Los personajes son de la asombrosa Stephanie Meyer, lo demás es invención mía.

Isabella Swan, es una recién graduada de medicina, se casó con el inquieto, egocéntrico, infiel y también médico, Edward Cullen que le juraba haber cambiado por ella. Al descubrir sus infidelidades la Dra. Swan decide ponerle fin al enlace de apenas dos meses y huir hacia otro país con la esperanza de rehacer su vida, pero justo cuando empieza a hacer su especialidad en Cardiología, se da cuenta que ha surgido un inconveniente, está embarazada. Sin embargo con la ayuda de su padre, quién decide acercarse a ella, al darse cuenta de la inesperada noticia, logra sacar su especialización, cuando su pequeño hijo cumple tres años. Todo parecía ir miel sobre hojuelas hasta que Edward se da cuenta de la verdad y decide ir tras su hijo ¿Qué pasará cuando vuelvan a encontrarse?

Capítulo 3. Regresar a ti.

Perdona si te estoy llamando en este momento

Pero me hacía falta escuchar de nuevo

Aunque sea un instante tu respiración

Disculpa sé que estoy violando

Nuestro juramento

Sé que estas con alguien, que no es el momento

Pero hay algo urgente que decirte este hoy…

Estaba más o menos emocionada de saber que después de un par de meses Charlie finalmente vendría a visitarme, nuestra relación había dado un giro transcendental cuando el pequeño Maximillian llegó a mi vida, desde entonces se preocupaba mucho más por nosotros, volaba con frecuencia a Los Ángeles, alegando que tenía conferencias sobre su rama de la medicina pero bien sabía que eran solo excusas para poder ver a su nieto.

Y poco a poco mis ojos comenzaron a verlo como un padre, uno de verdad, mi pequeño y él eran demasiado unidos, Charlie, como ahora solía decirle, consentía demasiado a Max, mientras yo tenía la certeza que mi progenitor solo intentaba redimirse por haber sido de todo, menos una figura paterna para mí.

Por supuesto que hablamos del tema, nunca imaginé ver a Charles Swan llorando, pero lo hizo, lo hizo cuando se enteró que estaba embarazada, lo hizo cuando los orbes esmeraldas de Max visualizaron su rostro por primera vez y una tierna sonrisa se dibujó en sus angelicales facciones demostrando así que lo aceptaba, lo hizo cuando desesperado, me pidió perdón por todo lo que había tenido que vivir en mi infancia. Nunca fui una persona rencorosa, por lo que le di la oportunidad de superarse, él al menos la merecía y estaba haciéndolo muy bien, incluso estaba hablando de trasladarse definitivamente a los Estados Unidos sin importarle la posible situación en la que dejaba a Renee, ella no iba a extrañarlo, hasta donde supe la última vez, todavía se odiaban.

Max, con su cabello cobrizo alborotado (Qué era un caso perdido y me recordaba a cierta persona) no paraba de saltar a mi lado, interrogando repetidas veces ¿A qué horas llegaría su abuelito? Debía recordarle a su nana que ese pequeño monstruito era intolerante al dulce y el demonio de Tasmania quedaba en pañales a su lado.

– Mira mi amor ¡Allá está el abuelito Charlie! – Señalé hacia la puerta desembarque donde la menuda figura de mi progenitor se asomaba entre la multitud con visibles signos de estrés y malhumor.

Maximillian como por acto de inercia se soltó de mi brazo y se echó a correr hacia su abuelo, mis labios profirieron un grito de sorpresa y mis pies me llevaron hacia donde la conmovedora escena de mi hijo abrazando fuertemente a mi padre se desarrollaba.

Abelo, te he estañado mucho – Lloriqueó mi bebé ya muy acomodado en los brazos de Charlie.

Sonreí con un gesto de resignación, Maximillian envolvía a todos en su pequeña burbuja de felicidad, era imposible no adorarlo. Abracé a Charlie con verdadera añoranza, las cosas definitivamente habían mejorado mucho para mi pequeña y escueta familia, no necesitaba nada más. Tenía mucho que agradecerle a ese hombre que estaba frente a mí, cuando salí embarazada su apoyo me bastó para saber que nunca más estaría sola, yo realmente le quería, le quería como debía ser, las piezas de mi vida empezaban a encajar.

– Hola papá, si te hemos extrañado mucho por éste lado – Concorde con Max, envolviendo en un furtivo abrazo a Charlie – ¿Ha estado bien el vuelo? Pareces cansado.

– Estoy cansado hija, pero me siento mejor ahora que los veo. Vamos a casa, tengo muchas cosas que decirte, cosas que no te van a gustar y es bueno estar preparados para lo peor.

Sin más que decir y con una sombría expresión, partimos hacia mi penthouse. Si, cortesía de Abuelo y Abuela Swan.

