Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no me pertenecen.


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III

Rehenes

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El hombre oculto entre los arbustos, al verse descubierto, salió de su escondite. Una masa de pelo sucio y revuelto le caía hasta los codos. Si no le hubieran brillado los ojos en las cuencas profundas y oscuras, Draco habría creído que se trataba de un cadáver. La piel de cera estaba tan estirada sobre los huesos de la cara que parecía una calavera. Una mueca dejaba al descubierto sus dientes amarillos. No había duda: era Sirius Black.

Quiso gritar con todas sus fuerzas, pero, para cuando sus músculos reaccionaron, Black ya se le había echado encima, haciéndose de su varita con tal rapidez que él apenas si lo notó, y posando la punta sobre su pálida y respingada nariz.

—Si te mueves, te mato— dijo con voz ronca. Su voz sonaba como si no la hubiera empleado en mucho tiempo— ¿Has entendido?— Draco no respondió; lo único que pudo hacer fue abrir y cerrar la boca varias veces, presa del terror, como si fuera un pez fuera del agua— ¡Dije si has entendido!— reiteró el asesino, apretando el agarre de su varita mágica mientras acercaba su mugriento rostro peligrosamente al de Draco, quien en esa oportunidad pudo, al menos, asentir temerosamente con la cabeza, intentando alejarse del olor a podredumbre que aquel hombre desprendía. Sirius lo contempló, amenazante, durante un buen rato, impidiéndole moverse, hablar e incluso respirar debido a la cercanía que mantenía entre ambos— Bien— dijo al fin, irguiéndose dolorosamente— Eres un chico muy listo.

El desgarbado hombre se alejó de él y caminó unos cuantos pasos por la habitación bajo el atento y aterrorizado escrutinio de Draco, quien, incapaz de hacer o decir algo, sólo podía observar en silencio mientras su mente trabajaba a toda máquina, aunque los músculos de su cuerpo seguían paralizados.

Un gélido cosquilleo le recorría la espina. ¿Aquel hombre iba a matarlo? La sola idea bastó para que pudiera sentir las piernas nuevamente. Él era un Malfoy; de ninguna forma podía permitirse morir en manos de alguien tan repugnante como Sirius Black, por muy aterrorizado que se sintiera. Con eso en mente, sintió una repentina, y muy inusual, oleada de valentía invadirlo. No, Draco Malfoy no moriría ese día; mucho menos en manos de Sirius Black.

Volvió a alzar el rostro para enfrentar al mago tenebroso, ya no con el terror reflejado en sus ojos grises, tan parecidos a los de su captor, sino con algo que nunca antes había experimentado en su corta vida: determinación. Draco sabía que estaba solo, y, si quería salvar su vida y la de sus padres, tendría que hacerlo por su cuenta. Entonces, vio su oportunidad cuando Black se acercó al ventanal de cristal para cerrarlo.

Tal vez, de haber tenido más tiempo, hubiera ideado un mejor plan, después de todo, lo suyo siempre había sido pensar; sin embargo, no pensó en eso cuando, de un salto, se puso en pie y corrió torpemente hacia la salida, haciendo el suficiente ruido y dándole demasiado tiempo a Sirius de empuñar la varita y, con un solo movimiento, cerrar la puerta en sus narices.

—No es cierto… ¿de verdad intentaste escapar?— vociferó el mago tenebroso, soltando una cruel carcajada que resonó en las frías paredes.
Draco notó la quemazón del odio. Por primera vez en su vida habría querido volver a tener en su mano la varita, no para defenderse, sino para atacar... para matar. Sin saber lo que hacía, se adelantó, y, envalentonado por la ira, sujetó lo primero que encontró y se lo arrojó a su enemigo a la cabeza, echándose a correr hacia la ventana.

Sirius Black soltó una maldición y lo sujetó por el cuello de la camisa antes de que consiguiera su cometido, estampando su espalda contra la pared. El joven Malfoy pataleó y luchó con brío hasta que volvió a sentir la punta de su varita contra la piel de su rostro y sus ojos volvieron a encontrarse con los de ése loco Black, paralizándolo una vez más.

