Los personajes son de Collins y todo su universo hambriento
Capítulo 16
Habían pasado unas semanas desde la última vez que había visto a Peeta. Ciertamente me sorprendía a mi misma pensando en él, en lo injusta de mi reacción, en lo mal agradecida que fui con él. Y extrañamente me encontraba con cierta sensación de vacío cada vez que me acordaba de sus ojos azules y su aroma a pan. Lo bueno era, que a pesar del miedo que me daba volver a dejar que un hombre me tocara, los clientes de la semana eran seres muy extraños y excéntricos.
Por ejemplo visité a una chica que no tenía nombre solo sabía que le decían Comadreja, por que no lo se a ciencia cierta; quizás por las rasgos o lo astuta que era, en fin no me importaba demasiado. La cosa era que fui a su casa, un modesto pero amplio departamento a las afueras del Distrito. Llegué y la colorada me abrió la puerta en fundada en una bata de baño, deduje que no llevaba nada debajo. Me ofreció algo de tomar, mis experiencias con el alcohol no habían sido buenas así que pase del ofrecimiento y me limité a empezar con mi trabajo. La chica tenía una extraña fantasía. Se quitó la bata y quedó desnuda frente a mí, debo decir que era una chica muy linda, con un cuerpo bien formado y tonificado, pero ni por asomo me causaba la reacción que mi mentora me provocaba; supongo que esa adicción solo la tenía con ella y no con las mujeres en general. La Comadreja me dio un recipiente lleno de crema batida y otro de chocolate fundido, se acostó sobre la mesa y me ordenó que la untara con eso y luego la lamiera toda.
Maldición la gente es tan extraña. Esos raros morbos que tenían me dejaban atónita, pero mi trabajo era eso, cumplir fantasías por más alocadas, extrañas o extravagantes que fueran. Así me comí todo un tarro de chocolate y crema batida. La chica quedó súper conforme, por lo menos eso me dijo, por para mi grandísima sorpresa tuvo como 3 orgasmos. ¡Wow! Que rara experiencia, graciosa en algún punto. Pero la verdad que fue hasta grato, digamos, poder complacer a alguien de esta forma tan inocua para mi.
Más rara fue la experiencia de tener que bailar para una pareja de jóvenes que tenían como fantasía ver un baile erótico juntos. Si no recuerdo mal el chico se llamaba Cato y su novia Clove. Él era alto, rubio, serio y fornido, ella un poco mas baja, morena y con cara de pocos amigos. En algún punto el muchacho me hizo recordar a Peeta, pero solo por su color de pelo, ya ni por asomo era amable y simpático como el chico del pan. El problema fue que tuve que deshacerme de mi vergüenza y aunque no tenía la gracia del baile tuve que sacar valor de donde no tenía. Annie me había enseñado un parte trucos pero cuando llegó el momento mi mente se hizo una laguna y olvidé cada palabra que me había dicho. Así tuve que improvisar algo. Supongo que al principio no les gustaba porque entre ellos se miraban de reojo, con miradas cómplices y burlescas. Pero mientras fui ganando confianza en mi misma la cara de la pareja se iba trasformando. Cato acariciaba la espalda de su novia mientras ella me veía muy atenta, sus ojos clavados en mí me generaban incomodidad pero trataba, enormemente, de que no dilucidaran mi pudor. Para cuando me encontraba solo vestida con mi braga de encaje, ellos estaban matándose a besos y masturbándose mutuamente. Cato me escuchó tomar mi ropa entonces Clove le susurró algo al oído, el rubio se acercó y me ofreció pasar la noche con ellos; claro que por unos cuantos billetes mas. Me negué, ni Cato ni Clove me calentaban en lo mas mínimo, además de que tendría problemas con Haymitch si los estafaba; era una regla de oro en el Capitolio, nada de negocios por detrás de ellos.
La semana trascurrió tranquila, entre bailes y cosas raras, pero nada de sexo. Y tan escandalo por que era virgen…Si hubiese sabido que las cosas eran así nunca me hubiese acostado con Gale y así me ahorraba toda la gama de porquerías que viví en esos momentos.
