Estoy un poco cansada de aclarar que la historia no es mia sino de Collins!...en fin...

Nos leemos en el bajo mundo pervertido!


Capitulo 19

Esa noche en particular no salí a trabajar como de costumbre. Estaba en esos días que me recordaban mi condición de mujer, de procreadora. Así que esa noche me tocó ser mesera, muy a pesar de Haymitch que lamentaba que estuviera indispuesta; ya que tenía una gran parva de trabajo con mi nombre. Snow sugirió que tomara unas pastillas raras que provenían de la gran capital y retrasaban el periodo, pero Johanna lo convenció de que no era prudente ya que hacía poco que había tenido, por primera vez, la regla. Hasta para eso era lenta.

Así que estuve ayudando a Effie con los maquillajes mientras me hablaba y me hablaba de cosas de moda, cosas que no entendía y no me interesaban. Pero algo de esa charla me llamó poderosamente la atención y era que cada dos palabras tuviera la necesidad de nombrar a Haymitch.

Luego estuve un rato con Cinna mientras me arreglaba el traje de camarera. El moreno me caía mucho mejor que cualquiera en el Capitolio, a excepción de mis amigas. Era tan natural nuestra relación, como si desde siempre nos hubiéramos conocido. Cinna era mucho más reservado con su vida, no andaba vociferando cosas privadas, pero cada tanto se podía vislumbrar alguna crítica hacia Snow y el trabajo en el Capitolio. Y aunque sin decir mucho; y leyendo entre líneas y entendiéndonos con la mirada; tratábamos de no tocar esos temas por que sabíamos que las paredes tenían oídos.

Después de un rato ya me encontraba manejando una charola circular y plateada donde llevaba los vasos y las botellas de una mesa a otra. Aún era muy temprano, se podía ver la luz del sol filtrándose por las rendijas de las ventanas, pero eso no impedía que ya se encontraran algunos tipos en el burdel. Algunas chicas bailaban en el escenario principal y otras en las pequeñas tarimas colocadas estratégicamente por todo la superficie del lugar. Me costaba desplazarme con mis altos tacones y el uniforme no era muy cómodo que digamos; aunque no se si un corsé de vinilo ajustado y negro y unas pantimedias de red moradas podían llamarse uniforme. Creo que mi atuendo tuvo cierto éxito ya que los tipos me dejan algunos billetes como propinas, no era demasiado dinero pero algo es algo. Aunque ya hacía un par de meses que el tema monetario no era producto de mis pesadillas, ya que gracias a este trabajo estábamos económicamente más estables, más; incluso; de que cuando vivíamos con papá.

Lo que me mortificaba era lo que Prim pensaba de mí, lo que la gente murmuraba a mis espaldas y al alcance de sus oídos, lo que sus compañeros del instituto acusaban para hacerla sentir mal. Prim me demostraba que no le interesaba el que dirán, ella entendía muy bien por que me dedicaba a esto y solo me hizo jurarle que algún día lo dejaría; espero poder cumplir esa promesa hermanita.

Pasaron varias horas y las chicas más experimentadas salieron a hacer el gran show de baile erótico y despojo de ropa. El Salón Rojo estaba repleto a excepción de algunas bancas vacías en la barra, todos los ojos se posaban en las bailarinas que zarandeaban el culo y las tetas, como si fueran una coctelera, en busca de billetes. Las miradas de los tipos, y de algunas mujeres, solo se fijaban en mí cuando veían que sus copas estaban vacías o el licor se había evaporado de las botellas.

Annie paso fugazmente por delante mio y casi tuve que gritarme para que pudiera oírla.

– ¡¿A que no sabes quien acaba de llamar?!

–Mmm déjame adivinar… ¡¿mi hada madrina?!– Respondí sarcástica.

– ¡Jajajaja muy chistosa!– Me dijo sin hacerle mucha gracia– De veras Katniss ¡¿a que no sabes quien reclamo tu cuerpo?!– Volvió a decirme con tono jocoso y misterioso.

–Larga el rollo de una vez Annie….

–Mellark. Peeta Mellark– Y me lanzó una mirada socarrona.

– ¡Puff por lo que me importa!– le di unas cuantas palmadas suaves en el hombro– ¡Y no me mires así con esa cara de tonta!

