Capitulo 17 El tiempo pasa y no espera a nadie. Parte 2
La luz del sol me da en el rostro. Aun no puedo creer que siga respirando. Las últimas noches empeoró mi salud. Todo por una estúpida gripa que se convirtió en neumonía. Es realmente una ironía que todos aquellos monstruos y mestizos que envían los Dioses no han podido conmigo, pero una simple gripita me está pateando el trasero. Lógica nivel: tragedia griega.
Me siento y me miro del asco. Siempre lo he dicho, no me considero de las mujeres más bonitas que hay, pero, no estoy tan mal —aunque considerando que hablo sobre mí misma, no cuenta mucho mi opinión—. En fin, les decía que me siento del asco. Mis músculos duelen y la garganta ni se diga. Había perdido la voz hace dos días. Mis piernas creen que están hechas de gelatina y mis brazos de mantequilla.
Jamie es el que se ha encargado de cuidarme. Le había dicho y, prácticamente ordenado estrictamente que no saliera sin mí, pero él se limito ignorarme como siempre y salió en busca de dinero cuando yo estaba en un estado de semi-coma.
—Si fuera al revés harías exactamente lo mismo —reprochó cuando lo regañé—. ¿Y qué si salgo sin ti? No es la primera vez que lo hago.
—Pero yo no estoy ahí para cuidarte, Jamie. Sabes lo que le pasan a los niños que andan solos en la calle. Te pueden coger los del orfanato. —digo con voz de locomotora.
—Pues me escapo. Ahora tú necesitas descansar. Quizás mañana si te puedas mover y vamos a la playa.
—No vamos ir a la playa, Jamie.
— ¿Por qué no? La vez pasada mejoraste cuando entraste al mar. —preguntó necio, que con su voz aniñada solo suena gracioso.
—Porque la última vez que lo hice nos encontró esa nereida, ¿recuerdas?
—Era muy bonita.
—Ese no es el punto, Jamie. —contesté exasperada.
—Solo deja que cuide de ti; solo hasta que te mejores.
—No. —decidí con voz autoritaria que no da lugar a réplica.
Me ignoró.
Cuando vuelvo a despertar, él ya no está. Hice mí último acopio de fuerza de voluntad para no ir a buscarlo y traerlo de los pelos si era necesario.
Regresa hasta que entra la noche. Estos últimos días, nos encontramos en algún lugar de Santa Cruz
—Te conseguí un poco de sopa. —anuncia con una enorme sonrisa.
—Te dije que no salieras sin mí.
—Y te ignoré —contesta—. Ahora come.
—Eres tan necio.
—Aprendí de la mejor. Ahora come.
— ¿Desde cuándo me das ordenes? —pregunto.
—Desde que estoy cuidando de ti. Ahora come.
Estira la manita y me da un poco de sopa tibia.
Sabe un poco rara pero no digo nada; mi niño se debe haber esforzado mucho para conseguirla. Termino de comer y lo examino detenidamente.
— ¿Te bañaste?
—Sí. —masculla, acomodándose a mi lado.
— ¿Tu solo?
—Sí.
— ¿Por tu propia voluntad?
—Que sí. —contesta exasperado.
—Solo decía. —me defiendo alzando las manos.
Suelta un suspiro derrotado y, sé que soltará la lengua.
—La señora del restaurante me dejó entregar pedidos a cambio de comida. Solo dijo que me bañara.
— ¿Entregaste comida por toda la ciudad? —pregunto enojada.
—No. Solo las que estaban cerca… Las hice caminando.
—Jamie… —reprocho.
—No es nada —dice, agitando la mano, quitándole importancia al asunto—. Tenía que hacerlo.
—No. No tenias que hacerlo, Jamie. Pudo haberte pasado algo.
—Pero tú siempre cuidas de mí —susurra con miedo—. Quiero hacer lo mismo por ti. No te enojes conmigo —se le quiebra la voz—. No quiero que te pase nada.
—Oh, Jamie —exclamo y lo abrazo—. No va a pasarme nada. Y, no debes cuidar de mi, Jamie. Yo soy la mayor, ¿recuerdas? Yo voy a cuidar de los dos.
—Los hermanos se cuidan entre ellos, Monse.
Sonrío ante esas palabras.
—Y yo voy a cuidar de ti, Jamie. Siempre voy a cuidar de ti.
— ¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Me abraza fuertemente y susurra contra mi pecho.
—Entonces, mañana iremos a la playa para que te alivies.
—Tú no das órdenes, niñito. —digo con una sonrisa.
—Pero, me obedeces en esto. O vamos mañana o, dejas que te cuide hasta que te mejores. —sentencia.
Al parecer, nunca puedo ganar una discusión con éste niño. Nunca le puedo decir que no. Adivinen quién va a ir a la playa mañana.
. . . . .
—Se va a poner bien. —dice Percy por quinta vez.
No he estado muy consciente de lo que ha pasado a mí alrededor desde que Jamie se fue de mi lado. No pudo dejar de escuchar las palabras del doctor.
No puedo olvidar el diagnostico del médico. Costillas rotas, expansión de una infección, deshidratación e inanición. Inicio de hipertermia. Todo eso es culpa mía. Debí cuidar mejor de él. Debí haberlo hecho. Todo lo que toco lo destruyo.
Una enfermera rubia, se acerca a nosotros y puedo ver a las personas que vienen con ella. La cabellera rubia y la castaña de Annabeth y Piper se asoman detrás de ella. Los foráneos han venido con ellas.
—Les dije que estaríamos aquí —explica Percy—. Querían venir.
Yo me limito a asentir.
La enfermera se acerca a mí y dice algo pero, yo no la escucho. Asiento nuevamente a algo que ella dice y, después, me encuentro siendo arrastrada hacia alguna habitación.
— ¿Tiene que ir? —pregunta Nico.
—Solo serán unos minutos. —contesta la enfermera.
Solo así, suelta mi mano.
Camino detrás de ella y, entramos a una habitación.
Comienza a trabajar. Cura mi labio partido, y pasa una gasa por mi nariz. Limpia y desinfecta mis manos y las venda. Me había olvidado completamente de ellas, supongo que las heridas aun eran visibles. Me pide que me desvista y comienza a revisar mi cuerpo. Ahoga una exclamación.
—Santo Dios, niña. ¿Qué te ha pasado? —pregunta indignada.
Yo no contesto.
Unta un poco de ungüento y me venda las costillas —afortunadamente, no tengo ninguna rota—. Cuando llega a mi herida, noto que la mira reprobatoriamente.
—Está infectada —anuncia—. Te daré antibióticos, si prometes tomarlos correctamente, no te entubaré.
Limpia la herida y, duele como la mierda. Un poco de pus emana de ella y, después de eso, me embarra algo que no sé que es. Comienza a suturar la herida.
Me lleva al cuarto de rayos X. Saca un poco de sangre para hacer análisis y me deja ir.
Los analgésicos se llevan con ellos el dolor, desgraciadamente, solo se llevan el dolor físico.
Fuera de la habitación, están esperándome Nico y Leo.
Es entonces cuando realmente los veo.
Ambos han cambiado. Son cambios que para cualquiera podría pasar desapercibidos e imperceptibles. No para mí. Para mí, son cambios que saltan a primera vista.
Los rasgos de Leo, están a punto de terminar de desarrollarse. Una fina capa de vello crece en su barbilla, haciéndolo ver un tanto gracioso. Sus cabellos, siguen siendo la misma maraña de chinos alocados, pero, son un poco más largos. Hay una nueva cicatriz pequeña en la parte derecha de su barbilla y, ha crecido un poco. Su sonrisa sigue siendo exactamente la misma.
Nico, por otra parte, también creció varios centímetros, está un poco más desgarbado que la última vez que lo vi. Su barbilla se encuentra en proceso de encuadrarse y, sus pómulos un poco más definidos. La poca niñez que quedaba en su rostro, estaba en el olvido. Sin embargo, sus ojos siguen siendo exactamente los mismos que recuerdo. Aun conservan la profundidad y calidez de siempre.
Ambos me regalan una sonrisa y me dan la esperanza de que todo pueda salir bien.
—Percy nos está esperando. —anuncia Leo.
Pasa su brazo por mis hombros y Nico, toma mi mano.
Pudieron haber pasado solamente algunos segundos cuando la enfermera se acerca a nosotros y pregunta quién es el responsable a cargo de Jamie y de mí, pero mi trasero entumido me dice que no es así; debo estar sentada desde hace horas.
