VIII. La decisión de Helga
Siempre se sentía un poco extraña cuando se sentaba delante de su tocador. No era una sensación mala ni buena, pero persistía y en sus momentos de mayor ociosidad, a veces, se distraía pensando en el motivo.
Había cambiado con los años. Las coletas y el lazo se habían ido, la cara se le había alargado, la uniceja se había separado y el cerquillo ya no le cubría la frente. Lejos estaba la gran contradicción de su apariencia de nueve años. La extrañaba de vez cuando, frente al espejo y recordando los rasgos que le habían dado su singularidad. La combinación que, en total honestidad, la había hecho una niña fea.
La nariz grande, los ojos saltones, la mandíbula fuerte, la uniceja tosca y las orejas de chivo (como Harold siempre había señalado, muy amablemente). Alta y encorvada, en vestidos chillones y anchos, con piernas delgadas y muy separadas. Manos grandes y pies pequeños. En ella, todos los rasgos correctos caían en lugares equivocados. A la fuerza, como si no pudieran armonizar.
Se terminó acostumbrando, como todos, porque uno termina acostumbrándose a su propio cuerpo. Y era un poco extraño porque incluso cuando parecía que tenía dudas, siempre se había sentido cómoda con él. Ahí donde la estética fluctuaba y cambiaba con la moda, ahí donde todos hablaban de patrones y de moldes, ella podía sostenerse en su fealdad.
Era irónico. Alta, delgada, rubia y de ojos azules. Era poderoso en cierta forma. Le gustaba, mirarse al espejo, y sentirse poderosa en lugar de bonita. Le gustaba no tener que preocuparse por su uniceja, ni por sus orejas de chivo. Le gustaba mezclar la delicadeza del rosa con la asimetría de sus dos coletas. Le gustaba jugar con lo que todos asumían como una combinación infalible. Le gustaba que se desmoronara en su apariencia.
Le gustaba y, con los años, aprendió a gustarle esa nueva combinación de sí misma. La del cabello suelto que ocultaba las orejas, la de las cejas perfectamente delineadas, la de los ojos grandes y dibujados, la de los labios rojos, la de postura muy recta y de vestidos que le se pegaban al cuerpo. Era alta, delgada, rubia y de ojos azules. Cubriendo lo que no se mezclaba y enseñando lo que podía mezclarse.
Sí, le gustaba porque al final del día era su decisión ser una o la otra. Sería ella misma con o sin maquillaje.