–Ya, ya, ya, vale, vale, vale…para con la violencia chica en llamas– Se acomodó un poco la ropa y siguió su camino. Pero a los pocos segundos volvió sobre sus pasos y me lanzó– Ah y Finnick Odair…

Cuando volteé a verla, Annie ya estaba otra vez fuera de mi vista.

¡Genial! Estos dos cumplían su promesa. No se cual de los dos me generaba más incomodidad, si Peeta contaminando su vida con mujerzuelas o Finnick con sus ultimas palabras pidiendo mi atención. Pero me valían un comino, no tenía ganas ni tiempo para ocuparme de ellos. Ya había tenido suficiente la noche anterior soñando con Peeta y Finnick. Y si bien aceptaba que tenía cierta atracción por el rubio no entendía porque el cobrizo también ocupaba parte de mis memorias. Menos mal que el trabajo era mucho y que no me permitía pensar en demasía.

Entre idas y vueltas a la barra un hombre me pidió una medida de ron, así que le acerqué el vaso al tipo que estaba, con la cabeza agachas, y casi instantáneamente él me tomó de la mano, sorprendiéndome y obligándome a derramar la bebida en su camisa.

–… ¡¿Pero…que diablos…?!–Grité

– ¡Perdón preciosa, no quise asustarte!

– ¡¿Peeta?!– Le dije estupefacta por su presencia– ¡¿Qué rayos haces aquí?!

–Tranquila, solo vine a tomarme una copa– Me contestó sin interés mientras se limpiaba una poco la bebida de la ropa.

– ¡¿Ahora bebes?!– Le pregunté regañándolo–Prostitutas y bebidas… ¿algún otro vicio Mellark?

– ¿Te importa?–Me respondió ácidamente, lo cual me cabreó muchísimo.

–Vete al diablo Peeta

Me di media vuelta y lo ignoré. Algo gritó pero no llegué a oírlo por lo alto de la música. Traté de seguir sin darle importancia pero sentía su mirada clavada en mí nuca, observándome, acechándome como si fuese su presa. Cada vez que volteaba a verlo allí estaba, sentado con la espalda apoyada en el bar, con su botella de ron a un costado, dándole sorbos a su copa que no tardaba casi nada en aniquilar. Sus ojos azules brillaban en la oscuridad como los de un gato en la noche, su piel blanca tomaba los matices de las luces que revoloteaban por la sala, el rictus de su cara era serio y enojado, sus facciones de niños bueno ya no tenían lugar en su rostro, su posición defensiva me irritaba, su mirada nada disimulada me perseguía. Casi sentía su espíritu iracundo y colérico inundado por la decepción.

Por primera vez vi a Peeta como un hombre y no como un chico amable y dulce. En cierto aspecto me resultaba asqueroso y repugnante pero por otro lado me generaba un tanto de excitación. No podía evitarlo, el fuego llama al fuego, aun cuando fuego con fuego sea sinónimo de incendio.

Paso un rato largo hasta que al fin me percaté que Peeta ya no estaba abordándome con sus ojos, ahora estaba recostado con su mirada perdida en la madera que sostenía sus brazos. Parecía abatido, cansado o simplemente estaba ebrio. Me acerqué despacio, con la barra del bar de por medio, y le quité el vaso de licor que tenía pegado a sus dedos. Peeta ni se molestó en levantar el rostro para verme o hablarme solo permaneció estático con la vista desorientada, lejos de mí. Me daba mucha pena verlo así, quizás porque no entendía la razón de su pesar o quizás porque estaba viendo como mi presencia había cagado la vida ordenada y decente que tenía; o quizás eran ambas cosas. Me sentía culpable, de alguna manera eso era el reflejo de lo nociva y tóxica que resultaba ser para los demás, como si mi presencia corroyera todo aquello que estaba cerca, lo mismo había pasado con papá, con mamá, con Gale.

–Es hora de que vayas a casa Peeta– Traté de ser lo más condescendiente que pude. Pero ni se molestó en responde, solo se quedo duro mirando la nada, pensando en vaya a saber uno que. Entonces ante su negativa no pude tolerar más el entumecimiento que me provocaba verlo ido y llevé mis dedos temblorosos a los rizos que le cubrían la frente. Puede sentir como su cuerpo se estremecía ante el rose de mi mano con su piel–…Peeta…–Suspiré aliviada ante su reacción–…Peeta… ¿que es lo que te sucede?