—No será necesario llamar a nadie —comunica Piper cuando se enteran que no hay un adulto con nosotros—. En realidad, usted no quiere llamar a nadie, ¿verdad?
No sé por qué, pero, tengo el presentimiento de que está utilizando su don vocal.
—Necesito pasar el informe de la chica —dice la enfermera—. Si sufre de maltrato debo dar aviso a recursos humanos.
—Ella no sufre de maltratos. —declara Percy.
La enfermera bufa.
—Como tú no has visto las lesiones —me hundo en mi asiento —. Monse, necesito que me digas si en tu casa te han hecho esto. Debo llenar un informe —explica comprensivamente, hasta podría decir que con lástima—. No tengas miedo, nadie te hará nada aquí.
— ¿Qué lesiones? —pregunta Annabeth.
—Las que tiene por todo su cuerpo —explica la enfermera—. Si ustedes saben algo de esto, necesito que hablen.
—Ellos no saben. No son nada. —contesto.
— ¿Qué lesiones? —pregunta Percy con voz dura.
—No son nada. —repito con voz monocorde.
—El doctor te está esperando. Necesitas pasar con un adulto responsable de ti.
—Yo pasaré con ella. —anuncia Percy.
Se pone de pie y jala de mí, siguiendo a la enfermera. Los demás se quedan en la sala de espera. Solo me da tiempo de pedirle a Annabeth que me avise si pasa algo.
Una vez que nos sentamos, el doctor llega.
— ¿Cómo sigue Jamie? —es lo primero que pregunto.
—El niño sigue en observación, su sistema inmunológico está muy débil a causa de la mala alimentación y, la infección se expandió, causando estragos en sus pulmones. Lo que me preocupa es la hipertermia; su temperatura no ha disminuido.
—Pero se va a poner bien, ¿verdad?
—Esperemos que sí. —contesta de forma lúgubre.
Estoy a punto de atacarlo con nuevas preguntas pero, alza la mano en un claro gesto de que guarde silencio y, Percy aprieta mi mano.
—La que me interesa ahora eres tú. Muestras múltiples lesiones en la caja torácica y, la herida de la pelvis me preocupa. La enfermera me informó que te ha dado antibióticos, ¿estoy en lo correcto? —me limito a asentir—. Debes tomarlos a la hora indicada. La infección se encuentra en sus inicios, por lo que es fundamental erradicarla.
»Lo que también me preocupa es la anemia que presentas en estos momentos —suspira—, necesitarás tomar vitaminas y hierro. La deshidratación que presentas también es un problema grave. Necesito reponer tus niveles de agua para poder suministrarte vitaminas y los analgésicos necesarios.
Casi me pongo a reír de forma histérica cuando mencionó la parte de deshidratación. ¿Cómo puede una hija del Dios de los mares, deshidratarse? El inicio de una sonrisa se me escapa y, Percy destroza mis dedos en un apretón mortal. El doctor, no lo nota, y si lo notó no dijo nada.
—Montserrat —vuelve a llamar mi atención el doctor—, necesito que seas completamente sincera con lo que te voy a preguntar. ¿Sufres de maltrato familiar en tu casa?
—Doctor, míreme —hace lo que pido y, Percy hace lo mismo—, ¿parezco una chica que tiene hogar? —pregunto retóricamente.
—Te sorprendería saber las condiciones familiares de algunos de mis pacientes, Montserrat.
—Mire, nadie me hizo esto —enarca una ceja—. Nadie de mi "familia" me hizo esto. —aclaro.
—Muy bien —coincide poco convencido—. ¿Quieres decirme como una chica de catorce años consiguió una de las cajas torácicas con más contusiones y roturas que he visto en mi carrera? No sé como una persona podría sobrevivir algo como esto.
Saca mis radiografías y veo muchas manchas en donde estás mis costillas. También veo que, hay lugares donde mis costillas están marcadas por algunas líneas: los lugares donde se quebraron aquella noche.
Al parecer, hay más daño del que alguna persona creería posible.
—Bueno, usted se ve muy joven todavía, no sería de extrañar que no haya visto muchas cosas aun. —contesto.
— ¡Monse! —exclama Percy.
— ¿Qué?
—No le hables así al doctor. —regaña.
Me resisto las ganas de sacarle la lengua.
El doctor me evalúa con la mirada.
—Si no me quieres decir está bien, pero, si necesitas hablar con las autoridades o algo, no dudes en hacérmelo saber.
—Eso no será necesario.
—Eso espero —contesta—. Respecto a tu receta; necesito que estés en reposo y, te recetaré algunos sueros para tu deshidratación. Los antibióticos harán lo necesario con la infección y, las vitaminas debes tomarlas cada ocho horas, ¿entendido?
—Sí —contesta Percy—. Me encargaré personalmente de que cumpla con sus indicaciones, doctor.
Lo miro enarcando una ceja. Él me ignora.
—Por ahora necesita descansar. Muestra signos a agotamiento. Necesita recuperar las horas de sueño para fortalecer su sistema inmunológico.
—Ahora mismo la llevaré a descansar. —informa.
—No me separaré de Jamie. —declaro.
—Eso no está a discusión. —discrepa.
—Exacto. No lo está porque no lo voy a dejar aquí.
—Los demás se quedarán aquí. Llamaran si algo sucede. Además, necesitas tomar una ducha. —anuncia.
—No me voy a mover de aquí, Percy.
—Apoyo al chico. —anuncia el doctor.
—No le pedí su opinión. —le contesto.
—Discúlpela, tiende a ser algo irracional cuando se molesta. Gracias por su tiempo. Yo me encargaré de ella.
Nos ponemos de pie y salimos de la oficina del doctor.
— ¿Me vas a decir como conseguiste esas contusiones? —pregunta por quita vez.
—No. —contesto por sexta vez.
— ¿Y ahora?
Volteo a verlo exasperada.
— ¿Qué te hace pensar que te lo contaré ahora?
— ¿Me lo vas a decir ahora?
—No.
— ¿Y ahora?
Lo ignoro el resto del trayecto.
Los demás nos esperan en la pequeña sala.
— ¿Han dicho algo? —pregunto a Annabeth.
—No.
Suspiro resignada.
— ¿Qué te dijeron a ti?
—Que tiene que descansar —anuncia Percy—. Pero la cabeza dura no quiere.
—No me voy a mover de aquí.
—Tiene serias lesiones y no me quiere decir de donde las sacó.
—Porque no es de tu incumbencia.
—Y, necesita irse a dormir para su sistema lógico. —termina.
Annabeth lo mira con burla.
—Inmunológico, Percy. Inmunológico.
—Lo que sea.
Jason y Frank sueltan una risa burlona.
Me dejo caer en la silla al lado de Piper y reposo mi cabeza en la pared. Escucho a los demás tratando de convencerme pero nada funcionará. Incluso Piper, trata de persuadirme y, aunque es más difícil negarle algo a ella, logro quedarme quieta en mi asiento.
—O es un robot o es inmune a tus encantos, reina de belleza. —dice Leo socarronamente.
—Oh, cállate. —contesta, Piper.
Conforme pasan los minutos, puedo notar cómo se van desesperando los demás. Nico no se ha separado de mi lado desde que llegué pero, no hemos hablado; al menos, no directamente o a solas, pero, no ha soltado mi mano.
Cuando la desesperación está por apoderarse de mi ser, una enfermera nos informa que Jamie está consciente. Me levanto como si tuviera resortes en la espalda y le ruego que me deje entrar a verlo hasta que accede.
No me detengo a escuchar más. Entro como bólido a la habitación de Jamie.
Lo primero que hago es examinar su rostro. Aun se ve débil y muy frágil, como si se fuera a quebrar en cualquier instante. Una fina capa a sudor cubre su frente. Su cara enrojecida a causa de la temperatura y con un matiz verdoso. Sus ojos opacos y su boca reseca.
Lo primero que él hace es preguntarme por Rastreador.
—Lo dejé con unos amigos. ¿Quieres que vaya por él?
—Sí. —suplica.
Sonrío y le doy un beso en la cabecita. En estos momentos, me alegro de que Maggie lo haya bañado.
Asomo la cabeza por la habitación, renuente a dejar a Jamie solo.
— ¿Dónde está Rastreador? —pregunto.
— ¿Quién? —pregunta Leo,
—Rastreador, es el tigre de peluche.
