Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no me pertenecen.
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II
Sirius Black
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— ¡Déjenme! ¡Quitenme sus asquerosas manos de encima!
Sirius luchó, pero los Aurores no cedieron ni un ápice. Pudo sentir cuando uno de ellos le lanzó un embrujo Confundus, y al fin dejó de luchar, desplomándose en el suelo. Con firmeza, cada uno lo sujetó por un brazo, arrastrándolo escaleras arriba a través del viejo y derruido corredor.
La luz de la luna a penas se filtraba por los barrotes de las gastadas y sucias paredes. Gritos desquiciados se oían por todos los rincones, y el aire parecía hacerse más y más frío con cada escalón que subían. Los Aurores se detuvieron de cara a un extenso corredor revestido con sucias y oxidadas rejas de hierro.
—Bienvenido a tu nuevo hogar, Black— siseó uno de los Aurores, escupiendo todo el desprecio que fue capaz con cada frase— Vas a pudrirte aquí dentro.
Sirius oyó el infernal chirrido del hierro oxidado, y sintió como los hombres tiraban su lánguido cuerpo sobre la fría piedra con fuerza innecesaria, cerrándo la celda detrás de él.
—Al menos no estarás solo. Muchos de tus amigos Mortífagos te harán compañía el resto de tu vida…— musitó el otro mago, riendo junto a su compañero mientras pateaba los barrotes de la celda de al lado, alejándose por el corredor.
La risa de esos hombres despertó a Sirius de su turbación. Se arrastró como pudo y se sujetó con ambas manos a los fríos barrotes, apoyando la cabeza contra ellos.
— ¡Saquénme de aquí! ¡Yo no entregué a los Potter!— gritó, al borde del histerismo, pero los Aurores ya se habían marchado— ¡Soy inocente!— Gritó con más fuerza, gritó durante horas, tal vez días; no podía saberlo. Gritó hasta que su garganta se secó, hasta que se quedó sin voz, pero nadie parecía oírlo.
— Soy inocente…— repitió en un susurro cansado, en el preciso momento en que sus rodillas cedieron y volvió a caer al suelo, derrotado.
Una risa burlona y desagradable se oyó por todo el corredor, pero Sirius no alzó la mirada. La risa se intensificó ante su indiferencia, pero ni así consiguió captar su atención.
—Vaya, vaya, vaya…pero miren a quien han traído al agujero… ¡Nada más que al 'honorable', 'valiente' y 'leal' Sirius Black…!
Sirius gruñó entre dientes. Conocía esa despreciable voz. La reconocería en cualquier parte.
—Supuse que querrías compañía por un tiempo, 'prima'— respondió con voz a penas audible, sin dejarse amedrentar por Bellatrix.
En la celda de al lado se oyó un bufido.
—Y dime, sabandija, ¿cómo están tus amigos, el traidor, la sangre sucia y su bastardo?
Sólo en ese momento reaccionó, poniéndose de pie con brío mientras intentaba extender los brazos fuera de la celda, retorciendo la mano como si intentara romper el cuello de su prima.
— ¡Cierra tu asquerosa boca, maldita arpía! ¡Un ser tan inmundo como tú no puede siquiera pronunciar sus nombres!
Bellatrix rió con más ganas, sacando una mano a través de los barrotes de su celda.
—Oh… ¿acaso dije algo que te molestara, Siri? Ups. ¡Creo que olvidé que el traidor y su inmunda esposa sangre sucia están pudriéndose bajo tierra!— exclamó, victoriosa— ¡Pudriéndose como tú y yo!
— ¡Cállate, perra! ¡Cállate!— Sirius golpeó los barrotes con ira, lastimándose las manos. Después de un momento cedió, cubriéndose los oídos con las manos para intentar acallar la cruel risa de Bellatrix Lestrange— Cállate…— susurró—. No eres digna ni siquiera de recordarlos.
Bellatrix emitió otra desagradable carcajada, callando poco a poco.
—Ay, Sirius…siempre el perdedor, jamás el héroe…
—…
—Me pregunto quien se desquiciará primero, si tú, o yo.
—…
— ¿No hablas?— rió— ¡Vamos! Estaremos mucho tiempo aquí…en algún momento te aburrirás de ignorarme; y hasta deberías sentirte orgulloso de que alguien como yo esté hablándote a ti, un asqueroso traidor.
—Ya, cierra la boca— murmuró con un hilo de voz, demasiado cansado. Sin energía ni siquiera para defenderse de Bellatrix.
— ¡Oh! ¿Acaso te molesté?
—…
— ¡Bah! ¿En dónde quedó el Sirius hablador? ¿El impertinente e indecoroso bastardo? Al menos eras más divertido cuando te creías el centro del universo…— bufó— ¿Crees que seguirás gustándole a mi hermana si eres tan aburrido?