– ¿Me creerías si te dijera que no lo se, Katniss?– Me respondió con pesar– Últimamente estoy sintiendo que ya no soy el mismo, que algo en mí está cambiando, mutando, hay días que no me reconozco. Como si desde que te…–Parecía que cayó en la cuenta de lo que decía y prefirió ahorrarse el comentario. Era obvio que se refería a mí– Pero no le des importancia…es evidente que estoy algo loco– Trató de sonreír, sin éxito, tratando de amortiguar un poco lo dicho segundos antes.

–Quizás…no estés tan loco como piensas. Quizás soy un poco culpable de esa mutación tuya, Peeta

–No, no, no Katniss no es por ti, de verdad que no. No pienses eso. Solo que desde que te conozco muchas cosa han cambiado en mi vida... –No lo dejé terminar de hablar.

–Sí Peeta…no lo dudes. Es por mi causa, ambos lo sabemos, no trates de ser amable conmigo. Se perfectamente que soy una infección que va comiéndote de a poco… –Trataba de que entendiera que en verdad yo reconocía perfectamente que le había robado cierta inocencia desde mi intromisión en su existencia.

–Que no es tu culpa Katniss– Arremetió ferozmente el panadero.

–Que sí lo es Peeta– Desafié.

– ¡PERO TE DIGO QUE NO KATNISS!– Me espetó con un tono de voz moderadamente elevado pero lo suficientemente irritante como para hacer que le devuelva el honor.

– ¡TE DIGO SÍ ES MI CULPA, JODER! ¡QUE TERCO ERES, MALDICIÓN! LO MISMO PASÓ CON GALE

Y solo bastó que lo nombrara para que Peeta saltara del taburete como si algo le hubiese pico en medio del pecho. La poca aproximación que habíamos tenido, en esos efímeros instantes, se había perdido y un aire tenso y frío nos abrazó de repente.

–GALE, GALE, GALE… ¡¿QUIÉN DEMÓNIOS ES GALE?!– Me gritó llamando la atención de algunas personas que teníamos cerca. Sus ojos tenían el fulgor del mar en tormenta, sus mejillas coloradas de rabia y su aliento olía a alcohol. Era una imagen de Peeta realmente desarmada y desfigurada.

–No es de tu incumbencia quien es Gale…

El cuerpo de Peeta saltó del asiento, cayendo la mitad sobre la barra. Pude verlo por el rabillo del ojo, al mismo tiempo que giraba sobre mi eje para alejarme de él. Sentí como su brazo penetró el espacio que nos distanciaba y su mano se cernió sobre mi hombro, enterrándose en mi carne como si fuera la garra de una fiera salvaje. La piel me ardía y los músculos se me acalambraron al sentir la fuerza masculina del rubio, al contacto con mi piel. Su reacción violenta y desbocada, sumada con el dolor que sentía sobre mis huesos, me obligó a largar un gritillo. Sentí mi mirada nublada, las lágrimas apenas empezaban a brotar y el aliento se me había cortado abruptamente. La tensión que Peeta provocó en mi cuerpo hizo volverme hacia él. Nuestras miradas se encontraron, la suya era llamas, la mía hielo. Hundido en cólera, con la mandíbula apretada, apenas con el siseo errático de su voz, volvió a escupirme sus inquietudes.

–¡Te pregunté que quién mierda es Gale!

– ¡Y YO TE DIJE QUE NO ES DE TU PUTA INCUMBENCIA, MELLARK!

