Bueno, vi sus comentarios y noté que la mayoría son TeamNico o TeamLeo, pero yo soy TeamJared, muajajaja.

Disfruten la lectura ;)


Capitulo 20 La única manera de liberarse de la tentación es ceder ante ella.

Es raro estar nuevamente a bordo del Argo II. Aun no despegamos pero, es algo incómodo estar aquí después de lo que pasó.

Lo más incomodo es saber que, a alguien le tocará compartir habitación. La vez pasada, Percy y yo compartimos cuarto, aunque, más bien, yo me la pasé detrás de del barco, penando por ahí como alma errante.

El problema, consiste en que somos nueve mestizos en un barco flotante con ocho habitaciones solamente.

Percy, gustosamente se había ofrecido a compartir la habitación con Annabeth, pero la mirada horrorizada de Hazel y, las continuas burlas de Leo, le hicieron desistir de la idea, aunque sospecho que fue más por pena que por gusto.

—¿Por qué no te quedas con tu hermana? —propone Hazel.

—Golpea cuando duerme. —contesta en automático.

—El me babea la cara. —contesto acusadora.

Annabeth ríe divertida ante el recuerdo.

—Si está bien con ustedes —llamo su atención—, podría dormir con alguna de las chicas, podemos llevar una bolsa de dormir. —sugiero.

Esa es otra de las razones por las que no quiero ir, no quiero causarles más molestias en el que es su barco.

—No dormirás en el suelo —zanja Percy —Toma mi habitación, yo dormiré…

—¡No compartirás habitación con Annabeth! —grita Jason, haciendo que los susodichos se sonrojen.

—Pensé que Hedge no venía con nosotros —murmuró Percy ofuscado—. Me refería a que ella compartiera la habitación conmigo.

—Que tome mi habitación. —dice Nico, haciendo que todos volteemos a verlo.

Los ojos de Percy se abre a lo imposible y, la vena de su frente amenaza con reventar.

— ¡No compartirás la habitación con mi hermana!

—Pensé que estabas a favor de compartir habitaciones. —dice Leo, ganándose algunas risas.

Nico se sonroja y se ve tan guapo, que quede claro que solo lo digo para poder usar un adjetivo que lo describa, aunque guapo no le hace justicia.

—Me refería a que ella use la habitación que era de Hedge, yo puedo pasar la noche en cualquier otro lugar. —explica, tratando de parecer calmado.

Jason y Hazel lo evalúan con la mirada. Hazel luce un brillo particular en sus ojos color ámbar que no me es familiar y, Jason parece realmente confundido.

—No, Nico. Está bien —contesto, agradecida por su buena intención—, pasaré la noche con alguna de las chicas —lo más seguro es que con Annabeth que, es la que muestra más tolerancia hacia mí en estos momentos—. No te preocupes.

—No pasarás la noche en el suelo. —contesta.

Sus ojos marrones poseen una determinación que te roba el aliento.

—He pasado la noche en lugares peores —contesto con una sonrisa conciliadora—, créeme, lo peor que puede pasar es que mañana tenga dolor de cuello. No quiero hacerte pasar incomodidades.

—De donde yo vengo, la única que no debe pasar incomodidades es una dama.

Casi me rio porque me llamó dama. Casi, si sus ojos no me hubieran atrapado como a una pobre incauta.

Percy se aclara la garganta de la forma más ruidosa del mundo.

—Gracias por ofrecerle la habitación a tu prima, Nico.

Creo que todos notamos la forma innecesaria en la que remarcó la palabra prima.

Annabeth pone los ojos en blanco.

—Bien, eso lo deja todo resuelto —interviene Leo—. Monse, tendrás la habitación de Hedge. Nico, podrás pasar la noche en los establos.

—Prefiero estar en los mástiles.

Jason se estremece ligeramente.

—¡Por los Dioses, Nico! Puede pasarte algo estando allá arriba —regaño—. ¿Qué pasa si te caes? No, no, no, no. No te quedarás allá arriba. —sentencio.

—¿Entonces, dónde pasará la noche? —pregunta Leo, con una sonrisa traviesa que no augura nada bueno— ¿Contigo?

Yo, no puedo evitar sonrojarme al imaginar a Nico pasando la noche conmigo. ¡En buen plan! ¡Lo juro!

Frank le da un zape en toda la regla; casi puedo escuchar su cerebro rebotar en su cráneo.

—No seas mal pensado, Leo.

—¿Por qué soy el que siempre recibe los zapes?

—Porque te los ganas a pulso. —contesta Jason.

—Puedo pasar la noche en el comedor —ofrece Nico—, es más acogedor que los establos.

—Annabeth y Percy difieren con esa opinión. —bromea Piper, haciendo sonrojar a mi hermano.

Los demás ríen.

—No sé, Nico.

—Usa la habitación, no te preocupes por mí. —termina la discusión, tomando mi maleta y llevándola escalera abajo.

No me queda más remedio que seguirlo.

.

La habitación huele a cabra mojada. Es en serio. Un leve olor a animal de granja inunda el lugar.

—Hice lo que pude para eliminar el olor. —se disculpa Leo.

—No hay problema. —miento, frotando mi nariz a causa de la picazón que provoca el olor.

Nico deja mi pequeña maleta y, yo me dejo caer en la cama individual pegada a la pared. Dejo a Rastreador a un lado y cierro los ojos, sintiendo las miradas de los chicos sobre mí.

—Dejen de verme. —medio gruño.

Escucho la risa de Leo y abro un solo ojo.

—¿Ya te dije que estos meses te han sentado bien? —comenta de la nada, recorriendo mi cuerpo con sus ojos y, la diversión se plasma en su rostro.

Siento mis mejillas sonrojarse de la vergüenza.

—¡Leo! —grito, lanzándole mi almohada a la cabeza. Leo la esquiva con maestría pero, Nico le golpea el hombro con su puño.

—Deja de verla como si fuera un trozo de carne. —regaña Nico.

—Oh, vamos. No te hagas el santo. Ni que tú fueras vegetariano.

—Tus metáforas son estúpidas. —contesta Nico, ligeramente avergonzado.

Mi yo interna, chilla emocionada al saber que Nico también me observa y no solo a la tonta de Lacy y sí, ¡Lacy es tonta!

—¿Qué? El entrenamiento le ha servido. —termina Leo, con un encogimiento de hombros.

—Eres un idiota.

—Sabes que es verdad. —canturrea Leo.

—Y yo sigo aquí. Es incómodo que hablen de mí como si yo no estuviera presente.

—Pensé que te alagaría que dijéramos que eres sexy.

La mano de Nico se estrella nuevamente en el hombro de Leo y, esta vez puedo ver la molestia en sus gestos. Lo único que yo puedo hacer es tratar de cubrirme las piernas con la manta.

—¿No tienen nada que hacer? —pregunto sofocada.

—Nop —contesta Leo, dejándose caer a mi lado en la cama—. Nos tienes para ti solita.

—Oh, Dioses, apiádense de mí. —digo con horror fingido.

Nico se sienta a mi lado y, puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, invitándome a acercarme más. Acerco mi mano a la suya y, justo cuando voy a tocarla, tocan a mi puerta.

—Adelante —grita Leo—. Tal vez quieran taparse los ojos, no nos vayan a encontrar haciendo algo prohibido. —bromea—. ¡Auch! —se queja ante mi golpe.

La tímida cabeza de Hazel se asoma por la puerta, justo a tiempo para ver como golpeo a Leo por sus babosadas.

—Los necesitamos allá arriba, chicos. —les pide dulcemente.

Leo suelta un suspiro dramático.

—Obvio que me necesitan, así de importante soy.

Hazel pone los ojos en blanco y lo espera a un lado de la puerta.

Se pone de pie y, me alborota el cabello. Cuando llega a la puerta, le dedica un guiño a Nico quien, desvía la vista apenado.

—De hecho, también te necesitamos a ti, Nico. —le llama con voz exigente.

Hasta ahí llegan mis esperanzas de quedarme a solas con Nico.

Nico la mira por un largo segundo y asiente.

—¿Vamos? —me pregunta, extendiendo una mano hacia mí.

—Deberían dejarla descansar —interviene Hazel, haciendo que los chicos la miren extrañados—, no es necesario que venga en este momento.

Mensaje entendido, no soy bienvenida todavía.

—Está bien, Haz, creo que le gustará ver el barco completo. —dice Nico.

—Está bien, Nico —contesto en un murmullo—, la verdad, es que me gustaría dormir mientras despegamos. —miento.

Los chicos fulminan con la mirada a Hazel y, ella se las sostiene; finalmente asienten. Ella sale de la habitación, dejándonos solos nuevamente.

—Ya se le pasará. —comenta Nico.

—No importa. —le resto importancia. Aun así, me siento excluida.

—¿Irás a la hora de la comida? —pregunta Leo.

—No está en mis planes morir de hambre.

—Venimos por ti. —promete Nico.

Asiento ligeramente y, los chicos salen de la habitación, dejándome sola.

Me quedo tumbada en la mullida cama, tratando de buscar una excusa para no abandonar el camarote los tres días que durará el viaje.

No encuentro ninguna.

.

. . . . .

.

Nico y Leo, nunca llegaron por mí para la hora de comer. Me pasé cuatro horas encerrada, con pánico a asomar la cabeza por la puerta y recibir un garrotazo por parte de las chicas —en específico de Hazel—.

Percy fue por mí y, me llevó por el pasillo, platicándome acerca de lo que habían hecho en la mañana. Al parecer, fue una mañana divertidísima… sin mí. Le dije que había conseguido un poco de sueño, la verdad, es que me la pasé dando vueltas de un lado a otro. Me sorprendería si no encuentran el piso desgastado en un círculo perfecto.

Entramos al comedor, Percy rodeándome los hombros y riendo por algo estúpido. Los demás ya están sentados alrededor, cada uno con un plato lleno de comida deliciosa. Percy se sienta a mi lado y, comienza una conversación con Jason. Las chicas platican animadamente y, Nico y Leo quedan muy lejos de mí como para mantener una charla decente. Mi plato está vacío y, yo muero de hambre.

—Debes pensar en lo que quieres comer. —explica alguien frente a mí.

Alzo la mirada y me encuentro con la sonrisa alentadora de Frank.

—No es muy difícil, ¿ves? —vuelve a explicar ante mi mirada perpleja. Un trozo de pizza aparece en su plato.

—Gracias.

—¿De dónde eres? —pregunta, en un intento forzado de mantener una conversación.

—No lo sé. ¿De dónde eres tú?

—De Canadá.

—A de ser muy bonito. —ofrezco.

—Lo es.

Nos quedamos en silencio nuevamente.

Un plato de spaguettis aparece en mi plato y comienzo a comer.

—Así que… estuviste viajando mucho, ¿eh?

Percy me mira de soslayo, esperando mi reacción y, Jason le dedica una mirada a Frank.

—Se podría decir. —contesto un poco rígida.

Frank se sonroja y, es raro ver eso en alguien de su tamaño.

—Lo siento no debí…

—Está bien. Sí, estuve viajando. Un año ajetreado. —intento bromear, pero incluso a mis oídos suena forzado.

El silencio cae nuevamente entre nosotros.

—El barco es muy bonito. —comento.

Frank sonríe, como si recordara buenos tiempo.

—Se le hicieron varias modificaciones, pero me gusta más ahora.

—Es acogedor.

—Antes todo era un poco más… ¿rustico? Si, esa es la palabra. Creo que Leo hizo un gran trabajo con tiempo contado, ahora es más hogareño —sonríe—. Oye, lamento que te haya tocado la habitación de Hedge, sé que él podía llegar a ser un tanto oloroso.

Suelto una pequeña carcajada.

—No te preocupes, estoy acostumbrada. He compartido cabaña con Percy, ¿recuerdas?

—¡Oye!, estoy escuchando.

—Sabes que es verdad. Ayer encontré tus calcetines sucios en mi almohada.

—¡Dijiste que eso quedaba entre nosotros!

—Eres un cerdo. —dice Jason.

—No estaban tan sucios —se defiende—, solo los usé una vez.

—Eso es ser un cerdo. —concuerda Annabeth.

Frank suelta una carcajada y niega con la cabeza.

—¿Por qué no me sorprende?

—Porque hizo lo mismo en nuestra búsqueda a Alaska. —recuerda Hazel.

—Bueno, ya. Dejen de hacerme bullying —dice avergonzado—. Y tú, Monse, deberías defenderme en lugar de unírteles. Me has traicionado. —finge horror.

—Pero es que eres un cerdo. —digo de forma tierna, provocando las risas de los demás.

—Sabes, no ayudas. —termina con el ceño fruncido.

Y así comienza el día uno.

.

La noche cae inevitablemente. Yo busco una excusa para no ir aun a la cama. No necesito tener más pesadillas, muchas gracias. Me tomo mi tiempo en la regadera, dejando que el agua caliente recorra mi cuerpo por completo, tratando de bloquear el fiasco que fue mi día.

Cierro la llave de la regadera y, llevo mis manos a mi estómago, sobándolo. Tomo mi pijama de la cama y me tiro en la cama. Desenredo mis cabellos, provocando friz y haciendo que parezca un afro. Me pongo algunas cremas que me dio Bárbara y, me quedo viendo mi reflejo al otro lado de la habitación. Mis ojeras han vuelto a su color habitual: negras. Mis ojos mueren por cerrarse pero, en cuanto lo haga, las pesadillas regresarán y, sería muy vergonzoso despertar a todos a mitad de la noche.

