Los personajes son de Collins y todo su universo hambriento...
Capítulo 15
Para mi sorpresa de Peeta había llamado por teléfono y contado todo lo acontecido con su padre, por ende tuve que si o si contarle a Haymitch. Lo peor era eso ya que sabía perfectamente que clase de persona era este tipo, así que me esperaba ser bastardeada y basureada por él. Maldito Mellark… ¿tenía que abrir la bocota y vomitar todo? Realmente no quería que nadie supiera que fue lo paso por eso mismo no conté nada, al fin y al cabo lo peor ya había pasado y no era necesario preocupar a todo el mundo con este asusto.
Entré al despacho de Haymitch y el repugnante olor a licor, mesclado con café, me revolvió el estómago. Él estaba sentado mirando unos papeles mientras hacía unas cuantas cuentas sobre un cuaderno. Pude ver muy de refilón lo que tenía anotado, eran los nombres de algunas chicas y con unas cifras a un costado. Rápida fue mi mirada cuando descubrí mi nombre y un extraño numero con unos tres ceros a un costado. Me senté frente a él, escritorio de por medio, y él apenas levantó la mirada para verme. Supongo que comprobaba la veracidad de la historia al ver mis labios partidos y la piel de alrededor morada como una uva, sin contar con el "hermoso collar" de dedos que Peek me había trazado con sus manos. Se le dibujó una media sonrisa y negó con la cabeza varias veces para luego seguir mirando sus papeles. Me sentí forreada, denigrada, tratada sin interés, ese aire de indiferencia que Haymitch tenía conmigo me molestaba muchísimo. Aun así me quedé callada, apretando los dientes de la broca, pero en silencio. Se aclaró la garganta y sin dejar de sacar cuentas me dijo.
–Dime que por lo menos le diste un buen golpe
¿Mis oídos me mentían? ¿Acaso Haymitch mostraba el primer síntoma de que se preocupaba por algo más que no fue él mismo o los interés del viejo podrido de Snow? Sus palabras me aturdieron un poco, con sinceridad pensaba ser reprendida o vapuleada por él.
– ¿Sinceramente? No, no pude hacer mucho para defenderme
–Si, lo se. El hijo de Mellark llamó muy angustiado a primera hora de la mañana y me contó todo
Bueno eso resolvía el misterio de con quien hablaba Peeta tan temprano esta mañana y además me ahorraba el trabajo de contar los detalles de una situación violenta y grotesca para mí. Pero sabía, muy en el fondo, que esto no me salvaría de seguir con mi trabajo aun cuando verme envuelta en entre las piernas de alguien me generaba un asco enfermizo; sabía perfectamente que, la situación suscitada ayer, no me excluiría de nada. Haymitch dejó su papelerío y sorbió su café mirándome detenidamente, como estudiándome.
–Desnúdate, quiero verte…quiero ver cuanto arruinó tu valor el borracho ese de Mellark
Me llené de valor y obedecí. Supongo que también quería saber en cuanto había bajado mi valor, después de todo tenía que aprender a vivir de mi cuerpo. Quedé solo en ropa interior tratando de cubrirme como una chiquilla tonta y vergonzosa con las manos. Haymitch solo caminaba a mi alrededor y me observaba con detenimiento, hasta que se acercó por detrás mio y pegó su pecho contra mi espalda. Sentía su miembro dormido rozar mi espalda, su aliento a alcohol me daban nauseas y su respiración me crispaba los vellos de mi cuerpo. Me tensé como la cuerda de un arco al disparar una flecha, comenzaba a agitarme y una rabia iracunda se depositaba en medio de mi pecho. Me sujetó los hombros con ambas manos y con sus labios secos y escamados empezó llenarme de besos toda mi espalda, eran besos mojados, lengüetadas completas y obscenas. Apretaba los puños con ira, no podía creer que nuevamente sería victima de un jodido abuso. Haymitch subió bruscamente y con ambas manos hurgó dentro de mi sujetador. Apretaba con fuerza, como desesperado y eso solo me hizo recordar más a la noche que había tenido con Peek. Empecé a llorar de la impotencia, del extremo ultrajo que estaba recibiendo por parte de este tipo. Estaba en llamas, mi sangre explotaba dentro de cada célula de mí ser, el hedor a alcohol que salía de la boca de Haymitch me enfermaba, su sudor rancio y su piel cuajada me provocaban inmensas ganas de clavar algo en su ojo y apuñalarlo hasta que muriera desangrado. Me dolían los pechos de tanto que Haymitch revolvió y amasijo, su miembro seguía muerto entre sus pantalones. Si no estaba haciéndolo por placer ¿por qué es que entonces me sometía a una tortura como esa?
