DISCLAIMER: Saint Seiya pertenece a Masami Kurumada, Toei y a quien mas corresponda, pero a mi no (ya que si eso pasara sería millonaria, pero no). Sólo hago esto por amor al arte y a este anime/manga.

Tampoco tengo derecho alguno sobre el libro "Los Ojos del Perro Siberiano" del autor Antonio Santa Ana.

Esta fanfic va dedicada a todas esas personas que luchan contra el SIDA, tanto pacientes como médicos y parientes.


Los Ojos del Perro Siberiano

Por Aquarius-chan

Capítulo 3: "Miradas pares"

Un domingo de diciembre antes de Nochebuena, Aioros vino sorpresivamente, almenos para mí, a almorzar a recuerdo bien. Ese mismo domingo a la tarde Milo iba a venir a despedirse antes de las vacaciones. Su familia tiene una casa en Paxos y todos los años viajan antes de la Navidad y pasan allí todo el verano.

En algunos veranos anteriores nosotros pasábamos todo enero con ellos en Paxos, este año sería distinto, mi padre había decidido pasar las vacaciones con la abuela.

—Tengo muchas cosas que hacer en Athenas — dijo — No puedo darme el lujo de irme tan lejos. Desde el campo puedo viajar y volver en el día y no descuidar los negocios. Así que, familia, este año nada de mar.

No sé qué opinaba mi madre al respecto, yo estaba feliz con la posibilidad de pasar todo el verano en el campo con la abuela.

Así estaban las cosas ese domingo cuando abrí la puerta y me encontré con la figura de Aioros. Nos dimos un abrazo largo, profundo.

—Tenía ganas de verte —le dije en un susurro—, pero papá no me deja.

Me miró y sonrió.

—Después de comer hablamos. —Y entró a casa con un paso seguro.

Yo lo interpreté como una señal de desinterés. No sé qué estaba esperando que hiciera, tal vez que me rescatara de esa casa donde me sentía profundamente infeliz. Después, pensándolo bien, me sentí como un imbécil por eso.

El almuerzo transcurrió lentamente, casi sin hablar, o hablando sólo de las vacaciones y de las fiestas. Aioros contó que quería pasar fin de año con nosotros en el campo, pensaba irse de vacaciones en febrero, con unos amigos, a Tilos.

Sé muy bien que la mesa familiar no es el ámbito más indicado para hablar ciertos temas, pero mi familia me parecía tremendamente hipócrita. Nunca se mencionaba a Aioros y cuando se lo hacía, lo he dicho, la mención de su nombre producía chispas. Algunos meses atrás mi madre lloraba por él, mi padre estaba indignado. Y lo peor de todo, al menos para mí, era que me habían prohibido terminantemente verlo.

Y ahí estábamos los cuatro charlando de banalidades. De las fiestas y de las vacaciones.

—No te creí tan falso —le dije con sorpresa para él y para mí, un rato después del

café, cuando nos encontrábamos sentados bajo los pinos en el parque de casa.

—No te entiendo, ¿por qué lo decís?

—Por todo eso —dije señalando la casa—. Deliciosa la comida, mamá. Pasemos las fiestas juntos, papá —le contesté, parodiando su voz.

—Creo que estás confundido —hizo un largo silencio y prosiguió—. La comida de mamá siempre es deliciosa. Y sí, quiero pasar Navidad y Año Nuevo con ustedes —y se rió. Se rió muy fuerte, a mí me indignó.

—Pero a mí no me dejan verte, nunca te nombran y si lo hacen no es para nada bueno. ¿Me vas a decir que no te das cuenta de eso?

—Sí, claro que lo sé, no me subestimes. Pero eso no significa que yo no los quiera ni que ellos no me quieran a mí. Eso no significa que yo no disfrute de su compañía, claro que no todos los días, pero me agrada verlos de vez en cuando. Son mis padres, viví con ellos dieciocho años después de todo ¿no? Entiendo lo que vos quieres decir, pero me gustaría que vos me entendieras a mí.

