Se despertó entre sudor y jadeos; había luchado contra un hombre muerto. 'Estaba muerto. No respiraba y estaba tan frío como el hielo'. Sabía matar a un hombre pero, ¿se podía matar a un hombre muerto?
Se miró a las manos, donde eran patas. Estaban manchadas de sangre y de nieve, pero sus manos no eran más que las callosas y duras que había tenido siempre. Todo era como siempre, pero para ella todo había cambiado.
'He luchado contra un hombre muerto'. ¿Estaba segura de que era un hombre muerto? No tenía aspecto de hombre. Era tan blanco como la leche, y tenía una belleza sobrehumana y mortal, y era rápido como una serpiente. Eso no era un hombre, era un monstruo.
Un rayó débil de sol intenta traspasar los huecos de su ventana cerrada. 'Ya es de día, y tendría que irme'. Se levantó de su cama extraña y débil; por un momento no sabía cómo andar. 'He dormido muy poco y soñado demasiado'. Se lavó de arriba y abajo, se puso una túnica blanco y negro que le quedaba corto. Desde que había llegado a Bravos hasta ahora había crecido bastante; las faldas de la túnica le llegaba por encima del tobillo, asomando unos pies pequeños y blancos. 'Debo de decírselo al Hombre Bondadoso, el me dará una nueva túnica'. Se asomó al cristal reflector que le dio una vez un hombre que la cortejó, y empezó a desenredar los irregulares nudos de su cabeza. Desde que los hombres y muchachos empezaron cortejarla, el Hombre Bondadoso le dijo que se dejase el pelo largo, ya que hace a las mujeres más bellas.
—¿Para qué quiero ser bella? Con ser inteligente y valiente no necesito más —ella replicó.
—La belleza es una falsa amiga, niña. Parece dulce e inocente, pero tras la belleza está el acero y la muerte. A pesar de que parezcas una mujer, sigues siendo una niña, y las niñas listas utilizan su belleza. Deberías de utilizar la tuya.
Empezó a trenzar su cabello, que era bastante largo para ella. Le pasaba bien por los hombros, casi a la altura del pecho. Ella lo llevó así de largo una vez, siendo Arya Stark, donde doncellas y septas la trenzaban el pelo con complejas decoraciones. Ella sólo tenía una cuerda.
'Deberías de utilizar la tuya'. Sin embargo, ella nunca fue bella. Recuerda de una niña que la apodaban 'Arya Caracaballo' y se reían de ella porque era fea. Se miró en el cristal. 'Yo no me veo guapa'. Sus ojos eran grises y gélidos, estaba blanca y se cara seguía siendo igual de alargada que siempre.
Recogió los demás utensilios y se fue a la cocina. Hoy le tocaba estar con la Niña Abandonada, quien le enseñaría a perfeccionar su dialecto de Volantis. Hablaba la lengua bravoosi con la misma fluidez que la Lengua Común, y su Alto Valyrio era perfecto, con dialectos de Lys y Myr. Hace un par de lunas empezó con el de Volantis, y va más aprendiendo cada vez más deprisa.
Anduvo por los largos pasillos del Templo; con el tiempo logró aprenderse todos los pasillos y habitaciones del Templo, e incluso conocía algunos pasajes secretos, pero no se atrevía a entrar nunca. 'Podría morir en menos de un latido de corazón', pensó.
Entró a las amplias cocinas; eran grandes y grises, con el olor a pan siempre en el aire, de vez en cuando podía escuchar las sartenes cantando 'dong' o el aceite friéndose y si los cocineros estaban de buen humor, le dejarían que probase algo de lo que están cocinando. Estaba vez, como muchas otras, buscaba a la Niña Abandonada.
Siempre se ponían en la misma mesa en una esquina, al lado de una antorcha que le diese suficiente luz para verse las caras. Siempre era ella quién divisaba si la Niña Abandonada estaba allí, ya que ella siempre llegaba antes. A veces traía un poco de agua para aclararse la garganta, y a veces traía un palo para golpearla por si se equivocaba. 'Cada herida es una lección', un braavosi le dijo una vez a una niña.
Pero esta vez no estaba. La esquina estaba sola, ni siquiera la antorcha encendida. Empezó a recorrer todas las mesas para encontrarla, pero no había nadie excepto los limpiadores. Ellos no sabrían nada, ya que ellos deben no escuchar ni ver; sólo limpiar. 'Debería estar aquí. Hoy toca lenguas a esta hora'.
Se dirigió al Salón Principal, donde seguramente estaría el Hombre Bondadoso. 'Seguramente tendrá una tarea para mí. Ella no ha venido por eso'. Aunque era raro, ya que después de las lecciones, el Hombre Bondadoso le designaba las tareas.
—Es importante que sepas hablar lenguas para convencer y escuchar a los hombres. Pero escucha con atención niña; algunos dirán mentiras tan grandes como la verdades que esconden.