—Rastreador es nombre de perro. —dice Nico con el ceño fruncido.
—Yo no lo bauticé. —alego.
Nico me estira el peluche y me sonríe de forma que siento que mi estomago se hace nudos.
Entro a la habitación antes de que vomite lo poco que tengo en el estómago.
—Aquí está Rastreador.
Una débil sonrisa se plasma en su boquita. Estira los bracitos y me acerco a él. Me hace un espacio en la diminuta camilla y nos acomodamos uno al lado del otro.
— ¿Por qué no llegaste esa noche? —pregunta— Pensé que te había pasado algo.
—No paso nada, Jamie. ¿Cómo te sientes? ¿Quieres que llame al doctor?
—No. Me siento mejor. La enfermera dijo que me tenía que quedar aquí. ¿No podemos regresar? No me gusta este lugar.
Sonrío.
—Tienes que quedarte aquí —explico—. Al menos, aquí hay una cama. No habíamos dormido en una cama de verdad desde que nos metimos a esa casa en Santa Cruz, ¿recuerdas?
—Cuando estuviste enferma.
—Exacto. ¿Recuerdas que me obligaste a ir a la playa para que mejorara? —asiente— Pues, es tu turno de hacerme caso para que sanes, Jamie.
—Está bien. —reniega.
—Que buen niño.
—Siempre soy buen niño. —afirma.
—Sí, lo eres. —coincido.
Beso su frente y me acomodo. Se acurruca a mi lado —con cuidado de no mover la piernita—, y cerramos los ojos por unos momentos. Me relajo completamente al saberlo seguro y antes de que me dé cuenta, me quedo dormida.
. . . . .
—Monse, Monse, Monse, despierta.
—Mhmmm… —me quejo entre sueños.
—Monse, tengo hambre.
—Ajá. —contesto.
Me doy la vuelta en el suelo y sigo durmiendo.
Un golpe en la cabeza me despierta.
—Te dije que te despertaras. —se queja Jamie.
Acostumbro mis ojos a la oscuridad y me quedo viendo a Jamie.
— ¿Acabas de pegarme un zape?
—No te despertabas —contesta como si nada— Y tengo hambre.
Bostezo ampliamente.
—Jamie, han de ser como las tres de la madrugada, ¿de dónde quieres que saque comida a esta hora? —digo entes bostezos.
Mis ojos vuelven a cerrarse involuntariamente.
—Despierta. —me remueve nuevamente.
—Estoy despierta. —contesto con ojos cerrados.
—Monse, despierta. Tengo hambre.
—Jamie, duérmete. Mañana conseguiré algo de comer. Vamos a dormir.
—Pero me duele el estómago. No hemos comido en días.
—Lo sé, a mí también me duele, pero hay que dormir.
—El hambre no me deja dormir. —se queja.
—No es tan difícil. Mira, solo hay que cerrar los ojos y…
—Sé como dormir, pero no puedo dormir. —me dice indignado.
Sonrío entre sueños. Jamie siempre tan testarudo.
—Bien, voy a ver de dónde saco algo de comer. Dioses, ya ni yo era tan exigente de niña.
Sonríe ampliamente.
—Voy contigo.
—No. Tú quédate aquí.
—No puedo dormir y no me gusta quedarme solo. Voy contigo.
— ¿Por qué nunca me haces caso? —pregunto derrotada.
—Aprendí de la mejor. —se limita a contestar.
Pongo los ojos en blanco y me levanto. Salimos a la fría madrugada que hay y, comenzamos a deambular por las calles poco transitadas a estas horas.
Entro a una de esas tiendas de 24 hrs. y en lo que yo distraigo a la cajera, Jamie se abastece con lo que encuentra. Una vez que me aseguro de que salió, emprendo la marcha y comenzamos a correr antes de que se den cuenta de nuestra treta.
En uno de mis lapsos de buena suerte, tropiezo y me lastimo el pie —creo que correr simplemente no es lo mío—. Jamie, regresa por mí y me ayuda a regresar a nuestra morada —un pequeño local abandonado—. Llego a tropezones.
Saca los paquetes de galletas que tomó y una cajita de jugo para cada uno. Eso nos calma la tripa por unos momentos.
Mi tobillo —para mi fortuna, es el mismo que mordió Aletheia— se encuentra súper sensible y, me duele incluso moverlo ahora que se enfrió. Jamie lo toma entre sus manitas y comienza a masajearlo en un intento de calmar el dolor.
Cuando por fin caemos dormidos nuevamente, el cielo está clareando nuevamente. No importa, dormimos y nos levantamos tarde.
Esa mañana ataca un perro del inframundo.
Jamie se asusta como nunca cuando lo ve. Yo solo puedo jalarlo del brazo y emprender carrera lejos de él.
El enorme perro sale disparado detrás de nosotros y, casi se come una pierna de Jamie al lanzar un mordisco.
Deslizo mi anillo y presiono la perla. Jamie no tiene tiempo de embobarse viéndola. Lo pongo detrás de mí y lanzo un mandoble al perro. Aúlla de dolor y un rugido que hace que los pelos se me pongan de punta sale de su pecho.
— ¡Jamie, corre! —alcanzo a gritar antes de que el perro se abalance sobre mí.
Lanzo una nueva estocada y, me protejo con el brazo el rostro. Una de sus garras me rasguña el antebrazo y un quejido sale de entre mis labios.
Jamie está paralizado a unos metros de mí. El perro me rodea y expulsa un ladrido de victoria. Me aferro a mi espada y, lanzo un corte en su pata delantera. Un chorro de polvo dorado emana de ella. A pesar del miedo, noto la cara alucinada de Jamie.
— ¡Jamie, te dije que corrieras, carajo!
El perro lo divisa y va detrás de él. Salgo disparada y le corto la cola de tajo. Eso no le gustó para nada. Da media vuelta y salta sobre mí, derrumbándome sobre mi espalda. Sus garras se hunden a mis costados, haciéndome algunos rasguños en el proceso. Antes de que se lance a mi rostro, hundo mi espada en su estómago. Su hocico mal oliente y baboso se acerca mi cara y sus ojos negros como la noche brillan de furia antes de desvanecerse. Abre el hocico para llevarse mi rostro de un mordisco y, la punta de un cuchillo atraviesa su hocico verticalmente. El perro pone los ojos en blanco y se desbarata en polvo dorado.
Mi respiración es errática y mi corazón sopesa la idea de salir de mi pecho y bailar conga porque sigo viva.
Jamie está parado sobre mí con mi cuchillo de caza empuñado. Sus ojos desenfocados y le cuesta de sobremanera poder respirar. Suelta el cuchillo de golpe y comienza a temblar.
—Te iba a hacer daño —se excusa desesperado—. No podía dejar que te hiciera daño.
—Oh, Jamie, está bien. No hiciste nada malo. —contesto despacio, tratando de no asustarlo más.
Sus ojitos se llenan de lágrimas y se tira a mis brazos. Trepa por mi cuerpo como conejo y se acurruca conmigo.
— ¿Me voy a ir a los campos de castigo por haberlo matado?
—Claro que no, Jamie; teníamos que hacerlo —le tranquilizo—. Pero, prométeme que no vas a volver a empuñar mi cuchillo nunca. Prométemelo, Jamie. Prométeme que cuando vuelva a aparecer un monstruo vas a dejar que me encargue yo de él.
—Pero te iba a hacer daño. —repite en voz baja.
Lo abrazo más fuerte.
—Todo va a estar bien —solloza un más—. Ya, Jamie. Todo está bien. Estamos bien, eso es lo que importa.
—No quería que te hiciera daño, por eso lo hice. No quería que te pasara nada.
—No va a pasarme nada; a ti tampoco. No voy a dejar que eso pase, Jamie. Yo voy a cuidar de ti, lo prometo.
. . . . .
—Y así fue como ella se ganó esa cicatriz rara del hombro. —dice la voz baja de Jamie.
Una risita se escucha cerca de mí.
—No me extraña; parece que a ella le encanta coleccionar cicatrices.
Me volteo y busco a Jamie a tientas. Cuando al fin lo encuentro, me acurruco junto a él.
—Babeaste otra vez. —se queja.
Escucho risas pero, no les presto atención.
—Oh, cállate —contesto a medio bostezo—. Vuelve a dormirte, Jamie.
—No tengo sueño.
—Vamos, no es tan difícil, solo debes cerrar los ojos.
