Lospersonajes son de Collins! La parte porno y todo lo retorcido de esta historia son obra de mi mente perversa y errante.
Nos leemos abajo!
Capítulo 20
El beso de Peeta me había dejado vibrando por unos largos días.
Recordar la suavidad de su lengua, así como lo áspero de su barbilla (a causa de la incipiente barba); su perfume dulce, a canela, a azúcar quemada, a masa sin hornear; me erizaba la totalidad de la piel. En ese momento sentía que no podía entregarme a alguien más, como si la marca que Peeta había dejado me quemara las entrañas y no me dejara avanzar. A diferencia de la primera vez ese beso había calado hondo en mí. Quizás porque por primera vez sentía la necesidad de saciar el hambre que retorcía mi estómago cada vez que lo tenía cerca. O quizás porque era el comienzo de algo más…O quizás solo me encontraba ante la rendición del deseo y la excitación. Pero yo sabía que nunca sería solo de un hombre. Siempre sería de todos y nadie. Pero aun así no podía dejar de imaginar cómo se sentiría ser solo de una persona, como debía sentirse el cariño y el amor, que sensación encontraría al hacer el amor por primera vez.
La noche recién comenzaba, una luna más, una nueva oportunidad para ir quebrando más y más mi espíritu y fortaleciendo más y más mi frialdad e indiferencia.
El reloj dio las 11 de la noche, el sonido del golpe en la puerta me sacó de mis ensoñaciones. Johanna entraba, seguida de Cinna, para lo que ya me sospechaba. Ya lo sabía. Al ver el atuendo que tenían preparado para mí, en ese instante lo supe…
– ¡Oh no! ¡Él no!– Dije mirándola a los ojos.
– ¡Oh sí! ¡Él sí!– Me respondió tajante la morena, con la cual estaba teniendo varios cortos circuitos últimamente.
Los altos tacones negros me habían hecho crecer como 15 centímetros, luciendo mis piernas más largas, ayudadas también por unas finas medias que las cubrían hasta el comienzo de mis muslos. La falda tableada y blanca apenas cubría el espacio desnudo que las medias no tapaban. El corsé oscuro, azul profundo, azul marino, me ajustaba de tal manera que mis pechos eran perfectos; redondos, turgentes, apetecibles; así como mi cintura que era fina y delgada. El pelo recogido en una media coleta, despejando mi cara y cubriendo mi espalda. Mis labios teñidos de rojo puro y caliente, mis mejillas apenas pinceladas con rubor y mis largas y pesadas pestañas negras, enmarcaban mi rostro.
Mis ojos grises eran más oscuros de lo normal, como si se prepararan para una tormenta. En mi cabeza no dejaba de repasar el encuentro que tuvimos aquella noche en su casa. Su aroma a sal narcotizaba parte de mi cerebro y esos ojos verdes me recordaban a las hojas de los arces en primavera. Su personalidad magnética y despreocupada me llamaba muchísimo la atención. Y algo en el medio del vientre me decía que Finnick me importaba más de lo que quería admitir. Aun así todavía era una persona que poseía algo de juicio como para saber que el cobrizo era un problema que tendría que evitar. Pero verlo o no, estar o no con él, no era una decisión que yo tomaba. Así que por mucho que protesté al rato me encontraba en el auto negro que me llevaba a su encuentro.
…Y mi cabeza…mi maldita cabeza que solo se divertía haciéndome confundir las cosas. Haciéndome recordar cada huella que tenía en la piel.
Peeta con su ternura y culpa, son ese halo angelical que rozaba la perfección. Como si fuese un ángel con cuerpo humano. Algo irreal, algo demasiado entero y puro como para yo lo arruinara.
Finnick por otro lado era el chico malo y sexy. Ese que a casi todas les gustaba. El muchacho fanfarrón, creído, apuesto y multimillonario. Mi caía como una patada en el estómago, pero no podía dejar de admitir que me atraía. ¿Sexualmente quizás?...Quizás.
