Nota: Muchas gracias por todos los reviews mis queridos retoños, me llenan de amor. Sé que mi reaparición ha sido algo accidentada, pero es a causa de que mi laptop se sumergió en la bebida de mi hermano. Las actualizaciones van a seguir este orden: De cómo Arnold es denso como un ladrillo, Rhonda y la pócima mágica, Entre Luces, La primavera vuelve, 101 Clichés, Cuando Carmen sale a bailar y Cuando Helga G. Pataki perdió la paciencia (son cuatro extras).
Y el premio a la autora que más fics inconclusos tiene es para…
Mejor no hablemos de esas cosas que me hacen ver mal. Mejor hablemos que hay mucho que leer y que el siguiente fic que publicaré (es un one-shot, no se preocupen) se llama: 7 ocasiones en las que a Brainy se le perdieron las gafas.
Para los que me quieran seguir en otros fandom, voy a publicar fics en: Cómo entrenar a tu dragón, Los Crood, Gundam Wing y Jimmy Neutron.
¡Habrá especiales de navidad!
Por si se preguntan si escribí todo esto en medio mes… No, no soy un monstruo (bueno, casi, tengo un grano detrás de la oreja y mi mamá no me dijo nada, pero estoy segura que vi horror cuando lo notó, jajaja). Son actualizaciones que fui aplazando porque no tenía tiempo de darles una revisada y ahora se me han acumulado todas. ¡Espero no hartarlos, prometo que las dosificaré!
Chicas del sexto grado
Helga tenía esa expresión.
Esa expresión
Era una mezcla de diversión con burla, con incredulidad, con debes-estar-borracho, con me-haces-reír-con-tus-incoherencias, con exasperación y algo, un poco, de compasión.
Arnold, que normalmente alentaba los momentos de empatía Pataki, se sentía profundamente ofendido. De hecho, se sentía tan ofendido, que podía sentir el mal humor bullendo en su estómago, evaporándole la paciencia que siempre guardaba para cuando habla con Helga. No entendía qué diablos había provocado que Helga lo mirara de esa manera y definitivamente no quería enterarse que tenía algún tipo de relación con lo que acaba de contarle. Si fuese así, Arnold ya no estaría ofendido, estaría ofendidísimo. En superlativo.
—¿Qué? —Dijo de mal talante.
Helga, aún con esa expresión, resopló.
Ah, pero no fue un resoplido cualquiera, fue un resoplido con segundas intenciones eres tonto que evidentemente buscaba indignarlo. Él no se indignaba tan fácil, pero se indignaría si Helga seguía en esa actitud de superioridad burlona, con esa expresión y ese resoplido que se sabía de memoria.
—¿Qué? —Repitió con la certeza de quien sabe que escuchará algo no le gusta, pero decide preguntar de cualquier manera.
—¿Qué de qué, Arnoldo?
Arnold quizá lo hubiese pasado por alto (porque evidentemente Helga estaba pasándolo por alto) de no ser por la sonrisa socarrona que acompañó a la expresión, el resoplido y la actitud. Arnold no entendía cómo lo hacía, pero Helga siempre (¡siempre!) lograba sacarlo de quicio.
—Dilo.
—¿Necesito decirlo?
—Estaba hablando en serio.
—Ya sé que estabas hablando en serio, ¿por qué crees que me da risa?
Si el mal humor fuera una representación mitológica, Arnold sería un dragón escupiendo fuego por la boca. Sin embargo, Arnold tenía autocontrol y años de manejar situaciones con Helga.
—No lo sé, por eso estoy preguntando.
—Te ves ofendido.
—Estoy ofendido.
Helga soltó una carcajada seca y Arnold se preguntó por qué demonios contestaba sus preguntas sin pensar.
—Ah, vamos Arnold. —Helga le puso una mano en el hombro y Arnold sintió que Troya ardía sobre su piel—. ¿No sabes que la verdad no ofende?
Qué cínica
—Eso es muy cínico de tu parte.
