A Nyaruko - San que me ayudó a betear este capitulo. Esto es para ti chica(:


Capitulo 19 Restableciendo los cimientos.

Paso toda la tarde encerrada en la enfermería en un intento de evitar a Marco. Me siento incomoda a su alrededor. Él, o no se da cuenta o decide ignorarlo.

Will me mira con eterno reproche en la mirada mientras atiende mi herida.

— ¿Qué tu nunca estas sana por completo? —Se queja— Está infectada y tienes pus. Esto te dolerá porque tengo que drenarla. —informa.

Luego de maldiciones, lagrimas, más maldiciones, quejidos y muchísimas más maldiciones, Will termina de estrujar mi herida y me deja en paz luego de ponerme los puntos nuevamente.

Yo me quedo derrumbada en la camilla.

—Pensé que eras más valiente. —me pica.

—Y yo pensé que no eras un carnicero. No me jodas, Will, creo que hasta disfrutaste todo esto.

—Entonces me conoces bien. —termina con una sonrisa.

Mi respiración es rápida y yo, en un intento de que duela menos, trato de acompasarla.

— ¿Y Percy?—pregunta de la nada.

—No sé. Supongo que con Annabeth.

—Ah, ya. ¿Y los chicos? Se me hace raro que no te hayan acompañado.

Marco le hace señas que se calle.

—No sabía que era un delito que anduviera sin ellos.

Por el rabillo del ojo, me doy cuenta de que Marco sigue haciendo gestos.

— ¿Qué? —pregunta Will desconcertado.

Marco pone los ojos en blanco.

—Nada, idiota. Nada.

—Nos peleamos. —le aclaro yo.

—Ah… ¿Y no pudieron decirlo desde un principio? Parecías loco haciendo todos esos gestos. Pensé que tenías tortícolis. —yo suelto una pequeña risa.

—Te miras linda cuando sonríes. —me dice Marco en un acto galante.

Yo no puedo evitar sonrojarme un poco…y sentirme incómoda.

Will enarca una ceja y niega lentamente.

—Hermano, vas a hacer que pierda esa apuesta.

Marco se encoge de hombros, restándole importancia.

—Vamos, te acompaño a tu cabaña —me ofrece.

—Creo que me quedaré aquí. —contesto incómoda por su cercanía.

—Me quedaré contigo.

—No. Estoy bien. Seguro tienes cosas que hacer, Marco. Muchas gracias por traerme.

Will sonríe triunfal.

—Sí, hermanito. Ya ponle. Deja a mi paciente descansar.—dice con sorna.

Marco le frunce el ceño.

—Bien. Pero vendré a verte en la noche.

Se inclina y deja un beso en mi frente. Yo no puedo sentirme más incómoda.

Una vez que sale de la habitación, Will deja salir una carcajada divertida.

—Le gustas. —afirma.

No me digas. Pienso.

—Pero él no te gusta —vuelve a afirmar—. Lo que no entiendo es por qué lo dejaste venir contigo.

—Era mi único recurso para llegar aquí.

—Pudo haberte traído Percy, o Nico, o Leo. No veo por qué mi hermano es el que te trajo.

Suelto un largo suspiro.

— ¿Cuál es la apuesta que te va a hacer perder Marco? —decido cambiar de tema.

Deja caer las gasas que estaba acomodando en el botiquín y su sonrisa se congela.

— ¿Qué apuesta? —pregunta nervioso.

—No te hagas tonto.

—Prometes no enojarte.

Me lo pienso bien.

—Prometo no hacerte nada. —ofrezco.

Se encoge de hombros.

—La cabaña de Hermes comenzó a correr apuestas de con quién saldrías desde antes de que desaparecieras. Ahora que volviste, todos tenemos la esperanza de recuperar nuestro dinero

Frunzo el ceño.

— ¿Por qué alguien haría eso?

— ¿Por qué no?

—Porque eso no les incumbe… ¿Por quién apostaste tú?

—Eso no te incumbe. ¿Cómo sé que no saldrías con esa persona solo para hacerme perder?

— ¿Cómo sabes que no me gusta esa persona? —le reto yo con una sonrisa.

Me mira largo y tendido, evaluándome con la mirada.

—Nico. Le aposté a Nico. —dice, esperando mi reacción.

Siento mis rasgos endurecerse. Mi expresión se congela y, mi lado bromista se va al sótano.

—Creo que has perdido una apuesta —contesto con voz fría—. Espero que no hayas apostado mucho.

Él, a pesar de todo, sonríe juguetonamente.

—Uno nunca sabe —es todo lo que dice—. Creo que mi hermano ya debe estar lejos, si esperabas un momento para escapar de él, es éste. —guiña un ojo.

—Gracias por cercenarme la herida.

Suelta una carcajada.

—Cuando quieras. Si te cuidas, en tres días será cosa del pasado.

.

Sí me cuidé. Tres largos y dolorosos días cuidándome la herida. Tres días en los que los chicos y yo no nos habíamos topado ni por equivocación.

Pasaba las tardes con Bárbara, y ella nunca los mencionaba. Hazel en ocasiones se acercaba a mí, pero aprendió a no mencionar a su hermano. Jason, me hacía plática cuando me lo topaba en algún lugar y, Frank, era el chico más amable que haya conocido alguna vez.

Annabeth y Piper, me miraban con cierto reproche de vez en cuando, pero no decían nada.

Percy…, bueno, era más difícil evitar a Percy, pero ya lo había conseguido una vez, podría volver a hacerlo. Lo malo, era cuando llegaban las pesadillas y, él me despertaba bañada en lágrimas.

Por lo regular, siempre había tenido pesadillas en las que voces salían de la nada y no había donde esconderse. Incendios y pantanos y todo eso. Ahora no. Ahora, mis pesadillas consistían en la nada. Simplemente yo, rodeada de nada. No había luz ni escenario. No se sentía frio ni calor. No había voces, no había rostros. No había amenazas. Mi pesadilla era solo un reflejo de cómo me sentía. Vacía. Sola. Abandonada.

Despertaba muchas veces en el transcurso de la noche. Para el cuarto día, mi rostro estaba adornado por unas enormes y profundas ojeras del tamaño de mi mano. Parecía que me habían dado dos puñetazos en el rostro.

Para el quinto día, era capaz de sonreír levemente. Bárbara me había arrastrado con ella al ruedo a para entrenar; aunque sus entrenamientos se limitaban al tiro con arco. Yo, necesitaba más actividad física —y el que fuera un fiasco con en arquería no tenía nada que ver—, así que, comencé a entrenar con la cabaña de Ares. Al principio, me daban unas palizas dignas de ver. En serio, creo que les gustaba humillarme, pero poco a poco fui adaptándome a su sistema.

Clarisse, era de las más duras. El primer día, terminé con moretones y dolores de espalda, creo que incluso me dislocó un dedo, y no, no exagero. Esa mujer es una salvaje. Aun así, fui a entrenar con ella al día siguiente.

—Pensé que no ibas a poder caminar hoy. —se burló Clarisse en cuanto me vio entrar al ruedo.

—No soy de porcelana.

—Te dije que no era la típica muñequita de cristal. —intervino Jared.

Clarisse puso los ojos en blanco antes de darme la espalda.

—Solo no estorbes. —gruñó, tomando su espada y atacando un muñeco de entrenar.

Sí, la chica era una salvaje, pero una salvaje que me enseñó muchas cosas… a la mala.

Hoy, me había molido a golpes, sí, pero yo le había ganado la última ronda de lucha cuerpo a cuerpo. Bueno, no le gané exactamente, dejémoslo en que fue un empate.

En eso consistían mis días. Entrenar para que cuando callera la noche, estar tan agotada como para no poder soñar absolutamente nada… Es un plan que fracasó estrepitosamente.

Las pesadillas siguen, cada vez más deprimentes que las anteriores. Cada vez más lagrimas hasta que anoche desperté entre gritos, aferrada a Rastreador. Así que hoy, entreno aún más de lo acostumbrado. Mi cuerpo ésta rendido y agotado, pero no me importa.

Moretones adornan todo mi cuerpo…, moretones y heridas, raspones, cortes…, soy un rompecabezas en tamaño real.

—Deberías descansar. —aconseja Clarisse cuando me derrumba en una llave demoledora. —Estás toda tensa.

—No tengo sueño.

—Eres igual de idiota que tu hermano.

—No te pedí tu opinión.

—Lo que sea, eso me gano por ser buena gente.—golpea mi costado y yo le doy una patada en el esternón que la hace gruñir.

—Te noto muy blanda el día de hoy. —le molesto.

Trata de envolverme en sus manazas y me escabullo por escasos centímetros.

Me tiro y, derrumbo sus piernas con mi pie. Su peso le juega una mala broma y la gravedad hace su trabajo. Clarisse azota de espalda en la colchoneta, me posiciono encima de ella y golpeo sus costillas en varios ataques veloces. Ella me da un cabezazo y me deja viendo estrellitas. Me avienta cual muñeca de trapo y comienza a carcajearse.

— ¿Qué pensabas, renacuajo? Todavía te falta mucho para vencer a esta hija de Ares.

Me tiende la mano y me pongo de pie. Su novio, Chris, nos lanza unas botellas de agua. A veces me pregunto, quién lleva los pantalones en esa relación. Si yo fuera él, no olvidaría ninguna fecha importante como su cumpleaños por ejemplo. Solo Zeus sabe de lo que es capaz Clarisse.

—Gracias. —contesto jadeante.

La manaza de Clarisse se estampa en mi espalda y, estoy segura de que la dejó marcada.

—No seas llorona, Monse. Ya casi soportas un round contra mí.

—Apuesto a que te gana en menos de dos meses. —dice Jared con burla.

—Perderás esa apuesta. —canturrea Chris.

Jared pasa su brazo por mis hombros.

