conversación que había mantenido con Rachel horas antes.

Leo, en un intento de que nos sintiéramos más cómodas las una con la otra —¡bien!, solo yo me ponía irritable cuando llegaba la pelirroja—, había iniciado la tarde de juegos. Todos nos reuníamos la cueva de Rachel y hacíamos algo, lo que desembocaba en que todos tenían que retirarse antes porque tenían "asuntos pendientes" y nos dejaban solas. Eso era un asco.

Al menos, habíamos sobrevivido cuatro días sin matarnos. Aunque ahora que lo pienso, Rachel nunca mostró signos de odiarme.

El cuarto día, fuimos capaces de conversar sin que sintiera recelo hacia ella. Me platicó de como conoció a Percy; como se convirtió en la oráculo de Delfos. Me platicó de como viajó por el laberinto de Dédalo con mi hermano y Annabeth. Incluso me relató del día que dijo una profecía a mitad de su clase de álgebra.

Debía concederle a la chica que era fácil de agradar. Realmente es simpática cuando no está robándote a tu amigo.

—O sea que, puedes decir una predicción así nada más.

—Sí y no.

Rió ante mi cara confundida.

—Para poder hacerlo requiere de mucha concentración. —explicó.

— ¿Pero puedes hacerlo?

—Sí, aunque no es algo que quiera me guste hacer.

— ¿Por?

—Nunca es bueno conocer demasiado de tu futuro. Puede llegar a crear trastornos.

—Pero, si quisieras, podrías hacerlo, ¿verdad?

—Sí. Pero por lo regular, termino con jaquecas.

Rió. Pero, mi curiosidad era enorme. No concebía que esa chica pudiera tener predicciones acerca del futuro.

—Entonces, si te pidiera una predicción acerca de mi futuro, ¿podrías hacerlo?

Su risa cantarina cesó.

— ¿Esto es por lo que te dijo Apolo? Porque si es así, no sé qué significa lo que vi.

— ¿Por lo de Hades?

La confusión se escurrió por sus facciones.

— ¿Hades? ¿Qué tiene que ver Hades en todo esto?

—Por lo de la plática. —contesté.

— ¿Qué plática?

— ¿De qué estás hablando? —pregunté confundida.

—De la advertencia que recibí.

— ¿Qué advertencia? —pregunté desconcertada.

—La advertencia que vi de ti. De la que Apolo te contó.

—Apolo no me dijo nada de alguna advertencia.

— ¿No? Pensé que por eso no te agradaba.

— ¿Qué advertencia? —quise saber.

—No sé si yo sea la indicada para decírtelo.

— ¿Qué advertencia?

Mi miró fijamente por algunos segundos, decidiendo si era prudente decirme.

« Rachel vio algo que te involucra». Había dicho Apolo el día que vino.

—Mira, pensé que él te había explicado, por eso no dije nada, pero…

— ¿Qué advertencia? —exigí.

Me dedicó una mirada de disculpa y habló.

—Estaba en mi cuarto del internado cuando vino a mí. Tu rostro vino a mi mente. No sé de donde, no sé por qué, pero supe que era importante. Hice un dibujo tuyo y, al final, había una frase en griego antiguo.

— ¿Qué decía?, Rachel

—Estaba como en estado de trance, Monse. No te conocía antes de que eso pasara. Me sorprendí cuando te vi esa mañana en la enfermería.

— ¿Qué decía? —demandé.

—Decía:

Matarás al que amas

La vida inocente pagará por tu falta.

Me faltó el aire. Todo se sintió irreal a partir de ese momento. Entré en un aturdimiento. Nada tenía sentido. Pudieron pasar horas o días, no importaba. Era insensible a lo que ocurría a mí alrededor.

Así que ahora me encontraba en la playa. Mirando fijamente el oleaje. Pensando en todo.

No solo mi vida era un asco en estos momentos, sino que también tenía que preocuparme por lo que iba a hacer en el futuro. Una asesina. Eso es en lo que me iba a convertir nuevamente. Una persona más se le uniría a Peter. Lo peor de todo es que, esta vez, yo realmente la iba a amar. Podría ser cualquiera, no importaba quien. Solo pensaba en las personas que no soportaría perder.

