Eh, discreción con este capítulo.

X. Nieve.

Sus manos estaban frías.

Helga se estremeció. Idiota. Hundió su cara en la almohada y trató de volverse sobre sí misma. Tenía sueño y no quería levantarse así el fin del mundo hubiese llegado y se estuviese perdiendo los fuegos artificiales. De verdad que no.

Se movió, debajo de la tela del pijama, acariciándole la piel y moviéndose lentamente sobre su estómago. Todavía estaba fría. Helga gruñó y se arrastró lejos del agarre. Fue inútil. A la mano le siguió el brazo y, de pronto, tenía la cintura envuelta en un agarre poderoso. Luchó brevemente. La movieron fácilmente a su posición original y sintió más frío que antes cuando un cuerpo más grande que el suyo se presionó en su espalda. Todavía estaba aferrándose a las ondas de sueño interrumpido cuando el rostro se acercó hasta su nuca y se movió hasta el lóbulo de su oreja. No tenía que abrir los ojos para saber que estaba sonriendo. Eso la irritó, pero se esmeró en seguir fingiendo que dormía.

—¿No te vas a levantar?

Había aprendido a usar los verbos, qué tierno. Había dicho levantar y no despertar. Era una elección de palabras muy interesante para alguien que casi nunca se daba cuenta de las cosas. Supuso que tendría que emplear otro tipo de estrategia mucho más elaborada. Sin decir nada, abrió los ojos y parpadeó varias veces para enfocar la mirada. Su habitación estaba perfectamente desordenada y eso, en vez de ayudarla a concentrarse, la convencía más de su idea original de jamás abandonar la comodidad de sus sábanas.

En un movimiento muy fluido, adquirido por la práctica, se dio la vuelta sin romper el agarre. Liberó sus manos lo suficiente para dejarlas descansar sobre el torso que antes se había acomodado sin ninguna consideración. Las dejó ahí brevemente, apenas en una caricia delicada que acompañó de una sonrisa de medio lado. Todavía no lo había mirado. Esperó uno dos tres y la intensificación del ritmo de la sangre la llenó de entusiasmo. Dejó que una de sus piernas moviera las sábanas hasta encontrarse con otras más frías. Rápido, sin pensarlo demasiado, empujó con fuerza.

—Te odio. —Le sonrió y, ahora que estaba arriba, se inclinó lo suficiente para susurrarle en la oreja—. No quería levantarme.

Siempre era gentil, incluso cuando estaba enojado. La tomaba de la cintura y subía un poco, como si quisiera abarcar toda la espalda con su mano. Le besaba el dorso de la mano antes de sujetar su muñeca con fuerza pero sin apretársela. Una vuelta de estilo y ahora estaba atrapada bajo su cuerpo. Le salió la risa sin darse cuenta, burlona y cruel, todavía sin mirarlo.

—Yo no me reiría si fuera tú.

Su voz sonaba, grave, muy seria, llena de promesas que le escarapelaban la piel. Siguió riendo, sí, pero envuelta en una sensación menos sonora. No paró hasta que él la soltó y sintió su mirada profunda. Le cambiaba el mundo, esa voz. Se perdía la bondad y llegaba a ese límite ocioso que la volvía peligrosa. Se llenaba de advertencia silenciosa, diferente de lo que conocía. Le divertía jugar con esa voz, se llenaba de anticipación mientras adivinaba cuántas barreras tendría que destruir para sentirla verdaderamente. Lejos de cualquier dominio.

Pero esa mañana no. Es mañana tenía planes que marcaban un paso diferente.

—¿Por qué no? —Alzó la mano y la dejó sobre su mejilla derecha—. No me dejas dormir, no me dejas mover y ahora no dejas que me ría. Qué hombre más despiadado.

—No me gusta cuando lo dices, aunque estés bromeando.

—¿No te gusta aunque fuese la verdad? —Le sonrió en una mueca—. ¿Qué prefieres, la verdad dolorosa o una mentira blanca?

Lo miró, llena de malicia. La mano le tembló cuando sus ojos se entrecerraron y la molestia inflamaba sus gestos. No te atrevas. Pero a ella le gustaba jugar con las mentiras. Le gustaba vacilar y perder el control, le gustaba la incertidumbre y la sensación abrumadora que la encerraba como si la idea de escapar hubiese sido genuina.

—Dime la verdad.

—Te amo, Arnold. —Le susurró cuando ya no podía más. Resbaló la mano hasta su nuca y lo jaló con firmeza. Lo besó lento y desesperado, hundiéndose en el frío que contrastaba con el calor de su cuerpo. Frío. Caliente. Mezclándose en las curvas, agitándose, como si estuviese llegando al cielo. Lo besó, suyo, como si estuviese descubriendo que le pertenecía. Lo besó de nuevo, sin esperar, como si el tiempo se acabara en el segundo que se tomara para respirar. Lo beso perdiéndose en los sentidos, buscando la aceleración de la sangre y confundiéndose con su propia excitación. Lo besó con los labios, con las manos enredándose en su cuello, con su cuerpo arqueándose y buscándolo en el extravío de sus ojos cerrados.

Soltó un jadeo, volvió a la realidad de su habitación, y respiró entrecortado. Calor. Calor. Calor. Lo miró de nuevo, encantada con la fascinación que le nublaba la vista. Le gustaban sus ojos verdes. Le gustaba la alucinación lasciva que la miraba con malas intenciones. Ahí, en ese instante, en el que el equilibrio estaba a punto de quebrarse.

—Es la primera nevada. —Le susurró con la voz ronca.

No se había dado cuenta.


Reviso mis viñetas y las voy publicando. Espero que esta no les haya parecido muy fuerte. Creo que es una de las más ''explícitas'' que he escrito. Ñam. Bueno, niños y niñas, no puedo escribir más porque se supone que no debo mover la muñeca... je. GRACIAS POR SUS COMENTARIOS, les prometo que apenas esté sin yeso se los contestaré uno por uno. GRACIAS POR TODO. LOS AMO :)

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