Antes que nada, sé que no acostumbro a poner notas al principio del capitulo, pero, solo les advierto que, a partir de ahora, el tiempo en que se desarrolla la historia cambiará.

ACLARACIONES: Lo que este en cursiva, son recuerdos mientras está soñando. Según yo, si se entiende, pero, como soy la que lo escribió, es lógico que yo lo tenga claro. Ya saben, cualquier duda, haganmela saber y les contestaré en cuanto la vea. Sin más, nos leemos abajo.


Capitulo 16 El tiempo pasa y no espera a nadie. Parte 1

UN AÑO Y MESES DESPUÉS.

Tengo que recordarme el porqué estoy haciendo esto nuevamente. Me había jurado no volver a hacerlo nunca más. Iba en contra de toda la moral y decencia que aun me quedaba, pero, el fin justifica los medios.

Nuevamente me encontraba en Detroit. La ciudad que había sido mi infierno personal. La ciudad que me había jurado no volver a visitar.

Un golpe llega de la derecha. Esquivo pero, no preveo el puño que se acerca por mi costado izquierdo. Un quejido abandona mi boca.

Mi respiración es difícil. Me cuesta respirar.

Pateo y lanzo un puñetazo al chico delante de mí. Toma mi puño con sus manos y me dobla el brazo contra mi espalda. Piso su pie y clavo mi codo en sus costillas.

El público grotesco y sucio grita eufórico.

Un grito de dolor sale de su garganta diciéndome que, mi golpe ha sido efectivo. Me avienta y caigo al piso de concreto, estrellando mis palmas ya ensangrentadas.

Trato de levantarme pero su pie impacta contra mi costado, sacándome el aire de reserva. Caigo de lado. Su pie insiste en mi estómago.

La visión se me nubla un poco. Antes de que me golpee en el rostro, tomo su pierna y la aviento.

Enredo mi pierna en su tobillo y lo balanceo, provocando su caída. Cae sobre mí. Me siento un poco mareada por la falta de aire.

Jamie. Hago esto por Jamie. Jamie me necesita. Eso es lo único que me hace seguir.

Impacto mi puño en su mejilla. Forcejeo y golpeo su nariz. Sangre roja y caliente emana de ella.

— ¡Maldita! —aúlla el chico.

Pesa por lo menos el doble que yo y, es mucho más alto; veinticinco centímetros como mínimo. Choco mi rodilla en su estómago y me libero de su peso.

Me pongo de pie de forma tambaleante. Me duele el cuerpo pero, he soportado dolores peores.

El chico tira de mis cabellos mugrientos y tiesos y me azota contra el muro. Una ola de «ouch» se eleva en el aire. Alza la mano y me asesta una bofetada. El dolor punzante me recorre la mejilla y la siento caliente. Un puño me golpea la cabeza.

Siento la sangre brotar de mi labio.

Jamie necesita mi ayuda.

Saco fuerzas de no sé dónde y arremeto contra él. Lanzo mi peso —el cual es realmente bajo a estas alturas— y, trepo por su espalda. Me aferro a él y golpeo sus costados.

Solo tengo que derrumbarlo y todo esto acabará. Me toma por la cabeza y tira de mí, azotándome en el suelo mugriento del callejón.

Toso. Mis pulmones arden, al igual que el resto de mi cuerpo.

Se coloca encima de mí y sus manos buscan mi cuello. Comienza a hacer presión. Mis ojos comienzan a arder por la fuerza. Alzo las manos en un intento de arañar su rostro, lo que sea con tal de poder respirar nuevamente. Tengo que llegar con Jamie.

Hago acopio de las pocas fuerzas que quedan en mi cuerpo y pateo su parte noble. Sus ojos se ponen en blanco y su agarre flaquea. Cae de lado con lágrimas en los ojos.

Los gritos de euforia aumentan a mí alrededor.

Limpio la sangre que escurre por mi barbilla.

— ¡Golpéalo! —grita el hombre frente a mí.

Me niego rotundamente a hacerlo.

— ¡Hazlo o no te pago!

Esas palabras son el motor de que continúe con esta carnicería. Necesito ese dinero. Esos pocos billetes que me van a pagar son lo que pueden hacer la diferencia.

Volteo a ver al chico que sigue en el suelo. Es delgado, no tanto como yo pero es delgado para su estatura. Sus cabellos castaños cubren su rostro moreno. Me encaramo en su pecho.

—Lo siento. —susurro y golpeo su rostro.

Los gritos aumentan.

Siento impotencia por no poder parar. Golpeo nuevamente. Un quejido brota de sus labios.

—Por favor. —suplica con voz ronca.

—Lo siento. —es lo único que soy capaz de decir antes de asestarle un nuevo golpe.

Un dolor punzante me atraviesa el estómago. Bajo la vista y una navaja se encuentra clavada en mi área pélvica.

Un jadeo abandona mi cuerpo. El chico me avienta y mi cabeza golpea la pared nuevamente. Saca la punta de la navaja y el pánico es visible en sus ojos. Reconozco el arrepentimiento en su mirada porque yo también lo he conocido.

Lo único que soy capaz de hacer es de hacer presión en la herida. No es muy profunda por lo que no es mortal, pero, mierda, duele.

La navaja resbala de sus manos.

— ¡Acabala! —gritan varias voces.

Se acerca a mí y su puño impacta con la pared.

—No puedo. —susurra derrotado.

No sé su nombre y mucho menos su historia pero, no puedo evitar simpatizar con él. Agachado frente a mí, sus ojos cerrados y la culpa palpable en su rostro.

—Yo me encargo. —susurro de vuelta.

Empujo su pecho con ambas manos y su cabeza azota en el suelo. Estiro la mano para atizarle el golpe final y mi vientre protesta de dolor. Lo ignoro y golpeo su rostro.

El chico pierde el conocimiento.

He ganado.

Lo he vencido.

Muchos gritos de protesta se elevan en el aire, muy pocos son de victoria. Muchos apostaron en mi contra.

Me levanto de forma tambaleante, sosteniendo con mis manos la herida. Me acerco a Mark y sonríe victorioso.

—Te dije que el chico no sería rival para ti.

—Solo págame. —contesto adolorida.

Sonríe mientras recibe los billetes que gané para él.

—Será mejor que te cuides esa herida —dice viendo mi vientre—. Se te puede infectar.

Estira la mano y me entrega míseros treinta dólares. Una miseria comparada con los billetes que cuenta en su mano.

— ¿Cuando puedes volver?

—Sabes que no me gusta hacer esto —contesto—. Esto es una emergencia.

—Es una lástima. Podríamos ganar bastante dinero, juntos.

—Más bien podrías ganar bastante dinero conmigo.

Ríe escandalosamente.

—Cierto.

Tomo el dinero y me abro camino entre la gente.

Volteo a ver al chico que sigue inconsciente en el suelo. Su nariz está mal trecha, su mejilla inflamada y su ojo mañana estará morado; sin contar los golpes que no están a la vista. Sus nudillos ensangrentados por golpear el muro en vez de a mí.

Me agacho y dejo diez dólares en su pantalón roto y mullido.

No sé lo que me impulsa a hacerlo. Sé que es una estupidez, que si fuera al revés, el no haría lo mismo que yo pero, no puedo evitarlo.

Cojeo fuera del callejón y la noche envuelve todo. Los autos transitan por la calle y sus luces iluminan el camino.

Los peatones pasan a mi lado y voltean el rostro. Muchos me miran con asco y reproche, como si el mero hecho de respirar les ofendiese. Solo pensar que soy la hija de un Dios todo poderoso me hace reír con petulancia.

Un Dios, eso es lo que me hace volver a la realidad. Los monstruos no han dejado de atacar y, yo no me he dado por vencida. He podido perderles la pista en incontables veces pero, no siempre lo logro.

La última vez, me topé con dos ciclopes. Fue la cosa más dura que he hecho. Al verlos, no pude evitar pensar en Tyson. Ese grandulón se había ganado mi cariño. Cuando clave mi cuchillo de caza, una lágrima rodó por mi mejilla y la culpa me acribilló. Ese ciclope pudo haber sido Tyson, pero yo sabía que él se encontraba a salvo. Con el segundo ciclope había sido más fácil pero… Jamie salió herido.

Jamie. Prometí llegar para que durmiéramos juntos.

Mi cuerpo entero protesta por el dolor. Tengo varias heridas y, los Dioses saben que en mi cuerpo no hay lugar para un solo moretón más. Siento escurrir la sangre de mi labio y, la de mi nariz se le une, formando un rio rojo en mi rostro. No puedo llegar así con Jamie, se va a enojar. Las lágrimas se acumulan en mi rostro de pensar en lo injusto que es todo esto.

La vida me ha dado un con consejo este año. Traga saliva, aguanta las lágrimas, aprieta los dientes, seca la sangre de tus heridas y sigue adelante. Eso es justamente lo que hago día con día.

Llego a la fábrica abandonada que se ha vuelto nuestra morada estas últimas semanas. Jamie se encuentra donde lo dejé ésta mañana.

Los demás se encuentran alrededor de la pequeña fogata que han hecho con lo que han encontrado para mantener el calor.

Jamie se encuentra en la esquina, alejado de todos. Sus cabellos castaños claros están sucios. Su rostro está lleno de manchas de polvo del suelo y se encuentra demacrado. Sus ojos avellanas se encuentran un poco opacos pero una sonrisa ilumina su rostro al verme llegar, la cual se congela al ver mi estado. Una mueca remplaza su sonrisa.

—Prometiste no ir. —me reprocha con su voz infantil.

—También prometí que reuniría el dinero. —contesto.

— ¿Que te pasó? ¿Te duele mucho?

—No —miento—. Se ven más graves de lo que son.