¡Joder que suerte la mía!
Snow, Haymitch y Johanna llamaron a una serie de chicas, entre ellas Madge, Annie y yo. Al parecer había una fiesta muy importante, una reunión donde se juntaban las autoridades principales del Distrito 12, como el alcalde, el Jefe de los Agentes de la Paz y algunos comerciantes y empresarios. "La crema y nata", como me decía Annie por lo bajo. Claro que las señoras de la alta sociedad también estaban invitadas pero no a la fiesta privada en la que nosotras seriamos la atracción principal.
Objetivo: la diversión de los caballeros de alta alcurnia.
Dios, detestaba esa clase de fiestas depravadas donde era normal acostarte con varios tipos a la vez, servirlos como si fuesen reyes, follar entre nosotras para el entretenimiento de los presentes. Una puta congragación de malditos ricachones que nos tenían por unas horas, largas horas, como propiedades y a merced de ellos. Lo peor de todo es que Snow nos aclaró que debíamos cumplir si o si con las peticiones de los señores poderosos, sea lo que sea, aun si no teníamos experiencia en el tema; esto ultimo lo dijo claramente por mi.
Así fue como todas partimos a las 12 de la noche, embadurnadas en maquillaje, enfundadas en vestidos sugerentes y con caras de femme fatale.
Iba en el auto junto a Johanna y Delly, maldición Delly. No la quería cerca mio, su presencia me sacaba de eje, pero Johanna me distraía entre charla y caricias.
Las cosas con Johanna se estaban volviendo raras. Ella estaba muy pendiente de mi, mucho más que antes, estaba más cariñosa, más protectora, más maternal, más…no se… extraña. Y esa frase que me dijo la ultima vez que estuvimos juntas me daba vueltas en la cabeza, pero mis principales pensamientos estaban dirigidos a ese chicos de tez blanca, cabellos color trigo, ojos de cielo y aroma a pan. Y me odiaba por eso. Me reprendía constantemente por pensar en él. Me castigaba mentalmente por recordarlo, por lamentarme haber huido y más por haberle dicho que nunca más quería verlo. Y muy a mi pesar Peeta no había vuelto a aparecer. Pero mi orgullo y terquedad me impedida buscarlo. Buscarlo… ¿para qué? ¿Para pedirle perdón? ¿Para devolverle su camisa y el vestido de su madre? No, no, no Katniss…sabías muy bien por que motivo querías ver de nuevo a Peeta. Admítelo… Te gusta, te gusta mucho, te gusta como nadie nunca antes te había gustado. Nunca lo iba a admitir, no me importa si me agrada o no, mi cabeza, mi mente, mi cuerpo y mi alma eran para Prim. No tenía lugar para alguien más, aunque me costara soltarlo y dejar de pensar en él. No podía, no podía, no podía.
El frenazo del auto me sacó de mis ensoñaciones, frente a nosotras se alzaba la imponente mansión Odair, perteneciente a un muchacho que vivía en el Distrito 4.
–Finnick Odair, el niño rico del Distrito 4– Me informó Johanna – Tiene varias propiedades repartidas por todo Panem y hace unos meses se mudó, aparentemente, en forma definitiva a aquí
– ¿Cliente del Capitolio también?– Pregunté curiosa
–Mmm si y no. Muy rara vez solicita alguna chica, o varias dependiendo del apetito sexual que tenga. Pero si le gusta hacer fiestas ostentosas para sus amigos poderosos
¡Que gente! Y pensar que con todo el dinero que gastan en estúpidas fiesta podrían alimentar a varias familias por meses. Me repugnaba la ostentación, la obscenidad con la que refregaban sus riquezas y el derroche desmedido de sus bienes. Que complejo imbécil y omnipotente que tenían esta banda de suertudos imbéciles.
Nos reunirnos todas bajo el pórtico brillantemente iluminado y decorado con enredaderas de unas aromáticas flores amarrillas, adentro se escuchaba el sonido de música instrumental y los murmullos de voces graves y masculinas. Johanna tocó un botón y un sonido inundó el caserón, mientras todas esperábamos en silencio detrás de nuestra representante. Unas raras chicas uniformadas en camisas lisas color blancas, corbata negra y falda con miles de bolados a tono, nos abrieron las pesadas puertas de roble y revestimientos en oro y plata. Las muchachas estaban serias y apesumbradas, se les notaba en la mirada. No dijeron nada solo no hacían ademanes y reverencias dándonos la bienvenida.
