Capitulo 21 ¿Por qué es tan cruel el amor?
«Lo besé. Lo besé. ¡Santo Poseidón ahumado! ¡Besé a Nico Di Angelo! ¡¿En qué carajos estaba pensando?!» Pienso mortificada mientras corro hacía el anfiteatro.
¡Dioses!, solo de pensar en la cara que puso se me hunde el estómago. ¿Tendré yo también sesos de algas como Percy? No pude haber hecho nada más estúpido en mi vida, y eso que la estupidez es una constante para mí. ¡Mierda! No debí haber hecho eso. Debí haberme hecho la loca con todos mis descubrimientos y dejarlos de lado.
¿Vieron su reacción? ¡El pobre se quedó de piedra! ¡Y yo todavía le digo que me gusta! ¡Agh! ¡Estúpida, Monse! ¡Yo y mi bocota!
Tan apurada voy que no veo por donde camino.
Ni siquiera tuve el valor de mirar atrás y ver la reacción de Percy. De seguro, con lo cavernícola que es, le va a tirar bronca a Nico por mis metidas de pata.
Me llevo las manos a la cara en un intento de ocultarme. ¿Cómo pude hacer eso? ¿Y si él no siente nada? ¡Santa Afrodita desnuda! ¡Y si deja de hablarme! No podría soportar eso. No puedo simplemente soportar que Nico me saque de su vida y que sea como si nunca nos hubiéramos conocido. ¡Ay, mis Dioses! ¿Por qué tuve que poner la boca donde no debía?
Aun así, pensando en todas las consecuencias que pueden tener mis impulsos imbéciles, no puedo hacer nada en contra del revoloteo que hay en mi estómago y la sensación de que floto. ¿Cómo es que una persona puede sentirse en el paraíso y al mismo tiempo que ha hecho el completo ridículo?
Por ir pensando en mis impulsividades, no me doy cuenta de cuerpo frente a mí hasta que azoto y caigo sobre mi espalda. Ni siquiera me duele por seguir pensando en Nico.
—Lo siento —se disculpa el chico—. No te vi.
Me tiende la mano y me ayuda a ponerme de pie. Su cabello castaño y en rizos son un desastre, pero de esos desastres cuidados. Tiene el peinado de "hey, me acabo de levantar y aun así soy sexy".
—Perdón. —le digo en automático, sin molestarme en verlo por segunda vez.
Sigo caminando cuando lo escucho nuevamente.
—¿Eres tú la chica por la que todos peleábamos ayer? —pregunta intrigado.
—¿Disculpa?
—Tú eres la griega, la hermana de Percy, por la cual todos peleábamos ayer. —dice alegremente.
—Sí—admito avergonzada—. Lamento todo eso, en verdad, no era mi intención. Todo fue por culpa del mandito cinto que…
—¿Un cinto? —sus ojos grises recorriéndome completamente— ¿Me estás diciendo que todo eso fue por un cinto? —dice juguetonamente, una linda sonrisa se asoma en sus labios carnosos, haciéndome sentir en confianza.
—Cosas de Afrodita, no preguntes.
Su sonrisa se amplía.
—¿Y puedo saber el nombre de la chica por la que me batí en duelo ayer? Yo te cargué antes de que Octavian te arrancara de mis brazos. Chica, eso fue lo más duro que he pasado en toda mi vida. Me sentí desgarrado cuando te apartó de mí lado.
—Eh… No sé qué decir a eso.
Ríe. Una linda sonrisa, pero fea en comparación a la que tengo en mente.
—¿Me dirás tu nombre? El mío es Hayden, para servirte…
—Monse. —contesto.
—Para servirte, Monse. Es un lindo nombre, al igual que tú.
Me sonrojaría, pero creo que lo estoy desde que besé de improvisto a Nico.
—Gracias, Hayden, pero ya no son necesarios los halagos.
Se encoge de hombros y me dedica una sonrisa.
—No estaba de más intentarlo. ¿Vas a algún lado o estás libre?
—Reyna me está esperando en el anfiteatro. —le contesto, esperanzada a que me deje ir, no porque el chico resulte molesto como Jared, sino que quiero pensar.
—¿Hiciste algo malo?
—Destruí su campamento, ¿tú que cree?
—Buen punto. En ese caso, no le quito más de su valioso tiempo, bella dama. Espero verla por ahí. —me guiña un ojo.
—Seguro, Hayden.
Sonríe por última vez y da media vuelta. Emprendo mi camino y él me grita, haciendo que gire a verlo.
—Por cierto, no es necesario que una chica tan bella como tú use un cinto que opaca su belleza. Yo te seguiría a donde quieras sin él, solo dilo. —termina con un guiño.
Da media vuelta y sigue su camino.
¿Qué les pasa a los chicos? ¿Por qué el que quiero que me diga esas cosas se quedó como estatua cuando lo besé? ¿Habré quedado como una completa salvaje ante los ojos de Nico?
No dejo de torturarme mentalmente hasta que llego al lugar en el que me ha citado Reyna. Solo de pensar en eso me recorre un escalofrío, y no, no es de los buenos.
Reyna está entrenando con dos chicos, ambos más grandes y pesados que ella.
La tienen rodeada, asechándola con cada movimiento. Ella luce agitada y sudada, pero con una mirada llena de determinación que te hacen pensártelo dos veces antes de atacarla. Al parecer, ellos no notaron esa mirada porque estúpidamente la atacan.
Reyna esquiva el cuerpo de uno de los chicos y con la empuñadura de su espada, le clava la nariz en el cerebro al otro. Patea la espalda del primer chico, haciendo que caiga de rodillas y coloca la punta de su espada justo en la parte trasera de su cuello, inmovilizándolo por completo. El segundo chico sangra brutalmente de la nariz pero aun así, intenta atacarla. Con su vista periférica tuvo que haberlo previsto porque en un movimiento rápido patea nuevamente al chico de rodillas, haciendo que muerda el polvo y detiene la estocada del segundo, sumiéndose en una de las partidas de esgrima más alucinantes de toda mi vida, y eso que he visto a mi hermano y Annabeth en acción.
Veo a Reyna realizar movimientos tan veloces y mortíferos que la piel se me eriza. Ella es imparable, aun con dos chicos atacándola, porque oh sí, el mastodonte #2 se ha vuelto a poner de pie.
Reyna realiza un movimiento con su espada y la de su oponente rebota, saliendo disparada por los aires. No tiene oportunidad de celebrar porque el otro chico la ataca por el costado, haciendo un corte en su cintura. Un gruñido sale de su boca y patea al chico sin la espada, voltea en redondo y golpea el casco del otro con la empuñadura de su arma. El chico cae de espaldas y no se mueve. Mastodonte #1 ha recuperado su espada el verla distraída y, en un acto inverosímil, aplica la misma maniobra de Reyna, desarmándola por completo, pero eso no significa que la ha dejado desamparada, no, eso me lo dice la sonrisa soberbia que cruza sus labios.
El chico atraca en una estocada limpia y Reyna se limita a esquivarla con maestría. Toma su casco y lo utiliza como arma; yo nunca, jamás, habría pensado que un casco podría ser un arma, pero Reyna me hace ver estaba muy equivocada. El chico blande su espada directo al hombro de la morena y, ella utiliza el casco para protegerse, lo tuerce con la punta de la espada dentro de él y, logra apoderarse del arma de su oponente. El chico queda indefenso y con sus ojos suplica clemencia, pero sus labios no se separan en ningún momento.
Reyna sonríe sabiéndose victoriosa y, solamente se limita en asentir en dirección al chico. Lo veo respirar aliviado de salir completo de su encuentro con la chica y, va a ayudar al otro chico que sigue inconsciente en el suelo.
Reyna toma su verdadera espada y su arregla sus ropas maltrechas.
—Cierra la boca, Monse, te van a entrar las moscas. —se limita a decir, dándome la espalda.
Hasta ese momento, soy consciente de que mi quijada debe estar por el suelo.
—Eso…, eso ha sido asombroso.
—Sí, bueno, son los beneficios del entrenamiento —contesta—. ¿Has terminado de limpiar mi ciudad?
—Sí.
—Leo debió enseñarte otras cosas en lugar de destruir mi ciudad.
—Leo dice que estaba poseído —salgo en defensa de mi amigo—. Lo siente mucho.
—Bien —contesta con aburrimiento—. Tengo una tarea para ti. Necesito cruzar unas palabras contigo.
— ¿Sobre qué?
—Asuntos importantes. Quiero saber lo que te ha dicho Octavian.
—¿No te fue con el chisme? —enarco una ceja.
Me mira con cierta frustración y pone sus ojos en blanco.
—Te pareces demasiado a tu hermano en las cosas incorrectas. Octavian no puede revelar las lecturas personales, es algo que queda estrictamente entre él y la persona.
—¿Entonces por qué debería de decirte? —le desafío.
Ladea la cabeza con curiosidad, como si estuviera examinando un espécimen raro.
—Porque sería una mejor aliada que enemiga, y, necesito saber si supones un peligro para la paz que rodea a Nueva Roma. ¿Te parece motivo suficiente?
Sus ojos relucen de diversión, pero sé que en el fondo, tiene razón, no quiero tenerla como enemiga.
Trago.
—No me dijo nada nuevo. Solo la repetición de una amenaza —digo solamente. Ella se queda en silencio, a la espera de que termine de pasar el informe, pero no lo hago.
—Sigo esperando, Monse.
—No es algo en lo que me guste pensar. —contesto secamente.
—Veras, hay dos opciones aquí, la primera; tú hablas. La segunda; saco a pasear a mis dos queridos y especiales galgos, tenemos una charla no muy agradable, y aun así, hablas. Tú decides, Monse. No es una amenaza, tampoco una advertencia, pero ponte en mi lugar. De mí depende una ciudad entera, de mí y Jason, pero sinceramente, ¿le confiarías esta ciudad solamente al chico? —me mira con una ceja enarcada.