Hizo una pausa y suspiró.

—Mira, yo no puedo vivir con ellos. Ya no. Pero mientras viví con ellos, salvo los últimos tiempos, estuvo bien. Tal vez esto sea un poco confuso para tí, pero es así.

Y me contó que él entendía los miedos de nuestros padres, y también de cuando vivía en casa, y secretos de familia, y mucho más.

Yo estaba como en trance, fascinado por descubrir a otra persona, a Aioros, mi hermano. Sé que todo esto puede sonar extraño, pero era exactamente eso, un descubrimiento. Con el agregado de que hablábamos de cosas relacionadas con mi familia, que yo ni siquiera me animaba a pensar.

Repasándolo, a la luz de los años, como lo he hecho tantas veces desde que Aioros murió, cada momento desde que fui a su casa a pedirle explicaciones hasta la última vez que lo vi, me doy cuenta de que muchas de las cosas de las que hablamos eran tan simples, que tal vez no merecieran mayores comentarios. Pero para mí eran algo así como la verdad revelada. Como pensar el mundo por primera vez. Así lo viví yo. Así lo vivía esa tarde de diciembre hasta que llegó Milo.

Era el primer verano de nuestras vidas que no pasaríamos juntos. No sabíamos que el del año anterior había sido el último.

Supongo que una mezcla de la felicidad que tenía después de la tarde con Aioros y la excitación de Milo ante la proximidad de sus vacaciones generaron una química extraña.

Pusimos el CD de Dire Straits y nos sentamos en el piso de mi cuarto apoyados en la cama. Pasamos toda la tarde charlando, con una intimidad que nunca habíamos tenido.

El me contó cosas de su familia, de su hermana. Yo le conté cosas de la mía y algunas de las cosas de las que hablamos con Aioros. Y también nos reímos, nos reímos mucho, nunca la había pasado tan bien con él.

Atardeció, el reflejo anaranjado del sol bañaba la habitación, el equipo de audio ya estaba apagado. Estuvimos un rato en silencio, y Milo me contó que estaba enamorado de Shaina, una compañera nuestra desde el jardín de infantes, algo que jamás hubiera sospechado, ni que estuviera enamorado de Shaina, ni de nadie.

Milo estaba eufórico porque ella también viajaba a Paxos y él pensaba declarársele. Supongo que fue el resultado de todo, la charla con Aioros, la confesión de Milo, lo que me animó a contárselo a pesar de haberme jurado no decírselo a nadie.

—Ya sé por que están enojados con Aioros - Milo me dedicó una mirada invitando a seguir —Porque tiene SIDA.

Se quedó en silencio, no preguntó nada. Yo lo imité.

—Supongo que no lo verás más —dijo al rato, como en un susurro.

—Claro que lo voy a seguir viendo. Es mi hermano - su cara se transfiguró, se puso roja.

—No seas ridículo. Nunca fue tu hermano, durante años no te importó. No lo veas más, ¿no te das cuenta de que te puedes contagiar?

—Té eres el ridículo, es imposible que me contagie - Milo me miró indignado.

—Es tarde —dijo, y se fue. La magia se había perdido. Nunca más volvió a mi casa.


Un par de días antes de Navidad nos fuimos al campo. Pasamos Nochebuena solos con la abuela. Para fin de año llegaron algunos de mis tíos y Aioros.

Yo estaba feliz, al haber tanta gente era mucho más fácil poder pasar el tiempo charlando con Aioros. Ya no tenía dudas, me sentía bien con él. Disfrutaba de su compañía. Esos cuatro días caminamos por el campo, cabalgamos, hablamos sentados a la sombra de un olivo.

Una de esas tardes lo estaba ayudando a preparar café, cuando se rompió una taza que le cortó la mano. Me quedé inmóvil y Aioros también. Miraba la sangre y la taza, y en ese momento pensé en Milo y si tendría razón. Creo que Aioros percibió mi miedo, pero nunca me hizo ningún comentario al respecto.

