¡Hola! ¡Aquí vengo con el siguiente capítulo! Si os estábais preguntando por el monje, este capítulo es todo suyo. ¡Espero que os guste!
Por cierto, ni One Piece ni Inuyasha me pertenecen (por si alguien tenía alguna duda, XD).
Por cierto, ¿a alguien más le gustaría que Sesshomaru apareciera en el fic? ¡Si alguien está de acuerdo (o no) que lo diga! Y meditaré profundamente sobre el tema.
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El lugar era oscuro y lúgubre, la única iluminación provenía de un ojo de buey en el techo. Había filas de jaulas, algunas con toneles de vino y otras mercancías. Eran unas bodegas.
En una de esas jaulas se podían entrever dos figuras.
- ¿Y tú cómo has acabado aquí?- dijo una voz grave.
- Pues verás, es una historia complicada. ¡Ni tan sólo yo me la creo! – contestó otra más joven.
- Tenemos mucho tiempo…
- Bueno, si insiste… Me encontraba en mi aldea, purificándome con un rezo diario cuando una dulce voz de mujer me llamó. Así que acudí. Me llamaba desde dentro de su casa, y yo preocupado por si tenía algún problema, me apresuré a pasar el dintel… y…
- ¿Y entonces qué pasó?
- Me caí.
- ¿Cómo? ¿Tropezaste con el marco de la puerta? – preguntó la voz grave con un tono decepcionado.
- No, fue muy curioso. Dentro de la casa había un pozo o un túnel.
- A lo mejor era eso lo que preocupaba a la señora.
- Créame, esa chica es muy capaz de arreglárselas con un boquete en su casa. – el joven suspiró. – En fin… Que me caí dentro del pozo y fue una sensación muy rara, como si en vez de caer, flotara hacia abajo.
- Qué curioso…
- Entonces comencé a tener sueño y finalmente debí dormirme porque no recuerdo nada más.
- A lo mejor la chica te dio algo de beber que… - dijo el mayor insinuando. - ¿Y se acaba ahí la historia?
- ¡Ni que quisiera secuestrarme!- dijo el joven primero mosqueado y luego sonriendo y cogiendo un tono rosado en las mejillas, ante la idea. - Le digo que me caí en un pozo dentro de su casa. Y el asunto no acaba ahí.
El mayor de los dos se levantó de su asiento y dio una vuelta a la celda, miró hacia la claraboya, después el reloj y se volvió a sentar.
- Sigue con tu historia, por favor.
- Cuando desperté, debía ser a la mañana siguiente, me hallé en un lugar en el que nunca había estado. Estaba recostado en un árbol, así que me levanté y decidí dar una vuelta. ¡Por lo visto estaba en una isla! Pero parecía un jardín, estaba muy cuidada. Había parterres con lirios y siemprevivas. Todos los árboles estaban podados… Era como un sueño.
- Te digo que la señora quería secuestrarte y se pasó con la dosis de somnífero.
El joven se rió.
- No, no lo creo. Bueno, pues estaba en aquella isla-jardín solo y como no tenía nada que hacer, medité sobre lo que me había pasado y me recosté en una fuente.
- En los alrededores de esta isla, hay una serie de atolones y islotes dispuestas en cerco. La mayoría están desiertas, pero es muy posible que fuera una de esas que son propiedad del señor Martre. – dijo el mayor.
- La verdad, es que no tenía ni idea de dónde estaba. Pensé en hacer una barca, pero estaba todo tan arreglado que me daba pena estropear el jardín. Pero luego descubrí que la isla tenía un embarcadero y una casa de verano.
- Se trataba sin duda de una de las islas del señor Martre, sinó no estarías aquí.
- Bueno, me las arreglé para entrar y encontré algo de comida, asi que le di gracias a Buda por aquel conveniente regalo y me dispuse a buscar por dónde habia venido yo.
- Claro, claro, por algún sitio tendrías que haber venido… Algún pozo, ¿no? – el señor se llevó la mano a la barbilla.