—Mi chica es dura.

—La mía igual. —conviene Chris.

—Pero esta chica —les interrumpo con una sonrisa—, ni loca se enfrenta en serio a Clarisse. Lo siento Jared, pero solo perderás una apuesta y yo una extremidad.

Jared suelta una carcajada profunda.

—Ay, Monse, si hicieras los golpes como te enseño y no dudaras antes de atacar, sería imparable.

—Perdón señor-soy-demasiado-perfecto, pero no todos somos tan precisos como usted. —bromeo.

—Ustedes dos me dan asco. —dice Clarisse de la nada.

Le frunzo el entrecejo.

—Gracias, amiga —replico sarcástica.

—Como sea, vas a seguir entrenando o le vas a seguir dando falsas esperanzas a mi hermano.

Le miro ofendida.

—Yo no le doy falsa esperanzas a tu hermano, Clarisse. —refunfuño por lo bajo.

Chris se larga a reír. Jared me guiña un ojo y yo mejor desvío la mirada.

Sip. Aunque ustedes no lo crean, a pesar de que los primeros días mi depresión de mierda era visible, eso no impedía que varios campistas se me acercaran a "pasar el rato conmigo" y lo peor, "a darme las condolencias". A esos, los mandé directo al carajo. Una cosa es que tuvieran una estúpida apuesta por ver cuál era mi tipo de chico y, otra muy diferente, el que se acercaran a mí con excusas bajas.

Había querido matar a los Travis y Connor por eso, pero me lavaron el coco diciendo que todo iba a ser destinado para una buena causa. Buena causa mis calzones, el dinero lo habían gastado en una consola de videojuegos con todo un set de juegos.

—Yo solo digo que si gano esa apuesta, los Stoll conocerán la furia de Ares si no me pagan.

Volteo lo ojos. Pues ella sí que iba a perder esa apuesta. Solo a ella se le ocurría apostar por su hermano. Y ahí estaba el meollo del asunto, varios de los candidatos —o de los candidatos que valían la pena—, no estaban enterados de que formaban parte del maquiavélico plan de los Stoll.

—Vamos, te enseñaré nuevas técnicas. —ofrece Jared.

Me toma de la mano y me jala hacia un rincón de la arena, donde hay varios muñecos de entrenamiento y colchonetas gruesas.

—Vamos a trabajar con tus patadas. Las que le diste a Clarisse fueron muy flojas y, eres muy lenta. Tal vez para tus peleas callejeras estaban bien pero, en nuestro mundo, un segundo es decisivo. No quiero que dudes antes de atacar —instruye con seriedad, entrando en el papel de entrenador—. Si lo haces, harás series de abdominales.

Hago una mueca. Odio las abdominales, las odio con el alma.

—Bien. —rezongo.

—Patada lateral —ordena—. Circular. Frontal. Lateral con salto. De gancho. Patada frontal con golpe de gancho. Dudaste.

Lo hice. En el último segundo, aflojé y mi fuerza no fue la necesaria.

—Cincuenta abdominales.

—Pero…

—Patada frontal —me ignora—. Barrida. Patada de empeine. Ascendente. Lateral inversa. Golpe gancho bajo.

Las instrucciones siguieron. Después de dos horas, yo estaba bañada en sudor. Mi ropa se me pegaba al cuerpo y mi cabello escurría. Mis músculos se sentían calientes y fuertes.

Jared estaba fresco como lechuga. Su cabello cobrizo estaba intacto, sus ojos negros relucían de diversión y sus labios gruesos tenían una sonrisa traviesa de aspecto tosco.

— ¿Cansada?

—No, qué va. Este es mi look del diario.

—Te ves sexy cuando entrenas.

—Bájale, Anderson.—le advierto.

El ríe divertido.

—Solo decía —alza las manos en defensa—. Me debes un total de doscientas abdominales.

Mi boca cae al suelo.

—Estas de broma.

—No. Cuatro series de cincuenta. Y eso que te estoy dejando pasar una serie; atribuiré eso a que estabas cansada, pero para la próxima, no habrá misericordia, Monse.

Bufo en protesta. Prefiero que me incomode con sus comentarios acerca de mi persona a que me ponga ejercicios de "resistencia". Los ejercicios de resistencia son los peores.

—Para que veas lo bueno que soy, te dejaré dos series de abdominales laterales, una de lagartijas y una se zancadillas. —me anima.

—Nop. Aun no veo que seas bueno. Si quieres que piense que eres bueno, me dejaras ir sin hacer nada y me invitaras una papas a la francesa grasosas.

— ¿Sería eso una cita?—indaga, acomodando un mechón rebelde de mi coleta.

Bueno, pensándolo mejor, prefiero los ejercicios de resistencia a sus comentarios. Me alejo de su alcance en cuanto sus dedos hacen el amago de acariciar mi mejilla.

—No. No tengo citas, ¿recuerdas?

Chaquea decepcionado.

—Una lástima. Ahora, dame las primeas cincuenta, preciosa.

Me acuesta en la colchoneta y comienza la tortura. Él me sostiene los pies mientras yo hago el trabajo pesado. Alterno las series con las lagartijas y para cuando termino, mis músculos ya no se sienten calientes y fuertes, al contrario, se sientes como los de un viejito con artritis.

Prácticamente debo arrastrarme hacia mi cabaña para tomar un cambio de ropa y poder bañarme y cambiarme.

Antes, les decía que tomaba lo primero que encontraba. Ahora no podía darme ese lujo. ¿Recuerdan que Afrodita me mandaba "asombrosos" cambios de ropa? Pues parece que olvidó actualizarlos porque ya no enviaba nada. Tengo exactamente la misma ropa que el año pasado, y no es que sea vanidosa y no me guste repetir cambio, es solo que, este último año, pues…, crecí y me encogí en las áreas correctas/incorrectas. Correctas porque todo está donde debería de estar. Incorrectas porque solo hacen que resalte más con esa ropa, ¿me explico?

Para ser más directa, estaba mucho más delgada —obviamente—, había crecido cinco escasos centímetros —alcanzando el metro sesenta— y, bueno, estaba en plena adolescencia, mi cuerpo se encontraba en pleno desarrollo. Me habían crecido los senos y… por vergonzoso que fuera, el ADN de Afrodita salía a relucir en mi pequeño cuerpo, ¡es todo lo que diré!

Tomo un vestido verde suave —el más largo que hay en mi cajón— y un juego de ropa interior antes de escaparme a las duchas. Cuando voy saliendo, es tanta mi prisa por tomar un baño que no me doy cuenta de por dónde voy y me estampo con alguien, tirando mi ropa en el proceso.

—Lo siento —me disculpo—. Debí fijarme por donde iba.

—No hay problema. —contesta.

Alzo la vista y me llevo una sorpresa al ver a Percy, Nico y Leo.

Me quedo en silencio sin saber que decir. Los tres me miran expectantes, a la espera de que diga algo o que les salte encima. Yo no sé qué hacer, creo que para estas alturas de nuestra situación, una disculpa sería estúpida.

— ¿Pasa algo? —pregunta Leo.

Es cuando recuerdo que es de mala educación mirar fijamente a alguien con la boca abierta. Por unos segundos escalofriantes, mi cerebro olvida cómo hablar.

—No. —contesto por lo bajo. Desvió la mirada al suelo y comienzo a recoger mis ropas.

Ellos se inclinan y me ayudan en silencio.

Leo levanta mi vestido y… ahí llega el fin de mi vida. Allí está, burlándose de mí. Me inclino a levantarlo antes de que alguien más lo vea pero Nico es más rápido que yo. Lo recoge y todos los colores suben a mi rostro.

De su mano, cuelgan mis bragas de ositos con corazones. Cuando al fin comprende lo que hay entre sus dedos, se pone rojo como tomate y desvía la vista de mi cara.

Extiendo la mano lo más rápido que puedo y se los arrebato, escondiéndolos en el vestido. Con horror, veo como Leo me tiende mi sostén.

Dioses, si quieren matarme en este momento, no los detendré.

—Percy, somos los primeros en quitarle la ropa interior a tu hermana. —suelta Leo para mi gran vergüenza.

Percy le suelta un golpe en la cabeza.

Yo tomo mi ropa y murmuro un pequeño gracias antes de echarme a correr.

[¡/]— Olvidaste recoger algo

— ¿A sí? ¿Qué?—pienso preocupada.

Tu dignidad. Ja, ja, ja, ja. Si fuera tú, me encerraría en una cueva el resto de mi vida.

— Eres yo, ¿recuerdas? Vives en mi cabeza, idiota.

Te acabas de insultar, nena. [/!]

Entro echa un bólido y me encierro en una regadera. Siento mi cara caliente y quiero desaparecer en este mismo instante. ¿Tenían que ser precisamente ellos los que tenían que ver mis calzones de ositos? Digo, sé que hemos pasado por muchas cosas juntos, pero el que vieran mis calzones no entraba en las cosas que quería compartir con ellos.

Abro la llave y el agua fría me da la bienvenida. ¡Yupi! Con lo caliente que tengo la cara, me sorprende que no se evapore al contacto con mi rostro.

Tallo muy bien mi cabello en un intento de eliminar el sudor de él. Mi cuerpo se siente extenuado y, mis músculos piden a gritos que deje de moverme. Cuando estoy a punto de salir de la regadera, escucho que alguien entra pero no le doy importancia.

—¿Tú crees? —dijo la primera voz distorsionada por el eco.

—Es lo que él me dijo.

—Pero, ¿tan rápido? ¿Apenas han estado aquí una semana?

—Pero llegaron desde antes de todo lo que paso… ¿Cómo lo está tomando él? —pregunta la segunda voz.

Un largo suspiro.

—Mal. Cada día lo miro más desesperado. Ayer tuve que convencerlo otra vez de que dejara las cosas fluir, ya sabes cómo es de desesperado.