Miro hacia el techo y, comienzo a contar los tablones que lo componen, cuando estoy segura de que son 38 —lo sé porque los conté ocho veces—, me decido por organizar mi ropa en el armario. La saco toda de la maleta y, la aviento a la cama. La doblo con lentitud y precisión, una por una. Abro las puertas del armario y, la voy acomodando. Luego de acomodarla por tercera vez, miro el pequeño reloj digital al lado de mi cama; 1:30 de la mañana; lo que quiere decir que, la noche aun es joven y que mi calvario apenas comienza.

Abro la puerta y salgo al pasillo. Silenciosamente, me deslizo hacia el fondo, en busca del pequeño armario de limpieza, cojo un desinfectante y, todo lo que encuentro, no importa, hago tres viajes para poder cargarlo todo. Limpio el tocador a fondo, fregándolo perfectamente. Saco nuevamente la ropa del armario y lo limpio, dejándole impregnado el olor a pino.

[¡/]— ¿Debería preocuparme?

— No sé de lo que hablas. No es malo que quiera dormir en un lugar limpio.

¿Limpio? ¡Por los Dioses, nena! Pareces de esas locas con un trastorno obsesivo-compulsivo. Solo te falta ponerte un vestido de lunares y que cocines un pay.

— Solo es un poco de limpieza rutinaria. Además, al lugar no le viene mal.

Cariño, lustraste la madera del suelo. —reprocha.

— ¿Y? ¿Qué hay de malo en eso?

¡Que lo hiciste a mano!

— ¿No tienes nada mejor que hacer?

Ya que lo preguntas, no me vendría mal una siestecita. [/!]

Compruebo nuevamente el reloj: 3:15. ¿Es que acaso la noche se ha vuelto más larga en las últimas horas con la intención de fastidiarme?

Llevo todo otra vez al pequeño almacén. La única luz que se ve en el pasillo, es la de mi habitación. Antes de ir a tomar una tortuosa siesta, me escabullo a la cocina por un vaso de leche. Subo las escaleras, tomándome mi tiempo, no hay prisas.

Entro y, ni siquiera me molesto en encender la luz. Un estremecimiento me recorre por completo al notar lo helado que está el ambiente. Me dirijo a la alacena, tomo un vaso y, saco la leche del refrigerador. Camino y tropiezo con algo. Mi primer instinto es alejarme, pero, sé que no hay nada que pueda hacerme daño es este seguro y lujoso barco, ¿verdad?

Un leve ronquido sale de entre la oscuridad. Fuerzo mis ojos a acostumbrarse a la falta de luz y, con el corazón desbocado, extiendo la mano lentamente —creo que el cansancio si me dejó el cerebro frito porque, de estar en mis cinco sentidos, no me acerco a lo que sea que me aceche—. Mi mano se topa con algo peludo. Retiro la mano velozmente pero, el ronquido se oye nuevamente.

Estrecho los ojos en un último esfuerzo de ver algo. El bulto se mueve y, estoy a punto de patearlo cuando, alcanzo a distinguir un rostro.

—¿Nico?

Un nuevo ronquido.

Lo remuevo un poco. El frio me cala los huesos y, me pregunto cómo es que él puede dormir así.

—Nico. Nico. Nico, despierta.

Me da la espalda y sigue dormido, acurrucado en un intento de mantener el calor en el saco de dormir.

—Nico —nada, el hombre ni se mueve—. ¡Nico! —golpeo su hombro con más fuerza de la necesaria porque despierta en el acto y trata de sentarse, alerta.

Me tumba en un movimiento brusco y caigo sobre mi trasero.

—¿Nico?

Se talla los ojos y busca entre la oscuridad.

—¿Monse, eres tú? —pregunta a medio bostezo.

—No. Soy su gemela malvada, he venido a asesinarte mientras duermes. —bromeo.

—Mmmhmm…—murmura medio dormido.

—Nico, vamos de aquí. Hace frio.

—¿A dónde vamos? —pregunta receloso.

¿A dónde vamos? No es como si lo pudiera llevar a cualquier lado a las 3:30 de la mañana.

—Dormirás en mi habitación. Es más calientita. —le ofrezco.

—Mare Starlet, no te preocupes. Estoy bien; ve a dormir.

—Nico di Angelo, estás prácticamente congelado. Pareces paleta de hielo, no te dejaré dormir aquí.

—No pienso compartir la cama contigo otra vez. —dice algo brusco.

Auch. Ese comentario dolió más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—Dormirás en el suelo. Solo lleva tu saco de dormir. —contesto a secas. Me levanto y, dejo mi vaso de leche sin tocar en la mesa —. Te espero en la habitación.

Salgo del comedor y, la urgencia de tirarme a llorar por su rechazo me quema los ojos.

Me tumbo en la cama y me quedo viendo al maldito techo una vez más. Respiro hondo y me trago el maldito nudo que se ha formado en mi garganta.

Los pasos de Nico se oyen levemente entre el silencio de la noche. Escucho cómo arrastra el saco de dormir y, a menos de que tengamos a un fantasma en pena polizonte, se trata de mi amigo.

Su cabeza azabache se asoma por la puerta y, una sonrisa de disculpa se plasma en su rostro.

Le frunzo en ceño sin querer.

—¿Lo que huelo es pino? —pregunta desconcertado.

—Hice algo de limpieza. —contesto con voz monótona.

Él se encoge ligeramente y, tiende su saco sin decir nada.

—¿No has dormido bien? —pregunta tímidamente.

—No puedo dormir. —admito, aun molesta.

Se queda en silencio por unos segundos y, el ambiente se vuelve algo incómodo.

—No lo dije con intención de molestarte. —dice por lo bajo.

Volteo a verlo y, la imagen que me ofrece me deja sin aliento. Su cabello se encuentra revuelto y, sus ojos tienen cierto brillo de alegría. Sus labios forman una pequeña sonrisa ladeada y, oh mis Dioses, su cabello lo hace lucir sexy.

—Lo dije porque, la última vez que compartimos cama —se sonroja—, no pude resistirme a escucharte hablar entre sueños.

Mi cerebro frito, solo me da señales para asentir en silencio.

Me volteo, tratando de ocultar mi sonrojo por pensar que mi amigo es sexy. Mi amigo no me pude resultar sexy porque, eso sería muy incómodo y, él está saliendo con Lacy y, probablemente le gusta Rachel. Mi cerebro está frito.

Nico toca mi hombro y, alzo la vista, topándome con su rostro sobre el mío.

—Lamento si te hice sentir mal con mi comentario. —se disculpa nuevamente.

¿Cómo es que sus ojos me hacen sentir como si estuviera hecha de gelatina?

Su ceño se frunce profundamente y, su mano toca debajo de mis ojos, hipnotizándome con su roce.

—No has dormida nada en toda la noche. —acusa.

—No quiero dormir. —me encuentro contestando sin aliento y, eso me hace sentir estúpida.

—Deberías dormir, Mare Starlet. —susurra, viéndome a los ojos.

Sus ojos se traban intensamente en los míos y, se desvían a mi boca, haciendo me que mi corazón se pare en el acto. Regresan a mis ojos y, pon un segundo, puedo ver la lucha interna que se desata en sus ojos pero, la oculta tan rápido que pude haberla imaginado.

Retira su mano de mi rostro como si le diera una descarga y, sus ojos se destraban de los míos, dejándome aturdida.

Abre la boca pero, no sale ni una sola palabra.

—Será mejor que durmamos, mi cerebro no procesa bien a esta hora. —bromea.

Hielo se forma en mi pecho. Sea lo que sea que pasó hace unos segundos, ¿fue solo un mal procesamiento por parte de él? Ni yo sé qué es lo que ocurrió. No sé por qué de repente, quería tenerlo más cerca de mí. Tal vez, mi cerebro tampoco carbura bien a estas horas.

Veo el reloj y, marca las 3:58 a.m.

—Buenas noches. —digo por lo bajo, en un intento de que mi voz no tiemble.

—Buenas noches. —contesta él.

Se aleja y apaga la luz. Lo escucho quedarse parado a mitad de la habitación por unos momentos.

—Si quieres, podría queda… —dice tan bajo hasta que se voz se extingue, fundiéndose con la oscuridad.

Silencio. Ya no hay sonido alguno en la habitación. Veo que niega frenéticamente entre la negrura y, lo escucho tumbarse sobre el saco.

Yo me quedo aun aturdida. Doy vueltas en la cama pero, el cansancio se ha ido; en cambio, me siento ansiosa. Deseosa de hacer algo pero, no sé qué.

Me quedo ahí, escuchando la lenta respiración de Nico. Escucho cuando el sueño lo vence nuevamente porque comienza a roncar por lo bajo.

.

5:00 a.m. El silencio es abrumador. Nico dejó de roncar hace diez minutos para, comenzar a removerse.

6:00 a.m. La temperatura descendió ligeramente hace media hora pero, me envuelvo en la cobija como si fuera un burrito.

6:30 a.m. No he pegado ojo. No he podido dormir. Dormité por algunos minutos pero, los ojos de Nico regresaban a mi mente y, me desconcertaban a sobre manera.

7:00 a.m. Suficiente. Creo que todos sabemos que no podré dormir ya. Si no dormí en toda la noche, dudo que lo haga en veinte minutos.

Salgo de la cama, con precaución de no hacer sonido alguno. Miro hacia abajo, viendo el bulto que es Nico en el suelo. Lo acobijo con mi manta y salgo de la habitación, rumbo a la cocina.

Abro el refrigerador y, comienzo a sacar ingredientes para preparar el desayuno. Como aún es temprano, decido hacer pancakes. Saco los huevos y la harina. Comienzo a mezclar y agrego la leche. Caliento la sartén y, comienzo a prepararlos. Cuando queda menos de la mitad de la mezcla, agrego moras y colorante azul.

Una vez listos, comienzo a preparar huevos revueltos con jamón y, un licuado de plátano con moras.

Un bostezo se escucha a mis espaldas y miro sobre mi hombro. Nico se encuentra a medio bostezo y me mira acusatoriamente.

—Huele delicioso, Peque. —alaga Leo, intentando meter mano a los pancakes.

Le pego con la cuchara.

—Auch. Sabes que todo esto no es necesario, ¿verdad? Podrías solo pedírselo al plato y listo.

Me encojo de hombros, restándole importancia.

—Me desperté temprano. —miento.

Nico estrecha sus ojos, acusándome con la mirada. En un acto de madurez, le saco la lengua.

—¿Nico, de dónde vienes? —razona Leo— ¿No pasaste la noche en la cocina? ¿Por qué te encontré en el pasillo? —me quedo quieta, a la espera de lo que va a inventar Nico.

—Buenos días. —saludan en la puerta, salvándolo.

El rostro de Percy se asoma por la puerta, manchado de baba.

Los demás van llegando rápidamente. Las chicas llegan juntas, riendo sobre algo. Nos sentamos a desayunar y, todos alagan mis dotes culinarias.

Leo comienza a atragantarse y, Frank le hace una mueca. Frank me cae bien.

—Sabes que hay que masticar, ¿verdad, Leo? —le reprocha.

—Es que están buenísimos.

—Si masticas, tus papilas gustativas los aprecian más. —le recrimina.

—Si te cayas, los disfruto más.

—Comes como animal. —dice Piper, tomando a su licuado.

—Cuida como le hablas a tu capitán, reina de belleza.

—Te quedaron muy buenos. —llama mi atención Hazel, haciendo que alce la vista.

—Gracias. —contesto algo cohibida.

—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —pregunta Piper, dirigiéndose a mí directamente desde que subimos al barco.

—Apolo me dio algunos consejos. —respondo.

Percy les hace un mohín a sus pancakes azules, como si arremedara algo y, creo que leí la palabra laurel de entre sus labios.

—¿Pasa algo? —le pregunta Annabeth.

—Apolo ya no me parece tan genial como antes. —se limita a contestar.

—A mi me gustaron mucho —interviene Jason, con una enorme sonrisa satisfecha

—Creo que hemos encontrado a nuestra cocinera designada. —anuncia Leo.

Jason frunce el ceño, desconcertado.

—Pensé que el cocinero designado era yo.

Los demás lo miran con los ojos abiertos como platos y, Piper con lástima.

—Si tú cocinas, superman, terminaremos todos envenenados. —sentencia Leo.

Así comienza el día dos.

.

Hacemos una parada en el Gran Cañón de Colorado. Lo último que yo quiero hacer es senderismo, pero ellos insisten en recorrerle en busca de la cascada escondida que viene en el mapa que compraron a los Stoll. Preparamos mochilas y, Leo se acerca lo más que puede con el enorme barco de guerra hacia la ubicación señalada.

Bajamos a tierra firme y, comenzamos a caminar en busca de la cascada.

Leo, no sé de donde, sacó un sombrero de alas y un látigo. Percy y Jason, se mordieron la lengua para no reírse en su cara.

—No eres Indiana Jones, Leo. —le dice Frank, riéndose de los shorts y botas de escalar de mí amigo.

Yo comienzo a reír por lo ridículo que se ve.

Nico sale con su siempre ropa negra.

—Te vas a cocinar. —dice Hazel.

—No me importa. —le contesta.

—Nico, vas a rostizarte vivo.

—No me voy a cambiar. —zanja él.

—Te vas a quemar —opino—. Sé de lo que hablo, Nico. Vas a sudar y, no vas a soportar el calor.

Mi mira por unos segundos y, asiente.

—¡Bien! Me cambiaré. —reniega.

Sube nuevamente a la nave y, todos los ojos se dirigen hacia mí.

—¿Qué?

—Tienes que enseñarme ese turco. —dice Leo.

—Ni que fuera perro, Leo.

—Has logrado que te haga caso. —dice Frank asombrado.

Hazel enarca una de sus cejas y, me mira con suspicacia.

—No es la gran cosa. —le quito importancia.

Leo pasa su brazo por mis hombros y, me acerca a él. Hazel enarca aun más su ceja. Frank le susurra algo al oído y le da un beso en el tope de la cabeza.