– ¿Te gusta? ¿Te gusta como aprieto tus tetas Katniss?
Mi mandíbula estaba tiesa, se escuchaba el crujido de mis dientes chocar entre si, brotaban lagrimas pesadas, las manos agarrotadas esperaban que les diera la orden de atacar. Pero era tonta y solo me quedaba ahí, rígida, sin moverme, sin defenderme.
– ¿Te calienta que toqué tus tetitas? Te encanta ser abusada. Te moja que te penetren en contra de tu voluntad…Sí, te excita, te vas correr de lo que caliente que estas. Vas a acabar sin que yo te meta entera mi gran y gruesa verga…¡CONSTESTAME MALDICION! ¿TE GUSTA ESTO?
–¡NOOO! ¡ LA PUTA MADRE NO ME GUSTA!
–Entonces defiéndete maldición…
Tomé las manos de Haymitch y las presioné con esa irritación, ese cólera, ese rencor, ese furor, que venía tragándome desde el primer toque. Me di vuelta y lo golpeé de lleno en medio de la cara, dejándole una marca rojo fuego. Empecé a tirar manotazos por todos lados, mientras Haymitch retrocedía sobre sus pasos y ponía su cuerpo como un escudo de músculos agarrotados. Yo solo pegaba para todos lados buscando donde fraguar toda es irritabilidad, gritaba como una si estuviese en una batalla, como si fuese una antigua guerrera. Lo acorralé en una esquina, y allí fue donde mis manos y piernas comenzaron un terremoto de golpes.
Estaba exhausta, dolorida mental, física y espiritualmente. Quería olvidar, borrar las marcas en mi piel, marcas que adrede tomaron, marcas que solo quitaría si me desparejara viva. No podía más con la presión de ser todo eso que me exigía que ser, todo eso que alguna vez mis padres me enseñaron ser, todo eso que mi hermana esperaba de mi, todo eso del cual queda cada vez más poco. Estaba decepcionada conmigo, con la vida, con la puta injusticia que me tocaba vivir, que mierda había hecho para merecer ser reprendida de esta manera, como termine encerrándome en mi propia prisión, vendiendo lo único que me aún era mio…mi vida, mi libertad.
Choché contra el pecho de Haymitch y ahí me largué a llorar con tanta fuerza que creí no poder llorar así nunca más desde la muerte de mi padre. Él me abrasó y así no quedamos largo rato, todo el tiempo que me tomó recuperar el aliento, por que mi llanto era tan doloroso que me costaba respirar y me dolía tanto el pecho. Era como si miles de millones que piedras golpearan mi pecho, como si me picaran con un cuchillo, sentía como si me explotase el pecho. Tantas cosas guardadas, cosas que ni con Gale había logrado sacar, cosas que me pesaban muchísimo, cosas que estaba dejando ir sobre el pecho de este hombre, de este tipo que veía más como un enemigo que como un aliado.
Me alejé de Haymitch aún sorprendida por lo que había hecho pero debo ser franca y decir que me sentía más ligera, más liviana, como si dejara atrás una gran mochila de mierdas y cosas negativas, cosas negras.
–Perdón por lo que te hice pero necesitabas reaccionar preciosa. Quiero que te quedé algo bien claro, esto es algo que nunca tienes que permitir que te pase ¿de acuerdo? Jamás dejes que se aprovechen de ti así. Nunca Katniss. Y tienes mi total autorización para cagar a golpes a quien se pase de listo contigo
Por alguna extraña razón puede distinguir en ese momento que Haymitch tenía dos caras, una era el tipo violento, borracho, machista, desagradable y soberbio que venía de Distrito 2; y por otro lado pude ver al tipo protector, paternal, prisionero de esta cárcel, ese que tenía una coraza para no dejar que nadie lo dañe, ese que era arisco pero no por eso dejaba de ser buena persona. Detestaba a Haymitch por que era igual a mí, tenía esos defectos que odiaba de mi misma, era como verse en un espejo y no estar conforme con la imagen.