–Buenas noches...– Pero ninguna me respondió, solo me hacían mas venias–…Gracias…– Pero ninguna volvió a responder. Entonces el ruido chancero de la risita de Delly me hizo mirarla mal. Pero la rubia me miraba con total indiferencia y re volvía a reír en mi cara. No le di más importancia por que estábamos en medio de un trabajo porque si no la estaría despidiéndose de varios mechones oxigenados de su cabeza hueca.
–Son Avoxs, Katniss…– Me susurró al oído Enobaria. Era la chica mas adulta de todo El Capitolio, tendría unos 30 años. Cinna me comentó ella trabajaba allí desde los 12 años, ya que parecía mucha más grande de lo que en realidad era. Pero a pesar de conocer eso, y su nombre, realmente nunca había cruzado palabra con ella, esa fue la primera vez.
– ¿Avoxs?
–Personas que, en vez de ser condenadas a pena de muerte, les cortan la lengua para que no puedan hablar. Usualmente la gente de mucho poder adquisitivo tiene Avoxs como parte de su servidumbre
– ¡Enobaria!– Las dos nos volvimos para ver de donde provenía el grito, era Johanna. Las dos cruzaron miradas, provocadoras miradas, como probando la superioridad de la otra. A Enobaria se le delineó una media sonrisa, lo cual pareció enfurecer más a mi mentora.
–Nos veremos por ahí Everdeen– Y dio unas largas zancadas alejándose de mí.
Johanna se vino sobre mi furiosa.
–No trates con ella– Me hizo un gesto con la cabeza indicándome a Enobaria– Es una mala persona Katniss, no es de fiar, ten cuidado con ella
–Johanna no eres mi madre. Puedo cuidarme sola. A demás ¿desde cuando estas tan pendiente de mí?
La cara de Johanna se desfiguró, abrió la boca como para decirme algo pero no lo hizo. Agachó la mirada y caminó en dirección donde las sirvientas nos indicaban.
El colosal salón donde nos estaban todos los invitados era lo más lujoso, opulento y fastuoso que había jamás. Las paredes color natural con pinturas enmarcadas en molduras de oro, un imponente ventanal que dejaba ver el amplio jardín trasero y una majestuosa lámpara que colgaba del techo. Era un palacio, el lugar era enorme, la sala era más grande que la casa de Annie y la de mi madre juntas. Rápidamente pude contar la presencia de 20 hombres, aproximadamente, De un momento a otro todas se dispersaron por la habitación dejándome como una boba sola sin saber que diablos hacer.
Delly estaba en su salsa, como le gustaba la parafernalia de los adinerados. Se paseaba de un lado al otro, habla con uno y con otro, zarandeaba su culo perfecto por todo el salón, con una sonrisa enorme. Annie era bastante más discreta, era más delicada y aniñada, bailaba y se reía sutilmente, al parecer eso gustaba mucho, por que la rodeaban varios hombres. Madge era la locuaz, era culta y eso les agradaba a los hombres entrados en un poco más de años. Tenía esa seriedad y sensualidad tan poco común que volvía loco a más de uno. Johanna era pura sexualidad andante, era imposible no verla, no aspirar su aroma a madera, era imposible no perderse en el vaivén de su melena negra, no mirar los atributos que la naturaleza muy generosamente le había regalado.
