DISCLAIMER: Saint Seiya pertenece a Masami Kurumada, Toei y a quien mas corresponda, pero a mi no (ya que si eso pasara sería millonaria, pero no). Sólo hago esto por amor al arte y a este anime/manga.
Tampoco tengo derecho alguno sobre el libro "Los Ojos del Perro Siberiano" del autor Antonio Santa Ana.
Esta fanfic va dedicada a todas esas personas que luchan contra el SIDA, tanto pacientes como médicos y parientes.
Los Ojos del Perro Siberiano
Por Aquarius-chan
Capítulo 2: Hermanos Abrazados
Aioros me observó un buen rato y después siguió acariciando a Goldie.
"PorquetengoSIDAporquetengoSIDAporquetengoSIDA". La frase me retumbaba en la cabeza.
"PorquetengoSIDAporquetengoSIDAporquetengoSIDA". Yo tenía la boca abierta y una expresión de alelado total.
—¿Cómo te contagiaste? —pregunté en un hilo de voz.
Me miró fijo. Tenía un brillo en los ojos que yo conocía bien. En ese momento me di cuenta cuánto se parecía a mi padre. Mucho más de lo que cualquiera de los dos fueran capaces de admitir.
—Bien, bien, bien. Por fin nos sinceramos. Aquí tenemos a un futuro criador de perros. ¿Te envió tu padre? —hizo silencio un momento, yo no me sentía capaz de balbucear nada. —¿Acaso tiene importancia cómo me contagié? —continuó—. Digno representante familiar hacer una pregunta tan imbécil. ¿Qué estás esperando que te diga? ¿Qué soy homosexual? ¿Drogadicto? ¿Qué me contagió el dentista? ¿Eh? ¿Crees que eso tiene alguna importancia? Lo único que realmente tiene importancia, es que me voy a morir, que no sé cuánto tiempo de vida tengo. Y que por más que viva eternamente nunca voy a poder tener una vida normal.
"Estás siendo injusto conmigo", pensé, "me escapé de casa para venir a verte, tú sabes muy bien qué me puede pasar si papá se entera que estoy aquí. Soy tu hermano, no tienes derecho a hablarme así. No te quería ofender, en serio, no sabía que hablar de esto te molestaba. Discúlpame. ¿Homosexual, drogadicto? ¿De qué estás hablando? No te quería molestar". Pero dije:
—Mejor me voy. - y me fui.
Aquella tarde, después de bajarme del autobús, me quedé dando vueltas por la ciudad donde vivo. El lugar, en el que había vivido toda mi vida, me parecía distinto. Como una gran escenografía. Y yo era un actor en esa obra. Un actor de reparto. Me sentía liviano y pesado a la vez, si es que acaso eso es posible. Tenía frío y calor. Transpiraba y las orejas me ardían.
Mucho más tarde de lo que debía, me decidí a ir a casa. Ensucié mi ropa deportiva para no levantar sospechas y traté de encontrar alguna excusa convincente para explicar mi demora. Nunca me habían pedido explicaciones, pero al saber que tenía que mentir, me sentía en inferioridad de condiciones.
En casa no había nadie. Encontré una nota en la puerta de la heladera explicando que mis padres habían salido, no recuerdo a dónde, y que la cena estaba en la heladera para calentar en el microondas. No cené. Subí a mi cuarto, tenía mucho en que pensar. No sé cuanto tiempo estuve así, tirado en la cama y con la luz apagada. Hasta que sonó el teléfono.
—¿Hace mucho que llegaste? Creí que me ibas a llamar. ¿Cómo te fue? — obviamente era Milo
—No, llegué recién— fue todo lo que atiné a decir.
—¿Y? Cuéntame qué te dijo...
—Nada...no...no estaba. Eso, no estaba —mentí de la forma más convincente que pude.
—¿Y por qué tardaste tanto en volver? - Así son los amigos, uno quiere estar solo, pensar, terminar una conversación y ellos lo someten a uno a un interrogatorio.
—Lo que pasa...es...es...que me perdí. Me perdí. No encontré la parada del autobús para volver. Me fui caminando hacia otro lado —realmente ni yo me lo creí, mi voz estaba toda temblorosa, muy poco convincente.
—¿Te pasa algo, estás un poco raro? —insistió él.
—Estaba yendo para el baño cuando sonó el teléfono.
—Ah, bueno —Milo se rió— Ve tranquilo no quiero que te ensucies los pantalones por mi culpa. Nos vemos mañana.