No podía permitirme comparar a Gale con ellos dos. Gale era…otra historia. Gale era Gale. Fue el primero, el que más lucho y sacrifico cosas por mí. Al que más lastimé y al que menos aproveché. Aunque al final de cuentas terminé siendo solo una jodida puta para él. Lo del dinero aún me seguía molestando a pesar de varios meses. Como podía esperarme que después de todo lo que él entregara por mí, me pagará por algo que nunca terminamos de hacer. Y sentir el dinero en las yemas de mis dedos me hacía sentir sucia. Así que allí estaba el sobre, billete por billete, escondido en el fondo de un cajón, esperando el momento para ser devuelto a su dueño.
Tocar el suelo con los zapatos me indicó cuan alterada me encontraba, las piernas me temblaban y sentía como si pisara huevos, como si la superficie fuese algodón. Mi chofer, como es costumbre, me acompañó hasta la entrada principal esperando el pago por mis servicios. Según Haymitch las mujeres no éramos de fiar a la hora de cuestiones comerciales. Así desde hacía varios años los choferes se encargaban de esa función.
La puerta se abrió y la piel bronceada de Finnick se presentó ante nosotros. Sus ojos verdes se posaron en mí, y su fragancia fresca se coló en mi olfato. Estaba condenadamente sensual. Con una camisa a media abrochar y un pantalón suelto, ambas cosas de color blanco impoluto, dejando resaltar lo quemado de su tez. Me sonrió, con lo perfecto de sus labios y lo reluciente de sus dientes; y sentí que algo dentro de mí se aflojó. El cobrizo entregó el sobre y el chofer apenas le hecho una mirada, dio media vuelta y se fue en dirección al auto.
Quedamos un minúsculo instante viéndonos, él tan apuesto…yo tan dispuesta. Como si todo esas barreras morales que rodaban en mi cerebro se hubiesen esfumado, convirtiéndose en polvo, en cenizas que ya no se pueden volver a unir. Estaba en blanco, mente nula y el instinto animal rugiendo en el interior, primando para salir y devorar a la presa que tenía delante de mí.
– ¡Wow! Everdeen te has lucido– Me habló con ese tono de voz que tanto me molesta– Estás preciosa
–Gracias…
Caminé hacia el interior de la mansión a paso lento. Las luces eran tenues casi acariciando la oscuridad. El silencio nulo, sepulcral, secreto y oculto llenaba los espacios que las paredes encerraban. El rechinar de la puerta se oyó más estridente. Los pasos de Finnick más graves y ensordecedores. El repiqueteo de mis tacones contra el mármol ponía mis sentidos alertas. Y el silencio retumbaba, respiraba, como si su presencia fuese un ente que nos observaba.
Llegué al centro de la habitación, deteniéndome en seco, perdida, sin saber a dónde dirigirme. La respiración agitada del muchacho de ojos verdes y mis jadeos disimulados se encontraban a escasos centímetros de distancia. Permanecía estática, parada, inepta, inerte, tragaba saliva, sentía mi boca pastosa…histérica… así estaba. La entrecortada respiración de Finnick se perdió en mi larga cabellera, lo cual me ponía la piel como escarpias. Su mano fría encontró mi hombro, desnudo y huesudo. El palpitar en mi entrepierna se hizo más fuerte, más excitante, más evidente. Y lo odiaba.
Odiaba sentirme tan hambrienta frente a él. Como si estuviese famélica y él fuese el último pedazo de pan en la tierra. ¿De dónde salían estas ganas incontrolables de ser poseída por Finnick? ¿Era posible que tanto sentimiento de repulsión me causase alguna especie de atracción? ¿O simplemente debía admitir que no siempre el amor y el deseo van de la mano? Mi cabeza era un torbellino de pensamientos que trataban de mantener mis pies en la tierra pero la caricia de Finnick en mi hombro imposibilitaba cualquier línea de pensamiento.
La boca del cobrizo encontró el hueco entre mi cuello y mi hombro. Sus labios succionaron la dermis caliente, sus dientes mordían con cuidado y su lengua probaba mi sabor. Cerré los ojos, apreté los puños y dejé salir un pequeño gemido, gemido que sonó como un eco eterno e infinito por toda la casa. Los largos dedos de Finnick se filtran entre mi pelo y mis manos eligieron imitarlo. Mi nunca reposó en su hombro y su boca en lo largo de mi cuello. Nuestras piernas se entrelazaron pudiendo profundizar el contacto de nuestros cuerpos. Su vientre esculpido y endurecido se apoyaba de lleno en mi espalda baja, el hormigueo se acentuaba más en mis muslos y el aire se volvía viciado y espeso. No dijimos nada, el silencio y las sombras de la casa nos servían de comunicación.