Nico baja, dejándonos boquiabiertos.

Trae puesta una playera color verde oscuro que parece nueva y, unos jeans desgastados. Creo que es lo más claro que vestirá Nico en su vida.

—¿Nos vamos? —pregunta, ignorando nuestros semblantes asombrados y, pasándonos de largo.

Comenzamos a caminar detrás de él. Yo, aun anonadada por ver a mi amigo con algo más que no sea negro.

.

Caminamos durante horas. El sol es imparable y, tengo la sospecha de que, hacer senderismo con el sol sobre ti, no es buena idea.

—Estamos cerca, puedo sentirlo —dice Percy por octava vez en una hora—. ¿No es cierto, Monse?

Lo único que yo siento, son los zopilotes detrás de mí, esperando que caiga muerta y puedan devorarme.

—Sí. —miento.

Mis parpados comienzan a pesar una vez más y camino más dormida que despierta.

Una pequeña brisa me llega del este. Una pequeña brisa que me sabe a gloria con este calor endemoniado.

Por instinto, sigo la corriente de aire fresco y, Percy va a mi lado con una enorme sonrisa.

—Ya casi llegamos. —anuncia.

Una enorme y refrescante cascada de agua fría que, desemboca en una especie de laguna para perderse en el río nos invita a zambullirnos.

—¡Agua! —brincotea Leo, feliz de no calcinarse en el cañón.

Frank, corre hacia la pequeña laguna y se zambulle sin importarle su ropa.

Las chicas comienzan a quitarse la ropa, dejando ver el bikini debajo de ella. Piper tiene puesto uno de dos piezas de color rosa oscuro, haciendo que su piel deslumbre. Annabeth, al igual que ella, tiene uno de dos piezas, solo que el de ella es color verde menta, con holanes en el busto. Hazel, tiene uno azul rey de una sola pieza, pero que deja al descubierto sus costados y espalda.

Yo no traje bikini. No me gusta la idea de andar toda mojada y semidesnuda. No señor. Yo me meteré al agua con un short de mezclilla y una blusa delgada. No hay forma de que ande con dos trapitos que apenas me cubran el cuerpo.

—¿Y tu traje de baño? —pregunta Leo, una sonrisa malvada en su rostro.

Percy le da un zape.

—No traje. —contesto.

—Genial, nadarás desnuda.

Percy y Nico le dan un zape.

—¡Leo! —grito.

—Era una sugerencia. —se defiende.

—Nadaré con lo que tengo…—antes de poder terminar la frase, Piper y Annabeth me arrastran, alejándome de los chicos.

—No entrarás al agua con eso. —sentencia Annabeth.

—Tienes que deslumbrar al chico.

—¿A qué chico? —pregunto desconcertada.

Annabeth pone sus ojos en blanco, exasperada.

Hazel, me quita la maleta rápidamente y la abre.

Ja, no traje bikini. Ilusas. Una sonrisa triunfal se plasma en mi rostro y, estoy a punto de burlarme en sus caras, cuando Hazel saca una nota. Una nota infernal.

Concuerdo con mi hija, debes dejarlo babeando. No sabrá ni que lo golpeó cundo te vea, no es como si él no te prestara atención sin el bikini… ¡Lo harás babear!

Afrodita.

—¡No me pondré eso! —grito escandalizada.

Un bikini morado cuelga de la mano de Hazel. No. No. Y no. No usaré esa cosa.

—¿Por? —indaga Piper.

—Porque no. Yo no uso esas cosas. No pienso enfundarme eso. No señor, no lo haré.

—Vamos, Monse, todas nos pusimos uno, es justo que tu también lo hagas. Además, odio admitirlo, pero Afrodita tiene buenos gustos. —me anima Annabeth.

—No me hablan durante días y, ¿lo primero que quieren que haga es ponerme un estúpido bikini?

—Creo que lo has resumido bien. —dice Hazel con una sonrisa.

Suelto un suspiro.

—Tengo cicatrices, ¿recuerdan? Una está justo debajo de mi busto y, se ve horrible y, la otra en mi cadera. —admito.

—¿Y? —dice Piper— Lo último que se te va a ver es la cicatriz. No es como si nosotras no tuviéramos. Anda, Monse, póntelo.

—No lo haré. —digo, dando media vuelta.

—Apuesto a que Rachel y Lacy si se lo pondrían. —murmura Annabeth por lo bajo.

Me detengo en seco y, la sangre me hierve. Doy media vuelta y le arrebato es estúpido bikini a Hazel.

—Me lo pondré, pero si no me gusta, despídanse de él. —sentencio con los dientes apretados.

Una sonrisa de victoria se extiende en los labios de Annabeth y, sé que me ha embaucado.

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Me veo ridícula en el bikini. La tela solo cubre lo que debe cubrir. Me siento expuesta y, embaucada. La pequeña cueva en la que me cambié, estaba húmeda y con bichejos. Las cicatrices quedaban ocultas bajo la tela del bikini, pero eso no significaba que no fuera excesivamente revelador. Un profundo escote en V es unido por un trozo de tela que, evita que mis senos salgan de paseo y digan "hola". La parte inferior, es un short de tiro alto —lo que oculta muy bien la cicatriz de la cadera—, pero, aun así, es lo más corto que he usado en la vida —sin contar mis bragas—. Simplemente toda expuesta.

Lo peor de todo, habían sido las expresiones de los chicos al verme salir. Se habían puesto blancos como cal y, no habían dicho palabra alguna, confirmando mi teoría de que luzco ridícula.

—Me veo ridícula —es lo primero que digo—. No sé cómo me dejé embaucar por las chicas.

—Luces genial —dice Nico—. De hecho, luces muy bien —dice recorriendo mi cuerpo con su mirada, enrojeciendo cundo lo descubro evaluándome—. O sea que…, quiero decir que…, me refiero…

Leo pone sus ojos en blanco

—Lo que Nico quiere decir es que te ves sexy.

—¡Leo!

—Tan sexy como una chica de catorce años puede lucir. Ahora deja de ser tan mojigata y vamos a divertirnos. ¡Quiero saltar de esa cascada! y necesito que alguien me ayude.

—Debes juntarte menos con Bárbara. —le hago saber.

—¿Quién crees que le enseñó a Bárbara todo lo que sabe? —se burla.

Saltamos de la cascada ocho veces. Las ocho veces fue increíble. El viento pasaba a mis lados y, me sumergí como bala de cañón. Frank, había resbalado justo cerca del borde y, jaló a Leo con él. Ambos cayeron de panza y, el sonido que salió cuando se estrellaron en el agua, no fue uno agradable.

Hicimos una guerra de parejas. Me complace informarles que Percy y yo ganamos a pesar de las múltiples quejas de los demás. Luego, comenzó la verdadera guerra, Percy trató de ahogarme. El muy tonto olvidó que también soy hija de Poseidón, por lo que ambos terminamos destruyendo el pequeño estanque. Annabeth y Piper tuvieron que sacarnos prácticamente a rastras del agua para regresar a la nave.

Subimos y, lo primero que hace Leo, es trazar curso a Utah, porque, según él ahí venden las mejores hamburguesas del mundo. Yo lo dudo, todo el mundo sabe que las mejores hamburguesas están en Texas.

Tomo rumbo a la cocina y, tomo el plato más cercano, deseando encontrar cualquier cosa comestible. Tengo suerte porque un trozo de pizza aparece en él. Como mientras me dirijo a mi habitación y, lo que veo me deja boquiabierta.

Nico. Sin camisa. Su cabello revuelto. Escurriendo agua.

Un trozo de pan se me atora en el cogote y comienzo a toser escandalosamente. Nico da la vuelta y, gracias a los Dioses termina de ponerse la playera, ocultando su fuerte espalda.

—¡Toca antes de entrar! —reclama.

—¡Es mi habitación! ¡Se supone que no debo tocar, Nico!

—¡¿Te recuerdo quien propuso que la compartiéramos?!

—¡Para dormir! ¡No para que te desnudes en ella en pleno día.

—Es la hora de dormir —señala el saco de dormir que se encuentra a mis pies y que había pasado por alto—. Me estoy poniendo la pijama…, a menos que quieras que duerma en otro sitio, solo dilo. No hay problema.

—¡No! —me apresuro a contestar. Me temo que sí, soy así de patética—. Puedes dormir aquí. No me molesta.

—¿No te vas a cambiar? —pregunta, viendo mis piernas al descubierto por el short de mezclilla.

—Sí.

—¿Quieres que salga?

—No es necesario —sus ojos se abren y, me doy un tope mental por mis palabras—. Me refiero a que me cambiaré en el baño, donde tú debiste haberte cambiado. Tomaré una ducha, primero. —anuncio.

—Iré a cenar. Te veo más tarde.

—Okey.

Tomo mi pijama del cajón y, me dirijo a la ducha cuando escucho la voz de Nico llamándome.

—Lo que dijo Leo allá era cierto; lucias sexy.

Antes de voltear, Nico salió de la habitación, dejándome sola, sonrojada y con la sensación de que no hay huesos en mi cuerpo.

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. . . . .

.

El sueño comenzó como de costumbre. Yo, rodeada de nada. Silencio sepulcral y, la oscuridad rodeándome. No había nada que hacer. A donde sea que me dirigía, no había nada. No avanzaba y, no sabía que es lo que debía hacer. Simplemente era yo sola, sin saber qué hacer ni a donde ir.

Por lo regular, siempre me despierto a esta altura del sueño. Siempre despierto cuando comienzo a gritar si hay alguien ahí conmigo; pero, parece que mi cuerpo está más cansado de lo normal porque, continuo dormida. Una voz comienza a gritar mi nombre. La voz se escucha distorsionada y lejana, pero clama mi nombre con desesperación.

—Monse, ayúdame. —pide la voz en tono lastimero.

Busco a tientas en la oscuridad, buscando la fuente del sonido pero me encuentro sola.

—Monse. Monse, ayúdame.

Sigo caminando. La voz cada vez se oye más cerca y más clara con cada paso que doy. Tropiezo con algo suave y meto las manos. Me estrello contra el piso negro y, volteo a ver al culpable de mi caída. Un bulto apenas perceptible se remueve a mis pies y, emite un gemido de dolor.

—¿Monse? ¿Monse, me vas a ayudar?

—¿Jamie? —susurro aterrada.

—¿Me vas a dejar morir igual que en el hospital? —pregunta con su voz aniñada, haciéndolo todo más macabro.

—¡Jamie!

Me inclino junto a él y, comienzo a revisarlo a ciegas.

—¿Qué tienes? —pregunto frenética, asustada, horrorizada.

—Me duele. —se queja por lo bajo.

—¿Qué te duele, bebé? ¿Qué pasó? Jamie, háblame.

¿A qué hora había comenzado a llorar?

—¿Me vas a dejar morir? Fue tu culpa lo del hospital. ¿Por qué no llegaste esa noche? Me mentiste. Rompiste tu promesa.

—No, Jamie. No te mentí. Te vas a poner bien, Jamie.

—No es la primera vez que me prometes eso, Monse.

—Monse —dice una nueva voz—. Monse, despierta.

—Me abandonaste. —acusa Jamie,

—No te abandoné. —sollozo, tratando de abrazarlo entre la negrura.

—Monse, despierta. —llama nuevamente la voz, distrayéndome de mis sollozos.

Una sacudida me obliga a abrir mis ojos. Todo está oscuro y, no encuentro la diferencia con mi sueño.

—¿Monse, estás bien? —preguntan en un susurro.

—¿Jamie? —pregunto con voz estrangulada.

Aferro aun más el peluche entre mis manos.

—No. Nico. ¿Estás bien?

—Sí. —miento.

Enciende la lámpara a un lado de mi cama.

—Estás llorando. No creo que eso sea "estar bien".

—Solo fue un sueño. —me defiendo, llevando mis dedos a mi rostro, descubriendo las lágrimas traicioneras.

Me observa en silencio por unos segundos.

—Nombrabas a Jamie. —susurra.

—Soñé con él. —admito, sintiendo como me rompo nuevamente.

—¿Quieres hablar de ello?

Niego rápidamente.

Se queda sentado a mi lado, esperando que me tranquilice. No dice nada, simplemente me apoya en silencio, dándome mi espacio. Es asombroso lo bien que me conoce

Cuando regulo mi respiración, me atrevo a hablar nuevamente.

—Lamento haberte despertado.

—No te preocupes por eso, Mare Starlet. ¿Desde cuándo empezaron tus pesadillas? ¿Es por eso que casi no duermes?

Me limito a encogerme de hombros.

Me mira con reproche y comprensión al mismo tiempo.

—No es nada, Nico. Ya pasará. Gracias por quedarte conmigo pero, creo que deberías volver a dormir.

—Monse…

—Tranquilo, Nico. En un momento más se me pasa.

—¿Estás segura? —duda.

—Sí. Anda, ve a dormir un poco más. Ya es tarde…

Volteo a ver el reloj y, éste se burla de mí; marcando apenas las 12:45 a.m. ¡¿Es una maldita broma?! ¡¿Todavía queda toda la pinche noche?!

Me evalúa con sus ojos marrones, quemándome con su mirada y, asiente poco convencido.

—Si necesitas algo, háblame. ¿De acuerdo?

Asiento débilmente. Lo observo levantarse de la cama y dirigirse a su incómodo saco de dormir.

Apago la luz y me tumbo en el colchón, rezándole a Apolo para que traiga la luz solar lo más pronto posible.

Al parecer no me escucha o decide ignorarme porque, cada minuto lo siento como un milenio.

Mis ojos comienzan a cerrarse pero, la voz de Jamie y sus acusaciones acuden a mi memoria.