—No. —admito finalmente, divertida.
—Exacto —acepta con una sonrisa—. No lo subestimo, pero he llevado el peso de esta ciudad sobre mis hombros yo sola, y no pienso dejar que la paz que hay entre nosotros se desmorone. Necesito saber si te dijo algo Octavian, si puedo evitarlo, lo haré, te ayudaré, pero necesito la verdad.
Suspiro. Ésta chica me ha lavado el coco.
—No hay nada de qué preocuparse, Reyna. Octavian no me dijo nada nuevo, solo una estúpida amenaza que, según yo, estaba en el olvido.
Me evalúa por unos segundos.
—¿Alguna guerra de la que necesite saber?
—¿Aparte de la de ayer? —intento bromear.
Una mueca cruza por sus labios.
—Yo no jugaría en esos terrenos si fuera tú. Me preocupan algunos de los comentarios de anoche. No todos han aceptado aun la idea de fraternizar con ustedes los griegos.
—Déjame adivinar, Octavian es uno de ellos. —digo con exagerada curiosidad.
Carcajea.
—Tal vez. —dice en tono conspirador.
—Tengo la sospecha de que él puede ser una de esas personas, pero no estoy segura.
—Mmhmm, tendremos que mantener un ojo en él —me sigue el juego. Suspira y añade más seria—. Solo no causes más incidentes como los de ayer y, fíjate con quien entablas amistad en este lugar.
—Entiendo.
—Vamos, tomaremos un baño antes de la cena.
—¿Un baño?
—Sí, es esa habitación mágica con una llave de la que sale agua con la que te lavas el cuerpo. Pensé que el campamento mestizo tenía.
—No es gracioso.
Sonríe.
—Si no has tomado una ducha en los balnearios de Nueva Roma, no has vivido. —se limita a contestar.
.
Ahora sí puedo decir que no he vivido. Dioses, la presión del agua es simplemente excelente. Puedo sentir un masaje a lo largo de todo mi cuerpo.
—Así que, ¿cuánto tiempo tienes saliendo con Nico?
Alzo la cabeza en su dirección, sintiendo crujir mi cuello.
—¿Eh?
—Nico. Tú. Saliendo. No es una pregunta muy difícil, Monse.
Siento mis mejillas enrojecer nuevamente.
—Nico y yo no estamos saliendo. —admito decepcionada.
—¿No? Pensé que sí. El chico no deja de hablar sobre ti —mi corazón comienza a bombear de forma acelerada—. Que si Monse no me habla. Que si Monse no aparece. Que Monse está saliendo con Jared. Que a Monse le gusta Marco. Monse. Monse. Monse. Siempre me dice lo mismo.
Ouch. Solo le habla para quejarse de mí.
—No estaba saliendo con Jared y no me gusta Marco.
—¿Te gusta Nico? —pregunta viéndome directamente a los ojos, escrutando mi rostro, buscando la mentira.
Me pongo a la defensiva y mis alarmas se encienden en mi cabeza.
—¿Por? ¿Te gusta a ti? —pregunto un tanto altanera.
Una rotunda carcajada sale de su boca, haciendo que el alivio me recorra por completo.
—No. Nico es muy chico para mí, es un buen amigo solamente. —siento como un peso imaginario se desliza por mis hombros y mi espalda de relaja visiblemente.
—¿Cuánto tiempo tienes enamorada de él? —pregunta a la ligera.
—¿Qué?
—No te hagas la tonta. ¿Me vas a decir que eres así de territorial con todos tus amigos? —dice burlonamente.
—No estoy enamorada de Nico.
—Pero te gusta. —afirma, no pregunta.
—Tal vez.
Salimos del balneario y su cabello obscuro escurre un poco de agua.
—Solo no lo lastimes —dice seriamente—. Odiaría verlo sufrir nuevamente.
Lo dice con tanta autoridad y sinceridad que solamente puedo asentir.
—Bien —dice, sonriendo nuevamente—. Te deseo suerte en eso.
—Gracias.
—Ahí está mi bella dama —dice una nueva voz, me parece conocida paro no sé el motivo—. Hoy debe ser mi día de suerte para toparme contigo dos veces en un día.
El chico castaño de hace rato esta delante de mí, ligeramente sudado —pero curiosamente, solo lo hace ver más atractivo, hasta diría que sexy—, y una toalla en su hombro.
—Hola…—no recuerdo su nombre. El sonríe al percatarse de ese detalle.
—Hayden.
—Hayden. —repito, tratando de retener la información.
El carraspeo de Reyna hace que voltee a verla, pero la mirada gris de Hayden no se aparte de mí.
—¿No te dirigías a un lugar, Hayden? —recuerda Reyna.
—Cierto —concede el chico—. Te veré luego, Monse.
—Nos vemos. —me limito a contestar, no prometiendo nada.
Hayden se pierde en la entrada del balneario y Reyna voltea a verme.
—Y eso es exactamente lo que debes evitar para no cometer una tontería.
—¿El balneario? —pregunto extrañada.
—En serio, te pareces demasiado a Percy —dice exasperada—. Me refiero a Hayden. Créeme, no quieres involucrarte con él.
Mi mente repasa a todos los "chicos problemas" que he conocido en mi vida —y vaya que son muchos porque tardo en contestar.
—No parece malo. Parece un chico realmente amable.
—Ese es el problema. Hayden ha salido con al menos la mitad de las chicas de todas las cohortes. Créeme, Monse, él solo busca un trofeo más que lucir.
Vaya, es una lástima. Hayden realmente parecía un buen chico.
Alzo la vista y, a lo lejos, veo algo que hace que mi corazón se acelere y mi estómago se haga nudos. Nico está al pie de un árbol, observándonos a Reyna y a mí, esperando el momento para acercarse a nosotras.
—Será mejor que los deje a solas —dice Reyna, dejándonos nuestro espacio—. Recuerda lo que te dije, Monse. No lo lastimes.
Asiento en su dirección y me encamino hacia Nico.
Cuando me acero a él, una ligera sonrisa cruza por su rostro, haciendo que algo revolotee en mi estómago. Es más parecido a un huracán que a las sosas y estúpidas mariposas. Siento mis manos sudar y los nervios me invaden, y eso que aun estoy a cinco metros de él.
—Creo que tenemos una plática pendiente. —dice con voz seria.
Asiento ligeramente, no atreviéndome a ver sus ojos, porque sé que si lo hago, me perderé en ellos y seré incapaz de decir algo coherente.
—Pero tengo que ir a dejar mis cosas a mi cohorte. —trato de escabullirme; comprar algo de tiempo extra.
—Es importante. —insiste.
—Ya tendremos tiempo, Nico. No quiero cargar con esto.
Asiente de forma rígida, mirando a lo lejos.
—Te espero aquí.
Sonrío y, con el poco valor que me queda, me pongo de puntitas y acaricio sus labios con los míos en un beso rápido y pequeño. Me retiro rápidamente y me voy a dejar mis cosas con una sonrisa estúpida cruzándome los labios. Él no dice nada.
Entro a la que será mi morada estas dos semanas y, acaricio mis labios con mis dedos. Aun me siento flotar y, siento como todo en mi interior se revuelve. Para lo que no estoy preparada, es para encontrarme a Percy sentado en mi cama con el ceño fruncido.
—¿Dónde estabas? —comienza a croar— Estoy aquí desde hace horas, Monse.
—¿No tenias algo mejor que hacer?
—No te hagas la graciosita, Monse —entrecierra los ojos de forma acusadora—. ¿Me vas a explicar qué diantres pasó en las mesas? Primero estábamos hablando del mi pobre intento para hacer un movimiento con Annabeth y, cuando veo, estás tragándote la cara de Di Angelo.
—¿Desde cuándo es "Di Angelo", Percy? —digo con escepticismo.
—Desde que se aprovechó de mi hermana menor.
—Percy, él no se aprovechó de mí —aclaro—; y dónde me entere de que le has hacho algo te voy a…
—No le hice nada —dice de mal humor. Enarco una ceja, llena de incredulidad. Él rueda los ojos—. Los demás no me lo permitieron y, Nico salió disparado detrás de ti minutos después.
Frunzo el ceño. Nico nunca me alcanzó.
—Aparte, yo lo besé a él, Percy. Y no me estaba tragando su cara.
—Y de eso vamos a hablar señorita. Y sé lo que vi.
—Pues revísate los ojos.
—Bien, no se tragaron la cara, pero aun así… ¿Nico? ¿Por qué no alguien más?
—¿Cómo quien? ¿Jared? ¿Marco? ¿Connor?
—Connor sale con Miranda.
—¿Con Leo? —una mueca cruza su rostro.
—Me refería a, no sé, Clovis.
—Clovis se pasa todo el día dormido.
—Exacto, no tiene mucho tiempo para los besuqueos.
Pongo los ojos en blanco.
—Eres imposible.
—Y tú una precoz.
—Percy, no es como si le hubiera pedido matrimonio, simplemente lo besé. Y eso ni siquiera cuanta como un beso real. Créeme, nadie se sintió con la necesidad de desviar la vista como cuando tú devoras a Annabeth —reprocho—. Además, debiste suponer que este día llegaría, no pensabas que me convertiría en una monja, ¿o sí?
—No —dice culpable—. Pensé que a los dieciséis considerarías unirte a Artemisa en su pacto pero no a sus cazadoras.
—¿Tienes idea de lo estúpido que suena eso?
Alza su mano, rascando su nuca.
—Era una sugerencia. Es solo que… ¿no crees que seas muy pequeña aun? Quiero decir, sé que no necesitas que esté sobre ti todo el tiempo, pero, no quiero que crezcas tan rápido. —admite.
No puedo evitar sonreírle conmovida. Me siento a su lado y lo abrazo.
—Gracias por preocuparte por mí, Percy; pero esto es lo que quiero.
