Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling.
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IV
El hijo de Sirius Black
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Encendió un Lumus y lo apagó en silencio, una y otra vez, iluminando tenuemente el rincón de la habitación en el que estaba tirado, con las rodillas flexionadas y separadas, observando a Draco Malfoy dormir.
Era increíble pero el mocoso se había comportado frente a sus padres, aunque había necesitado un poco de ayuda para poder dormirse. Sirius sonrió al recordar como lo había noqueado con un hechizo que James Potter solía usar con Severus Snape durante su época escolar.
Eran buenos recuerdos.
Al cabo de unos minutos se puso en pie y se tambaleó por la habitación, tomando una camisa del niño para enrollarla alrededor de su pierna sangrante, mordiendo la varita de Draco para ahogar un grito de dolor.
— ¡Ugh!— gruñó, cerrando los párpados con fuerza— Maldita sea…— suspiró después, recargándose contra una de las paredes, con la respiración agitada y lamentándose el no haber aprendido más hechizos sanadores. Sin embargo, decidió que no había nada que un buen licor no solucionase.
Aún sabiendo que se arriesgaba demasiado salió de la habitación del niño con paso sigiloso. Solo había estado una vez en la Mansión Malfoy, muchos años atrás, pero no temía ser descubierto. Incluso ansiaba encontrarse con Lucius Malfoy y saldar algunas cuentas pendientes antes de marcharse para limpiar su nombre y buscar a su ahijado.
A cada tambaleante paso su mente se llenaba de viejos recuerdos, tanto de su juventud como de los tortuosos días que había pasado encerrado en Azkaban. Entonces se detuvo al final del corredor, de pie frente a un enorme retrato con marco de oro; no un retrato mágico, sino una simple postal de Draco Malfoy y sus padres.
Sirius alzó una de las manos mugrientas e inconscientemente la pasó sobre la sobria figura de la elegante mujer del cuadro, delineando la estilizada figura con los dedos maltrechos y contemplando su rostro, pálido e impoluto, muy distinto al que recordaba. Luego, su mano se posó sobre el rostro del niño, el único que no estaba de pie, y contempló su imagen durante un buen rato, reconociendo aquella mirada de profundo hastío que él mismo había usado tantas veces antes al verse envuelto en situaciones similares con su familia. Y había algo, minúsculo, casi miserable, un pequeño indicio que delataba el lazo de sangre que los unía: sus ojos. Ya había visto los ojos de Draco antes, pero no así, tan serenos e indiferentes; eran sus mismos ojos, no los grises y déspotas ojos de Lucius Malfoy, sino los suyos, cargados de picardía y soberbia, pero también con un ligero brillo de esperanza.
De pronto, la voz cruel y rasposa de Bellatrix volvió a sonar en su cabeza, desquiciándolo.
—Ah… Cissy… La perfecta Cissy… La niña dulce de la familia. Apuesto a que en verdad creíste que era buena y pura, ¿verdad?— rió con crueldad— Lamento desilusionarte, primo, pero ella no es mejor de lo que somos tú y yo.
—Cierra la boca, maldita arpía.
—Oh, ¿te molesté?— Sirius no respondió, sólo mantuvo la mirada fija en el rocoso corredor que tenía en frente, muy quieto, como si estuviera preparándose para que algo sucediera, provocando que Bellatrix volviera a reír— Será mejor que dejes de esperarla. Ella no vendrá.
Sirius la oyó, mas no reaccionó. Su prima soltó un resoplido.
— ¡Vaya! Me partes el corazón, primo...
— ¿Tienes corazón?— lanzó, mordaz, recargando la frente en los sucios barrotes.
—Lo tengo, sí— respondió la bruja, en tono casual— ¿Crees que sólo Cissy era capaz de sentir cosas?— rió— Pues yo siento mucha lástima por el hijo que te fue negado y que nunca conocerás.
— ¿De qué estás hablando, arpía?— soltó sin ganas, observando las piedras irregulares del suelo sin prestar demasiada atención a las palabras de Bellatrix— Yo no tengo hijos.
— ¿Qué tan seguro estás de eso, primo?— Bellatrix soltó una risa sibilante; Sirius se inquietó levemente por el tono de su voz, pero no dijo nada
— ¿Acaso ya conociste al hijo de Narcissa? ¿No te pareció extraño que naciera tan poco tiempo después de que se casara con Lucius?
— ¿Qué?— Bellatrix sólo rió como respuesta— ¡¿Qué estás insinuando?!— insistió Sirius, pegándose a los barrotes— ¡Ahora habla, arpía! ¡¿Qué clase de intriga estás inventando?!
— ¿Intriga? Sirius, Sirius… Estoy segura que en toda tu asquerosa vida yo he sido la única persona que te ha hablado sólo con la verdad…Fui yo quien te dijo sobre Regulus; fui yo la que te advirtió que todo esto pasaría si no te unías a nosotros; y fui yo la primera persona en saber del fruto de tus…'indiscreciones' con Cissy— Bella ahogó una carcajada— Siempre supe que estabas enamorado de ella. Y mi hermana así te pagó…
— ¡Mientes!
— ¿Mentir? ¿Para qué? ¡Mírate! ¡Mírame! Los dos estamos hasta el cuello en esto. Eres tan indeseable como yo, y te pudrirás aquí, junto a mí. El que te diga todo esto realmente no cambia nada, ¿o sí?
Sirius cerró los puños con fuerza y golpeó la tela del retrato, produciendo un sonido ahogado. De pronto, sus ojos volvieron a enfocarse en la imagen de la mujer, y, de manera consciente ahora, volvió a pasar sus dígitos rugosos por sobre el lienzo.
No recordaba cómo ni cuándo se había enamorado de ella. Nunca habían sido unidos; desde niños se habían mirado sólo para insultarse mutuamente o burlarse del otro, por eso Sirius no recordaba el momento en que todo había cambiado, cuándo los empujones por los corredores del castillo se habían transformado en roces suaves, las miradas de odio habían pasado a ser de otra clase de sentimiento, mucho más profundo, y las palabras hirientes habían abierto paso a otras más suaves y dulces.