Y yo me dedicaba a esquivar a los tipos que venían a tratar de entablar una conversación conmigo, me pasé un largo rato viendo las obras de arte que colgaban de las paredes hasta que una cosa en particular me llamó la atención. Un gran tridente dorado, imponente y viril reinaba como pieza principal del ala este de del salón. Sentí algo frío y mojado tocar mi espalda, giré y detrás de mi se encontraba un muchacho joven extremadamente guapo. Era alto, varios centímetros más que yo. Llevaba un traje ajustado y moderno que dejaba imaginar su musculoso y atlético cuerpo. Su piel bronceada, dorada, con residuos de sol en su tez resaltaba con el color negro profundo de su ropa. Su cabello de color bronce, brillante, destellante y desordenado, caí sobre su frente en forma rebelde y petulante. Ese cobrizo pelo dejaba el marco para sus, aun más espectaculares e increíbles, ojos de color verde agua. Me sonrió dejándome ver sus blancos y perfectos dientes, me ofreció una copa llena de una bebida burbujeante y áurea. Su cercanía me hundía en su perfume fresco, su olor a mar, su fragancia a sal, su aroma a agua revuelta y desobediente.
–Finnick Odiar, a tus servicios preciosura
–Katniss Everdeen…
–Encantado– Chocó su copa con la mía y le dio un buen sorbo. Lo imité
–Fue un regalo de que hicieron hace unos años– Me hablaba con la mirada clavada en el tridente que minutos antes yo admiraba.
–Es un regalo hermoso
– ¿Hermoso como yo?– Me dijo altaneramente, con una mueca en los labios. Pero este ¡¿quien se creía que era?!
–No– Respondí secamente. Estaba claro que era un engreído, un agrandado, un niñito rico y mal criado. Ya me caía mal.
–No deberías tener el semblante tan serio y arrugado, te ves mas vieja así. Jajajajajajajaja
– ¡¿Qué?!– Chasqueé la lengua en señal de molestia, me volteé y me fui lejos.
Recorrí un poco más la amplia estancia obligándome a detenerme a cruzar algunas líneas con los agasajados, poniendo mi mejor cara sonriente y forzando mi espíritu para parecer una bendecida por encontrarme en compañía de estos hombres. ¡Un total asco! Me sentía ahogada, no podía respirar con facilidad, me dolía la boca de tan rígida que era mi sonrisa, rendida así me sentía. Resignada a ser el entretenimiento, el recipiente de caricias impersonales, el desagote de fantasías truncas, el destino de las perversiones mas mórbidas, oscuras y denigrantes. La segunda copa me la bebí con tanta rapidez que me costó la mirada desaprobadora de algunos tipos. Es que necesitaba algo que me hiciera sentir que estaba despierta y que esto no era una jodida pesadilla. Pasado un rato más, con mi tercera copa encima, ya estaba más suelta y habladora, me encontraba dando mi opinión acerca de temas varios, como libros y música. Cosas que me gustaban muchísimo y de las cuales tenía un poco de conocimiento ya que papá era un gran cantante, no en forma profesional; claramente; así que ese lazo estrecho con la música se debía a él.
– ¿…Y por que no nos cantas algo Katniss?– Me dijo uno de los hombres con los que conversaba
–Sí, es una magnifica idea. Cántanos algo– Se unió otro hombre
–Sí Katniss cántanos algo…– Esa voz me era familiar, Finnick Odair. ¡Que chico más molesto!
–No, no, no…no soy muy buena con el canto señores, discúlpenme pero los decepcionaría– Me justifiqué.
–Deja que eso lo resolveremos nosotros– Me desafió Finnick que sorpresivamente se apareció por detrás mio.
– ¡He dicho que no!– Le respondí en forma brusca, casi como un grito de regaño, con mi mirada retadora y sin miedo. Creamos unos segundos de tensión y silencio en nuestro grupo, donde la música de fondo era el único sonido que oíamos, hasta que una voz extremadamente familiar me crispó los nervios y me erizó todos los vellos de la piel.
–La señorita Everdeen tiene un carácter salvaje y pasional, señores. Es un fuego que pocos saben dominar. Sepan disculparla– El aroma a sangre de su aliento me rodeó, mareándome, produciendo nauseas y odio. Se abrió camino entre los hombres posicionándose frente a mí, falsamente sonriente.
Que estúpida que era. Como el mayor enfermo, mal parido, explotador y malsano hijo de puta de todo el jodido Distrito no iba a ser parte de esta fiesta. Me sentía acorralada, atrapada, intimidada. No sabía que responder o quehacer.