Giré se golpe y encajé de lleno mi boca en la suya. Tardó unas milésimas de segundos en responder el beso, lo había tomado demasiado por sorpresa. Nuestra unión era sumamente salvaje, era un despropósito ávido de deseo, esas ganas sin consumar, esos impulsos eléctricos que teníamos al vernos. Sin amor. Claro que no había allí ni una cuota de amor, de parte de ninguno de los dos, solo deseo, lujuria, afánelo, apetito.
Sus labios mordían los míos, yo succionaba los suyos. Su lengua rasposa lamía mi interior y la mía trataba de alcanzarla. Su saliva plúmbea y fresca impactaba en mí, transformándose en parte de mí ser. Nuestro beso era frenético, apurado, salvaje, voraz, agresivo. Brutalmente desesperados por dominar uno al otro. Sentí el sabor particular que tiene la sangre, para descubrir que provenía de mi labio inferior. Lejos de molestarme mi herida, más me excitó. Mi indomesticable esencia silvestre solo era más exacerbada ante la fogosa actitud de Finnick. Era muy tarde para decir basta, muy tarde para decir hola, muy tarde para arrepentirme…ya tendría tiempo luego para reprenderme.
Nos separamos, respirando agitadamente, estudiándonos y tratando de entender que nos sucedía. Lo pude ver en sus ojos. Ambos dos no comprendíamos que era lo que acaba de suceder pero aun sí, como dije antes, era muy tarde para todo; incluso para pensar. Así que Finnick solo dio un paso más y con furia desmedida y bestial ferocidad, arrancó de cuajo mi diminuta falda.
–… ¡Finnick!..–Apenas alcancé a deslizar cuando el cobrizo me cayó de un beso.
Mi cabeza daba vueltas, todo giraba, era un espiral de sensaciones y experiencias que fueron demasiadas estrepitosas como para recordarlas con tanto detalle.
Cuando caí en la cuenta ya estábamos tirados en el piso. Él enredando sus dedos en el elástico de mi braga mientras yo desgarraba su camisa con urgente necesidad. Los botones saltaron por el aire, cayendo en el suelo de marfil perforando el silencio con su sonido. Los labios del cobrizo no tardaron nada en volver sobre mi boca, mis manos se deleitaron tocando cada espacio perfecto de su espalda trabajada y su pecho musculoso. Su piel era sutilmente rugosa, lo cual dejaba en evidencia su migración desde el Distrito 4, totalmente lampiña y limpia. Finnick apenas despegó su cuerpo del suelo para deshacerse de su pantalón y con ambas manos me arrastro, apenas, por el piso; obligándome a sentarme encima de él.
Su pene estaba duro y turgente, impaciente por entrar. Lo sentía acariciar los labios de mi intimidad, robándome gemidos sin tapujos, mojando más y más mi sexo. Sus ojos verdosos, oscurecidos por la pasión, abiertos y expectantes, perdidos en el mundo del deseo; me subía la temperatura de todo el cuerpo. Y lo único que conseguía era que suplicara por tenerlo dentro de mí.
Sentí sus dedos hacer a un lado mi ropa interior y posar sus yemas en todo el fluido viscoso que reinaba en mi vagina. Dejó escapar un largo suspiro, mirándome con un gesto desencajado, con los dientes apretados y las pupilas más dilatadas. Estiró sus piernas, enredé mejor las mías a su espalda y sentí la punta de su hombría en la entrada de mi intimidad. Contuve el aire en mis pulmones, expectante y ansiosa por sentirlo, nerviosa porque era el segundo hombre que lograba llegar tan lejos conmigo.