—Creo que todo se salió de control.

—Pero ya sabes cómo es ella de terca. No va a aceptar tan fácilmente que se equivocó.

—Pues yo no pienso seguir esperando a que se le dé la gana volver a hablarles. —Bufa la segunda voz—. Leo no deja regañarse de que metió la pata. ¡Él ni siquiera sabía lo del niño! Comprendo que le duela pero, hay un límite para todo.

Ante la mención del nombre de Leo, aguzo el oído. Llámenme chismosa, pero creo que si vas a tener una conversación así en la ducha, lo menos que puedes hacer es asegurarte de que no hay nadie dentro.

—Nico no lo ha tomado nada bien —dice una tercera voz de la que no me había percatado—. Lo veo igual que cuando fuimos a Grecia.

—En cierto modo la entiendo —interviene la primera voz—. Cuando Thalía se convirtió en árbol, la pasé mal, pero tenía a Luke. Creo que lo que ella necesita es poder desahogarse. No la justifico, pero creo que deberíamos ver su punto de vista.

—Pues yo no puedo —dice la tercera voz—. Es mi hermano de quien hablamos. Ya estaba mejor y luego se me va en picada.

Algo cae al piso en un estruendo. Las chicas siguen hablando pero ya no alcanzo a escuchar. Salgo a toda prisa de mi cubículo y me cambio lo más rápido que puedo para no toparme a las chicas. Lo consigo.

Miles de pensamientos rondan mi cabeza, todos ellos agridulces. Puedo ver la sonrisa de Leo; puedo sentir la mano de Nico sobre la mía y, lo más importante de todo, puedo sentir los brazos de Percy a mí alrededor, prometiéndome que todo va a estar bien.

Voy a la cabaña a dejar mi ropa sucia y a tratar de robar algunas horas de sueño. Cuando entro, no esperaba encontrar mi hermano y a mis ex amigos.

Me topo con sus miradas y no sé qué hacer. Mi parte racional me dice que les pida perdón ahí mismo, mi parte emocional, me grita que salga corriendo de ahí, que aún no estamos listas para enfrentarnos a ellos. Le hago caso a mi parte emocional. Dejo la ropa en el cuarto de baño y huyo como la cobarde que soy.

Alcanzo a escuchar sus risas estruendosas antes de cerrar la puerta detrás de mí y, me dan ganas de quedarme con ellos.

Me encuentro con Bárbara a medio camino hacia los campos verdes.

—Hola extraña. —saluda.

—Extraña tú. Ya no me vienes a ver.

—No me gusta entrenar con los de Ares. Son muy bruscos.

—Y tú una delicada —le molesto—. No están tan mal, Jared me ha enseñado muchas cosas.

—Apuesto a que quiere enseñarte otras cosas. —dice sugerente y moviendo las cejas.

—Eres una mal pensada, Bárbara.

Ella deja salir su risa cantarina. Su cabello rubio cae en cascada por sus hombros y sus ojos azules están remarcados con una ligera capa de delineador negro.

—¿Por qué el vestido? —pregunta.

—Es lo único que me queda. —me quejo.

—Tu ropa te queda bien. Es a donde debe llegar un vestido decente.

—Creo que nuestro concepto de "decente" no coincide, Bárbara.

Voltea los ojos.

—Enseñar un poco de pierna no te va a matar.

—Creo que tampoco el de "poco" coincide, Bárb.

—Eres una mojigata.

—Y tu una exhibicionista. —su sonrisa se ensancha.

—Pero al menos, yo lo admito.

—Eres imposible.

—Ya deja de criticar mis gustos. Quedé con los Stoll y no quiero ser la única sin pareja. Anda, no me dejes ser la mosca.

—Bien. —refunfuño.

Cuando llegamos, Travis y Katie están discutiendo por algo y, Miranda y Connor los ven divertidos.

—No sabía que Connor y Miranda ya estaban saliendo. —le susurro a Bárbara.

—No lo hacen. La chica se le hace del rogar. Le doy tres meses más. —dice tocándose la sien y cerrando los ojos como vidente. —Es una profecía. —bromea.

—Eres una tonta.

—Pero eso me hace divertida —se defiende—. A los chicos les encanta mi sentido del humor.

—Pero sería bueno si te decidieras por uno. —le pico.

— ¿Para qué quedarte solo con el helado de fresa si puedes probar los de moras salvajes?

— ¿Es eso una metáfora? Porque es estúpida.

—Amargada.

—Indecisa.

Cuando llegamos, la parejita estaba discutiendo. En silencio, Bárbara y yo nos sentamos, siendo ignoradas por los demás.

—Katie, sabes que tenía que hacerlo, no pude resistirlo.

—Travis, el pobre está en la enfermería por tu estúpida broma. —le regaña.

Travis no se inmuta, al contrario, parece que hace un gran esfuerzo por no partirse de la risa.

—Oh, vamos. Tienes que admitir que fue gracioso. No es mi culpa que él sea alérgico a la mermelada de fresa.

—No es su culpa que tú seas un idiota. —contesta divertida.

—Katie —se queja, haciéndose el ofendido—, no seas amargada, amor. Sabes que fue divertido.

Katie le voltea la cara, evitando verlo. Su semblante luce severo pero, una chispa de diversión brilla detrás de sus ojos. Sé que no le costará mucho trabajo a Travis convencerla.

—Katie —canturrea Travis, tomando la barbilla de la chica. Katie se aleja de él —. Katie, Katie —una sonrisa pugna por salir en los labios rosados de Katie.

Travis lo ve y se sabe victorioso.

— ¿Serviría de algo si te digo que no lo volveré a hacer?—pregunta quedamente.

Connor hace una mueca de incredulidad y Miranda le da un zape.

—No —contesta Katie divertida—. ¿De qué me sirve una promesa que no vas cumplir?

Travis se carcajea.

—Me ofendes, conejita. —dice llevándose las manos al pecho.

¿Conejita? ¿Desde cuándo Travis se había convertido en un cursi de mal gusto?

—Es porque te conozco. No es la primera vez que lo haces. En vez de ponerle un buen ejemplo a tus hermanos.

Travis sonríe aún más. Una sonrisa traviesa.

—Pero es por eso que te gusto. Te encantan los casos perdidos.

Katie no puede evitar sonreír por completo esta vez.

—Eres un desastre, Travis. —concede con ternura la chica, viéndolo a los ojos.

La escena es tan íntima, que tengo que volver la vista porque me siento una intrusa.

Connor me guiña un ojo y, Miranda me sonríe a modo de disculpa por los panchos de su hermana.

—Pero te encanta que sea tu desastre. —dice con picardía.

La toma de la barbilla y la besa. La besa con tanta maestría que hasta da vergüenza verlos.

Le hago muecas a Bárbara y, ella se ríe de mí… al igual que Connor y Miranda.

Cuando al fin esas dos lapas se separan por un poco de oxígeno, reparan en nosotras. Katie se sonroja furiosamente y, Travis se ríe. Acaricia su mejilla y le da un pequeño beso en los labios.

—¿Cómo están, chicas? —pregunta Katie en un susurro.

—Bien —contesta Bárbara—, pero veo que tú estás mejor.

Katie se sonroja nuevamente y Travis se carcajea.

Veo que Connor le susurra algo a Miranda y ella, adquiere un color rosado en sus mejillas. Creo que sus sonrojos son genéticos.

Miranda estira la mano y lo golpea levemente en el hombro, haciendo que Connor ría.

— ¿Ahora entiendes por qué te pedí que me acompañaras?—dice Bárbara.

—Amiga, te comprendo. —le concedo.

—Bueno, ¿qué quieren hacer? —pregunta Miranda, ignorando deliberadamente a Connor, quien hace un puchero.

—Pues, podríamos tener un día en la playa —ofrece Bárbara— ¿Qué dicen?

—Hace frío. —opina Katie.

—Si usan bikinis, me apunto. —dice Connor.

Miranda le da un codazo en las costillas.

—Yo también tengo frio. —digo.

—Monse, el bikini no te va a mutilar. —dice Bárbara, adivinando porque no quiero ir a la playa.

—Perdón por no querer andar medio desnuda.

— ¡Nena, Afrodita te dio esas para mostrarlas!

Katie y Miranda ríen divertidas. Yo me siento avergonzada.

— ¡Bárbara! —me quejo. Ella se encoge de hombros restándole importancia.

—Solo digo.

—Hay que ir a molestar a los de Ares. —tienta Travis.

—Me gusta tener mis piernas pegadas al cuerpo. —contesta Miranda.

—Podríamos ir a escalar —dice Katie—, o a recolectar fresas.

Hago una mueca, trabajar lo que me queda de tarde libre no suena muy bien.

—Podríamos quedarnos aquí. —ofrezco yo.

Después de discutir por cinco minutos, me arrastran al muro de escalar y mi brazos solo piden un descaso.

. . . . .

Y así pasa mi segunda semana. Yo, paseando con los Stoll, entrenando con la cabaña de Ares. Practicando mí puntería con Marco. Metiéndome en problemas con Bárbara. Para cuándo va a comenzar mi tercera semana, mis ojeras parecen de muerto viviente pero nadie comenta nada.

Creo que a lo mucho, duermo cuatro horas al día, lo cual, baja mi rendimiento.

—Estas muy lenta el día de hoy. —comenta Jared, quien se encuentra sobre mí. Mi espalda pegada a la colchoneta y su cara a centímetros de la mía.

—Estoy algo cansada. —coincido.

Envuelvo mis piernas en su cintura y trato de dar vuelta. Su peso no me lo permite y se aferra a mis hombros, dejándome en la misma posición.

— ¿Aun no puedes dormir?

Se levanta y me ayuda a ponerme de pie.

—No. —contesto a secas.