—Tienes el labio partido. —susurra, acariciando mi pómulo.

—Me encuentro bien, Jamie. ¿Cómo estás tú?

—Bien. —contesta, pero sé que miente.

—No me mientas, Jamie.

—Ya casi no duele. —coincide.

Alzo la manta mugrienta y raída que lo cubre y reviso sus costillas. Aun siguen moradas y sé de primera mano que hay algunas rotas. Sé que siente más dolor del que se permite demostrar en mi presencia.

—No te hagas el valiente conmigo, Jamie.

—Solo me duele la herida de la pierna. —contesta con la mayor valentía posible.

Reviso la pierna y veo que ha empeorado. Ha adquirido un tono morado hoy. Una lágrima de impotencia y dolor mezclado brota de mi ojo. Mi bebé ha empeorado el día de hoy.

Su manita limpia mi mejilla y me sonríe con ternura.

—Ya no duele tanto. —trata de consolarme.

—Ya casi tengo el dinero necesario para ir al doctor, Jamie. Solo aguanta hasta mañana, por favor. Te juro que mañana estarás bien.

—No estoy tan mal. —contesta.

Mi niño es terco como siempre.

Estira la mano y me tiende un trozo de pan duro. Lo miro desconcertada. Se supone que no se ha movido de ese lugar.

—Maggie me dio un poco y te guardé esto.

Mi corazón se rompe.

—Come tú, Jamie.

— ¿Ya comiste tú? —pregunta suspicaz.

—Sí. —miento, pero mi estomago protesta de hambre.

Me mira mal.

—Cómelo.

—No tengo hambre. —protesto.

Él no aparta su manita y, sé que él no lo comerá si yo no lo acepto.

Me siento a su lado y coloco su cabecita en mis piernas. Abraza su viejo y remendado tigre de peluche. Paso mis manos por sus cabellos tiesos. Es momento de que tomemos un baño nuevamente.

Suspiro. La última vez que nos aventuramos a tomar uno no nos fue precisamente bien. El Dios del rio me corrió y Jamie casi se ahoga. Tendríamos que buscar otra alternativa; tal vez una fuente.

— ¿Cuánto te dieron? —pregunta su vocecita.

Una lenta sonrisa se forma en mis labios. Mi labio protesta por el acceso de dolor.

—Treinta dólares, pero perdí diez.

— ¿Tan poco? Cada vez llegas peor —regaña mi niño—. Tengo miedo de que un día no regreses.

—Shhh… Eso no va a pasar, Jamie. Solo es por ahora. Solo necesito juntar dinero para tu doctor.

—Me encuentro bien. Solo necesito descansar. —murmura arrastrando las palabras, lo que me dice que el sueño lo está venciendo.

Una vez asegurada de que duerme plácidamente, me escabullo para dirigirme a la fogata. Lo tapo bien y acomodo su tigre. A mí, en lo personal, me da un poco de miedo; le falta un ojo y la oreja está carcomida, pero, es el único juguete que tiene mi niño.

— ¿Cómo se encuentra? —pregunto a Maggie, la chica que lo cuida.

—Está peor que ayer —contesta, confirmando mis temores—. Ryan dice que no va a durar mucho.

Mi rostro se endurece.

—Pues que yo sepa, Ryan, no tiene título médico.

Me mira con reproche.

—Sabes a lo que me refiero. Jamie cada vez se ve peor. ¿Conseguiste el dinero?

—Hoy gané cincuenta y cinco dólares.

— ¿Cuántas rondas te tocaron?

—Seis. —mascullo por lo bajo.

— ¡Dios santo! Te van a matar.

Tengo que recordarme no corregirla. No es Dios; son Dioses.

—No es nada.

—Monse, se que quieres al niño pero, no creo que aguantes mucho tu tampoco.

— ¿Qué quieres que haga, Maggie?

—No lo sé. Yo tampoco quiero que muera pero…

—Ni lo digas. Él no va a morir. —contesto con molestia.

—…, pero no puedes seguir así. Ya van cuatro días seguidos. Cada día regresas peor.

—Ya hablamos sobres esto, Maggie. No pienso volver a discutir contigo. ¿Dónde está Ryan?

—Está repartiendo lo que encontramos el día de hoy.

Me muerdo la lengua para no recordarle que ella no aporta nada, pero estos últimos días ha sido de gran ayuda con Jamie.

— ¿Conseguiste algo de comer? —pregunta.

—No. Estuve todo el día con Mark.

—Lo sospeché. Te guardé un poco de burrito que trajo Molly.

—Gracias.

Como el burrito rancio. Deja un regusto amargo en mi boca, pero hambre es hambre. Es lo único que he comido en tres días.

—No has considerado en llevarlo al orfanato. Es pequeño, aun lo pueden adoptar.

—No. No pienso llevarlo a uno de esos lugares, Maggie.

—Mira, para nosotras ya no hay esperanza, pero él aun puede ir con una familia.

—Claro, porque los milagros ocurren. —contesto sarcástica.

—Una nunca sabe.

—Solo necesito que lo cuides hasta mañana. Mañana tendré el dinero.

— ¿Iras con Mark nuevamente?

—No. Mañana es sábado, ¿recuerdas?

Una sonrisa se extiende por su rostro.

—Día turístico.

—Día turístico —coincido—. Mañana completaré el dinero.

—Bien.

Maggie es lo más cercana a una amiga desde que me fui del campamento. Me prohíbo pensar en ellos. Tengo preocupaciones más apremiantes en estos momentos.

—Aun no entiendo cómo se hizo tanto daño. —me saca de mis pensamientos.

—Eran muy grandes —contesto de forma mecánica, repitiendo nuestra "historia" por enésima vez—. Nos superaban en número y golpearon a Jamie. Sacó el cuchillo que le di y, lo aventaron y se lo clavó en la pierna. Fue mi culpa, debí cuidarlo mejor.

—No fue tu culpa.

Pero ella no sabe lo que en realidad pasó y, ella no sabe toda la historia.

Esos ciclopes nos seguían desde hace varios días. Fue un descuido mío. Fui estúpida e imprudente y nos encontraron. Debí haberle advertido a Jamie que podían simular voces.

—Iré a dormir. Me duele el cuerpo.

— ¿Quieres que revise los golpes? —se ofrece.

Me pregunto qué sentido tiene que los revise si no hay con que curarlos.

—No, está bien. Solo necesito descansar. Mañana me iré temprano. Volveré en cuanto tenga el dinero. ¿Crees que puedas bañarlo?

—Yo me encargo de él.

Asiento y, me voy al lado de Jamie.

Su respiración es trabajosa. La temperatura le ha subido como mínimo dos grados más. A este punto, parece una olla de presión.

Me tumbo a su lado y me dispongo a dormir.


Volteo a ver el campamento solo una vez más. No puedo evitar que una lágrima ruede por mi mejilla. Tomo aire lentamente y me encamino hacia el mundo exterior.

"Va a alguna parte, mi lady"

Brinco sobresaltada.

Apple, me asustaste

"Lo siento, mi lady. No era mi intención. ¿Quiere que la lleve a algún lugar?"

¿Prometes no decirle a nadie en donde me dejaste? —pregunto temerosa.

"Lo prometo, mi lady"

Bien.

Monto a su lomo y emprendemos vuelo en la negrura de la noche.

"Se va, ¿no es así?" Pregunta Apple en mi cabeza.

Sí.

"¿No hay forma de que la pueda convencer?"

Esta vez no, Apple.

Acaricio su pelaje. Es tan suave y tercio al tacto. Un relinchido de placer sale de su hocico.

"¿A dónde nos dirigimos?"

No lo sé —admito apenada—. ¿Alguna idea?

"Podríamos ir por unos días a la ciudad" ofrece.

Nos pueden encontrar con facilidad. —razono.

"¿Qué le parece Maine? Podríamos quedarnos unos días y después buscar otro lugar"

Tú no puedes acompañarme, Apple. Debes regresar en cuanto me dejes.

"Pero quiero ir con usted, mi lady" protesta la pegaso.

Sonrío tristemente.

Pero no puedes. Debes regresar al campamento. Este es tu hogar.

"También el suyo", reprocha.

Ya no. —susurro por lo bajo.

Debo ser fuerte. No puedo flaquear ahora.

Volamos por todo la noche. Apple, trata de convencerme, pero sus esfuerzos son inútiles. La decisión ha sido tomada.

Llegamos a Maine un poco antes del medio día. Me deja a las afueras de la ciudad.

"Aun podemos volver, mi lady"

Sonrío tristemente nuevamente; esta noche es lo único que puedo hacer; sonreír con nostalgia.

Que te vaya bien, Apple. Hoy tendrás doble ración de comida. Dile a Blackjack que lo ordeno yo.

"Está bien", relincha feliz.

Y puedes ir a ver ese amanecer con los pegasos salvajes. Dile que también te di permiso yo. Promete que no le dirás a nadie donde me has dejado, Apple.

"Lo prometo, mi lady"

Me acerco a ella y deposito un beso en su cabeza.

Cuídate.

Me quedo parada ahí hasta que asciende a los cielos y se pierde por el fulgor del sol.

Miro los alrededores. Nunca antes he estado en Maine. Todo es nuevo y desconocido. Comienzo a deambular por las calles. Tal vez, con algo de suerte consigo un trabajo y no tengo que deambular igual que antes.

Las calles comienzan a abarrotarse de automóviles. Las tiendas comienzan a abrir al público y las personas comienzan a llenar la ciudad.

Cuando la noche cae, no tengo donde dormir. Me arrastro por las calles menos transitadas para buscar un callejón en el cual poder tumbarme.

Ese día no hubo suerte… tal vez mañana, me digo a mi misma.

Ese mañana nunca llego. La suerte nunca me sonríe.