Cuando le reloj marca las 3:30 a.m., me doy por vencida. Me levanto de la cama y, no sé si es por la falta de sueño estás últimas semanas que, me envalentono y, remuevo a Nico de entre su saco.

—Nico. Nico. Nico, despierta.

Abre sus ojos lentamente, tallándoselos a causa del sueño.

—¿Pasó algo? ¿Te encuentras bien?

—Sí —murmuro, perdiendo el coraje—. No es nada. Olvídalo. Vuelve a dormir.

—Monse, dime.

—Olvídalo.

—Monse…—se queja.

—No puedo dormir y, me preguntaba si… ¿podrías dormir conmigo? —termino en un susurro apenado.

Sus ojos se abren y, puedo ver una chispa de alegría en ellos.

—Será un privilegio acompañarte esta noche, Mare Starlet. —contesta con una ligera sonrisa.

Se pone de pie y nos dirige a la cama. Deja que suba en ella y, me acomodo, lo más pegada a la pared. Él se acuesta a mi lado y, no nos tocamos en absoluto —y antes de que lo digan; no, no me siento tan decepcionada—. Su respiración pausada y el saberlo a mi lado, son lo que necesito para poder cerrar los ojos y relajarme un rato.

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Despierto poco a poco. Calidez envolviéndome por completo, invitándome a no abrir los ojos aún. Un olor delicioso me invita a seguir aspirando. Me acomodo mejor y, la almohada suave roza mi pequeña nariz. Murmuro algo ininteligible y una risita me hace cosquillas en mi orejita.

Muevo mi mano y, me encuentro con una reposadera tersa, muy tersa para lo fuerte que se siente. Muevo mis dedos y la risita se escucha más fuerte en mi oído.

—Mmhmm…—murmuro en un asomo de conciencia.

—Shhhhh… —arrulla una voz, invitándome a la inconsciencia nuevamente.

Abro un ojo, tanteando terreno y, me encuentro viendo el cuello de alguien. Mi mente se despeja un poco y, me hago consciente de los brazos que encierran mi cuerpo en un abrazo protector. Una mano hace círculos perezosos en mi espalda y, se siente tan bien.

Una de mis manos, se encuentra encerrada entre la camiseta y el pecho de mi acompañante. Muevo mi mano, acariciando la porción de piel a la que tengo acceso. Un suspiro audible retumba en mi mejilla al descubierto.

—Buenos días. —susurran a mi oídos.

—Buenos días.

Levanto el rostro de mi posición, desenterrándolo del cuello de Nico. Nos quedamos prendados de la mirada del otro y, siento como en mi estómago comienza una revolución. Mis mejillas entran en calor y mi boca se seca al notar el rostro de Nico tan cerca del mío.

Me inclino hacia él sin saber bien el porqué y, puedo sentir su cálida respiración en mi rostro. Me quedo ahí, esperando sabrán los Dioses qué. Él mira mis labios y, la vergüenza se apodera de mí. Debo parar lo que sea que estamos haciendo antes de que hagamos algo de lo que nos arrepintamos más adelante; aunque, no es como si supiera qué estamos haciendo. Digo, se que estamos acostados y, que le estoy tocando el pecho directamente, pero… ¡agh! ¡¿Por qué no puedo pensar coherentemente?!

Abro la boca, con la esperanza de que a mi cerebro se le ocurra algo inteligente que decir. Nada. Al parecer, también he olvidado cómo hablar.

Toc. Toc. Toc. Tocan fuertemente la puerta.

—Monse, ya levántate, perezosa —dice la voz de Percy a través de la puerta cerrada— ¿Estás visible? Necesito hablar contigo.

Pego un brinco y, tiro a Nico al suelo. Cae de espaldas y un quejido sale de su boca. Me inclino sobre la cama y, lo empujo debajo de esta; tratando de ocultarlo.

—¡Hey! —se queja Nico.

Me levanto echa un vendaval y, le aviento el saco de dormir, ocultando la evidencia.

Ustedes pueden llamarlo miedo, yo lo llamo sentido de supervivencia.

La puerta se abre a tiempo para que patee el saco de dormir y, en el proceso a Nico. Un gruñido se escucha de debajo de mi cama.

—Buenos días, bella durmiente. Te dejé dormir de más. Ya casi son las 11. No quisimos despertarte porque, sabemos que no has dormido muy bien las últimas semanas…

—G-gra-cias. —mascullo nerviosa.

—… pero necesitamos que nos ayudes a buscar a Nico. No lo encontramos por ningún lado.

— ¿Ni-Nico di Angelo?

Enarca una ceja.

—No. Nico Ramírez. ¡Obvio Nico Di Angelo!

—Sí. En un momento, voy. Solo me cambio.

—Te esperamos afuera —niega con la cabeza—. ¿En donde se habrá metido ahora? ¿Estará hablando con Lacy otra vez? —murmura pensativo.

Aprieto los puños al escuchar el nombre de Lacy. Percy enarca una ceja.

— ¿Celosa de que el primo salga con tu tía? —pregunta socarronamente.

—Claro que no. Por mí, ellos pueden hacer arrumacos juntos y a mí no me importaría menos. —miento descaradamente, dando una nueva patada intencional al saco debajo de mi cama.

—Ajá —dice escéptico—. Te he dicho que no les quito el ojo de encima. Solo digo.

[¡/]— El chico sí que es lento. Mira que buscar al chico que está debajo de tu cama…

—¿Habla con Lacy?

Creo que tenemos que problemas más urgentes. ¿Qué te parece el chico que estabas manoseando hace unos minutos? ¿No crees que sea un problema urgente?

— No lo estaba manoseando.

Con el que hacías arrumacos, pues.

— No hacíamos arrumacos. [/!]

—¿Monse? —llama mi atención Percy otra vez— ¿Te vas a cambiar o qué?

—Sí, ya voy. Dame unos minutos.

—Te espero en el pasillo.

Sale, dejándome "sola" en la habitación.

Nico sale rápidamente de su escondite.

—¿Qué rayos? ¿Por qué me pateaste, Monse? —se soba el brazo.

—Escóndete e invéntate una historia de donde estuviste. Si Percy se entera, nos mata, Nico.

Asiente solemnemente y me meto al baño con lo primero que encuentro en el armario. Un pantalón y una blusa negra de alguna banda me visten y, salgo al pasillo, con la mirada de Percy fija en mi puerta.

—¿Hablabas con alguien?

—Nop. Creo que estás delirando. Vamos a buscar al mocoso ese. —le sonrío y jalo de él hacia las escaleras.

Hazel está en la borda, con su semblante preocupado. Si esta chica pudiera leerme la mente, me clavaría una daga por hacerle creer que su hermano se ha perdido.

—No hemos sabido nada de él. —le informa a Percy.

Me dirige una mirada suplicante y lo único que puedo hacer es sonreír tímidamente.

—Tal vez tuvo que ir a hacer algo…—ofrezco tentativamente—, o, decidió pasar la noche en algún otro lugar.

—¿Crees que le haya pasado algo? —pregunta a nadie en especial.

—No creo —contesta Percy—. Ya nos habríamos enterado de algo.

—Yo tengo una idea de donde pasó la noche. —dice Leo a mis espaldas, logrando que me quede tiesa.

—¿Dónde? —pregunta Hazel.

Leo me dirige una mirada picara con toda la intención y, de alguna manera, sé que él sabe algo.

—Tal vez decidió pasar la noche en los establos. —se encoge de hombros.

—Ya revisamos ahí. —comunica Frank.

—Yo digo que busquemos ahí. El lugar es inmenso.

—Apoyo la idea. —secundo.

Percy me toma del codo y, nos encaminamos hacia la parte más baja dentro del Argo II.

Siento la mirada de Leo sobre mí, poniéndome más nerviosa a cada segundo que pasa.

Los establos estaban repletos de cajas de madera, con uso de exportación. Eran las mismas cajas que había en la cabaña de Afrodita. Decenas de cajas con el sello de Frágil pintado.

—¿Ven? ¿Aquí no está? —refunfuña Hazel.

—Si así como buscas a tu hermano te bañas, no quiero saber cómo lo traes —replica Leo—. Obviamente no va a estar a la vista; hay que buscarlo. Monse, tú y yo buscaremos en la parte de arriba. —anuncia, jalándome.

Subimos las escaleras y comenzamos a revisar entre la paja que hay en algunas cabinas.

—Me debes una. Los dos me deben una. —advierte Leo.

Me le quedo mirando y él se carcajea.

—No soy estúpido. Sé que Nico y tu han compartido habitación desde que empezamos el viaje.

—Yo…, no es lo que crees.

Enarca una de sus cejas obscuras.

—Ustedes saben lo que hacen, Peque. Ya están grandecitos. Solo no lo lastimes.

Eso me deja de piedra en mi lugar. Que yo sepa, entre Nico y yo no ha pasado nada. Una, porque él sale con Lacy y, hay probabilidades de que le guste Rachel. Dos, él y yo somos amigos. Tres, los amigos no pueden encontrar a sus amigos atractivos. Cuatro, Nico no me gusta, simplemente es curiosidad, curiosidad del tipo "mira que mono está ese perrito", ese tipo de curiosidad.

—Leo, no es nada de eso. En serio.

—Ustedes saben. —dice sonriéndome.

—¡Aquí está! —grita Hazel eufórica.

Me asomo por la barandilla y veo a Hazel regañando a Nico por no dignarse a contestarle cuando le llamaba preocupada.

Enarco una ceja.

—La chica se las ha visto negras respecto a Nico.

—¿Por lo de la vasija?

—¿Te contó sobre eso?

—Sí.

—Nico fue como el genio de la botella.

—¿El qué de la qué?

—Peque, tienes que ver Disney. Urge que veas Disney.

.

Todos riñeron a Nico por desaparecer sin más. Él solo se quedó en silencio y asintió, restándole importancia a lo que le decían, tirando todo en saco roto. Leo solo reía sin control, poniéndolo de mal humor.

Cuando las aguas se calmaron, bajamos a tierra firme a comer. No sé si era el hambre o que me sintiera aliviada de que no nos hayan descubierto, pero la comida me supo exquisita.

Nico y yo no hablamos de nuestro intercambio de caricias de la mañana. Creo que eso estuvo bien, no sé que habría dicho ante eso: "Lo siento. No te estaba acariciando, pensé que tenias una araña en el pecho". Eso sonaba estúpido incluso a mis oídos. Lo raro, es que me moría por que llegara la noche y repetir lo de esta mañana. Quería repetir lo que sea que estaba sucediendo entre Nico y yo, lo cual es estúpido, ¿cierto?

Durante el día, no tuvimos muchas oportunidades de entablar una conversación normal, pero cuando tienes siete acompañantes, no es raro. Lo raro, era que me sorprendía a mí misma buscando la mirada de Nico. Viéndolo entre los demás. Creo que no fui la única en darse cuenta.

Llegada la noche, Hazel le hizo jurar a Nico que no iba a desaparecer sin avisar.

Las chicas, hicieron una especie de pijamada a la que increíblemente, fui invitada. Me animaron a ir y, una vez dentro de la habitación de Piper, comenzó lo que sería un momento de chicas.

Al principio, fue algo aburrido. No decían muchas cosas —creo que aun había rencores—, pero conforme fueron transcurriendo los minutos, regresamos a la familiaridad que mantenía con Annabeth y Piper. Con Hazel, fue un poco más difícil, pero al final congeniamos muy bien. Para las diez de la noche, me dolía el estómago de tanto reír. Annabeth y Piper no dejaban de arremedar a Percy y Jason, haciendo representaciones ridículas.

Hazel me contó acerca de algunas anécdotas que había tenido con Nico. Me dijo que una vez, él había cuidado de ella cuando enfermó y, que cuando estaba triste, él hacia hasta lo imposible por hacerla sonreír. Me confió que había ocasiones en las que extrañaba a Bianca y que, él hablaba con la figurita que ella le envió antes de morir. Me dijo también que, había ocasiones en la que Nico volvía a sonreír como antes, como cuando lo habían conocido Thalía y Percy, pero que era raro que él se dejara llevar, como si temiera que todo fuera una mera ilusión.

También me dijo que no le agradaba Lacy. Solo por eso me cayó mejor Hazel. A las doce, dimos por terminada la "noche de chicas" y me enviaron a mi habitación. Casi me avientan por la puerta con una enorme sonrisa.

—Pasa buena noche, Monse. —dice Piper de modo sugerente.

Annabeth me guiña un ojo y Hazel suelta una risita tonta.

—Asegúrate de cerrar tú puerta con seguro. —medio gritó Annabeth, haciéndolas reír.

Creo que están locas.

Nico está al pie de la cama, leyendo un libro de portada negra. Levanta la vista y me sonríe, robándome el aliento.

—Pensé que pasarías la noche con las chicas.

—No te librarás tan rápido de mí Di Angelo. No te cederé mi cama. —bromeo.

—Vlacas. —contesta entre risas.

Me siento en la cama, nerviosa, sin saber qué decir.

Deja su libro a un lado y se sienta junto a mí.

—¿Dormimos? —pregunta, estirándose en la cama.

Mi corazón hace un baile al saber que dormiremos juntos otra vez.

—Sí. —murmuro, por lo bajo.

Alza las mantas y nos acostamos. Esta vez, no me pego a la pared y, él no se aparta de mí. Nos buscamos entre la oscuridad de la habitación y me aferro a él. Mi pecho pegado al suyo, uno frente al otro. Siento mi respiración temblorosa y no tengo ni idea de por qué estoy haciendo esto, de por qué no lo aparto como lo haría con cualquier otro chico. Sus brazos me rodean, haciéndome sentir segura y protegida.

—Lamento que te hayan regañado los chicos en la mañana. —me disculpo.