Pasa su mano por mis hombros y me acerca a su lado. Besa el tope de mi cabeza y frota su mano en mi brazo.
—Me cuesta creer que sea Nico.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada —sonríe—. Pero nunca imaginé que el chiquillo que saqué de aquella escuela militar terminaría siendo mi cuñado.
Siento mi cara enrojecer.
—Percy, no es para tanto. Solamente me gusta, no quiere decir que pasaré el resto de mi vida junto a él. —aunque la idea no me desagrada para nada.
Me mira atentamente a los ojos y, veo cómo una preocupación se desarrolla en ellos.
—Simplemente no lo lastimes, Monse.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque te conozco, y lo conozco a él. Sé que tiendes a explotar fácilmente y decir cosas que no quieres, y sé que él tiene tendencia a culparse de todo. Solo no lo lastimes.
Asiento. Y lo abrazo más fuertemente.
—Tienes mi permiso para salir con él.
Una carcajada sale de mi garganta.
—Gracias, Percy, pero no te estaba pidiendo permiso para hacerlo.
Me frunce el ceño.
—Ya lo sé. Tú eres de las que prefiere pedir perdón que pedir permiso, pero me siento mejor si digo que te doy mi permiso. Al menos concédeme eso, Monse.
—Bien —coincido—. Gracias por darme tu permiso. —digo con sarcasmo evidente.
—No celebres aun, todavía falta la autorización de Tyson. Llega la próxima semana. —anuncia.
Sonrío ampliamente.
—¿Es en serio?
—Sip. Viene a verte. Papá le otorgó vacaciones. Va a venir con Ella. Ya quiero ver cómo lo convences a él.
—Sabes, un frasco de mantequilla de maní soluciona todo con él.
Entrecierra sus ojos nuevamente.
—No debí enseñarte ese truco. —murmura por lo bajo.
Sonrío al ver mi victoria.
—Debo irme. Nico me espera.
—Entonces no te quito más tiempo. Ve a hacer lo que tengas que hacer —sacude la cabeza—. Intenta no hacer nada en mis narices nuevamente.
Beso su mejilla con una felicidad enorme, sintiendo que vibro completamente.
Salgo de la habitación solo para encontrarme con Jason y Frank, ambos esperando a unos metros de la salida; esperando por mí.
¿Qué les pasa a todos hoy? ¿No ven que precisamente hoy no estoy para perder mi día con ellos? Mañana puedo dedicarles unas horas, hoy no. Hoy, hay un chico esperando por mí debajo de un árbol.
—¿Tienes tiempo? —pregunta Jason.
Me muero por contestar que no, pero algo en su mirada me dice que es importante.
—Unos minutos. Nico me espera.
Una enorme sonrisa cruza el rostro del fortachón de Frank. Jason se limita a sonreír ladinamente. No puedo evitar unirme a su alegría. No puedo evitar unirme a la alegría de todos. ¿Qué si Fulanita se alivio de gripa? Hay que celebrar. ¿Qué si Menganito aprobó su examen? Yo me pongo a lanzar confetis. No importa, soy feliz y eso basta.
—No quiero que sientas esto como una advertencia… —comienza Jason.
—Esto no fue mi idea. —aclara Frank.
—…pero, Nico es un buen amigo nuestro y, nos alegra mucho que sean pareja al fin, en serio…
—Repito, esto no es idea mía. Vengo en calidad de acompañante. —se excusa Frank.
Jason le dirige una mirada enojada, pero continua con su discurso.
—Simplemente no le rompas el corazón a mi amigo. No te conozco muy bien, pero lo poco que he convivido contigo me ha hecho ver que eres una chica genial y todo eso; pero los días que te negabas a hablar con los chicos, Nico la pasó muy mal, Leo también —un navajazo pasa por mi pecho, enfriando un poco mi felicidad. Desvío mí vista de ellos—. No te lo reprocho y sé que tenías tus razones, pero no quiero ver a Nico pasar nuevamente por eso. Eso es todo.
Sonrío de medio lado a modo de disculpa.
—Nuca le haría daño de forma intencional, Jason. Puedes estar tranquilo. A Leo tampoco le haría daño. Son mis amigos y, aunque no lo parezca, siempre buscaré que ellos estén bien.
—¿Ves? —le recrimina Frank— Te dije que no era necesario toda esta escena.
—Solo necesitaba asegurarme. —se defiende el rubio.
—Me alegra saber que Nico cuenta con muy buenos amigos —les informo suavemente—. Ahora, si me disculpan, Nico me espera.
—¡Suerte! —grita Frank a mis espaldas.
No avanzo ni diez metros, cuando con mi vista periférica capto a las chicas, corriendo en mi dirección. Apresuro mi paso en un intento de evitarlas, pero ellas son más veloces que yo.
Un gruñido sale de mis labios. ¿No pueden simplemente dejarme llegar hasta Nico? ¿Es mucho pedir? Lo único que quiero es llegar con Nico y probar nuevamente de sus labios.
—Monse —comienza Hazel de forma agitada, tratando de recuperar el aliento—, tengo que hablar contigo.
—¿Es sobre Nico?
—Sí.
—¿Tiene que ver con que no lo lastime?
—Sí. —admite, sonrojándose un poco.
—¿Por qué todos me dicen lo mismo? Me hacen sentir como una bomba de tiempo.
—Lo siento —dice Piper—. Pero no queremos ver a Nico sufrir nuevamente, Monse.
—¿Y yo lo voy a lastimar? —pregunto afectada.
—No —dice Annabeth—. Al menos no de forma deliberada, pero eres nueva en todo esto, y tiendes a ser muy sincera la mayor parte del tiempo. Solo queríamos decirte que pienses antes de hablar —dice conciliatoriamente—. Aclarado eso, no te quitamos más tiempo. Ve por tu Romeo, Julieta.
—No lastimes a mi hermano. —advierte Hazel, dejando de lado el tono juguetón y con una mirada llena de advertencia.
—No lo haré. —prometo.
—Entonces ve por él. —me anima, nuevamente con una sonrisa.
Casi corriendo, y temerosa de que alguien más me detenga. Y, juro que si alguien más se atraviesa en mi camino, no tendrá un final feliz.
Los alrededores llenos de prados domesticados, mezclados con la contemporaneidad de la ciudad, le dan al lugar un aspecto curioso. Es como si estuviera en una de esas películas distópicas donde todos son felices que le encantan ver a Leo, solo que en esta versión, todos cargan con armas y hay peluches destripados…, creo que no es del todo igual a esas películas.
El sol esta ocultándose en el horizonte, iluminándolo todo de color naranja-rojizo. Puedo sentir el río fluir a varios metros de mi posición, y la brisa refrescando el lugar.
Alzo la vista y me encuentro con la figura de Nico recargado en el mismo árbol que prometió. Una sonrisa cruza mi rostro y, la alarma que hay en mi cabeza se vuelve a encender al saberlo cerca. Me siento como una maldita patrulla de policía con una sirena en la cabeza. Soy ridícula.
Levanta la mirada y me encuentra, pero no me ve a los ojos; simplemente se limita a observar algo más allá de mí.
—Hola. —sonrío.
—Tenemos que hablar. —se limita a decir.
Asiento extrañada y tomo su mano, entrelazando nuestros dedos. Noto la rigidez que se apodera de su mano, pero la ignoro.
—Nico, si es por Percy, yo ya hablé con él. —explico.
—No tiene que ver con Percy —mira nuestras manos entrelazadas y aparta la suya de la mía—. Tiene que ver contigo. Con esto. —nos señala.
Esas palabras lo único que provocan es helarme la sangre, cortando mi felicidad de raíz.
—¿Con nosotros? —murmuro.
Me mira de una manera que no puedo descifrar y suspira por lo bajo.
—No puede haber nada entre tú y yo, Monse. —es lo único que sale de sus labios. Esos labios que hace unos momentos me hicieron la chica más feliz del mundo, ahora me aplastan contra el suelo.
—¿Por qué? —es lo único que mi boca es capaz de decir.
Puedo ver la indecisión en su mirada. Indecisión de si podré soportar sus palabras.
—Porque no.
—Esa no es una razón. —digo testaruda.
Tendrá que esforzarse más si quiere que desista. No dejaré que me haga de lado solo porque le tiene miedo al cavernícola de mi hermano.
Cierra los ojos con pesar y lo sé. Sé que lo que va a decir no me va a gustar.
—Porque no me gustas. —murmura.
Eso es todo. Dejo escapar el aire en mis pulmones y siento una opresión en el pecho. Una opresión que, a pesar de que he sentido dolor emocional antes, esta es una nueva clase de dolor. Este es el dolor que provoca un corazón roto. Nunca pensé que fuera una frase literal. Creo que hasta al campamento mestizo escucharon mi corazón quebrase en miles de trocitos diminutos.
—Oh.
—No es que… Simplemente no te veo de esa forma, Monse. —susurra.
—Pero tú… Tú dormiste conmigo. —le acuso.
Nuevamente dolor. Dolor por mis acusaciones. Desvía la mirada, no atreviéndose a verme a los ojos.
—No lo hagas más difícil, Mare Starlet.
—No me digas así. Yo… yo pensé…
¿Qué pensé? ¿Qué solo porque un chico era lindo conmigo significaba algo más? Me siento tan estúpida. Si hay un premio a la estupidez, la ganadora debo ser yo. Incluso deberían levantarme un maldito altar. ¿En qué cabeza cabe que puedo gustarle a alguien?
—Lo siento, pero no.
Siento mis ojos nublarse a causa de las lágrimas y, antes de soltar una, desvío mis ojos. No voy a llorar. Suficientemente es que quede como una tonta necesitada de amor frente a Nico como para encima lloriquearle. No lo haré. No le daré lástima. Mi poco orgullo no me lo permite.
—¿Por qué? —salen las palabras sin mi permiso.