Esa noche atacó una arpía. Al día siguiente una furia. Después le siguió un gigante. Los perros del inframundo también me encontraron.

No importaba a donde huyera. Siempre terminaban encontrándome.


. . . .

Despierto sobresaltada; he vuelto a soñar con ese primer día. Recuerdo que el primer día, todo me pareció irreal. Le faltaba la magia a todo.

Regresar es una idea que ya no me planteo. No puedo dejar a mi Jamie. Jamie es la única persona a la que me siento física y emocionalmente incapaz de abandonar.

Ha pasado más de un año desde que los vi.

Ya les conté mi historia. Les conté acerca de como, por solo un corto lapso de tiempo, fui una persona completa. Conocí alegrías y pesares. Euforias y tristezas. Conocí una familia a la que protejo con mi lejanía.

Ahora esta es mi vida. Y aun así, aun sabiendo todo, no me arrepiento de nada… bueno, tal vez solo de una cosa, pero eso no es algo que les incumba saber.

Me pongo de pie y beso la frente de Jamie.

Tomo la mochila —que ya esta raída y mugrienta— y salgo a un nuevo día.

Hoy es día turístico. Estamos a principios de Junio, lo que quiere decir que debe haber familias visitando los lugares principales de la ciudad. Debo tomar un baño y verme presentable. Odio tener que bañarme en las fuentes públicas.

El sol comienza a clarear, lo que me dice que debo darme prisa.

Lavo lo mejor que puedo dado el dolor que siento y lo helada que está el agua. Trato de calentarla un poco pero, no sirve de mucho.

Lavo perfectamente mi cara y veo mi rostro en un pequeño espejo que cargo. El labio partido se ve mal, muy mal para ser precisos. Un moretón cubre mi mejilla y tendré que disminuirlo. Mi nariz tiene un tono amoratado, pero logro mejorarla bastante con ayuda del agua.

El agua cubre mi rostro y siento que se revitaliza un poco mi piel.

Salgo de la fuente y me cambio a toda velocidad detrás de unos arbustos. Me pongo el único short bueno que me queda —los pantalones que tenia pasaron a la historia—, es el que uso para los días familiares. Una blusa que no tiene tantos agujeros y una gorra para que recoja mis cabellos negros.

Una punzada en la pelvis me recuerda la herida de anoche. Regreso a la fuente y limpio la herida, hoy amaneció roja, y, no es del rojo saludable. El agua aplaca el dolor un poco pero, la herida sigue ahí. Un poco de alcohol para desinfectar y, listo.

Guardo todo y me coloco la mochila nuevamente.

Me dirijo hacia la avenida principal. Para esta hora, debe haber suficientes autos como para que comience a trabajar.

Saco la botella de agua enjabonada y mi limpiavridrios.

Me acerco a los automóviles y comienzo. Varios se rehúsan a pagar; otros pagan muy poco. Solo uno que otro paga bien.

Para medio día, estoy sudada y cansada. La herida ha comenzado a sangrar. La ignoro.

El estómago me ruge. Lo ignoro también.

Un auto verde se detiene en el semáforo. Me acerco y antes de que me de la autorización, esparzo el jabón. El chico rubio que lo conduce asiente en mi dirección y comienzo a limpiar.

Otros dos chicos lo acompañan. Un chico y una chica. Tienen las ventanillas bajas y puedo escuchar retazos de su conversación.

— ¿Seguro que es aquí? —pregunta la chica.

—Sí, Haz. Estoy seguro. —contesta el chico azabache.

—Lo que tengo que hacer por mi hermano. —rezonga risueña, lo que me dice que no lo reprocha para nada.

No les doy importancia.

El rubio saca su mano y me tiende un billete de cinco dólares.

Me le quedo viendo.

—No tengo cambio. —contesto apenada.

—No importa. Quédatelo.

Más que agradecida, tomo el billete. El chico arranca sin dirigirme una mirada más.

Vaya, por primera vez en meses, he tenido la buena fortuna de toparme con unos chiquillos ricos.

Sigo trabajando hasta que el sol me dice que es hora de comer.

Me acerco a una pequeña tienda y, después de una dura lucha interna, decido que no aguantaré más con solamente un tercio de burrito y pan duro en el estómago. Entro y la empleada me mira mal.

— ¿Se te ofrece algo? —pregunta enojada. Una mueca en su rostro como si oliera mal—. No hacemos caridad.

—Tengo dinero. —contesto altanera.

Asiente renuentemente.

Tomo un paquete de galletas y un jugo.

—Son cinco dólares.

—Son solo unas galletas. —protesto.

—Yo no pongo los precios. —se limita a contestar.

Con todo el pesar del mundo, dejo a un lado el jugo y solo tomo las galletas.

—Dos con veinte.

—Toma el jugo —dice una voz a mis espaldas—. Yo invito.

Volteo y el chico rubio y sus acompañantes están con nosotros.

—No es necesario. —contesto apenada.

—No hay problema. Tómalos. Nosotros invitamos.

La chica morena y de rizos, a la que había escuchado llamarse Haz, me sonríe amablemente. El chico grandote de ojos rasgados asiente en forma de aprobación.

—Gracias. —contesto finalmente.

La empleada me mira con fastidio.

Pasa las cosas por el checador y me las avienta de forma grosera. El chico rubio me sonríe y paga. La empleada le sonríe de forma embelesada.

Tomo las cosas y las guardo en mi mochila. Comeré rumbo al parque. Volteo a ver a los demás y sonrío en forma de agradecimiento. Antes de salir, un nuevo empleado me detiene.

—Abre la mochila. —exige.

— ¿Disculpa?

—La mochila. Ábrela.

— ¿Por?

—Necesito revisarla.

—No he robado nada. —aclaro.

No le importa. Toma la mochila y me empuja. Mi herida protesta.

—Déjela en paz. —salta el grandulón.

—Necesito asegurarme —explica el empleaducho—. No sería la primera vez que nos roban los de su tipo.

—No he tomado nada. —protesto.

No le interesan mis explicaciones. Abre mi mochila y la vacía. Mi ropa sucia se esparce en el suelo. Mi espejo, mi cepillo de dientes y mi cuchillo de caza se encuentran entre el desorden. Las galletas caen y se despedazan.

Nadie dice nada acerca de mi cuchillo. Los mortales no lo ven como es.

—Ve. No robe nada.

Me mira con reproche y deja caer mi mochila. No me dedica ni una sola mirada más. Me agacho para recoger mis cosas y la chica morena se une a mí.

—Gracias.

—No hay de qué. El chico es un idiota.

Me pongo de pie y el rubio extiende mi cuchillo.

—Deberías guardar mejor tus armas. —dice de la nada.

Me tenso en el acto. Los mortales no pueden ver mis armas, ellos ven cosas cualquieras. Decido hacerme la loca.

—No sé de lo que me hablas. Es solo un pedazo de madera. —contesto.

Me miran confundidos.

Le arrebato mi cuchillo de las manos y lo guardo rápidamente.

El rubio me mira de forma penetrante. Sus ojos azules me traspasan por completo. Sé que he visto esos ojos antes pero no recuerdo donde. Doy media vuelta y salgo del establecimiento

Una vez fuera, emprendo camino hacia mi nuevo destino.

— ¡Espera! —gritan a mis espalda.

Me detengo en seco.

— ¿Dónde conseguiste ese pedazo de madera? —cuestiona el moreno enorme.

— ¿Por? Es solo madera.

—Es importante.

—Lo encontré tirado. —miento.

— ¿Estás segura? —pregunta la chica.

Asiento.

Los tres suspiran frustrados.

—Les dije que no se iba a encontrar aquí. —dice el rubio.

—Esta es la tercera ciudad —se queja la chica—. Según ellos esta es la correcta.

—Estas sangrando. —apunta el rubio.

—No es nada. Tengo que irme. Gracias, otra vez.

Los chicos asienten y doy media vuelta.

Camino y como lo más rápido que puedo. Las piernas protestan por el cansancio pero no me detengo. Debo llegar al parque.

Una vez ahí, comienza el trabajo duro.

Los chicos que siempre hacen su espectáculo de baile, están a mitad del show. Me escabullo lentamente entre las personas y comienzo a saquear sus bolsillos.

Algunas billeteras, joyas y monedas terminan en mi poder. No me enorgullece hacer esto pero no me queda de otra. Jamie necesita el doctor.

Cambiaré las joyas con Mark, a él le encantan este tipo de cosas aunque las pague más baratas de lo que son.

Un hombre alto siente cuando tomo la cartera de su bolsillo. Toma mi mano y me zarandea.

— ¡Ladrona! —grita, advirtiendo a los demás.

Varias personas voltean a vernos y comienzan a revisar sus bolsillos. Antes de que se abalancen hacia mí, empujo al hombretón y comienzo a correr hecha una furia.

Corro como nunca he corrido. Mi herida duele y sé que está sangrando. No me detengo hasta que hay seis cuadras entre el parque y yo. Choco contra algo y caigo sobre mi trasero. Miro hacia arriba y me topo con los ojos azules eléctricos del rubio de la mañana. Mi gorra cae, dejando al descubierto mis cabellos.

—Lo siento. —me disculpo.

Me pongo de pie y recojo mi gorra.

— ¿Eres una chica? —pregunta.

—Uh… sí. —contesto.

Me estudia con la mirada y, cuando llega a mis ojos algo en su cabeza hace clic.

— ¿Eres Monse? —pregunta esperanzado.

Sus acompañantes me miran expectantes.

Me tenso de pies a cabeza. Siento como la sangre ha abandonado mi rostro.

Me han encontrado una vez más.

No es la primera vez que envían mestizos para deshacerse de mí. Los Dioses últimamente se han puesto creativos, hay que concedérselos.

