Los personajes son de la asombrosa Stephanie Meyer, lo demás es invención mía.
Isabella Swan, es una recién graduada de medicina, se casó con el inquieto, egocéntrico, infiel y también médico, Edward Cullen que le juraba haber cambiado por ella. Al descubrir sus infidelidades la Dra. Swan decide ponerle fin al enlace de apenas dos meses y huir hacia otro país con la esperanza de rehacer su vida, pero justo cuando empieza a hacer su especialidad en Cardiología, se da cuenta que ha surgido un inconveniente, está embarazada. Sin embargo con la ayuda de su padre, quién decide acercarse a ella, al darse cuenta de la inesperada noticia, logra sacar su especialización, cuando su pequeño hijo cumple tres años. Todo parecía ir miel sobre hojuelas hasta que Edward se da cuenta de la verdad y decide ir tras su hijo ¿Qué pasará cuando vuelvan a encontrarse?
Capítulo 2: La Confesión.
Maldito el momento en que te hice mía
si dices adiós y te amo todavía
malditas las ganas de volver a verte
si ya te he perdido
maldita suerte
de quererte aunque se caiga el mundo
vivir para ti
morir cada segundo
maldita la hora en que nos prometimos
alcanzar el cielo
el cielo se desplomó.
Cuatro años después…
Una vez, otra vez, otra más… A la tercera vez que me rogó que la hiciese mía, decidí que no tenía que hacerlo ¿Por qué darle una probada de Edward Cullen? ¿Quién era ella? Nadie salvo una chillona molestia. Con agiles pasos, me erguí para comenzarme a vestir en total y absoluto silencio mientras mi dulce y promiscua acompañante me observaba con sus enormes ojos abiertos de par en par debido a la sorpresa, pensaba que me estaba haciendo enloquecer, pero en realidad actuar se me daba muy bien, me gustaba tenerlas a mi merced, rogando por un poco más, y en muchas ocasiones me iba sin dedicarles ni una sola mirada.
– ¿A dónde vas, Edward? – Fruncí el ceño, era momento de salir huyendo de aquella habitación rosa que me provocaba una jaqueca terrible, para ser Jessica una enfermera de unos buenos veintisiete años, se comportaba como una cría.
No contesté, eso la exasperó.
– ¿Me llamaras? – Intentó de nuevo, a lo que yo solo pude contestar con una carcajada cínica, tomé la camiseta y me la coloqué haciendo mi triunfal salida, al cerrar la puerta, pude escuchar la sarta de improperios que comenzó a lanzar contra mí. Bah, no era como si me importase de todos modos.
Tal vez la gente pensaba que era un jodido cabrón de mierda, un puto sin corazón que solo desechaba a las mujeres y las usaba para su propio placer, no era mentira, sin embargo hace un par de años yo no era así, yo tenía a alguien a quién amaba…
Siempre fui un mujeriego, lo acepto. Pero cuando conocí a Isabella, mi Bella, todo cambió, ella me hizo conocer y descubrir aspectos de mí que no sabía que tenía, me negaba a estar enamorado pero era tan dulce, tan inocente y risueña que no pude resistirme, por supuesto que la hice mi novia, al principio con el afán de tan solo demostrarme a mí mismo que no era nada, que podría desecharla como a las demás, pero con el tiempo me encontré a mí mismo, guardándole fidelidad, portándome como un cursi maricón de mierda porque eso le hacía feliz, y entonces yo era feliz..
Y todo cayó en su sitio, yo adoraba a Isabella Swan, era el amor de mi vida, la única mujer por la que dejaría mi vida promiscua de mierda para sentar cabeza y darle una familia, una que yo sabía que anhelaba. Pasábamos mucho tiempo con mis padres, a ella no le gustaba estar en su casa, mis suegros eran unos putos perversos a los que no les interesaban los sentimientos de mi chica, eso me enervaba la sangre.
Con el pasar del tiempo la relación se fue tornando seria, en mi casa no se hablaba de otra cosa que no fuera matrimonio, mi padre no dejaba de repetirme que no encontraría otra mujer como ella, pero estaba cagado como el infierno, tenía miedo de dejar mi soltería pero tampoco quería perderla porque mi mundo sin ella no tenía ningún sentido y lo hice, caí en cuenta de ello cuando impacientemente con el estómago revuelto y mi cuerpo recibiendo todas las sensaciones que la gente a mi alrededor emanaba, la esperaba en el altar.
Y la amaba, la amaba tanto como para casarme con ella.
Pero por supuesto, siguiendo mi naturaleza, tuve que meter la pata, el diablo luciendo como una italiana de senos falsos y enormes, rubia, de cintura pequeña y trasero respingado, se atravesó en mi camino, haciéndome pecar de una manera descarada. Me sentí destrozado cuando Bella me dejó, le rogué como el imbécil que era, ella no merecía que yo me hubiese comportado como un pendejo, yo debía dejarla ir, pero mi corazón hecho añicos me suplicaba que le hiciera volver a mi lado, no podía, ella me odiaba y no me quería en su vida…
Dios sabe que te adoro y te adoré
tal vez no fue bastante
tal vez me equivoqué
hoy el dolor está agotándome.
Los días siguientes de su partida, entré en un círculo depresivo en el que me hundí miserablemente con la esperanza de que Dios me mandara al mismísimo infierno, pero entendí que ese era su penitencia para mí, el dolor que me desgarraba la vida.
