La vida podía ser a veces cruelmente irónica.
Era un ser del agua, el líquido elemento era lo primero que había sentido tras abandonar el vientre de su madre. Toda su vida la había pasado en las profundidades del océano, y a pesar del ocasional viaje a la superficie, no sentía deseos por dejar atrás su hogar, familia y amigos. Desde siempre había navegado las corrientes marinas del mismo modo que las aves se dejan llevar por las homónimas al volar por el cielo azul. En definitiva, era una con el líquido vital... Y allí estaba sin embargo, con la cabeza fuera del río, a los pies de esa gigantesca cascada rugiente y rodeada de nubes de vapor con una expresión de miedo dibujada en el rostro iluminado por la luna y las estrellas. Era una noche hermosa: otra ironía que añadir al día.
Intentó relajarse y calmar los agitados latidos de su corazón, cerrando los ojos y soplando profunda y pausadamente. Comprobó que era más difícil de lo que pensaba; aún seguía en estado de shock por lo que le acababa de ocurrir y las múltiples laceraciones y quemaduras de su cuerpo no ayudaban a serenarse. Esas heridas cicatrizarían con el tiempo, pero sin duda necesitaría algo más que reposo y cuidados médicos para borrar de su mente la experiencia que acababa de vivir y que bien podía haberle costado la vida. Agitó la cabeza: ahora no era momento de pensar en eso, debía actuar ya u ocurriría algo terrible. De modo que abrió los ojos con decisión, tensó sus músculos todo lo que pudo y saltó.
Arriba, arriba, arriba. Su poderosa cola la impulsaba por la catarata lejos del suelo, como si se tratara de un pez. De hecho, su pueblo llevaba practicando este modo de desplazamiento por ríos desde hace siglos, cuando las necesidades de suministros alimenticios y medicinales de sus primeros antepasados les llevaron a adentrarse tierra adentro hasta toparse con estos obstáculos naturales. Al principio buscaban otros caminos, escalaban como podían el lecho de los ríos o incluso salían brevemente a tierra para dar un rodeo y volver al cauce más arriba. Pero no pasó mucho tiempo hasta que comprendieron que eran soluciones poco prácticas, y en su búsqueda de una solución se toparon con los salmones. Estos peces salían del mar una vez al año para desovar en los ríos que les vieron nacer, y para ello debían remontar las mismas cascadas que ellos. Se asombraron de cómo daban potentes saltos y se ayudaban de sus coletazos para superarlas, ofreciendo un espectáculo increíble al ver decenas de ellos literalmente escalando el agua, dando la ilusión de desafiar a la propia gravedad. De modo que copiaron su técnica, y siglos después era común que todo miembro de su especie aprendiese a remontar cascadas cuando ya sabían nadar a la perfección.
Tras unos segundos cayó hacia delante, dándose un fuerte golpe contra una roca de la pared de la montaña y lastimándose una aleta. Siseó de dolor mientras lágrimas pugnaban por salir de sus cerrados ojos. Tenían una ventaja adicional sobre los pescados que habían sido sus maestros sin pretenderlo, y era su mágica conexión con el agua que les permitía ejecutar complicadas maniobras en la misma a la perfección. Sumado a su poderosa cola, gracias a la cual podían saltar fuera del agua incluso más alto que los delfines, eran capaces de subir cascadas que a cualquier otro animal acuático de su tamaño le habrían resultado imposibles. Sin embargo, tampoco podían hacer lo imposible: el salto de agua más alto que se registró haber sido superado de una sola tacada no llegaba a los treinta metros, y ahora estaba en uno de varios cientos. De modo que había decidido remontar el agua poco a poco, descansando de vez en cuando en las plataformas de roca en su ascendente camino. Una pena que no pudiese aterrizar más suavemente, pero su especie estaba acostumbrada a pequeñas cascadas en ríos, no gigantescas masas de agua rompientes cayendo desde una montaña.
Se permitió unos momentos de descanso, pero no más. Tenía que llegar a su destino como fuera, o sus esfuerzos habrían sido en vano y todos acabarían lamentándolo. De modo que, con dosis de resolución y cansancio igual de grandes, tensó su cuerpo y volvió a saltar.
El piar de los pájaros la despertó como cada mañana. Sonrió para sus adentros, la puntualidad y el entusiasmo de esas pequeñas criaturas nunca dejaría de asombrarla, a pesar de su identidad y cargo. Silenciosamente les agradeció el servirle de indicador de que debía ejercer su labor, abrió los ojos y procedió a levantarse, apartando las sábanas y levantándose de la cama. Sus cascos aterrizaron con suavidad en el suelo de su cuarto, y tras estirar levemente las alas, se encaminó a la ventana a paso tranquilo.