¡Maldito cerebro!
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no te gusto?
—Monse…—sus ojos torturados me suplican que pare, pero yo soy una masoquista de mierda.
—No. No lo digas, ya sé la respuesta —sonrío tristemente—. Sé que no inspiro esa clase de sentimientos. No hay problema. —me abrazo a mi misma en un intento de mantenerme unida hasta que él se vaya y me pueda derrumbar plenamente.
Una mirada cargada de dolor se asoma en sus ojos y, por un segundo, solo por un pequeño segundo, tengo la impresión de que no quiso decir nada de lo que dijo, pero ese segundo termina, y sus palabras aun retumban en mis oídos, rebanado mí pecho en trocitos.
—No vuelvas a decir eso, Monse —lleva su mano a mi mejilla, acariciándola en círculos y, por muy estúpido que suene, mi corazón roto late rápidamente, bueno, todos mis trozos de corazón laten desaforadamente—. No llores por mi culpa.
Hasta ese momento, soy consciente de la lágrima que resbala por mi mejilla. Hasta ahí llego mi plan de no llorar frente a él.
—No me gusta verte llorar.
Pues no me hagas llorar, estoy punto de decirle.
Cierro los ojos con pesar, con coraje hacia mí misma.
—No te hagas el que te importa. —recrimino.
—Me importas, Mare —para abruptamente—, Monse.
—Al parecer no lo suficiente.
—Eso no lo sabes, Monse. Yo…
—Tú nada, Nico. Tú… pensé cosas que no era por tu culpa.
—No era mi intención.
—Tal vez, pero me hiciste daño —replico con voz rota—. ¿Cuál era tu necesidad de hacerme creer algo que no era?
—Por favor, no llores por mí. No llores —ruega. Ruega y yo estoy dispuesta a hacer lo que él me pida—. Esto es lo que quería evitar.
Bajo a la mirada, avergonzada de estar frente a él. Avergonzada de ser débil. Sintiéndome humillada y estúpida por crear historias absurdas en mi cabeza.
—Aun podemos ser amigos. —dice en voz baja, matando mis últimas esperanzas.
Amigos. Él solo quiere ser mi amigo cuando yo quiero ser algo más. Él solo me ofrece amistad cuando yo necesito algo más. Él me ofrece pan cuando yo muero de sed.
—No puedo ser tu amiga, Nico. No puedo —soy sincera—. No ahora.
Se acerca a mí con la intención de abrazarme, pero sé que si lo hace, mi corazón pulverizado pasará a incendiarse; así que me alejo de él. Nico lo nota y una mueca grabada en dolor aparece en su rostro. Yo muero por calmar su dolor, pero ¿cómo calmo su dolor si no puedo calmar el mío?
—Perdón…—una disculpa en sus ojos, un veneno letal en sus palabras.
—No te preocupes. —contesto simplemente, porque las palabras de Percy llegan a mi mente: Nico tiene a culparse de todo.
Lo último que quiero, es que él se sienta culpable por mis estupideces.
Sé que no podré retener las lágrimas por mucho más tiempo, así que decido marcharme a ahí; buscar el oxigeno que me hace falta en los pulmones, y por primera vez, revolcarme en autocompasión.
Doy media vuelta y lo dejo ahí plantado.
Escucho que me llama por mi nombre, pero lo ignoro. No tengo el valor suficiente para estar con él. No soy tan valiente.
Camino y camino, hasta que caigo a causa de las molestas lágrimas que nublan mi vista. No sabía que las decepciones amorosas dolieran tanto. Esto duele como la mierda. Estaba muy bien hasta que mi estúpido corazón decidió hacer cosas estúpidas cada vez que miraba a Nico. Debí haber dejado esos sentimientos en el sótano, encadenarlos, fundir la llave y poner un muro de tres metros de concreto como dije hace unos momentos y, coserme la maldita boca o, como mínimo, no ponerla donde no debía.
Pero claro que Nico no quiere nada conmigo; apenas ayer estaba con el lívido por los cielos, buscando a alguien que la saciara, obviamente Nico no quiere verse involucrado con una chica así, él merece algo mejor. Por mucho que duela, él merece algo mejor que yo. Yo estoy jodida, estoy loca, tiendo a no pensar mucho antes de actuar. Soy una maldita bomba de tiempo ambulante.
Me tambaleo un poco más pero sigo caminando sin rumbo fijo; lo único que quiero, es escapar de todo esto. Escapar de este dolor, de esta decepción, de esta desilusión.
Choco con algo y caigo nuevamente al suelo.
—Lo siento, no te vi. ¿Te encuentras bien?
Ni siquiera contesto, estoy tan concentrada en huir que no me importa.
—Hey, ¿estás bien? ¿Pasa algo? ¿Monse, te encuentras bien?
Unos ojos grises se encuentran con los míos y la preocupación se asoma en su iris.
—¿Qué tienes? —pregunta Hayden.
Niego con la cabeza.
—Nada. Quiero estar sola.
Una sonrisa triste se asoma en sus labios carnosos.
—Lamento decirte que vas en la dirección equivocada. Vas rumbo a la ciudad. ¿Quieres que te acompañe?
—No soy buena compañía en estos momentos.
—Entiendo —suspira—. Hacia tu izquierda, a unos doscientos metros te toparas con el río. Camina hacia el sur y encontrarás unas rocas enormes. Ese es un buen lugar para pensar, casi nadie va ahí.
Asiento quedamente, agradeciéndole y me alejo.
Unas enormes rocas me protegen del mundo exterior. Lloro. Lloro, esperando expurgar mi dolor. Es como si me estuvieran rompiendo por dentro. No sé cuánto tiempo estoy ahí, pero de repente, tengo frio y mi piel está helada.
Unos brazos me cubren pero no son los que deseo. Ni siquiera me molesto en alzar la vista porque reconocería estos brazos incluso muerta.
—¿Cómo sabías dónde estaba?
—Me topé con un chico, él me dijo que te envió para acá.
Volteo a verlo y me aferro a él. Percy se limita a abrazarme y a atraerme a su pecho.
—¿Tan mal te fue?
Sollozo aun más.
—No pensé que fuera a suceder así, Monse. Pensamos que…
—¿Por qué, Percy?
—Porque Nico es un imbécil. Nico es el más grande imbécil de todos.
A pesar de todo, rio. Supongo que estoy al borde de uno de mis ataques.
—Es curioso que todos me advirtieron que no le hiciera daño.
—¿Todos? —me interrumpe.
—Leo, Piper, Hazel, Frank, Reyna, Annabeth, tú. Me lo dijeron como si fuera una maldita bomba de tiempo a la que solo le quedan segundos para explotar —alzo la vista de su pecho y lo veo a los ojos—. ¿Por qué no le dijeron lo mismo a él? ¿Por qué no le dijeron que no me lastimara? —incluso yo noto lo rota que suena mi voz.
Eso lo desarma.
—Oh, Monse —me abraza aun más—. Realmente pensamos que él… bueno, que él y tú…
—Ya no importa, Percy. Tampoco puedo obligarlo a que me quiera.
—No lo necesitas. El chico es un idiota. No necesitas a un idiota. Puedes conseguir a quién quieras.
—Pensé que te alegrarías.
—¿De qué cosa?
—De que Nico me haya rechazado. De que siguiera siendo la hermana menor.
—Jamás me alegraría de verte así, Monse. Quiero lo mejor para ti, y si eso incluye a un chico, no me queda más que soportarlo. Incluso si ese chico era Di Angelo. —dice con coraje.
—No le hagas nada, Percy.
Él se queda en silencio.
—Prométeme que no le harás nada, Percy. Aun es mi amigo.
—Mira cómo estas. No me gusta verte así, revolcándote en autocompasión. Tú no eres así. Tú deberías estar exigiendo su cabeza después de mandarlo al carajo.
Me encojo de hombros.
—No me siento como esa chica en estos momentos.
—Prefiero a esa chica que a ésta —dice, y maldita sea, duele que tu hermano te diga eso—. Maldita sea, Monse, ¿desde cuándo lloras por un chico? ¿Cuándo te convertiste en la clase de chicas que llora porque la rechazó un chico? Eres mejor que eso.
—Lo dices porque nunca te has sentido como yo.
—Yo también tuve tu edad.
—Pero Annabeth no te rechazó. ¿Cómo te habrías sentido si ella te hubiera dejado? —le reto.
Me mira por un largo segundo y la comprensión llega a él.
—No es lo mismo. Yo haría lo que fuera por ella y ella por mí, Monse. Ella y yo tenemos historia. Nico es solo un capricho del momento. Te vas a volver a enamorar, créeme.
—Es que no quiero. Lo quiero a él.
—Lo sé. Pero tal vez no están destinados a ser.
—¿Y desde cuando crees tú en el destino?
—Bueno, tienes razón, pero hay cosas que no deben pasar. Tal vez ésta es una de ellas.
—Pero yo quería que pasara.
—Pero no es así —zanja.
Limpia mis lágrimas y noto su mano lastimada.
—¿Qué te pasó? —examino su mano y noto sus nudillos mallugados.
—Nada. —contesta rápidamente, quitando su mano de entre las mías.
—¿Qué tan estúpida crees que soy para creerte esa mentira? —enarco una ceja. Él desvía su mirada.
—Le enseñé a Nico una lección. —refunfuña.
Lo miro escandalizada. ¡Santo Poseidón enlatado!
—¡¿Qué le hiciste?
—Le enseñé kick boxing.
Abro los ojos asombrada.
—¡Dijiste que no le ibas a hacer nada!
—Y no lo he hecho desde que lo prometí hace tres minutos. —se defiende.
—¡Eres un bárbaro!
—¿Te enojas conmigo? ¡Él fue el idiota que te rechazó!
—Tendrá sus razones. Él nunca me prometió o insinuó nada.