—Quieto— gruñó el mayor, bajando la varita hasta presionarla contra su yugular.

— ¡Tengo oro!— Exclamó Draco, en otro súbito arranque de adrenalina— ¡Mi familia es muy rica! ¡Te daré todo lo que quieras!— gritó con desesperación, con la esperanza de que alguien pudiera oírlo, sin embargo, no era tan tonto como para creer que aquel asesino no había tomado las precauciones necesarias para no ser atrapado.

Sirius Black soltó otra gutural carcajada mientras observaba la habitación, indiferente.

—No me interesa el repugnante oro de los Malfoy— siseó con brusquedad, pateando un montículo de ropa desperdigada por el piso.

Ante esa escueta respuesta, Draco tembló de pies a cabeza.

— ¿Vas…?— comenzó a decir, temeroso— ¿Vas a matarnos?

Sirius lo contempló de reojo, casi indiferente.

—Ciertamente le haría un favor al mundo al librarlo de la escoria de los Malfoy— Draco sólo tembló más y más ante la expectativa de su inminente final— Pero no está en mis planes. Eso llamaría demasiado la atención— dijo, y después soltó una risa demencial, como si acabara de decir algo sumamente gracioso— ¡Apuesto a que te hiciste en los pantalones, niño! ¡Como todo un Malfoy!— volvió a reír, provocando que Draco palideciera tanto como el papel.

—Estás demente— gruñó el chico, lanzándole una mirada de odio que no pareció importunarlo en absoluto.

—Cierra la boca, mo…— debió dejar su frase a la mitad al ser interrumpido por tres suaves golpes.

—Draco, cariño, ¿está todo bien?

El heredero Malfoy miró a Sirius, y éste le devolvió el gesto. Durante unos breves instantes, ninguno hizo movimiento alguno; sin embargo, el hombre distinguió un inconfundible brillo de decisión, entendiendo el mensaje de inmediato.

—No…

— ¡Mamá, ayuda!— gritó, poniéndose en pie en una milésima de segundo, corriendo desesperadamente hacia la salida.

— ¡Detente!— Draco no se detuvo a escuchar. Presa de una renovada energía promovida por el miedo que lo embargaba, estiró una mano para tomar el pasador de plata. No obstante, apenas sus dedos hicieron contacto con el frío metal, sintió como una fuerza invisible lo empujaba hacia adelante. Su cabeza golpeó contra la madera, y su cuerpo cayó al suelo, inerte.

Antes de perder la conciencia, estiró una mano hacia la puerta, en un inconsciente intento por mantenerse a salvo.

—Ma…má…— fue lo último que dijo. Luego, todo se volvió oscuro.

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Sirius contempló el cuerpo del niño que yacía en el suelo, histérico.

— ¡Maldición!— se regañó a sí mismo, jalándose los sucios cabellos con las manos, corriendo de inmediato hacia él— Draco, Draco, ¡despierta!— palmeó el pálido y delicado rostro del muchacho, intentando despertarlo— ¡Maldita sea! No quería golpearlo tan fuerte…— se lamentó, comprobando que la cabeza de Draco no tuviera lesiones.

"Al menos respira"— pensó, haciéndose hacia atrás, dejando (sin proponérselo) una de sus grandes y sucias manos sobre la nívea y suave mejilla del chico. La piel maltratada y aceitunada de sus dedos contrarrestaba de tal forma con la tez de aquel delicado muchacho que Sirius se sintió abrumado.

— ¿Draco? Hijo, abre— volvieron a llamar desde detrás de la puerta, y su corazón se detuvo.

Habían pasado más de catorce años sin oírla, y, aun así, la reconoció de inmediato.

—Narcissa— murmuró inconscientemente, sintiendo como un sinfín de sentimientos contradictorios despertaban en su interior. Ira, confusión, y una inexplicable alegría lo embargaban.