Mis ojos se abren, amenazando con salirse de sus cuencas.

Reacciono antes de procesar bien lo que sucede. Estampo mi puño en la mejilla del rubio con un gancho y comienzo a correr en dirección contraria.

La chica se acerca al rubio y el grandulón corre detrás de mí.

— ¡Espera! —grita el chico— ¡Solo queremos hablar!

Sí como no. Volteo a ver cuanta ventaja le llevo pero, me llevo una sorpresa al ver que ahora los tres corren detrás de mí.

Acelero el paso. Mis músculos se sienten calientes…, también cansados. Corro por más de seis cuadras, cualquiera se habría cansado para este punto o, mínimo, disminuido su paso. Ellos no. Creo que incluso aceleraron, lo que quiere decir que, están entrenados.

En uno de mis lapsos de suerte, tropiezo y caigo de bruces. Meto las manos para detener la caída y raspo aun más mis manos en el proceso. Eso les da el tiempo necesario para alcanzarme.

El grandulón me tiende la mano. Levanto el pie y lo hundo en su estómago. La chica me toma de los hombros y me pone de pie.

—Espera, no…

Golpeo con mi codo sus costillas, robándole el aire. El rubio se acerca a mí con paso inseguro. No le doy tiempo de que intente nada. Lanzo un golpe a su pecho y golpeo su pierna. Lo aviento contra el grandulón, quien sigue sosteniéndose el estómago. La chica hace amago de envolverme por detrás. Mide casi lo mismo que yo, por lo que le resulta algo complicado.

Le doy un pisotón y con mi cabeza golpeo su rostro. La empujo y cae de sentón. Emprendo carrera nuevamente. Una mano me toma del tobillo, haciendo que caiga de sopetón.

Miro hacia atrás y veo al rubio sujetándome firmemente. Le propino un patada en el rostro que debe dejarlo viendo estrellitas porque me suelta.

Una maldición sale de no sé dónde.

Me pongo de pie como puedo y avanzo a trompicones.

La chica se abalanza contra mí. Me embiste y caemos al suelo. Mi herida punza fuertemente y me quejo. La morena me mira de forma salvaje con sus ojos ambarinos y me somete. Los otros dos están poniéndose de pie.

Envuelvo a la chica con mis piernas y nos hago rodar. Me posiciono encima de ella y la inmovilizo. Doy una serie de golpes en sus costillas y se rinde. En un acto arriesgado, meto la mano en su bolsillo. El grandulón me toma por los hombros y me pone de pie.

Rasguño su cara y golpeo su nariz. Me deja caer de golpe. Hago lo mismo que con la chica. El rubio toma mi mano y la coloca detrás de mi espalda. Con la mano libre lo abofeteo.

Me sorprende que hasta ahora no hayan sacado ninguna arma o, que nadie se nos haya acercado aun. Tal vez, después de todo, si sea mi día.

Corro y volteo solo para asegurarme de que siguen tendidos en el suelo.

El rubio mete la mano en su bolsillo y saca algo que no alcanzo a ver. Sigo corriendo.

Corro hasta que mis piernas se acalambran. Entre más distancia haya entre esos lunáticos y yo, mejor.

Les pierdo la pista. Ya no hay nadie que me siga pero, he perdido mi mochila y, con ella, el dinero de Jamie.

¡Maldición! Tengo que volver. Sé que tengo que hacerlo. ¿Qué hago? Dejar mi maleta no es una opción, pero, regresar justamente ahora tampoco lo es.

Estoy más que sudada y mi herida comienza a arder. Tengo que limpiarla antes de que se infecte. Será para después, ahora tengo que concentrarme en recuperar mi mochila.

Reviso lo que tengo encima. Las carteras de los chicos me dicen que, contrario a lo que pensé esta mañana, no son tan ricos como pesé. Noventa dólares en total. Reviso sus credenciales.

El azabache se llama Frank Zhang, un nombre poco común para estos lares. La chica morena no tiene ninguna credencial que la identifique. El rubio solo tiene una foto que atrás reza Jason G.

Bueno, es oficial. Necesito regresar por mi mochila urgentemente.

Decido rodear y tomar otro camino para no volver a toparme con los chicos. Mi consciencia me grita que lo más lógico es que se hayan llevado mi mochila, pero, como les dije una vez, no soy la persona más estratégica del mundo.

[/¡]—Es una estupidez. No la vamos a encontrar.

—No vamos a perder toda nuestra semana de trabajo. Jamie necesita el dinero.

¿Qué tal si son de la trata de personas? La última vez escapamos por muy poco.

— Claro, porque los de la trata de personas se aprendieron nuestro nombre. —reprocho.

Solo digo que esa opción es más atractiva que la otra. Sin son mestizos están entrenados; si están entrenados no vamos a durara nada.

—Lo hice bastante bien hace poco.

Fue suerte. Nos superan en número.

—Cállate. Me pones más nerviosa.

Esto es estúpido. —canturrea mi voz interna [/!]

Solo tengo que cruzar la calle y tomar mi mochila…, eso y, pasar de lado a los chicos que siguen en el mismo lugar, como si estuvieran esperando algo o, a alguien.

[/¡]—Te dije que eran de la trata de personas.

—Oh, cállate. [/!]

Me acerco lo más sigilosa que puedo. El rubio está dándome la espalda, lo que facilita mi acercamiento. La chica y el grandulón, miran hacia los lados. Para mi mala suerte, los tres custodian mi maleta, lo cual, dificulta mi robo —aunque considerando que la mochila es mía, no es un robo en la extensión de la palabra.

Debo actuar y, sobre todo, correr rápido. Inhalo profundo y actúo sin pensar. Entro por debajo de los brazos del rubio y lo empujo al pasar a su lado. Pierde el equilibrio y tropieza. La chica reacciona más rápido. Tomo mi mochila y la echo a mi espalda. La morena me bloquea la salida y el grandulón me acorrala. Tiro una patada de lado y golpeo su pierna, un golpe en sus bíceps y un gancho bajo es lo que se necesita para que me libere.

—Infiernos, no dijeron que peleara tan bien. —masculla el rubio.

—Solo queremos hablar. —susurra la chica.

Golpeo su costado con una patada. Grave error. El grandulón gruñe y echa las manos hacia atrás. Un arco y una flecha salen de la nada.

—No te muevas. —ordena.

Mis ojos se abren a lo imposible. El rubio se pone de pie y se coloca a su lado.

—No te vamos a hacer daño. —comienza.

—Claro, todos negociamos con armas. —contesto sarcástica.

Un atisbo de sonrisa se asoma en los labios del rubio.

Me muevo hacia la derecha y la flecha sigue mi movimiento pero, no sale disparada.

Hago algo estúpido como temerario. Deslizo mi mano a la mochila y tomo mi botella de agua enjabonada y apunto a los ojos rasgados del chico.

— ¡Agh…! —grita, soltando sus armas.

Rocío a la chica pero no atino a sus ojos. El rubio se cubre el rostro en cuanto ve mis intenciones.

Doy media vuelta y corro con cuchillo en mano.

— ¡Espera! —gritan a mis espaldas.

Sigo corriendo.

El sudor corre por mi frente. Mi cuerpo entero duele a causa de las peleas que he tenido. La herida que me hizo el chico ayer, arde a carne viva con cada paso que doy. Me detengo por un poco de aire.

— ¡Ahí esta! —escucho gritar.

Giro a ver, solo para encontrarme con que los tres chicos me siguen de cerca.

Emprendo carrera nuevamente.

¿Es que estos chicos no saben cuando parar? ¿Cuántos golpes les he dado? ¿No se cansan? ¿Son robots o algo parecido?

Cruzo la calle sin ver si viene algún coche. ¿Les he dicho que la suerte nunca me sonríe? ¿No? Pues nunca me sonríe. Un coche frena a toda velocidad y derrapa, golpeándome el costado derecho con la fuerza de un puño. "Afortunadamente", no es un golpe mortal, pero golpea mi herida.

No me detengo a escuchar las disculpas del conductor. Me pongo de pie y veo a los tres chicos mirándome con la boca abierta. Salgo corriendo nuevamente. Doy vuelta en una esquina. Al parecer, ellos no se sorprendieron lo suficiente porque salen disparados detrás de mí.

Estoy por cruzar otra calle —esta vez verifico que no venga carro—, pero dos cabelleras realmente familiares me lo impiden, haciendo que frene en seco. Mis persecutores se acercan cada vez más. No hay escapatoria.

— ¡Detrás de ustedes! —grita el grandulón.

Las cabelleras voltean y me topo con los ojos tormentosos de la rubia y los arcoíris de la castaña. Una sonrisa de alegría y alivio puro se dibuja en sus rostros. No me detengo a saludar. Ni siquiera a preguntar por qué están aquí.

Giro en redondo.

Bueno, si me van a atacar estos tres chicos, al menos los llevaré lejos de Annabeth y Piper.

Corro hacia la izquierda y cruzo la calle.

— ¡Espera, Monse! —grita Annabeth.

— ¡Monse! —grita Piper.

Volteo a verlas y me encuentro con que Piper está revisando la mejilla del rubio. Una sonrisa en su rostro y, él grandulón intercambia algunas palabras con Annabeth.

La confusión invade mi cuerpo por completo. La imagen me perturba a un nivel que no creí posible. ¿Por qué Annabeth y Piper charlan amenamente con los chicos que han enviado a deshacerse de mí?

Me quedo parada viendo al otro lado de la calle como idiota; tratando de encontrarle un poco de coherencia a lo que mis ojos ven. Parpadeo varias veces para comprobar que no estoy alucinando a causa del cansancio.

Nop. Estoy despierta.