Él ríe, alborotando los cabellos de mi frente.

—Valió la pena.

Sonrío contra su cuello.

—No debiste dejarme dormir tanto, Nico; te habrías ahorrado problemas.

—Mare Starlet, es la primera vez que dormías bien en semanas, creo que un par de regaños no son nada en comparación.

—Te causé problemas, como siempre.

—No me importa. Me encanta que seas mí problema. —murmura en mi oído, poniéndome la piel de gallina.

—¿Se supone que eso me haga sentir mejor?

Su risa profunda retumba en su pecho.

—Cierto. Eso no sonó nada bien.

De hecho, sonó bien, pero cuando te concentras más en la voz que en las palabras, la coherencia no es algo en lo que te fijes.

—Leo dijo que le debíamos una. —le informo.

—Leo fue el que me encontró. En cuanto saliste, vino por mí para esconderme en los establos. Es más listo de lo que parece.

—¿Qué eran todas esas cajas de los establos? ¿Son las mismas que estaban en la cabaña de Afrodita?

—Son jugos que ha hecho con Dionisio. Los llevamos a Nueva Roma. Es un favor que le hago a Lacy.

Lacy. Ese nombre y lo que significa, son suficientes para que mi boca sepa amarga.

—Oh. —me limito a contestar.

Nos quedamos en silencio. Yo busco una excusa para apartarme de él.

Su mano desciende tímidamente por mi espalda, enviándome escalofríos a lo largo de mi columna y, se detiene en mi cadera para regresar por el mismo camino, llevándose mi concentración al carajo. Al carajo con Lacy, soy yo la que lo tiene cerca esta noche.

—¿Estás nerviosa? —pregunta juguetonamente.

¡Santa mierda! ¿Qué le digo? Obviamente estoy nerviosa, no es como si compartiera la cama con muchos chicos.

—S-sí. —admito quedamente, a la espera de que haga algo.

Su mano sigue jugando en mi espalda.

—No tienes por qué.

—¿Ya has hecho esto antes? —pregunto sofocada.

—Claro. Muchas veces. —frunzo el ceño.

¿Ya había hecho esto con Lacy? ¿Con Rachel? ¿Con Reyna? Porque no, no había olvidado que había viajado con una tal Reyna. Por alguna razón, la noche en que lo mencionó, se me quedó tatuado en el cerebro.

Me separo ligeramente de él, parando las caricias de mi espalda.

—¿Qué? No es la primera vez que viajo a Nueva Roma. No deberías estar nerviosa, la mayoría de ellos son agradables.

Alivio puro me recorre por completo. ¿Alivio de qué?, no lo sé. Solo sé que me siento feliz de que mi mente haya confundido las cosas.

Las caricias regresan y, esta vez, yo me aventuro a acariciar levemente su pecho por encima de la ropa. Él suspira y, nos quedamos en silencio nuevamente. No sé cómo, no sé a qué hora, pero finalmente el cansancio me vence y me quedo dormida entre sus brazos nuevamente.

.

Al abrir los ojos, lo primero que veo es la pared clara de mi habitación. Una respiración pesada se siente en mi nuca y, unos brazos me mantienen cálida. Sonrío a la pared por saber a quién pertenecen esos brazos. Me doy vuelta entre ellos y abrazo a Nico con los ojos cerrados. Me quedo ahí, por el simple y sencillo placer de tenerlo cerca. Aspiro su esencia y me deleito con ella.

Me quedo pensando en cómo han cambiado las cosas entre Nico y yo. ¿Se supone que esto ha cambiado todo entre nosotros? ¿Hemos dejado de ser amigos para ser algo más? ¿Ahora somos mejores amigos? ¿Súper mejores amigos?

—¿En qué piensas? —pregunta Nico.

—¿Cómo supiste que estaba despierta?

—Dejaste de murmurar entre sueños.

—¿Qué dije?

—Nada en especial.

Nos quedamos unos momentos en silencio.

—¿Vas a hablar con ella? —pregunta de la nada.

—¿Con quién?

—Con tu mamá.

—Yo no tengo mamá, Nico, ¿recuerdas?

—Te dijimos que la encontramos, Monse. Ella vino a nosotros.

—No quiero conocerla, Nico. No la necesito.

Me mira a los ojos, una sonrisa fugaz se asoma en sus labios.

—Tienes suerte de encontrarla, Mare Starlet. No la desperdicies.

Acaricia mi rostro y sus dedos descienden hasta mis labios, los cuales acaricia por el borde. Mi corazón tartamudea y creo que me va a dar un paro cardiaco.

—¿Tenemos que levantarnos ahora? —mascullo, viendo el reloj.

El contacto para y el cosquilleo se va.

—Sí. Los demás no tardarán en despertar y, tengo que estar en la cocina.

—Te acompaño.

—No. Quédate un rato más en la cama —le interrogo con la mirada—. Necesito unos momentos a solas. Necesito pensar.

—Oh. No hay problema —miento—. Te veo más tarde.

—Hoy llegamos —dice emocionado—. Tienes que conocer a Reyna, te caerá muy bien. —termina sonriendo.

Mi corazón se encoge. ¿Cuántas chicas hermosas hay antes que yo la lista?

Asiento y lo miro salir de la habitación.

Me quedo tumbada en la cama, pensando en estos últimos tres días. Todo es tan caótico, tan enredoso. Siento que hay muchas cosas que aclarar en mi cabeza pero, no sé por dónde empezar. Soy un lío de pensamientos, culpas, sentimientos, dudas, remordimientos, problemas y hormonas.

Mi corazón aun está errático, parece que ha decidido hacer un desfile en mi pecho. Los minutos se me escurren de las manos y sé que debo hacer algo, solo que no sé qué debo hacer.

Percy pasa por mí para ir a desayunar. Las chicas ya están en la cocina, acribillando a Nico con preguntas vergonzosas —o eso sospecho porque esta todo sonrojado, haciéndolo lucir atractivo—, callan abruptamente al verme llegar, pero alcanzo a escuchar mi nombre y el de Marco. Nico me fulmina con la mirada y sale del comedor.

—¿Pasa algo? —pregunto.

—No —dice Hazel con una sonrisa traviesa—. Es solo que mi hermano tiene que darse prisa en algunas cosas. —termina, llevándose un bocado de huevos revueltos a la boca.

Percy enarca una ceja y se encoge de hombros antes de sentarse a devorar lo que encuentra a su paso.

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. . . . .

.

Bufo frustrada al ver tantos números y letras juntos. ¿Quién carajos decidió meter letras en las matemáticas? Si ya era endemoniadamente difícil con solo números. Ahora, imaginen leer eso cuando padecen dislexia; no tardo mucho en sufrir una hemorragia cerebral.

—Ya llegamos. —anuncia Leo, asomándose por mi puerta.

Levanto la vista del libro de ejercicios que me dio Annabeth, y le sonrío quedamente.

— ¿Pasa algo, Peque?

—No. Bueno, sí. No sé. —gruño con el ceño fruncido.

Me mira con burla.

—¿Quieres hablar de ello?

—Es que no sé qué es lo que me pasa, Leo.

Comprensión escurre por su rostro antes de sonreírme de lado.

—¿Debo suponer que esto tienen que ver con cierto hijo de Hades?

—¿Tal vez?

Se ríe y me alborota los cabellos.

—Solo díselo, Monse.

—¿Decirle qué?

Me mira con exasperación.

—Creo que ya sabes qué. ¿Cuánto tiempo más van a durar así?

—No sé de qué hablas, Leo. —contesto desconcertada.

Me evalúa por unos segundos, pensativo. Sus ojos se abren como platos y me apunta con el dedo.

—¡No te has dado cuenta! —exclama asombrado— ¡No te has dado cuenta, Montserrat!

—¿Darme cuenta de qué?

Me mira pasmado.

—No lo puedo creer. Montserrat no te has dado cuenta de que te gusta Nico.

Mi boca cae abierta de par en par.

—¡ESTÁS LOCO, VALDEZ! —grito abochornada. Puedo sentir el sonrojo furioso que sube a mis mejillas.

Alza las manos en gesto de protección.

—Bien, bien. Yo no dije nada. No te me frikies, no es para tanto.

—¡A mí no me gusta Nico! —exclamo avergonzada.

Por alguna razón, me dan ganas de morderme la lengua.

—Yo solo decía. —se defiende.

—¡Pues no digas! ¡Dioses, Leo, no puedes andar por ahí diciéndoles a las personas que les gustan sus amigos!

—Ya pues, no te me exaltes.

—Eres increíble. —murmuro ofuscada.

—Por supuesto que soy increíble. Soy el increíble Valdez, el chico malo supremo. —dice, haciendo una estúpida pose.

—Oh, cállate.

—Sabes que amas mis tonterías.

—No todas.

Carcajea y mira el libro de ejercicios sobre mi cama. Lo toma entre sus manos y lo hojea. Fulmina el libro con la mirada y lo lanza por la habitación.

—¡Leo!

—Son vacaciones, Peque, no año escolar.

—Leo, de por si voy atrasadísima con los deberes. Todavía tengo que hacer ensayos de ciencias para Annabeth.

Pone sus ojos en blanco.

—Annabeth es una matadita.

—Te reto a que se lo digas de frente. —me burlo.

—Annabeth es una matadita que me puede patear el trasero. Tampoco soy estúpido, Monse.

Niego con una sonrisa.

—Cobarde.

—Querrás decir superviviente, no lo olvides.

Pongo los ojos en blanco.

—Solo baja mi maleta, Leo.

Carga con ella y yo tomo a Rastreador de la cama. Caminamos por el pasillo y nos encontramos con los demás en la cubierta.

Me reúno con las chicas, esperando que el Argo II atraque correctamente.

—¿Nerviosa? —pregunta Hazel.

—Algo.

—No lo estés. Nueva Roma es hermosa. Le diré a Nico que te dé un viaje guiado. —ofrece con una sonrisa radiante.

Nico. Otra vez Nico. ¿Será que lo que insinuó Leo sea cierto? No. No puede ser. Nico y yo solo somos amigos; más que eso, somos primos. Pero, por alguna extraña razón, no puedo dejar de darle vueltas al asunto.

Descendemos uno a uno. El Argo queda en tierra firme y lo que veo me deja asombrada. Una pequeña ciudad nos da la bienvenida. ¿Cómo es que esto puede estar oculto de los mortales?

Una chica de cabellos oscuros y ojos penetrantes nos da la bienvenida. Su semblante es severo pero se borra al divisar a mis acompañantes. Lo que parece una sábana morada la envuelve y, una especie de vestido blanco a la rodilla la cubre. Luce como una princesa guerra. Una muy bella princesa guerrera que no se tentaría el corazón a la hora de darte tu merecido.

A un lado de ella, un chico rubio y pálido de con ojos azules nos dedica una mueca de desdén. Decenas de osos de peluche cuelgan de su cinturón. ¿Acaso se le ha perdido la guardería de infantes? Tal vez trabaje como promoción de juguetería de la ciudad que se ve al fondo. Sus ojos azules claros me recuerdan a un pescado muerto.

—Bienvenidos. —saluda la chica, sonriéndonos cálidamente.

Abre los brazos y las chicas se lazan sobre ella.

Yo me quedo de pie a un lado de Nico y Leo. El chico rubio me examina la mirada y sus labios se juntan apretadamente en una mueca de asco. Este chico cada vez me agrada menos.

La chica se acerca y abraza a Nico, quien se incomoda un poco; ella pasa olímpicamente de Leo y se dirige a Percy, a quien abraza ligeramente.

—¿Cómo has estado, chico problema?

—Muy bien, Reyna. —contesta Percy.

¿Así que ésta es Reyna? Mi corazón se desploma por completo al verla realmente bien. Ojos intensos. Piel morena deslumbrante. Rostro sin imperfecciones. Cabello largo y sedoso. Porte imponente. Definitivamente no tengo oportunidad contra esta chica. Cada vez que pienso que tengo alguna oportunidad con él, aparece una chica bellísima que mata mis ilusiones.

—Quiero presentarte a alguien —le anuncia con una sonrisa—. Reyna, ella es Monse, mi hermana menor. Monse, esta de aquí es Reyna, una muy buena y valiente amiga mía. —dice con orgullo.

—Así que tú eres la famosa Monse. Un placer conocerte al fin. —saluda con tono divertido.

—Genial, otra graecus —replica el rubiecito con sarcasmo.

Percy le reta con la mirada.

—¿Algún problema?

—¿No se supone que había un pacto entre sus Dioses? —le ignora.

—¿Por?

—Parece que a Poseidón le cuesta cumplir con su palabra; pero claro, no podíamos esperar menos de un griego. —se mofa, sin quitarme los sus ojos de pescado de encima.

—Octavian…—advierte Reyna peligrosamente.

El rubiecito la fulmina con la mirada pero no dice nada.

—Eso pensé. —se burla Leo.

Reyna se digna a mirarlo finalmente y le hace un mohín. Leo, le guiña un ojo. Reyna pone sus ojos en blanco y desvía su mirada de él.

—Aun hay que ver si va a ser aceptada por la legión. —llama la atención Octavian, viéndome fríamente.

—Creo que no será necesario —le acalla Jason—. Ella no es enemiga.

—Tradiciones son tradiciones, pretor —le recrimina—. ¿No es cierto, Reyna? No podemos dejar de lado nuestras costumbres por una graecus.

Reyna lo mira de tal forma que, estoy segura de que lo descuartiza mentalmente; pero finalmente asiente rígidamente. Una sonrisa burlona se escurre en los labios pálidos de Octavian y, me mira como uno de esos asesinos locos antes de clavarle el hacha en la cabeza a su víctima.