Abrió los postigos con su magia, saliendo al balcón justo después. La vista era tan impresionante como siempre, divisándose gran parte de Equestria debido a la altitud sobre el terreno de la que gozaba el castillo de Canterlot. El aire olía a humedad, señal de que había llovido hace unas horas; los bosques parecían tranquilos y las montañas se alzaban siempre orgullosas contra el cielo, pero sucumbiendo ante el gigantesco pico en el que se asentaba la capital. Era como un ejército de tierra, roca y nieve, saludando con respeto a su líder que tocaba el cielo con su casco en la plenitud de su poder. En el horizonte se divisaba la luna, terminándose de ocultar cual poderosa pero humilde doncella argéntea que ha finalizado su labor. Tras admirar la finalización del proceso y dedicarle una sonrisa a su autora, cerró los ojos. Un aura dorada envolvió su cuerno, emitiendo un suave brillo que pronto sería eclipsado por otro mucho mayor. Las arcanas energías de la magia ejercieron su trabajo a las órdenes de su ama, y el astro rey comenzó a elevarse del lado opuesto del horizonte, refulgiendo con vigor y trayendo la vida una vez más al mundo. El flujo de energía cesó, los párpados se abrieron y unos ojos magenta pálido admiraron su obra. Celestia, la princesa solar, había iniciado un nuevo día.
Tras una breve ducha matutina, encaminó sus pasos al salón comedor. Una gran mesa ocupaba casi toda la estancia, que en aquellos momentos supuso estaría vacía salvo los utensilios y platos del desayuno. Dejó escapar un suspiro de tristeza mientras abría la puerta: ser monarca era algo que la colmaba de felicidad, dado que podía velar por la seguridad y felicidad de todos sus amados súbditos, pero no estaba exento de responsabilidades desagradables y momentos duros, siendo este uno de ellos. El personal fijo de palacio llevaba levantado al menos dos horas, como era necesario para mantener en pleno funcionamiento y limpieza la inmensa edificación, y habían dejado preparada poco antes la primera comida del día para su alteza. Era su trabajo y se lo agradecía, pero al mismo tiempo deseaba tener más compañía de vez en cuando: las reuniones con el consejo y embajadores eran frías y monótonas, y sus comidas con su querida hermana demasiado escasas, debido a la necesaria vida nocturna de esta.
Claro que, cuando esa compañía resultaba ser un draconequus caótico haciendo de las suyas, solía ser mejor estar sola. En esta ocasión, se encontraba recortando con unas tijeras de podar las últimas imperfecciones de una estatua de sí mismo a tamaño natural hecha de tortitas, situada en medio de la mesa sobre una fuente de porcelana y blandiendo un sable con pose heroica. La hoja del arma goteaba sirope de chocolate en el mantel, el cuerno de un cruasán hacía de colmillo saliente, la barba y pelos de la cola estaban hechos de heno y dos grosellas hacían las veces de ojos. En cuanto oyó abrirse la puerta, el laborioso escultor volvió la cabeza y sonrió burlonamente.
-¡Celestia, querida!-dijo, haciendo desaparecer en un resplandor su herramienta de trabajo y revoloteando hasta situarse a la altura de los ojos de su visitante. ¿Has tenido un buen descanso? ¡Porque ciertamente te has superado y hace una mañana espléndida! ¡Vamos, chócala!
Discord extendió su zarpa leonina esperando un saludo informal, pero lo único que obtuvo fue una mirada desaprobadora de la regente de Equestria, que acto seguido cerró los ojos y caminó resignada hacia la mesa, sentándose a desayunar enfrente de su plato y la monstruosidad hecha de dulce masa. El espíritu del Caos se limitó a mirarla aburrido, enarcando una ceja y teleportándose a su lado.
-Oh vamos, aun a riesgo de quedar como finalista en un hipotético concurso de chistes malos, ¿por qué esa cara tan larga?
-Discord, creía que te habías reformado-señaló Celestia con moderado tono de reproche.
-¿Acaso vas a decir que esta humilde representación de moi es algo malo? ¡Mírala, tiene mis ojos!
Su interlocutora abrió la boca para responder, pero se vio totalmente incapaz de articular palabra al ver que, en efecto, la grotesca obra hecha de receta de desayuno lucía en su cabeza los mismísimos globos oculares del antaño tirano de Equestria, que la miraban vivos y bizqueando. Al mismo tiempo, Discord miraba con una sonrisa de inocente orgullo a la alicornio con un par de enormes grosellas rojas adornando sus cuencas.
-... Por favor Discord, déjalo ya. Quisiera desayunar tranquila, y me estás quitando el apetito.