Voy a cruzar la calle para pedir una explicación pero algo me detiene. Jamie. Jamie me necesita. Y, ese ya no es mi mundo. Renuncié a él la noche que decidí marcharme.

Reafirmo mi mochila en mi espalda y, antes de dar media vuelta, me topo con los ojos grises suplicantes de Annabeth. Una media sonrisa se dibuja en mis labios y alzo mi mano en gesto de despedida. Retrocedo lentamente.

Annabeth va a dar un paso en mi dirección pero, Piper la detiene; los coches pasan a toda velocidad entre nosotras.

Doy media vuelta y corro en dirección a la fábrica. Cada paso me acerca más a Jamie. Mi mente se encuentra dividida; no puedo creer que, después de todo este tiempo, haya visto a mi rubia preferida otra vez.

No avanzo ni dos manzanas cuando delante de mí, veo la silueta de tres chicos. Me tenso a la espera de que sean los mismos de ésta mañana, pero, nuevamente, me equivoco.

Solo reconocerlos se me acelera el corazón. Los reconozco porque, es imposible no hacerlo. Ese porte de chico problemático es difícil de olvidar. El solo verlos me provocan ganas de correr hacia ellos, tirarme a sus brazos y olvidarlo todo. Pero, sé que no puedo; ahora hay alguien que depende de mí.

Mi cuchillo resbala de mis manos y me quedo parada como estatua. Una parte de mí cerebro registra que hay pasos que se escuchan cerca, pero yo no puedo apartar la mirada de los tres chicos que avanzan hacia mí.

Me topo con sus ojos marrones y, de repente, soy consciente de lo sudada y andrajosa que estoy. Sin duda, no estoy en uno de mis mejore momentos.

Percy sonríe y acelera el paso. Llega hasta mi posición y, antes de que me dé cuenta, estoy rodeada por sus brazos. Yo me quedo quieta.

—Dioses. Gracias a los Dioses estás bien. —murmura.

Lo único que puedo pensar es que, no es gracias a ellos que estoy viva.

Me encuentro rígida. Mis extremidades no responden. Mis articulaciones han sido soldadas; es como si estuviera hecha de una sola pieza. Me separa de él y la sonrisa sigue ahí.

— ¿Qué hacen aquí? —es lo único que soy capaz de preguntar en voz baja.

—Buscándote, ¿no es obvio? —contesta él.

No sé qué decir. Me he quedado sin argumentos.

—Monse… —llama mi atención Nico.

Después de todos estos meses, me había hecho a la idea de no volver a verlos nunca; había hecho las paces con eso.

—Aquí están. —dice la voz del rubio.

En un acto reflejo, recojo el cuchillo y doy media vuelta, posicionadme delante de Percy y colocándome en posición de defensa.

—Aléjate de mí —ordeno—. Me he deshecho de los otros, no eres el primero. —amenazo.

El chico alza las manos indefenso y mira suplicante a Percy.

—Monse, es amigo. No va a hacerte daño. Baja el arma. —pide Percy, colocando sus manos en mis hombros en un gesto tranquilizador.

Bajo mi cuchillo pero, no aparto mis ojos del rubio.

Piper se abre paso entre los chicos de la mañana y me abraza. Un abrazo apretado y, un tanto asfixiante.

—Gracias a los Dioses estas bien. ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Por qué te fuiste? ¡Oh, Doses, al fin te encontramos! —balbucea sin sentido.

Yo no aparto la mirada de los tres intrusos.

—Ellos son Jason Grace, Hazel Levesque y Frank Zhang — explica Annabeth en un intento de sacarme de mi confusión.

Esos ojos, sabía que los había visto antes.

—Eres el hermano de Thalía. —afirmo.

Una sonrisa se plasma en sus labios magullaos.

—Sí.

Me relajo visiblemente.

—Lo siento —me disculpo, señalándolos a los tres—, por todo eso.

—Lo siento más yo. —masculla Frank, por lo bajo, provocando la risa de los demás.

—Monse… —susurra Percy a mis espaldas.

Mi corazón no ha recuperado su ritmo. Siento que en cualquier momento va a salir de mi pecho y comenzar un baile a mitad de la calle. Volteo a verlo y, verde contra verde chocan. Sus ojos me dicen que tiene miedo. Mis ojos dicen que solo hay confusión en mí.

Abro la boca para decir algo, pero las palabras se atoran en mi garganta.

—Te dije que no me buscaras —es todo lo que puedo decir

—Te hemos buscado por todos lados, Monse. —contesta él.

— ¿No has pensado que no quería que me encontraras? Me fui por una razón. No me encontraste porque no quise.

Los demás se quedaron en silencio ante esa revelación. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas; Percy, fulminándome con la mirada.

—Tengo que irme. —anuncié.

Trato de pasar a su lado pero me detiene.

—Ah, no, señorita. Tú y yo, necesitamos hablar seriamente. —me reprende

Quiero decirle que sí. Quiero poder explicarle todo; pero no puedo. No ahora. No nunca. No puedo abandonar a mi Jamie como me abandonaron a mí.

Estoy por contestarle cuando, algo al otro lado de la calle me distrae. Un movimiento en borrón. Annabeth sigue mi mirada y se tensa en el acto.

— ¿Qué es eso? —pregunto a nadie en especial.

—No se muevan. —ordena Annabeth.

Cariño, no pensaba hacerlo.

Alguien me cubre con su cuerpo lentamente.

— ¡Hidra! —grita alguien.

Nico me toma de la mano y jala de mí. No le doy tiempo a mi cuerpo de que se tranquilice. Empuño mi cuchillo y me pongo en modo patea traseros.

— ¡Mierda! Se supone que no debían encontrarnos —murmura Nico cerca de mí—. Te dije que te aseguraras de que tus inventos funcionaran esta vez, Valdez.

—Si están funcionando —se defiende desconcertado—. Debe ser por ella. Justo como en los viejos tiempo, eh, Monse.

No les contesto.

— ¿Qué parte de no se muevan no entienden? —rezonga Annabeth.

Una enorme lagartija de múltiples cabezas se acerca a nosotros. Su piel curtida y sus ocho cabezas no le dan precisamente una apariencia amigable. Su silbido se escucha desde mi posición y lo único que puedo pensar es cómo pudimos haber pasado por alto algo así. Mide aproximadamente lo de un rinoceronte —y no es que mis experiencias con ellos sean buenas—, lo que me dice que, esto va a ser un gran problema.

Retrocedo lentamente. Un paso a la vez. Nico me sigue; cubriéndome en todo momento. Nadie ha sacado sus armas, lo cual, me parece una estupidez. Entonces, ocurre; el rayo del sol relumbrando en mi cuchillo de caza, el brillo atrayendo a la lagartija enorme, las ocho cabezas silbantes y mortales volteando en nuestra dirección.

Con la velocidad de un suspiro, las cabezas se precipitaron hacia nosotros. Un mordisco es lanzado por mi derecha y solo tengo tiempo de saltar. Nico desenfunda su espada y la hace retroceder.

—No cortes nada. —me ordena.

Jason y Percy, han hecho una defensa, controlando tres cabezas. Ambos luchan con una fiereza y precisión que me dejan sin aliento. Annabeth, Piper y Hazel, se encuentran luchando hombro a hombro, esquivando y distrayendo más cabezas por su cuenta, pero nunca decapitan. El grandulón, Frank, lanza flechas al cuerpo de la lagartija que han denominado Hidra. Yo no sé lo que es una Hidra, y mucho menos sé cómo controlarla; lo único que sé, es que si nos come, no será nada bueno.

Leo, enciende flamas a lo largo de sus brazos y lanza proyectiles hacia la bestia. Es entonces cuando, un chorro de ácido viaja en mí dirección.

— ¡Abajo! —grita Nico.

Me empuja y evita que termine en estado de malteada. En ese momento, salgo de mi aletargamiento.

Me levanto y tomo mi cuchillo con fuerza. Una cabeza sale en mi dirección. Pateo con fuerza y, es como si pateara una roca. ¡La maldita cabeza, casi me rompe el pie!

Chillo y doy vueltas en un intento de sobarme. Nico —a pesar de la situación—, ahoga una carcajada.

Un nuevo chorro de ácido es lanzado a su cabeza; se agacha justo a tiempo y, es mi turno de reír burlona. Me mira alzando una ceja.

— ¡Liguen después! —grita, Leo, haciéndome regresar a la realidad.

Volteo a ver a Percy; espada en mano, lanzando mandobles y encarnando la espada en el cuerpo. Jason, luce realmente terrorífico. No quisiera atravesarme en su camino.

Una cabeza se desliza por el suelo, llegando hasta mí, no lo pienso mucho y corto su cara, llevándome un ojo amarillo en el proceso. Grave error; eso no le gustó nada a la lagartija. Todas sus cabezas se levantan en un chillido aterrador y se dirigen hacia mí. Siento hasta la última gota de sangre abandonar mi rostro. Antes de pensar claro, doy media vuelta y empiezo a correr. Nico corre a la par conmigo. Escucho los gritos de los demás, tratando de volver a captar su atención, pero es inútil. La cosa me ha marcado como su objetivo.

La herida en mi pelvis comienza a quemar y, sé que no es algo bueno.

—Cómo en los viejos tiempos, ¿eh? —grita Nico a mi lado.

Yo solo me concentro en correr. Chorros de ácido son lanzados en mi contra. Una flecha pasa zumbando por mi oreja y, una bola de fuego casi me convierte en antorcha humana.

— ¡Lo siento! —gritan a lo lejos.

Percy, sale a mi lado derecho, jalándonos a Nico y a mí. Una cabeza de la Hidra sale en nuestra dirección pero, Nico, le da una pata con éxito —al parecer, él cuenta con huesos de acero—.