– ¡Vamos Snow no la regañes! La señorita Everdeen es joven e impulsiva aún– Saltó en mi defensa Finnick
–Si Cornelius, deja que la chica se relaje y nos cante algo– Se sumó la voz de uno de los que arengaban a que cantara
Snow se rio, palmeó la espalda del joven Odair y se fue al centro del salón. Tomó una copa de la charola de plata que una de las Avox llevaba y comenzó a hablar con su voz grave y ronca.
–Buenas noches a todos mis queridos amigo. Como saben estábamos aquí para festejar un excelente año, lleno de riquezas y fabulosos negocios. Así que levantemos nuestras copas para brindar por nuestras abultadas cuentas bancarias– Todos se unieron al unisón de la carcajada del viejo. Me repugnaban cada vez más, todos, todos estos desgraciados aristócratas, esos desalmados burgueses– No, no, no, ahora en serio compañeros. Bridemos un fuerte aplauso para nuestro anfitrión el señor Odair que como todos los años nos recibe muy a gusto en su cómodo palacio– Los presentes aplaudían a Finnick mientras este levantaba las manos en gesto de agradecimiento y falsa humildad. Se hacia el tímido pero muy seguramente le encantaba ser el centro de atención de su fiestucha– ¡Gracias Finnick! Para finalizar me gustaría presentar la última de mis adquisiciones. Una muchacha con un talento único, con una fogosidad pocas veces vista, con la osadía y la inexperiencia de la juventud. Señores les presento a la señorita Katniss Everdeen– Sentí el mundo detenerse, todas las miradas fijadas en mi, estaba helada, no podía reaccionar. Sentí la presión de una mano que me arrastraba al centro de la pista. Finnick me tomó por la cintura, brindándome un buen sostén, por que me sentía desfallecer, estaba sumamente nerviosa, los burbujas del champagne parecía que me había subido a la cabeza, obstaculizando mis pensamientos– Es bonita ¿verdad? Y como forma de agasajo Katniss les preparó un número especial para todos ustedes. Señorita Everdeen ¿nos hace el honor?
Me sonrojé totalmente, estaba pasmada, asustada y temblorosa, histérica. ¡Maldito Snow! Me lo había hecho a propósito. Quería dejarme en ridículo, dejarme como una tonta, me estaba presionando y dándome a entender que era él quien mandaba sobre mi. Tomé aire y caminé por la sala, aun con el muchacho de cabellos de cobre aferrado a mi cintura.
– ¡Vamos Everdeen ten valor! ¡Lo harás bien!– Me susurró suavemente al oído
–Todo esto es tú culpa Odair. Me las pagaras…– Le solté de mala gana
Finnick me tomó entre sus brazos, levantándome entre los aires y posándome sobre una de las mesas. Todos empezaron a aplaudir, expectantes por mi espectáculo. Desde las alturas podía ver la socarrona risa de Snow, esperaba que fallara…no le daría ese gusto. Podía hacerlo, podía demostrarle que no me intimidaba, podía mostrar la fuerza de mi rebelión, debía hacerlo, hacerlo bien. Johanna me miraba seria, pensativa, preocupada. Annie y Madge me aplaudían, llenándome de ánimos. Delly tenía la misma expresión burlesca que Snow ¡que perra envidiosa!
Tomé aire, cerré los ojos y traté de poner mi mente en blanco. El silencio se apoderó del lugar, solo escuchaba el repiquetear de mis latidos, los jadeos que salían de mi interior y el calor sofocante cubrir mi rostro. Me aclaré la garganta y empecé a cantar lo primero que salió de mi boca.
Te di todo el amor que tengo
te di más de lo que podía dar
te di amor
Te di todo lo que tengo dentro
y tú tomaste mi amor
tú tomaste mi amor
El silencio fue interrumpido por el sonido rasgado de una guitarra. La banda que tocaba en la reunión me estaba siguiendo el ritmo y se unieron a mi canto una melodía que me daba más ímpetu para seguir.