Y cortó. Por fin. Tenía muchas cosas en qué pensar, muchas cosas que no entendía. Prendí la televisión, buscando algo que me distrajera un poco. El lío que tenía en la cabeza era como un gran ovillo que no tenía ni principio, ni final. Al menos por el momento. Al menos para mí.
Me encontré mirando "Tarzán en New York", una de esas tantas películas horribles, con uno de esos tantos Tarzanes horribles. La historia era así, unos cazadores capturaban a Chita y la subían a un barco. Tarzán se subía a otro barco para ir a rescatarla, y el barco lo llevaba a Nueva York. Al llegar, se tiraba al río y se trepaba al puente y se quedaba parado con expresión de oligofrenia, mientras los autos pasaban y la gente le gritaba cosas en un idioma que él no entendía. Después aparecía Jane y rescataba a Chita. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa es que yo me sentía como Tarzán en el puente. Desnudo y rodeado de cosas que no entendía.
—Anoche no cenaste —dijo mi madre cuando bajé a desayunar.
—No me sentía bien, no es nada, ya pasó.
—¿Nada? Para que tú no cenes...Si quirees puedes faltar a la escuela.
—De verdad mamá, no es nada — y la abracé, la abracé muy fuerte.
Nosotros no somos de esas familias que se la pasan besándose y abrazándose. Por eso ella me miró extrañada.
—¿Y eso? ¿Te agarró un ataque de cariño? ¿Seguro que quieres ir a la escuela?
—Sí, mamá —le dije con mi mejor expresión de fastidio.
Realmente prefería ir a la escuela a quedarme en casa. Quería tener la cabeza ocupada en algo, aunque ese algo fuera la profesora de matemáticas. En la escuela estuve insoportable. Tenía miedo de que Milo se diera cuenta de que estaba preocupado y comenzara con uno de sus interrogatorios, en los que siempre lograba ganarme por cansancio. Necesitaba tranquilidad para pensar algo que me estaba dando vueltas en la cabeza desde la noche.
Si a Aioros no le importaba lo que a mí me pasara, a mí no tenía que importarme él. Después de todo, en estos años, yo no había tenido un hermano y nunca había contado con él. Había vivido esos años de mi vida sin él y podía seguir así tranquilamente. No me importaba que tuviera SIDA o lo que fuera. Si era por mí, Aioros se podía ir a la mismísima mierda.
—¿Una partida?
Así era desde hace años. Mi padre se acercaba y decía "¿una partida?", en un tono que se asemejaba más a una orden que a una pregunta. Yo contestaba: "si, papá". Aunque estuviera haciendo la tarea, jugando o mirando la tele, me levantaba, caminaba hasta su estudio y me disponía a aceptar otra sesión de ajedrez.
"Mens sana in corpore sano". Este era el axioma de mi padre. Me obligaba a hacer deportes, a jugar al ajedrez (al menos una vez a la semana) y me sometía a largas sesiones de música clásica. Mi padre amaba esa música, en especial a Wagner, y quería trasmitirme ese amor. No lo logró. Salvo Bach o Mozart, o las sonatas de Beethoven, esas horas que dedicaba a hacerme escuchar música se parecían más a una tortura que a un placer.
—Jaque mate- dijo triunfador, aunque cambió su gestos - Hacía mucho que no te ganaba tan rápido. Estás desconocido.
—Es que...jugaste muy bien papá.
—No me mientas, yo te enseñé a jugar, sé que no estás concentrado —y frunció el ceño.
Esos son los momentos en la vida en los que parece que los segundos duran años, y en los que me odiaba por no tener una imaginación frondosa.
—Es que...estoy pensando en mi cumpleaños.
—¿Tu cumpleaños? Pero si faltan como veinte días — y se rió —. ¿No tendrás algún problema en la escuela?
Lo negué. No recuerdo cómo continuó la conversación, pero habíamos entrado en un terreno que me favorecía. Siempre fui un buen estudiante, la escuela era uno de los pocos lugares donde me sentía seguro de salir bien parado. Insisto, no recuerdo cómo terminó la conversación. Pero conociendo a mi padre estoy seguro de que fue comprometiéndome a otra partida al día siguiente.
En esos días comencé a tener una pesadilla que me persiguió por años. Un viajero sediento camina por el desierto, ve la sombra de un ave de rapiña, pero no al ave. Si mira hacia el cielo el sol lo ciega. Sólo ve la sombra amenazante haciendo círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca.