Largué un grito, placer y dolor mezclados. Apreté los labios y sentí las lágrimas humedecer mis ojos. Pero ese pequeño dolor solo duró un breve momento, momento en el cual Finnick no se percató de mi dolencia. Lo cual agradecí porque no tenía intenciones de parar ni de que sentirá pena por mí.
Su sexo me penetraba más hondo, más duro, más rápido, más gustosamente. Podía sentirlo entrar tan apretado, raspando mi interior pero no de una manera bruta más bien placentera, muy placentera.
Mi cuerpo me pedía sentir más su pene, sentirlo chocar con fuerza contra mi sexo, sentirlo profundizar y tocar mis nervios más sensibles e íntimos. Así que arqueé mi espalda y puse las palmas totalmente en el suelo, dejándome expuesta a todo. Una de las manos del chico de los ojos verdes se encajó en mi cadera, dándome impulso para que yo misma suba y baje por su falo. La otra estaba jugueteaba con mis pechos. Mis pechos que estaban tan entregados y sensibles a sus caricias.
Tenía los ojos cerrados, disfrutando el momento, olvidándome quien era, solo dejando que mi cuerpo se fundiera en él. Deseando, gozando, gimiendo, encontrando otra cara de mi misma, dando vuelta a la página, creciendo…haciéndome mujer. Quisiera quedarme siempre así. Quisiera que siempre mi moralidad y sentido de la culpa quedaran entumecidas por las ganas y el deseo, por la excitación y el sexo. Sería todo más fácil para mí, todo menos complicado, sería más libre. Sería menos Katniss.
Apenas puede abrir los ojos, tenía los sentidos estáticos, la fuerza doblegada, todo me giraba. Estaba mareada, como volando por los aires, sintiendo como si una tensión dentro de mí se propagaba y estuviera expectante a reventar. Ver los ojos de Finnick; oscurecidos, nublados, idos; me generó un halo de timidez. Timidez que traté de disuadir volviendo a cerrar los parpados.
– ¡No! Katniss mírame –Me dijo con su voz ronca y seca, entrecortada y grave.
Y no puede más que obedecer. Sentir su mirada lasciva, impúdica, obscena, pornográfica; me dio un temblor en el cuerpo. La corriente eléctrica se propagó más deprisa por nuestros músculos, apresurando sus embestidas, dejándome sin más aire.
El orgasmo no tardó en llegar. Como buen caballero el mío se presentó primero. A diferencia de las veces en las que estuve con Gale, este era un placer diferente. Más profundo, más desgarrador, más demoledor, más anestesiaste. Como si muriera por unos segundos, como si cayera en un hoyo negro sin tiempo ni espacio, como si no existiera más nada en el mundo que su pene acariciando mi interior. El placer de mi éxtasis fue acompañado por los gemidos escasos y masculinos del cobrizo. Sentí su semen caliente derramarse en sobre mi pecho, mientras las paredes de mi sexo aun latían y extrañaban la presencia de la intimidad de Finnick.
Su cuerpo cayo junto a mi lado, tratando de encontrar alivio en el piso frío. El sudor corría por su frente, su respiración estaba agitada, su cabello alborotado y mojado, allí, tirado a un costado se encontraba el primer hombre que había entrado en mí.
Me recosté sobre su pecho, su pecho ancho y triangular, esperando recobrar un poco el sentido. Pero el cansancio me alcanzo antes de que pudiera reaccionar y caí rendida en un sueño profundo.
El fuerte sonido de la maldición de Finnick me tomó por sorpresa, sobresaltándome. El zarandeó de sus manos en mi cuerpo me terminaron de despertar con violencia y alerta.
– ¡Katniss! ¡Katniss! ¡¿Te duele?! –Su voz sonaba tensa y nerviosa, como preocupada. Pero estaba tan desconcertada que no podía comprender a qué diablos se refería, solo atinaba a decir "¡NO!", como una respuesta automatizada.
– ¡Joder Everdeen! Te he lastimado–Volvía a hablar afligido. No entendía a qué se refería con eso de haberme lastimado. Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que quizás haya notado una pequeña mueca de dolor cuando dormía, algo que lo dejara imaginar que me había dañado. Pero mi cabeza aun andaba ralentizada y espesa.
– ¡¿Pero de que me estas hablado Finnick?!