Sigo llorando
Sigo intentándolo por ti
Sigo intentando
Sigo llorando por ti
Este no es un amor ordinario
no es un amor ordinario
Este no es un amor ordinario
no es un amor ordinario
Oh
Cuando llegaste alumbrarías
Oh
Alumbrarías todo cada día tu dulce sonrisa
Oh
Y aun no te he dicho todo lo que tengo para dar, cariño
Oh
Todos me miraban con suma atención, con una concentración centralizada solo en mi voz y mi persona. Miré la expresión de Snow, se veía sorprendido, dándose como perdedor de esta batalla. Extendí mi mano y Finnick me ayudo a bajar la mesa. Mi voz, acompañada de la armonía de aquella guitarra, el vuelo de mi vestido al volar fugazmente por el aire y la desfachatez con la que estaba audicionando para todos estos señores; crearon un momento de fantasía y magia. La guitarra sonaba esperando que siguiera cantando pero tenía un nudo en la garganta y no podía continuar. Entonces recordé la cosa más osada y erótica que alguna vez hice con alguien, que alguna vez hice con Gale.
Tomé una silla de ancho respaldar, empujé a un desprevenido Finnick y lo senté bruscamente en ella. Los ojos del cobrizo me espetaban con sorpresa pero era un muchacho muy sagaz y sabía perfectamente que iba a hacerle. Levanté la falda de mi vestido dejando ver la piel virgen de mis muslos, se senté sobre él dándole la espalda y tomé sus manos la levé sobre mi pecho. Traté de no desconcentrarme ante las caras enajenada de los presentes y los gritos ahogados de las manos del muchacho por mis pechos, suevamente por mi torso hasta mi bajo vientre. Abrí las piernas lentamente mientras las palmas de su mano rozaban mis muslos. Arqueé la espalda dejando caer mi cabellera anidada sobre el respaldo del asiento y, aun con las manos de Finnick en mi entre pierna, fui deslizando el cierre de mi atuendo. Automáticamente los labios aterciopelados del joven se encargaron de recorrer la longitud de mi largo cuello. Volví a jugar con sus manos pero esta vez le di la orden a sus dedos para que siguiera el camino de mi cremallera hasta el final. El vestido se abrió completamente, muriendo a mis lados y quedándome cubierta solo por la trasparencia de mi ropa interior. Debajo de mis nalgas ponía comenzar a notar la insipiente reacción de la hombría del muchacho cabellos de broce. Me levanté velozmente, abandonando el cuerpo de Finnick, me paré frente a él y me quité las vestiduras, dejándolas tiradas por algún rincón del suelo. Caminé alrededor de la silla a paso firme, con mis zapatos negros de tacón, y mis largas piernas torneadas, con aires de soberbia y seducción. Aunque por dentro no era mas que un pobre tonta asustada que no sabía que carajo estaba haciendo. Todos me seguían con la mirada atenta y los ojos desorbitados. Revolé mis bucles tratando de ocultar mi vergüenza más que por hacerme la sexy. Me coloqué otra vez frente a mi compañero, tomé su corbata y la estiré, atrayéndolo hacia mí. Colé mis manos por los hombros de su traje y acaricié su gruesa espalada, musculosa, fibrosa, trabajada. Volví al nudo de su corbata y lo deshice de un solo movimiento. La hice volar por los aires, pero sin antes, restregármela por el cuerpo. Mis dedos corrieron a los botones de su camisa donde poco a poco iban desprendiéndose de los ojales que la mantenían unida. El ancho y torneado pecho de Finnick quedó expuesto ante todos, causando la envidia de algunos y el deleite de otras, hasta el mismo propio. Debía reconocer, aunque me cayera bastante mal, que el señor Odair tenía un cuerpo perfecto, él en su totalidad era extremadamente apuesto, tan varonil y delicado, simplemente un dios griego. Me relamí los labios al verlo así, me sentía un poco excitada, los juegos de poder eran una de las cosas que me gustaban, la adrenalina era un vicio. Me senté sobre su regazo pero esta vez de frente, me miraba directo a los ojos, con las pupilas dilatadas, los ojos ennegrecidos. Me abrasé a su