- Exacto… Y encontré uno, pero al tirar una piedra en su interior, se oía perfectamente que llegaba al fondo. – el chico se encogió de hombros. – Así que esperé a que pasara alguien, tumbado en unos asientos de piedra que había por alli.
- Que yo sepa, no hay ningún túnel que conecte Bazar a las islas circundantes… - de nuevo el señor mayor, de pelo blanco y ondulado, se miró el reloj.
- Pero si me encontré con una huella circular en la tierra. ¡Como si hubiera habido un hoyo!
- ¡Carajo! ¡Esto se está poniendo interesante…! Insisto en que la señora…
- Que no… - el joven, que llevaba ropas muy anchas, se levantó y se acercó a los barrotes. – Cavé un poco pero no había nada allí debajo. Después, como he dicho, me senté en un banco a descansar. Y debí quedarme otra vez dormido porque…
- ¡Carajo la señora con los somníferos! – interrumpió el mayor.
- … Por última vez le digo que ella no haría algo así. – le dijo el chico joven, de pelo oscuro.
- Vale, vale, me callo…
- Me desperté con unas voces y risas juveniles y me levanté cuidadosamente para observar. Se trataba de un grupo de mujeres preciosas de todas las edades, jugando en el jardin.
- Te diría que eso era un sueño si no fueran las hijas del señor Martre.
- ¡Pues eran hermosas como un sueño! Lo que iban … ejem… un poco ligeras de ropa… - el más joven tosió para ocultar su sonrojo, que de todos modos, debido a la penumbra no se vió. - ¡y tan jovenes, llenas de energía jugando…! En fin… Salí de mi observatorio y las saludé.
- ¿Y? – el mayor estaba sonriendo, rojo como un tomate, imaginándoselo.
- Se sorprendieron y algunas de las más jóvenes se asustaron pero las mayores tomaron el mando de la situación y me llevaron a otro lugar para hablar. – el joven se sentó de nuevo con pesadez. – Resulta que había llegado por casualidad a la isla de recreo de las hijas de ese señor…
- El señor Martre. – continuó el mayor.
- Pues iban ahí a pasar el día y me dijeron que me llevarían a la isla principal por la tarde, cuando ellas volviesen a casa. Me invitaron a comer, que no lo necesitaba, pero no podía negarme a las peticiones de tan bellas damas.
- ¿Y qué pasó luego? – el señor mayor esbozó una sonrisa maliciosa. – Porque dicen que las hijas de Martre…
- Ya, ya… - respondió el joven moviendo la cabeza. – Pasé un rato muy agradable con ellas, me trataron muy bien. Ahora que lo pienso, debería haberme dado cuenta de que se portaban demasiado bien. Insistieron en que participara en sus juegos, y yo como buena persona que soy no les iba a decir que no…
- Claro, eso es lo que hacen siempre. Aprovechandose de su belleza y encanto confunden a los incautos para hacerles participar en sus juegos… ¿Cómo acabó todo aquello?
- Justo como acabas de decir. Yo estaba tan contento de su compañía y ellas parecian estar pasándoselo tan bien que accedía a lo que me decían. Hice de gallinita ciega, de el que la lleva, de diana en un juego de pelota… - el chico suspiró cansado. - ¡Había estado haciendo el pallaso para ellas, no podía sinó pensar que aceptarían mi oferta!
- Jajaja, ya te endiendo… pero, ¿qué oferta?
- Nada, una preguntita de nada… Que si querrían ser la madre de mis hijos…- el joven se encogió de hombros y suspiró.
- No te preocupes, chaval, que yo también habría hecho lo mismo… - el hombre mayor puso una mano en el hombro de su compañero de celda y también suspiró. – Las hijas de Martre nacen con su astucia… por cierto, ¿cómo te llamas?
- Miroku, ¿y usted?
- Yo soy Lewis. – el hombre de cabello blanco se paso la mano por la cabeza antes de mirar el reloj y después fijar la mirada en la claraboya.
Miroku, que se había fijado en ese gesto, frunció el ceño intrigado, y continuó con su narración.
- A continuación me dijeron que iban a jugar a algo llamado "el lobo ciego" o algo así.
- Chaval… Ese juego no existe.