Lleva su mano a su cintura y, toma una daga que había estado oculta entre tanto oso de felpa. Mis ojos se abren por la sorpresa y estoy a punto de chillar asustada, cuando siento cómo toma a Rastreador de entre mis manos de un tirón.

—¡No! —ordeno al comprender lo que va a hacer.

Antes de que le haga algo, golpeo su estómago y me abalanzo sobre él para recuperar a Rastreador. Ambos caemos y yo lo golpeo con mis codos en el proceso.

Los demás se quedan en silencio por unos segundos antes de romper en carcajadas. Unas estruendosas carcajadas a decir verdad.

Octavian se retuerce y, creo que realmente le di duro; pero valió la pena solo por no perder lo único que me queda de mi Jamie. La única que no ríe es Reyna, pero aun así, el atisbo de una sonrisa de asoma en sus labios perfilados, un brillo de desafío en su mirada.

—Esa no es forma de pedir las cosas, Montserrat. Pensé que tu hermano ya te lo habría explicado. —le dirige una mirada mortal a Percy.

—¡Eres una salvaje! —chilla Octavian. Da un paso en mi dirección y hace el amago de levantarme la mano.

—¡Octavian! —vocifera Reyna.

Percy se pone frente a mí y lo empuja.

—No te atrevas a tocarla, ¿me has escuchado?

Octavian lo asesina con la mirada, atravesándolo y parece que lo disecciona lentamente, imaginándoselo sufriendo. Éste chico me da escalofríos. Se limita a asentir mecánicamente.

—La espero en el templo de Júpiter, sola. —recalca.

—Estás loco si crees que la dejaré a solas contigo. —zanja Percy.

—Percy…—advierte Annabeth.

—No pedí tu opinión. La espero sola en el templo para que le haga las lecturas correspondientes. —dice con los dientes apretados.

Tomo la mano de Percy y le doy un apretón.

—Está bien, Perce. Iré.

Octavian se va hecho una furia, enterrando los pies en el piso, haciendo una pataleta.

—Eso fue genial, Peque. —alaba Leo.

Nico me guiña un ojo y carcajea por lo bajo.

—Ese fue un buen gancho —elogia Reyna—. Pero así no resolvemos las cosas aquí, niña —frunzo el ceño ante esa palabra—. Aun así, me han dicho que eres una gran contingente —sonríe abiertamente—. Me informaron que hiciste polvo a mi compañero pretor y dos de mis mejores centuriones, ¿es eso cierto?

—No —interviene Piper—. También hizo polvo a Percy, Nico y Leo.

Un brillo astuto se asoma en los ojos oscuros de Reyna. Un brillo de orgullo.

—Eres toda una aguerrida, me gusta eso. ¿No has pensado en unirte a las amazonas?

Puedo notar como los demás se tensan visiblemente.

— ¿Amazonas? ¿Qué es eso?

—Reyna, acabo de recuperar a mi hermana, no te la quieras llevar.

—Era una sugerencia.

—¿Qué son las amazonas?

—Nada que debas saber —contesta Leo—. Mejor vamos a llevar nuestras cosas a nuestra morada.

Reyna enarca una ceja.

—Solo no destruyas nada esta vez, Leo.

—¿Nunca lo vas a superar? —se queja mi amigo.

—No. —contesta con una sonrisa.

.

Frank me encamina hacia el templo de Júpiter después de que me asignaran a una cohorte. Desgraciadamente, no me tocó con ninguno de ellos. Estoy sola con un montón de romanos desconocidos. Sobre todo, no me tocó con Nico, ¿cómo se supone que sobreviviré estas noches sin él a mi lado?

El templo es imponente, realmente bello, grande, espacioso y al aire libre. Justo a la mitad, hay una especie de altar rebosante de relleno de peluches.

Su mirada dura puesta en mí y una sonrisa sádica en sus pálidos labios.

—Escoge uno, graecus. —dice de forma despectiva.

Ante mí, una variedad de peluches adorables, todos ellos colgando de la cintura de Octavian.

Elijo un perro negro solitario.

—Interesante elección.

Da la vuelta, quedando frente a mí y destripa al pobre peluche inocente. Algo en su mirada me dice que desea que yo tome el lugar del perrito.

Revisa entre el relleno destripado y solo hace muecas de satisfacción. Creo que tendré buena suerte finalmente.

—Interesante lo que me auguran los Dioses para ti, pequeña. Veo dolor, sufrimiento, pena y muerte en tu futuro.

Bien, ahí se fueron mis ilusiones, aplastadas por los pies de Octavian.

—La historia de mi vida. —mascullo sarcástica.

—Veo algo, es lo más claro de todo: "Matarás a quien amas" —dice con satisfacción.

Mi cuerpo se pone rígido y siento la sangre drenarse de mi cuerpo.

—¿No te gustó eso? —pregunta con sorna—. No quisiera ser tú, graecus.

—Eso está mal. Estas leyendo mal, espantapájaros.

—Lo siento, pero no. No es mi culpa lo que te depara el destino.

"Matarás a quien amas". ¿No dijeron que me iban a dejar en paz? ¿Por qué mi vida tiene que ser una tragedia de mala calidad? ¿No puede terminar con el típico "y vivieron felices por siempre"? A estas alturas, me conformo con "y vivió". No soy muy exigente.

Una mirada de lástima pasa por sus ojos azules y se acerca a mí.

—Oye, lamento todo eso. No era mi intención.

Lo miro con desconfianza, cruzando mis brazos sobre mi pecho y arqueando una ceja.

—Ajá. Lo noté en la forma en que sonreíste al decirme eso.

—Sí, vale, pero no soy tan cruel.

Me le quedo viendo a la espera de que me diga «ja, ja, ja ¡jodete!», se ponga a bailar la macarena y pegue saltitos, celebrando mi desgracia. Pero eso no pasa, al contrario, se sienta en un escaloncito y me invita a sentarme junto a él.

Saca una especie de termo y sirve dos vasos de un líquido morado.

—¿Jugo? —pregunta, tendiéndome un vaso.

Lo acepto y me siento junto a él aun recelosa.

—¿Has hecho enfadar a alguien allá arriba?

—Puede que sí. —contesto, dándole un sorbo a mi vaso.

El líquido sabe delicioso. Las burbujitas resbalan por mi garganta, acariciándola y provocándome unas cosquillas placenteras. Octavian sonríe y baja su vaso.

—¿Cómo es? El Olimpo, quiero decir.

Me embarco en una descripción detallada del Olimpo. Diciéndole lo hermoso que es, describiendo los jardines y los templos a la vista. Termino bebiéndome como un litro de ese maravilloso jugo pero no me importa.

Una sensación de calor se expande por mi cuerpo y ya no puedo pensar coherentemente, pero de una buena manera. Es como si flotara sobre un campo de rosas.

—Suena hermoso, Monse.

Sonrío de forma boba. Una necesidad creciente se apodera de mí cuerpo y sé que no puedo quedarme quieta durante mucho más tiempo.

—¿Quieres más jugo? —dice ofreciéndome su vaso intacto.

—¿No lo vas a tomar?

—No. Es todo tuyo. —dice de forma maliciosa.

La quemazón de mi cuerpo asciende. Me siento hervir, mi cuerpo comienza a despertar, teniendo necesidades que no había tenido nunca antes. De repente, solo quiero que me toquen, que me acaricien. Quiero sentirme querida.

Una alarma se enciende en mi cabeza. ¿Por qué me siento así justo ahora?, tan fogosa. Tan deseosa de ser besada.

—¿Qué me has hecho? —pregunto de forma melosa, casi de forma seductora.

—Pensé que querrías probar los productos que envía tu campamento —contesta con simpleza—. Ya sabes, ese maravilloso jugo que han traído.

—No entiendo.

—Has tomado el jugo de Afrodita y Dionisio. La Diosa del amor, belleza y lujuria, y, Dionisio, Dios del vino y la locura. Creo que entenderás de qué va todo esto.

—¡Me has dopado! —le acuso.

—Yo no te obligué a beber, graecus.

Mi cuerpo arde y necesito que alguien apague el fuego que me recorre. Necesito que alguien calme la necesidad que tengo de ser explorada. La temperatura aumenta y un sudor ligero me recorre la piel. La necesidad de sacarme la ropa es enorme.

Octavian ríe maliciosamente.

—Eso es para que no vuelvas a faltarme el respeto, graecus. Disfruta cocinándote en tus propios jugos porque yo no pienso manchar mi linaje con alguien tan poca cosa como tú. Te quedarás con las ganas.

Mi cuerpo se encuentra más concentrado en otras necesidades que en sus palabras. Comienzo a ver sus rasgos y mi mente comienza a buscar el atractivo en ellos, por fortuna, no encuentro mucho —por no decir nada— que sea de mi agrado, por lo que lo descarto rápidamente.

Mi cabeza da vueltas y mi necesidad de encontrar una pareja que satisfaga mi deseo de explorar cosas nuevas me empuja a ponerme de pie y salir en su búsqueda.

Un bochorno abrumador no me deja pensar con claridad. Sé que no debo hacer esto. Sé que no puedo ir por ahí buscando con quien desfogarme, pero no me importa, mi cuerpo y mis hormonas son más fuertes que mi lógica.

En el camino, encuentro a varios chicos, muchos de ellos atractivos, muchos de ellos feos como patada en los ovarios. Mi piel erizada y mi boca ardiente me dicen que no resistiré mucho. Debo encontrar a alguien ¡ya!

Percy me toma por el hombro y me aparto de él como si me atravesara un rayo.

—¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien?

Los demás se encuentran con él, expectantes de las noticias que traigo. Yo sigo sintiendo mi piel arder de necesidad.

—¿Monse, qué te dijo Octavian? —pregunta Nico y sus labios, ¡oh, mis Dioses! Sus labios se mueven tan seductoramente.

Sonrío de una forma que no había hecho antes: como una hija de Afrodita.

—¿Quieres saber lo que me dijo Octavian, Nico? Me dijo muchas cosas. —digo de forma sugerente, importándome poco que los demás nos ven.

Nico se colorea rápidamente y yo solo tengo la necesidad de que me toque, de que me tome entre sus brazos y me estreche cerca de él, que me bese y me deje sin aliento.

La boca de Percy cae al suelo.

—Tienes los ojos cristalinos —observa Annabeth—. ¿Has comido algo?

—No. ¿No me quieres invitar algo, Nico? Muero de sed. —contesto.

Nico sigue colorado. Los demás me miran con los ojos como platos. Me acerco a él de forma que pienso es seductora y le susurro al oído:

—Te extrañaré esta noche.

Noto como su cara se pone caliente…, casi tan caliente como mi piel enfebrecida.

—¿Mo-Monse, qué pasa? —se le quiebra la voz por los nervios.

Percy me toma de la barbilla y me examina.

—¿Qué has tomado?

—Nada. ¿Qué no puedo hablar con Nico sin que te molestes?

—Hablar sí, no aventártele encima.

—Creo que sé lo que le pasa —interviene Piper, examinándome rápidamente—. ¿Cuánto bebiste? —pregunta.

—No mucho. —contesto alegre.

Nico sigue de piedra y, si no se da prisa, escogeré a alguien más.

—¿Cuánto tomaste, Monse?

Río como niña pequeña.

—Lo de una botella entera.

Sus ojos se desenfocan y abre la boca.

—Esta chica necesitará un baño helado. —anuncia.

—¿Por? —pregunta Leo.

—Tiene calentura —aclara—, y no es precisamente una calentura que se pase con medicamento.

—¡Nadie se le acerca! —grita Percy, tomándome del codo— ¿Quién te dio esa cosa?

—¿Nico no vas a jugar conmigo?

Percy le dirige una mirada envenenada y casi le saca la lengua. Nico se pone de un rojo alarmante; parece árbol de navidad.

—No creo que sea buena idea, Monse. —se limita a contestar.

Varias risas se escuchan de fondo y yo solo me siento frustrada.

—¿Y tú, Leo? ¿No quieres jugar conmigo? —regresa el tono seductor.

Las risas se acaban y Percy me aprieta el brazo. Nico empuña sus manos y yo lo ignoro. Tuvo su oportunidad y me despreció; que se aguante.

—Peque, estás mal.

—¿Y tú me vas a arreglar?

Un rubor le recorre las mejillas y, creo que es la primera vez que lo veo ruborizado.

—Eso es todo. Tú no sales de la cohorte hasta que regreses a la normalidad. ¿Cuándo será eso, Piper? —exige Percy.

—No lo sé. Es proporcional a la cantidad que ingieren; aun es experimental. —masculla.

—Quiero jugar con alguien. —alzo la voz.

—Tú no vas a jugar con nadie, señorita.

—¿Es porque no estoy arreglada? —pregunto lastimeramente.

Nico y Leo dan un paso en mi dirección pero, Percy les advierte con la mirada que no me toquen.

—Es porque no estás en tus cinco sentidos. Estas drogada. No voy a dejar que se te acerquen así. —gritonea histérico.

—Debería sudar el jugo. —dice Hazel.

—Oh, se me ocurren unas ideas para sudar. —le guiño un ojo.

Incluso Percy se ruboriza al dejar ir su imaginación.

—Nos vamos. —dice jalándome, guiándome a mi aposento.

Me topo con algunos campistas y les sonrío de forma coqueta con la esperanza de que alguno se acerque y me ayude a sofocar el calor que siento.

No tengo suerte. Parece que Percy es más atemorizante de lo que pensaba.

Saca a todos de la habitación concurrida y me deja en la cama.

—Y no salgas. —ordena, saliendo del lugar hecho un vendaval, cerrando la puerta detrás de él.

Me quedo sentada a la espera de que el calor disminuya, pero al contrario, solo va en aumento. No sé cuánto tiempo trascurre, pueden ser horas, no estoy segura. Mi piel se siente fogosa y, ni quedando en ropa ligera la refresco. Mi piel erizada y súper sensible se estremece con el más ligero de los toques.