Lo que sí recordaba era que la había besado por primera vez en el Puente Techado, un día de mayo, cuando cursaban el sexto año, y que no se habían separado desde entonces, a pesar de que se escondían del mundo, porque los padres de Narcissa no lo aceptarían a él, así como sus amigos no aceptarían a Narcissa.
No había sido difícil huir después de la graduación, pues Sirius no tenía que rendirle cuentas a nadie, y convencer a Narcissa no había sido un problema. Quizá había sido porque ella lo acompañó que creyó que de verdad lo amaba.
Vivieron dos años juntos en una pequeña casa en medio de los bosques de Southampton, sin lujos pero tampoco en la pobreza. Se amaban, y sólo eso importaba, aún para Narcissa, quien había crecido en un mundo donde las emociones no tenían valor. Para entonces Sirius ya trabajaba en la Orden del Fénix, aunque ella no lo sabía, pues ambos habían prometido mantenerse al margen de la guerra.
Y cuando todo fue descubierto hubo una gran pelea. Narcissa, entre llanto, le dio la posibilidad de elegir: o sus amigos y la Orden, o ella; en ese momento Sirius no había querido discutir, simplemente tomó su capa y salió de la pequeña casa, dándole tiempo a calmarse, creyendo que todo estaría bien, como siempre, a la mañana siguiente. Pero al regresar ella se había ido, y días después recibió la noticia que se había casado con Lucius Malfoy en una boda tan inesperada como majestuosa.
Desde entonces supo que nunca podría amar a nadie, porque el amor no era más que una cruel ilusión, y aquel retrato de Narcissa era la prueba de ello.
Con sus uñas largas y sucias rasgó el lienzo, volteando mientras esbozaba una mueca, producto de aquel dolor invisible que, aunque seguía esforzándose en desaparecer, aún le atormentaban cada vez que pensaba en ella; cada vez que se preguntaba qué habría pasado si la hubiera elegido por sobre todo.
— ¡Intruso!— Sirius volteó rápidamente y, sin titubear, petrificó al elfo doméstico que lo había encontrado aún frente al retrato de los Malfoy, causando que éste arrojara la charola de plata que sostenía entre las diminutas manos, provocando un gran estruendo que hizo eco en todo el corredor.
— ¿Ploum?— dijo una voz suave y femenina, llegando a él desde una de las habitaciones del piso.
Se escabulló rápidamente dentro de la primera habitación que encontró, con la varita en alto, preparado para cualquier ataque.
Se pegó a la pared y esperó; los pasos de tacones se oían cada vez más cerca. Entonces, sin poder evitarlo, asomó la cabeza y la vio, aquella cascada platinada brillando bajo las farolas de gas, enmarcando aquel rostro que, a pesar de los años, no disminuía en belleza. Narcissa se detuvo frente al cuadro de su familia, como si sospechara que algo acababa de pasar allí, todavía sin dar con el elfo petrificado. Entonces, sin poder evitarlo, el ex-prisionero salió de su escondite, observando aquella esbelta figura como si no pudiese creer que realmente estaba allí.
—Cissy— murmuró en tal ataque de insensatez que no midió en absoluto las posibles consecuencias de sus actos. Narcissa volteó, ahogando una exclamación de sorpresa mientras se llevaba una mano a los labios.
Una masa de pelo sucio y revuelto le caía hasta los codos. Si no le hubieran brillado los ojos en las cuencas profundas y oscuras, habría creído que se trataba de un cadáver. La piel de cera estaba tan estirada sobre los huesos de la cara que parecía una calavera. Una mueca dejaba al descubierto sus dientes amarillos. Era Sirius Black.
— ¡¿Si-Sirius?!— abrió los ojos con verdadero terror, mirando en todas direcciones, con alarma.— No es posible… ¿Cómo…? ¿Qué es lo que quieres?— pareció recobrar la compostura de pronto, ya no mirándolo con miedo, si no con un profundo odio que, paradójicamente, hizo sentir mejor al animago. Eso los ponía en igualdad de condiciones.
—Las protecciones de tu casa no sirven contra animales— señaló, haciendo un esfuerzo notable para que no le fallara la voz después de tanto tiempo de no usarla— He venido por lo que es mío— siseó. La bruja abrió los apagados ojos azules con sorpresa y alarma, como si acabara de despertar de una larga ensoñación.
— ¡No hay nada para gente como tú en esta casa! ¡Largo!— hizo el ademán de sacar su varita, pero Sirius fue más rápido en desarmarla, arrastrándola consigo hasta la habitación que minutos antes le había servido de escondite— ¡Suéltame! ¡Lucius!
— ¡Cállate!— Sirius la silenció hundiendo la punta de la varita de Draco en la delicada piel de su cuello—He vivido un verdadero infierno durante todos estos años… ¡Casi pierdo la cordura, lo único que me quedaba!— le escupió, furioso— Lo perdí todo; todo lo que poseía y amaba— gruñó, incapaz de seguir conteniéndose— Dímelo, Narcissa. ¿Es cierto lo del niño?
La elegante mujer volvió a abrir los ojos con terror, delatándose a sí misma.
— ¿Q-Qué?
— ¡No voy a preguntarlo dos veces!— rugió el mago, tomándola del cuello y apuntando con la varita de Draco a su cara ahora— Sabes muy bien de lo que hablo…¡¿Estabas embarazada cuando te fuiste?! ¡¿Es verdad que diste a luz a un hijo mío?!
La mirada de la mujer se llenó de horror, y, llevándose una temblorosa mano a los labios, comenzó a llorar.
—N-No. ¡No! ¡Mi hijo es un Malfoy!
— ¡Mientes!— la acusó el animago, soltando su cuello; Narcissa cayó de rodillas al suelo, intentando recobrar el aire perdido mientras Sirius se jalaba de los cabellos, histérico— ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me hiciste eso?!
Ella alzó la vista; de nuevo todo el terror había sido reemplazado por un brillo de odio.
—No te atrevas a hacerte pasar por la víctima de todo— siseó, con frialdad implacable— ¡Eres un maldito desgraciado, remedo de mago! ¡¿Querías que mi hijo y yo nos convirtiéramos en blancos de los Mortífagos mientras tú jugabas al héroe?! ¡No iba a permitir que nos convirtieran en carnada!