- ¡Ya decía yo que ellas tampoco se sabían las normas! Bueno, me vendaron los ojos y no sé qué pasó que acabé atado como un carnero. ¡Ellas no paraban de saltar a mi alrededor diciendo "Hemos atrapado al lobo, hemos atrapado al lobo"!
- Al bobo, más bien. – Lewis mostraba una gran sonrisa.
- Pues sí. – Miroku miró al techo. – Me costó enterarme de qué iba aquello. Oí que recogían las cosas y que me subían a una barca. Estuvieron burlándose de mí todo el tiempo. Me pellizcaban continuamente y hacian como que me iban a desatar. Entonces comprendí que me había dejado llevar demasiado. Y entonces me trajeron hasta aquí.
- Comprendo. Vaya historia. Repito lo de antes; si no fuera por que se trataba de las hijas de Martre, aseguraría que era un sueño. Las señoritas Martre son preciosas como un sol pero pérfidas como serpientes. – el hombre mayor sonrió y miró el reloj, se notaba que estaba ya un poco impaciente.
- ¿Por qué mira el reloj continuamente, Lewis-san?
- Porque… estoy esperando a alguien.
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En el mismo edificio, unas plantas más arriba se encontraba el despacho del señor Martre. Él era el mayor comerciante de licores de las islas cercanas. En ese momento se encontraba sentado en un salón naranja, en una butaca del mismo color. Entonces entró una chica;
- Señor, ha llegado el señor Menris.
- Dile que pase. – el señor Martre era bajito y gordo, y tenía unos ojos minúsculos que oculataba detrás de unas gafas de sol.
La chica mantenía la puerta abierta mientras le hacia unas señas al invitado y luego le dejó pasar a la habitación mientras ella cerraba la puerta.
- Buenos días, señor Martre. – dijo un hombre encapuchado, cuya cara era un misterio. Llevaba guantes y tenía la voz grave. E iba siempre acompañado de un saco.
- Buenos días, Menris-san. – le saludó el dueño del edificio. – Me ha dicho usted antes que buscaba a alguien que está en mi poder…
- En efecto, y … - su interlocutor no le dejó continuar.
- ¡Dígame usted una razón por la que no deba tomarme la justícia por mi mano y entregárselo a usted! ¡Se encontraba en mis posesiones! ¡Ese maldito pervertido…! – el señor Martre temblaba de rabia.
- No le estoy diciendo que no haga lo que quiera con ese tipo, lo que pasa es que mi jefe Hihehe también tiene que arreglar cuentas con él.
- ¡Mis hijas me lo han contado todo! ¡Se escondió a proposito para espiarlas y suerte que ellas lo descubrieron y me lo trajeron inmediantamente! – el comerciante seguía con su perorata.
Menris dejó escapar un suspiro de cansancio, "Vaya hombre más pesado".
- ¿Dónde lo tiene?
- ¡A buen recaudo! ¡En los sótanos junto a otros indeseables!
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En las bodegas…
- Debería haber llegado ya… - le decía Lewis a Miroku.
- ¿Pero quién? – preguntó el monje, pero un ruido chirriante le interrumpió.
-¡Ya está ahí! – Lewis se levantó y se pegó a los barrotes.
El ruido provenía de la claraboya a la cual Lewis había estado mirando todo el rato. Alguien la estaba levantando.
- ¡Lewis, Lewis! ¿estás ahí? – decía una voz susurrante.
- ¡Aquí Luca! ¡Justo en la jaula de abajo!
- ¡Ah! ¡Toma! – y dejó caer un paquete cuadrado en medio del pasillo, en frente de Lewis y Miroku.
Lewis se tumbó en el suelo para poder alcanzarlo.
- ¿Te ayudo? – se ofreció el monje levantándose.
- No… ¡No hace falta! ¡ya lo tengo! – y arrastró el paquete hacia el interior de la jaula. Luego se dirigió a la persona que estaba en el tejado. - ¡Gracias Luca querida!
- ¡Tch! ¡Que sea la última vez que te pasa esto! – contestó Luca desde arriba. - ¡Nos vemos en el parque! – y se oyeron unos pasos que se alejaban.