Él volvió a ocupar su lugar frente a su mesa de trabajo, yo me sequé las lágrimas, me disponía a salir de allí cuando a mis espaldas escucho nuevamente que me habla.
–Katniss esto queda entre nosotros ¿entendido?
–…Ajam...no diré nada…
–Bien señorita Everdeen tiene el día libre. La señorita Mason tiene el pago de su noche de ayer
–Bien…Gracias señor Abernathy
Salí de la oficina de Haymitch y fui directo a ver a Johanna, que seguramente estaría en su camerino; o habitación como le gustaba llamarlo a ella. Golpeé la puerta y como nadie contestaba me anime a entrar.
–Johanna…Hola… ¿estas?
Se oía el agua de la ducha caer, así que solo me senté y esperé que saliera del baño. Pasaron uno pocos minutos y Johanna salió de la bañera, quedando inexpresiva ante mi presencia. No tenía nada que la cubriera, era increíble el poco pudor que tenía y lo jodidamente buena que estaba. Se me acercó y me dio una bofetada. Mi cara giró, quedando de lado, llevé mis manos a mi rostro, queriendo tocar donde me había dañado. Volteé a verla llena de rabia. ¿Pero que le pasaba? ¿Acaso estaba loca de remate? Ella me miraba con sus ojos húmedos, con preocupación, con desesperación.
– ¡¿Que te pasa Johanna?! ¡¿Te volviste loca?! Quien te crees para...–Otra cachetada me surtió la cara nuevamente por sorpresa.
–Nunca…nunca ¿entendido? Vuelvas a dejar a alguien te haga daño. Nunca vuelvas a preocuparme así. Nunca dejes que algo malo te suceda. No puedo darme el lujo de perderte…no puedes dejarme sin ti
Ambas nos abalanzamos una sobre la otra, con tanta urgencia, con tanta rapidez, con tanto apetito y nos fundimos en un abrazo estrecho. Ella lloraba, Johanna por primera vez en todo este tiempo se mostraba vulnerable, sin ningún reparo lloraba a mares. Pero yo había tenido suficiente y mis lágrimas las había dejado sobre la camisa andrajosa y mal oliente de Haymitch. Johanna se separó un poco de mí y colapsó su boca con la mía. No pude evitar besarla con furia, esos labios eran sencillamente adictivos para mí y la costumbre, y la comodidad, que me causaban eran simplemente irresistible. Nos mordimos con arrebato los labios, entrelazando nuestras lenguas y recorriéndonos con las manos apresuradas. Me dejé llevar por los suaves movimientos de mi mentora, tanto que sentía una ráfaga eléctrica envolver todo mi cuerpo, y el flujo caliente, y húmedo mojar mi ropa interior. Nos tumbamos sobre la alfombra áspera, a pesar que a menos de medio metro teníamos la cama. La urgencia por sentirnos era tan grande que la necesitábamos más que al mismísimo oxígeno. Johanna se refregaba sobre mi piel limpiando las huellas que otros habían dejado. Ella era un mal que ningún cuerpo aguantaba, y menos el mío que lo deseaba como nunca.
Quizás necesitaba ese gesto de amor que Johanna tenía conmigo. Después de sentirme ultrajada por Peek y por Haymitch, aunque este último había sido sólo para probar mi carácter.
Mi maestra ya se había deshecho de mi camisa y comenzaba a besarme y lamer mi torso como sí fuera una jodida paleta. Yo estaba tan caliente que tenía el cerebro totalmente adormecido hasta que mi boca hablo por sí sola.
– ¡Dios, Peeta eso sabe tan bien!
¡Rayos! ¿Que había dicho? ¡¿Peeta?! Instantáneamente me llevé las manos a la boca y sentí la mirada fría de Johanna mirarme desde abajo.