Los músculos de su mano se apretaron con más fuerza que antes, el dolor hizo que me retorciera un poco y tratará de zafarme, sin poder lograrlo. Las cálidas gotas derraparon por el contorno de mis facciones, golpeándose contra el suelo, perdiéndose en las penumbras del piso. Varios tipos se pararon de sus asientos pretendiendo venir a mi rescate pero uno de ellos se apresuró y abrazó a Peeta por el cuello, cortándole la respiración. La falta de aire obligó que el chico del pan me soltara, aunque él haya hecho miles de ademanes para zafarse del abrazo de su agresor. Peeta poco a poco parecía recobrar el sentido, se notaba que estaba avergonzado, sintiéndose culpable ante algunas miradas que lo avistaban con desconfianza. Yo me encontraba petrificada, sin digerir muy bien que le había sucedido, sin entender que tanto le afectaba la presencia de Gale en mi vida. Su cielo se posó sobre mis nubes, el brillo estaba muerto como cuando las estrellas mueren en el infinito del universo. Estaba aturdido, confuso, miserable, un autentico canalla. Revolvió sus bolsillos, tirando un montón de billetes al tiempo que me decía "lo siento" cuantas veces podía por segundo. Aun estaba encogida y dolorida, no poseía la capacidad de pensar claramente y mucho menos aceptar su perdón. Salió casi corriendo tropezando con lo que tuviera delante, abriendo la puerta que lo llevaba a la seguridad de la luz lejos de este antro sombrío y demoníaco.

– ¿Te encuentras bien Everdeen?– Ante la confusión del episodio no me percaté la persona que me había ayuda era el muchacho de cabellos cobrizos y ojos verdes.

–…Sí, creo que sí– Le dije con un hilo de voz angustiado. Lo miré con un hastío de molestia mientras restregaba la palma de mi mano para aminorar el dolor en mi hombro.

–Déjame ver eso– Me dijo mientras hacia un gesto con la cabeza indicándome mi hombro. Me acerqué a él posicionándome adelante, ladeando mi cabeza para dejarle la mayor cantidad de espacio posible para que mirara mi herida. Los dedos de Finnick masajearon mi piel magullada, inevitablemente hice una mueca de queja provocando que al cobrizo se le dibujara una sonrisa ladina. La cercanía de nuestros cuerpos me dejaba percibir lo tibio de su respiración, el perfume salado, era fácil cerrar los ojos y dejase llevar por las caricias. Noté un cosquilleo en el bajo vientre, la señal que necesitaba para alejarme lentamente de él.

– ¿Estás mejor?– Preguntó.

–Si…gracias –Respondí tímida– Aun no entiendo muy bien que ha ocurrido con Peeta

–Mmm…veraz linda, Peeta tiene algo así como…como un problema con cuestiones del amor…

–Oh, vaya…o sea que tiene un problema en general con las mujeres y no específicamente conmigo ¿Verdad?

–Bueno…sí…y no. Mira Katniss debería preguntárselo a él… –Me soltó sin ganas.

– ¿Quien dice que no le he preguntado? – Contesté– Solo me interesa saber que diablos es lo que le sucede. Pero lo averiguaré por mi cuenta. Gracias Odiar – Le espeté sarcástica y seria.

Las luces del cabaret fueron palideciendo una a una, asesinada ante la majestuosidad del sol que se alzaba comenzando un nuevo día. La gente fue desapareciendo una a una, la música menguaba y en poco menos de media hora, el Salón Rojo quedó deshabitado.

Recogí mis cosas, ni siquiera parándome a quitarme el maquillaje o cambiarme, solo me eché un sobre todo largo y negro de cuero para tapar el espantoso traja que llevaba debajo. Recogí el sobre con mi dinero de la oficia de Haymitch, quien me preguntó por el asunto con Peeta. Le di una explicación corta y sintética enfatizando el hecho de que Peeta solo estaba borracho y que no era consiente de lo que hacía o decía. No sé si la mentira era para conformar solo a Haymitch, también es un poco para consolarme a mi misma. Pero principalmente para proteger a Peeta de los ajustes de cuentas de suelen aplicarle a los tipos que se propasan con alguna de nosotras, no por que fuéramos importante a nivel humano si no por que nadie se mete con las "propiedades" de Snow.

Salí del Capitolio rápido, dejando atrás el viciado humo de los cigarrillos y el rancio olor de la lujuria. El sol muy pacientemente se colocaba en el cielo y el viento fresco, limpio y puro se metió en mis pulmones limpiando las porquerías de mi interior. Caminé por las calles vacías y silenciosas, giré varias veces y me adentré a la Veta, el barrio más pobre del Distrito donde las chicas como yo vivamos. A pocos metros puede ver un auto, un auto demasiado lujoso para esta parte de la cuidad, un auto oscuro y lustrado. A medida que me acercaba a mi casa podía divisar que el auto estaba estacionado frente a ella.