—Yo podría ayudarte con eso cuando quieras.

—Gracias pero no, gracias.

—Tú te lo pierdes. Ponte en posición, practicaremos tus bloqueos. —anuncia antes de soltarme una patada.

Alzo los brazos cómo me enseñó y mitigo un poco el golpe.

—Alza más las manos y, van en posición horizontal. —instruye, colocando mis manos correctamente.

Da una nueva serie de patadas y, cuando se asegura de que lo tengo dominado, comenzamos con los golpes.

— ¿Crees poder seguirme el ritmo? —pregunta divertido.

— ¿Te recuerdo quién te venció hace tres días?

—Eso fue porque hiciste trampa.

—No es mi culpa que seas un mal perdedor. —refunfuño.

Era la primera vez que lo vencía, no iba a dejar que me quitara el mérito.

En las gradas, podía ver a varias personas observarnos, pero se encontraban a una distancia que me era difícil reconocerlos.

Después de media hora, más mestizos comenzaron a entrar a la arena a practicar por su cuenta.

Jared y yo estábamos luchando cuerpo a cuerpo en toda la extensión de la palabra. Era un duelo de los serios.

Yo golpeaba con ganas y él no se media a la hora de atacar.

Hice un gancho bajo, impactando con su barbilla; él gruñó pero no se quejó. Alzo mi pie en un intento de patear su pierna pero él, en un movimiento limpio, toma mi pierna entre sus manos y la gira, haciéndome caer de bruces. Mi pecho impacta contra la colchoneta y él se me encima. Toma mis manos y las pone detrás de mi espalda. Forcejeó pero es inútil.

— ¿Te rindes, preciosa?

Gruño un no por respuesta y él aprieta su agarre.

Sigo luchando contra su peso y fuerza pero es en vano. Me tiene más amarrada que puerco en matadero.

— Entre más rápido te rindas más rápido acabará todo. —canturrea burlándose.

Me pongo flojita y, cuando se inclina a ver qué es lo que pasa, le suelto un cabezazo con la parte posterior de mi cabeza. Eso es suficiente para que afloje un poco y logre soltarme. Rodo con él encima de mí y me abraza con sus rodillas. Golpeo su estómago con mi codo y mi puño impacta en su nariz.

—Mierda. —grita llevándose las manos a la nariz.

Un hilillo de sangre comienza a escurrirle.

—Es la segunda vez que atacas mi nariz, Monse.

Bueno, al menos no me llamo preciosa.

Escucho unas risillas de fondo y alzo la vista, encontrándome con Nico, Leo y Frank cerca de nosotros, los tres, están practicando con espada.

— ¡Lo siento, Jared!

Hace un gesto con la mano y, antes de que me acerque a él, me detiene.

—No importa. Mañana continuaremos con esto. Iré a la enfermería.

— ¿Te acompaño? —pregunto, sintiéndome culpable.

—No estaría mal, serías una muy buena enfermera personal. —dice sugerentemente, según él, de forma sexy, Según yo, con voz de locomotora descompuesta.

Le miro irónicamente.

—Creo que puedes encontrar el camino tu solito. —ladra Nico a mis espalda, sorprendiéndome por completo.

Jared lo mira con burla.

—No te metas, cadáver andante.

Nico le lanza dagas con la mirada pero se queda en silencio.

—Eso es lo que pensé. —contesta Jared triunfal.

Frank y Leo se encuentran a los costados de Nico, ambos expectantes de lo que va a pasar.

—Vamos, Monse, hay que ir a la enfermería. —me toma de la mano e intenta arrastrarme con él.

Yo me quedo inmóvil en mi lugar, mirando a Nico fijamente.

— ¿Monse? —pregunta Jared.

Nico y Leo me miran expectantes, a la espera de que hable o emita algún sonido.

Volteo a verlo y no puedo evitar que el enojo se filtre en mis pupilas.

— ¿Me vas a decir que te enojaste por lo que le dije a ese fenómeno? —pregunta desconcertado.

—No le hables así —exijo—. Nico no es ningún fenómeno.

Jared enarca una de sus gruesas cejas. La sangre no ha parado y ahora hay una pequeña mancha en su camiseta.

—Bien. —se limita a contestar.

Trata de jalarme detrás de él nuevamente pero no se lo permito.

— ¿Y ahora qué pasa?

Nico y Leo me miran con cierto brillo en la mirada. Yo no sé qué hacer. No es cómo si pudiera saltar a sus brazos en este momento porque, uno, lo más seguro es que me aventaran lejos por las ultimas semanas, dos, estoy toda sudada y, no imagino así nuestro reencuentro y, tres, no creo que les haga mucha emoción tenerme cerca en estos momentos.

—Nada —contesto finalmente—. Tengo práctica de arquería con Marco.

Los hombros de Nico decaen ligeramente y, yo, en un acto de valentía/estupidez, asiento en su dirección antes de dar media vuelta e irme.

Todo el trayecto hasta los blancos, me la paso diciéndome lo tonta que soy. ¿Por qué me cuesta tanto acercarme a ellos y decir: "lo lamento"; esperar que me digan lo idiota que soy, que soy una egoísta de lo peor y que me hagan implorar su perdón?

Llego al campo y Marco ya está esperándome con una sonrisa pintada en sus labios.

—Pensé que ya no vendrías. —saluda.

Sonrío de lado.

—Se me hizo un poco tarde. —admito.

—Toma un arco y, esta vez, intenta pegarle a tu blanco.

— ¡Marco, la vez pasada di en el centro!

Entrecerró sus asombrosos ojos azules.

—Monse, era el blanco de Erick. Se encontraba ocho metros a tu izquierda.

—Pero era el centro. —refute.

—Ocho metros.

Bueno, ¿qué quieren que diga? Tengo la puntería de Percy, al menos mi flecha no terminó encajada en las nalgas de Erick.

—Bien. —me quejo.

Tras vaciar tres carcajes y perder treinta flechas, aviento el arco al suelo. Marco no ha dejado de hacerme bullying, diciendo que hasta un ciego tiene mejor puntería que yo, o que él con artritis podría hacerlo mejor.

Marco se ríe de tal forma que me recuerda a su padre.

—No pensé que te fueras a dar por vencida tan rápido.

—No soy buena es esto, Marco. Hay que aceptarlo. —le frunzo el ceño al arco que se encuentra a mis pies.

—Tal vez no te has esforzado lo suficiente. —me reta.

—Me esfuerzo, pero a lo mejor se debe a que no tengo un buen profesor. —le tomo el pelo.

—Ah no, señorita, yo soy un excelente profesor.

—Pues yo no lo creo.

—Te enseñaré y, no nos iremos hasta que des en el blanco. —dictamina seriamente.

Abro la boca para protestar pero él me lo impide.

—Y no hay replica que me haga cambiar de opinión.

—Pues entonces no quedaremos a acampar aquí.—farfullo.

—Abre los pies y balacea tu caderas —instruye—. No te pongas tensa. Relájate. Coloca la flecha y tensa la cuerda. Inhala y exhala. Ponte en posición, como te enseñé —alzo el arco y tomo la posición que tantas veces corrigió—. Fija tu blanco y, acerca la cuerda a tu boca. Suéltala.

Mi flecha sale disparada con fuerza y su trayecto es recto, cae en el suelo, pero al menos, es el suelo alrededor de mi blanco.

Marco chasquea la lengua.

—La erraste.

—No me digas. —replico sarcástica.

Me mira mal.

—Lo haré contigo. —anuncia.

Se coloca mis espaldas, mi espalda pegada a su pecho fuerte. Toda mi anatomía en contacto con la suya y, toma mis manos entre las suyas, acomodando el arco entre las mías. Sus piernas se cuelan entre mis piernas.

—Acompasa tu respiración a la mía. —ordena.

Yo me quedo tiesa como una tabla ante su cercanía.

Lleva su mano a mi estómago y me obliga a respirar más lento. Alza nuestras manos y tensa la cuerda. Sus dedos rozan mis labios y la cuerda queda pegada a mi boca.

—Relájate. —pide.

Es más fácil decirlo que hacerlo. Por una extraña razón, mi cuerpo rechaza su cercanía, pidiéndome a gritos otra muy diferente. Mando esa vocecita al sótano.

Una vez que lo hago, suspira, haciendo que su aliento juegue con mis cabellos rebeldes.

Soltamos la flecha. La flecha, hace su trayecto en vía recta, impactando en el blanco. Se entierra en el centro y yo quedo alucinada. Lo logré.

Me alejo de él automáticamente y lo veo con una sonrisa. Él me contesta con una aún más grande. Debo tener una cara de asombro porque él ríe de mi expresión.

— ¡Lo logré! —exclamo victoriosa. Alzo las manos de pura alegría.

—Lo lograste. —coincide.

Inesperadamente, me abraza y yo vuelvo a quedarme rígida. Cuando me suelta, mira detrás de mí.

—Tenemos público. —declara con voz juguetona.

Sigo su mirada y me topo con la mirada verde de Percy. Una sonrisa imperceptible dibujada en sus labios. Asiente en mi dirección y le sonrío levemente. Nico se encuentra con él, su ceño fruncido y sus puños apretados lo hacen ver adorable. Leo mutila a Marco con la mirada.

Una imperiosa necesidad de acercarme a los chicos y explicarles que entre Marco y yo no hay nada se apodera de mí. Doy un paso en su dirección y luego recuerdo que no nos hablamos. Me detengo en seco sin saber muy bien qué hacer. Percy me mira esperanzado y sonríe aún más. Le sonrío y, estoy a punto de tomar la decisión de acercarme a ellos, cuando Marco llama mi atención nuevamente.

— ¿Te apetece dar un paseo? —pregunta con un deje de desesperación.

Giro a verlo, rompiendo el contacto visual con Percy.