Como se me ha hecho costumbre, caigo en el momento menos indicado. Nico y Percy no se percatan de eso. La Hidra se alza sobre mí en un intento de aplastarme. Encajo mi cuchillo en su pansa y, no le hace ni cosquillas; creo que lo podría usar como mondadientes una vez que termine conmigo.

La Hidra se alza en sus patas traseras y eso me da tiempo de rodar lejos de ella.

— ¡Saca tu espada! —grita Percy.

Mi espada. ¿Cómo le digo que ya no está a mi disposición?

Corre hacia mí y derrapa.

Logro ver a Jason y Frank atacando algunas cabezas de Hidra. Hazel —no sé de donde—, sacó un una espada de corto alcance. Piper, se las ingenió para lograr que dos cabezas comenzaran una lucha entre ellas. Annabeth esquiva y lanza algunos golpes con la misma gracia que recuerdo de ella.

— ¿Dónde está tu espada? —pregunta Percy, frenético.

—Este… mi espada —me agacho ante un chorro de ácido—,… verás —Nico me empuja, salvándome de una mordida—,… la, ¿vendí?

— ¿En qué cabeza cabe vender su única arma? —grita exasperado.

—Era una emergencia. —me defiendo.

Dos cabezas salen en nuestro encuentro. Nico las aplaca. Percy no es tan rápido esta vez. Una mordida atraviesa su hombro, dejando caer su espada.

Me lanzo por él. La Hidra nos va a aplastar. Siento a Nico tratar de sujetarme, pero soy más rápida.

Tomo a Contracorriente y lanzo tajos a diestra y siniestra. Escucho gritos, pidiéndome que me detenga, pero a este punto, es ella o nosotros. Corto limpiamente las ocho cabezas. Una sustancia verde de olor asqueroso inunda el lugar.

— ¿Qué has hecho? —pregunta Percy horrorizado.

—Creo que es obvio; salvar nuestros traseros. —contesto.

Vaya, una creería que estaría agradecido.

El cuerpo de la lagartija comienza a retorcerse de forma violenta. De los muñones humeantes que quedaron, comienzan a brotar unas protuberancias del tamaño de balones, dividiéndose en dos.

Una rápida lección en caso de que se topen con alguna Hidra: ¡No corten las cabezas! Ahora, no tenía una Hidra de ocho cabezas ante mí. Tenía una enfurecida Hidra de dieciséis cabezas. ¡Dieciséis! ¡Yupi! Mi idea de diversión.

— ¿Por qué cortaste las cabezas? —se lamenta Nico— ¡Te dije que no cortaras las cabezas!

— ¡Oh!, no lo sé, tal vez porque, ¡no me dijeron nada! ¡¿Por qué carajos no me dicen que esa cosa de multiplica?!

—Pensé que lo sabías.

— ¡Oh, sí! Porque mi cerebro tiene una copia de todos los malditos monstruos antiguos. —grito irónica.

La lagartija, no sé cómo es que se mantiene de pie. Una pensaría que no podría con tanto peso pero, nuevamente, me equivoque. Lo único que pienso es que, no quisiera ser ella cuando le de migraña.

No sé porque nadie no ha interferido aun. Digo, se que los mortales no pueden ver bien a causa de la niebla y todo eso, pero aún así, ¿qué es lo que ellos ven? ¿Godzilla?

— ¡Apártense! —grita Jason.

El cielo retumba en ese momento, cubriéndose de nueves negras. Un trueno retumba en los cielos y un enorme y potente rayo de pura energía azul cae en la lagartija.

Yo solo alcanzo a brincar y cubrirme con las manos el rostro para no quedar ciega.

Una luz ilumina todo y, cuando alzo la vista, la lagartija humea por completo.

— ¿No habría sido más fácil hacer eso desde el principio? —pregunto sin aliento.

—Eso cansa a Jason. —murmura Percy, sosteniéndose el hombro herido.

—Déjame ver eso. —le pido.

Su herida no está tan mal. Solo un rasguño; la sangre solo hace que se vea más grave de lo que realmente es.

—Esto te va a doler. —aviso.

Vierto el poco alcohol que me queda. Un chillido-quejido, sale de sus labios apretados, al igual que sus ojos.

—No seas llorón.

—Arde.

—Has estado peor. —me quejo.

—Eso no significa que no duela. —defiende.

Percy, siempre tan ridículo.

—Anda, ponte de pie.

Una mano se estira brindándome ayuda. Alzo la vista y me topo con eso ojos marrones que hacen cosas raras con mi estómago.

—Estoy bien. —informo.

Leo se acerca a mí, empujando a Nico en el proceso y me abraza. Así, ambos hincados a mitad de la calle, sudados y después de más de un año de vernos. No puedo evitar abrazarlo y sentirme reconfortada.

— ¿Te encuentras bien? —pregunta en un susurro.

—No me quiebro tan fácil. —contesto.

—Esa es mi chica.

—No soy tu chica.

Reímos ante el recuerdo de nuestra eterna discusión. Me ayuda a ponerme de pie. Percy ya tiene el hombro vendado por Annabeth, quien no pierde el tiempo y se abalanza sobre mí.

—Dulces Dioses, te extrañé tanto.

Suelto una risa por lo bajo.

—También los extrañé.

— ¿Por qué? —se limita a preguntar solamente.

Ignoró la pregunta.

—Debemos irnos. No tardarán en llegar los mortales y, tengo que irme. Tengo algo que hacer.

—Creo que puede esperar —interrumpe Percy—. Tenemos que hablar.

—No. No hay nada de qué hablar.

Mi dirige una de sus famosas miradas mortales. «Matarás a quien amas», retumba la voz de Rachel en mi cabeza. No habían pasado ni cinco minutos cuando lo encontré, cuando ya nos estaban atacando. Fácilmente pudo haberles pasado algo.

—Mira, tengo que irme. Me encontraste, bien. Es hora de que se vayan.

—No voy a irme sin ti. —protesta.

—Peque… —llama Leo.

Me agacho y recojo mi mochila. Reviso el interior y, para mi gran alivio, el dinero sigue ahí; algo chamuscado pero, no es algo que no se pueda arreglar.

No puedo perder el tiempo. Cada minuto que estoy aquí, Jamie, empeora.

—Tengo que irme. Fue un placer volver a verlos, chicos; pero es hora de que se vayan.

Miro hacia los "intrusos" y asiento.

—Lo lamento. —vuelvo a disculparme.

—Mare Starlet… —dice Nico, sujetándome de la mano; impidiendo que me vaya.

Mi corazón se detiene por una fracción de segundo y reanuda su marcha a toda velocidad. Es estúpido que su solo toque me ponga así después de todo este tiempo. Soy patética.

—Tengo que irme, Nico —digo con voz apagada—. Tengo algo importante que hacer.

— ¿Qué es más importante que esto? —cuestiona Percy.

—Me están esperando. No puedo llegar tarde.

— ¿Quién?

—Eso no es de tú incumbencia.

—Pueden esperar. —reniega necio.

La verdad, es que no. No puede esperar. Tengo que llegar con Jamie. Prometí que lo llevaría al doctor. Prometí que lo cuidaría. Prometí que no lo dejaría solo.

—Mira, Percy; me voy. Te dije que no me buscaras. Te dije que no podía seguir ahí. ¿Para qué me buscaste? ¿Para qué te dijera todo esto? —suspiro frustrada. Baja sus ojos hacia sus pies y me siento una desgraciada por gritarle eso— Solo…, solo váyanse.

Doy media vuelta y empiezo a caminar.

—Te dije que no me voy sin ti. ¿A qué te quedas aquí, eh? —reprocha— ¿A vivir en las calles? ¿A pasar noches con frio y hambre? ¿A esperar morir a manos de un monstruo?

— ¡Todo estaba bien hasta que llegaron! ¡No me habían encontrado y, los que lo hicieron me encargué de ellos! ¡Estaba perfectamente bien!

— ¿Por qué te fuiste? —demanda enojado.

—Porque quise.

—No me mientas.

—No lo hago. ¡Ahora largarte! ¡Váyanse! —le empujo.

Toma mis manos en una de las suyas y coloca la otra en mi frente.

— meinete asyneidito —susurra su voz, invitándome a olvidarlo todo.

— ¡Maldito hijo de…! —grito al reconocer la maldición del sueño.

Mis ojos pesan y mi último pensamiento es el rostro de Jamie.


Camino por alguna calle que, realmente, espero que esté desierta. No necesito encontrarme con alguna criatura mortífera en estos momentos. Lo único que quiero, es tumbarme y dormir largo y tendido. Dormir porque mi cuerpo ya no resiste más estar de pie.

Lo único que cargo, es la mochila con la que huí. Eso fue hace meses. La poca ropa que había tomado, pasó a la historia con una velocidad alarmante. Mis pocos pantalones, fueron quemados, rasgados y destrozados bajo el ataque de algunas furias, arpías y no sé qué era lo último que me atacó, pero, realmente era espeluznante.

Mi único suéter lo perdí al tratar de escapar de una empusa; así que ahora me veo obligada a no solo pasar hambre, sino también frio.

No sé qué día es, mucho menos en donde estoy. Hace mucho tiempo que dejó de importarme. Mi plan inicial al dejar el campamento, había sido entregarme, pero, cuando la primera criatura llegó —un grifo; una animal con la cabeza de un águila y cuerpo de león y unas alas enormes—, el pánico hizo mella en mí al pensar en su pico encajándose en mi cuerpo. Llámenme loca, pero mi sentido de supervivencia, me ordenó tajantemente que matara a esa coas antes de que ella a mí. Así que, así fue.

Solo mi sentido de supervivencia fue más fuerte que mi sentido de lo correcto. Además, ellos habían dicho que no me querían cerca de sus hijos, no dijeron —tan expresamente— que me querían muerta. Tal vez, lo insinuaron —¡Bien! Lo exigieron—, pero, eso no quería decir que tenía que cumplirles todos sus caprichos a los Dioses.