No dejé de pensar en todo el camino ¿Qué podía suceder para que mi padre adoptara esa posición defensiva? Mientras conducida, intentaba que los nervios no hiciesen mella en mí pero fracasaba miserablemente y Charlie lo notó, aunque prefirió mantener la boca cerrada lo que le agradecería toda la vida porque necesitaba divagar.

Cuando llegamos al lugar en cuestión y las maletas estuvieron acomodadas en la habitación de huéspedes o mejor dicho, la habitación de Charlie cuando visitaba la ciudad, pensé que podíamos hablar, sin embargo Maximillian tenía otros planes que incluían tener a su abuelo lo más ocupado que fuese, se aventuró a contarle todo lo que se había perdido en éste tiempo, lo que más me sorprendía del asunto es que él parecía estar disfrutando de los relatos, se mostraba impresionado en ocasiones, y eso me agrada.

Pero estaba nerviosa como la mierda, mis manos sudaban y tecleaba el reposa brazos del cómodo sofá en forma de L que se encontraba en la sala, y por supuesto donde estaba acomoda esperando, adornándola de manera elegante y sofisticada como cada cosa que había elegido para la decoración de mi hogar, así era como me clasificaban mis compañeros y amigos.

Cuando Maximillian estaba enfrascado en sus aventuras de kínder no pude soportarlo más, estaba comiéndome las uñas y había arruinado mi manicura, teníamos que hablar.

– Max, mi vida ¿Por qué no vas por tu mochila? Nina vendrá a recogerte para tus clases de natación en unos minutos – Alegué sintiéndome salvada por la campana, aunque en ésta ocasión era por las actividades extracurriculares de mi hijo, natación Martes y Jueves a las dos de la tarde.

Mi padre me observó de mala manera, esperaba que ahora que estaba aquí, dejara a Max faltar a sus clases y actividades, pero no podía seguir retrasado más el momento de hablar, me estaba formando teorías tan descabelladas sobre el por qué su actitud tan pesimista, algo malo había pasado.

Mi niño asintió obedientemente y corrió a su habitación despidiéndose de mi padre con un beso, él adoraba estar en el agua.

– Papá me está matando la curiosidad ¿Qué ha pasado? – solté las palabras sin siquiera detenerme a pensarlas.

Me observó por lo que pareció una eternidad con expresión inescrutable y habló.

– Escucha, necesito que mantengas la calma, esto es una situación que no me esperaba pero sabes que tu madre es malvada – Tragó pesado – Renee le ha dicho a Edward Cullen que tienes un hijo suyo – A medida que pronunciaba cada palabra, mi rostro se iba desfigurando en un rictus, la sangre abandonó mi cuerpo y mi respiración se detuvo – Ella me ha llamado cuando hice escala en París, me pareció extraño porque nunca llama a menos que necesite dinero, dijo que se le había escapado pero conozco a esa mujer y sé que no fue así, lo siento mucho Bella, él quiere tomar acciones legales en tu contra y viene para acá.

Yo no encontraba mi boca para proferir palabra alguna, sentía que en cualquier momento iba a derrumbarme, las lágrimas traicioneras corrían por mi rostro como vil recordatorio de mis sentimientos hacia él, los escombros en los que se había convertido mi corazón, ardían como si un fierro caliente permaneciera pegado a ellos. La vida que tanto me había esforzado por construir, se desmoronaba frente a mis ojos una vez más.

Sentí los brazos de Charlie rodearme nuevamente con ademanes protectores, se lo agradecí, el nudo en mi garganta quería ahogarme y solo aquel gesto lo impidió.

– Te prometo princesa, que no podrá hacer nada, no dejaremos que toque a Max.

Pero extrañamente eso no me confortó, yo conocía a Edward, él no iba a darse por vencido, llegar de Londres a Los Ángeles tomaba mucho tiempo, con suerte Edward no se aparecería durante un par de días más en los que me daría tiempo de hacer algo, y si quería llevarse a mi bebé, tendría que matarme primero.

Quisiera decirte que hoy estoy de maravilla
Que no me ha afectado lo de tu partida
Pero con un dedo no se tapa el sol.

A la mañana siguiente, yo debía ir a mi trabajo, aunque lo que deseaba era que la tierra me tragara, sin embargo tuve el coraje de sobrevivir al desayuno. No había dormido nada, estaba asustada como el infierno y debía pretender que mi vida estaba normal, Maximillian era muy perceptivo y sabría que algo jodido estaba pasando.