— ¡Yo hubiera podido protegerlos!
— ¡¿Así como protegiste a los Potter?!
Sirius abrió los ojos con impacto, retrocediendo un paso, blanco como la cera. Bajó la mirada y tensó la mandíbula mientras se peinaba el sucio y opaco cabello hacia atrás con compulsión.
—Ese niño lleva mi sangre. Es… Es mi hijo. Mío— se defendió, dejando la histeria de lado. Narcissa se levantó del suelo, fulminándolo con la mirada.
— ¡Claro que no lo es! ¡Tú no eres nadie en la vida de mí hijo! ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Decirle la verdad a todo el mundo? ¿Vas a humillarme por segunda vez?— preguntó, rabiosa.
Sirius la miró; había tanto rencor en las palabras de Narcissa que no pudo evitar sentir que lo apuñalaban como pequeñas dagas.
—No puedo dejarlo. Tengo que protegerlo.
— ¡¿Protegerlo?!— chilló la bruja, sarcástica— ¡Lo protegerás alejándote de él!
— ¡Es mi hijo!— refutó, como si eso lo explicara todo— ¡¿Tienes…una mínima idea de lo que es pasar doce años de tu vida hundido en la desesperación y el terror, encerrado por algo que tú no hiciste?! ¡Doce años de desquiciante intriga!— le gritó, sin importarle que pudieran ser oídos.
— ¡Tú nos dejaste!— escupió la mujer, llevándose una mano al pecho— Abandonaste a tu familia por seguir a tus malditos amigos… Tú sólo sellaste tu destino. Debes irte. Ya no hay nada para ti en este lugar, Black— Sirius se hizo hacia atrás— Si no te vas hoy mismo llamaré a los Aurores y te entregaré a ellos.
— ¡Soy inocente, y lo sabes!
—Sí, lo sé, pero no me importa; Pettigrew está muerto y ningún Mortífago hablará en tu favor. ¿No lo ves? No tienes nada que hacer aquí afuera, Sirius. Regresa por tu propia voluntad antes de que te maten…
— ¡Debo encontrar al hijo de Lily y James!— refutó, volviendo a alzar la voz— Debo decirle la verdad; ¡prometí que cuidaría de él con mi vida, Narcissa!
— ¿Te arriesgas tanto por un maldito mestizo que ni siquiera lleva tu sangre, ¿y te atreves a decir que vienes hasta aquí por Draco?!— le espetó, furiosa, alzando una mano y, de forma impulsiva, abofeteó al animago— ¡Maldito seas, Sirius Black! ¡Malditos sean tú y los Potter!— gritó, comenzando a golpear su pecho— ¡Los Potter! ¡Siempre los malditos Potter antes que nosotros! ¡Te odio y odio a su maldito hijo! ¡Largo de mi casa!— Sirius apenas pudo contenerla, sujetando las frágiles muñecas con sus manos grandes y mugrientas. El contraste era tal que se vio obligado a soltarla de inmediato, dando un tembloroso paso hacia atrás. Narcissa volvió a caer de rodillas al suelo, soltando lágrimas repletas de amargura— Una vez más nos dejas por ellos— susurró con voz queda, hipando lastimosamente; ya no había ningún atisbo de odio en sus ojos, si no un brillo de profundo dolor.
—Cissy…
— ¡Vete! ¡Largo ahora mismo o te mataré con mis propias manos! ¡Ve por ése maldito huérfano y déjanos en paz!
— ¡El que deba cuidar de Harry no quiere decir que no pueda acercarme a mi hijo!— farfulló Sirius, con los ojos brillando de rabia, mas eso no disminuyó el brío de Narcissa.
— ¡No los quiero ni a ti ni a ese maldito niño cerca de mi hijo!— ladró, golpeándole el pecho con el dedo índice— ¡Aléjate de Draco y no vuelvas a buscarlo! ¡Te lo advierto, Sirius!
— ¡No! ¡Entiende que no puedo dejarlo, Narcissa! ¡Él tiene que saber de su origen!
La bruja lo miró, horrorizada y con lágrimas en los ojos, ahogando un gritito de sorpresa con el dorso de su mano.
—No te atrevas…— susurró, casi presa de la histeria— No te atrevas ni siquiera a insinuar que vas a acercarte a mi hijo.
—Ya he estado con él— gruño el animago; Narcissa comenzó a respirar con violencia, sujetándose de un muebles para que no se le doblaran las rodillas.
— ¿Qué es lo que quieres de nosotros?— murmuró, llorando a mares— ¡Dices que Draco te importa, ¿pero tienes una idea del daño que le harías si alguien sabe que estuviste aquí?! Si alguien descubre que él es…— calló, tapándose la boca con la mano una vez más— Si de verdad te importa debes irte y no regresar jamás; olvídate de Draco, de nosotros, y sigue el camino que elegiste.
—No puedo… Él es lo único que me queda.
—No, no lo es. Draco te teme; no te reconoce como padre y nunca lo hará.
—Tiene casi trece; él lo entenderá.
— ¿Acaso lo conoces? ¿Sabes algo sobre él?— contraatacó la bruja; Sirius apretó la mandíbula— Draco nunca toleraría algo así; él adora y admira a Lucius, ¡lo destruirás si le dices toda la verdad! ¡¿Eso es lo que quieres?! Draco no es como tú; aunque le dijeras la verdad, nunca te aceptaría como un igual, mucho menos como su padre— le dijo, señalándolo con pena.
Sirius se removió con inquietud y gruñó por lo bajo, contemplando sus ropas mugrientas y raídas por varios minutos.
—Entiende que no puedo dejarlo— susurró con más calma, sin atreverse a volver a mirarla— Te perdí a ti, no puedo perderlo a él también…
— ¿Sabías que él es un Slytherin?— le espetó Narcissa, brusca— ¿Que detesta a los impuros y aborrece a los muggles? Él ha crecido siendo lo que tú siempre más odiaste; yo misma me encargué de eso para que nunca se pareciera a ti ni a los tuyos, y de esa forma estará a salvo.