Me esfuerzo por sonreírle de forma que no se ofenda por rechazarlo… otra vez.

—Me encantaría…

— ¿Pero? Sé que hay un pero. —dice resignado.

—Tengo cosas que hacer.

[¡/]— Querrás decir personas que ver — canturrea mi consciencia

— Cállate.

No puedes callarme por siempre.

— Puedo intentarlo.

Solo dile al pobre que saldrás con él el día que Hades te mande rosas y una invitación a cenar. [/!]

Su cara luce increíblemente decepcionada.

—Bien.

Volteo a ver a los chicos nuevamente y me sorprendo al descubrir que ya se han ido. Mis hombros decaen ligeramente.

.

Una noche más sin dormir. Un día más que lucía como zombi. Mi rostro lucia tan demacrado que incluso parecía enferma. Percy me despertó anoche entre sollozos y gritos. Sudor viscoso recorriéndome la frente.

Me siento cansada, pero nada que una bebida energética patrocinada por los Stoll no arregle.

Llegué al desayuno prácticamente dormida. Juro que los últimos días, he tenido micro siestas mientras hago mis actividades diarias.

Estoy debatiéndome internamente entre hablarle a Percy o pasar el desayuno como los últimos días: sin voltear a verlo. Finalmente me decido cuando mis ojos comienzan a pesar.

[¡/]— Hazlo antes de que te acobardes.

—No me presiones.

Hazlo. No es tan difícil, solo tienes que decir: perdóname por ser una idiota.

—¿Sabes que eres pésima para subirme la moral?

Soy tu consciencia, no una consejera sentimental. [/!]

Lo último que recuerdo es levantar el rostro para buscar su mirada antes de sentir mi cara fría y descubrir que me había ido de buceo a mi plato de cereal. Pego un salto como gato saliendo del agua y los campistas a mi alrededor comienzan a reír escandalosamente. Percy me mira desconcertado, como si no creyera que mi cabeza acababa de salir del bol de cereales. Siento que mis cabellos escurren en leche y el plato derramado en mi ropa; quiero que la tierra se parta en dos y me trague.

Un vistazo a los ojos de Percy me dice que se debate entre reír a carcajada suelta y partirse de la risa o, quedarse serio. Obviamente, la parte boba gana porque comienza a reír, uniéndose a las demás carcajadas.

Me levanto de la mesa como si tuviera un resorte y salgo dignamente de los comedores —lo más digna que puedo teniendo en cuenta que tengo hojuelas de maíz en el cabello— rumbo a la cabaña a limpiarme.

Tomo una toalla y, como estoy sola, meto la cabeza en la fuente sin importarme.

—Yo no pienso limpiarla. —dicen a mis espaldas.

Volteo a ver y, Percy está recargado en el marco de la puerta, sus brazos cruzados sobre su pecho y una sonrisa ladeada adornando su rostro. No puedo evitar sonreírle a cambio.

—No te pedí que lo hicieras…, podemos esperar a que venga Tyson. —contesto juguetona.

Eso lo sorprende porque puedo ver su expresión asombrada. Se recupera rápidamente y su sonrisa se hace más ancha.

—Al paso que vamos, deberíamos darle un sueldo al pobre.

No puedo evitar reír. Sus ojos se iluminan.

—No le des ideas, Percy.

Termino de secar mi cabello y parece que tengo un afro.

—Monse —llaman a la puerta—, ¿vamos a entrenar o qué? —pregunta Jared.

Percy se tensa ligeramente para después apartarse de la entrada y dejarme pasar.

—Seguro. —contesto pasando a su lado.

—Te veo después. —le digo.

Él se limita a asentir.

Durante el trayecto a la arena, Jared intenta abrazarme, yo me escurro de entre sus manazas. Me encanta mantener una distancia prudencial de su cuerpo.

Cuando llegamos, me dice que entrenaremos pelea, lo que quiere decir, que no hay reglas.

Clarisse y Chris, se encuentran entrenando cerca de nosotros. Clarisse me ha estado ayudando con mis técnicas de espada y, a pesar de que no es tan elegante como Percy o Nico, es más brutal. La hija de Ares suelta un grito triunfal que me distrae y, el golpe de Jared me da de lleno en el estómago, dejándome sin aire.

— ¿No te han enseñado a no golpear a una mujer? —preguntan mi lado derecho molestos.

Mis manos sobre mi estómago, tratando de recuperar el aliento.

— ¿No te han enseñado a no meterte en lo que no te importa?— Replica Jared con molestia.

Leo se inclina sobre mí.

—¿Te encuentras bien?

—No es nada. —contesto, restándole importancia al golpe y concentrándome en que me él me habla.

— ¿Estás segura? —pregunta con preocupación.

—No es nada. —contesto sin aliento.

—Ella es más resistente de lo que crees. —le espeta Jared duramente.

Leo le frunce el entrecejo.

—Ella no es tu saco de boxeo personal, animal.

—Cuida como me hablas, Valdez. No siempre estará ella para sacar la cara por ti.

Leo se adelanta un paso y yo los miro de hito en hito.

— ¿Qué es lo que pasa? —pregunta Percy con Nico a sus espaldas.

—Nada. No pasa nada. —contesto.

Nico me mira interrogativo. Trato de sonreírle y mi corazón comienza una carrera loca en mi pecho; eso es raro.

Percy me dedica una mirada inquisitiva. Jared lo empuja.

—Déjenla en paz. Ella ya no los necesita. Estamos entrenando y me la distraen.

—Ella no es de tu propiedad para que le apliques el posesivo. —ladra Nico.

Jared sonríe de forma astuta.

—Tampoco es tuya.

Nico se queda en silencio.

—Chicos —digo refiriéndome a todos—, no pasa nada. Todo está bien. —le doy una sonrisa tímida a Leo.

—No deberías dejar que te entrene de esa forma —aconseja Percy—. Puedes salir herida.

—La ha pasado peor —suelta Jared—. Tus hermanos no han sido muy amables con ella, Leo.

Aprieto mis ojos por lo que ha dicho Jared. "Disimuladamente", le doy un pisotón. Los chicos me miran desconcertados.

— ¿Mis hermanos?

—No es nada.

— ¿No te lo ha dicho? Oh, cierto, lo olvidaba —dice con lastima fingida—, no les quiere hablar. ¿Por qué no recogen lo poco que les queda de dignidad y se largan?

— ¡Jared! —exclamo indignada.

— ¿Qué?—se queja.

—Déjalos en paz.

Pone sus ojos negros en blanco, una clara señal de irritación.

—Solo decía. —se encoge de hombros.

— ¿Qué han hecho mis hermanos? —pregunta nuevamente Leo.

—Nada. —contesto, mutilando con la mirada a Jared.

—Bueno, ya que no se van, me servirán de prueba. Estaba por enseñarle algunas llaves y, no puedo ser yo el modelo.

—Aparte de que eres del tamaño de un camión. —se burla Leo de forma venenosa, cosa rara en él.

—No voy a practicar con ellos. —le hago saber.

Ellos, al parecer malinterpretan mis palabras porque desvían la vista. Yo me refería al hecho de que no quería dañarlos.

—No sería tan malo. —murmura Nico.

—Sí, Peq… Monse, no somos tan malos en eso.

—Sí, preciosa —llama Jared mi atención, colando su mano por mi cintura, marcando territorio. Yo aparto su mano de un manotazo y Leo ríe por lo bajo—, quiero ver que tanto has aprendido. Apuesto a que ya eres toda una máquina de matar.

No sé cómo me dejo embaucar por las palabras de Jared, o tal vez fue que solo no pude resistirme a las suplicas lastimeras de los que fueron mis amigos o, quizás fue que, me dejé hacer por los ojos suplicantes de Nico. El punto es que, termino en la arena, con los tres rodeándome, listos para atacar y, con algunas personas como espectadores.

Por el rabillo del ojo, alcanzo a ver a Miranda Gardner colgada del pescuezo de Connor, quien tiene una sonrisa de tonto. Me alegro por él.

—Recuerda lo que le hicieron a Jamie. —susurra Jared antes de empujarme al centro.

Me paralizo en el acto. No he hablado de Jamie desde mi último ataque el día que regresé. Él sabe que es un tema tabú. ¿Por qué lo menciona justo ahora?

Escucho las risas estruendosas de Clarisse, regresándome a la realidad. Alcanzo a moverme con el tiempo suficiente para evitar los brazos de Leo, quien intentaba rodearme en un abrazo estrangulador.

Choco con el cuerpo de Percy; intenta tomarme por la espalda e inmovilizarme pero, en un acto reflejo golpeo con mi codo sus costillas. Nico, toma mi brazo y lo coloca detrás de mi espalda.

— ¡Deshazte de su agarre! —instruye Jared a gritos, pero mi cabeza un se encuentra con la imagen de Jamie, dejándome aturdida.

Nico sube mi codo por mi espalda, haciéndome soltar un gemido.

—Lo siento. —se disculpa inmediatamente, soltando la presión que ejerce.

Pasa su mano por mi cintura y pega mi espalda a su pecho.

— ¡Monse, aposté cincuenta dracmas por ti! —Grita Connor.

Leo, se acerca por el frente, una sonrisa triunfal en su rostro.

—Te dije, Nico. Ella iba a ser pan comido contra tres.

Le saco la lengua. Qué sea pequeña no significa que no me pueda defender.

Me impulso con los pies y, tomando a Nico como apoyo, alzo mis piernas y pateo con ambas a Leo en el pecho con un ángulo recto, haciendo que retroceda medio metro. Ahora agradezco las infinitas series que hice de abdominales.

— ¡Enséñales! —grita Clarisse eufórica.

Leo me mira sorprendido.