El domingo de esa semana vino a visitarnos la abuela, lo recuerdo bien. Ella vivía en el campo, y tenía un departamento en la zona céntrica de Atenas, que utilizaba cuando venía aquí por algún motivo. Nosotros la visitábamos al menos una vez por mes, y pasábamos el fin de semana en su casa. Yo amaba esos días. Días de levantarse temprano para ayudar en el ordeñe. Días de andar a caballo y comer manzanas que arrancaba del árbol.
Era muy raro que mi abuela dejara su casa un fin de semana, sólo lo hacía de lunes a viernes y trataba de volver al campo en el día. Era común sí, encontrármela un miércoles a la salida de la escuela y almorzar juntos, ella se apuraba en regresar temprano.
—Ya estoy vieja para manejar con tanto tránsito —decía y se reía—, mejor temprano a casa que mañana hay que madrugar.
Ese domingo, ni bien llegó a casa, mi padre la sometió a un interrogatorio preguntándole por qué había venido, si se sentía bien, si tenía algún problema, etc. Mi abuela lo toleró un buen rato hasta que le contestó algo así como que estaba bastante grande para responder esas cosas y que creía que podía venir a nuestra casa cuando quisiera. Mi padre se quedó mudo, y mi madre y yo también, era la primera vez que yo veía a alguien contestarle así a mi padre y dejarlo sin palabras. En ese momento sentí que quería a mi abuela un poquito más que antes.
Almorzamos pollo con hierbas, frutas y alguna cosa más. El almuerzo transcurrió como transcurren habitualmente este tipo de encuentros, charlas sobre el tiempo, la escuela, las vacaciones pasadas, las que vendrán. Estuve todo el tiempo divertido contemplando a mi abuela, me duraba el asombro por la forma en que había tratado a mi padre.
Después del café, continuamos nuestra conversación en la sala, hasta que mi abuela se levantó para ir a sentarse al jardín. Durante un rato la observé desde la ventana de mi habitación, sentada sobre el banco de piedra a la sombra de los pinos, después me decidí a acompañarla.
—Tu padre se asombra de que venga a almorzar un domingo con ustedes, pero siempre que vengo me hacen lo mismo de comer: ¡pollo con hierbas!
Nos reímos, era cierto. Desde hacía años cuando alguien venía a comer mi madre cocinaba lo mismo. Variaba los acompañamientos y las entradas pero no el plato principal. Era algo muy extraño. Rara vez mi madre repetía un menú durante el mes cuando cocinaba para nosotros, es más, es una excelente cocinera. Nunca un plato tuvo dos veces el mismo sabor, siempre modifica algo, siempre encuentra algún ingrediente que modificar, aun en cantidades ínfimas, "tal vez media cucharadita más de paprika", o cosas por el estilo.
De ahí que resulte más ridícula su obsesión por el pollo con hierbas; aunque para hacer honor a la verdad, siempre estaba exquisito. Cuando paramos de reír, hablamos de lo que siempre hablábamos entre nosotros: el campo. Me contó acerca de Noche, una yegua que a mí particularmente me gustaba. Siempre en mis visitas, hiciera frío o calor, con lluvia o con sol, iba hasta el corral, me acercaba despacio, le daba terrones de azúcar, la acariciaba y recién después la montaba. Era una suerte de ritual que compartíamos, Noche me miraba llegar y seguía en lo suyo, no levantaba las orejas, no hacía ningún gesto. Esperaba. Yo sabía que ella disfrutaba de nuestros encuentros tanto como yo, no podría explicar cómo, pero lo sabía.
—Me enteré que fuiste a la casa de Aioros —dijo mi abuela de repente.
Me quedé de una pieza. Miré desesperadamente alrededor. Si mi padre se enteraba era capaz de encerrarme en un convento y hacerme monja.
—Quédate tranquilo, no les dije nada a tus padres— dijo leyéndome el pensamiento.
—¿Y usted co-cómo s-se enteraste? —tartamudeé.
—Lo leí en el diario —y se rió. Yo no pude ni siquiera esbozar una media sonrisa, estaba esperando que la tierra se abriera y me tragara. —Me lo contó Aioros, por supuesto.
—¿Aioros?
Eso realmente no entraba en mi cabeza. No me lo imaginaba llamando a la abuela para contarle que yo lo había ido a ver. No lo podía creer.
—Sí claro, Aioros. Tu hermano. ¿Sabes quién es, no?
Otra vez silencio. Otra vez angustia. Todo parecía indicar que la angustia no me abandonaría. Desde mi visita a su casa trataba de olvidarlo, de que todo volviera a ser como antes, de que mi hermano volviera a ser una referencia lejana, alejada de nuestra vida cotidiana. Ese nombre apenas susurrado por mis padres. Y esa presencia ineludible en las reuniones familiares, en las que mis padres se empeñaban en mostrar que nada era anormal, pero no podían evitar que se notara su incomodidad.
