VII. La gorra de Arnold.

Es pequeña, azul y está muy desgastada. Los bordes, de hecho, están deshilachados y blancos. Ya está muy vieja y tiene un lugar especial en el tocador. En medio de los perfumes a medio usar de Helga y los juguetes olvidados de Stella. Le han dicho varias veces que la guarde en algún cajón con seguro, pero se niega a olvidarse de ella. Hay ocasiones, incluso, cuando quiere hacer reír a Helga que decide ponérsela. Se ve graciosa, pequeñísima en esa cabeza que no se ve tan desproporcionada como antes, pero sigue teniendo una forma muy particular. Más que la foto de sus padres, la gorra está impregnada de recuerdos que le suavizan el ánimo y le llenan el corazón de esperanza.

—Deberías guardarla. —Le dice preocupada—. Ayer Stella estaba jugando aquí y casi se le pasa la mano con la témpera.

—Pero al final no pasó nada. —Se encoge de hombros y sonríe—. ¿Le has dejado jugar aquí?

—Por supuesto que no. —Le sonríe de vuelta, burlona—. Ahora adivina por qué no vamos a tener postre esta semana.

—¡Ah, Helga! —Se queja—. ¡Pero hemos comprado helado!

—Te repetiré lo mismo que le dije a Stella ya que piensan parecido, el hecho de que haya helado en el congelador no es un argumento válido para quitarle el castigo. —Se sienta en la cama y su mirada se concentra en la gorra.

—Pero, si sólo estaba jugando…

—No manchó tu gorra, Arnoldo, pero sí el material que había preparado para mi clase. —Se cruza de brazos, arruga el ceño—. Eres un blandengue de lo peor.

—No lo soy. —Se defiende ofendido, pero sabe que es verdad—. Además, no es como si no supieras lo que vas a enseñar.

Ahora le toca a Helga ofenderse, arquea una ceja, su sonrisa se convierte en una mueca, parecida a sus años de primaria, y Arnold presiente que se acaba de meter en un lío. De todos los años que llevan juntos, jamás ha podido salir bien parado de ninguno de los líos en los que se ha metido. Ha aprendido, sí, a defenderse mejor y más rápido. Ha ganado, incluso, pequeñas batallas. Las guerras, sin embargo, son siempre para Helga. Espera que la de ahora sea sólo una lucha menor.

—Qué guapo eres. —Comienza sarcástica—. La inteligencia te ha venido por separado, ¿verdad?

—La he ido comprando. —Admite fácilmente y se sienta él también en la cama—. Hey, ¿no estarás coqueteando, verdad?

—No contigo, no. —Dice desdeñosa—. No me gustan los zopencos que intentan pasarse de listos.

—Me castigas por la semántica malinterpretada. —Suspira e intenta hacer contacto visual, pero Helga lo ignora a favor de la gorra—. Qué profesora tan injusta.

—Discúlpate, melenudo. —Sentencia de mal humor.

—Lo siento, Helga. —Responde inmediatamente, su tono es completamente honesto, ya tenía planeado disculparse de cualquier forma. Parece que la rubia da su aprobación, pero todavía no lo ha mirado y Arnold se inquieta—. ¿Pasa algo?

Helga tiene el cabello largo y ondulado (ese día). Está un poco despeinada porque es fin de semana y todavía es temprano. No le gusta quitarse el pijama de lunes a viernes, cuando es imperativo que lo haga, pero los fines de semana se baña y se viste apenas se levanta. Usa pantuflas todo el día y, si pudiera, las usaría también para irse a la universidad. Una vez compraron tazas decoradas, de esas que usan las parejas, y Helga siempre usa la suya (azul) y lo obliga a usar la que queda (rosa). Stella tiene seis años y es muy parecida a Helga, le gusta leer y dibujar, es muy boca floja y es la mejor manipuladora de los niños de su generación. La única que logra ver a través de su estrategia es Helga y es ella, también, la única que tiene el corazón para castigarla. Arnold no puede, cada vez que la mira y sus grandes ojos azules se llenan de lágrimas, siente que le quitan un pedazo del alma. Helga dice que es melodramático, pero Arnold insiste y dejan el tema por la paz. Helga siempre lo mira a los ojos y Arnold sabe que las cosas están bien, por eso, cuando está meditabunda y distraída, no puede menos que preocuparse.

—¿Eh? —Da un respingo—. No, no pasa nada.

—Helga. —Dice en ese tono sabiondo que sabe que la irritará.

—Qué pesado te pones. —Da un bufido exasperado—. A ver mi queridísimo metiche, estaba acordándome de algo, ¿está bien?

—¿De qué, si se puede saber? —Se permite el tono irónico—. Ya sabes, porque estamos casados y…

—¿Has estado leyendo mis novelas del siglo XIX, de nuevo? —Helga arquea una ceja.

—Sí. —Dice sin vergüenza—. No entiendo qué tiene que ver.

—Nada, nada. —Responde suavemente, con una sonrisa indulgente—. Bueno, lo de la gorra. Sabes que creo que castigué a Stella más por mí que por ti.