—¿Qué no te insinuó nada? Carajo, Monse, todos nos dábamos cuenta de que algo pasaba ahí. —me echa en cara.
Al menos, ahora sé que no mal interpreté las cosas. No sé si eso me debe hacer sentir mejor o peor. Creo que me hace sentir peor.
Le doy un zape. Un zape de los buenos.
—Ouch. ¿Él es el que te rompe el corazón y aun así soy yo el que recibe los golpes?
—No debiste hacer eso. Él es tú amigo.
—Y tú mi hermana.
Pongo los ojos en blanco.
—Aun así. Son problemas míos, Percy. No quiero que tengas problemas con él por mi culpa.
—Pues no debió…
Lo callo porque es muy doloroso volver a recordar su rechazo.
—No vamos a discutir esto, Percy.
Me mira con el desafío gravado en sus ojos verdes pero aun así asiente renuentemente.
—Bien. Pero no te quiero cerca de él.
—Percy, no lo voy a golpear.
—Eso lo sé. Pero no te quiero cerca de él.
No tengo ganas de estar cerca de él. Lo quiero lo más lejos de mí porque, sé que si lo tengo cerca, haré una locura, como besarlo nuevamente. Eso sí sería una estupidez.
.
. . . . .
.
Percy se encargó de distraerme. Por increíble que parezca, volvía a reír. Incluso me convenció de que no era el fin del mundo; que aun soy muy joven y que hay más peces en el agua; por muy estúpida que suene la metáfora.
Todo eso queda en el olvido cuando me topo con Nico nuevamente para la hora de la cena. Todo el lavado de coco que invirtió Percy en mí se va a la mierda.
En cuanto Nico entra en mi campo de visión, el usual huracán se forma en mi estómago, mi boca se seca y mis manos sudan. Mi mente queda en blanco y siento mis mejillas sonrojarse.
En un momento de lucidez, lo paso de largo y me siento en una de las barracas, a la espera de que él me ignore y no tenga que preocuparme por él. Como es obvio, no tengo suerte. Leo decide sentarse a conmigo y con él, Nico queda sentado frente a mí.
—Hola. —saluda como si nada. Un ligero moretón en su mejilla me advierte de su encuentro con Percy.
¿Me habla a mí? Volteo a ver detrás de mí por si hay alguien detrás pero, no. Solo estoy yo. Ahora he quedado como una tonta. Debería escribir un libro: Cómo quedar como una estúpida frente al chico que te gusta. Si es tuviera basado en mis experiencias, sería todo un best seller.
—¿Qué hay? —murmuro, clavando mi vista en mi plato nuevamente.
Leo decide hacerse el tonto y comienza una plática con el pobre chico a un lado de él. El chico tiene hiperactividad incontenible que parece le reventará la cabeza en cualquier momento y unos bigotes pintados por el agua azucarada que no deja de beber. Solo espero no tener esos bigotes pintados en mi rostro.
Nos quedamos en silencio. Un silencio pesado y abrumador. A pesar de estar rodeados de semidioses, la incomodidad que emanamos es perceptible hasta para un ciego.
—Monse, yo…
Siento mi corazón revolotear al escucharlo pronunciar mi nombre. ¡Estúpido corazón!
—Ahí estás —llaman nuestra atención—. Monse, tú hermano me mandó por ti.
Hayden sonríe de forma amable y espera mi respuesta pacientemente. Leo levanta la cabeza y le frunce el ceño claramente disgustado. Nico se queda en silencio, esperando mi respuesta. Yo solo puedo maldecir el chico de ojos grises frente a mí.
—Dile que voy en unos minutos.
—Me dijo que era urgente y que no regresara sin ti.
—Bien. —acepto derrotada.
Hago mi plato intacto de lado y me pongo de pie, siguiendo a Hayden en silencio. Cuando nos perdemos entre los demás semidioses, Hayden desacelera el paso, acoplándose al mío.
—De nada. —dice, con una sonrisa triste en los labios.
—¿Eh?
—Me enteré de tu intento fallido de "Friendswith Benefits" *—explica—. De nada por rescatarte. Sé lo difícil que puede ser…
—No necesitaba de tu ayuda. Estaba por hablar con Nico…
—Y él iba a pretender que nada pasó. —explica de forma lenta, como si yo fuera una retrasada.
—Eso no lo sabes. —replico molesta.
Él ríe.
—Claro que lo sé. Es lo que yo hago todo el tiempo.
—No todos son unos patanes como tú. —le echo en cara.
—Y esto me gano por ser buena persona —suspira exageradamente dolido—. Mira, te hice un favor —dice con diversión en los ojos—. Él es hombre, por lo que iba a hacer lo que todos los hombres hacemos en estos casos: fingir que nada pasó; y tú eres una mujer enamorada, por lo que ibas a hacer lo que toda mujer enamorada hace: perdonar su falta y desvelarte pensando que quizás mañana él cambie de opinión. Lo hice por tu bien. Si un hombre te dice: "Es mejor ser amigos", solo le interesa ser tu amigo, Monse. Esto no es un cuento de hadas en el que él se da de topes porque te ha dejado ir, esto es la vida real. O le interesas, o no le interesas. No hay otra.
—¿Por qué me lo explicas?
Rasca su nuca y se encoge de hombros.
—No lo sé. Tómalo como un intento de redención, tal vez.
—No lo iba a perdonar. Y no tenía pensado desvelarme. —le informo poco convencida.
Hayden enarca una ceja y sonríe de lado.
—Créeme, lo ibas a hacer.
—¿Por qué eres amable conmigo, Hayden? Sabes que no voy a caer en tus redes, ¿verdad?
Carcajea y, su risa retumba a los alrededores.
—Monse, sí quisiera que calleras en mis redes, ni siquiera te darías cuenta hasta que fuera demasiado tarde. Además, no sabrías que hacer conmigo. —bromea.
—Y supongo que la humildad es una de tus muchas cualidades. —replico con sarcasmo.
—Monse, los únicos con derecho a ser humildes, son las personas feas. Así que tú y yo podemos ser tan petulantes como queramos.
Pongo los ojos en blanco.
.
. . . . .
.
Me había prometido no ser una chica que llora toda la noche a moco tendido porque la rechaza el chico que le gusta. Falle rotundamente. En la noche que estaba sola —sin Percy a mi alrededor—, me permití llorar de impotencia. Me miré en el espejo y me pregunté qué es lo que me faltaba para gustarle a Nico. No supe lo que era.
Amanezco con los ojos hinchados y lagañosos. Los demás, desvían la mirada de mí y comienzan a tender sus camas de forma automática. Los imito y, cuando despunta el alba, ya estamos fuera, encaminándonos a nuestros deberes.
Las chicas y yo ayudaremos en la armería. Ninguna dice palaba sobre Nico. Hazel incluso luce apenada al verme. Le había faltado poco para poner un cuchillo en mi garganta y decirme que no lastimara a su hermano. Ahora pienso que Percy debió hacer lo mismo a Nico hace meses, así nos habríamos evitado todo esto.
—Monse ¿qué dices? ¿Nos vas a acompañar en la tarde? —pregunta Piper con una sonrisa alentadora.
—No me siento con muchas ganas de ir a comer hamburguesas.
—Pero son tus favoritas. —anima Annabeth.
Me limito a encogerme de hombros y continúo apilando cajas.
—Será una tarde de chicas. Vendrá Reyna y Gwen. También irán unas compañeras de mías. —persuade Hazel.
—No, gracias. Iré con Leo a ver si quiere hacer algo. —miento. No quiero estar con Leo tampoco.
Tomo una nueva caja y la apilo en el montón.
—Creo que deberías salir. —opina Piper por lo bajo.
Yo ignoro el comentario.
—No deberías encerrarte por lo que pasó. —murmura Annabeth.
Yo sigo de espaldas a ellas, así que no pueden ver mi mueca, pero me quedo congelada ante el recuerdo. Tardo un segundo de más en reaccionar y continuar con mi labor.
—Mira, si el lento de mi hermano te dijo que…
—Chicas, agradezco su intento de animarme, pero no estoy de humor —les freno en seco—. ¿Podríamos cambiar de tema?
—No era nuestra intención, solo queríamos distraerte…
—Peque, necesito tu ayuda. —llega Leo a rescatarme.
Su cabello normalmente desordenado se encuentra peinado y, su ropa inmaculada. No puedo evitar mirarlo de pies a cabeza. Ese no es mí Leo.
—¿Y a ti qué te pasó? —pregunto.
Leo se limita a tomar la caja de entre mis manos y dejarla caer al suelo.
—De eso te quería hablar. Lo siento, chicas, pero tendrán que terminar sin ella. Es una emergencia.
—Ajá —replica Piper—. Supongo que esa "emergencia" tiene nombre y apellidos.
—Tal vez, Reina de belleza. Tal vez. —contesta apurado, sacándome de la armería y dejando a las chicas con la palabra en la boca.
Una vez a salvo, nos quedamos parados uno frente al otro. Cruzo mis brazos a la altura de mi pecho y espero una explicación.
—Tienes que prometer ayudarme en lo que puedas, Peque. Por favor, estoy desesperado.
—¿En qué podrías ayudarte, Leo?
—Tú eres la única que puede ayudarme con esto.
—¿Qué es? —pregunto realmente preocupada esta vez.
—Ayúdame a hacerme amigo de Reyna. —suelta.
Lo miro con molestia.
—¿Y eso era la emergencia? Pensé que era algo grave, Leo. —golpeo su hombro.
—Es una emergencia para mí.
—Ay, Leo.
—Y serás mi mejor amiga por el resto de la eternidad.
—Con la eternidad no se juega.
Sonríe alegre.
—¿Lo harás? Dime que lo harás, Peque. Solo habla bien de mí. A cambio, le daré unos zapes a Nico por no haberte dicho…
—Leo, no es necesario —le corto.