– ¿Que me dijiste?
–Nada, no dije nada…
– ¡Claro que sí Katniss! ¡Me llamaste Peeta! ¿Quién diablos es Peeta?
Johanna se sentó a mi lado y no me quedó opción que imitarla. Trataba de ocultar mi cara roja, como un tomate, cubriéndome las tetas con los brazos. Estaba más que claro que la temperatura nos había bajado a bajo cero…para variar Katniss Everdeen cagando los momentos.
– ¿…Y bien? ¿No vas a decirme quien es Peeta?
–…Mellark…el hijo del panadero. El hijo de Peek –Johanna me esculcaba con la mirada, queriendo adivinar algo, que obviamente yo ni tenía ni la menor idea–…Ajam…Peeta Mellark…bueno parece que te gusta el chico del pan ¿no?
–No, claro que no…solo que no se porque dije Peeta. Lo siento Johanna, sinceramente no quise decirlo
–Ya, ya, ya descerebrada, no te preocupes. Eso sí –Me dijo seria y con un tonito de advertencia– no me voy a dejar ganar tan fácil
– ¿Qué?...No entiendo que me…
–Nada, nada descerebrada –Me cortó la conversación en seco.
Johanna se levantó como si nada, se vistió y me hablaba de cualquier cosa, el tema de Peeta estaba acabado. Y por un lado mejor ya que no era muy buena tratando de entender mis sentimientos. Así que fue mejor dejar todo así. Después de todo ya había tenido suficiente mierda como para estar pensando por que carajo dije Peeta en vez de Johanna.
Salí del Capitolio con la cabeza agachas, estaba cansada de ver la cara y escuchar los susurros que mis compañeras me hacían notar su repudio a cada paso que daba con las piernas tambaleantes y el paso apretado y apurado. Pero una vez fuera, con la resolana dándome de lleno en el medio de la cara, respiré el aire denso y caluroso de la tormenta que se avecinaba. El clima era húmedo, solía llover con basta regularidad. No me molestaba en absoluto, uno de los placeres más grandes en esta vida, a mi humilde entender, era caminar bajo la lluvia fresca, dulce y pura. Así el agua se llegaba mis miserias más oscuras y mórbidas, esas que reinaban muy en el fondo de mi corazón, esas de las que nunca hablaba con nadie, ni siquiera conmigo misma.
Ante la tormenta inminente corrí a casa desesperada por llegar y abrazar a Prim. El único ser humano que me devolvía la vida de forma mágica e inmediata. Entré a casa dejando atrás las gotas pequeñas que trababan de alcanzarme sin éxito, como si jugaran una carrera invisible conmigo. No la encontré…en ese momento maldije al instituto y lo aplicado del carácter de mi hermana en cuanto a temas de estudio de se refiere.
Me puse a limpiar mi casa, bueno la casa de Annie, que a pesar de vivir ya hace unos meses no podía dejar de sentir que era una huésped aunque ella me repitiera millones de veces que era nuestra casa. Empecé por los lavar los platos y trastos que habían quedado de la noche anterior, la noche anterior…
Mi mente volvió a transitar esa experiencia con Peek, esa jodida noche donde estuve a punto de ser violada. Me llevé las manos a la cabeza, cerré los ojos, respiré con dificultad, trataba de alivianar el recuerdo ante la presión de mis dedos en mis sienes. Lo veía, lo olía, lo sentía, lo escuchaba, los insultos que me dijo volvían a golpear las paredes de mi cabeza. Me daba vueltas todo, rememorar lo ocurrido me provocaba una fuerte convulsión en todo el cuerpo, me templaban las rodillas, me flaqueaban las piernas, me doblaba la falta de oxigeno. Me dejé caer sobre el suelo, agachada como rezando para que el dolor parara. Me dolía la garganta así como me había dolido cuando Peek la apretó con furia. Mi corazón se saltaba de mi pecho, desbocado y loco por irrigar el poco aire que entraba por mi nariz. El pulso descontrolado me hacía temblar las manos, me subía un calor por la tranquea, un ácido picante y caliente que me provocaba arcadas. Estaba totalmente descompensada, mi cuerpo no respondía a las pobres y débiles órdenes de mi cerebro que le clamaban tranquilidad. Un líquido tibio salió y se escurrió entre mis piernas, formando un charco bajo mis pies, me sentía morir, me saltaban las lágrimas de los ojos celosamente cerrados. Los insultos se escuchaban más fuertes, más nítidos, más cerca, más ensordecedores. Perdí la conciencia de mis actos desde el instante en que, arrastrándome por el piso, llegué a la puerta, la abrí y hui.