-Venga Celestia, ¿acaso no tienes sentido del humor? Además, seguro que tu madre te diría de pequeña "Hija, cómetelo todo o no te crecerán bien las alas"-canturreó con voz aguda, y acto seguido chasqueó los dedos, volviendo cada par de ojos a su lugar legítimo. Mira, como compensación, te cortaré un pedazo. Sé que te encantan las tortitas, y en el fondo estás deseando echarle la zarpa... si tuvieras. ¡Oh, idea!
Hizo aparecer de la nada un tenedor y cuchillo de plata de las cocinas y, alzando levemente el vuelo, se situó a la altura de su culinaria creación. Su cola chasqueó los dedos, haciendo aparecer una mascarilla y gorro de cirujano que se ajustaron solos a su cara. Entrecerró los ojos sumido en una aparentemente gran concentración con los utensilios frente a si y, de repente, clavó con decisión el tenedor en la cara anterior del codo de la zarpa derecha, serrando rápidamente la extremidad con el cuchillo mientras sudaba profusamente. Al cabo de unos pocos segundos, el miembro cayó en el plato de Celestia con un húmedo y desagradable sonido.
-¡La operación ha sido un éxito!-anunció con orgullo el draconequus mientras se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de su zarpa. El paciente ha donado amablemente parte de su cuerpo para mantenerte con vida, así que no hagas que su sacrificio sea en vano. Bon appetit!
La princesa miró su plato con una mezcla de asco y hambre. Cierto era que las tortitas olían bien, y que aún despedían cierto calor, pero no acababa de decidirse a probar la réplica de un brazo del espíritu del Caos cuyas unidades circulares de masa que la componían estaban despegándose unas de otras, como si un acelerado proceso de descomposición se tratase. Justo cuando iba a replicar, la puerta de entrada a la sala se abrió de golpe, entrando al galope un unicornio blanco ataviado con la armadura dorada de la guardia solar. Jadeaba a causa del cansancio, y se le notaba inquieto a causa de los temblores en su voz cuando habló.
-¡A-alteza, tengo algo muy urgente q-que comu...!-frenó en seco de hablar y correr, mientras observaba la curiosa escena ante sí. Cierto era que, desde que el temido Discord se reformó, pasaba mucho tiempo en el castillo y los que allí vivían y trabajaban ya habían visto todo tipo de bromas y situaciones extrañas causadas por él, pero nunca dejaba de sorprender.
-Por favor, cálmese y respire hondo. ¿Qué sucede?
El semental pareció relajarse al escuchar la calmada voz de su monarca, que mantenía la compostura a pesar de estar lidiando con un desayuno ciertamente peculiar y lo que intuía era una emergencia, dada la celeridad con la que sus guardias sólo la molestaban cuando se requería. Tras cerrar los ojos y recuperar el aliento durante varios segundos, carraspeó y alzó de nuevo la vista.
-Alteza, sé que no son horas, pero sería mejor que viese lo que hemos encontrado en el río de la montaña.
Horas antes, la puerta de una cabaña situada en el bosque de Hollow Shades se abrió y dejó paso a su dueño. La cerró suavemente tras él con un movimiento de su cola, afectada en varios puntos de cortes longitudinales y punciones poco profundas. Acto seguido dejó la alforja en la mesa y encendió su cuerno, prendiendo los leños depositados en la chimenea para iluminar su morada en la oscuridad de la noche. Con el crepitar del fuego de fondo, volvió la vista a la bolsa donde guardaba su preciada carga. Podía haberse teleportado a su nueva casa desde donde consiguió lo que allí dentro guardaba, y algunos no hubiesen juzgado prudente iluminar la estancia después de entrar, pero no era conveniente usar magia con ello a cuestas, dada la magnitud de su poder y lo que podía ocurrir si el objeto se veía afectado por la energía corrupta. Sin pensar más en ello, metió una garra en la alforja y sacó su premio, que procedió a examinar.
Observó con admiración la reliquia, no por su belleza sino por el poder que irradiaba, aun sin faltarle ni una sola pizca de lo primero: se trataba de un cuerno metálico que refulgía dorado a la luz de las llamas, puntiagudo en un extremo y abierto en un ancho agujero en otro, ambos adornados por un recubrimiento de nácar. Toda la pieza estaba decorada con figuras equinas dotadas de aletas y cola de pez, hechas de coral rojo, verde o azul. Alzaban sus extremidades y cabezas en señal de respeto a una figura más grande situada en la parte cóncava del cuerno, hacia la que confluían: un ser de la misma especie que ellos, pero el doble de grande y portando una regia corona y un tridente. Para diferenciarlo aún más, estaba hecho de un extraño material plateado.
Sombra dejó con cuidado el cuerno sobre una repisa de la chimenea, y solo entonces se permitió reír. Con el último ingrediente que necesitaba, ya estaba preparado para poner en marcha su plan.
CONTINUARÁ
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