Ese fin de año fue la primera vez que me dejaron tomar alcohol, una copa de champagne en el brindis de las doce. Recuerdo esos días con sumo placer.

Cuando se fue Aioros y nos quedamos solos mis padres, la abuela y yo, ya había tomado la determinación de hacer algo para verlo más, no sabía qué, ni cómo. Lo que sí sabía es que fuera lo que fuera que me acercaba a Aioros, el misterio, la curiosidad o lo que fuera, era un vínculo auténtico, verdadero. Y tenía que encontrar la forma de que no se rompiera.

Pasó todo el verano sin que se me ocurriera nada. En marzo tendría la respuesta.

Nosotros volvimos del campo una semana antes de las clases, lo primero que hice al llegar fue llamar a Milo. Quería que me contara cómo le había ido en sus vacaciones y con Shaina. Llamé varias veces a su casa y nunca pude dar con él, tampoco contestó a mis llamados. Eso me extrañó muchísimo. Habitualmente, después del colegio, nos hablábamos por teléfono, rara vez no lo hacíamos. Y esa vez que hacía tres meses que no nos veíamos, no me contestaba.

No encontraba explicación, pero esa semana mi madre me pidió que la ayudara con la casa, y con el jardín, su obsesión, que después de tanta ausencia suya estaba bastante deteriorado, y creí que a Milo podía sucederle algo similar.

Esperaba el primer día de clases con ansia, eran tantas las cosas que tenía para contarle. Llegué muy temprano al colegio y me quedé en la puerta esperándolo. Lo vi llegar, desde lejos, de la mano de Shaina, y me alegré por él. Cuando llegó a mi lado me saludó con un "hola" frío e impersonal. Pasó caminando casi sin mirarme y fue a buscar un lugar al lado de Shaina.

Todos mis compañeros estaban extrañados, nos habíamos sentados juntos todos los años anteriores y ahora yo me sentaba solo, a tres bancos de distancia. Me evitó en todos los recesos. Yo no salía de mi asombro. Hasta que me di cuenta de que me estaba haciendo pagar "mi culpa".

Yo era el hermano de un portador de SIDA.

Al volver a mi casa me encerré en mi cuarto a llorar toda la tarde. Esa iba a ser la primera de las muchas muestras de intolerancia que recibiría durante lo que le quedaba de vida a Aioros.

No podía entender la actitud de Milo, y no tenía el valor de ir a pedirle explicaciones. En los entrenamientos y en educación física, evitaba tocarme. El hecho de pensar que lo vería ignorarme durante todo el año escolar, los entrenamientos de fútbol y lo que restaba de la escuela secundaria que recién habíamos comenzado me partía el alma.

Milo había sido mi único amigo desde que tenía memoria, había sido mi confidente y yo el suyo. Que ahora me diera la espalda era algo que no podía comprender. Me sentía solo. Definitivamente solo.


Las primeras semanas de clase se me hicieron eternas, el hecho de pensar en estar sentado solo, y pasar los recesos sin Milo me angustiaba profundamente. En mi casa me preguntaban qué pasaba con Milo que ya no venía como antes, y yo lo explicaba gracias a su relación con Shaina.

A principios de abril logré sobreponerme a la situación y armarme una coraza para que pareciera que no me importara. Los demás chicos de la clase nos habían preguntado que había pasado entre nosotros, y los dos, cada uno por su lado contestamos lo mismo, que nos habíamos peleado. Debo reconocer que en ese momento, a pesar de que sabía cómo había impactado en él la enfermedad de Aioros, a tal punto de terminar nuestra relación, valoré ese pequeño gesto, que entendí como un homenaje a lo que había sido nuestra amistad, no revelar los verdaderos motivos de la distancia.

Con el tiempo comprendí que no me hacía ningún favor, que no debía agradecerle nada, que la enfermedad de Aioros no era algo vergonzante. Pero a esa edad y con el sentimiento de soledad que experimentaba, no lo hubiese resistido.