— ¿Siendo un pomposo y egoísta aristócrata?— le soltó, con la voz estremecida.
—Estará a salvo, sí; el egoísmo fue lo único que nos mantuvo a salvo luego de que tú nos abandonaras.
— ¡Entiende de una vez que yo nunca quise dejarte! ¡Tú te fuiste con mi hijo sin decirme una palabra! ¡Si me lo hubieras dicho…!
— ¡¿Qué?! ¡¿Nos habrías arrastrado contigo para que nos asesinaran como a todos tus amigos?! ¡Entiende tú que sólo pensaba en la seguridad de mi hijo, la que tú no podías darle!— refutó Narcissa, histérica. Sirius cerró los ojos y apretó los párpados como si intentara borrar una verdad que no quería oír.
—Basta.
— ¡Tú hubieras hecho que nos mataran!— siguió la bruja, ignorando su pedido— ¡Porque todo lo que tocas lo destruyes!
— ¡Ya cállate!
— ¡Destruiste mi vida, la de tu madre, las de los asquerosos Potter!— siguió, ignorando sus ruegos— ¡Aléjate de mi hijo y regresa al infierno de donde saliste!— volvió a gritarle Narcissa, respirando con brío.
Sirius contempló a la mujer que alguna vez había amado como si fuera de otro planeta. La Narcissa de la que él se había enamorado no era esa mujer fría e hiriente, insensible y cruel. Cerró los ojos una vez más mientras se hacía a la idea de que ya nada era igual a cómo lo recordaba.
Y quiso gritar, enfadarse y seguir refutando toda la noche de ser necesario, pero una parte de él, la pequeña parte que aún le quedaba de cordura, lo obligó a mantenerse callado.
Los Potter ya no estaban, eso era un hecho, y todo había sido por su culpa. Si Narcissa se hubiera quedado, ¿también la habría perdido? Cerró los párpados con más fuerza, pero eso no sirvió de mucho; sentía que su piel era casi transparente. No quería pensar en que ella quizá tenía razón; no quería admitir que, tal vez, había hecho bien en alejar a su hijo de él; que tal vez era cierto que destruía todo lo que amaba con sus manos.
Y de pronto se odió más que nunca, mucho más que cuando había entregado a sus mejores amigos, sin saberlo, en bandeja de plata. Se odió por la posibilidad de haber podido dañar a lo único que le quedaba en el mundo; su único legado.
Observó a Narcissa, cuya mirada seguía destellando odio, pero lucía tan hermosa como la últimas veces que la había visto, a escondidas desde una tienda del Callejón Diagon, una de las tantas veces que no podía evitar buscarla sólo para verla y saber que también seguía amándolo, o aquella que la había hecho suya por última vez en ese sucio cuarto de El Caldero Chorreante, el día que su vida se había arruinado para siempre.
Aún dolían los recuerdos, y Sirius ya había decidido tener suficiente dolor en su vida. Con una sola mirada pudo darse cuenta de que aún después de más de trece tortuosos años aquel sentimiento seguía intacto, y eso le aterró.
—Lo siento tanto— murmuró al fin, con una voz ahogada que se le atoró en la garganta; la bruja clavó sus ojos como dagas de zafiro una vez más en él.
—Ya no sirve de nada— contestó, desviando la mirada con dolor; dolor que Sirius percibió— Vete por favor; no nos harás ningún bien si alguien te encuentra aquí.
—Narcissa...
—Vete— lo interrumpió, pasándose una mano por el rostro para limpiarlo; luego extendió la misma hacia él— Regrésame mi varita— él no hizo ningún movimiento— Sirius, por favor...
Sirius sabía que estaba mal. Que no debía estar en aquella mansión, sino en algún sitio lejano, en cualquier lugar menos allí. Pero aun así sigue plantado en medio de esa habitación con los ojos grises, tormentosos, fijos en ella. Por un segundo quiso salir corriendo, irse lejos, pero no pudo. No podía dejar las cosas así, como si esos ojos que desde pequeño había amado y aborrecido a la vez, le ataran firmemente, impidiéndole cualquier intento de huida.
—Por favor, Narcisa— susurró, con una voz ronca y ahogada— Cissy… Sólo quiero verlo una última vez. Déjame... Déjame despedirme de él.
—No— contestó Narcissa con firmeza, bajando la mirada al mismo tiempo, como si temiera que Sirius encontrara algo de piedad en ella.
—Por favor... Por los viejos tiempos— pidió, regresándole su varita en señal de rendición— Por favor, Cissy— Narcissa dejó escapar un leve sollozo, el cual se apresuró a disimular— Sólo eso te pido.
Nunca lo admitiría, pero sus palabras le sonaron más a una súplica que a una petición. Demasiado cansado, herido, con el orgullo partido levantó la cabeza, enderezó la espalda y apretó los puños hasta casi hacerse daño. Se sentía ridículo, estúpido, pero aun así no podía marcharse de allí. No sin ver a su hijo una vez más y comprobar que no era parte de una cruel fantasía.
—Sólo un minuto— le dijo Narcissa, luchando porque la voz no se le quebrara y mantenerse fría y distante— Sólo lo verás un minuto y no volverás a acercarte a él.
Él la miró, ceñudo; quiso protestar pero no dijo nada.
Narcissa alzó su varita, en una silenciosa pero clara señal de que no dudaría en atacarlo de ser necesario, y lo guió delante de ella hacia la habitación de Draco, sin dejar de apuntarlo.
El niño seguía plácidamente dormido en la posición en la que él lo había dejado, pálido como el mármol de las paredes y respirando muy despacio, tanto que casi parecía que no lo hacía.
Sirius se acercó a él y se recargó en el dosel de la cama, como si quisiera esconderse tras él o temiera acercarse de más; haciendo movimientos erráticos, hizo el ademán de acariciar el cabello rubio del niño, pero se detuvo, apenas rozando con su mano callosa y sucia la cabeza de su hijo.
Sabía que esa no era la despedida; había sobrevivido al infierno y escapado de él, nada podría separarlo de su hijo, no ahora que había descubierto que existía y había vivido todos esos años desconociendo su verdadero origen.
Ahora no sólo lo impulsaba la sed de venganza, sino la necesidad primaria de su sangre.