Percy trata de ayudar a Nico a sostenerme y me toma de las piernas. Ambos me sostienen de mis cuatro extremidades en vilo. Me retuerzo pero no me sueltan. Me zarandeo entre sus manos hasta que resbalo de las manos de Nico, golpeando mi espalda en el irregular suelo de la arena.

—Aaaaauuuu —se escucha un gemido general.

Antes de que Nico se acerque a ver cómo estoy, lo jalo de los pies, tirándolo de espalda. Golpeo a Percy en el pecho con mi pie y, Leo, me pone de pie y me carga al estilo costal. Lo abrazo por la cintura, mi cara pegada a su espalda y —gracias a lo pequeña que soy—, presiono su cabeza entre mis rodillas.

— ¡Así! —grita alguien.

— ¡Usa las patadas! —grita Jared.

Me arrancan del torso de Leo y, me topo con los ojos marrones de Nico. Me pierdo por un segundo en ellos y, Percy me tumba de espalda.

Me inmoviliza con su cuerpo pero, no contaba con mis nuevas habilidades; le rodeo la cintura con ambas piernas y, paso mis manos por el lado derecho de su cuello, haciendo una llave y, hundo mis codos en el centro de su espalda. Lo hago rodar y, golpeo su pecho. Me levantan por los hombros y, Leo me sostiene en el aire.

—Vaya que eres escurridiza, Monse. —se queja sin aliento.

No puedo evitar reír.

—No es mi culpa que no hagas ejercicio, Leo.

Tomo su cabeza y, la jalo hacia enfrente. Lo obligo a que me que deje caer y, utilizo su propio peso para hacerle una llave y lo jalo hacia enfrente, dejándolo caer al pasar su peso por mi hombro. Cae de espalda.

— ¡Voy a ganar! —escucho que grita Miranda.

— ¿Es que nadie nos apostó? —se queja Leo.

—No le apuestan a los que no entrenan. —le recrimino.

Sonríe de forma aturdida.

Siento que me toman por la espalda y Leo sonríe.

—Nunca descuides tu espalda, Peque. —aconseja, aun tumbado sobre su espalda.

—Nunca me ataques por la espalda. —replico yo.

Golpeo la barbilla de quien sea que me tiene sujeta con mi cabeza. Giro y golpeo sus costados. Nico se queda sin aliento y, me lo roba a mí en el proceso al hacerme perder el balance, tumbándome al lado de Leo, cayendo él sobre mí. Su cuerpo pegado al mío, haciéndome sentir que mi cuerpo vibra.

—Nada mal…, para una principiante. —sonríe.

Lleva mis manos sobre mi cabeza y, lo siento tan cerca que dejo de respirar por completo.

—Esto se ha vuelto incómodo de ver. —dice la voz de Percy desde arriba, sacándome de mi ensoñación.

Nico saca sus ojos de los míos y se aleja varios centímetros de mí rostro.

— ¿Lo dejamos en empate? —pregunta Leo esperanzado.

Asiento, ajena a mí.

Varios campistas nos abuchean y, Jared gritonea órdenes de ataque.

Nico se levanta y me ofrece una mano. Percy me mira dudoso.

— ¿Te lastimamos?

—No. ¿Los lastimé?

—Se necesita mucho más para poder lastimarme, Monse. —se jacta Leo, respirando dificultosamente.

—Humildad, Leo, humildad. —le recuerdo, haciéndolo sonreír.

Los tres, me miran aun con cautela, esperando que me ponga a gritar como la loca que soy. Nos quedamos en silencio por algunos segundos y, me decido a hablar por fin.

— ¿Nos vemos más tarde en la playa? —les pregunto, haciendo acopio de toda la valentía que hay en mí.

Sé que hay muchas probabilidades de que me manden al Hades, pero la esperanza es lo último que muere.

Lucen sorprendidos, lo sé por sus rostros.

—Seguro. —se apresura a decir Percy.

—Bien. Los veo haya en dos horas, necesito cambiarme. —explico.

—Bien. Nos vemos haya. —dice Nico con una sonrisa. Hacía semanas que no lo veía sonreír así.

Doy media vuelta y, solo alcanzo a ver como los demás se reúnen con ellos. Veo a Annabeth abrazándolo y, a Piper alborotando los cabellos de Leo.

— ¿Qué fue eso? No hiciste nada de lo que te enseñé.

—Trataste de manipularme. —le acuso.

Se hace el tonto.

—No sé de lo que me estás hablando.

—Sí lo sabes. Eso fue bajo, incluso para ti. Pensé que éramos amigos.

—Lo somos, y podemos ser algo más, pero te haces del rogar.

—No me hago del rogar —digo sonrojada—, simplemente no me gustas de esa forma, Jared. Ya te lo he dicho.

—Pero te gusta él de esa forma. —dice apuntando a los chicos.

—No me gusta nadie de esa forma.

—Cómo sea. Me has decepcionado, pensé que serías mejor que esto. —dice enojado y, tengo la sensación de que hemos dejado de hablar de la pelea por la mirada que le dirige a Percy y los chicos.

Se voltea y me da la espalda.

.

Rumbo a mi cabaña para dejar mi ropa sucia, me encuentro con Bárbara y las chicas.

—Me hiciste perder treinta dracmas. —se queja juguetonamente.

—Hicimos perder a todos.

—De hecho, solo enriqueciste los bolsillos de Connor —aclara Miranda—. Fue tecnicismo, nadie aposto por un empate.

— ¿Desde cuándo es Connor y no "el inútil ese"? —pregunta Bárb con una sonrisa traviesa.

Miranda se medio sonroja y sonríe de una forma que no había visto nunca en ella.

—Desde que me pidió hace media hora que fuera su novia—termina en un chillido entusiasmado de más, perforándome el tímpano.

Sonrío feliz con ella y meto mi dedo en mi oreja.

— ¿Al fin te lo pidió? —dice una Bárbara eufórica.

—Bueno, como que yo die pie a que empezara, pero, ¡al fin lo hizo! Pensé que jamás me pediría ser su novia. —admite.

—Me alegro por ti, Miranda. —le felicito.

—Gracias, chicas. ¡No puedo creer que este con el inútil ese! ¡Soy tan feliz! —brincotea.

Bárbara y yo reímos por su reacción.

Luego de que termine de relatarnos hasta el más mínimo detalle de cómo se reflejaba la luz en sus cabellos, me disculpo para ir a preparar mi discurso de disculpa.

— ¿Ya les vas a hablar? —dice Miranda sorprendida.

—Me voy a disculpar —aclaro—. Los veré en una hora.

Los ojos de Bárbara brillan y, comparte una mirada conspiradora con Miranda.

—Esto es una emergencia —le dice a Miranda—. ¿Piensas lo mismo que yo?

Una sonrisa que no me augura nada bueno, se plasma en los labios de Miranda.

—Creo que sí. —se limita a contestar.

Antes de que pueda preguntar de qué emergencia se trata, me toman de las manos y salen corriendo, arrastrándome con ellas.

Nos detenemos en la cabaña de Afrodita y, Bárbara entra sin tocar o llamar a la puerta. La cabaña se encuentra repleta de cajas enormes de madera, destinadas para la carga, selladas y envueltas en plástico protector.

— ¿Dónde está Piper?—pregunta sin tapujos.

Mitchell nos mira enarcando una de sus cejas perfectas.

—Buenas tardes a ustedes también. He tenido un lindo día, gracias por preguntar.

Bárb sonríe apenada.

—Lo siento. —se disculpa.

Esperen, ¿Bárbara se acaba de disculpar? ¿Mí Bárbara?

—Piper, creo que está con Annabeth y Hazel. ¿Puedo ayudarles en algo?

La habitación me hacía sentir en una de esas ridículas casas de muñeca Barbie; todo rosa y con encaje.

— ¿Qué hay en las cajas? —pregunto curiosa.

—Productos de mamá y el señor D. Acaban de llegar.

—Necesitamos hacerle un cambio de imagen a Monse. —explica.

¡¿UN QUÉ?!

Mitchell me evalúa con la mirada y sonríe.

—Han venido a la cabaña correcta. ¿Qué es lo que quieres?

—Nada. —contesto yo.

—Yo creo que el cabello corto le quedará fabuloso. —opina Miranda.

Mitchell me arrastra a una de las paredes, la que está hecha de un espejo que la abarca por completo y, comienza a jugar con mi cabello en diferentes posiciones.

—Tu cabello está maltratado, las puntas están más abiertas que las piernas de borracha en un bar y, tu cabello está más seco que el Sahara.

Me siento cohibida ante mi reflejo. Estoy toda desarreglada, soy la perfecta definición de desastre andando.

—Hay que hacer algo con las ojeras también. —dice una chica de Afrodita, creo que su nombre es Mary.

—Y un facial, sus poros parecen cráteres. —dice Lacy con una disculpa grabada en su dulce rostro.

Lacy, una chica de aproximadamente mi edad, dejó atrás sus coletas infantiles, remplazándolas por un cabello rubio en capas.

—Si…, tengo cosas que hacer…—me deslizo lentamente fuera de la cabaña, con cautela—, así que…

—Así que nada. —sentencia Bárbara.

—Monse, hemos esperado este momento desde que llegaste. —añade Miranda.

— ¿Qué haces aquí? —chilla la voz Drew, taladrándome el cerebro.

—Viene a pedir ayuda con su imagen. —dice Mitchell.

—Oh, has venido al lugar correcto —me mira de arriba abajo con desdén—, pero no hacemos milagros, Monse —chasquea la lengua. Espero que no se la muerda porque se podría tragar su propio veneno—. Lástima.

—No pedimos tu opinión. —Le dice su hermana.

Drew pone sus ojos azules en blanco y se sienta en una de las sillas cercanas y abre una revista de modas.

—Solo digo que arreglarte es como si le pusiéramos labial a un cerdo; inútil y grotesco.