—Pero es que tú no sabes lo que él…
—No me interesa.
—Pero él iba a decirte que en rea…
—Leo, Nico dijo que lo tenía que decir ayer.
—Pero él tiene mie…
—Si quieres que te ayude no volverás a tocar el tema. —zanjo.
—Bien. —acepta derrotado.
—¿Y qué se supone que voy a decirle, Leo? Destruiste su amada ciudad. Tienes suerte si no te arranca la cabeza y la cuelga como trofeo,
—Pero eso no fue mi culpa, Peque. Estaba…
—Poseído. —termino por él. He escuchado esa historia tantas veces que juro me la sé de memoria.
—Exacto.
—Bien. Veré que me invento. —coincido.
Frunce el ceño.
—¿Por qué inventar algo? Podrías decirle de mi gran personalidad, o de mi ingenioso sentido del humor, o mejor aún, de mi asombrosa buena apariencia.
—Como dije, Leo; me inventaré algo. —bromeo.
—Jum. Con estas amigas para qué quiero enemigas.
—No me tientes, Valdez.
—Está bien. Me callo.
—¿Por qué yo, Leo? ¿Por qué no pedírselo a Annabeth o Piper, o Hazel?
Leo adquiere un color rojo en las mejillas y desvía la vista.
—Porque ya lo han hecho antes y Reyna termina rechazándome nuevamente. —masculla.
No puedo evitar reír.
—Bien, bien. Trataré de ayudarte.
—Esa es mi chica.
—No soy tu chica.
—Lo sé, eres la chica de…
—Leo. —advierto.
—… ¿los favores?
—Veré que puedo hacer, Leo. No te prometo nada. —digo alejándome.
— ¡Tal vez quieras ir a esa tarde de chicas! —grita mis espaldas.
Mi amigo debe estar desesperado como para pedirme a mí que hable bien de él con Reyna.
.
Por increíble que suene, la tarde de chicas es genial. Es divertido pasar tiempo de calidad con mujeres que comprenden los temas femeninos. Por ejemplo; no sabía que había un estándar para calificar a los chicos. Eso me lo enseñó Gwen. Al parecer, ella tiene una clasificación para ello. Hazel nos dice lo escandalizo que es este siglo y, que muchas veces somos unas libertinas de lo peor. Piper habla abiertamente de sus problemas hormonales que ha sufrido estos últimos días. Las compañeras de Hazel intercambian consejos de maquillaje. Reyna y Annabeth, hablan de chicos que no conozco, alabando sus cualidades.
Es liberador no estar solamente rodeada de chicos y poder hablar de mis problemas femeninos libremente. Finalmente, hay cosas que solo puedes decirle a otra chica.
Mientras tomo una blusa del montón sin verla por completo, Gwen se acerca a mí, observando sobre mi hombro.
—El amarillo no es tu color. Prueba con el morado. —opina.
—Uh, gracias.
—No hay de qué.
Dejo la blusa y me alejo de eso. Prefiero usar lo que mande Afrodita, así le echo la culpa a ella cuando me mire mal. A acepción de pantalones. Pantalones sí llevo porque al parecer esos escasean en el Olimpo.
Reyna examina algunas ropas del aparador y decido que es mi oportunidad. ¿Qué es lo peor que puede hacerme a mitad de una tienda? ¿Ensartarme un gancho en el ojo?
—¿Tienes un minuto?
—Seguro. —contesta—. ¿Cuál te gusta más, en azul o en coral? —pregunta, sosteniendo ambas prendas y colocándolas sobre su piel.
—El coral.
—Tienes razón. ¿De qué quieres hablar? ¿Es sobre Nico? Porque no tengo mucha experiencia en esos temas…
—No —le corto algo mosqueda—. Es sobre otra cosa. Verás…
—Déjalo.
—¿Qué cosa?
—No puedo creer que ya te haya enviado a ti también.
—No sé de qué…
—Monse, me agradas —explica algo irritada—, pero dile a Leo que deje de enviar mensajeros para que hablen bien de él conmigo, ¿estamos?
—Pero yo…
—No. Si el chico quiere hablar conmigo, que se dirija con el senado para acordar una reunión directa.
—¿Por qué no simplemente hablan en la cena?
—Porque no quiero nada que tenga que ver con él. —termina, tomando una blusa color verde.
—Lucharon juntos, Reyna. Eso debe darle puntos, ¿no?
—No. —dice con simpleza.
—Pero…
—Te ofrezco un trato. Si eres capaz de vencerme en un cuerpo a cuerpo, hablaré con él.
Abro mis ojos a lo imposible.
—Sabes que no podré hacerlo. —replico, recordando su entrenamiento con los dos mastodontes.
—Lo sé.
—Eso no es justo.
—Es el trato. Tómalo o déjalo.
—Si acepto, ¿puedo tener varias oportunidades?
—Dos solamente.
—Hasta que lo consiga.
—¿Y qué gano yo?
—Un muñeco vivo de entrenamiento.
Suelta una carcajada.
—Bien —acepta divertida—. Debes querer mucho a tu amigo para aceptar esto.
—No tienes ni idea. ¿No crees que eso algo bueno? No todos hacen esto por sus amigos…
—Corta el sermón. No va a funcionar.
—Bien. —me rindo.
—Te veo mañana en el ruedo a las tres. Se puntual.
Toma las prendas y va a pagar.
No sé por qué, pero tengo la sensación de que he firmado mi sentencia de muerte. Tonta Monse.
Pago los tres pantalones que tomé y cargo mi bolsa, lista para darle las buenas nuevas a Leo…, buenas para él.
Lo primero que hago al regresar a las cohortes, es buscar a Leo por todos lados. Hayden me informa que está en el pequeño prado junto al río y salgo disparada a buscarlo.
Cuando lo encuentro, no estoy preparada para lo que veo. Nico y él sostienen una conversación muy acalorada. Yo aun no estoy lista para estar cerca de Nico; no después de que Hayden me quitara la venda de los ojos.
Siento mis rodillas temblar y el aire abandona mis pulmones de golpe. Nico tiene una mirada furiosa que arrebata el aliento. ¿Acaso podría ser más hermoso?
—Tienes que decírselo. —dice Leo.
—¿Qué caso tiene? Dije lo que es mejor para todos. —le corta Nico, dando vueltas como león enjaulado.
Llámenme chismosa, pero yo quiero saber de qué hablan. Me escondo detrás de uno de los árboles de los alrededores y aguzo el odio.
—¿Nico, qué caso tiene? Solo dile que lo sientes y que te dé una oportunidad, apuesto a que…
—No. —le corta.
—Mira —dice Leo, un poco más acalorado—, no me hice un lado para que la rechazaras, Nico. Te dejé el camino libre con ella y aun así no lo aprovechas. —le recrimina.
Los estúpidos trozos de mi corazón magullado dan un vuelco al comprender que hablan de mí.
—No puedo. No puedo arriesgar nuestra amistad, yo…
—No me vengas con estupideces, Nico. Sabes que eso no te importa. Llevas meses, meses, diciéndome que te gusta. ¡Te besó! ¡¿Qué carajos pensabas al rechazarla?! ¿Tienes idea de lo que hiciste? ¡Le rompiste el corazón a la pobre!
—Es lo mejor…
—Y una mierda, Nico. Te di pase libre. La alenté a acercarse a ti —se acerca a él, acorralándolo—. Te ayudé en todo lo que pude para que estuvieras cerca de ella. Le dije que estaba enamorada de ti para acelerar las cosas, ¿y así me pagas? ¿Rechazándola?
Nico desvía la mirada hacia mi lado opuesto y, yo presto más atención.
—No puedo, Leo.
—Maldita sea, Nico. Hablé con Martin, su compañero de habitación. ¿Sabes qué me dijo? Dijo que durmió llorando. No me hice a un lado para que hicieras esto. Pensé que realmente te gustaba.
—Y me gusta. ¿Crees que de no hacerlo me comportaría así con ella? Es solo que…
Pum. Mi corazón se vuelve a armar ante esa frase. Solo necesite esa frase para recuperar la esperanza de que no todo está perdido.
—¿Es solo que qué?
—¡Es por Elena Gilbert! —se rinde.
Leo se congela en el acto, mirándolo con incredulidad. Yo siento como mi corazón vuelve a desintegrarse a añicos nuevamente.
—¿Elena Gilbert? ¿De qué carajos hablas? —pregunta sin comprender, perdido en la conversación.
Un recuerdo viene a mí en forma de latigazo. Una conversación en un túnel olvidado por los Dioses, después de nuestro fatídico encuentro con Aletheia. Es como si mi cerebro estuviera programado para recordar todo lo que ha dicho Nico desde que lo conocí.
—Todos abrimos la bocota allá atrás, Nico. Lo que nos lleva a ti nuevamente —dijo en tono burlón, y pude imaginarme su sonrisa traviesa—. ¿Es cierto?
— ¿Qué cosa?
—Lo que dijo, que te gusta alguien más.
Puse más atención a esa parte de la conversación. Pueden llamarlo curiosidad morbosa.
—Claro que no. —susurró tajantemente.
—Oh, vamos. Esa cosa no mentía. No puedo creer que no me lo contaras; guardé el secreto desde que me enteré, pensé que confiabas en mi Nico. —dijo fingiéndose el ofendido.
—No sé de qué me estás hablando.
—Ya, dime, ¿quién es? Dijo que eran parecidos, pero no se me ocurre nadie más que… ¡Mierda!
—Dioses —masculló Nico un tanto avergonzado.
—Viejo, eres Elena Gilbert.
Fruncí el ceño. ¿Quién rayos era esa tal Elena y porque no la conocía?
—Leo, solo cállate. Y no soy Elena Gilbert.
—Oh, pues créeme que no eres Katherine Pierce. —se burló.
Elena Gilbert. Después de esa tarde, jamás la habían mencionado nuevamente, y yo no pregunté porque, ocurrían muchas cosas y no estaba para meterme en ese tipo de dramas.