'Yo sé cuando un hombre miente y cuando no'. Llevaba demasiado tiempo viviendo en Braavos; si quería sobrevivir ella sola, tenía que saber cuándo la mentira hace sombra a la verdad. También debía de contar historias a los hombres para que le cuenten historias a ella; a veces eran reales, a veces no eran. 'Toda mentira es aquella verdad cambiada'.
Y allí, tras la piscina de agua oscuras, estaba el Hombre Bondadoso, silencioso como una sombra. Estaba de pie, quieto, esperando a que ella se acercase para contarle lo que está pasando ahora. Ella escuchaba historias de los capitanes, pero la fuente más fiable siempre era de el Hombre Bondadoso.
—La niña no está en sus clases.
—Ella no estaba, y sé que me quieres dar una tarea —debía andarse sin rodeos.
—Una joven reina se aproxima a Poniente —la miró—. A tu querido Poniente. Es una joven de la casa del dragón, con tres dragones a su disposición.
'¿Quiere que la mate?' Ella no lo creía así; sería una tarea demasiado arriesgada para ella, nueva e inocente.
—No, el Dios de Muchos Rostros aún no la ha llamado. Debes de hacer lo que te voy a decir ahora, sin mordidas de labio ni muertes. Ésta es una tarea arriesgada, ¿has entendido? No podemos arriesgarnos a nada.
—No mataré a nadie al menos que el Dios de Muchos Rostros me lo pida —le miró a sus ojos llenos de bondad, aunque ella sabía que eso era tan sucio como falso.
—¿Quién eres? —el hombre terminó, como de costumbre,
—Nadie —su rostro estaba hecho de piedra.
El hombre la miró y no dijo nada. Se dio media vuelta y empezó a andar. Ella no tardó en seguirle. Iban al tercer piso del Templo, la habitación prohibida; a la Sala de los Rostros.
Tocó las paredes de las escaleras y recordó cuando era una niña asustada de once años, sin lugar ni familia. Ahora no era nadie; no necesita hogar ni familia.
Ya había entrado allí centenares de veces; podía distinguir unas caras de otras, recordar cuáles estaban en su sitio, e incluso a ponerle apodos a algunos muy curiosos. Muchas veces ha entrado con él y muchas veces sola. Elegía el rostro que se iba a poner y ella hacía todo el proceso. Recordó la primera vez que lo vio: estaba en Harrenhal, donde un hombre mató su identidad para que otra nazca. 'Jaqen H'ghar'. Ese hombre está muerto, pero a lo mejor otro en su lugar sigue viviendo.
La habitación estaba apenas iluminada por los débiles fuegos que emitían las velas, creando todos tipo de expresiones nuevas sobre los rostros de las paredes. No importa si el rostro era feo o bonito, todos cambiaban con las sombras; ellas eran las que definía el rostro de una persona.
Se sentó y esperó al que Hombre Bondadoso le hablase.
—Debes de escoger un rostro para ti. No puedes ser ni muy hermosa ni muy fea, tiene que ser uno normal, que no se distinga entre los demás. Ese rostro debe de pasar desapercibido cuando desaparezca.
Se dio una vuelta por ahí y tenía que escoger uno. Cada uno tenía una historia que contar, por lo que debía de coger con cautela, ya que la cara delata la historia de cada persona. Ella debía de ser joven y mediocre. Había una que tenía los rasgos típicos de los braavosis; oscura de piel, nariz alargada, labios finos y delgadas y arquedas cejas. No tenía cicatrices, ni arrugas. Debía de ser una niña cuando la mataron, de no más de su edad. Ella será la elegida.
Cogió el rostro cuidadosamente de la pared y la llevo a donde estaba el hombre. Éste le dio su aprobación con un leve movimiento en la cabeza y ella se dispuso a hacer el resto. Había hecho ella esto centenas de veces y verlo con las manos de el Hombre Bondadoso aún más. Se bebió el líquido espeso que el hombre le dio y se dispuso a hacer el resto; cogió el cuchillo y lentamente fue dibujando los finos rasgos de su cara. Sentía la sangre, el acero del cuchillo, el calor de las velas, pero sobretodo, la mirada del hombre. Cuando acabó, lentamente se fue quitando su rostro y lo puso delicadamente sobre el suelo. Cogió el rostro braavosi y sintió como sus sentidos se agudizaban cuando el rostro se adhería a su cabeza. Cuando terminó, abrió los ojos y miró al hombre.
-¿Quién eres? —dijo el hombre, con su indistinta expresión neutra.
—Esperanza —dijo ella, con una voz dulce como las aguas calmadas.
—Esperanza, y serás una chica huérfana que se crió en Desembarco del Rey a pesar de ser bravoosi, así podrás hablar la Lengua Común y braavosi. Buscas un trabajo porque trabajabas de sirvienta en una casa de Braavos hasta que se cansaron de tus cantos. ¿Sabes cantar?