Sentía la lluvia fría caer sobre mi cuerpo convulsionado, el pelo desordenado y mojado me tapaba la vista, tiritaba de miedo o de frio, ya no recuerdo muy bien porque de las dos cosas; o si eran ambas a la vez. El olor al bosque fue tranquilizándome, mientras el áspero barro y las puntiagudas hojas de los pinos se hundían en mi cuerpo. Pero mi despertar del letargo no fue por motus propio, creo que de ser por mí estaría aun muerta en ese bosque tratando de salir de la trampa que mi cabeza me había puesto. Fue el olor a pan que su piel despedía, ese aroma a levadura fresca que tanto me gustaba, esa fragancia a masa casera, ese olor a pan recién salido del horno. Otra vez él, otra vez… maldita sea, otra vez su presencia rescatándome de las jodidas sombras que me acechaban. Estaba empezando a creer que realmente es un ángel de la guarda o algo así.
Me brindó su mano, su mano pálida y llena de cicatrices que tenía del fuego, su mano segura y grande, esa mano de hombre. No me dijo nada, solo me cubrió con una chaqueta de piel que llevaba puesta y que aún guardaba el calor de su cuerpo; su caliente cuerpo. Caminó a mi lado amparándome de la tormenta con su amplio paraguas negro; mientras él se mojaba por completo. Yo solo caminaba, con la mirada pegada al suelo, con la cabeza agachada, con vergüenza, con timidez, con desconfianza. Falsa desconfianza, porque si realmente no confiaba en él nunca me tendría que haberme levantado de mi tumba de lodo y esperar dignamente le muerte en aquel bosque.
Llegamos a su casa, su casa…otra vez su casa. Que fastidio me da no poder enfrentarme a este chico, no tener los ovarios bien puestos para decirle que no me apetecía ir a su casa. Pero ahí estaba otra vez entrando por la puerta del infierno, mi propio infierno personal. Cuando crucé el umbral me asaltó nuevamente un impulso mortal de entrar a correr y largarme, otra vez vivía un nuevo ataque de ansiedad, un ataque de pánico. Mis músculos se tensaron y me quedé a mitad de camino entre la salida y la sala. Los ojos se me volvían más negros, podía sentir mis pupilas dilatadas y nubladas nuevamente por el terror. Esperaba no orinarme encima como había hecho en la cocina de mi casa.
Peeta estaba delante mio, se giró para verme por que ya no me encontraba a su lado y me miró con pena, con lástima. Odiaba que la gente me mirara así, como si fuera un perrito abandonado, con lastima, pensando que era una pobre chica sola en el puto mundo; y sí lo era pero no me agradaba nada que la gente me tuviera lastima.
–No está…se fue. Lo mandé de viaje a casa de mi tío en el Distrito 1
–Lejos…
–Si, lejos…
Me tranquilizó su noticia y poco a poco me fui relajando un poco más, aunque aún tenía recaudos con Peeta. Era la viva imagen de Peek así que me daba un poco de temor.
–Voy a prepararte el baño…– Pero antes que siguiera hablando lo corté en seco.
–No, gracias. Estoy bien así– Me miró con cara de poco amigos, ofendido, quizás, por mi negativa.
–Insisto, deberías ducharte. No te gustará enfermarte. Y menos que después te vaya a cuidar
Su tono jocoso me dio un segundo de ternura pero era una puta roca, solo lo miré con cara de antipatía, lo cual hizo que Peeta borrara esa media sonrisa que tenía en los labios. Pues no dijo nada más y subió las escaleras al primer piso. Me quedé sola respirando la fragancia dulce de la casa, ese instinto de huir cual siervo que escapaba de la flechas de un cazador había desaparecido. Peeta bajó la mitad de la escalera lo justo y necesario para ponerse en mi campo visual y me llamó para que lo siguiese.