El lazo que compartía con Draco era mucho más fuerte que cualquier cosa, aunque él no lo supiera; aunque nunca volviera a verlo.
—Es todo. Debes marcharte— anunció Narcissa, sacándolo de su ensoñación.
El animago sólo asintió, sumiso, y se alejó unos pasos.
—Quisiera...— la voz le falló, y tuvo que carraspear para que volviera a salirle— No quiero que me recuerde... así— murmuró, extendiendo los brazos levemente a ambos lados de su cuerpo— ¿Podrías...?
La bruja asintió en silencio y apuntó su varita a Draco, intentando mantenerla firme.
—Oblivate— susurró, apuntándole a la cabeza, deshaciéndose de cada uno de los recuerdos que lo involucraban.
—Volveremos a vernos... Hijo— aseguró el mago antes de caminar hacia la ventana y volver a su forma de animal, dirigiéndole una última mirada a Narcissa antes de salta al inmenso jardín y desaparecer en la espesa noche.
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—No debería estar aquí— dijo la figura encapuchada.
—Pero lo estás— sonrió Sirius contra la blanquecina piel de su cuello, haciendo a un lado la estorbosa capa para descubrir la larga cabellera platinada que ésta escondía.
—Tú tampoco deberías.
—Pero aquí estoy— volvió a sonreír, besando el hombro desnudo de la mujer mientras comenzaba a deslizar la fina tela del vestido que usaba.
—Debo regresar con mi esposo y mi hijo, Sirius.
—Aún no. Quédate un poco más, Cissy... Olvida al mundo y sólo quédate conmigo.
—No puedo hacerlo, y los sabes.
—Por una vez, sólo por esta vez, finge que podemos hacerlo...
El estallido del escape de una motocicleta lo despertó, haciéndole alzar la cabeza por puro reflejo.
Sirius se tomó un segundo para espabilarse y repasar las imágenes de su cabeza.
El perfume de Narcissa impregnado en aquel cuarto de El Caldero Chorreante seguía persiguiéndolo como doce años atrás.
Si tan sólo hubiera sabido que Draco era su hijo en aquel entonces...
Alzó la mirada mientras intentaba deshacerse de esos pensamientos. El cielo se cernía sobre la ciudad con un apesadumbrado color plomo, y una llovizna muy fina y pesada le humedecía el pelaje, fastidiándolo de sobremanera. Se desperezó y estiró todos los músculos de su cuerpo, incluyendo su cola, doblando las patas delanteras; tras dar unas cuantas vueltas se decidió volver a meterse bajo la banca que le había servido de refugio durante toda la noche, volviendo a contemplar fijamente el desvencijado edificio que se erguí frente a sus ojos.
Apenas cesó la insistente llovizna notó como la puerta se abría, y por ella salió la misma persona que había estado siguiendo por más de una semana.
Remus Lupin giró la llave en la cerradura y luego la guardó en el bolsillo de su chaqueta vieja y arrugada, dándose la vuelta para bajar los cinco escalones que lo separaban de la calle, llevando consigo el mismo maletín de cuero gastado de todos los días. Sirius soltó un pequeño gruñido y cruzó las patas delanteras, recargando la cabeza sobre ellas; Remus lucía terriblemente cansado y desalineado, tenía bolsas bajo los ojos y varias heridas recientes en la piel. El paso de la Luna llena era evidente. Lo observó alejarse por la callejuela principal y saludar a la misma anciana de todas las mañanas; era martes, y, según lo que había visto y estudiado en esos días, Remus no regresaría a casa antes de las tres de la tarde. Era momento de actuar.
Esperó unos cautelosos minutos y salió de debajo de la banca antes de que el clásico clima inestable de Londres volviera a atacar. Sirius cruzó la calle y se acercó a la vieja casita sin llamar la atención. Recorrió el inmueble hasta llegar al pequeño y arruinado patio trasero, en donde vio su oportunidad: una ventana abierta.
Sonrió en su fuero interno al comprobar que los años no habían cambiado a su amigo. Lupin seguía siendo el mismo confiado de Hogwarts.
Se hincó sobre las patas traseras y dio un brinco con la agilidad propia de un animal, a pesar de que eso aumentó el dolor en su pierna.
—Demonios— gruñó; sólo regresó a su verdadera forma una vez que estuvo dentro, y analizó su herida antes de echar un vistazo a su alrededor.
La cocina era pequeña en exceso, y sólo constaba de una estufa junto a la cual había una pequeña mesada con pileta y alacena; un refrigerador que de seguro había tenido mejores tiempos, una mesa astillada y dos sillas igual de viejas, aunque todo estaba ordenado y muy limpio; no había duda de que Remus vivía allí.
A un lado había una puerta sin cerradura que de seguro dirigía a la sala; enfrente y a un lado había otra mucho más maciza y cochambrosa, repleta de cerrojos y cadenas. Esa debía dar al sótano.
Sin prestar mayor atención se abalanzó rápidamente sobre una hogaza de pan que Remus había dejado sobre lo mesa, devorándola con un voracidad. Después de casi una semana de comer sólo sobras de basurero aquello le pareció un verdadero manjar. Corrió hacia la nevera y sacó una botella de leche, la cual se apresuró a beber, sin importarle derramar la mayor parte en su barba y el suelo.
—Veo que disfrutas la comida, a pesar de que no es tuya— apenas se sobresaltó al oír esa voz; sintió un miedo instintivo, pero también una inmensa alegría al girarse y ver a Remus recargado en el umbral de la puerta que llevaba a la sala.
Los ojos ambarinos y sagaces lo observaban con recelo, al igual que la varita que el portador sostenía firmemente contra su pecho, en reposo pero lista para cualquier movimiento.
Hacía más de doce años que no había vuelto a dirigirle la palabra, y ahora el que algún día fue uno de sus mejores amigos estaba allí, observándolo robar su comida y listo para asesinarlo en cualquier momento; y la situación se le antojó tan ridícula que no pudo evitar soltar la carcajada amarga que le quemaba la garganta.