—…cerrar los ojos. —termina conmigo entre risas.
—Monse, creo que deberíamos ir al departamento a dormir. —dice una nueva voz.
Abro los ojos rápidamente y me siento de tirón. Siento una pequeña punzada en mi pelvis y mis ojos se arrugan en el proceso.
La habitación se encuentra ocupada por los demás.
Nico es el que está a mi lado; era de él la risa que había escuchado. Paso mi mano por mi boca para eliminar la baba; ¡otra cosa me hubiera enseñado Percy!
—Dicen que necesitas dormir para curarte. —explica Jamie.
—Ya dormí lo suficiente. —reniego.
—Eres tan cabeza dura. — se queja.
—Ese lenguaje, Jamie. Que estés en una camilla no significa que tienes libertad de palabra. —bromeo.
—Vete a dormir —ordena—. Necesitas descansar. Annabeth y Piper dijeron que se quedarían conmigo.
Enarco una ceja.
— ¿Desde cuándo te gusta quedarte con extraños? —pregunto.
Él se sonroja ligeramente.
—Son lindas. —susurra, provocando la risa del grupo.
—Tranquilo galán. Tienen novio.
—Y yo soy adorable. —contesta.
—Cierto, eres adorable. Esa fue la razón de que no alejara tu trasero de mi camino aquella noche. —replico.
—Ahora, vete a dormir. Percy dijo que iban a cuidar de ti. ¿Es tu hermano, cierto?
—Algo así.
— ¡Hey! Soy tu hermano. —se queja el susodicho.
Pongo los ojos en blanco.
—Es el llorón de la familia. —le susurró a Jamie, haciéndolo reír.
No me pasa desapercibida la mueca de dolor que hace.
—¿Le hablo al doctor? —le pregunto.
Los demás me miran raro.
—Estoy bien —me tranquiliza—. Deberías ir a descansar, Monse. Me asfixias. —bromea.
—Jamie… —digo insegura de alejarme de él.
—Voy a estar bien —sonríe—. Ve a descansar.
Después de varios intentos de que vaya a dormir, y después de acusar a Percy de haber puesto a Jamie en mi contra, accedo con la condición de que me llamen cada hora para que me digan cómo está. Jamie no dejó de decir en ningún momento que estaba exagerando pero, él no sintió el miedo que sentí yo al verlo inconsciente.
Nico, Percy y Leo comparten el taxi conmigo. Los "foráneos" toman otro. Yo le pido al taxista que se desvíe nuevamente a la fábrica. Percy me regaña porque necesito descansar y tomar los medicamentos. Yo le digo que no sea metiche.
Cuando vamos a mitad del camino, me hacen las preguntas del millón.
— ¿Ahora sí podemos hablar? —me pregunta Percy.
—Creo que hemos hablado todo el día. —contesto en broma
— ¿Por qué te fuiste? —suelta Nico sin rodeos.
¿Cómo les explico que sus padres —Hades y Hefesto— y suegra —Atenea—, se encargaron de hacerme ver que no era bienvenida en sus vidas?
—Era un momento de cambio. —me salgo por la tajante.
No me creen.
—Te conozco, Montserrat —dice Leo—. No intentes mentirme a la cara. No soy idiota.
Yo tengo mis dudas pero no lo expreso en voz alta.
— ¿Qué fue lo que pasó? —pregunta Percy— ¿Me vas a decir que de un día para otro las cosas cambiaron? Todo estaba perfectamente bien y, de un día para otro desapareciste. Casi me da un infarto cuando vi tu nota esa mañana.
Siento como me encojo en mi asiento.
Nico a mi lado, aprieta sus puños, dejando sus nudillos blancos.
—Hay cosas que no puedo explicarles chicos. Es mejor si se quedan al margen de todo esto.
— ¿Eso qué quiere decir? —exige Leo.
—Que no se metan en mis asuntos. Yo no me meto en los suyos, ustedes no se metan en los míos.
— ¿Sabes qué? —comienza Percy—. Estoy harto de esa respuesta. Siempre que trato de acercarme a ti me sales con lo mismo. "No te metas en mis asuntos" —me arremeda—; si me meto es porque me interesa.
—Simplemente no quiero hablar de eso, chicos. ¿Es tan difícil de comprender?
—Sí —contesta Percy—. ¿Por qué no quieres decirme lo que pasa?
—Mira, Percy; así como hay cosas de las que tú no quieres hablar, hay cosas que no te puedo decir. Lo único que debes saber es que, tuve mis motivos para alejarme.
—Sabes que te he dicho todo lo que necesitas saber.
—Exacto. Yo también te diré lo que necesitas saber. Así como yo aprendí a no preguntar por lo que les pasó a Annabeth y a ti, tú vas a dejar éste asunto en paz.
Bufa enojado, dándole asombroso parecido a un toro.
—Al menos me vas a explicar esos golpes y la herida.
Puedo sentir las miradas fijas de los tres en mí. ¿Es que acaso no hay nada más interesante que ver? Yo, por ejemplo, estoy viendo el lunar velludo que tiene el taxista en la nuca.
— ¿No vas a hablar? —se mofa Nico.
El taxista anuncia que hemos llegado. Espero a que ellos paguen antes de encaminarme hacia la fábrica.
— ¿Y a qué regresamos a este lugar? —pregunta Percy, evaluando el entorno con mala cara.
—Tranquilo, no se te van a pegar las pulgas —bromeo—. Necesito recoger unas cosas y, tengo que hablar con Maggie.
Comenzamos a subir a la segunda planta cuando dos figuras comienzan a rodearnos. Puedo notar las tablas y tubos con los que se encuentran armados.
—Mira lo que tenemos aquí, Steve, tres niños bonitos y una nena. Están muy lejos de sus suburbios.
Pongo los ojos en blanco.
—Espero que tengan dinero si vinieron hasta acá. No me gustaría saquearles solo unos cuantos dólares.
Siento a los chicos tensarse y, puedo jurar que están repasando las formas de defenderse de un mortal.
Steve y Mike se acercan cada vez más. Sus "armas" se alzan en una amenaza.
—Soy yo, chicos. —explico.
— ¿Monse? ¿Qué carajos haces con unos niños riquillos? —pregunta Steve.
Bajan sus tubos y se acercan con más confianza.
Los chicos se tensan a mis espaldas cuando los paso de largo.
—Son unos viejos amigos. —explico.
— ¿Desde cuándo te rodeas de niños de mami?
Le frunzo en ceño a Mike; si el supiera cerraría el hocico.
—Confórmate con saber que son viejos amigos así que déjalos en paz. No quiero saber que los saqueaste.
Suspira melodramáticamente.
—Solo porque me ayudaste aquella vez con lo de Adam. Si no hubieras llegado, me parte el cráneo.
Volteo los ojos.
— ¿Está Maggie?
—En la planta de arriba —contesta Steve—. Oye, escuchamos lo de Jamie, ¿cómo sigue?
—Está mejor.
Asienten y nos dejan pasar.
Nico, Leo y Percy están rígidos como tablas a mis lados.
— ¿Qué? ¿Dos mortales les quitaron el habla? —me burlo.
—Por el Hades —susurra Leo—, esos dos son más feos que Equidna en persona.
No puedo evitar reírme.
Cuando llegamos, Maggie corre hacia mí y me abraza.
— ¿Cómo sigue?
—Podemos ser optimistas. —le contesto con una sonrisa.
Suspira aliviada y puedo ver cómo evalúa a los demás.
—Te vino a buscar Mark —dice de la nada—. Está enojado e insistió en esperarte…
— ¿Mark? ¿Quién es Mark? —pregunta Leo.
Yo los ignoro.
Maggie no deja de ver a Percy y puedo notar que se peina su cabello desordenado y chorreante; parece que alguien escogió el día de hoy para tomar una ducha. Yo me aguanto las ganas de reír al ver la cara horrorizada de Percy.
—Pero si es mi chica estrella. —dicen a mis espaldas.
Esa voz solo consigue ponerme los pelos de punta.
—Mark. —contesto con voz dura.
Volteo a verlo y su sonrisa amarillenta me da asco. Noto como Maggie se aleja a toda prisa; ella, al igual que la mayoría, le tiene pavor.
Sus múltiples tatuajes y perforaciones le dan un aspecto de ladronzuelo mal viviente, algo que es en realidad. No tendrá más de diecinueve de edad y, ya es todo un ex presidiario.