Gracias a eso tomé la mejor decisión, la más adulta que he tomado en mi vida. Cambiarme de escuela. Decidí ir a una escuela secundaria lo suficientemente prestigiosa,además del que iba, que mi familia toleraría.

Convencer a mi padre me costó demasiado, pero mi abuelo había egresado de allí, con medalla de oro, y parte del prestigio familiar había pasado por sus aulas. Después de semanas de súplicas y argumentaciones, logré convencerlo; y nos pusimos a buscar el mejor instituto para preparar mi examen de ingreso.

Mi padre me advirtió que el ingreso era serio, que era mucho lo que había en juego, mucho lo que estudiar, que tendría que dejar fútbol, que no me molestó ya que no me cruzaría con Milo, y que no toleraría "bajo ningún concepto" mi fracaso.

Encontramos el instituto, el mejor, el más caro, que para mi padre esos dos conceptos son sinónimos, y me inscribí. El instituto quedaba a cinco minutos de viaje de la casa de Aioros.


Cuando falleció Aioros descubrí que la tristeza me quedaba bien. Que tal vez era mi estado natural. Comencé a usar ropa negra, a leer poetas malditos. Todos los días me recitaba un poema de Rimbaud que dice: "Hay, en fin cuando uno tiene hambre y sed, alguien que os expulsa".

Mis compañeros de curso también tenían, por momentos, un aire triste o melancólico. Quizás la adolescencia sea en sí una etapa triste. El dolor de dejar atrás la niñez para convertirse en algo que ya somos (hombres, mujeres) sólo virtualmente. Realmente, no lo sé.

Lo que sé es que la tristeza de ellos iba y venía; la mía parecía estar cosida a mis pies. Como una carga de siglos sobre mi espalda. En las reuniones ellos reían y se divertían, yo en cambio me quedaba parado en un rincón, con un aire perdido, como si no supiera divertirme. Como si no supiera cómo pasarla bien. La tristeza.


En mayo comenzó la preparación en el instituto. Asistía lunes, miércoles y viernes por la tarde; dejé definitivamente fútbol, y empecé a viajar solo y a disponer de más tiempo para mí. Mis padres, en especial mi padre, se deshicieron en recomendaciones.

Si bien ya soñaban con mi egreso triunfal a esa prestigiosa escuela secundaria de Atenas, y yo aún no había ingresado, por otro lado no les gustaba nada esa libertad que tendría, ni la posibilidad de que anduviera por la calle. Al principio querían ir a buscarme a la salida, pero mi madre estaba haciendo uno de sus innumerables cursos, aquel era de pintura sobre madera, y para mi padre representaba perder alrededor de dos horas de su trabajo.

Cuando se dieron cuenta que no había otro remedio, accedieron a dejarme viajar solo. Lo que yo quería era alejarme lo más posible de allí, evitar la posibilidad de cruzarme con Milo y que éste me ignorara.

Para mí el instituto fue un enorme descubrimiento, el primero de todos los que vendrían después. El hecho de encontrarme con tantos chicos de mi edad de distintos sectores sociales, que vivían en distintos barrios, esa cosa en definitiva tan insignificante para cualquier otro chico, me maravillaba.

No teníamos mucho tiempo para charlar, las clases eran bastante exigentes, aunque a mí, ya fue dicho, me gustaba estudiar y no tuve mayores problemas, no me sobraba el tiempo para relacionarme con los demás. Igual, disfrutaba mucho sabiendo que estaba rodeado de desconocidos.

Pensándolo ahora, veo que era más mi temor al desengaño, luego de lo que había pasado con Milo, que otra cosa. Si no trabé amistad con ninguno de los demás no fue por falta de tiempo, sino por miedo.


El veintiuno de julio, Aioros tuvo la primera crisis, de todas las que tuvo durante su enfermedad. Enfermó de neumonía, estuvo bastante delicado, diez días de internación de los que salió con la prescripción médica de tomar AZT y sin trabajo.