—Lo siento, Lunático— pronunció, sin dejar de reír como un maniático, una horrible manía que, muy a su pesar, había absorbido de su desquiciada prima— Hace años que no pruebo pan fresco— sonrió, mostrando todos sus dientes amarillentos; Remus notó que oscilaba al hablar— Y ni hablar de leche…
—Entregaste a James y a Lily; asesinaste a Peter, ¿y aún tienes el descaro de meterte a mi casa a hablarme de leche?— dijo Remus en un siseo, apuntándole al pecho con su varita— ¡Eres un maldito criminal, y por la memoria de mis amigos pagarás por ello!
Algo titiló en los ojos catatónicos y sombríos de Sirius Black.
— ¡Yo no traicioné a nadie!— aseveró, histérico— ¡ Nunca hice el hechizo Fidelio! Decidí cederle esa tarea al maldito de Peter… ¡Él nos traicionó a todos!— Sirius pareció despertar de un largo sueño, gritando con todas sus fuerzas.
— ¡Mientes!— Remus también alzó la voz, sin dejar de apuntarlo con rabia.
— ¡James era mi hermano! ¡Yo lo amaba!— le espetó el animago, acercándose peligrosamente, como si no le temiera— ¡Sí, fui un idiota por confiar en Peter, pero yo nunca les hubiera hecho daño!
— ¡Aléjate!— ladró Remus, pero Sirius no hizo caso y siguió avanzando hasta que la amenazante punta de la vara se hundió en su pecho, desafiante.
—Mátame ahora mismo si de verdad crees que yo los traicioné— dijo, con la voz estremecida. Remus lo miró a los ojos y apretó los dientes.
— ¡Peter está muerto! ¡Tú lo asesinaste!
— ¡No!— gritó con demencial euforia, moviendo la cabeza compulsivamente— Fue mi culpa; yo decidí convertir a Peter en el guardián de Lily y James porque creí que ningún Mortífago sospecharía de alguien tan insignificante, pero nunca tuve tiempo de decírselo a nadie…— explicó, bajando la mirada y moviendo las manos como si estuviera hablándole a suelo— Cuando Voldemort los asesinó supe que él los había entregado, ¡y por Merlín que quise asesinarlo con mis propias manos!— volvió a gritar, histérico— Fui solo a buscarlo; admito que no fue una idea brillante, ¡pero el maldito nos había traicionado! Cuando lo enfrenté él me atacó por la espalda y mató a esos muggles. No tuve nada que ver con eso, Lunático, ¡cree en mí!
—Esa es tu versión— respondió Remus, tozudo— ¡Yo sólo sé que alguien asesinó a mis dos amigos el mismo día!
— ¡Pero Pettigrew no está muerto!— bramó Sirius, como un demente— ¡Yo lo vi! ¡Vi su fotografía en El Profeta!
— ¡¿Qué estás diciendo?!
— ¡Él era un animago! ¡Se mantuvo todos estos años con una familia como su mascota para estar en Hogwarts cerca de Harry! ¡Quiere dañarlo a él también!
— ¡Peter Pettigrew está muerto!
— ¡No lo esta! ¡Está más vivo que nunca, y Harry corre peligro, entiende!
—Estás demente, Sirius…— murmuró el hombre lobo, pero Sirius supo que no había desoído sus palabras— Peter está muerto; todo lo que dejaste de él fue su dedo. ¡Yo mismo se lo entregué a su madre!
— ¡El maniático se cortó su propio dedo para fingir su muerte!— refutó con insistencia— ¡Estuve doce años encerrado por su culpa, Remus! ¡Doce años! No pude cuidar de Harry; ¡no pude conocer a mi propio hijo! ¡Ése maldito desgraciado robó mi vida y me hizo pudrirme en Azkaban! Cuando supe que había sobrevivido no dudé ni por un segundo salir en su búsqueda. ¡Por Merlín! ¡Tú sabes que yo jamás hubiera dañado a los Potter!— vociferó; Remus pareció dudar, pero mantuvo firme el agarre de su varita.
—Supongamos que creo en esa loca historia de que a último momento cambiaste de opinión para poner a Peter en tu lugar de guardián, y que él fue capaz de cortar su propio dedo sólo para huir… ¿Qué es lo que buscas en mi casa? Supongo que ya sabes que los Aurores estuvieron aquí, ¿por qué entonces me has espiado durante días?
—Necesito encontrar a Harry; debo cuidarlo, ¡decirle la verdad!
— ¡No vas a acercarte a Harry!
— ¡Maldición, Lunático! ¡Harry podría estar en peligro! Por nuestra amistad… Si alguna vez me consideraste tu amigo, cree en mí. Tú me conoces, sabes que abandoné a mi familia, a la única mujer que he amado por seguirlos… ¡Sabes que hubiera preferido morir antes que entregar a James!
— ¡Yo no sé nada!— gritó Remus, sujetándose la cabeza con las dos manos— ¡Sólo sé que tres de las personas que quise están muertas! Y ahora tú te escapas de prisión y vienes a mi casa con esta historia… ¡Pasaron doce años, Sirius! ¡Doce años en los que te odié como no te imaginas! ¡Doce años culpándome por haber confiado en ti!
— ¡Los mismos doce años que pasé en esa celda mugrienta, pensando que todo podría haber sido distinto si no fuera por mi culpa!— bramó el animago, temblando de rabia— Sé que todo fue mi culpa, ¡déjame remediarlo, Lunático!
Remus se tambaleó ligeramente y bajó la mirada, impactado. Caminó unos cuantos pasos por la reducida cocina mientras peinaba y despeinaba su cabello con una mano. Sirius lo observó acercarse a él en silencio y cabizbajo, y antes de que pudiera moverse sintió el puñetazo de Remus en su nariz, se tambaleó y finalmente cayó hacia atrás, sujetándose el rostro con ambas manos.
—Merecías eso— susurró el licántropo mientras abría y cerraba la mano en un vano intento por recuperarse del dolor; Sirius lo miró con los ojos llenos de lágrimas por el golpe, pero no dijo nada— Siempre fuiste un idiota presuntuoso, pero nunca un traidor. Eso no quiere decir que haya creído en esa historia, pero…
—Tú sabes que no miento, Remus. Aunque te empeñes en demostrar lo contrario.