Era una cardióloga de veintocho años bastante solicitada en una clínica privada que se situaba en el centro de Los Ángeles, Max faltaría al colegio para hacer ''cosas de hombre'' con Charlie, mientras yo cumplía mis deberes, les prometí que solo trabajaría hasta el mediodía y el resto del tiempo podríamos hacer algo divertido los tres, mi padre sabía que necesitaba tiempo a solas para resolver el asunto que se avecinaba, ayer después que me calmé, me había dicho que aunado a la confesión de Renee, también le había dado mi dirección de residencia.

Por todos los putos cielos ¿Es que no se iba a terminar?

Charlie había prometido que Renee se las iba a pagar, Maximillian se había convertido en su prioridad número uno.

Pese a que mi estado anímico era una completa mierda, todavía debía mantener el porte, estaba usando un sencillo vestido negro que se ajustaba perfectamente a mis curvas pronunciadas, esas que habían aparecido después del nacimiento de mi pequeño, también mis senos habían crecido un poco más, era de cuello tortuga y mangas largas, que a simple vista lucia corriente pero al combinarlo con unos Balenciaga blancos de tacón fino y punta de pico, la perspectiva cambió y entonces me sentí mucho más elegante.

Saludé a varias personas en emergencias, incluyendo a la señora Coope, la recepcionista, me caía bien y se podía decir que era una de las pocas que tenía ese privilegio, los demás, sobre todo las enfermeras, murmuraban en los pasillos que la Dra. Swan, o la Reina del Hielo, creía que la clínica era un desfile de modas, les caía mal solo porque aparte de tener un sexto sentido para vestirme, mi actitud era hosca y seria, no deberían juzgarme duramente, había tenido una vida difícil.

– Buenos días, Dra. Swan, su primer paciente la espera, recuerde que hoy inician los nuevos pasantes – Con ese recordatorio, maldije en mi interior, parece que Max, papá y yo deberíamos correr nuestra salida hasta la noche o el día siguiente.

– Gracias Kate, por favor serías tan amable de traerme un café, no he dormido demasiado – expliqué con una tenue sonrisa, mi secretaría era otra de las pocas personas que gozaba de mi total estima – En unos minutos comenzaré con las consultas, ponme a mi abogado en la línea uno, gracias de nuevo, ten un buen día.

Después de colocarme mi bata blanca, recordatorio permanente de mi profesión, una que adoraba por cierto, tomé el teléfono.

– ¿Qué tal Félix? Apuesto a que te ha sorprendido mi llamada, creme que no te molestaría de no ser porque estoy metida en un lio, uno grande – Una sonrisa que no me llegó a los ojos, se instaló en mis labios carmesíes – Te daré un par de detalles, pero necesito que nos veamos de ser posible mañana mismo. Mi ex marido se ha enterado de la existencia de su hijo y me han dicho que planea quitármelo, como sabrás, soy una mujer demasiado tenaz para permitir que alguien venga a decirme lo que tengo que hacer. Sé que puedes resolver éste problema de raíz y por eso confío en ti ¿Qué tal si nos vemos en Mastro's Steakhouse? Confírmale a mi secretaria la hora y ella hará el resto. – Él escuchó atentamente solo interviniendo en los momentos indicados.

– Ésta bien Bella, lamento mucho que él se enterara, te prometo que haré lo posible por acabar con esto rápido, nos vemos mañana. – murmuró algo que sonó como una despedida pero yo ya había colgado.

Félix Vulturi era mi abogado desde que llegué a Norteamérica, de aspecto fuerte y bien parecido, había intentado seducirme un poco, pero yo sutilmente le hice entender que no estaba dispuesta a abrirme a otra relación y él lo comprendió. Una vez más él iba a salvar mi culo y tenía que agradecerle, tal vez aceptaría su cita, a Maximillian le caía bien.

El día transcurrió con soberbia rapidez, y no era consciente de ello, los pasantes se habían adaptado sorprendentemente bien a mi ritmo de trabajo, dos chicas y dos chicos que eran silenciosos pero expresaban sus dudas cuando no se sentían conformes, me agradaban ese tipo de personas, tal vez el director de la clínica y mi amigo Marcos, también amigo de Charlie por supuesto, me había seleccionado ese grupo por obvias razones.

Estaba haciendo rondas con la más joven del cuarteto, era una chica bajita de cabellos marrones alborotados, su color era similar al mío, solo que yo lo usaba lacio y cuidadosamente arreglado por un estilista profesional, respondía al nombre de Bree y tenía una personalidad muy agradable y respetuosa. Era bastante entrada la tarde, mi reloj indicaba que eran las cinco y cuatro minutos, cuarenta y seis segundos más y sería libre.

– Bree, pasaremos hacia la habitación del Sr. Fitzgeral y después podrás irte ¿De acuerdo?

– Por supuesto Dra. Swan – Era tan ridículamente fácil complacerla que le comencé a tomar cariño.