—Yo lo veo seguido, al menos una vez por semana - y ante mi cara de sorpresa prosiguió —No, no te sorprendas. Es mi nieto. Que se haya ido de la casa de tus padres no cambia las cosas. Es más, a mí me parece una cosa totalmente natural, no puedo entender por qué hacen tanto escándalo. Si tú te pelearas con tus padres, yo te seguiría queriendo igual, es algo totalmente lógico. Es hasta tonto tener que explicarlo. ¿Lo vas a seguir visitando?
—No... no creo.
—Es una pena, me puse tan contenta cuando me enteré de tu visita... Aioros también, claro. Aunque sé que terminó de una manera un poco, cómo decirlo, abrupta. Fue un buen gesto de tu parte ir. Yo pensé que todo iba a ser como antes, después de todo él te enseñó a caminar y me acuerdo de que vos sólo te dormías si él te cantaba una canción...
—Basta con eso, por favor —no grité pero mi voz salió de una manera rara, tal vez fue por la angustia de todos esos días o no sé por qué, pero mi voz sonó distinta, como si fuera otro. Pude ver la cara de sorpresa de mi abuela. Eso me armó de valor para continuar — Basta con eso, por favor —esta vez con mi voz normal— La semana que viene cumplo dieciséis años y todo lo que me puedes decir de Aioros es que me enseñó a caminar y que me cantaba una canción cuando yo tenía tres años. Una canción que ni siquiera sé cual es. Lo único que tenemos en común los dos son nuestros padres, después nada más, abuela. Nada más. Nos separa un abismo.
—Tal vez lo bueno de los abismos sea —concluyó la abuela— que se pueden hacer puentes para cruzarlos.
Después de que se fue la abuela, me quedé dando vueltas y vueltas en mi cuarto. No sabía qué hacer, pero sí sabía lo que no quería hacer: pensar. En mi cabeza se agolpaban Aioros y mi padre; puentes y abismos, y a pesar de no haber sido mencionado en nuestra charla, el SIDA y el ave de rapiña.
En la televisión daban El Mundo de Disney. Nada lograba deprimirme más. Esos brillos, fuegos artificiales y sonrisas de la presentación me producían dolor de estómago. Busqué, entonces, un libro; todos los que me interesaban ya los había leído, algunos releído. Los que quedaban eran esos libros, típicos regalos de cumpleaños, que el abuelo de alguien leyó a los ocho años y le gustó, entonces a los ocho años del padre de ese alguien le regalan también ese mismo libro, y obviamente el pobre alguien a los ocho recibe también ese mismo libro acompañado de una frase de este estilo: "Seguramente lo disfrutarás mucho, pequeño alguien, tu abuelo y yo, (o tu padre y yo depende), lo hemos disfrutado mucho también". A nadie le importa que hayan pasado al menos 50 años y que no todos los libros resistan el paso del tiempo. De esa lógica, a regalarlo en el primer cumpleaños, hay un paso muy corto que se da habitualmente. Decidí ir a comprarme un libro a la librería del Shopping.
No lo sabía en esos años y no estoy seguro de estar en lo cierto ahora, pero sospecho que uno se hace lector para completar lo inacabado. Para completarse. Y así conforme van pasando los años van cambiando los gustos y nos parece mentira que hayamos disfrutado ciertos textos, que después creemos execrables. Seguramente no pensaba en esto cuando caminaba por Atenas para ir a buscar un libro que me liberase de la angustia. Sí recuerdo mi desazón cuando llegué a la librería, pregunté por Seika y me contestaron que tenía el día libre. Habitualmente las embarazadas nos inspiran dulzura, la embarazada que me informó que Seika no estaba y agregó con su mejor sonrisa Mc Donald's: "¿Te ayudo en algo, tesoro?", me inspiró repugnancia.
Supongo, a la luz de los años, que la buena mujer tal vez no era tan desagradable, pero yo a Seika le debía el haberme hecho lector. Ella siempre me había recomendado buenos libros y sabía cuáles darme según mi ánimo. Gracias a ella descubrí autores que mis amigos, aun los más lectores, ni siquiera rozaron. Creo que ella fue mi primer amor. Yo suponía que esos libros eran sólo para mí, que no tendría otros clientes a quienes recomendárselos.