—Qué más da— contestó con simpleza, recargando la cabeza en los barrotes como si le pesara una tonelada, hablando más consigo mismo— ¿Qué caso tiene hablar contigo, arpía? No voy a pudrirme aquí al igual que tú.
La bruja rió con más ganas.
— ¡Pero que irreverente!— bramó, burlona— ¡Ése! ¡Ése es el Sirius que todos adoran! ¡Vamos! ¿Qué más?
—Si quieres saberlo, maldita desquiciada, voy a salir de aquí. No importa cómo ni cuándo, pero no voy a quedarme en esta celda a escuchar tu maldita voz por el resto de mi vida.
—Pues acostúmbrate, porque pasaremos mucho tiempo juntos, traidor— siseó— Tal vez mi compañía no sea tan 'agradable' como la de Narcissa, pero será la única que tendrás por el resto de tu asquerosa vida. Así que hazte a la idea.
—Tsk. ¿De nuevo la envidia sale a flote, Bellatrix?— Sirius rió con fingida diversión— Claro que tu compañía jamás será como la de Narcissa. Tú jamás serás como ella— se puso de pie, sujetándose de los barrotes— No mereces siquiera estar en su sombra, porque tú, mi 'querida' Bella, no vales ni un décimo de lo que ella vale.
Bellatrix bufó con rabia.
—Claro que vale…vale lo suficiente como para casarse con un Malfoy, ¿no? Vale tanto que jamás volverá a mirarte como alguna vez lo hizo…
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Sirius se despertó de un sobresalto, sentándose sobre el banco en el que se había echado.
No muy lejos, oyó unos sigilosos pasos acercándose. Alerta, se transformó y se escondió entre los arbustos, escudriñando atentamente la calle. Dos muggles pasaron frente a él, tan presurosos que ninguno le prestó atención. Más calmado, se permitió recostarse sobre sus patas delanteras y cerrar los ojos otra vez. A lo lejos, podía oír un suave tintineo metálico y el apagado barullo de Londres. Ya habían pasado tres días desde que pudo escapar, pero aún no había visto a Harry. Esperaba poder encontrar el camino a Surrey por su cuenta, ya que era claro que no podía contar con la ayuda de nadie más.
Dejó escapar un profundo bufido de su hocico de perro y bajó la cabeza. Tenía que encontrar a Harry; debía verlo y comprobar con sus propios ojos que estaba a salvo. Pero, ¿y después? Sabía que habría Aurores en cada rincón del Londres mágico. Quizá podría burlarlos, pero aún no tenía la fuerza para enfrentarse con uno si era descubierto.
Debía hallar un lugar seguro.
Sabía que no podía contar con ninguno de sus antiguos amigos; los que no habían sido asesinados creían que era un asesino. Tal vez Remus creería en su historia, pero no podía arriesgarse. Estaba seguro de que cientos de Aurores estarían vigilándolo en ése preciso instante. Supuso que todos creerían que ése sería el primer lugar que visitaría. Tal vez podría regresar al número 12 de Grimmauld Place y buscar la ayuda de Dumbledore, pero aún no quería arriesgarse a hacerlo.
Necesitaba un lugar seguro; uno en dónde pudiera desplazarse libremente y en dónde los Aurores no lo buscarían ni en un millón de años. Un lugar seguro, pero uno en el que él nunca se escondería por voluntad propia…
Sólo tuvo que pensarlo un segundo.
Conocía ése lugar.
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Su vista se paseaba entre las páginas del libro que hacía un buen rato había tomado de la biblioteca con intención de leer, pero si alguien le hubiera preguntado qué era lo que leía, no habría sabido responder.
Lanzando un profundo suspiro dejó el libro a un lado y su mirada aburrida recorrió la estancia hasta que se detuvo sobre uno de los ventanales. Repentinamente giró la vista, hallando con la mirada un ejemplar de El Profeta que su madre había olvidado en la sala de estar. En la primera página, una gran fotografía de un hombre con rostro triste y pelo largo y enmarañado le guiñaba un ojo, lentamente. A Draco esa imagen le resultaba más que familiar, después de todo, la había visto cada día desde hacía una semana. Como por inercia se acercó a la mesilla donde el periódico reposaba y lo tomó con manos perezosas, leyendo la primera plana con el ceño levemente fruncido:
BLACK SIGUE SUELTO
El Ministerio de Magia confirmó ayer que Sirius Black, tal vez el más malvado recluso que haya albergado la fortaleza de Azkaban, aún no ha sido capturado.