Con desgano subí los escalones, dejando mis huellas de barro a cada paso. Me acompañó hasta el cuarto de baño, abrió la puerta y salió el vapor del agua caliente. Olía a jabón de fresas y champo de hierba buena. En el perchero dejó unas toallas limpias e impolutas, y se quedó mirándome como estudiando mis movimientos. Como yo permanecía inmóvil se acercó a mí despacio, y con suaves movimientos me sacó la cacheta. Mi corazón palpitaba a toda fuerza, tanto que creí que escucharía los latidos y en preciso instante recordé el extraño pensamiento que había con él hacia unas pocas horas atrás. Me di la vuelta para que no viese mis mejillas teñidas de rojo furioso por la remembranza de aquel beso entre los dos. Su suspiro fue silencioso pero la oleada de su aliento candente me hizo cosquillas en la nuca, y me generó una punzada en mi bajo vientre. ¡No, Katniss no! Maldita sea, ya sabía que significaba ese puntazo entre las piernas…Excitación.
–Creo que puedo seguir sola…
–Cierto…perdón– Me dijo mientras yo seguía dándole la espalda.
Apenas escuché la puerta cerrarse, me desvestí con avidez y me dejé caer en la tina llena de agua caliente. El agua se volvió turbia y sucia mientras yo cepillaba a conciencia mi piel, lastimando mi tez, sacando capas y capas de tejido muerto, muerto a manos de esos hombres que de alguna manera me había traicionado; Gale, Peek, Haymitch… Me lavé el cabello y me tomé un buen tiempo desenredando la madeja que se me había formado. Al salir de la bañera me enrosqué en la aterciopelada toalla y sequé cada trozo de mi pellejo. Pero mi ropa estaba empapada así que llamé a Peeta con fuerza pero no me escuchaba, no me quedó opción que salir cubierta por la toalla. Caminé con precaución por el pasillo, bajé las escaleras y busqué al chico del pan. Estaba en la cocina, horneando algo que simplemente me hacia agua la boca sin saber que era, con solo el aroma; claro no había comido hacía un día ya.
–Peeta– Lo llamé con sutileza, pero estaba tan absorto con la atención en el horno que nunca se volteó a verme. Carraspeé y volví a llamarlo, ahora con un poco más de autoridad –Peeta...
El rubio se giró y me vio, sus ojos se desorbitaron un poco y su piel blanca se tiño de rojo sangre. Supongo que me había excedido con aparecerme así, desnuda y mojada. Él bajó la cabeza y balbuceó algo que no entendí hasta que pasados unos minutos se volvió a aparecer con una camisa entre las manos.
–Cámbiate tranquila, mi habitación en el tercer puerta de la mano derecha – Me dijo mientras me señalaba el techo, obviamente indicándome la planta superior. Así que me retiré en silencio y me adentré en su habitación.
Su cama estaba desordenada, las sábanas olían a él, la decoración simple y poco ostentosa me hacía sentir cómoda, tenía una sensación de cobijo en ese lugar. Otra vez la pintura me llamó la atención, era tan familiar esa imagen, esa chica sentada allí, sola en la inmensidad del bosque, vestida de oscuro, como de luto. Me sentía extrañada, ¿acaso esa chiquilla no era yo? ¡Dios me libre! Sí, maldición era yo, tenía que ser yo.
Recuerdo patente ese día, no pude ver como el cajón vacío se colaba entre la tierra. No podía creer que no quedará nada del cuerpo de mi padre tras la explosión de la mina, ni huesos, ni alma, ni nada; solo un cajón vacío, un cajón con las pocas pertenencias que tenía. Fue un día tan triste, tan absurdo, esa estúpida medalla que nos daba el alcalde en el Palacio de Justicia; simplemente me era imposible concebir como continuar la vida así, como continuar sin él. Corrí al bosque, al lago, ese estanque de agua cristalina donde solíamos nadar, donde pasábamos las tardes de verano y las mañanas de invierno. No quería que nadie me encontrara, no quería que nadie me viera llorar, solo quería despedirme de papá a nuestra manera. Así que subí al árbol más alto que encontré y me quedé allí hasta que el dolor se cansó de mi agotada y fastidiada alma, la burbuja de amor y niñez se reventaba y las miserias del mundo me encontraban frágil y pequeña. Allí en adelante la vida fue en picada hasta que puede mantener un equilibrio trabajando en El Capitolio.