—Yo sé que eras lo suficientemente imbécil como para subestimar a los demás y decidir poner a Peter en tu lugar de guardián. El resto no me consta, pero haré caso a mi instinto.
— ¡Gracias, gracias!— Sirius intentó tomar su mano con gratitud, pero Remus se apresuró a apartarse.
—No me agradezcas; y ruega por poder demostrar que no estás mintiendo, o yo mismo te cazaré como a un animal— sentenció con gravedad.
—Todo lo que te dije es verdad, Lunático. Yo no... No tengo cómo probarlo aún, pero es la verdad, cree en mí.
—No puedo— murmuró Remus, dando otro paso hacia atrás— Vete de una vez, y ya no regreses.
—Sí, sí— Sirius intentó esconder la cara entre las manos y se alejó— Sólo algo más, y tú tienes que saberlo.
—Sirius...
—Por favor— rogó, y Remus aceptó escucharlo con un suspiro cansino; el animago entonces sonrió con sus labios secos y partidos— Soy padre, Lunático. Narcissa me dio un hijo— le soltó con una sonrisa; Remus abrió los ojos con sorpresa.
— ¿Qué? Pero… ¿Cómo? ¿En dónde está el niño?
—Ella engañó a Malfoy para que lo reconociera como suyo— soltó con amargura— Su nombre es Draco… Se parece bastante a mi madre— esbozó una mueca de disgusto— Pero es un niño muy apuesto. Y tiene mis ojos.
—Vaya… No… ¿Narcissa te dio un hijo y no dijo nada? Eso no es algo fácil de digerir…
—Lo sé. Tampoco yo me lo creo; pero cuando estuve cerca del niño… No lo sé, fue extraño sentirlo como una parte de mí, a pesar de que nunca lo había visto. Y ahora no puedo dejar de pensar en todo lo que me perdí de su vida, y en todo lo que me estoy perdiendo ahora…— suspiró— Pero le hice una promesa a James y Lily, y debo cumplirla. Por eso necesito que me digas dónde está Harry, Lunático. Sé que sólo tengo mi palabra, pero te juro que todo es verdad. Estoy seguro de que Colagusano trama algo, y no me fío de la seguridad del niño viviendo con esos muggles tan detestables…
—Fue Dumbledore quién decidió dejarlo ahí por su propio bien. Si él confía que así será yo también.
— ¡Por favor, Remus! Esa gente odia a los magos; ¿qué te garantiza que lo tratan bien o lo cuidan como es debido?
—Él ha sobrevivido por doce años; eso me basta— declaró el otro hombre, sacando lo que parecía ser un reloj de bolsillo de su chaqueta y moviendo la cabeza con nerviosismo— Bien, ya dijiste lo que viniste a decir; ahora vete.
—No hasta que me digas dónde encontrar a Harry.
Remus lo miró, y después a la puerta, indeciso.
—No puedo hacer eso… Y vete antes de que Severus llegue y te encuentre aquí; porque te aseguro que no se va a detener a hacer preguntas— advirtió; Sirius torció la boca con disgusto y soltó una sonrisa ladeada.
— ¿Me vas a decir que eres amigo de Quejicus ahora?
—Le debo mucho a Severus; él ha sido más como un amigo para mí que tú en estos doce años; y no te sientas superior, Canuto. Puede que lograrás someter al Snape joven e inexperto, pero ahora estarás solo, y no tengo que decirte quien ganaría la pelea.
— ¡Yo, sin duda!— escupió, ofendido— Quejicus es un Mortífago; ¡eres tú quien traiciona a nuestros amigos!
—No voy a seguir discutiendo contigo— Remus volvió a alzar la varita y a apuntarle— Y agradece que no llamé a los Aurores. Márchate.
—Si eso quieres… Pero seguiré buscando a Harry; no me importa si tengo que preguntarle al mismísimo Ministro de la Magia— se dio la vuelta con resolución, listo para volver a convertirse.
—Espera— la voz de su viejo amigo lo detuvo— Vive con sus tíos en el número 4 de Privet Drive, en la ciudad de Little Whinging, en Surrey— dijo— Espero no arrepentirme otra vez de confiar en ti, Black— advirtió.
Sirius rió por lo bajo, agradeciendo con un movimiento de cabeza. Iba a marcharse cuando reparó en una pequeña Snitch sin magia que reposaba sobre la nevera de Remus como un recuerdo; parpadeó y recordó la Snitch que James le había obsequiado al terminar el quinto año en Hogwarts tras robarla del almacén.
—Mi Snitch de la suerte— murmuró girándose nuevamente hacia Lupin, quebrándose por primera vez— La última vez que la vi la tenía en el bolsillo de mi túnica cuando…— calló y cerró los ojos al comprobar, una vez más, lo doloroso que era recordar.
—Los Aurores la encontraron en la escena aquella noche— dijo Remus con calma— Me la entregaron con las cosas de Peter.
—Y tú la guardaste— susurró el animago, tomando el objeto esférico entre sus sucias manos.
—Sí; lo hice para recordar que no siempre fuiste un…
Remus se detuvo también, incómodo. Entonces Sirius reparó en la fotografía que estaba imantada a la puerta del congelador, donde los cuatro Merodeadores sonreían para la cámara. Miró con odió la imagen de Peter Pettigrew y apretó la inerte Snitch dentro de su puño, temblando de ira.
—Nunca fui un asesino— gruñó, y con una de sus largas y mugrientas unas rasgó el sonriente rostro de Pettigrew— Y se lo voy a demostrar al mundo.
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— ¿Quieres montar en escoba?
—Tu madre dijo que no podíamos salirnos del laberinto— le recordó Theodore Nott con calma mientras cambiaba la página del libro que leía, sin siquiera atender a su interlocutor.
—Mi madre cree que aún tengo cinco años— bufó Draco, cruzándose de brazos mientras se recargaba en la fuente de agua, pasando la mano por la lisa superficie con aires despistados.
—Ella sólo se preocupa. No todos los días un maniático escapa de Azkaban— dijo el otro chico, encogiéndose de hombros— Él puede estar buscando vengarse de quiénes lo dejaron en prisión.