Y, por primera vez en doce años, Sirius Black sintió miedo.

¡Draco! ¿Qué estás haciendo?

Sus sentidos se pusieron en alerta. No había llegado tan lejos como para caer ante el primer problema, aunque ese problema fuera Narcissa.

Sirius se devanó los sesos intentando recordar qué hechizo usar para salvar su pellejo; el hecho de que no había usado magia por más de una década tampoco era de mucha ayuda.

¡Draco Malfoy! ¡Abre esa puerta!

Seguro de que ella no podía oírlo, Sirius gritó con rabia, dejando escapar toda la frustración que sentía con ese grito. Entonces, recordó un hechizo que James Potter le había enseñado cuando iban en Hogwarts. Eso sería suficiente.

Teniendo el tiempo justo, se apuntó a sí mismo en la garganta, murmurando las que creía eran las palabras correctas, y después deshizo el encanto que previamente había hecho en la habitación para evitar ser oído en el exterior.

¡Draco!

— ¡Estoy bien!— exclamó, pegándose a la puerta; no con su voz pastosa, sino con una mucho más infantil. Apoyó la cabeza contra la oscura madera y esperó ver los resultados.

Del otro lado hubo un largo silencio, el cual sólo importunó a Sirius.

Ábreme— ordenó la firme voz de Narcissa Malfoy, y Black se estremeció de pies a cabeza.

—No puedo. Estoy… eh, des…¿nudo?

Otro silencio incómodo le heló la sangre.

Bien— contestó Narcissa. Sirius se permitió suspirar con alivio— Sólo quería ver si estaba bien, cariño. Sé cuanto odias la oscuridad.

— ¿Eh? Oh, claro. Todo está bien por aquí. Quiero estar solo.

De inmediato creyó que la madre de Draco se negaría, pero lo único que escuchó del otro lado fue un largo suspiro.

Está bien, cariño— volvió a suspirar con alivio— Estaré abajo con mis bordados. Tu padre dijo que llegará tarde…

Tu padre… Esas palabras resonaron en su mente.

—Está bien— respondió, escueto, pegando mucho más la oreja a la puerta, esperando oír los pasos que anunciarían que estaba a salvo.

Draco.

— ¿Si?— inquirió, dudoso pero alerta.

—Te amo.

Esas simples palabras desarmaron a Sirius por completo. ¡Cuántas veces había oído lo mismo de aquellos labios que, en otro tiempo, sólo tenían dulces palabras de afecto para él, y cuánto tiempo había esperado para oírlas de nuevo! Sin embargo, un sabor amargo le recorrió la boca. Aquella expresión de cariño no había sido para él, y nunca volvería a serlo…

—También yo— respondió en un lastimoso susurro, dejando descansar la frente en la fría superficie mientras escuchaba como su prima se alejaba de él una vez más, sin que pudiera detenerla.

Sirius se quedó en la misma posición durante un buen lapso de tiempo, rememorando viejos recuerdos que creía olvidados; escenas en las que podía ver a dos adolescentes llenos de sueños y esperanzas, que creían que nada en la Tierra podía separarlos. ¡Cuán arrepentido estaba ahora de haberse dejado encandilar por aquella cara bonita que durante tantos años había alimentado los sueños de libertad de sus primeros días en Azkaban! Ella había sido el único recuerdo feliz en su mente, el amor al que se había aferrado hasta que, un día, su cara simplemente se le había olvidado, y la venganza había pasado a ser más grande anhelo, lo que lo había mantenido cuerdo durante doce malditos años. Narcissa ahora era poco más que una imagen borrosa de un recuerdo lejano.