Tal vez no fue tan bueno que yo me hiciera lector a su imagen y semejanza, y que ella me ahorrase los dolores de cabeza. Nunca lo sentí así. Siempre creí que tenía una especial percepción para saber lo que yo iba a disfrutar, y estoy seguro de que ella disfrutaba recomendándome.
Ese domingo en que ella no estaba, no encontraba qué leer. Tal vez por mi estado de ánimo, tal vez por mi dependencia. Revisaba todos los estantes aún los de los chicos más pequeños. Me entretuve buscando a Wally, o algo parecido, a pesar de que nunca me gustaron esos libros. Y de repente me encontré con una pila de María Elena Walsh*. Los abrí, los hojeé. En uno de ellos, no recuerdo en cuál, me encontré leyendo o cantando o no sé:
Mírenme soy feliz
entre las hojas que caen
cuando atraviesa el jardín
el viento en monopatín.
La canción del jardinero. La canción con la que me acunaba Aioros. Sentía su voz en mi cabeza.
Yo no soy un bailarín
pero me gusta quedarme
quieto en la tierra y sentir
que mis pies tienen raíz.
Aioros. Y otra vez la sombra del ave de rapiña, cada vez más cerca. Creo que me mareé, o no sé bien que pasó. Lo que recuerdo es la pila de los libros en el piso. Toda la obra de María Elena Walsh tirada. La cara de espanto de la embarazada y yo corriendo como alma que lleva el diablo. Supongo que todos pensaron que me había robado algo.
Sé que no paré de correr hasta que me faltó el aire. Había llegado a las orillas del Lago Maratón. Lloraba. No me podía sacar de la cabeza la cara de la gorda, el ave de rapiña, los libros en el piso. Y la voz de Aioros cantando:
Aprendí que una nuez
es arrugada y viejita
pero que puede ofrecer
mucha mucha mucha miel.
Hay muchos que piensan que nuestro destino ya está escrito, que ninguna de nuestras acciones es fruto del azar, que nada de lo que hagamos puede modificar nada. Me cuesta creerlo. Me cuesta creer que toda esta confusión es sólo producto del destino.
Me gustaría que mi todo volviera a estar en orden, tranquilo como hoy está el lago. No sentirme tironeado por obligaciones y deberes que no sé si son correctos. Pero ¿qué es lo correcto? Indudablemente obedecer a mis padres. Ellos hacen lo mejor por mí. Aunque también habrán hecho lo mejor por Aioros, y ahora no están conformes con él.
Aioros. ¿Por qué sentirme obligado a verlo? Siempre fue una referencia lejana, nunca estuvo presente en mi vida, al menos la de los últimos años. El viento se levanta con fuerza, el río, antes quieto, ahora se agita y me moja los pies. Vuelan hojas y ramas. Tengo que irme antes que llueva si no quiero empaparme. Tal vez así sea mi destino. Calmas y tormentas.
Toda esa semana, la anterior a mi cumpleaños, estuve ocupado con los preparativos de la fiesta. Molo me ayudó. Se fijó los invitados, nos acompañó a mi madre y a mí a hacer las compras, se ofreció para ayudarnos a acomodar cuando se fueran todos, etc.
Su compañía en todo momento me alivió mucho, estaba con él en la escuela, en el club, y en mi casa en mis ratos libres. Durante esa semana, entre la ansiedad del cumpleaños y Milo, logré sacarme de la cabeza a Aioros.
Llegó el sábado y con él la fiesta. Todo en orden.
—Hay comida como para un regimiento —dijo mi abuela al entrar en casa antes del mediodía.
Ella siempre llegaba temprano a mis cumpleaños, se quedaba a dormir y se volvía al campo temprano, la mañana siguiente. La comida consistía en sandwiches de miga, salchichitas, empanadas y demás comidas salada; todo hecho por mi madre al igual que una enorme torta de chocolate, rellena con mousse de chocolate, crema y merengue, decorada con fresas.
El regimiento, que no era tal sino mis cuarenta invitados de todos los años, entre compañeros de ña escuela y del club de deportes, además de los parientes de rigor. Antes de la fiesta mi madre, al igual que en todas las reuniones anteriores que yo había hecho, se deshizo en pedidos de cuidados fundamentalmente por sus plantas. Ella quería que uno a uno, cuando llegaran les pidiera que tuvieran especial atención en no pisar ninguna planta ni romperle las ramas al rosal, "se pueden lastimar con las espinas", trataba de convencerme y de convencerse por su repentino interés por la salud de mis amigos. Obviamente que no hice ninguna indicación a nadie, el noventa por ciento de los invitados vivían en casas con jardines y tenían madres. Sabían que un pétalo caído es sinónimo de desmayo maternal.