Mi corazón se estruja nuevamente en mi pecho y siento que arde. ¿Cómo es que conseguí que me partiera el corazón en dos días seguidos? Esto debe ser un nuevo record.
Le gusto, pero no lo suficiente como para estar conmigo. Le gusto, pero le gusta más esa tal Elena.
Una risa irónica sale de mis labios y ellos dirigen las miradas hacia mi escondite. Sin molestarme más en si soy descubierta o no, me recargo totalmente en el tronco del árbol.
—¿Monse? —pregunta Nico, blanco como cal. Una mirada de miedo cruza sus ojos y, por un momento, me dejo envolver por ellos, pero el nombre de Elena vuelve a mi mente, enfureciéndome como nunca antes.
Leo nos mira de hito en hito, esperando las barbaridades que voy a soltar.
—Jugaste conmigo. —afirmo, no pregunto.
—No es lo que crees —se defiende. Yo no quiero escuchar—. Puedo explicarlo.
Me rio de mi misma. Me rio por haber sido una completa estúpida. Obviamente Nico no se iba a fijar nunca en mí. Al menos no para algo serio.
Todo este tiempo preocupándome por Rachel, Reyna, Lucy, y resulta que nunca fue ninguna de ellas. Todo este tiempo fue una chica a la que mencionó una sola vez. ¡Rayos! Ni siquiera la conocía y ya deseaba que la partiera un rayo. Sí, así de egoísta soy.
—¿Me vas a decir que no te gusta esa tal Elena? ¿Qué estos últimos días solo has sido lindo conmigo porque si? Porque puede que no sepa mucho de relaciones, pero sé cómo funciona el cortejo, Nico. Me insinuabas cosas mientras estabas enamorado de esa tal Elena.
Una linda sonrisa divertida cruza sus labios perfectos; perfectos para mí.
—Celosa, Mare Starlet. —pregunta, con una satisfacción y un brillo en sus ojos.
Hasta ahí llega mi paciencia. Hago algo que nunca creí hacer en mi vida. Abofeteo a Nico Di Angelo. Le cruzo la cara con la palma de mi mano. Enrojeciendo su ya amoratada mejilla.
Nico se sostiene la mejilla ya mallugada y, antes de que le haga algo más, siento las manos de Leo tomarme por la cintura en un intento de que no cometa asesinato en primer grado.
—¡Eres un maldito! ¡Jugaste conmigo! ¡Suéltame, Leo!
—No hasta que te calmes.
—¡Estoy calmada, ¿no lo ves?! ¡Transmito paz!
Nico solo me observa y puedo ver dolor en su mirada. Yo le enseñaré lo que es el dolor en cuanto Leo me suelte. Le causaré tanto dolor que deseará que haya sido Percy el que lo golpeó.
—Si me escucharas entenderías que…
—No quiero escucharte. No quiero verte. Te odio, Nico. Hubiera esperado eso de cualquiera menos de ti. —digo fuera de mi.
Su semblante dolido me lastima, me duele porque soy yo quien le causa aflicción. Sé que es ilógico porque hace segundos solo quería causarle dolor y ahora quiero evitárselo. El amor nos vuelve las criaturas más irracionales del mundo.
Forcejeo con Leo en un intento de que me suelte. Lo único que quiero, es estar lo más alejada posible de Nico.
Leo me deja libre ante el asentimiento de Nico y, él trata de acercarse a mí pero yo me alejo.
—Pensé que eras diferente.
—Soy diferente…
—Sí, eres peor. Eras mi amigo —me lamento—. Nunca pensé que me harías algo así. Por un momento realmente pensé que tú… que yo podría…—niego derrotada.
—Soy tu amigo, Mare Starlet. Solo quiero lo que es mejor para ti, y yo no estoy incluido en eso. —dice mirándome a los ojos con persistencia y, ahí, en esos iris obscuros, puedo ver preocupación latente, puedo ver devoción y cariño.
—Y aun así jugaste conmigo. Vaya forma de preocuparte por mí.
—Mare…
—No. No quiero escucharte. No quiero escuchar tus mentiras. Solo déjame en paz. ¿Quieres lo mejor para mí? Entonces mantente alejado.
Esa respuesta no se la esperaba. Su rostro me dice que no se la esperaba porque el semblante agónico consume su rostro y, sé que es algo que quedará en mi memoria para siempre.
—Lo haré. —contesta en un susurro roto.
Es ahí cuando lloro internamente. Esta es la separación definitiva entre Nico Di Angelo y yo. Hasta aquí llegó nuestra amistad y mis esperanzas de lo que pudo haber sido.
—Tienen que estar bromeando —llama nuestra atención Leo, recordándonos que sigue con nosotros—. ¿Me van a decir que esto es todo? ¿Realmente son tan estúpidos como para seguir con todo esto? ¡Maldita sea! Si siguen con esto, entonces lo merecen por idiotas.
Yo solo volteo a verlo y, noto como toda la alegría se ha extinguido en mí ser.
—Te conseguí una oportunidad con Reyna. Pero no va a ser fácil. Me debes una. Una muy grande, Leo. —me siento orgullosa de que mi voz no tiemble y suene indiferente.
—No me cambies el tema. Nico, di algo.
—Te veo luego. —le ignoro, dejándolos en el pequeño prado.
.
. . . . .
.
Pasan dos días en los cuales evito a Nico como si tuviera lepra. Dos días que se me hacen eternos. Dos días en los que me siento morir. Leo, ha dejado en claro su punto de que ambos somos unos idiotas de lo peor. Percy no puede ver a Nico ni en pintura después de que le conté lo pasó en el prado. Las chicas se limitaron a decir que todo se arreglaría, a excepción de Hazel. Hazel se puso del lado de su hermano y me dijo que yo no comprendía lo que estaba pasando.
Simplemente me limité a ignorarla.
Aun así, había ocasiones en las que Nico intentaba acercarse a mí, pero yo simplemente pasaba de él, lo ignoraba y pretendía que no existía. Si él llegaba a un lugar en el que yo estaba, me disculpaba y me iba de ahí. No importaba el lugar que fuera, simplemente no podía estar cerca de él e imaginarlo cogido de la mano de esa mujerzuela que es Elena. No soy tan fuerte. Y sí, Elena es una mujerzuela.
.
El golpe llega por mi espalda. Caigo nuevamente y ya no tengo fuerzas para ponerme de pie nuevamente. Lo único que pido es clemencia y sé que no la obtendré.
—Vamos, Monse. Me lo estas poniendo muy fácil. Me gustan los retos. —se queja Reyna.
Yo estoy que muerdo el polvo y el aire sale en jadeos.
—No… mí no poder.
—¿Ya te hizo corto circuito el cerebro tan rápido?
—¡Vamos, Monse! ¡Tú puedes! —grita Leo desde las gradas.
¡Ja! Es fácil decirlo cuando el no recibe la paliza de su vida.
—Tiempo fuera. —pido.
—En batalla no hay tiempos fuera, Monse. —contesta Reyna divertida.
—Pero esta no es una batalla real. —replico sin aliento.
¿Recuerdan todas las llaves y entrenamientos que me enseñó Jared? Pues no sirvieron de nada con Reyna. La mujer parece invencible. Apenas pienso en hacer algo cuando ella ya lo previó y termino en el suelo y con moretones. Este es el tercer día y apenas le he hecho daño.
—¡Monse, confío en ti! —anima Leo, alzando un estandarte.
Leo no ha dejado de animarme en estas masacres desde que le conté el trato.
No sé quién de los dos es más idiota; si él por pensar que algún día podré vencer a Reyna o, yo por dejar que Leo me convenza de intentarlo otra vez. Creo que lo somos a partes iguales.
Desgraciadamente, Leo no es el único que admira mi fracaso rotundo. Nico se sienta con él, en silencio. Manteniendo sus ojos puestos en mí, poniéndome nerviosa y de muy mal humor. El moretón que le hizo Percy casi desaparece y su piel vuelve a su color habitual. Aun no le hablo y no está en mis planes hacerlo.
Me pongo de pie y Reyna se sorprende.
—Solo ten piedad de mí, mujer.
—Sí Roma hubiera mostrado piedad, no habría sido el glorioso imperio que fue. —instruye.
Lanza una patada barrida y caigo como costal de papas. Su espada en mi garganta y me desparramo como verdolaga. No siento mi cuerpo. Eso es bueno. Me preocuparé cuando lo sienta.
—Ya ganaste. ¿Me puedo ir?
—¿Te puedes mover? —pregunta.
—Creo que sí.
—Entonces, no. Aun puedes luchar.
—Pensándolo bien, no me puedo mover. No siento mi cuerpo.
—Creí que Percy te mantendría en forma.
—Bueno, no es como si intentara convertirme en una máquina de matar, ¿sabes?
Me tiende una mano y me ayuda a ponerme de pie. Leo luce realmente desencantado.
—Lo decía por lo de su esencia y todo eso. Pensé que era más fuerte en ustedes.
—Sí, ya me lo han dicho muchas veces pero, por más que me baño no se quita.
Reyna suelta una carcajada.
—Dudo que ese tipo de olor se vaya con una ducha.
—Tenía que intentarlo. —me encojo de hombros.
—Sabes que es inútil, ¿no? Puede que Leo esté entre esa línea del agrado y el desagrado, y puede que perdone que haya destruido Nueva Roma. Pero, no lo veré como él quiere que lo vea.
—¿Es acaso tan difícil? —pregunto esperanzada a que me diga que no—. Leo es un chico genial. No te mataría tener una cita con él.
—Monse, si estoy sola, es porque así lo he decidido. Además, no creo soportar dos horas con él a solas. Me mataría con sus bromas sin sentido. —dice divertida.
—Por favor, Reyna. Por favor. No creo poder soportar otra ronda como la de hoy. Siento que en cualquier momento voy a caer a pedazos.