Mira a los chicos y sus cejas se alzan en sorpresa.
—No sabía que te rodeabas de riquillos.
— ¿Por qué todos piensan que somos riquillos? —se queja Percy—. Mi mamá aun trabaja en la dulcería.
—Percy, cállate. —le regaño.
—Necesito que regreses está noche —exige Mark—. Te tengo nuevos contrincantes. Si el chico de la noche anterior te pareció fácil, a este lo harás papilla. Aun no han visto a los chicos y ya hay apuestas. —termina con una sonrisa maliciosa.
—No voy a regresar. Te dije que era una emergencia, Mark. Ya resolví lo que tenía que hacer.
Las miradas de los chicos yendo desde Mark hacia mí. Sus engranes tratando de entablar todo.
— ¿Hacer papilla? —pregunta Nico.
— ¡Oh, sí! Debieron haber visto como dejo a ese pobre enclenque. No había visto una pelea así desde que te nos escapaste aquella vez con aquellos dos mocosos.
— ¿Estuviste peleando? —pregunta Nico a nadie en especial.
La furia y la cólera son más que perceptibles en su voz.
Yo me siento como la peor escoria porque ahora saben lo que he hecho. Incluso yo me siento mal conmigo misma; ellos deben sentir asco hacia mí.
—Puedo explicarlo. —suplico, tratando de sostenerles la mirada.
Lo único que veo en sus ojos es repulsión, rabia y aberración. Me siento sucia e indigna de ellos.
Estoy por acercarme a Nico cuando él se aleja de mí. Arremete contra Mark estampándolo contra la pared. Su brazo en su cuello, aprisionándolo.
—Te mataría solo por ponerle un dedo encima. —declara.
Mi sangre se congela en mis venas. Nunca había visto a Nico así de cabreado.
Volteo a ver a los demás pero noto que aprueban la reacción de Nico.
Mark sonríe socarronamente.
— ¿Quieres matarme, mocoso? Te daré motivos. Sí, la tuve durante días en las peleas y sabes qué, gané mucho dinero con ella. Vi como la golpeaban y ella ni se inmutaba. ¿Sabes que hacia tu princesita? No mostraba clemencia cuando le decía que los acabara. Nunca titubeó a la hora de dar el golpe final. Debiste ver como lo dejó. Le fracturó la nariz y tuve que arreglarle una costilla. Esta chica no se anda con rodeos a la hora que necesita algo.
El apriete de Nico se cernió incluso más al cuello de Mark, haciéndolo sonreír. Yo me sentí basura; no era mejor que él. Él tenía razón, nunca había mostrado clemencia a la hora de actuar.
—Nico, suéltalo. —suplico.
Su espalda se encuentra tensa y puedo notar lo que le cuesta hacerme caso y dejarlo ir. No me atrevo a tocarlo por miedo a que se parte de mí y me diga que le causo aversión.
Mark tose y se ríe burlonamente.
—No es la princesita que pensaban, ¿no es así?
Antes de que diga algo más, Percy estampa su puño en su mandíbula, volteándole la cabeza y dejándolo viendo estrellitas.
Me toma de la cintura y me apega a él.
—Toma tus cosas, nos vamos ahora. —dice sin inflexión en la voz.
Yo solo soy capaz de asentir en silencio y dirigirme hacia el lugar que compartía con Jamie.
Tomo la pequeña bolsa estropeada en la que guardo las cosas de Jamie y, Leo, me la quita de las manos. Me niego a encontrarme con su mirada.
Me despido de Maggie y le prometo volver en cuanto Jamie se mejore.
—Tú no vas a volver a ese lugar. —declara Percy con la voz acerada una vez que estamos en el taxi nuevamente.
Yo no contesto.
— ¿Estuviste peleando nuevamente? —explota finalmente Leo—. Por eso andas toda moreteada y con el labio partido. ¿Tienes idea de lo estúpido que fue eso?
—Pudo haberte pasado algo —agrega Nico—. ¿Es que nunca piensa en lo que haces? ¿En qué estabas pensando al hacer algo tan estúpido?
—Monse, ¿cuál es tu necesidad de ponerte siempre en peligro? —pregunta Percy—. ¿Es que a caso tienes impulsos suicidas? ¿Primero te largas sin dar explicaciones, luego vendes tu espada y ahora esto? ¿Qué más has hecho? ¿Ir de fiesta con las Gorgonas?
Si no los hubiera visto tan enojados, me hubiera reído es sus caras.
— ¿Y con chicos? —regresó Nico— ¿Peleabas con chicos? No quiero ni imaginar cómo terminabas. Solo de pensarlo me hierve la sangre.
—Fue así como te hiciste esa herida, ¿no es así? —afirma Leo—. No puedo creer que hayas vuelto a hacerlo después de lo que nos decías en el campamento. Pudo haberte sucedido algo, Peque.
Una risa amarga se me escapa. Me miran extrañados.
— ¿Es que no lo escucharon? Yo soy la que los masacraba —digo con auto-repulsión—. Créeme cuando te digo que nunca me sentiré a gusto conmigo misma después de lo que hice.
—Me importan un carajo los otros chicos —explica Nico—. La que me importa eres tú. No…
—No quiero hablar de eso —suplico—. Sé que hice mal y, no los culpo si no me quieren volver a hablar, al final, valió la pena; Jamie se encuentra mejor ahora, eso es lo que importa.
— ¿Crees que no te queremos volver a hablar? —pregunta Nico por lo bajo.
—Sé que no me quieren volver a hablar. Soy una mal persona por lo que hice. —explico.
—Tú no eres una mala persona —me consuela Nico—. Nunca serás una mala persona, Mare Starlet.
Ante eso ultimo, un pequeño sonrojo se extendió por nuestras mejillas. Percy se aclara la garganta.
—Como sea; no vas a volver a ese lugar, Monse. En cuanto Jamie se encuentre mejor, volveremos al campamento.
Lo miro como si una tercera cabeza verde le hubiera brotado de entre el cuello.
—Percy, sabes que no voy a dejar a Jamie, ¿verdad? —pregunto lentamente.
Me regresa la misma mirada: como si una cabeza verde me hubiera brotado de entre el cuello.
—Sabes que no te voy a dejar aquí, ¿verdad? —replica él.
—Tú no entiendes, no puedo simplemente…
— ¿Dejarlo? —bufa él—. Nos abandonaste a nosotros, ¿por qué a él no? Al menos, sé que estás segura con nosotros.
No puedo creer lo que estoy oyendo. Necesito creer que esas palabras no las dijo él.
—Es diferente. Prometí cuidar de él.
—Y yo prometí cuidar de ti. —zanja.
—Yo no necesito que cuides de mí.
—Por cómo te encontré, sí lo necesitas. Sí por ti fuera, estarías bajo tierra en estos momentos.
Nico y Leo, extrañamente estaban calladitos.
El resto del camino lo pasamos en un silencio pesado. No había nada que agregar y, yo no iba a romper el silencio. Si en algo nos parecemos Percy y yo, es que ambos somos terriblemente testarudos.
Cuando bajo del taxi, no puedo evitar cerrar con fuerza la puerta.
— ¡No me azotes las puertas, Montserrat! —grita Percy.
Volteo y le grito:
— ¡Tú no eres mi papá!
Como era de esperarse, Nico y Leo, no dijeron nada.
Comienzo a subir las escaleras pero, me doy cuenta de que no se en que piso nos encontramos. Ni siquiera sé donde nos encontramos. Con la prisa que tenia por salir de aquí en la mañana, ni me di cuenta en donde estaba. Tuve que esperar a los chicos para que me dijeran en donde se estaban quedando.
Cuando finalmente llegamos a la tercera planta, entro a la puerta marcada con el número 12.
Hazel, Frank y Jason, están sentados en el sillón viendo la televisión y comiendo palomitas. Al menos, alguien está de buen humor éste día.
—Buenas tardes —saluda Hazel—. Te dejé preparada la regadera para un baño.
—Y hay de comer en la cocina. —agrega Frank.
—Yo cociné. — añade Jason.
—Es por eso que ordenamos una pizza. —finaliza Hazel.
Leo comienza a reírse y burlarse de Jason.
—Gracias. —les digo a los tres y me dirijo al baño.
El agua me relaja por completo y, puedo sentir a mis músculos destensarse en el acto. El agua caliente me sabe a gloria; solo los Dioses saben cuánto tiempo he estado sin bañarme con agua caliente.