La fiesta transcurrió sin ningún inconveniente, el parque resultó ileso, salvo que al gordo Aldebarán, un compañero de fútbol, se le cayó un vaso de Coca-Cola sobre el parquet, lo que es sólo sinónimo de suspiro profundo.
Cuando se estaban yendo los primeros invitados llegó Aioros, que nunca había venido a ninguno de mis cumpleaños anteriores, y caminó despacio entre las miradas de asombro de los parientes y las de curiosidad de mis amigos. Sólo la abuela lo miraba divertida.
—T-te perdiste la torta —le dije
—No importa. Feliz cumpleaños — me dijo — Toma, es para tí.
Y me dio un paquete, lo abrí. Era un CD de Dire Straits, "Brothers in arms".
—¿Hermanos en armas? —pregunté. Me miró de arriba abajo y sonrió.
—No, Hermanos abrazados.
Cuando sólo quedaban los mayores y Milo, puse el CD. Yo no sabía quiénes eran los Dire Straits, nunca los había escuchado, Milo sí. Mientras charlábamos de otros temas que tenían y esas cosas, se acercó mi padre.
—Música moderna, je, je —dijo, para luego agregar— ¿Qué buen regalo, no?
Mi padre no escuchaba jamás música cuyo compositor no hubiera muerto hacía por lo menos cien años. En casa no había rastros de otro tipo de música, ni jazz, ni tango, nada.
—A mí, creo que me gusta —le respondí.
—A mí también —agregó Milo apoyándome.
—Ya se les va a pasar —afirmó mi padre dando por terminada la conversación.
No sé, no recuerdo qué otras cosas me regalaron aquel año, sólo recuerdo el CD. No creo que eso sea importante. La memoria suele tender muchas trampas. Lo que sí es seguro es que mi padre no quería que yo me acercara a Aioros. Su nombre había sido tantas veces susurrado, tantas otras callado, que se había convertido en un enigma, en un misterio. Eso siempre es atrayente. El misterio. Desde los orígenes de nuestra cultura nos alimentamos del misterio, las religiones de Occidente se basan en él. Están llenas de misterio, de cosas que son inaccesibles a la razón y deben ser objetos de fe.
En un libro que leí a los diecisiete, pero que me hubiese gustado leer a los doce, dice algo así como que el hombre necesita del misterio como del pan y el aire, necesita de las casas embrujadas, de las personas innombrables, de las calles sin retorno que hay que esquivar. El se acercó.
—¿Sigues siendo fanático de Panathinaikos?
—Sí.
—Te invito a ver el partido en el estadio el próximo domingo.
Pasé todo el resto del domingo escuchando Dire Straits, pensando si ir o no al estadio. Me moría de ganas, pero ir significaba asumir de una vez por todas que éramos hermanos para bien o para mal. Significaba que tal vez la confusión volvería.
Mi abuela, antes de irse, me había dicho que tenía que ir, que la pasaría bien, que mi padre no pondría reparos. Yo no estaba tan seguro. El lunes en la escuela, Milo estuvo toda la mañana repasando la fiesta como si hubiese sido la suya, tal vez él la sentía así. Estábamos tanto tiempo juntos desde tantos años atrás que algunos nos decían los mellizos. Y ante los demás mi cumpleaños era tan importante como el suyo.
Milo trató por todos los medios de convencerme para ir conmigo al club, pero afortunadamente no lo logró. A la tarde, en casa, mi padre me llamó para jugar al ajedrez. Esta vez logré hacerle un poco más de fuerza y la partida fue más larga. Al terminar llegó lo que yo estaba esperando.
—Me enteré de que tu hermano te invitó a ver un partido de fútbol —me dijo.
—Si, papá —contesté con mi habitual facilidad de palabra.
—Y quieres ir — prosiguió
—Me gustaría mucho.
—Eres un chico inteligente, no se te escapará que a esos lugares va cualquier clase de gente — e hizo una especial entonación en las palabras "cualquier clase"— Que además suele haber peleas y mucha violencia.
—Pero, el domingo Panathinaikos juega con Veria, no pasará nada - frené para continuar - Además yo juego en un club de fútbol y sé como son "las clases de gente" que dices. Son gente que va a alentar a su equipo
—Noto que ahora eres un experto en las hinchadas. Jamá te vi en un palco.