Una lágrima resbaló por mi mejilla, marcando territorio por mi mejilla. Muchas más lágrimas silenciosas la acompañaron.

Quería gritar y romper lo que se me atravesara. Quería gritarle al mundo que se jodiera. Que por una vez fuera justo conmigo.

Había obligado a Rachel a no decir nada a nadie. No quería preocuparlos, no quería que fueran ellos las víctimas de mis acciones. No soportaría verlos sufrir, menos hacerle daño.

Un dolor de cabeza me atacó.

«Solo lárgate en cuanto tengas la oportunidad. Desaparece y deja que todo tome su curso. Haznos un favor a nosotros y a tus amigos: márchate. Huye, al cabo, tú misma lo has dicho, es lo único que sabes hacer. No hay cabida para ti en la vida de ellos. Nunca serás una prioridad. Deja de inspirar lastima y ten un poco de dignidad.» Dijo una voz conocida. Una voz llena de rencor.

Retazos de un recuerdo olvidado se tatuaron en mi cerebro a fuego lento. Es como si quemaran dentro de mi cráneo. Sentí que mi cabeza explotaría en cualquier momento y, quizás eso sea lo mejor.

Hades vino a mi mente. Vieron las advertencias. Vino la plática. Vino todo. Estuve muerta y él me advirtió que todo esto pasaría. Él me dijo lo que tenía que hacer para mantenerlos a todos a salvo. Él me dijo que —a base de amenazas—, solo causaría problemas a todos los que me rodeaban. Incluso mi madre lo había sabido.

Era el momento de tomar una decisión. Podía quedarme en la incertidumbre y el temor de que pasaría una desgracia o…, podía avanzar.

—Tomas la decisión correcta —dijo una voz sobresaltándome en el proceso—. Es lo correcto.

Mi corazón tenía un ritmo errático.

—Voy a morir, ¿no es cierto?

Atenea me miró de forma penetrante.

—Morirás por una causa. Las advertencias se pueden evitar.

— ¿Fuiste tú? —pregunté, más por cortesía que por curiosidad—. ¿Fuiste tú la que planeo todo esa noche?

—Todo debía ser exacto. No iba a arriesgarme a perder a mi hija en el altercado. Todo tenía que ocurrir con precisión.

Asentí, impasible a todo.

La noche estaba cayendo. Las estrellas se miraban en el cielo reluciente. Era una de las noches más claras que había visto en mi vida.

La Diosa estaba a mi lado, contemplando la noche estrellada ante nosotras.

No iba a preguntar el por qué de todo esto. Estaba cansada de preguntar eso. Estaba cansada de ir en contra de la corriente. La única respuesta que había encontrada a esa pregunta era que, la vida nunca es justa.

—Deberías irte ya. No tardan en buscarte —dijo la Diosa—. Debía asegurarme de que tomaras la decisión correcta. Hoy es la noche perfecta.

Asentí indiferente.

Me quedé unos momentos más en la playa, sintiendo el oleaje avanzar por la costa. La luna iluminaba el lugar, bañándolo con una luz plateada. La brisa marina me rogaba quedarme unos minutos más pero, debía regresar. Debía hacer lo correcto, tenía que hacer lo mejor para todos.

Fui directamente a la cabaña. No me detuve en pensar en las consecuencias de mis actos. No podía hablar con nadie porque me harían cambiar de opinión y si lo hacía, solo los pondría en peligro.

Percy estaba acostado en la cama y Annabeth se encontraba sentada en el piso. Ambos levantaron la cabeza al verme llegar.

— ¿Te sientes bien? —preguntó Annabeth al verme más pálida de lo normal.

—Sí. Solo que tengo frio, vine por un suéter.

— ¿Sigues así por lo de Nico? —quiso saber Percy.

Nico. Solo recordarlo me dolió. Me dolió saber que nos separaríamos en esos términos.

—Un poco. —admití finalmente.

Annabeth me miró con suspicacia y una lenta sonrisa llena de ternura se dibujó en su rostro.