Mis sentidos se despertaron, alertados por la extraña presencia de aquel vehículo, lo primero en que pensé fue en Prim, en que algo le había sucedido. Aceleré el paso, trotando hasta llegar a la puerta de casa. Metí la llave en el cerrojo, cuando giré al escuchar la puerta del auto rechinar, abriéndose.

¡¿Peeta?! Pero ¿como mierda sabía donde vivía? ¡Maldición! El rubio salió desde el interior del auto, mis nervios automáticamente se crisparon, no era miedo, era precaución, ya no podía confiar tanto en él. Su mirada afligida, su cuerpo desinflado, su espíritu abatido, esos pasos cansinos, mirándome sin ver, como si no pudiera. Traté de abrir la puerta y meterme dentro, no quería otra sesión de magulladuras. El temblor de mis manos me dificultaba darle vuelta a la llave, las pisadas se oían mas cerca, hasta que el fin su respiración se filtró entre las ondas de mi cabello. Me volteé quedando enfrentados.

El chico apenas levantó la mirada, con su cabeza a gachas, los puños cerrados y una expresión en el rostro que me empequeñeció el corazón. Soltó un largo suspiro, tan profundo como el azul de sus ojos, se aclaró la voz y antes de que diga algo, me apuré para hablar.

– ¿Te apetece un café?

Los ojos se le pusieron como platos, volviendo esa chispa que usualmente poseía, el rastro sombrío de su cara se había desaparecido y su cuerpo pareció recobrar algo de vida. En su boca se proyecto una sutil sonrisa, cosa que me robó una a mí también.

Peeta tenía sea astuta forma de derretir el muro helado que creábamos a nuestro alrededor, no era tan fuerte como para resistirme a su existencia.

– ¡Venga Peeta! No seas tan vergonzoso…podemos hablar mejor adentro

–Vale…tienes razón

Nos adentramos en el interior de la casa, como siempre todo estaba prolijamente acomodado y el aroma fresco y limpio se respiraba en el aire. Peeta se quedó mirando unas fotografías que colgaban de la pared más cercana a la cocina mientras yo colocaba el café molino y desgranado en la cafetera.

–Esta chica…– Me dice indicándome una de las fotos– también trabaja en El Capitolio ¿verdad?

–Así es– Respondí, acercándome al tiempo que me quitaba el pesado abrigo negro– Su nombre es Annie Cresta y es una gran amiga. De hecho esta es su casa

–Tiene pinta de buena persona– Murmuró mientras tomaba un portarretrato con una foto de Prim y mía. Me adelanté a su pregunta.

–Es mi hermana–La respuesta lo incitó a mirarme.

–No sabía que tenías una

–Hay muchas cosas que no sabes de mí, Peeta– Respondí tajante.

El chico del pan dejó el retrato en el aparador de donde lo había tomado y con pausa fue acercándose hacia mí. Sus dedos inseguros y dubitativos rasaron la piel machucada y violácea, esa marca que él mismo me había dejado horas atrás. Mis ojos no se apartaron de los suyos, ese mar que estaba fijo en mi hombro.

Podía observar tantas cosas de él. Ese aroma a canela, a levadura, a pan, los remolinos que se encrespaban sobre su frente blanca, su tez nívea ligeramente rosada en las mejillas, su nariz recta y pequeña, esos labios suculentos y gruesos. Pero sus ojos, su simple mirada, era la causante principal de mí hipnosis, de mi adicción por él. Esos zafiros, esas gemas vibrantes y pulidas enmarcadas por la frondosidad de sus pestañas encorvadas y tupidas.

Instintivamente entrelacé mis dedos con los suyos, sus ojos y los míos se encontraron dejándonos llevar, acercándonos más, al límite de estar pegados uno con el otro. La punta de su nariz acarició la mía, su respiración cosquilleaba mi piel, su perfume me mareaba, me envolví en su aliento mentolado. Su boca tersa, suave, deliciosa estaba solo a mis cuantos milímetros, infinitos y kilométricos milímetros. Pero necesitaba concentrarme, no podía seguir en este juego de amor y odio, de cariño y violencia. Cobré un poco de cordura y sin despejarme de él, susurré casi sobre su boca.

– ¿Es lo que te pasa conmigo? ¿Que me pasa contigo? ¿Que diablos nos pasa?