Me veo en un espejo colgado y mis ojos lucen cristalinos y desenfocados. Mi cabello ligeramente alborotado cae en rizos nuevamente y mis labios húmedos.

Mi sentido común muere, dándole el control al instinto. Me pongo de pie y voy a la gaveta que me fue designada a buscar lo único que puede hacer que dejen a Percy y sus "buenas acciones" de lado para que pueda conseguir lo que quiero.

El cinturón está ahí, brillante, liso y pulido, justo como lo recuerdo. Lo coloco en mi cintura y lo abrocho, adornando mi cuerpo. Abro las puertas de par en par y golpeo a alguien en el proceso.

—¡Ay! —se quejan dos voces.

Volteo a ver y veo a Frank y Jason tocándose la nariz, parando la hemorragia que les causó la puerta. ¡Ups!

Las miradas de deseo y codicia por primera vez me satisfacen. Algunos chicos comienzan a acercarse como abejas a la miel. Sonrío al saber que he causado eso.

—Hola. —se acerca el primer valiente. Es rubio y de ojos verdes, pero yo quiero a cierto pelinegro de ojos obscuros.

—Hola. —contesto con una sonrisa provocadora.

Su mirada embelesada no se aparta de mi cuerpo. Estira su mano y acaricia mi mejilla. Un cosquilleo agradable me recorre el rostro. Una mano sale de la nada y me toma de la cintura; jala de mí y veo la espalda de un chico alto y musculoso de cabellos castaños.

—Mía. —es lo único que dice su voz profunda.

—No. Mía. —corrige el rubio.

Ambos se retan con la mirada; una mirada dura y llena de avaricia.

—¡¿Qué carajos pasa aquí?! —escucho la voz aterrada de Percy.

Llega hasta nosotros a trote pero ya es tarde: estoy rodeada de varios chicos, todos ellos mirándome fijamente, como sediento errante del desierto a un oasis.

—¡MONTSERRAT!

Se abre paso entre el mar de romanos, empujándolos fuera de su camino. Me jala del brazo y antes de dar un paso, nos bloquean el camino.

—Ella es mía. —advierte el rubio.

—Si la quieres después de que se quite el cinto, te la regalo con todo y moño. —anuncia Percy.

—¿Qué sucede aquí? —pregunta Reyna— Todos a sus labores, ¡ahora!

Nadie se mueve… De la forma que ella desea.

El rubio, lanza un golpe al mentón del castaño de voz profunda y el caos se desata. Gritos, maldiciones y golpes son lanzados a diestra y siniestra. Paso de mano en mano, todos reclamándome como suya, menos el moreno que quiero.

Percy se pierde entre los romanos a mí alrededor.

Aun me siento sofocada y mi piel arde al más mínimo contacto.

Una mano se aferra a la mía y me arrastra con ella. Alzo la vista y me topo con la mirada codiciosa de Nico. Sonrío encantada y le dedico un guiño seductor. Alguien más me jalonea pero me zafo de su agarre; ya encontré con quien apaciguar mis ansias.

Nico frunce el ceño y lanza un puñetazo al pelirrojo que me quiere arrancar de sus brazos. El chico me suelta y Nico echa a correr conmigo detrás de él. Varios chicos tratan de impedirlo.

—¡Aléjate de ella! ¡Es mía!

—¡¿Por qué el griego se la lleva?!

—¡Conquista a Grecia nuevamente!

—¡Hay que tomarla como ofrenda de paz!

—¡No se atrevan a tocarla! —escucho la voz de Percy.

—¡La griega es mía!

—La griega es de los griegos. —sentencia Leo, su mirada fija en mi.

Nico me protege de varios golpes y empujones con su cuerpo, alejándome del peligro. Un quejido sale de sus labios y yo me apego a él para reconfortarlo. El simple hecho de tocar su golpe, me provoca escalofríos de los buenos y mi piel se eriza. Un estremecimiento se instala en mi pecho y, es como si un rayo me electrificara porque siento mi corazón bombear como tromba y mi piel me pide más de ese contacto. Me exige más. Yo le pienso dar más. Tomo el rostro de Nico entre mis manos y lo acerco a mí. Estoy a nada de acallar los que mi cuerpo pide a gritos.

Un golpe le llega de la nada y lo hace caer. Unos brazos me toman de la cintura y siento como me apartan de él. Caigo al suelo y otros brazos me recogen. No sé por cuantos chicos paso hasta que siento como me toman en vuelo y mis pies se despegan del suelo. Octavian me tiene entre sus brazos y me lleva hacia un lugar desconocido. Alguien lo golpea y ambos caemos.

Varios se acercan a mí pero Percy llega antes y me monta en una especie de ave enorme. No somos los únicos, Piper, Hazel y Reyna van con nosotros.

Busco entre el mar de cabezas en guerra de allá abajo a Nico. No lo encuentro. Sus cabellos salvajes se pierden entre los romanos. Un sentimiento de decepción me llega de golpe. Yo aún tengo necesidades que atender.

El ave nos deja en el Argo II. Annabeth está en cubierta, manejando el control de Wii del barco.

Percy me deja caer de sentón en el suelo, su cara de bulldog no pe presagia nada bueno.

—¡¿Se puede saber en qué demonios estabas pensando, Montserrat?!

—Percy, déjala —interviene Piper—, no es su culpa…

—¿Qué no es su culpa? ¡Se puso el maldito cinto! ¡Ese cinto va hoy mismo a reciclaje!

—Destruiste mi ciudad —dice Reyna—. Digna amiga de Valdez. Tú limpiarás lo que quede de esta batalla, niña. Si hay bajas considerables, tú las atenderás. —advierte.

—¿No creen que están siendo muy duros con ella? —recrimina Hazel.

—¡NO! —gritan.

Yo no pongo atención. Me asomo por la barandilla y veo a varios mestizos tratando de hacer una escalera humana con la intención de poder subir a bordo. Dudo que lo logren cuando estamos a más de trescientos metros de altura.

Proyectiles comienzan a ser lanzados, obligándome a retroceder.

Reyna me manda a mi habitación a gritos. Piper, Annabeth y Hazel se retuercen en el suelo a carcajadas. A Percy casi le da un tic en el ojo.

Me tumbo en la cama y un olor se desprende. Un olor a tierra húmeda y hojas quemadas. Ese olor que hace que mi estómago se alborote y se retuerza en nudos. Un olor que tiene el poder de calmarme y de encenderme en cuestión de segundos. Un olor que me hace mucha falta en estos momentos.

.

. . . . .

.

Despierto con dolor de cabeza, el estómago revuelto y el cuerpo agotado. Lo primero que hago al levantarme de la cama es correr al baño para no vomitar mi habitación. La cabeza me martillea y todo me da vueltas.

—Buenos días. —se asoman las cabezas de las chicas.

—No griten. —pido, tapándome los oídos.

Piper suelta una risa cantarina.

—No estamos gritando, Monse, ¿o debería decir cuñada? —indaga Hazel.

—No pasó nada entre Nico y yo. —incluso yo puedo escuchar la decepción en mi voz.

Soy tan patética.

La ceja de Piper se enarca.

—Pero querías. —dice socarronamente.

—Pero no pasó. —es mi única defensa.

Annabeth sonríe ampliamente.

—¡Lo sabía! Paguen. —les dice a las demás.

—Yo dije que sí se gustaban. —se queja Piper.

—Pero eso fue después.

—Yo no…—comienza Hazel, pero se queda en silencio.

—Nunca apuesten en contra de Atenea. —sentencia Annabeth.

—Un momento —reclamo—. Aquí a nadie le gusta nadie.

Las tres me miran con ironía y le pagan a Annabeth.

—No te preocupes, nadie le dirá a nadie. —guiña un ojo Hazel.

—No me gusta Nico.

—Lo sé, y yo tengo una granja de arañas, Monse. —consuela Annabeth.

—Yo no le gusto a Nico. Él está saliendo con Lacy. —no puedo evitar hacer una mueca.

Piper me mira con sorna.

—Sí, a mi hermana le gusta.

Piper que sabe subir la moral. Nuca la llevaré a un velorio.

—Ella nunca dijo que le guste a mi hermano. —dice Hazel con una enorme sonrisa.

Un aleteo comienza en mi corazón que se extingue tan rápido como llega la imagen de Rachel.

—Rachel no le gusta. —adivina Annabeth.

—Eso no lo sabes.

Pone los ojos en blanco.

—Créeme, Rachel es la menor de tus problemas.

Cierto, aun está lo que dijo Octavian al destripar ese peluche… ¡Octavian! Su cabeza rodará y la pondré en mi pared como trofeo de guerra. ¡Sí, bien al estilo Ares!

—Octavian me las paga. —anuncio con los dientes apretados.

—Así que fue ese espantapájaros chiflado, ¿eh? —cuestiona Percy, adentrándose en mi habitación.

—Sí.

—Me las va a pagar.

—Corrección. Nos la va a pagar. —contesto sádicamente.

.

. . . . .

.

Bajamos después de desayunar. Bueno, ellos desayunan, yo no como nada por miedo a vomitarlo.

Nueva Roma es un desastre total. Los caminos están maltrechos. Hay varios objetos desperdigados, desde armas hasta prendas de vestir y zapatos.

Reyna me mira sobre su hombro antes de decir:

—Tú lo limpiarás.

—¡Fue culpa del loco de tu augur!

—Yo no lo vi a él con el cinto —replica—. Empieza cuanto antes, en la tarde entrenarás conmigo. Necesito descargar mi tensión con alguien.

Trago saliva. Esa chica me va a matar.

Alguien me tapa los ojos por detrás y reconozco las manos rasposas de Leo.

—Adivina quién soy, Peque.

—¿Marco?

—Ja, ja, ja. Graciosita. —desvía su vista a Reyna—. Muy buenos días, mi lady.

Reyna le dedica un asentimiento y le da la espalda.

—¡A las cinco en el anfiteatro! —grita sobre su hombro.

—Creo que nunca olvidará el pequeño incidente. —se queja Leo cabizbajo.

—Leo, destruiste su ciudad. —dice Frank con incredulidad.

—¡Estaba poseído!

—Y yo drogada. Eso no la detuvo para que me pusiera a limpiar todo esto. —apunto con mis manos a mi alrededor.

—¿Quién va a limpiar qué? —pregunta la voz de Nico a mis espaldas.

Mi corazón tartamudea para después bombear como loco. Siento que me dará un no sé qué.

Volteo a verlo y mis ojos se abren de más. Luce varios moretones en su rostro. Un rasguño atraviesa su mejilla y mi estómago cae a mis pies.

—¿Qué te pasó? —me acerco a él y paso mis dedos por los golpes.

Las mismas sensaciones de ayer me atraviesan como un rayo y mi piel se eriza. Se supone que eso ya no debe de pasar. Lo de ayer fue porque estaba drogada, no por otra cosa. Aunque podría ser porque… No. Nico no me gusta. Él es mi amigo y nada más. No me gusta como algo más. ¡Todo esto es culpa de Leo y su bocota! ¡Todo estaba bien hasta que él sugirió que me gustaba Nico!

Un carraspeo se escucha a mis espaldas y aparto mis dedos de la piel de Nico, terminando con la agradable sensación.

—Deberías comer un poco de néctar. —recomiendo.

Los demás nos miran expectantes.

—Lo tomaré en cuenta.

Los demás siguen mirándonos.

—¿Tengo algo en rostro o por qué me miran? —pregunta Nico.

Todos desvían rápidamente los ojos de nosotros.

—No. De hecho, tengo cosas que hacer —dice Hazel—. Frank, vamos a hacer lo que te dije esta mañana.

—¿Qué cosa?

—La cosa que te dije. —dice haciendo señas de que se callara.

—¡Ah, la cosa! —dice la recibir un pisotón—. Cierto, la cosa importante.

Hazel pone los ojos en blanco y lo arrastra a un lugar desconocido. Es lo mismo con los demás. Percy es el más reacio a irse, pero Annabeth lo amenaza con una semana sin besos y se va sin chistar.

Nico y yo quedamos solos y algo incómodos.

—Así que… ¿cómo pasaste tu noche? —pregunta para romper el hielo.

—Bien… Te extrañe. —admito.

—También yo. Me acostumbré a escucharte hablar entre sueños.

«Yo me acostumbré a tus brazos», pienso, «a tu olor, a tus caricias». Obviamente eso no lo digo.

—Tengo que comenzar a limpiar —le digo antes de que me de diarrea verbal—. Deberías ir a la enfermería.

—Sí, de hecho iba para allá. ¿Te veo luego?

—Seguro.

—Bien.

Antes de que se vaya, me pongo de puntitas y beso su mejilla.

—Adiós, Nico.

—Adiós. —dice, antes de depositar un beso en mi frente.

.

Limpiar los alrededores con decenas de miradas sobre ti no es lo más agradable que puedes hacer. Hacerlo pensando en todo lo que sientes menos. Las palabras de Leo aun retumban en mi cabeza como pelota de ping-pong. «No lo puedo creer. Montserrat no te has dado cuenta de que te gusta Nico». No me he dado cuenta porque a mí no me gusta Nico.

Tal vez es cierto que Nico me pareció guapo desde que llegué al campamento. O que me he fijado más en él que en los otros chicos. Y qué lo he celado más de lo aceptable. Pero eso es lo que hacen los amigos. Es lo que hago por Leo, ¿verdad? Con Leo también hago todo eso. Es más, con Leo no discuto tanto.

[¡/]—Tampoco pasa las noches haciendo arrumacos con él.

—Nico y yo no hacemos arrumacos.