«Estamos haciendo todo lo que está en nuestra manopara volver a apresarlo, y rogamos a la comunidad mágica que mantenga la calma», ha declarado esta misma mañana el ministro de Magia Cornelius Fudge. Fudge ha sido criticado por miembros de la Federación Internacional de Magos por haber informado del problema al Primer Ministro muggle. «No he tenido más remedio que hacerlo», ha replicado Fudge, visiblemente enojado. «Black está loco, y supone un serio peligro para cualquiera que se tropiece con él, ya sea mago o muggle. He obtenido del Primer Ministro la promesa de que no revelará a nadie la verdadera identidad de Black. Y seamos realistas, ¿quién lo creería si lo hiciera?»
Mientras que a los muggles se les ha dicho que Black va armado con un revólver (una especie de varita de metal que los muggles utilizan para matarse entre ellos), la comunidad mágica vive con miedo de que se repita la matanza que se produjo hace doce años, cuando Black mató a trece personas con un solo hechizo.
— ¿Trece personas?— repitió en voz alta, enarcando una ceja.
Sí sabía que ese demente de Sirius Black estaba relacionado de alguna forma con su madre, y, por lo tanto, con él mismo, pero, ¿lo marcaban como un peligroso asesino en masa sólo por haber destruido una calle y matar a trece personas en el intento? Tal vez era un idiota, sí, pero no era un asesino de la calaña de su tía Bellatrix o su tío Rodolphus. Draco sabía que ellos sí estaban desquiciados. Incluso podría jurar que su padre mató a más sangres sucias que Black, aunque la sola idea lo estremeciera por completo. Suspiró con aburrimiento, dejando caer el mentón hasta que su nariz chocó contra el frío y empañado vidrio del ventanal.
Dos semanas. Dos malditas semanas desde que no tenía permitido abandonar aquella prisión de mármol que era la Mansión Malfoy.
¿La razón? ¿Cómo diablos podría saberlo? Sus padres nunca le explicaban nada. Lo único que le advirtieron fue que ya no podría salir de la protección de su prisón/hogar. Y Él tampoco había preguntado, después de todo, no era como que le gustara correr como idiota por los jardines o algo así. Desde niño siempre había preferido leer un buen libro en la vasta biblioteca de su casa antes que salir a ensuciarse las rodillas como si fuera un vulgar muggle;pero todo había cambiado en esa ocasión. Draco sabía que sus padres habían cometido un error al prohibirle salir de la mansión. Por supuesto que no tenía planeado salir mucho de su casa durante ése verano, pero la ridícula prohibición de sus progenitores bastaba para alentarlo a querer pisar el césped húmedo del jardín, a querer sobrevolar los terrenos de su familia sobre su escoba, ¡por Merlín! Hasta quería correr por los jardines con tal de desobedecer aquella orden sin sentido, sólo para demostrarles a sus padres que él era perfectamente capaz de cuidarse a sí mismo porque, estaba seguro de que, fuera lo que fuese que había en el exterior, él podría hacerse cargo de la situación sin ningún problema.
Era un Malfoy, después de todo.
Además, ¿a que se suponía temían sus padres? ¿A Sirius Black?
Si no se equivocaba, ellos eran familia, o cuando menos compartían algún lazo de sangre, por lo que cabía la posibilidad de que Black buscara refugio en la Mansión Malfoy, después de todo, y según los periódicos, él también había sido un fiel seguidor del Innombrable. Siendo así, ¿por qué Black intentaría hacerle algún daño a él o a su familia? Y si así fuera, ¿por qué deberían de temer a aquel despojo de mago? La sola idea se le hacía absurda.
De pronto, un trueno lo sobresaltó, obligándolo a mirar hacia el exterior otra vez.
— ¡¿Draco?!— volteó el rostro hacia la enorme escalera de mármol, viendo como su madre llegaba a los pies de ésta, girando el rostro en todas direcciones como si desesperadamente buscara algo.
—Estoy aquí— anunció con su habitual tono indiferente, llamando la atención de Narcissa, quien de inmediato corrió a su lado y lo abrazó.
— ¡¿Qué te he dicho?!— lo regañó tras separarse de él, mirándolo con el ceño fruncido, pero con una inquietante mueca de preocupación en el rostro— ¡No debes salir de tu habitación sin compañía de algún elfo! ¡Acaso quieres matarme del disgusto!— Narcissa le dirigió una mirada severa, pero acabó por abrazarlo una vez más, acariciando sus cabellos como si fuera un niño pequeño.
Draco rodó los ojos y se dejó hacer. Su madre había estado actuando muy extraño desde que supieron que su primo había escapado de Azkaban, y el menor de los Malfoy no dudaba que había algo más detrás de todo eso; aun así, ¿eso qué más daba? Él nunca había sido alguien curioso. Si era algo que debía saber, sus padres simplemente se lo dirían; así había sido educado.