Me visto con ropa que dejó Hazel en el baño y salgo secándome el cabello. Lo único que se me pasa por la cabeza, es que debería estar con Jamie en vez de este lugar, pero sé que si regreso, me sacara a patadas si es necesario.
Por si no lo han deducido, Jamie, lo que tiene de tierno, lo tiene de terco. Me recuerda a alguien, pero no sé a quién.
Para lo que no estoy preparada, es para encontrarme a Nico y Leo esperándome en la habitación.
Me quedo parada en la puerta sin saber qué hacer.
—Hola. —digo tímidamente, haciendo que alcen sus cabezas.
Bien, Monse, no has hablado con ellos en más de un año y, ¿lo único que se te ocurre es un simple "hola"? Ahora mismo deben estar preguntándose si soy estúpida.
Me examinan con la mirada y sé que no pasan por alto mis moretones.
—No soy caballo en venta. —bromeo.
Ninguno de los dos se ríe.
—Miren, si lo que quieren es discutir, mejor váyanse y déjenme dormir.
Para lo que tampoco estoy preparada, es para el abrazo demoledor que me da Leo, provocando que me balancee con mi propio peso.
—Está bien, Leo, yo también te extrañé. —le digo, abrazándolo fuertemente.
El olor que desprende se cuela por mi nariz. Ese aroma tan peculiar a canela, sol y metal; ese aroma que me hace sentir segura.
—Dioses, Peque, no tienes idea de lo que pasamos buscándote. ¿Dónde has estado? —me aleja de él para asegurarse de que sigo ahí.
Los siguientes brazos que siento son los de Nico. Me abraza no queriéndome dejar ir. Un abrazo que me reconforta de sobremanera.
No puedo evitar hundir mi cabeza en su cuello —afortunadamente, este último año alcancé unos centímetros más—. Inhalo esa esencia que tanta falta me hizo estos últimos meses y, puedo sentir el calor inundarme por completo. Noto como Nico, inspira profundamente en mis cabellos y no puedo evitar sentir que me haré pudin en este preciso momento.
—También te extrañé a ti. —murmuro contra su garganta.
—Y yo a ti.
—Y yo sigo aquí. —interrumpe Leo.
Me separo de ambos y me dejo caer en la cama.
— ¿Te dejamos dormir? —pregunta Leo.
Nico se acomoda a mi lado, poco dispuesto a salir de la habitación, lo cual me hace sentir repentinamente feliz.
—No. Estoy bien. ¿Cómo han estado? ¿Qué han hecho? ¿Qué ha pasado este último año? ¿Cómo están los demás? —las palabras salen de mi boca a borbotones.
—Estamos bien. —contesta Leo.
—No hemos hecho casi nada aparte de estarte buscando por todo el país. Una que otra búsqueda nada más pero, nada importante. —agrega Nico.
—No ha pasado casi nada, a menos que refinar nuestros métodos de rastreo cuente para algo.
—Los demás están bien —termina Nico con un fruncimiento de ceño—. Bárbara y Marco han ayudado a buscarte. También Jared y Erick.
— ¿Erick? —pregunto.
—El de pelo castaño —indica Leo. Yo sigo sin saber de quién rayos me hablan—. ¿Hijo de Deméter? ¿Ojos marrones? ¿Alto, con cabeza de chayote?
— ¡El trasero de carcaj! —suelta Nico, exasperado.
— ¡Ah, por ahí hubieran empezado! —grito, recordando la anécdota de Percy y el pobre Erick.
Erick era el chico que había terminado con una flecha clavada en el trasero a causa de la terrible puntería de mi hermano.
Reímos y, se siente tan bien y tan natural.
—Bueno, eso que nuestro pequeño Nico ha crecido. —comenta Leo con una tristeza fingida y se limpia una lágrima imaginaria.
Nico se sonroja ligeramente y yo enarco una ceja.
— ¡Mi pequeño ha empezado a tener citas! —chilla Leo como las hermanas de Piper cuando sale el nuevo catalogo de Prada.
Un retorcijón me pasa por mi estómago y siento una punza rara en el pecho.
— ¡Ya te dije que no era una cita! —grita Nico un tanto enojado.
—Ir a comer y un paseo en canoa es una cita, Nico. —informa Leo.
Por alguna extraña razón, siento como la rabia se va apoderando de mi cuerpo. Es raro porque, no es el tipo de rabia de siempre. Esta es un tanto… posesiva.
Antes de que suelte un comentario ácido al respecto, me topo con la mirada burlona de Leo, quien no había apartado sus ojos de mí y, un brillo malicioso se instaló en ellos.
—No es para tanto, Nico. Todos aquí hemos tenido citas. Es lo más normal del mundo. —completa Leo triunfal.
—Yo no he tenido citas. —contesto fríamente.
— ¿Entonces qué fueron Jared y Connor? —vuelve a instigar Leo.
—Jared no cuenta porque fue una apuesta y, Connor tampoco porque…, porque no cuenta.
—Lo que tú digas, Peque.
Nos quedamos en silencio y, lo único en lo que puedo pensar es en con quién tuvo una cita Nico. De seguro, fue con Rachel, pienso amargamente. No puedo evitar fruncirle en ceño al techo.
—Extrañaba esto. —comento, y me refiero al hecho de que estemos los tres juntos conversando, no a estar frunciéndole el ceño al techo a causa del asunto Nico/Rachel; eso no lo extraño para nada.
—También yo. —dicen al unisolo.
Reímos nuevamente.
— ¿Por qué…?
—No voy a contestar esa pregunta —le interrumpo—, así que no se desgasten.
—Te iba a preguntar por qué estás aquí —se quejó Leo.
—Porque Percy me obligó a venir. —digo con obviedad.
Me miran con exasperación clara.
—Nos referíamos a qué haces en Detroit. —replica Nico.
—Oh, estaba de paso.
Se quedan en silencio por unos momentos.
— ¿Qué fue lo que pasó? —pregunta Leo—. Jamie medio nos explicó algunas cosas, pero, no entendimos muy bien. Tiende a revolver las cosas. Nos estaba platicando de unos perros del inframundo y de repente, llegó una Nereida a la historia; luego, entraron unos ciclopes de la nada y después preguntó por los pegasos. —explicó un tanto desconcertado.
—Tiende a revolver las cosas —coincido un poco lúgubre—. Fue mi culpa. Debí cuidarlo y no lo hice, eso es lo que pasó.
»Se supone que sería algo fácil y rápido. Los ciclopes me tenían en la mira desde hace días. Habíamos logrado despistarlos y, al día siguiente (hace cuatro días), nos íbamos a ir otra vez. Nos encontraron en un callejón cinco cuadras abajo de donde está la fábrica. Le di ventaja a Jamie para que escapara. Eran dos, por lo que yo me podía encargar perfectamente de ellos, además de que solo tenía mi cuchillo de caza.
Pude ver el reproche en sus rostros. Ambos me miraban como si no pudiera ser más estúpida.
— ¿Quién en su sano juicio se enfrenta sola a dos ciclopes? —reprocha Nico retóricamente.
Al parecer, yo soy la única idiota que se enfrenta a dos ciclopes sola, y estas son las consecuencias.
—Nadie —contesta Leo—. Ella está loca.
Ven, les dije que era la única idiota.
—El caso es que —continuo, ignorando sus comentarios—, Jamie no se fue; yo no me di cuenta y, él se escondió en un hueco entre las paredes de la tiendecilla esa. Saqué mi cuchillo y, antes de poder deshacerme del primero, el segundo me derribó por la espalda.
No les digo que pude haberme deshecho del primer ciclope pero, la imagen de Tyson vino a mi mente y me hizo dudar unos preciosos segundos.
—Después de eso, todo es muy confuso. Solo recuerdo que escuché un gemido de Jamie pero, no lo pude ubicar entre la oscuridad. No fui la única que lo escuchó porque segundos después, sentí como una bofetada me cruzaba el rostro y, un grito desolador salió al aire. Era mi voz pidiendo ayuda solo que, no era mi voz. No era yo la que estaba pidiendo auxilio.
—Eran los ciclopes. —terminó Nico.
Yo me limito a asentir.
—Cuando por fin entendí lo que trataban de hacer, comencé a gritarle a Jamie que no saliera, pero un golpe en el estomago me robó el aliento. Jamie salió de entre las paredes y se lanzó contra uno de los ciclopes con la navaja que le regalé.