Sirius se deshizo de esos pensamientos que de nada le servían y recompuso una postura tan erguida como le fue posible. De pronto, como si hubiera olvidado que estaba allí, se topó con el inconsciente y menudo cuerpo del chico Malfoy. Entonces, el animago entornó la mirada y contempló mejor a aquel niño de delicadas facciones y rostro sereno, sintiendo una gran aversión en su interior, pues ese niño era un Malfoy, y Sirius no podía ver a uno sin evitar esbozar una mueca de desdén. Conocía a ése tipo de magos; siempre creyéndose mejor que los demás y despreciando a todo el que fuera diferente, y Draco Malfoy daba el perfecto perfil de un aristocrático idiota.

Sin embargo… cuando Sirius miró detalladamente su pequeño rostro, no pudo negar que había algo en él que le resultaba familiar. ¿Qué era? Tal vez el cabello, tan rubio como el Narcissa, aunque Lucius Malfoy lo tenía igual. ¿La barbilla? Sirius se acarició el mentón. Las facciones de Draco eran tan anguladas como las suyas, aunque Lucius Malfoy tenía rasgos muy similares, como sucedía con todas las familias sangre pura del mundo mágico que alguna vez habían estado unidas por matrimonios, las cuales eran la mayoría. Pero, si no era eso, ¿qué era lo que veía en Draco que era tan familiar? No podía saberlo.

Inconscientemente, dobló las rodillas y se posó a su lado, estirando una mano hasta tocar los suaves cabellos platinados y removerlos del rostro del niño, teniendo una mejor vista, pero de nuevo se apartó al notar lo impura que lucía junto a una figura tan frágil y delicada como la de Draco, como si temiera hacerle daño.

Era un niño muy atractivo, no había duda de eso, y comenzó a preguntarse si en verdad un despojo humano como él había podido crear algo tan hermoso. Sin embargo, aunque nunca lo había olvidado, no podía fiarse de algo que posiblemente había sido uno más de los desvaríos de la loca Bellatrix en un ruin intento de hacer de sus días en Azkaban mucho más tortuosos.

Porque no; Narcissa nunca le hubiera mentido en algo así.

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La cabeza le dolía horriblemente, igual que el resto de su cuerpo

Quiso ponerse en pie, pero, con horror, descubrió que alguien lo había atado de pies y manos.

—Con que despertaste, eh, ¿niño rico?

Draco se estremeció de pies a cabeza con solo escuchar esa voz.

No lo había soñado.

Aun así, con toda la frialdad propia de un Malfoy, intentó aparentar la calma que no poseía.

—Libérame— siseó, intentando con todas sus fuerzas que la voz no le temblara.

Sirius soltó una risa sarcástica, dando justo en el orgullo del menor de los Malfoy.

—Tengo que admitir que tienes agallas, mocoso. O eres demasiado estúpido como para no valorar tu patética vida de niño mimado.

Draco parpadeó, confundido al principio, pero recomponiéndose casi de inmediato. El miedo había pasado ya, pues, si Black en verdad hubiera querido hacerlo algo, lo habría hecho ya.

—Si no vas a matarme, ¿qué es lo que quieres?— soltó de mala gana, Sirius bufó, jugando con su varita entre los dedos.

—Si yo fuera tú, procuraría ser más amable con el hombre de la varita— dijo, aparentando indiferencia. Draco pasó saliva y desvió la mirada. El miedo se manifestaba de nuevo.

—Y-Ya te dije que tengo mucho oro. Es tuyo si te vas y no me lastimas— musitó, optando por su último recurso: la negociación; mas Sirius Black no demostró el menor interés en sus palabras.

—Mira, niño, seré franco contigo. Ya te lo he dicho: no me interesa el asqueroso oro de los Malfoy. Y, si todavía sigo aquí, es porque no tengo alternativa; al menos, por el momento.

— ¿Qué?

Sirius se levantó de la silla sobre la que estaba sentado y caminó por la habitación, pasándose la varita mágica de una mano a la otra. Draco notó que cogeaba ligeramente.

—Verás… allá afuera hay mucha gente que está buscándome… ¿Qué puedo decirte? Soy muy popular entre algunos círculos…

Draco bufó. ¿Acaso eso había sido una broma? Si así había sido, en absoluto le pareció graciosa.