Aioros trabajaba en un estudio de diseño gráfico desde hacía dos años. En el momento de la internación, en su trabajo se enteraron de su enfermedad y lo despidieron. Argumentaron razones presupuestarias, Aioros no les creyó; después de la experiencia con Milo yo tampoco.

Unos días después de la salida de la clínica de Aioros, vino la abuela a casa a charlar con mi padre. La abuela quería que papá se llevara a Aioros a trabajar a su oficina. Mi padre sostenía que no era necesario que él trabajara, que podría venir a vivir a casa como antes y sin rencores; y por otra parte sostenía que era lógico que se quedara sin trabajo, que él como empleador tampoco tomaría riesgos si un empleado suyo tuviera SIDA, hay que pensar en los demás, decía.

Cuando empezó a tomar AZT, Aioros se vio obligado a llevar una dieta sana y a realizar ejercicios, para contrarrestar los efectos de la droga. Todos los días salía con Goldie a realizar largas caminatas, y esas caminatas lo llevaban lunes, miércoles y viernes, a la puerta del instituto donde yo estudiaba.

La primera vez que lo vi parado en la puerta esperándome, me temblaron las rodillas, a mí no se me había permitido ir a verle a la clínica, es más, hacía más de tres meses que no nos veíamos, si bien yo estaba enterado de todo lo que pasaba, había desarrollado un sexto sentido para escuchar a mis padres cuando hablaban de él, y además la abuela, siempre la abuela, me contaba.

Me sentía en falta por no haberlo visitado.

—No me dejaron ir a verte —le dije sin saludarlo siquiera.

Aioros sonrió, tenía una sonrisa apagada, todo él estaba apagado, no era ya la persona luminosa de antes. Estaba asustado, algo de lo que no me di cuenta hasta que fue tarde.

—Ya sé, no importa. La abuela siempre me manda saludos tuyos. ¿No te molesta que te venga a buscar?

Le contesté que no, por supuesto. Esa primera vez y las siguientes nos limitamos a caminar en silencio hasta la parada del autobús, con Goldie correteando entre ambos. A la segunda semana, Goldie ya saltaba para recibirme apenas ponía un pie fuera del instituto. Lo cual me hizo ganar la simpatía de muchos de mis compañeros.

Goldie nos daba tema de conversación. Yo no me animaba a preguntarle de su enfermedad, ni de su dieta, entonces le preguntaba sobre la dieta de Goldie. Aioros me contaba qué le daba de comer y cómo la cuidaba, de los libros que había leído para cuidarla bien. Se lo tomaba todo con absoluta seriedad, sabía muchísimas cosas de los perros del ártico, su historia, sus costumbres, y sus diferencias con los perros de origen europeo. Hablando de él fue que un día me dijo:

—Uno de los motivos porque quiero tanto a este perro es por sus ojos. Desde que estoy enfermo la gente me mira de distintas maneras. En los ojos de algunos veo temor, en los de otros intolerancia. En los de la abuela veo lástima. En los de papá enojo y vergüenza. En los de mamá miedo y reproche. En tus ojos curiosidad y misterio, a menos que creas que mi enfermedad no tiene nada que ver con que estemos juntos en este momento. Los únicos ojos que me miran igual, en los únicos ojos que me veo como soy, no importa si estoy sano o enfermo, es en los ojos de mi perro. En los ojos de Goldie.


Aioros me pidió que yo cuidara a Goldie antes de su última internación, la definitiva. Lo llevé a casa, traté de cuidarlo tan bien como él, de llevarlo a caminar todos los días. Pero en mi casa en esos días todos estábamos muy nerviosos, Goldie también.

Rompió varias de las plantas de hierbas de mamá y terminó en el campo de la abuela. Yo rogué, lloré e imploré, fue inútil. Aioros todavía no había muerto y a mí se me negaba cumplir con una de sus últimas voluntades. Nos pusimos de acuerdo en que nadie se lo diría, Aioros nos preguntaba por Goldie cada vez que nos veía, nosotros le contestábamos que estaba bien.