— ¿Le regalaste tu navaja de juguete? —interrumpe Leo.
—Sí, y no es de juguete, Leo —replico—. Fue con esa navaja con la que se hirió la piernita. Pude deshacerme de los ciclopes pero, fue cuestión de suerte. Jamie salió volando contra la pared y fue ahí donde se fracturó las costillitas. El resto es historia.
»Traté de llevarlo al médico pero no quisieron atendernos. Así que tuve que reunir el dinero como pude. Fue ahí cuando me topé con sus amigos. Por cierto, díganles que lamento haberles robado. De haber sabido que eran amigos suyos no lo habría hecho.
—Con qué fuiste tú —suelta Leo—. Jason sigue pensando que su cartera debe estar por algún lugar del departamento —se ríe—. Hay que ver que es muy lento mi amigo.
Nico lo mira con reproche antes de hablar.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso sola —dice en voz baja, toma mi mano entre la suya y me da un apretón—. Pero, ya verás cómo se pone mejor.
—Estuvimos hablando con Percy —explica Leo—, estamos pensando en llevarnos al niño con nosotros.
Alzo la mirada y los contemplo de un lado a otro.
—No voy a dejarlo en un orfanato. —declaro tajantemente.
—Mira, podríamos mantenerlo oculto en el campamento por unos días en lo que se nos ocurre una mejor idea.
— ¡No es una mascota, Leo! ¡No lo puedo meter debajo de la cama!
—Solo serían unos días. —se defiende con voz inocente.
Dejo escapar un largo suspiro y siento la cabeza darme vueltas.
—Ya veremos cómo resolvemos esto, chicos. Podría pasar a saludarlos de vez en cuando.
Automáticamente, vienen a mi mente las amenazas de Hades y Hefesto. Creo que mis visitas no serán tan frecuentes como me gustaría.
—No estarás pensando en irte otra vez, ¿verdad? —pregunta Nico—. Porque si es así, déjame decirte que no lo permitiré.
—Creo que es hora de que vaya a ver si ya puso la marrana —se excusa Leo—. Yo ya hice mi trabajo aquí. Los espero en la cocina.
Lo miro con el ceño fruncido. Cobarde.
Se levanta de la cama y sale disparado hacia la puerta como si su vida dependiera de ello.
—No te estoy pidiendo permiso, Nico —informo con voz neutra—. Es mi vida, yo sabré lo que hago con ella.
—No volveré a pasar un año como el anterior —declara—. Pasé todo un año buscándote, no voy a volver a pasar por ese calvario.
—Pues no me busques. —contesto, pero mi estúpido corazón se acelera al escuchar que no ha dejado de buscarme.
— ¿Estás loca? ¿Tienes una idea de cómo me sentí cuando regresé ese día, mentalizado a pedirte una disculpa por lo idiota que había sido y a hacer que todo estuviera como antes y, me encuentro con que todos te estaban buscando por todas partes? Me sentí tan culpable por haber sido un idiota contigo. Me porte de la forma más inmadura y ya no estabas ahí para arreglar las cosas.
Bueno, ante eso, me hundo en mi lugar. Era cierto que él y yo no nos habíamos separado en los mejores términos, pero aun así, no era para que me haya buscado por remordimientos de consciencia.
—Nico…, yo…, lamento lo que pasó esa noche. No debí enojarme contigo…
—Sí tenias… —me interrumpe.
Alzo la mano en un claro gesto de que se calle.
—No. No tenía. Supongo que me sentí celosa de Rachel… —siento mis mejillas arder a este punto de la conversación y miro mis manos como si fuera lo más interesante del mundo—…, yo…, lo siento. Lamento haberte arruinado esa noche.
—Oh…no es nada…
Me atrevo a espiar por entre mis pestañas y puedo notar su cara sonrojada.
¡Oh, Dioses, mátenme ahora! ¡Debe de estar pensando cosas que no son!
—No es que deba sentirme celosa de Rachel —agrego rápidamente—. O sea, si tú y ella están saliendo no debería de importarme… —finalizo en voz baja.
Se queda en silencio unos momentos y puedo ver la desdicha colándose en sus hermo… en sus ojos.
—Rachel y yo no estamos saliendo. —explica con una sonrisa triste.
Bueno, eso explica la tristeza de sus ojos.
—Oh…
No sé por qué pero, eso me hace sentir feliz y miserable al mismo tiempo. Me siento feliz, alegre, eufórica porque ellos no están saliendo y; me siento mal por sentirme feliz con eso porque, claramente a Nico, eso no lo hace feliz.
—Pues…, aun así. No debió haberme molestado. Supongo que es normal que cuando te gusta una chica quieras… estar… todo el día con ella —explico patéticamente.
— ¿Tú crees? —pregunta por lo bajo.
Me quedo atrapada en su mirada demandante. De repente, me siento pequeña a su lado y no hay suficiente oxigeno en la habitación. Yo me limito a asentir porque mi cerebro incapaz de formular oración alguna.
—No escaparía de alguien que me gustase. —digo después de lo que se me antoja una eternidad.
¡Gracias cerebro! Te encanta dejarme como retrasada mental delante de los demás.
—Sí —desvía la mirada y la concentra en la pared—. Nadie escaparía de la persona que le gusta. —termina con voz lúgubre.
—Exacto.
Aun siento el regusto amargo en mi boca por saber que si puede haber algo entre Nico y esa pelirroja que hoy me parece odiosa.
No sé que voy a decir pero, antes de que abra la boca, Percy asoma su cabeza por la puerta y su mirada me dice que no trae buenas noticias.
. . . . .
«Es Jamie, no ha mejorado». Esas palabras se repiten una y otra vez en mi cabeza rumbo al hospital. «Es Jamie, no ha mejorado». ¡Dioses, como pude ser tan estúpida como para separarme de su lado!
Había despertado de una pesadilla buscándome y yo no había estado ahí para él. Annabeth y Piper habían tenido que llamar al doctor para que lo sedara y no se hiciera daño.
Jamie me necesitaba y yo no había estado a su lado por tomar una estúpida ducha. ¿Cómo es posible que un simple niño saque mi lado sobreprotector?
Camino al hospital nuevamente, me siento terriblemente nerviosa y enferma. Mi estómago se retuerce en nudos apretados y lágrimas se deslizan por mis ojos al imaginarme los peores escenarios.
Cuando finalmente llego, me abro paso entre los cuerpos de las personas que interfieren en mi camino. Llego rápidamente a la habitación que comparte Jamie con otros pacientes y encuentro a Piper y Annabeth en la puerta. Piper deja caer una lágrima traicionera y Annabeth no es capaz de sostenerme la mirada.
—Lo siento —susurra Annabeth—. No pensamos que fuera a empeorar. —se disculpa.
Yo no me detengo a escucharlas. Paso a un lado de ella y entro a la habitación buscando a mi niño. La imagen me congela en mi lugar.
Luce más pálido aun que en la mañana. Su respiración es trabajosa y sus labios están casi azules. Un sudor pegajoso corre por su frente y puedo ver los temblores que atacan su cuerpecito.
El atisbo de una sonrisa se asoma en su boquita y mi corazón llora por el estado de mi Jamie.
Hago un enorme esfuerzo por no romper a llorar frente a él y me obligo a sonreír. Es una de las cosas más difíciles que he hecho hasta ahora.
—Hola. —murmura a media voz.
—Oh, Jamie.
Me acerco a él y me siento en la camilla con cuidado de no lastimarlo. Paso un paño por su carita y limpio los rastros de sudor.
—Tuve una pesadilla —murmura ininteligiblemente—. Te busqué pero olvide que te iba a ir con ellos.
—Shh…, ya estoy aquí, bebé.
Acaricio su cabello húmedo y, noto que está hirviendo en calentura.
Alcanzo a escuchar a Percy hablando con el doctor y alcanzo a pescar algunas frases. «No responde a los antibióticos». «Hay que operar y, posiblemente amputar pero, el niño no lo resistiría». «Un procedimiento muy agresivo». «El chico se encuentra muy débil y, los parásitos no permiten que fortalezcamos su sistema inmunológico». «No creo que pase de esta noche». Esa es la peor de todas.
Una imagen aterradora me acecha: yo, llorando en el cuerpo inerte y frio de mi Jamie.
Más lágrimas resbalan por mis mejillas, surcando su camino para sus amigas que vienen en camino.