—Está bien, sabes que no tarda en regresar. Creo que en dos días vuelve. Llega el mismo día que Hazel. —me animó la rubia.

Sonreí. O al menos, eso traté de hacer.

—Vamos a ir a cenar —dijo Percy—. ¿Vienes?

—No tengo hambre —mentí—. Vayan ustedes. Dormiré un poco.

— ¿Estás segura?

—Sí. Vayan. —les animé.

—Bien. Te traeré algo. —ofreció finalmente.

Tomó la mano de Annabeth entré las suyas y salieron de la habitación, dejándome sola.

Era el momento. Saqué la maleta de debajo de mi cama y comencé a empacar. Debía darme prisa, por lo regular, la hora de la cena demoraba hasta las diez y, para ese entonces, yo debía encontrarme lejos.

Terminé de empacar y, antes de abandonar el lugar que se había convertido en mi hogar, vi un pequeño pedazo de papel. No tenía el valor de despedirme cara a cara pero, una nota no haría daño alguno. ¿Cómo agradeces todo lo que te han dado a las personas que vas a abandonar?

Gracias por todo, Percy, pero, es tiempo de que avance. No puedo seguir aquí.

No me busques porque, no me vas a encontrar. Es mejor así.

Te quiero.

Monse.

Fue lo único que me sentí capaz de escribir.

Lo doble y, cuando estaba a punto de irme, tocaron la puerta.

Leo entró.

— ¿Qué haces? ¿Por qué no fuiste a cenar?

Para mi fortuna, no reparó en la mochila a un lado de mi cama.

—No tenía hambre y, me siento cansada.

— ¿Te dejo dormir?

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —dije a modo de despedida.

Su rostro se iluminó. Mi sonrisa predilecta se formó en sus labios.

—Lo sé, peque.

—Eres mi mejor amigo, Leo —lo abracé—. No lo olvides nunca.

— ¿Te encuentras bien?

—Sí. —mentí descaradamente.

—Ven, vamos a que duermas.

Me jaló y se acostó conmigo. Me quedé con él, buscando una excusa para no dejarlos. El sueño me quería vencer pero luché contra él. Percy llegó minutos después y Leo se tuvo que ir, llevándose con él toda la seguridad y calor que transmitía.

—Hasta mañana. —se despidió.

—Sueña bien. —me limité a contestar.

No podía prometerle un hasta mañana. Ya no.

Percy se metió directo a la cama y en menos de quince minutos comenzó a roncar.

Esperé unos momentos más para asegurarme de que dormía profundamente. Me levanté y dejé la nota sobre mi almohada. Tomé mi maleta y salí al frio de la noche.

Subí la colina y solo me detuve un momento para mirar hacia atrás una vez más.


Dafne*: El mito dice que Apolo se enamoró perdidamente de la ninfa Dafne por una flecha del Dios Eros, que lo castigó de ésta forma por una ofensa que le hizo. Así mismo, flecho a Dafne para que odiara el amor y, en especial el de Apolo. Dafne huyó de él y, desesperada para que no la alcanzara, le pidió ayuda a su padre Ladón que le ayudara a escapar de él. Su padre la convirtió en un laurel; la cual, es la planta favorita de Apolo desde entonces.

Laurel*: es porque como había dicho antes, le recuerda a Dafne.


Bueno, al fin me digné a subir el nuevo capítulo,

pasa que se me borró gran parte del capítulo porque

la tonta de mí no lo guardó y casi me da un infarto.

Así que tuve que hacer memoria y tratar de que quedara

como lo había planeado.

Espero les haya gustado.

¿Quién más quiere matar a Nico y Monse? Pero bueno, los dos

son nuevos en todo esto, así que creo yo que se entiende.

¿Qué les pareció el final? ¿Alguien desea ver como se desenvuelve

nuevamente en las calles? Yo creo que eso sería interesante de ver.

Besos y abrazos *3*

PD: Para lo que leen mi otra historia, les aviso que subiré capitulo hasta la próxima semana,

así que paciencia mis pequeños :3