Bajé la vista. No sabía qué responder, nuestras discusiones siempre terminaban así, yo hacía silencio y bajaba la vista, mi padre no volvía a hablar, luego de unos instantes se levantaba y daba por acabada la cuestión, siempre a favor suyo. Pasaron unos minutos más y en el momento que se paró me armé de valor y le dije:
—Pero me va a llevar Aioros, él me va a cuidar, no va a dejar que me pase nada.
—Aioros...
Y fue él esta vez que hizo silencio y bajó la vista.
—Tú sabes muy bien —dijo luego de un instante—que nosotros no estamos muy de acuerdo con algunos aspectos de la vida de tu hermano, que estamos... cómo decirlo, un poco distanciados. Así y todo quieres que te deje ir a ver un partido de fútbol con él.
—Si papá, por favor —Y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Me miró un buen rato y dijo:
—Está bien, te dejo ir. Pero no pienses que esto termina aquí, después del domingo vamos a tener una larga charla nosotros dos - se levantó, empezó a caminar para irse, se dio vuelta y me dijo —No te olvides de esto; los hombres son como los vinos, en algunos la juventud es una virtud, pero en otros es un pecado.
Ese domingo mi padre me llevó en auto hasta el Partenón , donde nos encontramos con Aioros. No dijo ni una palabra en todo el viaje, pero se deshizo en advertencias cuando llegamos y ofreció darle dinero a Aioros
para pagarme la entrada. Una vez que logramos despegarnos de mi padre, que me miraba como si estuviera a punto de cruzar el océano en bote a remos y sin salvavidas, nos tomamos un autobús, hasta el estadio. Yo no sabía de qué podría hablar con mi hermano, nunca desde que tuve memoria había estado tanto tiempo a solas con él.
La conversación fluyó naturalmente, hablamos de la escuela, del mar y la pesca y, fundamentalmente, de la abuela y del campo. Aioros sabía cómo manejar la conversación encaminándola naturalmente hacia los temas en los que yo me sentía cómodo y evitar los que a mí me molestaba tratar.
Cuando nos bajamos del autobús y empezamos a caminar al estadio, me temblaban las rodillas de la emoción. Cantidad de personas con banderas, sombreros y camisetas, iban en nuestra misma dirección. Una vez adentro, superado el impacto de encontrarme de frente con ese gigante de cemento, me impresionó la salida de los equipos con todo lo que trae consigo; los colores de las camisetas, las medias y los pantalones sobre el verde del césped; los papeles por el aire y fundamentalmente, el canto de miles y miles de personas, increíblemente afinado.
En un momento cerré los ojos para poder sentirlo todo sólo con el cuerpo, sin la mirada que siempre influye en las sensaciones. Los gritos y el cemento vibrando bajo mis pies. No sé cuanto tiempo estuve así. Cuando los abrí los tenía llenos de lágrimas. Mire a Aioros y le dije:
—Gracias. Es fantástico.
Y él me abrazó. Qué bien se sentía. Era la primera vez, que yo recuerde, que nos abrazábamos. Empezó el partido, que era por lo que en definitiva estábamos ahí. Fue lamentable. Parecía que la pelota quemaba, cada jugador al que se le acercaba la pateaba lo más lejos posible, nadie nunca la puso contra el piso y levantó la cabeza buscando a un compañero. Todo el tiempo la pelota lejos y arriba. Un espanto. Terminó 0 a 0.
Nos alejamos del estadio caminando despacio por calles angostas. El sol se ocultaba. Yo estaba feliz. A pesar del partido, la tarde había sido maravillosa. Íbamos afónicos y sudorosos.
—Si Panathinaikos sigue jugando así, me voy a morir sin verlo salir campeón —dijo Aioros.
La muerte. Otra vez el ave de rapiña volando en círculos. La tarde se deshizo en pedazos. Me pareció que los papelitos que habían saludado la salida de los equipos eran negros. Y que los gritos de las hinchadas habían sido cantos fúnebres. La muerte. Aioros me revolvió el pelo con su mano. Debe haber visto mi expresión y se rió a carcajadas.
—No tienes que ser tan literal. Si Panathinaikos sigue jugando así, tú también te vas a morir sin verlo salir campeón.
Entonces nos reímos juntos.
Aioros me acompañó hasta la puerta de casa y no quiso pasar, argumentó que tenía que levantarse temprano al día siguiente. En ese momento, me di cuenta de que yo no sabía nada de su vida, qué hacía, de qué vivía, si trabajaba o no. Mentalmente me lo agendé para la próxima vez. Quería que me contara de él. Cuando entré me recibieron como si efectivamente hubiese cruzado el océano en bote a remos.