Bien, eso sí me hace sentir mal. Sé que no soy la octava maravilla del mundo, y, que de lejos soy la chica más bonita del campamento, pero, tampoco es para que me compare con un cerdo.

—Ves —se burla al ver mi semblante afectado—, incluso tu misma lo sabes.

—Tiene razón, chicas, no tiene caso. —explico desanimada.

Bárbara se va de mi lado y camina directamente hacia ella. De detiene justo frente a ella y, la planta una bofetada.

—Qué sea la última vez que le hablas así a mi amiga, ¿entendido? —amenaza, por primera vez, Bárbara me inspira miedo.

Miranda y yo nos quedamos con la boca abierta y volteamos a vernos.

Drew se toca la mejilla y se levanta indignada.

— ¡Me las pagarás! —chilla.

—Miran como tiemblo. —se burla mi amiga.

Drew sale de la cabaña hecha una furia y azota la puerta. Los demás miramos a Bárbara.

—Ahora, Montserrat, sienta tu trasero en esa silla o te irá peor. —dice de tal forma que incluso da miedo.

—Bárbara —llama su atención Lacy—, deberías venir más seguido.

Mitchell y su otra hermana explotan en carcajadas.

—Hey —me dice Miranda—, no le hagas caso. Ya sabes cómo es de ponzoñosa.

Me encojo de hombros.

—Cuando terminemos contigo, no recordarás lo que te dijo. —ofrece la chica castaña.

Toda abatida, me dejo guiar por ellos a una silla inclinada.

— ¿Por qué quiere el cambio ahorita? —curiosea Mitchell.

—Va a ver a los chicos. —explica Bárbara.

La castaña y Mitchell sonríen pícaramente. Lacy se queda tiesa con las manos en mi cabello.

—Entonces, tenemos trabajo que hacer. —sentencia la castaña.

Tras una hora y media metida en esa cabaña del demonio, ruegos, maldiciones, jalones de cabello, gritos de dolor, huir de Mitchell y su cera para depilar que parece más un instrumento de tortura, me dejan verme por fin en uno de los miles de espejos que hay en la cabina.

—Guau. —es lo único que puedo decir.

El espejo me deja ver a una chica realmente hermosa…, creo que me han pasado la foto de alguna campista de la cabaña, pero cuando la imagen sigue mis movimientos, desecho la idea.

La chica del espejo es perfecta, con unos profundos ojos verde mar enmarcados por unas espesas y largas pestañas negras. Unas cejas definidas —y no una pelambrera, como las había denominado Mary, la castaña—, enmarcaban un rostro angulado y simétrico. Los labios rosados y rellenos se abrieron, formando una "O" perfecta. Mi piel, había recuperado el tono bronceado y, un ligero rubor me cubrió las mejillas al pensar que era bonita.

—Te dije que eras hermosa. —dice Miranda, llamando mi atención.

—Eres la única que no lo notaba —se queja Bárbara—. Creo que tendré que trabajar con tu autoestima. —bromea.

—Guau. —repito, sin poder creer que la chica del espejo soy yo.

Había accedido a que cortaran mi cabello un poco —no lo quise corto porque tendría que peinarme, si lo llevaba largo, ¡podría hacerme un chongo y, listo! Los viejos hábitos nunca mueren, soy floja y ¿qué?—, dejándolo debajo de media espalda. Desbarataron mis rizos naturales con una plancha caliente, dejándolo lacio y sedoso. Aplicaron varias mascarillas y productos en mi rostro, dejando la piel suave y tersa nuevamente, mejorando un poco las ojeras. Mis uñas, fueron pintadas por un hermoso color rojo quemado, y mis manos estaban más suaves que nunca. Lástima, eso es lo que menos me iba a durar.

—Estás lista —dice Mitchell, devolviéndome a la realidad—. ¡Dioses! Sí que somos buenos en esto, deberíamos hacerlo negocio y olvidarnos de estos jugos de mamá que, no harán más que meternos en problemas. —replica, apuntando hacia las cajas de madera.

En ese momento, Drew entra a la cabaña acompañada de Piper.

Ambas se quedan asombradas, lo que me hace sentir un tanto apenada. Incluso, Drew tiene dificultades para encontrar algún insulto hacia mí.

— ¿Vas a algún lado? —pregunta Piper con una sonrisa.

— ¿A pedir disculpas? —ofrezco.

—Te están esperando en la playa —informa radiante—. Ya era hora, chica.

—Bueno, intentaré pedir disculpas, no garantizo que lo hagan. No los culpo, ¿sabes?

Me ofrece una sonrisa comprensiva y se acerca a mí.

—No te adelantes a las cosas. ¿Quién sabe? Tal vez y todo se arregla hoy.

Lo dudo, pero no digo nada.

—Los matarás en cuanto te vean. —me anima Mary.

—Anda, ya vete. —me empuja Bárbara a la puerta.

— ¡Haz las cosas bien!—grita Miranda a mis espaldas.

Antes de partir a la playa con los chicos, paso a cambiarme; saben que no soy vanidosa ni nada por el estilo, pero no sirve de nada que hayan invertido su tiempo arreglándome si estoy vestida con un pantalón deportivo.

Tomo un vestido ligero y un suéter con botones al frente, dejándolos abiertos.

Al salir, me encuentro con Lacy, esperándome en los escalones de la cabaña.

— ¿Pasa algo?

Me mira nerviosa, muy nerviosa. Le sonrío y, un brillo de valor se deja entrever en sus ojos azules.

—Quiero hablar contigo. —contesta decidida.

—Dime. —le animo amable, agradecida por lo que ha hecho conmigo.

Se queda en silencio por unos segundos, buscando las palabras correctas.

—Nico y yo tuvimos una cita. —suelta, como si de una granada se tratase.

Siento como mi buen humor se enfría y, mi expresión se congela.

Así que había sido ella la chica que dijo Leo, la chica de la cita.

—Oh. —es todo lo que puedo decir. Mi voz dura e inflexible.

La decisión brilla en sus ojos.

—Tal vez no lo sabías, pero él me gusta. Me gusta mucho y no voy a dejar…

—No tienes que darme explicaciones. —contesto.

Me mira por unos instantes y asiente mecánicamente y, da media vuelta.

Me quedo parada como tonta, tratando de controlar mi respiración y mis ganas homicidas contra la chica.

Una carcajada burlona me saca de la imagen de mis manos alrededor del cuello de Lacy.

—Pobre de mi hermana —dice Drew—. Si la pobre supiera que a Nico le gusta exactamente lo mismo que a ella. Es más, puede que, incluso tú y él tengan los mismos gustos. —se burla.

Paso de largo y la empujo con mi hombro.

Estúpida Lacy. Estúpida Drew. ¡Estúpida Lacy!

Llego a la playa aun con la imagen de Nico y Lacy tomados de la mano. ¿Y Rachel? ¿Dónde queda Rachel con todo eso? Había asumido que a Nico lo gustaba Rachel, no Lacy. Si ya era difícil competir con Rachel —y eso que la chica no puede tener citas—, ¿qué esperanzas tenía con alguien cómo Lacy, que tiene todas las de ganar? Lacy es hermosa, ¡por los Dioses! ¡Es hija de Afrodita!, creo que eso lo explica todo.

Y sí, muchos de ustedes dirán: ¡pero tú eres su nieta! ¡Pero vamos! Solo vean todo lo que tuve que hacer para verme bonita, ella es así al natural. La sangre de Afrodita está más diluida en mis venas que la inteligencia de los Stoll.

Llego a la playa y la brisa marina me recibe gustosa.

Los chicos están al borde, lanzando piedras a la marea.

—Hey. —saludo.

Los tres voltean a verme y, puedo ver el asombro en sus rostros. De alguna forma, eso me hace sentir emocionada.

—Wow. Te ves realmente bella. —dice Leo.

Me sonrojo y desvío la vista hacia las olas.

—Gracias. —murmuro en respuesta.

—Te sienta el look. —agrega Percy.

—Eres lo más hermoso que he visto. —formula Nico.

Una felicidad que no había sentido en mucho tiempo me invade por completo.

Volteo a verlo y, no puedo evitar sonreír como tonta.

—Bueno, ya dejen en paz a mi hermana —tercia Percy—. No es necesario que alagues a tu prima, Nico. —urge.

Leo se ríe por lo bajo.

—Necesito hablar con ustedes y, quiero que me dejen terminar. No me interrumpan.

—Bien. —acceden los tres, dejando atrás su buen humor.

Inhalo profundamente en un intento de tomar valor. Cierro los ojos y, hablo antes de que mi valentía se esfume.

—Quería decirles que, realmente lo siento. Lamento haberme descargado con ustedes cuando lo único que querían hacer era ayudarme. Siento mucho haberlos culpado de algo que no hicieron, lamento haberle dicho todo lo que les dije, pero, lo que más lamento, es haber perdido su amistad y, comprendo si no me perdonan nunca y, en este preciso momento me dicen que no les vuelva a dirigir la palabra por todo lo que hice, solo quería que supieran que lo lamento tanto, chicos, y, que no habrá un solo día en el que deje de reprochármelo.

Los tres me miran en silencio, procesando mi patética disculpa.

—Creo que eso es todo. —estoy lista para huir ante su rechazo silencioso.

Doy media vuelta, resignada a que he perdido a los únicos amigos que he tenido en toda la vida a causa de mis estúpidos berrinches.

Una mano toma la mía y me jala. Choco con el pecho de Leo y, el me sostiene entre sus brazos con tanta ternura que me siento frágil y delicada. Su esencia a metal, canela y fuego, me reconfortan en sobremanera, haciéndome ver lo mucho que lo he necesitado estos días. Es cuando me quiebro nuevamente. Ahí, en los brazos de Leo, siento que se me va el aire y termino de aceptarlo todo.