—Sí —mintió Esperanza.
—No eres mala mintiendo como antes, niña, pero no sabes cantar. Nadie te lo pedirá igualmente. Trabajarás en su casa hasta que sepas cuando debes darle el regalo. Debes de ser seductiva, y convencer a los hombres con tu sensualidad. Es la mejor manera. Debes de darle el regalo a un hombre que no conoces: Nelo Satrys. ¿Te dará pena y te apiadarás con ese corazón dulce de doncella tuyo?
—No voy a apiadarme de nadie ni a vengarme de nadie. Esperanza tiene carácter, pero no odia a nadie —se tocó las facciones para acostumbrarse a su nuevo rostro—. No lo conozco, ni lo conoceré cuando le dé el regalo.
—Valar Morghulis —dijo el Hombre Bondadoso, terminando la conversación.
—Valar Dohaeris —respondió ella, levantándose para elegir un vestido para salir.
Se fue a la habitación de los ropajes y cogió una túnica desgastado azul claro, una chaqueta de cuero oscuro desgastado unos calzones anchos verdes oscuros con bolsillos escondidos entre las capas. Cogió unas cuantas monedas y se las metió en un bolsillo, cogiendo una daga afilada y metiéndosela en la otra. Cogió también un bote pequeño de un líquido muy peligroso; las lágrimas de Lys. Desde que sabe manejar pociones y venenos, la dejan utilizar todo tipo de líquidos e ingredientes.
Salió del Templo, lista para ser Esperanza. Las puertas se abrieron solas, al igual que se cerraron. Cuando el estruendo resonó por la madera, era la nueva vida de Esperanza.
Era un día frío y gris en Braavos; el sol apenas se mostraba, tímido, y las nubes iban a llorar en unas horas, aunque eso no detuvo a su gente de hacer sus trabajos. No importaba qué tiempo hacía en Braavos, su gente estaba hecha de hierro y trabajaba incansables. Bajó las escaleras como muchas veces había hecho y se dedicó a andar por las calles y preguntar dónde está la casa de Nelo Satrys.
—¿Ese bastardo? —uno de los bravos dijo cuando se lo preguntó—. Él no merece la pena, joven mujer. Es un ladrón y un mentiroso. No deberías de ir hacia él va.
—Quiero trabajar —dijo dulcemente Esperanza—. Necesito encontrarlo, por favor —le dedicó una larga e inocente mirada.
—No trabajes para él, si no para mí —le acarició su cintura—. Adivino que puedes hacer muchas cosas para trabajar, joven mujer.
—No pienso hacerle ningún trabajo —Esperanza quitó hoscamente la mano de bravo, que iba bajando lentamente—. Necesito trabajar.
—Oh, pero si la chica se enfada fácilmente —el bravo rió—. Seguramente eres así de fiera en la cama, chica —la miró de forma lasciva—.
'Deberías verme si tuviese una daga en la mano. Verías así que tu lengua es demasiado larga'. Pero Esperanza no diría algo así; ella en el fondo es una chica dulce.
—Déjala de tus gilipolleces, Heggo, que la chica sólo quiere buscar trabajo —otro de los bravos habló—. No pienses que cada mujer es una puta como las que te tienes tú por las noches. Algunas tienen honor —se dirigió a Esperanza—. Perdona chica, sólo habla con las mujeres cuando las paga de los placeres que le dan. Yo sé dónde está la casa de Nelo Satrys. Yo mismo te acompañaré.
'Esto se vuelve muy dulce'. El hombre no sería mucho más mayor que ella, dos y veinte quizás. Era alto, con el pelo de un color caramelo y ojos azules como el cielo, blanco de piel. 'No es de aquí, seguramente es de Poniente'. Su acento era bastante parecido al suyo cuando era una iniciada del braavosi, así que no tiene que haber estado mucho tiempo aquí.
—¿Y cómo sé que no eres peor que él? —preguntó Esperanza, juguetona y tal vez desafiante.
—Porque soy uno de los hombres más honrados de Braavos —el bravo de ojos azules sonrió arrogantemente—. Soy Myck. ¿Y tú cómo te llamas, chica?
'Utiliza tu belleza para que los hombres canten'.
Se fijó detalladamente en el muchacho; no parecía muy fornido sino más bien esbelto, tenía una armadura plateada apagada y en una mano agarraba el mango de su espada, y en la otra tenía…
Y a Arya se le cayó el alma a los pies. 'Está aquí, en Braavos'. El yelmo no estaba tan brillante desde la última vez que lo vio, pero los cuernos y los rasgos del toro se podía admirar desde lejos. 'Está aquí'.
—Bueno, si tanto insistes, deberías de acompañarme para no perderme por el camino —Esperanza le tocó el brazo delicadamente—.