Mi madre me preguntó si me había pasado algo, si estaba bien y si tenía hambre. No, si y no fueron mis respuestas respectivas. Mi padre no me preguntó nada. Esperó que me bañara y luego me invitó a "dialogar". No podría transcribir aquí ese "diálogo", que no fue tal, sino un monólogo largo, que yo sólo interrumpí con suplicas y sollozos.
Lo que dijo mi padre ese domingo, que hasta ese momento para mí había sido mágico fue más o menos lo siguiente. Primero: Mi relación con Aioros. Dado que yo nunca había manifestado interés en relacionarme con mi hermano, mi padre sostuvo que era mejor continuar así. Como regalo de cumpleaños era bastante simpático "un CD de música moderna y un viaje en autobús hasta l estadio de Panathinaikos para ver fútbol", pero que nuestra relación terminaba allí. Que no era "sano" para un chico de 16 años andar por ahí con un adulto de 23, por más que éste fuera su hermano.
Segundo: Él entendía que yo estaba en la pubertad, que mi cuerpo estaba empezando a cambiar, y tal vez tenía alguna duda o pregunta que hacer. Si era por eso, tenía que confiar en él, después de todo era mi padre, me había dado la vida, me había educado. Yo tenía que confiar en él.
Y tercero: En cuanto a Aioros, me prohibía volver a verlo fuera del ámbito familiar. Todo esto por supuesto "era por mi propio bien" y "más adelante se lo agradecería". Mi padre como siempre dio por terminada nuestra conversación levantándose y yéndose. Yo me quedé sentado en su despacho llorando en silencio un largo rato. Cuando salí, todos se habían acostado. Eran miles las cosas que no podía entender, lo único que sentía era que había algo que no encajaba con el mundo. Y que ese algo era yo.
No volví a ver a Aioros por meses. Durante ese lapso su figura crecía dentro de mí, rodeada de un halo de misterio. Misterio que me apasionaba develar. Nunca supe si la atracción que ejercía sobre mí correspondía al hecho de haber disfrutado su compañía, o a que mi padre me hubiese prohibido verle.
Lo seguro es, que durante esos meses, no pude tolerar a mi padre. Nuestra vida circulaba por los caminos habituales, jugábamos al ajedrez, escuchábamos música clásica, es decir, lo de siempre, pero yo no podía soportar la sola idea de permanecer en una habitación a solas con él. No lo odiaba, pero era un sentimiento sumamente confuso. Supongo que hay un momento de la vida en que nuestros padres se nos revelan tal cual son. Sin secretos.
Yo no podía entender su actitud con Aioros, me parecía terriblemente injusto, pero jamás tuve el valor para preguntarle nada. Hoy, tantos años después, creo que si le hubiese manifestado lo que me pasaba, la situación hubiera sido distinta. Pero yo tenía 16 años, él era el adulto, a él le correspondía dar ese paso. El paso que hay de la autoridad a la confianza.
Estuve angustiado, sin saber con quién hablar, ni qué hacer. Una tarde vi a mi madre en el jardín y me acerqué. Cortaba hierbas.
—¿Te ayudo? —le dije.
—Si, claro —contestó, alcanzándome unas tijeras— Corta el tomillo.
Nos quedamos un rato en silencio, envueltos en el perfume de las hierbas. Hasta que le pregunté.
—¿Por qué nunca hablamos de Aioros?
Apoyó las cosas en el piso con mucha calma. Estiró su mano como para acariciarme. Me miró. Bajó la mano. Luego la vista y dijo en un susurro.
—Hay cosas de las que es mejor no hablar.
Continuará...
*María Elena Walsh es una escritora reconocida argentina, destacada por sus obras infantiles. Pude haberla cambiado para que quede de acuerdo al contexto, pero admito que es una de mis escritora favoritas y que esa canción me gusta muchísimo.
Comentarios de la Autora: Segundo cap! Me encanta esta historia y me alegra haber decidido adaptarla. La dedicatoria la puse en este capítulo porque quería que sea una "sorpresa" (horrible, lo se) el asunto de la enfermedad.
La historia va avanzando y hasta yo me estoy intrigando. Investigué mucho sobre la educación en Gracia, geografía y fútbol de allá para este cap. Mas que nada porque el equipo de fútbol que e menciona originalmente es uno de los que mas odio en Argentina...
El cap se me hizo re largo (incluso es lo mas largo que llevo escribiendo en un solo cap) pero me gusto. Aun así me encantaría que me dejen sus reviews con comentarios, sugerencias y criticas constructivas :D
Saludos y nos leemos pronto n.n