—¿Qué te hace pensar que podrás convencerme cuando no lo logró Annabeth o Piper?
—¿Que no eres una sádica y no quieres destrozar mi cuerpo?
—Prueba con otra cosa.
—¿Qué quieres tener una cita con el maravilloso chico que tengo por amigo?
Ella sonríe de forma felina.
—Cuando hables con Nico, yo saldré con Leo.
—Eso no es justo. —recrimino.
Ambas dirigimos la vista a las gradas, donde se encuentran ambos chicos… con los demás.
Octavian luce una muy enfermiza sonrisa de satisfacción cada vez que Reyna me arrolla. Se podría decir que esa sonrisa es permanente.
Hayden se encuentra el día de hoy con una chica diferente. La chica en turno es una pelirroja de ojos azules. Levanta una mano a modo de saludo en mi dirección y le sonrío. Hayden se ha convertido en el salvador de mi dignidad desde esa noche. A Percy no le agrada Hayden.
—Tómalo o déjalo. —dice, sabiendo que diré que no.
—¿Mañana a la misma hora? —respondo.
—Estaré aquí puntual.
—También yo.
Salgo del lugar y voy por mi preciada bolsita con ambrosia. Estos últimos días, la ambrosia se ha convertido en mi mejor amiga.
La sensación de calidez se esparce por mi cuerpo adolorido y Leo corre a mi lado. Pasa una toalla por mi frente limpiando el sudor. Leo, se auto nombró mi coach. Bien dicen que el interés tiene pies.
—Hoy lo hiciste mejor que ayer. A este paso, podrás vencerla dentro de poco.
—No seas iluso Leo. La venceré el día que Hades y tu padre se pongan a bailar ballet en tutú rosado.
—Me alegra que seas tan optimista —replica.
—Soy sincera. No estoy más cerca de vencerla que ayer. Reyna no se dejará vencer nunca.
—Solo digo que confío en ti, Monse.
—Pues no lo hagas. Ve buscando un plan B. —le informo.
Salimos del ruedo y Percy me sonríe burlonamente. Él realmente disfruta verme entrenar con Reyna.
—¿Qué tal la espalda? —se burla.
—Ha estado mejor.
—Leo, ingéniate un nuevo plan. Mi hermana no podrá ir al matadero por mucho más tiempo.
—Tal vez solo llegue y la bese. —dice al aire.
Mi cuerpo se tensa y odio esa odiosa sensación de mis mejillas sonrojándose.
—O mejor le das chocolates. —ofrece Percy, ignorando mi sonrojo y dándole a Leo una mirada envenenada.
—Y yo me tengo que ir a bañar e hibernar —informo—. Estoy muerta.
—Te veo en la cena —dice Percy—. No llegues tarde.
—No prometo nada.
Entrecierra sus ojos.
—Iré por ti si es necesario. —amenaza.
Pongo los ojos en blanco.
—Eres un exagerado de lo peor. No es como si me fueran a robar.
—Ajá —replica con sarcasmo—. Voy por ti.
—Cómo quieras, Percy.
.
Una vez limpia y aun cansada, lo único que quiero es tumbarme en mi cama y pensar en una forma de salirme del estúpido trato con Reyna. Mi cuerpo me exige que termine con el trato.
Camino toda adolorida y antes de llegar a mi preciada cama, siento la presencia de alguien más conmigo en el camarote, lo cual me extraña; por lo regular, a esta hora está solo.
Volteo en redondo y veo una figura en una esquina del cuarto. Está examinando algunos portarretratos de un pequeño mueble.
—¿Hayden? —pregunto temblorosa.
Un bufido es lo que obtengo en respuesta.
—No. ¿Decepcionada? —pregunta Nico. Mi corazón repiquetea en mi pecho.
Voltea a verme y su mirada es algo dura.
—Tenemos que hablar.
—No quiero hablar contigo.
Una sonrisa cruza sus labios tentadores.
—Me voy a ir unos días al inframundo —anuncia. Siento cómo el desencanto recorre mi cuerpo. Que no hable con él, no significa que no lo espiara de vez en cuando—. Solo quería despedirme; tratar de arreglar las cosas. La última vez que peleamos y me fui, cuando regresé…
—Ya no estaba. —termino por él, recodando nuestra pelea en el bosque a causa de Rachel. Dioses, desde entonces ya lo celaba. Soy tan patética.
—Exacto. Solo quería asegurarme de que siguieras aquí. —dice esperanzado.
—No tengo razón por lo que irme. Tyson llega dentro de poco y no lo he visto. —contesto dándole la espalda, guardando mis cosas en mi cajón.
—La vez pasada tampoco.
—No me fui por ti si es lo que estás insinuando.
—No lo dije con esa intención.
Lo ignoro.
—¿Alguna vez vas a volver a hablarme?
—Estamos hablando ahora. —contesto secamente.
—Me refiero a como era antes.
—Las cosas nunca van a ser como antes, Nico.
—Lo único que quiero es que nada de esto haya pasado —dice desesperadamente—. Quiero que seamos amigos como antes, eso es todo.
—No puedo ser tu amiga, Nico. ¿No lo entiendes? —giro a verlo— Me rechazaste, eso lo puedo entender. ¿Pero que hayas jugado conmigo? ¿Qué me hayas hecho entender que te gustaba? Eso no. No sé por qué lo hiciste, pero no puedo estar cerca de ti sin pensar en esos momentos juntos. No puedo Nico.
Desvía la mirada y nuevamente puedo ver el dolor.
—Me gustas —dice por lo bajo pero, aun así puedo escucharlo—. Pero eso no es suficiente. —sentencia.
Claro. Yo no soy su Elena Gilbert.
—Debiste pensarlo antes de darme a entender otra cosa.
Un bufido abandona sus labios y me mira con furia.
—No entiendes nada, Monse. Simplemente no lo entiendes —se acerca a mi peligrosamente y no pudo evitar dar un paso atrás—. Esto es lo mejor para ti.
Su cuerpo rígido transpira furia, enojo. Sus ojos dolidos me atraviesan y yo quedo a cautiva.
—Es mejor para ti si solo somos amigos.
Su rostro a un palmo del mío. Mi juicio se nubla y ya no pienso.
—Creo que me conoces lo suficiente como para saber que nadie decide por mí, Nico. Puedo cuidarme sola. —y lo beso.
Sus labios son duros al principio, pero después de un microsegundo, se amoldan a los míos. Estoy enojada, furiosa, y él igual. Y el beso es exactamente eso: violento y sin sentido. No sé lo que hago con mi boca, solo se mueve por instinto, y sus labios se sienten muy bien sobre los míos.
Sus manos se traban en mi cintura, apretándome hacia él y, yo lo atraigo hacia mí por el cuello. No dura ni diez segundos cuando él me aleja bruscamente.
Me quedo sin aliento, aun sintiendo su calor sobre mí.
—No debiste hacer eso. —reclama.
Yo aun sigo en el limbo.
—Me correspondiste el beso.
—No vuelvas a hacer eso, Mare Starlet.
—Me correspondiste el beso. —es lo único que mi cerebro atrofiado procesa.
—¿Escuchaste lo que dije?
Esta vez volteo a verlo realmente.
—Me besaste de vuelta. —le acuso, sintiendo una estúpida sonrisa formarse en mis labios. Esos labios que él besó.
—Eso no debió pasar. Fue un error. Los amigos no se besan, Monse.
—¿Fue un error? —pregunto claramente decepcionada.
Cierra los ojos en señal de frustración y lleva una mano a su frente. Exhala lentamente.
—El más grande de todos. —dice después de una larga pausa.
—Entonces lárgate. —le ordeno, deseando que no esté aquí a la hora de que me ponga a llorar como cascada.
Me mira con una disculpa grabada en su rostro y, por un momento, veo deseo en su mirada, una mirada que se vuelve imposible de sostener.
—Monse yo…
—Vete. Déjame en paz, Nico. Solo vete. —contesto rota.
Esta era mi última oportunidad. No estoy para soportar esto. Me ha rechazado dos veces, no creo poder soportar una tercera. Simplemente no le gusto. Puedo aceptarlo, sabiendo que al menos por mi parte lo intenté.
Me mira por un largo segundo y limpia una lágrima de mi mejilla. La única lágrima que escapó de mi ojo. La prueba de mi corazón hecho trizas.
Su mirada torturada me pide perdón y se inclina para besar mi frente.
—Es mejor así, créeme. —dice con voz rota, igual a la mía.
Sale de la habitación y sé que puedo derrumbarme ahora. Sé que puedo llorar y lamentarme todo lo que quiera en la privacidad que me ofrece el cuarto, pero no lo hago. Me trago las lágrimas, me trago el dolor que quema en mi pecho. Acaricio mis labios una vez más y entierro esa sensación agradable que siento al pensar en ese beso.
No más. Se acabo. No puedo pasarme la vida lamentándome por no gustarle a un chico. Lo único que me queda es saber que hice lo que estaba a mi alcance para hacerle ver que quería algo más con él.
Salgo y trato de plantar una sonrisa en mi rostro.
Leo va pasando por el lugar, me mira un momento y sonríe de lado.
— La cena está lista. ¿Pasa algo?
—No. Nada importante. —miento.
Sus ojos marrones me escanean de forma en que siento que mira a través de mí.
—Con el tiempo deja de doler. —informa.
—Eso no lo sabes.
—Créeme, lo sé mejor que nadie. —sonríe tristemente.
—Eso espero.
*Comedia romántica protagonizada por Mila Kunis y Justin Timberlake.
Pues yo soy la hermana de Jacken y me pidio de favor que les subiera este documento porque ella no se encuentra en condiciones de hacerlo. También me dijo que les dijera otras cosas pero ya las olvide porque esto se supone lo debi hacer desde el viernes en la tarde.