Helga rodó los ojos y lo soltó. Se volteó, pasando totalmente de él, a seguir guardando sus libros en su casillero. Ahora sí, Arnold se ofendió.
Se ofendió, en serio, en superlativo.
—¿Helga? —Dijo impaciente. No sabía qué quería exactamente, pero que lo ignorara, definitivamente no.
Helga siguió con la nariz metida en su casillero, descargando libros y libros, con su morral en el piso y burlándose, porque el sarcasmo que más dolía era el del silencio mordaz.
Cuando Helga se agachó a terminar de guardar los pocos materiales que todavía quedaban en su mochila, Arnold se adelantó dos pasos y cerró la puerta del casillero en un movimiento limpio y qué cínica.
—¡Hey! —Protestó Helga desde el piso, arrugando el ceño.
Arnold se agachó también, de cunclillas, las manos unidas, los codos apoyados en las rodillas y el rostro de Helga a tres centímetros del suyo.
—Eres una cínica.
—Y tú, un zascandil presuntuoso.
—¿Qué? —Arnold arrugó el ceño.
—Mastuerzo.
—¿Qué rayos significa eso?
Helga sonrió y Arnold sintió que pisaba lava. La rubia tomó una de sus manos con la suya, para su total desconcierto, y se la abrió suavemente con los dedos.
—La verdad no ofende. —Le dijo mientras ponía un libro en su palma—. Cuando sepas qué significa te darás cuenta que tengo razón.
Arnold no entendió nada hasta que bajó la mirada y leyó la portada.
Diccionario
¡Un condenado diccionario!
Cuando pensó en todo lo que quería decirle (¡y quería decir muchas cosas!), Arnold se dio cuenta que no encontraba las palabras, ni la paciencia, ni el orden mental necesario para lidiar con el enojo. Se dio cuenta que todos los verbos, las frases y los significados comenzaban en la sonrisa de medio lado de esa chica que lo volvía loco y terminaban en su nombre. La razón de su enojo: Helga. El sarcasmo, la impaciencia, ese lado de él mismo que solo aparecía cuando estaba ella: Helga.
Helga, Helga, Helga y Helga. No era una frase, era una oración, era un párrafo, eran miles de historias y la única historia que había conocido desde el preescolar.
—Helga… —Dijo en un susurro que contenía toda esa insatisfacción que solo le pesaba cuando pasaba con ella.
—No seas papanatas, Arnoldo. Esa chica de último año solo está usándote para sacarle celos a su novio. —Su tono era melódico, agudizado por la risa que estaba intentando controlar para hablar—. Como esa chica de sexto que…
Entonces Arnold notó que no le molestaba que esa chica lo estuviera usando. Le parecía deshonesto y manipulador, pero no le molestaba. Cambiaba su impresión sobre ella y sobre lo que había planeado, pero no era nada. No le había molestado cuando Gerald se lo sugirió y no se molestó cuando se planteó esa posibilidad él mismo. Le molestaba otra cosa.
Le molestaba Helga. Le molestaban sus ojos llenos de risa, el mechón de cabello que se le escapaba debajo de la gorra, sus libros, el diccionario, la nariz que parecía respingarse por defecto y sus labios que se curvaban ahí, cercatanmuycerca.
Cuando la besó, fue como fundir el enojo en el deseo. Soltó el diccionario y su mano se movió para deslizarse sobre la piel de su cuello, la acercó sobre sus labios, besándola con los ojos cerrados y comiéndose su sonrisa. La besó, profundo y aprendiéndose las curvas de su boca, hundiéndose en ella y liberando su enojo. La tocó, con sus manos, con su boca, con su alma. La tocó con todo lo que tenía, con todo lo que era, porque con Helga nunca era nadie más que él mismo. La probó y fue como si la tierra se remeciera y le cambiara el ritmo de la sangre. Un beso, era todo, un beso que comenzaba y terminaba en ella, que se alargaba en la punta de su lengua y Helga podía decirle lo que quisiera, si dejaba que la besara en los pasillos de la escuela.
Lo que ella diga.
Continuará...
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Espero les haya gustado.
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