A pesar de tranquilizarlo a él, nadie pudo tranquilizar el daño que produjo en mi conciencia el tener que mentirle a mi hermano moribundo.


Los paseos al salir del instituto se hacían cada día más largos, aunque yo me demorara cada vez más, en casa a nadie parecía importarle. Después de mi viaje de fin de curso, algunas de nuestras caminatas terminaban en su casa. Yo no visitaba su departamento desde que fui a pedirle explicaciones, y esa vez no tuve demasiado tiempo para prestar atención a nada.

La primera vez que llegué allí acompañado por él, descubrí su biblioteca. Tenía libros de diseño gráfico, fotografía y de literatura. Le gustaba especialmente la ciencia ficción y el fantasy. Me prestó "El señor de los anillos" y puso a mi disposición cualquiera de sus libros. Me contó, al preguntarle por la cantidad de libros de fotografía que tenía, que le gustaba mucho sacar fotos. Siguiendo con mi inspección al lado de su cama encontré un chelo.

—¿Desde cuando tocas el chelo? —le pregunté sin salir de mi asombro.

—Lo compré hace cuatro años. Estudié un año y dejé. El año pasado volví a estudiar.

¿El año pasado? Me parecía extraño, el año anterior se había enterado que tenía SIDA, y se había puesto a estudiar chelo... Me miró y sonrió.

—Mira, lo único cierto que sabemos todos de la vida es que nos vamos a morir. Y lo único incierto es el momento. Digamos que al enterarme que lo incierto avanza sobre lo cierto, me propuse no morirme hasta no poder tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach.

Y se rió.

Guardé "El señor de los anillos" en mi mochila, le pedí que hiciera ruido, para que en mi casa creyeran que hablaba desde un teléfono público, y llamé para decir que me había demorado en la casa de un compañero, para ponerme al día con lo que habían visto mientras estaba de viaje de fin de curso.

Aioros se rió mucho ruando corté y apostó a que no me iban a creer, y que aunque me creyeran mis excusas no servirían de nada. Tuvo razón. En la parada del autobús le comenté que estaba sorprendido de que sacara fotos y tocara el chelo y yo no lo supiera.

—Uno nunca termina de conocer del todo a las personas — me dijo — Ni aún a las más cercanas, padre, madre, hermanos, hermanas, marido, mujer. Siempre hay una zona de cada uno que permanece a oscuras, alejada por completo de los demás. Una zona de pensamientos, de sentimientos, de actividades, de cualquier cosa. Pero siempre hay un lugar de nosotros en el que no dejamos que entre nadie más. Yo creo que eso es lo que hace a las relaciones con los demás tan interesantes, esa certeza que, aunque nos lo propongamos, nunca los vamos a conocer del todo.

Cuando llegué a casa, me recibieron con un sermón de órdago. Que quién me creía yo para ir a la casa de desconocidos sin permiso, que en qué cabeza cabe, y otras expresiones de las que caben en cualquier repertorio paternal.

Era la primera vez que me retaban y no me importaba mayormente, tal vez estaba creciendo, tal vez me estaba haciendo inmune a los retos, no sé. Lo único seguro es que estaba disfrutando a mi hermano y esta vez no pensaba dejar que me quitaran ese placer. Estaba dispuesto a mentir, a planificar mis actividades, para verlo contra viento y marea. Creo que esa fue la única, auténtica rebeldía que me permití en mi vida.

Me sumergí en la lectura de "El señor de los anillos", que a pesar de tener alrededor de 500 páginas, leí en una semana. Era el primer libro largo que leía, después me prestó el tomo II y el III. Los leí con igual voracidad. Aioros era un gran lector, y me recomendaba libros con gran tino.

—No importa si los entiendes, o no; si te gustan déjate llevar por las palabras, que sean como música en tus oídos — me decía.