Ajá.

—A mí no me gusta Nico.

Lo que tú digas cariño. [/!]

No. A mí no me gusta Nico Di Angelo. No señor. Él y yo somos amigos. Es totalmente normal que sienta nudos en el estómago cada vez que lo veo, ¿cierto?

Aunque, según una plática que tuve con Percy hace tiempo, él sentía eso cuando veía a Annabeth…, pero no aplica en mí. No. Nico y yo somos familia. Es mi primo, dijera Percy.

[¡/]—Pues al primo me le arrimo, dicen por ahí.

—Tú siempre tan vulgar.

Más bien, nosotras, cariño. [/!]

Sigo apilando todas las cosas en una montaña de basura, ropas y armas inservibles. Por alguna razón, no puedo sacarme de la cabeza el asunto de Nico… Ni sus ojos, o su sonrisa, y esos labios que… ¡No! ¡Deja de pensar en eso, Monse! Concéntrate en lo que estás haciendo o perderás un pie. La imagen de Nico al despertar invade mi mente y siento el ya común huracán en mi estómago, el rubor en mis mejillas y las ansias de tenerlo cerca. Me imagino a qué sabrán sus labios y cómo se sentirán al tacto. ¿Serán tan suaves cómo aparentan? ¿Serán cálidos o fríos?

¡Santos Dioses bailando la conga! ¿Será posible que Leo tenga razón? ¡No! ¡No! ¡SÍ! Grita una voz interior. Esa voz que me he esforzado en amordazarla en el sótano de mi mente.

A mí no debe gustarme Nico porque las cosas son muy complicadas, sin embargo, me gusta. Me gusta y siento como cada una de mis células se libera de la presión de evitar la verdad contundente. A mí me gusta Nico Di Angelo y eso no es nada bueno. Tengo que evitarlo a toda costa. Tengo que aventar eso al sótano nuevamente, poner candado, fundir la llave y poner una capa de tres metros de concreto a todo eso. Debo evitar estar a solas con Nico porque, ahora que lo pienso, me siento más ansiosa. Los momentos que he pasado con él adquieren más valor, más profundidad. ¿Realmente he sido una idiota todo este tiempo? ¿Por eso me sentía una mierda cada vez que peleaba con él? ¿Por eso lo extrañé más a él los meses que estuve lejos? No sé las respuestas, pero me da miedo saberlas.

.

Era raro sentirme así, tan…, tan…, tan ansiosa de estar a su alrededor. Cada vez que lo sabía cerca, mis sentidos se ponían en alerta. Como si tuviera una sirena en la cabeza que sonara con solo verlo. Ya no podía huir de él por dos motivos, a) sería muy obvia y podrían descubrirme los chicos y b) no quería mantenerme alejada de él.

Es precisamente por eso que lo estuve evitando todo el día. No puedo estar mucho tiempo a su alrededor sin que la idea de lanzarme sobre él se me cruzara por la cabeza.

Nico aparece en mi escenario y brinco por su cercanía.

— ¿Pasa algo? —pregunta extrañado— ¿Hice algo que te molestara?

— ¿Qué?

Él se encoge de hombros.

—Es solo que, he notado que me evitas. ¿Hice algo que te molestara, Mare Starlet?

Mierda. Se dio cuenta. Abortar misión. ¡Abortar misión!

— ¿Mare Starlet? —pregunta, pasando su mano frente a mi cara.

Cerebro, por lo que más quieras, no me dejes en ridículo.

— ¿Mare Starlet? —vuelve a preguntar.

Cerebro, tú y yo tendremos una plática más adelante.

— ¿Monse, te sientes bien?

—Sí-i-i —contesto con voz temblorosa.

¡Ge-ni-al! Ahora mismo, Nico, debe estar preguntándose si soy estúpida

Mi mira extraño.

— ¿Segura que te sientes bien? Podríamos ir a que te revisen. —dice con una sonrisa conciliadora.

—No —me apresuro a contestar—. Estoy bien, segura. Nada de qué preocuparse, Nico.

Me evalúa por unos segundos y no puedo evitar sonrojarme.

Lleva su mano a mi frente.

—Tienes temperatura.

Oh, créeme, tengo temperatura.

—No es nada. —contesto, ignorando el cosquilleo que recorre mi rostro.

—Te llevaré a la enfermería.

—No es necesario, Nico. Ya se me pasará. Además, me da vergüenza.

—Su rostro recupera un poco de su seriedad habitual.

— ¿Es por lo de ayer?

—Sí. —miento. La verdad, me da igual lo que pasó ayer.

—Creo que ya deberías estar acostumbrada, ¿cuántas batallas de esas has ocasionado? —bromea, ganándose un codazo.

—Eres imposible.

—Anda, vamos con los demás. Están en las barracas. —se pone de pie y me tiende la mano.

La acepto más que gustosa, sintiendo mi corazón retumbar con más fuerza que nunca, pidiéndome a gritos que haga una locura aquí y ahora.

Caminamos lado a lado, mi mano entrelazada a la suya y me pregunto, ¿realmente tengo alguna oportunidad con este chico?

[¡/]—Yo digo que vayas por ello.

—Y yo que te calles.

¿Cuándo te he aconsejado mal, ¿eh?

—Oh, que tal aquella vez que… ¡Siempre!

Bufo mentalmente si eso es posible.

Es obvio que tienes una oportunidad con él. ¿Has visto que se comporte así con alguien más?

—No, pero…

Y, ¿qué hay de lo que te dijeron las chicas? ¿Vas a dejar que caiga en saco roto?

—Pues, no…

¿Entonces? ¿No crees que merezcamos una oportunidad de ser felices? ¿No era todo esto el meollo del asunto? Buscar un lugar en el que encajemos. Quizás Nico es nuestro lugar, Monse.

—No lo sabemos.

No nos mataría descubrirlo. Soy tú, ¿recuerdas? Sé que mueres por descubrir si siente lo mismo que nosotras.

—¿Y si no es así? —me mortifico.

Tenemos que descubrirlo algún día, ¿no lo crees? [/!]

Tan enfrascada estoy en mis pensamientos que, no me doy cuenta de que ya me encuentro sentada en una de las mesas al aire libre con los otros, sentada entre Percy y Nico y, Leo frente a mí con el rostro abatido. Jason me mira expectativamente, a la espera de que conteste algo que no escuche.

—¿Eh? —es lo único que digo. Los demás ríen de mí.

—Te pregunté que si ya te decidiste por alguno de tus admiradores de ayer —se burla—. Creo que Octavian se sentirá muy contento de que lo eligieras. —termina, haciéndolos reír.

Le hago un mohín. No es lindo que se burlen de tus desgracias.

—¿Entonces, has escogido a alguien de los montones de mestizos? —presiona Frank.

—Bueno, ya déjenla —interviene Percy, pasando un brazo por mis hombros—. Mi hermanita aun es muy chica para que se fije en hombres.

—Creo que sí elegí a alguien. —comento por lo bajo, aun sumida en mis pensamientos.

Desvío sin que nadie se dé cuenta mis ojos a Nico y me ruborizo en el proceso. La mano de Percy se congela en mis hombros y siento crujir su cuello cuando gira a verme.

—¡¿Qué?! —grita como vieja en parto — ¡¿Quién es?! ¡Dime quién es, Montserrat!

Annabeth le pega un zape que lo deja viendo estrellitas.

—No la acoses, sesos de alga. Déjala en paz.

Volteo a ver a Nico y su ceño está profundamente fruncido, haciéndole un mohín a la mesa, asesinándola con la mirada. Sus puños apretados, como si estuviera retorciendo algo —o a alguien— y una mirada furiosa.

—¿Pasa algo? —le pregunto preocupada, ignorando berridos de Percy en mi oído.

Niega tensamente, sin voltear a verme.

Me encuentro con la mirada de Leo y hay un brillo pícaro en sus ojos. Mira de Nico a mí, me guiña un ojo de forma traviesa. ¿Será posible que…?

—¡Bueno, ya, Perseus! —grita Annabeth—. ¡Deja de berrear! ¡Si a ella le gusta alguien ella sabrá a quién le dice y a quién no!

— ¡Pero ella es muy chica aún!

—¿No será que no quieres que tu hermanita bese antes que tú? —le pica Jason.

Percy se pone rojo tomate y le avienta un pedazo de manzana a medio comer a la cabeza. Annabeth se ríe.

—Si yo no beso a Percy en ese volcán en St. Helens, él habría besado hasta los dieciséis. —se jacta Annabeth, haciendo reír a Jason.

—¿Y aun así tardaste meses en decirle que te gustaba? —pregunta Leo incrédulo—. ¡Por los Dioses, Percy! ¡La chica te besó y no hiciste nada! Yo que tú, chica, me habría buscado un mejor partido.

—¡Yo no sabía si le gustaba o fue algo del momento! —se defiende.

Annabeth pone sus ojos en blanco.

Miro a Nico con la esquina de mi ojo y el mantiene su vista fija en la mesa aun. ¿Piensa lo mismo que yo? Porque yo estoy pensando que tal vez, solo tal vez, es tiempo de que le haga caso a mi consciencia.

—¡Te besó, pedazo de animal! ¿Qué más podría significar eso? —se burla Jason.

Hazel y Frank, se ríen y miran a Percy con burla.

Piper se aclara la garganta.

—¿Disculpa? ¿Y quién eres tú para burlarte de Percy? ¿Tengo que recordarte quién besó a quién en nuestra relación? Si yo no doy el primer paso, tú aun no tendrías el valor de invitarme a salir. —nos deja saber.

Jason se colorea como camarón.

—Ya te expliqué que te iba a invitar a salir como todo un caballero.

Piper bufa exasperada.

—Te besé y aun así me preguntaste: "¿Significa eso que te gusto?"

Frank ríe a carcajada suelta.

—¿De qué te ríes, Zhang? —le regaña Hazel—. Tú no te quedas atrás; yo te besé ese día. Tú te sonrojabas solo con verme.

—¡Santo Hefesto! —se carcajea Leo, sosteniéndose el estómago de tanto reír—. ¡Nunca me dejen olvidar esto! ¡Los salvadores del mundo no pudieron dar el primer paso con su chica! —sigue carcajeándose, limpiando las lágrimas por el esfuerzo de tanto reír.

Los chicos están colorados porque su orgullo fue machacado y, las chicas con un gesto soberbio.

—¿Te recuerdo a quién rechazaron el día de hoy? —insinúa Jason.

Recibe dos zapes por parte de Piper y Annabeth.

—Al menos él lo intenta. —sentencia Piper.

Miro a Nico de soslayo, una leve sonrisa cruza sus labios y…, me pregunto cómo se sentirán.

Volteo a ver a las chicas; ellas tomaron la iniciativa en sus relaciones y aun así, ellos necesitaron tiempo para poder estar seguros de que realmente tenían oportunidad alguna con ellas. ¿Eso aplica en todos los casos? ¿Hay que ser más drástica que ellas?

Una idea estúpida pasa por mi cabeza. Una idea descabellada que no tiene ni pies ni cabeza.

Nico comienza a carcajear por algo que dijo Hazel pero que no alcancé a escuchar. Cuento hasta tres para tomar valor e inspiro hondo.

Giro completamente hasta quedar frente a Nico. Me mira un tanto desconcertado pero no le doy tiempo de nada. Lo tomo de las solapas de su chaqueta negra que me encanta y lo atraigo hacia mí. Junto mis labios con los suyos de forma un tanto brusca, chocando con ellos, pero, ¡Hey, es mi primer beso! Se queda estático y creo que he hecho algo mal cuando sus labios se amoldan a los míos en un toque que tan rápido como llega se va.

Todo se queda en silencio y puedo sentir las miradas en nosotros. Los ojos de Nico están tan abiertos que me sorprende que no se salgan de sus cuencas.

Me pongo de pie rápidamente, avergonzada por lo que acabo de hacer en público.

—Yo…, yo… Tengo que irme. Reyna me espera para practicar —contesto abochornada

Salgo de la banca y antes de que se esfume lo poco de valor que me queda, añado:

— Y, Nico, por si no te quedó claro, me gustas. —le hago saber, sintiendo mi cara arder y que en cualquier momento me voy a derretir en un charco humeante.

Nico sigue congelado en su asiento, sus ojos desenfocados y el silencio en toda la mesa.

Echo a correr lo más rápido que puedo para perderme en el campo de entrenamiento, con el corazón desbocado y la sensación de que mis labios queman por haber tocado los de Nico.


Bueno, les prometí que no iba a volver a desaparecer, así que hice lo que pude,

a los que les contesté sus reviews, ya saben el motivo de mi ausencia, a los que no

les digo que me atrasé en la elaboración de mi tesis para la uni :$ Si ya han hecho una,

ya saben la presión que es eso, lo que no, son unos suertudos.

Espero les haya gustado el capitulo, me lo dejan saber.

Como siempre, gracias por sus reviews y por seguir leyendo.

Akane-chan: creo que tenemos los mismos gustos en parejas, yo también amo el Traitie *-*

Abby: tu review me alegró el día, en serio, estaba super estresada cuando lo leí y pude reír

ese día. Gracias por eso.

¿Qué les pareció el final? ¿Les gustó? ¿Lo odiaron? ¿Los engañé con lo de TeamJared?

Espero haya valido la pena, y para queno sintieran tanto mi ausencia, dejé este capi más largo

de lo normal. Es el capitulo más largo que he hecho desde que comencé en esta página.

Bueno, como vi que si contestan, les dejo nueva pregunta.

¿Cómo ven la aparición de la madre de Monse: Sarah? Tengo planeada introducirla en la

historia, pero como se imaginarán, será a mi modo, no la típica historia del reencuentro.

Sin más me despido. Cuídense mucho.

Besos.