La mirada del muchacho se agacho en dirección al suelo, mientras mis ojos buscaban que era eso que estaba viendo.
Mis pupilas divisaron unas manchas en el suelo. Manchas oscuras, a medio secar, color borgoña. Eran pocos, unas 5, pero se notaban pesadas y cargadas. Tarde unos segundos en entender que se trataba de sangre. Pero todavía no comprendía desde donde provenían. Y tal vez nunca lo hubiese adivinado si el cobrizo hubiese cerrado la boca.
–…no pensé que aun eras virgen…
¡¿Virgen?! ¡¿Había escuchado bien?! ¡¿Había dicho virgen?! Pero si yo había perdido mi virginidad en manos de Gale. ¿Era posible ser virgen aun? Pues solo el sonido de esa palabra me hizo levantarme de un salto y comprobar que, evidentemente, la sangre provenía de mí.
El shock fue instantáneo. Quede estupefacta. Mi primera vez. Mi primera relación. Mi primer hombre. Todo eso que había pensado, mis convicciones, mi sufrimiento, robadas a mano a un niño rico que jugaba a ser hombre. Usurpadas por un montón de asquerosos billetes. Todo eso que creía que aún conservaba, esa dignidad de la cual me jactaba, esa moralidad estúpida que solo me trajo dolores de cabeza, esa culpa que no me dejó entregarme a Gale.
Todo ello había sido asesinado y muerto por Finnick, pero aun peor era que parte de esa responsabilidad era mía. Mía por desearlo, por disfrutarlo, por dejar de lado esa enseñanza que mi padre tanto me había marcado; entregarme al ser que más me amase.
El estómago se me estrujó, una sensación de vomito agolpó mi garganta, mi cabeza solo iba repasando los últimos meses. Todo ese "entrenamiento", todo ese pacto entre Snow y Gale, todo esas lágrimas y dolor que me causó brindarme a mi amigo. Y aun así fue en vano, porque no logramos lo que nos habíamos propuesto. Él me dejó, yo lo perdí, creídos y convencidos de nuestra causa.
Y todo fue en vano.
Todo lo que vivimos y lo que nos privamos de vivir fue simplemente en vano.
Una de las Avoxs limpiaba la marca que había dejado. La vida me mostraba como mi dolor y sacrificio eran borrados en unos segundos por un trapo viejo y un poco de agua. Echadas al desagüe pútrido y hediondo, como un recuerdo extirpado sin delicadeza y desechado a la suciedad de las cloacas fétidas y pestilentes. Sentía como los ojos me picaban, era demasiada la humillación, la sensación de haber apostado y perdido. Remover toda esa mierda que durante meses venía amarsigando para, al fin ser digerido, provocaba una decepción enorme, una iracunda energía, una lacerante puñalada en el hígado, una de sangrante herida reabierta.
Finnick me explicaba que clínicamente, muchas mujeres tienen el himen más grueso que otras. Y que si bien experimentan la penetración, muchas veces no alcanza con una vez para que se rompa. Entonces digamos que se genera una especie de desgarro en esa película que suele confundirse con el sangrado típico que la primera vez.
Mi cabeza solo se movía asintiendo pero en verdad no quería ninguna explicación médica. La explicación que necesitaba era saber porque siempre terminaba cagando todo. A penas pasé un trago de agua, tenía un nulo en la garganta, solo para demostrar que estaba entera y fuerte.
Y a pesar de lo desagradable del momento Finnick Odair era todo un caballero. Intentó y trató de persuadirme para que me quedara a pasar la noche junto a él. Me ofreció su médico personal para que revisara si realmente mi "problema" no era otro. Pero solo rogué que me dejara ir, que tuviera compasión ya que lo que había sucedido era un acontecimiento que me dejaba totalmente estupefacta. El cobrizo se apiado de mí y me dejó ir antes de tiempo. Insistió en llevarme con su auto pero yo lo convencí que era mejor llegar sola, para no prestar a confusión las cosas en mí trabajo. Acordamos no comentar lo sucedido con nadie, sería un secreto. Finnick odiaba a las vírgenes, le desagradaba mucho todo eso del sangrado y el dolor, por ende prefería no contar nada, él solo se acostaba con mujeres ya hechas y no con pubertas a medio hacer. Además que sabía perfectamente que ese "detalle" me traería dolores de cabeza. Su orgullo y mi instinto de preservación nos llevaron a jurar no volver a hablar de lo acontecido esa noche.