Me tomó un par de meses darme cuenta que debía ser sensato, ella había huido de mi lado para siempre, su padre quería cortarme las pelotas, a su madre ni si quiera le preguntaba, ella no sabía ni siquiera el segundo nombre de su hija mucho menos información de su paradero.
Ella no volvería, nunca…
Con la resignación acomodándose tranquilamente en mi interior, me dije a mi mismo que no podía continuar mi vida así de desaliñada, parecía un robot automatizado, comía, trabajaba, dormía, no me quejaba, no salía, no hacia una mierda, y puede ser que me estuviese comportando con un marica, pero me lo merecía, podría hacerle daño a cualquier mujer, menos a Bella.
Espero que puedas perdonarme…
Mi madre estaba decepcionada de mí, pero era su hijo y sentía aflicción al verme en un estado tan deplorable, por lo que una mañana me levanté con ganas de continuar. De nuevo comencé a hacer mis actividades diarias pero no como antes, no como si las hiciera por que debía hacerlo y no porque me gustara, salir a buscar una linda chica que calentara mi cama se había convertido en el pan de cada día y podía reír sin que sonara falso, las noches no se me hacían lo suficientemente cortas y después de despedir a la fémina de turno, tenía tiempo de extrañarla.
Muy a mi pesar, nadie me hacía sentir de esa manera, era un vacío de mierda.
Y eso era lo que me llevaba al presente, cuatro años después ¿Qué fue de mi vida? Bueno, soy un famoso médico cirujano, si, de esos que operan a las mujeres con la esperanza de tener senos prominentes y traseros fuera de órbita. No me costaba aceptar que estaba huyendo de Stanley y su estridente voz, no sabía en que estaba pensando cuando me metí con ella, Vicky estaría furiosa como la mierda si se enteraba…
Y para los que se preguntaban quién era Vicky, pues mi nueva novia, una señorita que lo chupaba como las diosas, de piernas kilométricas y un redondo trasero, era francamente la única razón por la que había accedido a ponernos el título. Esme no se llevaba bien con ella, todavía tenía a Isabella en un pedestal, lamento decepcionarte, tienes que superarla mamá.
Me coloqué las gafas de sol y abrí la puerta de mi Audi negro, el cielo sabe que lo intenté, pero me quedé helado cuando una cabellera cobriza y una silueta elegante se dirigían hacia mí, mierda, mierda, mierda, no.
Podía reconocer esa sonrisa – su sonrisa – La mujer en cuestión agitaba la mano en forma de saludo con la maldad retozando en sus finas facciones.
– Edward, querido… Cuanto tiempo. – Saludó con un beso delicado en la mejilla y recé con todas mis fuerzas para que el olor a puta no se hubiese quedado impregnado en mis ropas.
– Renee, tan sofisticada como siempre – Solté de la manera menos hipócrita que se me ocurrió. – ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu día?
– Oh, querido, eres adorable. Muy bien, mejor ahora ¿Y tú? Pareces malhumorado – Musitó como quién no quisiera la cosa, y algo me dijo que ella sabía lo que yo había estado haciendo.
– Bien – La escueta respuesta le causó curiosidad, pero por todos los mil demonios si mi suerte era una jodida mierda cuando saliendo de la casa de una de mis conquistas me encuentro a mi ex suegra.
– Edward, hijo – Enunció la palabra con mayor fuerza – Quisiera hablar contigo, me preguntaba si tienes tiempo ahora, quiero decirte algo que creo y pienso que tienes derecho a saber.
Esperen ¿Qué?
– ¿Si? ¿Sobre qué? – Las interrogantes salieron atropelladas de mi boca, me puse nervioso, ella me iba a hablar sobre Bella, sentí miles de emociones embargarme, era un marica.
– ¿Puede ser en otro lado? Es delicado – Tragué en seco y asentí, mierda.
¿Qué era lo peor que podía decirme, que Bella vendría por el divorcio? ¿Qué iba a casarse nuevo? Jadee ante la idea y me sorprendió como algo en mi pecho se quebró.
Unos minutos más tarde, nos encontrábamos Renee Swan y yo, en un café, bastante estirado para mi gusto pero eran los lugares que la señora de Charles Swan solía visitar en compañía de sus amigas igual de huecas que ella.
– Bien Renee, háblame por favor – Pedí fallando instintivamente en mi esfuerzo de contenerme. La muy perra se lo estaba pasado en grande, su sonrisa me lo decía.
– Escucha Edward, sabes que te aprecio mucho, y que pienso que mi hija fuera una estúpida al abandonarte por algo tan…común – Comenzó y quise golpear su puta boca por ser tan fría e inhumana con su propia hija, pero no era lo que Esme me había enseñado, claramente esa mujer no sabía lo que era el amor maternal – ¿Sabes de dónde vengo? – Negué, perdón Renee, te juro que no estoy pendiente de tú y tus jovencitos amantes de mierda, ni me interesa. Al ver que continuaba en silencio, avanzó – Fui al aeropuerto a dejar a Charles – ¿Y en que me concernía eso a mí? – Él ha ido a visitar a Isabella a Los Ángeles – Mi corazón se detuvo, eso no era todo lo que me iba a decir, faltaba lo peor y podía verlo acercarse y transformarse en palabras por medio de su viperina lengua – A Isabella y a su hijo… tu hijo Edward.
Y entonces, enloqueci.