Otro trueno se dejó oír, y Draco sintió como su madre se sobresaltaba ligeramente y ajustaba su abrazo. De pronto, pudo sentirla temblar contra su cuerpo.
—Ven, hijo. No debes estar aquí, solo…— lo tomó por lo hombros con delicadeza y lo llevó de esa forma escaleras arriba hasta llevarlo a su habitación. Cerró la puerta tras él y lo dejó completamente solo.
Draco bufó y maldijo en voz baja mientras se echaba perezosamente sobre su cama, mirando hacia el techo.
Un relámpago lo sobresaltó de pronto, haciéndolo saltar sobre las colchas y fruncir el ceño. Odiaba las tormentas, pero odiaba mucho más estar solo mientras había una.
Por supuesto que él no temía a algo tan estúpido como agua cayendo del cielo. Claro que no; eso era ridículo. Además, él era un Malfoy. Los Malfoy no temían a nada, mucho menos a un tonto aguacero.
Otro relámpago que cayó cerca de su casa iluminó su habitación, y Draco bajó de la cama de un salto, cayendo sobre su trasero. Eso sólo había sido un acto reflejo, por supuesto. Draco Malfoy no le temía a las tormentas.
La lluvia comenzó a caer con más intensidad que antes y se oía el eco de los truenos, sosegados por el sonido del agua cayendo.
El heredero Malfoy entrecerró los ojos con enfado y se puso en pie de un salto. Las luces de las lámparas de gas parpadearon durante un rato, incomodándolo mucho más. Caminó hacia la puerta y la abrió, encontrando el inmenso corredor completamente a oscuras. Con cuidado volvió a cerrarla y se racargó sobre la madera un rato, ahogando un suspiro. No quería llamar a uno de los elfos -detestaba a esas horrendas y nerviosas criaturas-; mucho menos a su madre.
Debía hallar la manera de entretenerse.
Caminó con expresión aburrida hacia su baúl y quitó la tapa, encontrando todos sus viejos libros, pertenencias y ropa perfectamente ordenados dentro. Se encogió de hombros y comenzó a vaciarlo, tirando todas las cosas desprolijamente hacia atrás. Algún elfo se encargaría de volver a ordenarlo todo. Buscó y rebuscó entre los libros, lanzando algunos hacia algún rincón de la habitación y arrojando los que más le interesaban sobre la cama. Entonces, las lámparas se apagaron.
Draco ahogó una exclamación de terror y se quedó muy quieto durante un rato. La habitación había quedado demasiado oscura para su gusto, pero optó por no llamar a nadie. Los elfos se encargarían de que la luz regresara. Hastiado -y haciendo un esfuerzo casi sobrehumano-, empujó su baúl frente al enorme ventanal para tener un poco más de luz. Una vez logrado, volvió a rebuscar dentro del cofre.
—Sé que lo dejé por aquí…— murmuró entre dientes, arrojando unas cuantas túnicas cuidadosamente dobladas, sin ningún reparo, al suelo—. Maldita Mano de Gloria— bufó, antes de seguir buscando.
Pero antes de que la encontrara se incorporó y miró a su alrededor.
Un extraño cosquilleo en la nuca le provocaba la sensación de que lo estaban vigilando, pero no había nadie más con él, y lo único que podía ver por el ventanal era el agua corriendo como un río.
Volvió a inclinarse sobre el baúl y casi inmediatamente se incorporó de nuevo, con la varita en la mano. Más que verlo, lo intuyó: había alguien observándolo desde la ventana. Draco entornó los ojos mientras se ponía en pie y miraba hacia el exterior. Si se moviera, sabría si se trataba de un simple pavo real o de otra cosa.
— ¡Lumos! —susurró. Una luz apareció en el extremo de la varita, casi deslumbrándolo. La mantuvo en alto, por encima de la cabeza, y abrió las ventanas, asomándose al balcón pese a la lluvia. Apuntó con la luz de su varita hacia los arbustos que rodeaban la mansión y, a pesar de la lluvia que le molestaba los ojos, vio allí, nítidamente, la silueta descomunal de algo que tenía ojos grandes y brillantes.
Se echó hacia atrás. Tropezó con el baúl. Alargó el brazo para impedir la caída, la varita salió despedida de su mano y él aterrizó mojado sobre el suelo de mármol, aterrorizado y confundido.
No podía ser, pero estaba seguro de que estaba viendo directamente a los ojos de Sirius Black.
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Continuará...
Al fin pude subir un nuevo capítulo!
Quiero agradecer a todas las personas que siguen esta historia, sobre todo, a quienes dejaron sus reviews!
Espero que hayan disfrutado de la lectura.
Nos vemos!
H.S.