No deberías estar sola por aquí. —dice una voz, sobresaltándome y sacándome abruptamente de mis pensamientos.

Pego un brinco y, más rápido que una exhalación, deslizo mi anillo y presiono la perla.

Guau, ¿cómo hiciste eso? —vuelve a preguntar la voz.

¿Quién está ahí? Sal a donde pueda verte.

De entre la oscuridad, comienzan a moverse varios cartones y placas de lámina. Empuño mi espada perfectamente y, aguato mi respiración. Mis músculos tensos, a la espera de recibir la orden de salir corriendo.

Una cabecita llena de cabello sucio y enmarañado se asoma de entre las láminas. La carita sucia y descuidada de un pequeño se asoma de entre las sombras. Una sonrisa tímida pintada en sus labios y sus ojos brillando de curiosidad.

¿Me enseñaras a hacer eso? Eso es genial. —dice emocionado con su vocecilla.

¿Puedes verla? —pregunto asombrada.

¿Bromeas? Es muy bonita. ¿Dónde la conseguiste?

Fue un regalo. —mascullo.

¡Ge-ni-al! Quiero la mía.

Tranquilo niño. No te emociones. No tendrás una. —me limito a contestar.

Su carita hace un pequeño puchero, dándole un aspecto gracioso.

Por favor.

No. —contesto tajantemente.

Sus ojitos brillan al borde de las lágrimas esperanzadoras. Casi me desarma. Casi. Me pregunto cómo es que puede ver mi espada a través de la niebla. Tal vez, es como Rachel y la mamá de Percy.

¿Me dejas aunque sea tocarla?

No es un juguete, niño.

Jamie —corrige—, mi nombre es Jamie.

Bien por ti, niño.

¿Cuál es el tuyo?

No es de tu incumbencia —contesto un poco más brusca de lo que debería—. ¿Por qué dijiste que no debería estar aquí?

Porque este es territorio de Brad. —contesta, viendo los alrededores.

¿Brad? ¿Quién es Brad?

Es el dueño de esta área. Lo que sea que reclutes en este lugar, debes darle la mitad y pedirle permiso antes de pedir dinero a los peatones.

Suena a que es un completo idiota. —opino con un bufido.

Lo es, pero es lo que hay.

Como sea. Me voy.

¿A dónde?

¿No te han dicho que heces demasiadas preguntas?

Me lo dicen todo el tiempo. —responde con una sonrisa.

Reprimo una sonrisa. Este niño no entiende.

Vuelve a dormir, niño.

¿Por qué no duermes conmigo por esta noche?

No me conoces. Podría ser peligrosa.

Tienes magia. No veo como la magia pueda hacerme daño. —agrega.

¿No te han enseñado a no confiar en extraños?

No.

¿Quién te cuida, niño?

Nadie. Soy solo yo y Rastreador.

¿Rastreador?

Es mi tigre. Él me protege de todo y, dice que tú eres de confiar.

¿Sabes que Rastreador es más nombre de perro que de tigre?

Mi papá me dijo que así se llamaba.

¿Y dónde está tu papá?

No lo sé. Se fue hace dos semanas y no ha vuelto.

No necesitaba ser muy inteligente para saber que ya no volverían por él. Pobre niño, pero, no era asunto mío. Él no es el primer niño que conozco en esa posición. Incluso yo estuve en sus zapatos.

Entonces, ¿qué dices? ¿Duermes conmigo?

No.

¿Por qué no?

Porque no te conozco.

Pero tengo miedo —susurra a media voz—. Por favor; solo será esta noche, lo prometo.

No sé si son sus ojos suplicantes o, recordar que una vez yo estuve en su lugar. Sea lo que sea, acepto quedarme con él.

Gracias.

No me agradezcas, niño. Necesito un lugar para dormir. Solo no molestes.

Lo prometo. —jura con una enorme sonrisa.

Me guía hacia un rincón, oculto entre cartones y láminas y se acurruca con un pequeño tigre de peluche. El tigre está sucio y percudido y, me pregunto seriamente si no alberga pulgas.

Me siento a su lado y, guardo mi espada. Reviso el callejón con la mirada y, al ver que no hay nada entre las sombras, me dispongo a descansar un rato.

Esa fue la primera vez que me tope con mi Jamie.

No, Jamie, por ahí no. —regaño por segunda vez consecutiva.

Solo un ratito. Prometo que no dejaré que me vean.

No. —zanjo.

Pone su cara de corderito; esa cara que sabe que no puedo negarle nada.

Hace cuatro meses nos habíamos encontrado en un callejón sucio y oscuro. Hace cuatro meses habían cambiando nuestras vidas. Mi plan, había sido separarnos cuando amaneciera, y así lo había hecho. No contaba con que Jamie me siguiera todo el día, escondido entre el entorno. Para cuando lo descubrí, ya era muy noche y, nos vimos obligados a compartir nuevamente callejón. Así había sido hasta que, llegó el día en que ya no me separé de él.

No les mentiré, está opción no nos ha facilitado la vida a ninguno de los dos, simplemente, nos ha hecho más llevaderos los días.

Por favor. —comienza a rogar.

No. —contesto con menos firmeza.

Sabe que está por ganar.

Solo serán diez segundos. Solo quiero verlos.

Jamie, no —digo con voz comprensible—. Sé que terminarás pidiéndome que te compre un poco y, sabes que el dinero es exclusivamente para comida.

Pero el pastel es comida. Además, es mi cumpleaños. —vuelve a rogar, poniendo ojos de cordero.

Tú no sabes cuándo es tu cumpleaños. —me quejo.

Por lo que sabemos podría ser hoy. Por favor.

Bien. Pero no compraremos nada.

¡Sí! —hace gesto de victoria—. Solo quiero ver los pasteles de la vitrina.

Niego con una sonrisa pintada en mis labios. Jamie, no tendrá más de cinco años y, es el niño más adorable que he conocido. Tiene toda la inocencia que yo no tuve a esa edad.

Rodeamos la calle, rumbo a la enorme pastelería que se encuentra en el centro de la ciudad. Jamie y yo, vamos lo más limpios que podemos; eso no evita que los demás nos vean con desagrado.

Cuando llegamos, la vitrina se encuentra decorada con un enorme pastel de frutas. Solo verlo, se me hace agua la boca. Volteo a ver a Jamie y noto que hace un gran esfuerzo por no babear. Yo hago un gran esfuerzo para no reírme de su expresión.

Un empleado nos ve y, nos hace señas para que nos vayamos. Incluso y limpia la vitrina como si tuviéramos alguna enfermedad contagiosa. Yo solo aprieto los puños.

Caminamos nuevamente calle abajo y puedo notar sus ojos entristecidos. Eso me desarma.

Tal vez, luego podamos comprarnos un pastel para nosotros solos. —comenta.

Juro que este niño es mi perdición. Me pesa el tener que negarle algo.

Tal vez. —coincido finalmente.

Sonríe y olvida el incidente. Yo no.

Esa noche, dejo a Jamie durmiendo y me dirijo a la pastelería. Quiebro el aparador y robo un pastel pequeño antes de que llegue la policía.

Jamie. —susurró en un intento de despertarlo.

Talla sus ojitos y se levanta.

¿Qué pasa? ¿Tenemos que irnos? ¿Nos encontraron?

Jamie, a pesar de ser un mortal más, es capaz de poder ver a través de la niebla. Cuando le expliqué todo, se emocionó. No dejaba de preguntar acerca de cómo eran los Dioses y si pensaba volver al campamento. Esa era la pregunta que más temía hacerme.

Mira lo que conseguí.

Sus ojos se abren a lo imposible, revelando una emoción que apenas cabe en su cuerpecito.

¿Lo compraste para mí?

Sí. —miento.

¡Eres la mejor! —festeja.

Comemos hasta empacharnos. Su boquita termina embarrada de betún y nuestros dedos empalagosos. Esa noche no volvemos a dormir. Nos la pasamos viendo las estrellas y, recordando anécdotas. Le cuento de los pegasos y de lo que se siente volar. El me cuenta de los días en que vivió con su papá.

Cuando va saliendo el sol, se acurruca a mi lado y tengo que moverlo para que no se duerma. Es un nuevo día. Hoy partiremos de la ciudad. Conseguí que nos metieran en un camión de carga y, debemos llegar a tiempo.

Esta vez, nos dirigimos a algún lugar de Oregón.

Nos sentamos y él se acurruca a mi lado, dispuesto a dormir lo que dura el viaje. Yo me acomodo y cierro los ojos, conciliando un sueño reparador.


. . . . .

Despierto en algo blando. Siento que he tenido un sueño reparador. Mi cuerpo aunque adolorido—, se siente descansado. Las imágenes de un sueño alocado vienen a mi mente.

Jamie. Percy. Nico. Leo. Annabeth. Piper. Un rubio oxigenado. Un chino enorme. Una morena con afro. Jamie otra vez. Soñé con Jamie.

Me siento, y estudio mí alrededor. Algo en mi vientre duele y bajo la vista. Unas vendas me avisan que he sido curada de algo… Entonces, todo encaja en la maraña de pensamientos que hay en mi cabeza.

Abro los ojos de golpe y miro frenéticamente mis alrededores.

Me encuentro en una habitación espaciosa y bien iluminada, lo que me dice que aun es de día. Me pongo de pie y, busco mi mochila. Aun tengo que llegar con Jamie.

Jamie. Solo pensar en él, me provocan ganas de poner las manos alrededor del cuello de Percy. ¿En qué carajos estaba pensando al ponerme bajo la maldición del sueño? ¿Era idiota o qué?