En todos los libros que me prestaba yo trataba de encontrar sus rastros, el por qué le habían gustado. Tantas veces me desilusioné con gente que me prestaba o recomendaba libros que no me gustaban. Siempre, lo primero que busco en los libros son las huellas del otro, del que me los alcanza. Los libros habían sido importantes en mi vida, y el poder compartirlos con él le daba un nuevo significado a nuestra relación.

Un sábado a la tarde estaba en mi cuarto leyendo "Un mago de Terramar", uno de los tantos libros que me prestaba Aioros. Lo recuerdo porque estaba anotando una frase, en ese época tomé la costumbre de anotar las frases de los libros que me gustan en una libreta, una frase que decía: "Para oír, hay que callar".

No sé por qué me gustó tanto. Aún hoy, que conservo la libreta, puedo leerla con mi letra temblorosa de entonces. A pesar de que tenía la puerta cerrada mi padre entró en la habitación.

—Últimamente estás muy lector, y hace mucho que no jugamos al ajedrez —no había ningún reproche en su voz, era su forma de invitarme, yo lo sabía, él no podía de otra manera.

Bajamos la escalera hasta su estudio. Cuando estaba sacando el tablero le pregunté:

—¿Tienes la Suite No. 1 de chelo, de Bach? - me miró de arriba a abajo sorprendido.

—Yo sabía que iba a lograr que te guste la buena música —y remarcó la palabra buena.

Me explicó orgulloso que tenía varias versiones, que podía elegir cuál quería escuchar y que si yo tenía ganas podía explicar, mientras las escuchábamos las diferencias entre ellas. Me propuso un montón de cosas más. Rezumaba erudición.

—Elige la que más te guste, y no digas nada —le dije —Para oír, hay que callar.


En noviembre Aioros vino a buscarme por última vez. Ya terminaba el curso del instituto, lo que significaba el fin de nuestras caminatas. Caminábamos hablando de libros y de autores, me sentía definitivamente importante, teniendo un tema en común con él.

Seika, la librera, me había recomendado algunos libros para Aioros y logré sorprenderlo. Él me recomendó que mirara "Blade Runner", yo me ufanaba de haberle regalado libros de autores que él no había leído, Goldie corría alrededor nuestro.

De repente se levantó una tormenta. Era una con todas las de la ley, corrimos para guarecernos. No podíamos entrar a un bar a esperar que pasara, no nos dejarían con el perro, y nos costó bastante trabajo encontrar un techo que nos protegiera. Cuando lo encontramos estábamos empapados.

—Me parece que ya no tiene sentido protegernos —dijo Aioros.

Yo estaba asombrado por lo violento de la tormenta, lo rápido que se había desatado y porque en calles que antes estaban llenas de gente, en ese momento no se veía un alma. Las ventanas de las casas estaban cerradas. Se lo comenté. El se quedó serio un rato y luego dijo:

—El SIDA es como una tormenta, nadie quiere sacar la cabeza para ver qué hay afuera.


Ese fin de año lo pasamos en casa. Mamá había preparado el menú, desde principios de mes. Una semana antes ya estaba cocinando. Uno de los motivos de celebración era mi ingreso a ese prestigiado instituto secundario.

Cuando llegó el 31 de diciembre todo parecía estar en orden, mi madre no había dejado ningún detalle librado al azar. Todo estaba planificado. Al llegar Aioros, sólo con verlo, me di cuenta de que hay cosas que no se pueden prever. Había adelgazado mucho desde la última vez que estuvimos juntos, poco más que un mes atrás, su mirada no tenía brillo, se lo veía débil. Y él lo sabía.

Mis padres, como siempre, se empeñaron en hacer de cuenta que nada sucedía. Pero la verdad era tan evidente, que por primera vez les agradecí sus esfuerzos vanos. Comimos en silencio. Cada vez que alguien intentaba entablar una conversación, se interrumpía a sí mismo, aún dejando la frase por la mitad.

Esta vez no era yo solo el que veía la sombra del ave de rapiña volando en círculos sobre la mesa familiar. Terminamos de comer pasadas las once. El tiempo que pasó hasta el momento del brindis fue eterno. Fue la segunda vez que tomé champagne. En el momento de las doce campanadas, toda la familia levantó sus copas.