Volví fuera de mí hasta la cocina y enfrenté a Peeta. No era capaz de encontrar una explicación así que lo mejor era preguntar porque mierda el pendejo de Peeta tenía un retrato mio.
– ¿Qué diablos haces con una pintura mía en tu habitación?
– ¿De que hablas…?
–Sabes muy bien de que mierda hablo Peeta– Perdí los estribos. Esto de las coincidencias no me gustaba nada.
–Katniss juro por Dios que no sé que me hablas
La cara de Peeta ciertamente me hacía bajar la guardia, esos ojos grandes y abiertos, sorprendidos. El ceño fruncido, serio y confundido.
–Katniss solo es una pintura que hice hace muchos años de una niña que encontré en el bosque. Una cría con la cual estoy un poco obsesionado, nada más. No entiendo que tienes que ver tú con eso– Pero fue lo peor que pudo haberme dicho. Quiso justificarse siendo chistoso con el asuntillo de la obsesión pero me cayó como una pata en el pecho.
– ¡¿Obsesionado?! ¿Acaso te parece divertido? ¿Acaso sabes por que sufría esa niña? ¿Sabes porque vestía de luto? ¿Sabes acaso a quien perdió ese día?...Obsesionado como si fuese una cosa graciosa para ti, como si ella fuese ¿qué?
–No, Katniss por favor no digas eso. No entiendo porque me estas diciendo estas cosas. Solo es una estúpida pintura– ¿Estúpida pintura? Este chico no sabía nada de lo doloroso que era eso para mí. Pero, aunque en algún momento coqueteé con la idea de que quizás él sea una especie de guardián personal, en ese momento lo único que deseaba era no verle la cara nunca más. Porque de algo estaba segura, los Mellarks se las arreglaban para cagarme la vida. En ese momento supe de realmente no sabía de que hablaba pero aun así no di el brazo a torcer. Soy una orgullosa, una cabeza dura, una terca, no me gusta aceptar que estoy equivocada o que soy injusta con las personas, mi egoísmo y mi falta de confianza en mi misma cagaba la poca sociabilidad que podía tener. Así que era mejor mantenerme alejada de ellos.
–En tu puta vida, Peeta Mellark, te vuelas a acercar a mí ¿entendido?
Y sin esperar una respuesta de él, salí corriendo de su casa, volvía a huir de Peeta. Aunque esperaba que esta vez sea para siempre.
Hola perveeeeeeerrrrrrrsssssss! Bien en resumidas cuentas estoy con unos temas de salud que me quitan ganas, energias y tiempo para actualizar. Asi que ya se si cumplire con subir una vez por semana. Lo cual siento enormemente. Despues hay otro temita que llega fin de año y navidad y por cuestiones laborales estoy un poco escasa de inspiracion, aunque tengo un par de capitulos mas para tirar tengo que pegar el culo a la silla y teclear y teclear...lo cual estoy haciendo casi poco. Es mas he tenido la idea de abandonar o regalar el fic a la que le interese pero bueno me han convecido de seguir adelante. Tenedme paciencia por favor hijas mias!
Bueno a ver...cap 15 y Katniss no quiere chacha con Peeta! Que les parecio? Si si si es medio telenovelesco verdad? Pero bueno que se yo. Conquistarla le va a llevar trabajo a el rubio. Y conservarlo le costara trabajo a la morocha. No se por que pero las cosas simplistas no me salen y seguramente alguna me deteste por dar tantas vueltas pero asi es Nina...vueltera, perversa, drama queen y poco ortodoxa.
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AAAAAAAAHHHHHH HAGANME FELIZ DESGRACIADAS PERRAS! DEJENME UN REVIEW POR FAVOR! SU OPINION ME AYUDA A SEGUIR Y DAR GIROS ARGUMENTATIVOS
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