—Eso tendría sentido, pero no creo que quiera vengarse de mis padres.
—Tal vez busca ayuda. ¿Tu madre no es una Black?
—Lo es, pero, según mi padre, Sirius Black y ella apenas se dirigían la palabra. Dudo mucho que busque su ayuda.
—Pero es posible.
—Supongo; aunque eso no explicaría porqué tantas precauciones estúpidas.
—Prevención, creo— soltó Theo en un suspiro— Si Sirius Black está tan loco como El Profeta dice cualquier cuidado es poco. ¿Por qué no regresamos a la mansión? Aquí afuera es aburrido.
—Regresa tú— suspiró Draco, observando a una pareja de pavos reales con aburrimiento.
Theo se encogió de hombros una vez más y se levantó de la banca, emitiendo un simple "como quieras" antes de tomar la que ya sabía era la salida del laberinto de arbustos, dejándolo solo detrás.
Aprovechando la soledad, Draco se inclinó sobre el suelo y tomó un guijarro, arrojándoselo al grupo de tres pavos reales que tenía cerca. Las aves soltaron un chillido de disgusto pero en vez de huir se abalanzaron sobre él, mordiéndole los tobillos para después sí correr lejos.
—Estúpidos pajarracos— gruñó el chico desde el suelo, frunciendo las cejas rubias con enojo— ¡Le diré a mi padre que los ase a todos!
Las aves volvieron a girarse hacia él, amenazantes, y Draco intentó huir, enredándose con sus propios pies y cayendo sobre el césped, con los ojos llenos de pavor. Sin embargo, las aves comenzaron a retroceder y a chillar como si algo las hubiera espantado, perdiéndose entre los muros de arbustos.
—Sí... ¡Corran, aves cobardes y estúpidas!— exclamó el niño, sentándose en el suelo con una sonrisa burlona que desapareció al sentir movimiento en los arbustos tras su espalda, y casi de inmediato vio algo rodar por su lado— ¿Qué es esto?— murmuró para sí mismo, estirando una mano para recoger la pequeña esfera dorada— ¿Una Snitch?— se levantó del suelo y observó hacia todos los lados— ¡¿Quién está ahí?!— soltó, intentando que la voz no le temblara— ¡Esto no es gracioso, Theodore!
Los arbustos volvieron a moverse, alertándolo; Draco contuvo un grito y agudizó la mirada; el susto inicial pasó al ver el hocico negro de un animal.
— ¡Eh! ¡Largo, perro sarnoso! ¿Cómo te metiste aquí?— intentó espantarlo con sus manos, pero el animal no se movió— ¡Largo!— volvió a mover las manos, con tanta brusquedad que la Snitch dorada se le escapó en el movimiento, deslizándose unos cuantos metros cerca de los arbustos.
El animal soltó un ladrido, y Draco torció la boca con miedo, haciéndose hacia atrás de forma casi inconsciente, como si temiera ser atacado. El perro, en cambió, meneó la larga cola de penacho y se lanzó con aire juguetón sobre la inerte Snitch, atrapándola entre sus fauces, dando unos cuantos saltitos hasta pararse delante de él, a una distancia más que prudencial, y volvió a dejarle la Snitch a sus pies, lanzando otro ladrido.
Draco Malfoy arqueó una de sus finas cejas rubias y contuvo las ganas de apiñarse contra el muro de arbustos. Ante su falta de respuesta el enorme perro volvió a ladrar, empujando la Snitch más cerca de sus pies con el hocico.
— ¿Qué quieres?— bufó el niño, ceñudo.
El can ladró otra vez, doblando las patas delanteras mientras meneaba la cola de una lado a otro, feliz.
— ¡Largo, callejero! ¡Vete!— volvió a exclamar el niño, pero el enorme can de pelaje negro y sucio sólo se tiró al suelo con las patas hacia arriba, ladrando otra vez— ¿Quieres que te la lance?— preguntó mientras recogía la Snitch y la observaba mejor; el perro volvió a ladrarle— ¿De dónde sacó un perro zarrapastroso como tú una Snitch dorada?— bufó, frunciendo el ceño con intriga, un poco más relajado— ¿Quieres ir por ella?
El perro ladró mientras se removía con inquietud, dando pequeños saltos de emoción.
Draco alzó el brazo y arrojó la Snitch lejos.
Sirius se precipitó rápidamente en correr a buscarla y atraparla con su hocico para regresársela.
— ¡No, no! ¡Vete! ¡Regresa a tu casucha!— exclamó Draco, haciendo gestos con las manos para alejarlo. Sin embargo, Sirius volvió a dejar la Snitch a sus pies y se sentó a su lado, muy quieto y a la expectativa— Está bien, tú ganas, Pulgoso— Draco rodó los ojos y se agachó para recoger la Snitch una vez más y arrojarla lejos.
Él se lanzó una vez más a su captura, deteniéndose sin llegar a abrir las fauces, lo que causó que la Snitch le golpeara la cabeza con un sonido hueco, dejándolo momentáneamente turbado, cosa que, para su sorpresa, hizo reír a Draco.
El animago se sentó sobre sus patas traseras y observó a su hijo, embelesado.
Esa risa... Era tan suave, nasal y rítmica. Idéntica a la de Regulus cuando lo hacía reír de pequeño, poniéndose los ridículos sombreros negros de su madre.
—Eres un perro grande y tonto— dijo Draco, sin dejar de sonreír.
Y Sirius sólo siguió observándolo, más maravillado si es que eso era posible.
Cuando Draco reía era idéntico a él en su juventud. Su rostro, sus gestos, aquel pequeño movimiento en su nariz respingada...
No era un Malfoy, pues su rostro divertido no demostraba el menor parecido con esa familia; cuando reía su rostro se suavizaba, y sus facciones se acentuaban dándole el aspecto de lo que realmente era: un Black.
El hijo de Sirius Black.
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Continuará...
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N del A:
Gracias por leer! Lamento mucho la tardanza, pero la inspiración es así.
Recuerden: NUNCA ABANDONO MIS HISTORIAS. Y en verdad apreciaría que dejaran sus reviews, por más buenos o malos que sean; de todo se aprende.
Saludos!
H.S.