- ¿Esa chica…? – dejó caer Miroku mirando todavía hacia la claraboya.
- Es mi sobrina. – dijo Lewis mientras desenvolvía el paquete. – Tenemos una caja de cerillas, un papelucho con garabatos… ¡Ah, que es un mapa!, y unas fibras de metal. Bien. Miroku-sama, ¿podrías aguantar un fósforo mientras yo me ocupo de la cerradura? – Lewis le dio la caja a su compañero.
- ¿Tu sobrina? – pensaba Miroku, con la cabeza en las nubes. - ¿Siempre te ayuda a escapar? ¿eh? Aguantar un fósforo, claro… - abrió la caja de cerillas y sacó uno. - ¿Tengo que aguantar esto? – y lo acercó a la cerradura.
Lewis se lo miró un poco mosqueado.
- Pero enciendelo, hombre.
- ¡Ah! ¡Que hay que encenderlo! – Miroku sonrió para disculparse de su torpeza. –Emm… - le dió unas vueltas a la caja intrigado. "Esto se parece a una de las cosas que traía Kagome de su mundo… ¿Cómo se enciende esto?" pensaba.
- Anda, déjamelo… - el hombre mayor se lo tomó de las manos y encendió una cerilla, se la tendió al monje para que alumbrara el cerrojo. - ¿Ves? Se hace así.
Finalmente, el hombre pudo hacer saltar el candado con las varillas de hierro y metiéndose los trastos que le había dado su sobrinaen un bolsillo le dijo a Miroku:
- Cómo estamos juntos en esto y me has hecho pasar un buen rato, te sacaré de aquí.
- Muchas gracias, Lewis-san, estoy en deuda contigo. – Miroku hizo una pequeña reverencia.
- ¡No hay de qué! Vamos, Luca ha dibujado un pequeño mapa para salir de aquí.
Y los dos se salieron de la zona de celdas para entrar en otros grandes almacenes. Estos estaban llenos de potingues, seguramente perfumes. Según el mapa de Luca, había una puerta en esa estancia que conducía a la parte trasera del edificio. Andaban buscando esa salida cuando alguien entró en la sala portando una antorcha. Lewis y Miroku se escondieron detrás de unas estanterías.
- Ese es el señor Martre. – susurró el mayor de los dos. – Ese encapuchado que lo sigue no sé quién es…
- Vámonos, Lewis-san. Enseguida descubrirán que no estamos. – le contestó el monje.
- Tienes razón, busquemos esa puerta. – Lewis dirigió la marcha a la esquina más alejada del pasillo central y ¡bingo!, la salida estaba allí.
- ¡Una cosa! Cuando me trajeron aquí me quitaron el cetro y tengo que recuperarlo.
El hombre de pelo canoso reflexionó un poco.
- Será mejor que lo dejes… Si volvemos atrás nos pillarán. Pero si es muy importante, le diré a Luca que lo recupere.
Pasaron a un pequeño vestíbulo al fondo del cual se veía luz del exterior. Entonces escucharon un grito tremendo provinente de la sala dónde ellos habían estado.
- ¡Es Martre! ¡Corre!
Rápidamente alcanzaron la salida, empujaron la puerta batiente y se lanzaron fuera. La luz del día los dejó ciegos unos instantes y cuando pudieron ver, observaron que se encontraban en un patio lleno de basura. Se internaron entre ella, subiendo y bajando montones de desperdicios. Lewis iba retirando la que se encontraba hacia los lados, dejando un pasillo.
- ¡Fuera, fuera! – el hombre mayor utilizaba los brazos como aspas para quitar de en medio los desechos.
Miroku se agarraba las vestimentas para poder saltar y correr mejor y cuando ya estuvieron al fin de la reja que delimitaba el patio, se volvió hacia atrás para ver por la puerta se asomaban un señor bajito vestido de naranja y una figura encapuchada.
- ¡A por ellos! – gritaba el señor rechoncho. Detrás de él salian sus empleados.