Con los nudillos, toqué suavemente la puerta dónde Evan Fitzgeral, descansaba después de una operación de emergencias por una descontrolada arritmia cardíaca, era uno de mis pacientes favoritos, un ronco ''adelante'' me autorizó a pasar.

– Evan, mi paciente estrella ¿cómo te encuentras hoy? – Interrogué con una tenue sonrisa. – Mira, ella es Bree, una nueva pasante. Bree, él es el Sr. Fitzgeral – Los presenté abriendo la tapa de mi iPad, preparada para tomar nota de su evolución, tan solo bastó que mis ojos se posaran sobre Bree para que ella comenzase a curar su herida.

– Como siempre, Dra. Swan, verla alegra mis días, hoy está hermosa. Me siento mucho mejor– Me sonrojé, no estaba acostumbrada a los halagos, y Evan era un señor bastante mayor.

– ¿Intentas conquistarme? Creo que a tu esposa no va a gustarle ¿Dónde está hoy? – Bromee al respecto, la Sra. Fiztgeral a diferencia de su marido, pensaba que yo era una arpía guapa y joven que le quitaba la atención de su esposo.

– Fue por su almuerzo, dijo que vendría pronto. – Anunció mientras mis dedos pasaban rápidamente a través de las letras digitales la información que la enfermera del turno anterior había recolectado.

– ¿Cómo te tratan las enfermeras? ¿Todavía sigues pensando que la comida es un asco? Deberías ser un poco más compasivo – Le regañé dulcemente, él solo se comportaba cuando era yo quién le visitaba, me había rogado que no le dieran más zanahorias y que me pagaría si le conseguía un par de hot dogs.

– Bien, de todas maneras nunca me dan lo que pido – Bufó e hizo una mueca de molestia por el ardor que le causaba aquella sustancia antiséptica que mi acompañante usaba para evitar una infección en la incisión.

Compartimos un par de frases más y tuve que abandonar su habitación, pese a sus intentos de hacer que me quedase, pero mi beeper estaba sonando, según mi secretaria tenía una emergencia en mi consultorio.

Mis pies como por instinto me llevaron hacia el piso tres, a medida que me acercaba una sensación de aprehensión se instalaba en mi cuerpo, abrazándome como si tuviese una camisa de fuerza puesta, extrañamente me sentía como en una de esas películas de terror, donde corres y corres, y todo lo que te rodea se va haciendo borroso mientras intentas huir de tu potencial asesino.

La diferencia era que yo no huía y que inconscientemente me iba encontrar con la causa de mi muerte, hipotético.

Cuando llegué a la sala de espera, el gesto de Kate era premeditado, no pude evitar enarcar una ceja en respuesta ¿Qué cojones estaba pasando?

– Kate qué… – No me dio tiempo a concluir, me señaló sugestivamente la puerta de mi consultorio, y cada paso que daba era una firma de mi sentencia, podía sentirlo.

Tome el pomo de la puerta y lo gire con cautela, y juro por todos los malditos cielos que espere encontrarme a cualquier persona, menos a Edward Cullen sentado en MI jodida silla, sosteniendo MI jodida foto, donde MI jodido hijo y yo sonreíamos para la cámara, en la playa.

Mi quijada casi tocó el suelo y chillé, era demasiado tarde para salir corriendo, sentía que me faltaba el aire y necesité apretar mi cuerpo con mis brazos de nuevo, justo como cuando lo hacía antaño, ese acto indicaba que necesitaba mantener mi corazón desmadejado y roto, en una sola pieza. Levantó la vista para que finalmente, nuestros ojos se cruzaran.

Es un sueño, es un sueño, es un sueño.

Lo observé de nuevo y seguía ahí, con sus esmeraldas clavadas en mí y el bastardo parecía desdichado, sus ojeras eran notables y tenía aspecto desaliñado... No lo estaba esperando, juro por Dios que no estaba preparada para ello todavía, él debía haber llegado mucho después, pero de nuevo lo había subestimado.

El corazón dolió otra vez…

Aunque a estas alturas sentía que había llegado al límite de las decepciones, estaba donde mi desgarrado musculo me mantenía atada y fue como revivir aquellos episodios donde a leguas se notaba que Edward me engañaba…

¿Qué haces hablando por teléfono ahí, amor? Vamos a llegar tarde – murmuré con el ceño fruncido, era la tercera vez que lo sorprendía hablando por teléfono a escondidas.

En un momento estoy contigo, nena – Colgó apresurado y visiblemente nervioso.

Trague pesado, mis ojos picaban, pero no era momento de ser blandengue y demostrarle cuanto me dolía lo que me había hecho, gracias a su mierda, era lo que era hoy en día…

– Isabella – musitó pronunciando mi nombre y cada una de mis terminaciones nerviosas cobró vida.

Estaba absolutamente jodida.