torso, acariciando y lamiendo todo pedazo de piel que tuviera a mi alcance, le clavé las uñas con rabia, arañando su espalda. Eso volvió loco a Finnick ya que dejo escapar un gruñido de placer mientras tiraba su cabeza hacia mi pecho besando todo resto de piel que mi sujetador no cubría. Su lengua ardiente en mi pellejo me hizo dejar salir un pequeño gemido, gemido que me denotó mi propia excitación. Me despegué un poco de él, estirando mi mano hacia la mesa más cerca, de donde tomé un botella de champagne, me acerqué peligrosamente a sus labios, dejando solo unos milímetros de distancia. Antes que el impulso de besarme se apropiara de él, me llevé el pico de la botella a la boca y le di un trago a la bebida. Entonces con mis labios llenos, besé vorazmente a Finnick que me tenía prisionera de entre sus brazos. Su boca recibió la mía con desesperación y dejé caer la bebida sobre su boca, su mentón, su pecho desnudo, escurriéndose sobre cada musculo magnífico e inmejorable. Su lengua buscaba la mía pero realmente no quería regalarle ese privilegio así que me separé casi con la misma rapidez con la que lo besé. Me acomodé entre sus piernas, rodillada ante él y le limpié cada gota del líquido derramado con profundas y largas lengüetadas. Finnick se arqueó entregándose de lleno a mis caprichos, soltando hondos suspiros y graves gruñidos. Podía notar la dureza y rigidez de su miembro a través de la tela de su pantalón. Este juego ya llegaba a su fin. Esto era más de lo que podía a ver imaginado. Me incliné sobre su cuerpo curvo, me volví a acercar a su boca y le susurré.
Te di todo el amor que tengo
te di más de lo que podía dar
te di amor
El silencio era sepulcral, me paré en el medio de la sala y les ofrecí una reverencia. Los segundos parecían no correr, temí que mi exceso y mis ansias de refregarle en la cara a Snow mi impertinencia, hayan cagado la noche. Pero gracias al cielo todos rompieron en aplausos, gritos y ovación. La aclamación del público me dejaba entender que mi espectáculo había sido un éxito. Les ofrecí una sonrisa, una sonrisa que no era ni falsa ni irónica, realmente estaba agradecida por que estos depravados me habían salvado el pellejo. Me recogí mi ropa del suelo y le brindé mi mano a Finnick para que se incorporara. Él me miraba resignado, resignado a que el espectáculo había acabado.
– ¡Eres mala Everdeen! No puedes dejar a un hombre así
–Te dije que me las pagarías Odair
Me coloqué el vestido y recibí los halagos de varios tipos. Claro que muy pocos hablaron de mi voz, todos me comentaban y agradecían el show que, supuestamente, les preparado. Me hicieron muchísimas proposiciones, no sexo si no de bailes. Quizás era buena en eso, aunque creo que a estos tipos le venía bien cualquier cosa. Algunos más impacientes corrieron tras de Snow para hacer un cita conmigo. El alboroto de hombres que tenía a mí alrededor se fue dispersando poco a poco. Pero como una flecha en medio del pecho los ojos azules que tenía delante me dejaron helada.
Peeta se acercó desde la otra punta del salón, con el seño fruncido, los puños apretados, el semblante duro y serio. Tragué en seco, sentía como la garganta se me cerraba y el aire me faltaba, como los sonidos se hacían nulos mientras solo escuchaba los pasos pesados y apurados del rubio mientras se acercaba a mí. ¡Dios mio! Sentía que el corazón se escapaba de mi pecho, la sangre me hervía, eso ojos, ese cuerpo, ese aroma, ese pelo. Maldición Peeta Mellark ¿podías ser más perfecto y glorioso? Llegó hasta mí, sin decir palabra, solo me agarró brutalmente del brazo obligándome a seguirlo.
–Nos vamos a arriba– Me soltó con su voz gruesa y seria
– ¿Arriba? ¿Para que?– Pronuncié anonadada
–Si, arriba. Esta noche vamos a follar Katniss
Mis amadas pervers! me extrañaron?! mas les vale que si! Bien ando con poco tiempo asi que por ahora les dejo el cap para que lo lean y me dejen su review! BESOS