—¿Cómo?

—Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, cuando todavía eras un cabezón con un gusto del asco, —su tono es casi, casi, cariñoso—, perdiste tu gorra y yo la encontré.

—Sí, me acuerdo.

—Bueno, esa vez te veías tan miserable. —Se pierde en el recuerdo y la mirada se le entristece—. Tan distinto de lo que normalmente eres. Todo por esa gorra. Luego lo entendí, claro. Tuve que devolvértela.

Arnold se acerca y toma una de sus manos entre las suyas.

—No pasó nada.

—No, claro, pero si no hubiese encontrado la gorra… —Helga arruga el ceño—. Eres un debilucho, ¿y si no la hubiese encontrado?, ¿habrías dejado de ser tú?

Arnold suelta una risita y Helga le da un manotazo para soltarse.

—Sí y no. —Le explica sonriendo y en medio de los espasmos de la risa—. Esa gorra me la dieron mis padres, Helga. Unos padres que no conocía. Lo hubiese tenido que superar en algún momento, pero no iba a ser igual.

—Por eso digo que eres un debilucho.

—Lo soy. —Ladea la cabeza para mirarla mejor, Helga alza la barbilla—. Ahora las cosas sin diferentes.

—No me digas.

—Ahora estás tú. —Le guiña el ojo y se maravilla en el sonrojo ligerísimo que pinta las mejillas de su esposa—. Y está Stella. Si deciden abandonarme… no podrán, es definitivo, las perseguiré hasta el espacio.

—Si quisiera… —Advierte airada, pero pierde convicción cuando (¡por fin!) su mirada se encuentra con la de él. Se resigna—. No sé por qué me gustas.

—¿Perdón? —Se ofende—. Te has casado conmigo, tenemos una hija y ocho años de casados y sólo, te cito, te gusto.

—A veces no sé si estás bromeando o… —La expresión censuradora la calla, se limita a poner los ojos en blanco—. Olvídalo.

—Me parece que estabas a punto de rectificarte.

—Me parece que no.

—Estoy hablando en serio, Helga.

—¡Yo también! —Agrega rápidamente y sonríe con todos los dientes—. Por supuesto que te amo, cabeza de balón.

La gorra sigue ahí, presenciándolo todo.


Continuará...


Retoños :3, estaba en mi momento cursi, ojalá les haya gustado. Esta vez les escribo porque tengo noticias importantes... ¡Me voy!, no, no es cierto. Ja, sí lo sé, tengo el humor en el culo xD. Ya, sólo para comentarles que estaré más ocupada y eso lógicamente significa que tengo que actualizar YA. Así que subiré pronto-prontito lo que les debo. Sí, ¡alegrémonos!, hay Killafest 2012 :P

¿A poco no me han extrañado?

A los que leen En mi cumpleaños, con los Beatles. Me olvidé de aclarar que el poema que recita Helga a la luna es mitad la serie mitad mi imaginación. Ñam :3

Por cierto que se me ha ocurrido un fanfic nuevo... lo sé, me encanta complicarme. Pero ese lo subiré cuando lo tenga listo. Es de una pócima mágica que Helga se toma de casualidad. Y no, no es una pócima de amor o de no amor. Ñam ;)

¡Cualquier sugerencia o deseo pasional irrefrenable que tenga para alguna viñeta, me lo dicen! Soy como Disney, puedo hacer los sueños realidad xD. Ya estoy diciendo cualquier cosa, es que aquí es tardísimo pero les quería dejar mi cursilería. Ya me voy para que no termine por aburrirlos. Tan lindos todos. Cuando lleguemos a los 100 review también habrá Killafest.

Por cierto, les quiero agradecer por seguir la historia, ya ha llegado a los 5,000 hits. Lo cual es bastante si tenemos en cuenta que Cuando Helga G. Pataki perdió la paciencia (que es de los más populares -yo echándome flores, qué cool soy...-) tiene 8,000. ¡Qué bellos son todos! Los amé. Los recompensaré con creces, los prometo.

Bueno, ya me voy, en serio que estoy poniendo cosas que no tienen nada que ver... debe ser el sueño.

Anónimos nunca tan anónimos.

Polly. Mi bellísima Polly. Verdad que son bellos cuando pelean. Ais, yo lloro de la emoción porque todo esto es lo que quería que pasara. Qué les costaba regalarnos un besito más. Aw, me alegra que te guste la estructura fragmentada, era la idea hacerla así para que todos la disfrutaran. Son retazos de lo que se me ocurre. ¡Gracias por todos los buenos deseos, cariño! Muchas gracias por estar siempre pendiente de mis actualizaciones y por toda la buena onda, está llegando y qué bien, porque la necesitaré este fin de semana con suma urgencia. ¡Besos y abrazos! ;)

¿Clic al botoncito? :3

El botoncito todo azul y maravilloso que ahora más que nunca dice 'vamos, presióname, te gustaré'. Todo slutty él, pero irresistible.