Mientras los tacones golpeaban con ritmo el pavimento, mientras más lejos de la casa de Odair me encontraba, más sucumbía ante el torrente insipiente de bronca y llanto. Cuando estuve lejos, a varias cuadras de la casa, una a una fui dejando que las lágrimas salieran sin reparo. Las gotas caían llenas y pesadas, recorriendo mi rostro. Las manos y los dientes apretados descargaban mi furia. Mis piernas andaban solas y apuradas para llegar a su destino. Repasar la situación una y otra vez por la cabeza solo me provocaba que se me crisparan más los nervios. El sentimiento de regurgitación, repugnancia y culpa me alcanzaba al rememorar mis enormes ganas de sentirme deseada y penetrada por Finnick. Como si ese instante de ardor me prendiera fuego las entrañas, siendo el dolor de mis actos irresponsables.
El destino fue la puerta de madera laqueada, de aquella casa antigua e importante, reina de los aromas más exquisitos y deleitantes del mundo.
Golpeé con fuerza, no me importaba que fuese altas horas de la madrugada. Golpeé una vez más. Y otra más. Hasta que sentí los paso apurados bajando las escaleras.
La puerta se abrió y Peeta apenas puedo reaccionar al verme parada delante de él.
– ¡¿…Katniss…!?– Me dijo entre pasmado y dormido. Lo único que puede hacer es arrojarme sobre sus abrazos fuertes que atajaron mi cuerpo con firmeza y convicción.
Apreté mi cuerpo contra el suyo tanto como pude, como queriendo que su carne su pegara a la mía. Y por primera vez dejé que algo más que mi racionalidad y mi instinto hablara. Algo que la presencia de Peeta solía provocar. Esa voz que dormía dentro de mí, esa débil voz que cada vez hablaba más fuerte ante la presencia del chico del pan.
–Peeta…hazme el amor
La luz de las estrellas se filtraba a pesar de las espesas cortinas que cubrían los ventanales. La noche estaba tan silencia, taciturna, sin luna como testigo de nuestro primer encuentro. Pero allí estaba yo, parada en la entrada, acurrucada en sus brazos, aspirando su aroma, deseando ser suya.
Las manos de Peeta me tomaban por la cintura y las mías se sostenían de él desde las omoplatos. La respiración dulce del rubio se enredaba en mi cabellera y la mía se mezclaba con su perfume.
La temperatura caliente de su piel se apoyaba en cada parte desnuda de la mía. La ternura y suavidad de su cuello reposaba en mi boca.
Su frente se pegó a la mía, premonición de la unión de nuestros labios. Nos enlazamos en un beso, un beso lleno de paz, lleno de cosas que no puedo entender; incluso hoy. Un beso que sabía a palabras sin decir, a miradas no devueltas, a un amor no consumado. Un beso que tenía música propia, como una compilación de violines y pianos sonando dentro de mi cabeza. Un beso sin pasión desmedida, un beso domado, nada salvaje.
Un beso muy parecido al amor.
Mis queridas pervers como las trata la vida!? Bien ando con poco tiempo...el mundo real clama mi presencia en varios lugares y responsabilidades que me dejan poco tiempo para dedicarselo a ustedes. Pero me alegreria enormemente que me dejaran una revision de este capitulo.
Se que me van a odiar por hacerla acostar con Finnick antes que con Peeta pero antes del gran amor siempre una tropieza con algunas piedras antes. Eso es mas o menos lo que sucede con Katniss. Ella es debil a ciertas personas, Finnick es una de ellas. Ademas que siempre quise que pasara algo entre ellos. Asi que lejos de separarla de Peeta esto; aun que suene extraño; los unirá mas.
Se las quiere mucho! Nos leemos en el proximo capitulo. Capitulo que ansian enormemente...El lemoon de Peeta Y Katniss!