— ¿Y qué es lo que quieres con mi familia?— soltó sin pensar. Sirius se giró hacia él, clavando sus apagados ojos grises en los suyos.

—Protección. Nadie, ni en un millón de años, pensaría que me escondo aquí.

— ¿Esconderte? Pero, ¡no puedes! ¡No puedes quedarte aq…!— iba a terminar la frase cuando sintió la punta de su varita hundiéndose en su pierna.

—Escucha, niño, y escúchame bien: si haces o dices algo que me delate, te asesinaré a ti y a toda tu familia— amenazó Black, pegando su rostro al suyo— Apuesto a que has leído los periódicos, así que sabes de lo que soy capaz…

Draco no reaccionó más que para abrir los ojos con horror. Sirius se apartó de él y le dio la espalda.

—Pero tú vas a ayudarme a que eso no pase, ¿verdad?

—…

— ¡¿Verdad?!— gritó, amenazante. Él sólo volvió a asentir, temeroso— Bien. Qué bueno que te haya quedado claro. Eso facilitará las cosas— Sirius movió la varita en el aire y las cuerdas que lo ataban desaparecieron. Draco se sobó las muñecas y se puso en pie, sintiéndose mareado— Espero que no intentes nada estúpido, mocoso— advirtió el hombre, dándole tres suaves golpes con la varita en el brazo para indicarle que caminara, provocando que le dirigiera una mirada cargada de odio. Otro movimiento de varita y la puerta se abrió, dándoles paso. Black lo empujó y lo obligó a caminar por el extenso corredor, llegando hasta las escaleras. Cuando Draco llegó al último escalón, miró hacia atrás, pero Sirius ya no estaba.

— ¿Draco?— alzó la mirada y se encontró con el adusto rostro de Lucius.

— ¡Padre!— exclamó, corriendo hacia él, abrazándose a su cintura— ¡Hay algo que debo decirte!— Su padre lo sujetó por los hombros y lo miró, inquisitivo.

— ¿Qué es lo que sucede contigo? ¿Por qué estás actuando tan extraño?

Draco tragó duro, sosteniendo la mirada del mayor.

— ¡No soy yo! ¡Es…!— siguió hablando, pero no salió ningún sonido de sus labios. Aterrado, se sujetó la garganta e intentó hablar, pero no pudo hacerlo. Había sido hechizado. No obstante, su padre sólo frunció el ceño con molestia.

—No tengo tiempo para tus juegos, Draco— siseó de mala gana— Ve a ver a tu madre y ponte presentable para la cena. Tenemos invitados— Y sin más se alejó de él, y, cuando Draco quiso insistir, notó que sus pies no se movían; parecían fijados al suelo.

—Mala jugaba— dijo una fría voz en su oído, estremeciéndolo— Que bueno que tu padre es un idiota. Otro truco de esos y él pagará las consecuencias.

Draco movió la cabeza desesperadamente de un lado a otro, en busca de ayuda.

Con sus padres en casa, decenas de elfos domésticos, ¿cómo nadie podía darse cuenta de lo que sucedía?

—Será mejor que comiences a obedecer, Draco Malfoy.

Observó a Sirius Black por el rabillo del ojo, sin poder creerse que todo aquello fuera real.

Ahora no solo era prisionero en su cárcel de oro; ahora, él y su familia eran rehenes de aquel demente criminal.

Y ahora, sin saberlo, todos en esa casa dependían de que mantuviera la boca cerrada.

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Continuará...

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N del A:

Bien, éste capítulo lo escribí en pocas horas, lo cual no hacía desde hace mucho, así que no me asesinen si no quedó del todo bien :/

Como sea, va dedicado a fushiginashoujo, quien me dio el empujón que faltaba para hacerlo.

Gracias por leer! Y en verdad apreciaría que dejaran sus reviews, por más buenos o malos que sean; de todo se aprende.

Saludos!

H.S.