Me aferro a él como si mi vida dependiera de ello y lo abrazo con una fuerza asfixiante. Hundo mi rostro en su pecho, abrazándolo para no volver a dejarlo ir nunca. Pidiéndole perdón por mis estupideces con ese abrazo demoledor.

Sin esperarlas, las lágrimas pican por salir de mis ojos

—Lo siento. —murmuro incomprensiblemente contra su pecho.

Él me sostiene y me deja llorar en su pecho libremente. Sus brazos me protegen pero… no son los brazos que deseo.

Me volteo y me abalanzo contra Percy, quien me recibe a brazos abiertos.

—Lo siento tanto —murmura en mi oído—. Nada de esto debió haber pasado.

—Fui mi culpa, Percy. Todo fue mi culpa—balbuceo entre lágrimas—. Si me hubiera quedado con Hades cuando lo propuso, no habría despertado aquella noche. Atenea no habría tenido excusa para venir a verme, no habrían soltado esa amenaza en su contra y, ustedes estarían a salvo. Jamie seguiría vivo y, todos estarían felices. Atenea tiene razón, yo fui un error, no debí haber nacido…

— ¿Qué estupideces estás diciendo? —Replica Nico— ¿Tienes idea de lo que dices? Si te hubieras quedado, yo no sería feliz.

Calor me inunda. Calor que se ve abrumado por dolor nuevamente.

—No sabes lo que dices, Nico.

—Sé lo que digo. Eres mi… amiga. Eres importante para mí, Monse. Eres importante para todos nosotros.

—Exacto —interviene Leo—. No pensarás que nos habríamos quedado de brazos cruzados si algo te sucedía, ¿no es así? Movimos cielo, mar y tierra para encontrarte, Peque. No vamos a dejar que nada te suceda. —Me mira a los ojos y, me pierdo en ese iris marrón.

—No voy a dejar que nada malo te suceda, Mare Starlet, lo juro. —anuncia Nico con tanta convicción que es imposible no creerle.

Nico me toma de entre los brazos de Percy y, sonríe y acaricia mi mejilla, limpiando las lágrimas que siguen cayendo. Me atrae a su cuerpo y me abraza. Me abraza tan fuerte que siento como las partes rotas de mi alma se unen de nuevo. Paso mis manos por su cintura y me refugio en su pecho, deseando quedarme ahí para siempre.

—Vamos a superarlo juntos —afirma Percy—. Tú y yo, vamos a hacerlo. Aunque parezca difícil, sé que lo lograremos. No dejaré que te deprimas más de lo que ya estas.

Leo deja escapar una carcajada ligera.

—Ninguno de nosotros te dejará sola, Peque. Nuca más.

Dicen la verdad. Lo sé porque los conozco. Sé que ellos me ayudarán a superar todo lo que paso.

Limpio los rastros de lágrimas que quedan en mi rostro con el torso de mi mano.

—Gracias, chicos. Lamento haberlos culpado por todo.

—Tenía confianza en que entenderías, Peque.

Sonrío contra el cuello de Nico.

—Soy tu chica después de todo, ¿no, Valdez? —bromeo.

Nico se tensa entre mis brazos. Leo suelta una carcajada juguetona.

—Cierto. Eres mi chica. —dice dulcemente.

—Bueno, pues tampoco te emociones —zanja Percy entre juguetón y serio—. Y tú, ya suéltala.

Nico me aprieta una vez más antes de dejarme ir. Eso me hace sentir mal.

—Lo siento, chicos. Perdón.

—No hay nada que perdonar. —me dice Percy, pasando su brazo por mis hombros.

Sí, sí hay mucho que perdonar y, yo me aseguraré de ser digna de ellos esta vez. De no volver a defraudarlos.

Nos quedamos un momento más en la playa; como en los viejos tiempos, solo con la variante de que ahora somos mucho más cuidadosos, como si camináramos sobre hielo muy delgado, evitando romper algo.

—Y… ¿qué hay con mis hermanos? —pregunta Leo.

—Nada digno de mencionar, Leo. Jared es un idiota.

¿Cómo le digo que sus hermanos se dedicaron a darme caza cuando estuve fuera del campamento? No es como si fuera culpa de ellos, pero, las órdenes venían de arriba. Uno de sus hermanos, fue el quedó colgado de los calzones de un árbol.

— ¿Y hasta ahorita te das cuenta? —se burla Percy.

—No —contesto con media sonrisa—, pero con alguien debía pasar el tiempo.

. . . . .

No es fácil. Tratar de que las cosas sean como antes no es sencillo, es una lucha constante. Hay veces en las que ellos no dicen nada por miedo a que rompa en llanto o que me lastimen sus palabras. Yo muchas veces no pregunto por temor a que no me guste la respuesta a mi pregunta —y no, no me refiero a la cita de Nico… en su mayoría—.

— ¿Es realmente necesario que vaya con ustedes? —pregunto por milésima vez en el día.

Percy, recargado en la pared con sus brazos cruzados sobre su pecho me sonríe, mostrándome sus dientes blancos.

—Todos vamos a ir, a menos de que te quieras quedar con Jared y Marco. —termina con burla.

Le volteo los ojos.

—Con ellos no pasó nada, ya se los dije.

—Yo solo digo —se encoge de hombros, pero sé lo que le complace que entre Jared, Marco y yo no haya nada. A él y a los chicos… y a todos lo que no "apostaron" por ellos—. Pensé que querrías recuperar el tiempo perdido.

—Eso es chantaje. —le acuso.

Se hace el inocente.

—No es verdad…, si fuera Nico o Leo el que te lo pidiera, diarias que sí sin pensártelo. —dice dolido.

—Eso no es verdad, Percy.

—Solo serán dos semanas, no va a ser tan malo. Piensa que te vendrían bien los nuevos aires.

—Percy, no me sentiría cómoda. Solo me van a aceptar por ser tu hermana.

—Es razón suficiente para mí. Además, ellos te quieren conocer.

—Percy, deja de intentar convencerme.

Toma mi pequeña maleta de mi cama y, yo tomo a Rastreador, pegándolo a mi pecho.

—Percyyyyy…—me quejo como niña chiquita.

—Deja de quejarteeeee… —me imita.

La verdadera razón por la que no quiero ir, es porque, a pesar de que Annabeth, Piper y Hazel no tomaron partido en todo este asunto, era un poco incómodo estar a su alrededor. Era como si me reprocharan en silencio que les haya hecho eso a los chicos y, la verdad no las culpo.

Caminamos a lo largo del campamento, los chicos cargando las maletas. Hazel me sonríe de forma tímida y se va, tomada de la mano de Frank.

—Ya se le pasará. —dice Nico en mi oído, haciendo que la piel se me ponga de gallina.

—Tal vez. —coincido poco convencida.

— ¿Aun no puedes dormir? —pregunta, pasando sus dedos por debajo de mis ojos, acariciando mis ojeras.

—Percy se quedó conmigo anoche, pero aún me cuesta conciliar el sueño.

—Pareces panda con esas ojeras. —se burla Leo.

Nico le da un zape.

— ¡Oye! —Se queja—, solo era un comentario.

—Deja en paz a Leo. —le regaño con una sonrisa.

Nico me corresponde con otra y, sus ojos tienen ese brillo que me gusta.

—Esa es mi chica. —dice Leo, sacándome de mi burbuja.

—No soy tu chica.

Nico sonríe más ampliamente al escuchar mi respuesta.

— ¿Van a subir o qué? —grita Jason desde la cubierta.

—Pues, no se pueden ir sin mí. —aclara Leo a media carcajada.

Pasa una mano por mis hombros y me arrastra con él. Yo trato de que mi mueca de sufrimiento no se note. No lo logro porque Nico se ríe de mí y, toma mi mano entre la suya.

—No seas así, los romanos no son tan malos. —me consuela.

—Sí, Peque. Reyna es una chica excelente. —ofrece Leo embelesado.

¿Reyna?

— ¿Es la Reyna con la que viajaste?—pregunto recelosa.

— ¿Cómo sabes de eso?

—Lo escuché por ahí.

Para ser más específica, lo escuché la noche que el gelo nos encontró en Florida y él la mencionó de pasada.

—Ah —contesta asombrado por mi buena memoria—. Pero, creo que realmente te va a agradar.

Yo lo dudo. No soy muy buena con las primeras impresiones. Solo hay que ver lo que piensan los romanos de mí.

Leo me jalonea y me sube a bordo del Argo II.

Bueno, al parecer, una nueva aventura acaba de comenzar, ¿lo bueno? Lo bueno es que tengo una vez más a los chicos de mi lado.


¡Les dije que no iba a volver a desaparecer!

Regresé a la fecha habitual y, les traje un capitulo un poco más light.

No sé, quise regresar a mis raíces de comedia, creo que lo logré, ya ustedes

juzgarán :3 (sean buenos)

Bueno, como vi que varios me edijeron que les gustaba el Tratie, me decidí por incluilo

en el capi, al igual que Connor-Miranda.

Ahhh... ¿qué me dicen? ¿Les gustó? Espero que sí porque yo me divertí escribiendo este capitulo.

Y... ¡Nos mudamos! ¿Que romanos se mueren por ver en acción? En lo personal, me muero por ver

a Reyna :DDDDD

PREGUNTA: ¿Que team son?

a)TeamJared.

b)TeamMarco.

c)TeamLeo.

d)TeamNico.

Es solo curiosidad, porque como veo distintas opiniones en sus comentarios, me decidí a preguntarles finalmente :D

Antes de irme, agradézcanle a Nyaruko - San, por haberme ayudado a betear el capi, chica, estoy en deuda contigo. Te iras a los Eliseos por haber corregido todo lo que te envié.

Bueno, espero que haya valido la espera, y, que se hayan reído aunque sea un ratito.

Cuídense y, besos *3*