—Todo va a estar bien. —me consuela Jamie.
Alza su manita y limpia mis lágrimas. Acaricia mi mejilla y trata de sonreír.
—Él me dijo que todo iba a estar bien —continua—. Dijo que ya no iba a doler.
—No, Jaime, no digas tonterías —urjo y, mi voz se quiebra a media frase—. Te vas a poner mejor, Jamie.
—No es cierto. Dijiste que nunca me mentirías. —susurra débilmente.
Mis manos se pasean por sus cabellos y me aferro a él como si fuera lo único que me mantiene cuerda.
—No te miento, Jamie, te vas a poner mejor.
Las lágrimas a este punto, podrían inundar la habitación y no podría importarme menos.
Puedo sentir las miradas de los demás en mi espalda y escucho uno que otro sollozo.
Unas manos se asientan en mis hombros y, reconozco a Percy.
—Todo va a estar bien, Monse —susurra Jamie con los ojos cerrados—. Vas a estar bien. Él me dijo que no debía tener miedo.
— ¿Quién te dijo eso?
—El señor de las alas negras. Soñé con él y me dijo que todo estaba bien. Dijo que iría con los otros.
Lo miré sin comprender.
—Tánatos. —dijeron Percy y Nico al mismo tiempo.
— ¿Quién es Tánatos? —pregunto a nadie en especial.
—Es el Dios de la muerte. —contesta Nico.
—Pensé que tu padre era el Dios de la muerte. —replico con voz más dura de que pretendía.
—Mi padre es Dios del Inframundo, Monse —explica casi con miedo—. Tánatos es el Dios de la muerte pacífica e indolora. Debió haber venido como un favor hacia mi padre…
El dolor se extiende por mí ser. Hades.
—Tiene unas alas muy bonitas —murmura Jamie—. Aunque no tiene zapatos, debe comprarse zapatos —medio susurra medio sisea—, se puede lastimar.
—Jamie…
— ¿La vas a cuidar? —interrumpe Jamie.
—Sabes que sí, campeón —contesta Percy—. Te dije que íbamos a cuidar de ella.
Pasa su mano por los cabellos de mi Jamie y los alborota.
—Monse —llama mi pequeño—, gracias por cuidarme. Fuiste una buena hermana mayor.
—Jamie, no te despidas de mí. —suplico a llanto vivo.
Al carajo el pudor, mi niño no se me iba a ir de entre las manos.
—Vas a estar bien —me tranquiliza, o eso trata—. Ellos prometieron que iban a cuidar de ti, Monse. Tal vez, así ya no nos alcancen; que esos apestosos ciclopes hayan sido los últimos…
—Jamie, no. Te vas a poner bien ¿me escuchas? —ordeno—. No me vas a dejar, Jamie.
—Gracias por ser mi mam…
Sus ojitos color avellana se ponen en blanco y cae inconsciente.
— Jamie. ¡¿Jamie?! —le sacudo levemente pero no hay respuesta— ¡Háblale al doctor! —exijo.
—Peque, no creo… —susurra, Leo temeroso.
— ¡Que le hables al doctor, carajo!
Sigo pasando el paño por la frente de mi bebé porque, cuando despierte no puede estar todo sudado.
Mi mano se desliza por sus cabellos y, la otra por su mejilla.
«Él se va a poner bien. Va a mejorar y nos vamos a ir de aquí. Lo llevaré a conocer a Apple, él quería conocerla. Va a salir de aquí en unos días». Me repito como si fuera mi nuevo mantra.
Escucho los sollozos detrás de mí pero los ignoro. Ellos no conocen a mi Jamie como yo. Él es un guerrero nato. Él no se va a dejar vencer por una simple hirper lo que sea. Tarareo la canción de cuna con la que suelo arrullarlo cuando tiene alguna pesadilla.
El doctor llega y checa a Jamie. Yo no me separo de su lado.
Él se limita a negar con la cabeza.
En ese momento me rompo en mil pedazos y sollozo como animal herido. El dolor, es como ningún otro. Es como si me aplastaran para después aventar mi cuerpo en ácido y finalmente congelarme. Ese es el tipo de dolor que siento. Un hoyo se abre en mi pecho y me cuesta respirar.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que la máquina señala el descenso de pulso cardiaco pero, fue más de una hora. Lo sé porque cuando la maquina emitió el sonido ininterrumpido, ya era de noche.
Me quiebro y me dejo caer sobre su cuerpo. Lágrimas y más lágrimas caen por mi rostro. Una parte retorcida de mi mente se pregunta si por ser hija de Poseidón será posible que me deshaga en un charco de lágrimas. Creo que eso sería lo mejor. Los charcos de lágrimas no sienten dolor alguno.
—Perdóname, Jamie —lloriqueo en su pecho—. Perdón, Jamie. Debí cuidarte mejor —me lamento sin esperanza alguna—. Debí haberme entregado antes. Debí haberles hecho caso. Debí haber aceptado su oferta cuando la hicieron. Debí quedarme muerta esa noche. —gimoteo sin sentido.
Unas manos se pasean por mis cabellos y me alzan. Me atraen hacia él y me deja sollozar en su pecho. Percy me sostiene contra su cuerpo y me deja arruinar su camiseta con mis lágrimas. Puedo escuchar como los demás abandonan la habitación, dejándome con mi dolor y el cuerpo inerte de mi bebé.
Lloro hasta que mis ojos arden.
—Todo va a estar bien. —murmura Percy a modo de consuelo.
Nada estaba bien, ¿no lo entendía? Mi mundo se estaba yendo a la mierda desde ayer…
Me separo de él de forma brusca. Mis ojos se clavan en lo suyos y, algo en mi hace clic. Me mira con la duda en sus ojos iguales a los míos y, puedo sentir mi semblante endurecerse.
—Esto es tú culpa —declaro y, mi voz suena extraña; suena muerta—. ¡Esto es tú culpa, Percy! ¡Si no hubieras llegado habría llegado a tiempo con Jamie! —grito fuera de mí— ¡Lo dejé por tu culpa!
El cielo retumba en algún lugar.
Los demás entran a la habitación preocupados por mis gritos. Temerosos que tenga otro más de mis famosos ataques psicóticos y, tal vez lo tenga.
Volteo a ver a Nico y Leo entre los demás.
— ¡Es su culpa! ¡Yo debí llegar esa noche de no ser por ustedes! —grito apuntándolos acusadoramente— ¡Él estaría bien de no ser por ustedes!
Lluvia comienza a caer y las ventanas se azotan con el viento y el agua.
Escucho voces a mí alrededor pero nada me importa. Creo que sigo gritando, no estoy segura. De la nada, siento un piquete en mi hombro y veo la cara del doctor. ¿A qué hora llegó? Alcanzo a ver los ojos de Percy cargados de tristeza y, siento mí cuerpo entumecerse.
Mis ojos comienzan a pesarme y quedo inconsciente en brazos del doctor.
. . . . .
Hace tres día mi pequeño Jamie se me escapó de entre la manos. Hace tres días, me arrebataron el rayo de luz que me quedaba. Hace tres días que no soy capaz de emitir palabra alguna.
Había entrado en crisis nuevamente y si no hubiera intervenido el doctor esa noche, habría desatado un ciclón en pleno Detroit.
Me recargo nuevamente en la barandilla del nuevo y mejorado Argo II y miro hacia el horizonte.
—Ya vamos a llegar. —anuncia Hazel a mis espaldas.
Yo me quedo parada sin hacer nada.
La escucho alejarse y miro hacia abajo.
Ahí, trescientos metros debajo de mi, puedo ver el campamento.
Puedo ver mi hogar.
¡Hola a todos!
Bueno, antes de que me crucifiquen por haber tardado tanto en actualizarles,
déjenme decirles que, hoy es mi cumpleaños (y no crean que es una táctica de
de distracción para que no me apaleen n.n), así que pensé, qué mejor forma
de comenzar un nuevo año de vida que actualizando mis historias y aquí estoy n.n
A mí anonimo: lamento haber tardado pero, como les dije alo que contesté sus mensajes,
he estado hecha una loca y, como me iré de vacaciones tuve que adelantar trabajos.
Srta. A.G: Tenías razón (creo que pensamos igual), la historia necesitaba un poco de drama xD
Akane-Chan: lamento que haya terminado así pero, la historia lo requería.
Bueno, sin más que decirles, espero que haya valido la pena la espera.
Besos *3*