Pero, ¿cómo desearle feliz año a alguien que probablemente no lo termine? Me acerqué a Aioros y le dije un "te quiero" apenas susurrado. El me abrazó y me dijo: "Yo también". Era todo lo que necesitaba oír.

Pasó el verano, no nos fuimos de vacaciones, sólo unos días al campo de la abuela, unos pocos días debería decir, no llegaron a ser diez. Y no vi a Aioros hasta marzo. Hablábamos por teléfono casi a diario, ya no ocultaba mi interés por él. Mis padres lo tomaron con resignación, pero tampoco estaban dispuestos a dejarme ir a verlo.

En marzo, con el comienzo de clases, volvía a gozar de una pequeña libertad. En el colegio me anoté en varias actividades extra curriculares, que me permitían estar más tiempo en la zona céntrica de Atenas. Mi idea era que cuanto más tiempo estuviera alejado de mi caa, más posibilidades tendría de ver a Aioros.

A mediados de marzo volví a su casa. Llegué sin avisar. Aioros estaba trabajando. Desde que lo habían echado del estudio hacía pequeños trabajos como freelance, y sospecho que la abuela lo ayudaba económicamente. Jamás se lo pregunté a ninguno de los dos, ni ellos tampoco me lo comentaron.

Se alegró mucho de verme, lo sé. Estaba más delgado que la última vez. Su salud estaba muy deteriorada, cualquier germen que estaba por el aire él se lo agarraba. Tomaba vitaminas y, me contó, había días que no tenía fuerzas para hacer sus caminatas.

—Sabía que cuando empezaran las clases ibas a volver. Lo sabía — me dijo — Te tengo un regalo.

Y me regaló una foto. La foto era en blanco y negro. Estaba toda oscura, en el centro había una vela iluminando parte de un pentagrama. El pentagrama estaba en clave de Fa, que es con la que se toca el chelo. Esa vez no necesité preguntarle nada.


Una mañana de domingo, por esa época, había ido hasta el centro comercial a comprar un libro y me encontré con unos amigos de papá.

—Nos enteramos de lo de Aioros —dijeron después de preguntarme por la secundaria, la familia y esas cosas.

Bastante incómodo es para un adolescente encontrarse con amigos de su padre en un lugar tan impersonal como un centro comercial, como para también tener que hablar de cosas tan delicadas como la enfermedad de su hermano. Me quedé callado.

—Es una enfermedad terrible... — insistieron.

—Si —balbuceé.

—...la leucemia...

—¿La leucemia?

—Sí claro. Leucemia. La enfermedad de Aioros. Pobrecito.

No recuerdo si les contesté, sé que me fui indignado. Mis padres, al no poder evitar la evidencia de que Aioros se iba a morir, tuvieron que inventarle una enfermedad. Como si fuera más digno morirse de leucemia que de SIDA. Como si fuera indigno ser portador de SIDA. Como si en la muerte hubiera alguna dignidad.


Comentarios de la Autora: Y aquí viene otro capítulo más. Y nuevamente tuve que estudiar cosas de Grecia, detalle que no me molesta ya que amo ese país (y no es por Saint Seiya, sino por todo lo que tiene). El próximo será el último capítulo T-T

¿Les cuento algo irónico? Mientras que Aioria y Aioros son personajes que no me caen bien (por sobre todo Aioros e.e), Milo es un personaje que amo con todo mi ser ya que es mi segundo dorado favorito después de Camus. Acá invertí esto y al darme cuenta que me encariñé con Aioros (solo en esta fic), odié a Milo y eso me hizo notar que hice bien mi trabajo...

¿Y ustedes que opinan? Recuerden dejarme sus reviews con comentarios, críticas constructivas y sugerencia. Agradezco a quienes leen esta hermosa historia y me dejan su review o ponen a Favs o solo leen :D

Saludos y nos leemos pronto!