- ¡Vamos, Miroku-san! – llamó el compañero de este. - ¡Tenemos que ir al parque!
Y siguieron corriendo calle abajo.
Mientras los trabajadores de la Compañía Martre peleaban contra la basura de su propio patio trasero, a Menris se le llevaban los demonios. Se despidió del señor Martre y dio media vuelta, hacia las bodegas.
- ¡Mierda! ¡Era mi ultima oportunidad para vengarme!, ¡y pensar que a estas horas ya sería libre si ese imbécil se había quedado quietecito! – pegó un puñetazo a una estantería mientras pasaba a su lado. - ¡Joder! … Y ahora a aguantar las befas de ese Hihehe. En fin… ahora sólo me queda esperar, ¡Mierda!
- No se enfade, amo. No se enfade, amo. – repetían unas vocecitas dentro del saco.
- Tranquilos, ya me calmo. – y Menris salió de la casa de Martre respirando profundamente.
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- ¡Luca! – llamaba Lewis. - ¡Sobrinita!
Ya habían llegado al lugar de encuentro con la sobrina de Lewis y Miroku se dedicaba a admirar la ciudad dónde se encontraba que antes no había tenido oportunidad para ver, ya que iba vendado. "¿Qué lugar es este? ¿será este el mundo de Kagome? Pero yo no puedo atravesar el pozo… Mira qué viviendas más raras…"
- Si te pasas el rato gritando, te van a encontrar enseguida. – le dijo a Lewis una voz con sorna. Miroku se giró para encontrarse con una chica morena, con el pelo corto y que llevaba un chaleco amarillo.
- ¡Sobrina querida! – vociferó Lewis hizo caso omiso de su indicación y la abrazó fuertemente.
- ¡Argh! – se quejó ella. – ¿Sabes cuantas me debes?
- Sí, ya sé que prometí en casa que no me metería más en líos pero…
- ¿Pero qué?- ella puso las manos en jarra.
Miroku miraba la escena divertido. De vez en cuando miraba calle arriba para vigilar si aún venían tras ellos.
- Pues que no fue culpa mía…
- Ya, ya, eso dicen todos. – soltó un profundo suspiro. – Toma, aquí están tus trastos, los tenian en la recepción. – Y le tendió una bolsa y un sombrero de tres picos que Lewis se colocó enseguida.
- Ah, ¿y era tuyo un cetro que tenía unos aros colgando?
- ¿Tengo cara de monje, yo? Será suyo. –señaló al monje que se acercaba a ellos.
-Ah, yo qué sé, pensaba que también era tuyo, como estaba allí… - la chica se hizo la desentendida. - No lo cogí. ¿Era tuyo? – le preguntó al chico de pelo oscuro y recogido en coleta, acompañante de su tío.
- Sí, y me llamo Miroku … - dijo cogiéndole de las manos. – Señorita… ¿Querría ser la madre de mis hijos?
- ¿Qué? – Luca abrió los ojos como platos y luego cruzó los brazos sobre su pecho. -¡Claro que no! ¡Tío! ¿¡Por qué has traído contigo un monje pervertido!? – zarandeó a Lewis por la camisa. - ¡No pienso llevarlo en la chalana*!
Pero su tío solo se reía a carcajadas.
- ¡Parece que no te das por vencido! – le daba en el hombro a Miroku. – Si quieres recuperar el cetro Luca puede ir a por él. ¿A que sí? – le guiñó un ojo a su sobrina. Ella resopló de mala gana.
- Pues tendrá que ser otro día, lo siento mucho.
Miroku asintió con la cabeza y le dio las gracias por adelantado.
Finalmente, los tres se dirigieron al puerto. Lewis le iba explicando a su nuevo amigo el monje cómo había llegado él a las bodegas de Martre.
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*Una chalana es una embarcación de casco plano.
Realmente no tenía muchas ideas para este capítulo pero fue sentarme frente al ordenador y acabarlo enseguida. En un par de horas, ¡todo un record para mí! Pero no vaya ser que de tan rápido que lo he hecho me haya salido fatal, así que apreciaria los comentarios.^u^
¡Gracias por leer!