–No lo se…hace tiempo me pregunto lo mismo– Nos separamos un poco, la represión que sentía por no arrebatarle la boca era enorme, la hipersensibilidad por el avistamiento y la cercanía me provocaban un temblor en cada célula de mi ser. Nos miramos a los ojos. Peeta suspiró y continuó– Tengo un problema contigo Katniss

– ¿Cual?

–Me gustas demasiado

– ¿…Y por eso te dan eso ataques…?

–Sufro de celopatía…mis ataques son irracionales e infundados. Son violentos y me cuesta volver en mí. Por lo general no soy consciente hasta que algo me hace reaccionar

–O sea…sufres de ataques de celos…–Afirmé un poco desconfiada e irónica. No podía ser que me diera una respuesta tan simple y hasta burda.

–No son celos comunes, Katniss. Es algo que me nubla el pensamiento, algo que oscurece mi visión, algo que se apodera de mí, transformándome en un monstruo sin sentimientos y agresivo. Es algo que…– Se mueve; dejando el espacio delante vacío, sentándose sobre una de las sillas–…algo que me diagnosticaron luego de la muerte de mi familia–Se notaba incómodo sobre la silla mientras yo solo seguía parada allí, mirándolo– Cuando mamá, Elmod y Kace murieron yo fui el chico más feliz del mundo; o por lo menos así me sentía en esos momentos. Ya no tendría que compartir el cariño de mi padre, ahora éramos él y yo, y nadie más. Pero mi padre no aguantaba el dolor por la perdida de su esposa y sus hijos. Quizás eso fue lo que me hizo reaccionar y llevar a mi padre con el doctor Aurelius. Allí entendí que mi "alegría" se debía a que tenía celos enfermizos por papá

– ¿Los sigues teniendo?–Pregunté cortante ganándome la mirada apabullada de Peeta– Los celos por tu padre... ¿los sigues teniendo?

–…No, ya no…sean materializado en otra persona

–En mí…–Susurré bajito.

–Lo que quiero decir, Katniss, es que no eres culpable de mis ataques…tengo este trastorno que no puedo controlar. Y tú me gustas mucho, demasiado para mi salud mental…

–Sabes que no puede permitirme pensar o sentir igual Peeta

–Sí puedes. Solo que tú no quieres

Me aproximé a él al escuchar el hilo de voz con el que me dijo la última frase. Se veía tan apagado, desconcertado, desgastado, culpable. Podía ver sus ojos trasparente, sus ojos húmedos, reteniendo las lágrimas, eso me aplastó el alma y estrujó mi pecho. Colé mis dedos por su pelo fino y trigueño, acariciándolo con ternura y sosiego. Se levantó del asiento y sus brazos me tomaron de la cintura, su cara se escondió en el surco de mi cuello aspirando cada gota de mi esencia. Rodeé mis brazos en su cuello, acortando más la distancia entre ambos.

–Ya veremos que sucede con el tiempo. Pero no te ilusiones Mellark, esto es nada más que a modo de consuelo

–No pretendo que me regales nada Katniss, veras como serás mía al fin

–Vas ser un gran problema para mi negocio

–Vas a se un gran problema para mi cabeza

Y así como la primera vez, volvimos a fundir nuestros labios en un beso.


HOOOOLLLLLAAAAA MIIIISSSS PEEERVERSSSS! Si que me tarde en subir verdad? No se preocupen que no las voy a dejar con la historia colgada solo que no para variar ando ocupadisima. Pero para que aburrirlas contandoles mi vida!

Aca les dejo un nuevo capitulo de esta historia loca loca que no tiene un final aun...trate de explicar mas o menos cual es el problema de Peeta. En vez de tener el cerebro como en la version original, aca el sufre de lo tomaria muy calmadamente por que la gran mayoria de las personas son sifren de celes pero digamos que los de este muchacho se tornaran un poco, bastantes, incontrolables y violentos.

Les comento que soy la reina del dramay no puedo, por mas que lo intente, hacer todo ideal. Tuve que hacerlo un poco malo a Peeta. Perdon a todas las que se sienten desfraudadas con el. Tengo que humanizarlo un poco por que si no es demaciado irreal y no me sale escribri sobre el.

En fin...gracias a todas por el aguante. Son una masa chicas! Se las quiere!