Mi mochila no se encuentra por ningún lado. Tomo el pomo de la puerta de madera y, salgo a lo que parece una sala. El sonido de varias voces proviene del cuarto contiguo. Estoy por acercarme cuando, mi mochila hace aparición en el pequeño sillón individual delante de mí.

—Oh, ya te levantaste. Estaba por ir por ti para desayunar. —dice Nico, pillándome en la sala.

Mi estómago ruge en aprobación.

— ¿Desayunar?

—Sí. —contesta un tanto dudoso.

— ¿Cuánto he dormido, Nico?

—Toda la noche y, parte de la tarde de ayer.

—Hey, Nico, ¿ya vienen? —pregunta Percy, asomando la cabeza por la entrada.

El color y toda emoción abandonan mi rostro al escuchar su repuesta. ¿Toda la noche? ¡Dulces Dioses bebes en pañales! ¡No había llegado a dormir con, Jamie!

—Hey, vamos a desayunar. —invita, Percy.

— ¡Me dormiste! —reclamo— ¡Maldito! ¡Te dije que me dejaras sola!

—No vamos a discutir ahora, Monse.

—Tienes razón. Me largo.

—Tú no vas a ningún lado.

La desesperación por saber que tal vez era demasiado tarde hizo mella en mí. Llevo mis manos a mis cabellos en una señal de desesperación.

— ¿Te encuentras bien? —pregunta Percy.

Tomo mi mochila y, antes de que les dé tiempo de reaccionar, atravieso la puerta. Echo a correr escaleras abajo, escuchando como varias personas me siguen.

Llego a la planta baja y, salgo por la puerta. El hombre del lobby asiente en mi dirección y salgo al exterior.

El sol de la mañana me recibe. Percy grita a mis espaldas y yo simplemente lo ignoro.

— ¡Carajo! ¡¿Que no puedes quedarte quieta?! —grita.

Alzo la mano y un taxi me hace la parada. No estoy para sus berrinchitos. La puerta del copiloto se abre y, Percy sube al coche enfurruñado.

—No irás sola. Me aseguraré de que regreses cuando termines de hacer eso tan importante.

Mi respuesta mordaz esta por abandonar mis labios, cuando, dos cabelleras negras se refunden en el asiento trasero conmigo.

—Tenemos que asegurarnos de que no se maten. —explica Leo con una sonrisa.

Nico se limita a observarme y asentir.

—Lléveme a la fábrica de enlatados. —pido al conductor.

El taxi arranca y, Percy solo me ve ceñudo.

— ¿Qué es tan importante? —pregunta.

—Me están esperando.

— ¿Quién?

—Jamie. Prometí que llegaría para dormir juntos. Nunca he roto una promesa con él. —susurro.

Los tres me miran boquiabiertos. Noto como el color abandona el rostro de sus caras.

— ¿Duermes con alguien? —pregunta Nico.

Lo miro extrañada.

—Sí. Dormimos juntos desde hace más de un año.

El resto del camino, transcurre en silencio. Dentro de mí, solo hay desesperación y miedo. Una combinación nada agradable.

Cuando el taxista para, le digo que espere.

Saco el dinero y, bajo del taxi hecha una furia. Los demás me siguen.

Entro a la fábrica y, lo primero que hago es buscar a Jamie.

Alguno de los chicos tropieza con algo porque escucho unos quejidos.

Algunos chicos se encuentran arremolinados en torno a donde Jamie duerme. Maggie es la primera en saltar hacia mí.

—¿Dónde te habías metido? —exige— Jamie no dejó de preguntar por ti. Pensó que te había pasado algo —dirige una mirada hacia mis acompañantes y calla abruptamente—. ¿Quiénes son ellos?

— ¿Cómo está? —me limito a preguntar.

Sus ojos me dicen que nada bueno ha pasado.

Paso a un lado de ella y miro a mi Jamie; su piel pálida y brillando en sudor. No puedo hacer más que tumbarme a su lado.

—La temperatura no baja. Mandé a algunos chicos por agua, pero sabes que no hará mucho por él. Ha preguntado por ti. No quiso dormir. Le pidió a Paul, que fuera a preguntarle a Mark por ti.

—Conseguí el dinero. —le hago saber.

—Esta inconsciente.

—Voy a llevármelo.

Ella se limita a asentir. No le doy ni las gracias por haberlo cuidado cuando, lo tomo en brazos. Coloca a Rastreador encima de él y doy media vuelta, tratando de caminar lo más rápido que puedo. Unos brazos me lo impiden y me encuentro con los ojos marrones de Nico. Toma a Jamie de entre mis manos sin decir ni una sola palabra y salimos de la fábrica.

El camino hacia el hospital me parece eterno. Jamie arde en temperatura, suda a mares y no deja de temblar.

No dejo de arrullarlo y susurrarle que va a estar bien.

—Se va a poner bien. —me trata de animar, Leo.

Alzo la vista y me topo con su mirada compasiva. Me sonríe y, un nudo se atraviesa en mi garganta. Asiento fervientemente y vuelvo la mirada hacia mi Jamie.

Percy pasa un brazo por mis hombros en un intento de reconfortarme.

—Todo va a estar bien.

— ¿Cómo lo sabes? —pregunto.

—Solo lo sé. Se va a poner mejor, ya lo verás.

Nico no dice nada. Solo va en silencio a un lado de mí. Su mirada perdida en el rostro de Jamie y, solo puedo ver la melancolía en él.

— ¿Llevan mucho tiempo juntos? —quiso saber Leo.

—Es como mi hermano. —contesto.

Percy, cierne aun más su brazo a mis hombros y, me estrecha cerca de él.

—Se pondrá mejor. Lo juro.

Jamie se remueve en mis brazos y, se acurruca como tantas veces lo ha hecho antes. Mi cuerpo, instintivamente se ajusta a su nueva posición y lo acerco inconscientemente a mi pecho. Un hecho, que no pasa desapercibido para los demás.

—Podría ir más rápido —le pido al taxista.

—Voy lo más rápido que puedo, niña.

Cuando finalmente llegamos, bajo a toda prisa. Entro a emergencias y la enfermera me tuerce el gesto.

—Un doctor. Necesito un doctor. —exijo.

Miro frenéticamente hacia los alrededores. Varios pacientes se me quedan viendo. Jamie, sigue inconsciente.

—Disculpe, señorita, no los podemos atender aquí.

—Tengo dinero para pagarles. —anuncio.

Eso no hace que su mueca desaparezca.

—Lo siento, pero no los podemos atender aquí. —repite.

Me mira de arriba abajo y, no repara en mi más. Dirige su vista hacia sus papeles.

Desesperada, estoy por acercarme a gritarle, pero, unas manos en mis hombros me lo impiden.

—Vienen conmigo. Le exijo que los atienda ahora. Si algo le pasa al niño, nada bueno saldrá de eso, ¿entendido? —advierte Percy.

La enfermera asiente y, llama a un doctor.

Un doctor llega corriendo con varias enfermeras. Depositan a Jamie en la camilla y, comienzan a tomar su pulso. Lo entuban y me preguntan lo que le paso.

—Tiene varias costillas rotas —explica rápidamente el doctor—, la infección se extendió y, necesito ver que tan mal está la pierna. Creo que será necesario operar. Presenta indicios de deshidratación y, de inanición. —anuncia, mientras avanzamos por el pasillo.

Entran a una habitación y, me impiden el paso. Yo solo quiero ver a Jamie una vez más.

Las lágrimas, no se hacen esperar. Jamie está mal y, todo es culpa mía.

Los brazos de Percy me envuelven y, antes de darme cuenta, estoy sollozando en su pecho.

—Se va a poner bien. —susurra.

Rompo en llanto. Me aferro a él y, rezo a todos los Dioses que Jamie se ponga mejor.

—No quiero que le pase nada. —sollozo incomprensiblemente.

—Nada le va a pasar, peque. Vas a ver que, se pondrá mejor. —consuela Leo.

—Señorita —se acerca la misma enfermera de recepción—, no puede estar vestida así aquí. Tiene que ir a asearse —dice de forma un tanto brusca pero no me importa—. Tendré que pedirle que se retire.

—Solo serán unos mementos —contesta Nico—. Déjela en paz.

Algo en su mirada, debe decirle que es mejor no hacerlo enojar porque no vuelve a acercársenos.

Me siento en la pequeña sala de espera, Percy y Nico a mis lados. Me quedo a observar la nada, esperando que los Dioses escuchen mis plegarias y me concedan este único milagro.


Bueno, creo que es la primera vez que les actualizo antes de los quince días,

denme algo de crédito por eso :) ¿no? Okay.

¿Qué les pareció? Sé que muchos querían ver las reacciones de los demás, pero

no desesperen, que eso vendrá con el tiempo (creo que el prox. cap). ¿Qué me

dicen de la aparición de los romanos? La verdad, yo ya tenia ganas de que salieran,

según yo, aparecerían como por el cap. 10, pero ya ven, las cosas se alargaron. En

fin, espero les haya gustado.

Una pregunta, para aquellos que no lean mi otra historia: estoy trabajando en dos historias,

ambas son de AU, la pregunta es esta, ¿les gusta leer de este tipo de historias?

He pensado en subirlas a este fandom, pero, quiero saber si realmente les interesaría leerlas o,

de plano no les agradan para nada este tipo de historias.

Otra; estoy en busca de una Beta, porque, dentro de poco empezaré a realizar prácticas y no

tendré tanto tiempo para escribir. Así que, cualquier interesado, por favor, mándeme un MP.

Lo único que se necesita es, tener buena ortografía (si es mucho mejor que la mía que mejo xd),

paciencia y, tiempo libre.

Creo que me alargue n.n

Bueno, cuidense.

Besos. *3*